miércoles, 3 de abril de 2024

Maryse Condé / Corazón que ríe, corazón que llora / Reseña de Begoña Méndez

 



Corazón que ríe, corazón que llora

Corre el año 1937. La capital de la isla caribeña de Guadalupe es un estallido de alegría ruidosa y vulgar: en sus calles, el pue­blo celebra el Carnaval.

Mien­tras tanto, una maestra orgullosa y todavía bellísima a sus 43 años da a luz a su octava hija: nace Maryse, una bebita flacucha e inesperada que, como sus her­manos, recibirá una exquisita formación francesa en los me­jores Liceos. Las calles de Pointe-a-Pitre arden con los ritmos antillanos y en una casita relu­ciente un bebé llora, sin saberlo, por la herencia de su negrura que nadie le contará; una pe­queña enclenque berrea por to­dos los silencios y los olvidos obligados que más tarde des­cubrirá. Sus primeros latidos apenas sí se oyen tras los encajes y las sedas. Su hermano Sandrino la quiso nada más verla, tan diminuta y tan fea. 

La fiesta y el trauma se en­cuentran desde el principio en Corazón que ríe, corazón que llora, un libro de memorias noveladas que va mucho más allá de la fa­bulación mítica de la infancia perdida. La autora, premio No­bel Alternativo 2018, maneja con maestría los mecanismos de la narración ensoñada y de las canciones de cuna, es cierto, pero consigue abrir en ellos pe­queñas fisuras, grietas supurantes: nos arrulla con su voz dul­ce de niña bien y nos deslumbra con la luz guadalupeña de su adolescencia solitaria; pero a continuación, y sin previo aviso, nos aplasta con la solidez de su conciencia política y nos lanza contra los escollos de los agrestes parajes identitarios. Porque aquí la negrura es la epidermi­zación de las desigualdades eco­nómicas y sociales, la conversión de las diferencias de cultura y de clase en un vistoso color de piel. El rechazo de la propia negritud será el recurso que muchos an­tillanos usarán para huir de la es­piral de pobreza y violencia de sus vidas colonizadas. 

Y entonces la niña revolto­sa e insolente se enfada con su familia porque su esforzada con­dición francesa no puede ocul­tar la obviedad de su piel este­reotipada. Un color, el negro, que se multiplica en sus viajes a París. Aunque sus padres de­claren que Francia es la «au­téntica madre patria», allí no son sino unos «negritos» encanta­dores con un brillante francés de libro. La niña Maryse sospe­cha que detrás del fervor fami­liar por la cultura europea se esconde un miedo enquistado; que tras las ínfulas burguesas se oculta la herida invisible de la esclavitud ancestral. En este sentido, Corazón que ríe, corazón que llora es el testimonio pun­zante de una adolescente re­belde en el descubrimiento de sí y de una identidad ahogada en unas categorías fijas, inca­paces de decir su verdad. La protagonista se niega a aceptar los vestidos rígidos que le pone su madre, pero tampoco quie­re asumir los trajes exóticos que le ponen los camareros, las maestras o las amigas de París. 

Y es que la autora es, desde que le arrancan del vientre ma­terno, una apátrida: un yo siem­pre desubicado en constante re­configuración. En la vejez de sus padres, Maryse Condé es una negra negrísima ennegrecida por el sol del Caribe. Pero es también una privilegiada: su rigurosa formación burguesa le permite escapar del legado femenino familiar, constituido por mujeres violadas y cocine­ras esclavas. No sin razón, la escritora antillana pregunta: ¿son de verdad sus padres o ella mis­ma ejemplos de existencias alie­nadas? Todavía no es mayor de edad cuando se traslada a París para estudiar Humanidades. Sola y hastiada, abandona los estudios y la expulsan del Liceo. Ingresa entonces en La Sorbo­na, pero también saldrá decep­cionada. Hundida en la grisma parisina, ve películas de Louis Malle, y en el instante preciso en que empieza a ser feliz, el libro termina. Y es un final per­fecto hecho de orígenes y de principios: una página en blan­co se abre a la vida nómada y a la escritura: hacia allí se dirige Condé, deslumbrada e incauta. 

De la pluma de Maryse Condé brota, luminoso y ru­giente, un magma literario arro­llador. Corazón que ríe, corazón que llora es un libro mágico que ostenta el don de la universa­lidad: da igual que hable en criollo o en pulcrísimo francés: sus palabras derriban toda fron­tera. Entre la fabulación míti­ca y la sinceridad brutal, su co­razón nos devuelve la belleza perdida de nuestra propia in­fancia. 

CORAZÓN QUE RIE, CORAZÓN QUE LLORA ES UN LIBRO MAGICO QUE NOS DEVUELVE LA BELLEZA PERDIDA DE NUESTRA PROPIA INFANCIA.

Begoña Méndez

IMPEDIMENTA



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