miércoles, 3 de abril de 2024

Maryse Condé / La vida sin maquillaje / Prólogo

 




Maryse Condé

LA VIDA SIN MAQUILLAJE

Prólogo de Martha Asunción Moreno


Quienes vengan de leer las enternecedoras memorias de infancia y adolescencia de la narradora guadalupeña Maryse Condé (Pointe-à-Pitre, 1937) sin duda llegarán a las puertas de La vida sin maquillaje ansiosos por averiguar qué soles se esconden tras la esquina de la Rue Cujas. ¿Qué le depa­rará el futuro a esa rebelde niña prodigio, heredera de una alta dinastía antillana de «Supernegros», a quien vemos cruzar con paso firme la última calle de Corazón que ríe, corazón que llora?

La protagonista de esa postal parisina de los años cincuenta tiene toda la vida por delante. Contempla el horizonte como se miran los juguetes por estrenar. En La vida sin maquillaje, sin embargo, escuchamos el relato de una exploradora que es consciente de haber recorrido gran parte del viaje. Hace un alto en el camino. Una pausa para observarse desnuda, sacudirse el fardo de las mentiras piadosas y poder, acto se­guido, afrontar con mayor ligereza el penúltimo trecho de su travesía. La imagen que le devuelve el espejo contiene tantas luces como sombras. Y exactamente así, sin obviar ni un solo claroscuro, es como la comparte Maryse Condé.

El título resulta inequívoco. Nos encontramos ante un li­bro confesional, cuya intención manifiesta es la de narrar­se desde la intimidad de la verdad, por muy incómoda que pueda llegar a ser. Condé aspira a retratarse sin activar los tramposos engranajes que tienden a ponerse en marcha, de manera más o menos inconsciente, en las escrituras del yo. Acomete el ejercicio de pintarse sin recurrir a los adornos ni a los artificios típicos del discurso (auto)biográfico. Avi­so a navegantes: lo consigue. A La vida sin maquillaje no le sobra, en efecto, ni una flor. Ni un pétalo. El lector tiene en sus manos a un ser humano a la intemperie, en carne viva, contando y contándose las cicatrices con una crudeza y una lucidez sobrecogedoras.

La ganadora del premio Nobel Alternativo de Literatura en 2018 rememora aquí su periplo por África. Trata de esclarecer en qué medida el continente ha resultado decisivo en su forja como mujer, madre, académica y escritora de tardía pero fértil vocación. Reconstruye desde la madurez los episodios funda­cionales de una identidad polifacética, compleja, fraguada en el nomadismo y en el compromiso por la libertad.

En cierto modo, la mirada que Maryse Condé le dedica a África en estas memorias nos recuerda al protagonista de la novela Papá Goriot, de Honoré de Balzac. Eugène de Ras­tignac, a la salida del cementerio, contempla París a sus pies y exclama, desafiante: «À nous deux maintenant!». De modo análogo, Condé emprende su odisea africana huérfana y dis­puesta a conquistar la esencia originaria de un continente rico en contradicciones y desengaños. El lector la acompaña en una trepidante búsqueda de raíces que implica, ante todo, el aprendizaje de la libertad. Y también una lucha encarnizada por la ascensión social, la realización personal y el afán por domesticar la tierra mítica, en un vano intento de regresar al estado de gracia primigenio: al vientre de la madre.

Peregrinamos por París, Londres, Ghana, Guinea, Costa de Marfil, Benín y Senegal. Todo ello en pleno auge del movi­miento cultural de la negritud, la efervescencia de las teorías panafricanistas, las independencias y los primeros pasos titu­beantes de las nuevas naciones libres en la segunda mitad del siglo pasado. Por desgracia, el «socialismo a la africana» no tardaría en virar hacia el autoritarismo, el personalismo y la corrupción.

Maryse Condé pone de manifiesto su postura crítica y su visión desencantada sobre este particular. En ese sentido, La vida sin maquillaje encierra la cronología del nacimiento de una conciencia creadora para quien lo político y lo literario caminan de la mano. Supone una sagaz reflexión sobre los es­tragos del (neo)colonialismo, además de un testimonio privi­legiado de los acontecimientos fundamentales del siglo xx.

Mencionaré, por ejemplo, uno de los primeros episodios de brutal represión sufridos por la Guinea del dictador Ahmed Sékou Touré: el denominado «complot de los profesores», aca-ecido en 1961. Maryse Condé, como leemos en La vida sin ma­quillaje, fue testigo del mismo y llegó a conocer en persona a Touré. Vivió además, con gran tristeza, el mandato de Kwame Nkrumah en Ghana, llegando incluso a ser arrestada y expul­sada del país, acusada de espionaje. Todas estas traumáticas vi­vencias devienen leitmotivs en su obra, trufada de referencias históricas a las culturas, las artes y las letras africanas (las lite­raturas francófonas, por cierto, constituirán la principal línea de trabajo de Condé en su carrera como investigadora en la universidad neoyorquina de Columbia).

Por otro lado, me parece importante señalar que este se­gundo volumen de memorias viene a completar las claves fundamentales para la exégesis de la obra condeana que nos proporcionara el primero. La lectura de La vida sin maquillaje como continuación de Corazón que ríe, corazón que llora nos procura un valioso pasaporte para transitar por el imaginario condeano. Se comprende el modo en que la alquimia literaria transforma lo vivido en bálsamo creativo. Sanadora ficción.

En Corazón que ríe, corazón que llora, una inocente Maryse asiste por azar, siendo muy niña, a un parto complicado. En La vida sin maquillaje, somos testigos de los cuatro emba­razos de Maryse, ya adulta, y del nacimiento de sus hijos: Denis, Sylvie, Aïcha y Leïla. Resulta de lo más natural que en el universo condeano la experiencia de la maternidad, clá­sicamente relegada a los márgenes del canon, se aborde de manera recurrente y en toda su ambigüedad. La maternidad de Condé me hace pensar en las representaciones plásticas que nos legó la artista Louise Bourgeois: una tela de araña protectora y depredadora al mismo tiempo. Se percibe con claridad el anhelo de resquebrajar el sinfín de mitos tenaces que asfixian, cual espesa capa de maquillaje, las vidas y los cuerpos de las mujeres.

Entre otras cosas, la lectura de La vida sin maquillaje per­mite entender mejor por qué en las historias de Condé abun­dan las «malas madres». Esas madres que no quieren, que no saben o que tal vez no pueden ejercer como tales. Las «niñas-madre». Madres solas, enfermas, desbordadas, que no se re­signan a ser únicamente las mamás de alguien, que entregan a sus bebés en adopción, que abortan, presas de la culpa; que se debaten entre remordimientos terribles, que hacen daño, que se olvidan de cuidar(se), que huyen. Y también se visibi­lizan los malos embarazos. Las violencias simbólicas, sexuales y obstétricas. Los retoños no deseados, que pesan demasiado, que no se sienten amados y que, en consecuencia, van por la vida «acumulando moratones en el alma». Las hijas que si­guen y seguirán tropezándose, por los siglos de los siglos, allí donde cayeron sus madres, pues ciertas piedras se heredan sin remedio con la sangre.

Igual que se hereda la resiliencia. A imagen de la propia Maryse Condé, sus heroínas ilustran a la perfección un refrán popular de Guadalupe y Martinica: «Fanm tombé pa janmé dézèspewé». La mujer, cuando se cae, nunca desespera.

A tenor de todo esto, podría afirmarse (y con frecuencia se afirma) que la literatura de Maryse Condé es feminista sin am­bages. Ocurre que ella no siempre se muestra de acuerdo. Co­mo le reprocha cariñosamente un fiel amigo en estas páginas, «Maryse nunca hace nada como los demás». De entre todas las etiquetas posibles, si fuera obligado elegir una, ella se quedaría con la que la estudiosa Michèle Praeger acuñó expresamente en su honor: «womanista».

Nuestra autora, con la pasión por la inconveniencia que la caracteriza, tampoco suele dar la razón a quienes la encasillan como escritora francófona o créole. Se complace en repetir una máxima ya célebre: «Ni escribo en francés ni escribo en crio­llo: escribo en Maryse Condé». Lo que equivale a decir que la literatura es, a fin de cuentas, la única matria del escritor. Y cada creador amasa su propio idioma materno, híbrido y transfronterizo. Personal e intransferible.

La vida sin maquillaje es, en gran medida, un diccionario del libre idioma condeano. Contextualiza la etimología de una lengua inconfundible. De puertas abiertas. Trenzada de criollis­mos, africanismos, anglicismos, hispanismos; de música clási­ca, son cubano, konpa haitiana, jazz, reggae; de los encuentros, salsas, especias, colores, latitudes, aromas, aprendizajes, licores, lecturas y paisajes más diversos.

La voz de Maryse Condé, en la que resuenan ecos de tantas costas, se debate contra la estrechez y la artificialidad de las ca­tegorizaciones homogéneas. Nos recuerda que los mares están llenos de archipiélagos. Que lo universal se construye, necesa­riamente, sobre racimos de islas. Incluso sobre las más dimi­nutas, las más remotas, del color de los volcanes. Sí, esas tam­bién cuentan. Las que se confunden con una mota de polvo en los mapas de los museos. Las habitadas por mujeres como juncos que ningún huracán quiebra del todo, que existen sin ruido y que apenas necesitan agua o tierra para replantar sus raíces tantas vidas como sea preciso.

¡Cuánta falta nos hacen los libros que, como La vida sin ma­quillaje, nos invitan a (re)pensar el océano desde esas orillas!

Nadie (ni siquiera el lector) sale indemne de semejante tra­vesía sin máscaras. Las heridas de ayer, limpias de maquillaje, duelen como si fueran frescas. La desnudez de la mirada am­plifica cada mancha, cada arruga, cada desgarro. No obstante, la caída del disfraz tiene su parte positiva: permite descubrir­se la piel en toda su inalterada belleza y realizar un recuento de cada lunar (los franceses los llaman, con acierto, «grains de beauté»).

A pesar de su dureza, no faltan lunares en La vida sin ma­quillaje. Un bebé en brazos. La bondad de los desconocidos. El placer compartido. El perdón. La música. La mesa puesta. La amistad. La salvación de la literatura. La salud. Las obras de arte. La selva. La sonrisa del hijo pródigo. La esperanza. El buen amor, por fin. Invito al lector a detenerse en estos y otros milagros, a apreciar en su justa medida los instantes benditos donde el sol, después de las tinieblas, brilla recién inventado por estas memorias.

Guadalajara, noviembre de 201

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