sábado, 27 de diciembre de 2014

Karl Ove Knausgård / Un hombre enamorado / Reseña


Karl Ove Knausgård

Karl Ove Knausgård

Y la rutina se convirtió en gran literatura

El escritor Karl Ove Knausgård busca transformar la resaca de los días en algo que los justifique



    'La esclusa' (1824), de John Constable.
    Cuentan que cuando Proust propuso a Gallimard el primer tomo de la inmensa novela que acabaría siendo En busca del tiempo perdido, André Gide, que trabajaba allí como editor, rechazó el manuscrito después de leer el primer capítulo diciendo: “No entiendo que un señor pueda llenar treinta cartillas para describir cómo da vueltas y más vueltas en su cama antes de poder conciliar el sueño”. Después de que la novela conociese el éxito merecido, Gide, como se sabe, presentó sus avergonzadas excusas al autor, pero su primera reacción ejemplifica claramente la rivalidad entre los dos campos en los que se inscribe toda ficción: aquel que se propone una recreación fotográfica de la realidad, tal como la memoria del autor cree verla, opuesta a aquel que desdeña esa documentación fidedigna y prefiere imaginarla. La primera se enorgullece de contar los hechos tal como se supone que han ocurrido; la segunda, de inventarlos para mejor serles fiel. Ambas mienten.
    Podemos imaginar el horror que hubiese sentido Gide ante la vasta obra del noruego Karl Ove Knausgård (1968), quien ha querido narrar su vida en los más mínimos detalles (como Proust, cuya inspiración Knausgård admite) a lo largo de seis tomos de más de seiscientas páginas cada uno bajo el título colectivo y provocador de Mi lucha, como la autobiografía de Hitler. Día a día y minuto por minuto (no todos los días ni todos los minutos), Knausgård nos cuenta su vida. Los dos primeros tomos han sido hábilmente traducidos al castellano por Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo; quizás algún día leeremos la detallada crónica de esta casi infinita y heroica tarea de traducir palabra por palabra, como un eco sagaz, las 4.000 páginas de estas memorias contadas hora tras hora.
    Knausgård inicia la crónica de sus luchas en marzo de 2008, sentado a la mesa de trabajo en Estocolmo, puesto que el novelista noruego vive en Suecia. En el primer tomo, La muerte del padre (publicado en castellano en 2012), la lucha de Knausgård es contra la figura del padre alcohólico, muerto en 1998; en el segundo, Un hombre enamorado, la lucha es contra la figura de la muerte. Un hombre enamorado cuenta el fin de su primer matrimonio, el exilio de Noruega, el encuentro con la que será su segunda mujer, el nacimiento de sus hijos. Pero Knausgård está ya en la segunda mitad de su vida y las angustias de ser hijo se transforman en las de ser padre. “La vida es sencilla para el corazón”, dice Knausgård al inicio de su periplo, “late mientras puede”.
    Nada resulta más aburrido e incómodo que escuchar el latido de un corazón a lo largo de todas las décadas de una vida: cuando alguien nos cuenta las travesuras cotidianas de sus hijos, nos muestra fotos de sus vacaciones, nos habla de sus problemas matrimoniales. Un editor canadiense me dio una vez este consejo: “Cuando estás escribiendo, piensa que hay un lector mirando por encima de tu espalda, preguntándote: ‘¿Y tú por qué me estás contando esto, a mí que no soy tu mamá?”. Sin embargo, como dijo sabiamente Stevenson, toda novela es chisme. Queremos conocer los detalles de la vida de Alonso Quijano y de Emma Bovary, cuándo comía el uno sus duelos y quebrantos, y de qué color eran las cortinas de la habitación en la que la otra recibía a su amante. Los detalles más pequeños son parte de la realidad de la ficción.
    En el caso de una novela que se declara autobiográfica, las cosas son un poco distintas. Saber desde la primera página que los hijos de Knausgård no han ido a la guardería el 29 de julio de 2008, que a su hija Heidi le encantan los zapatos, que Knausgård se sentó a comer un perro caliente, son detalles que, en sí mismos, son incapaces de conmovernos. Ni la descripción de estas nimiedades, contadas en un estilo lacónico que no pretende evitar los lugares comunes y los epítetos trillados, ni la minuciosa contabilidad de los hechos nos interesan ni nos iluminan, cuando de pronto, en medio de otro párrafo mundano, surgen ciertas sombras del pasado, y todo cambia. “Por unos instantes”, cuenta Knausgård mientras baja una cuesta con los niños, “me invadieron los recuerdos, no en forma de sucesos concretos, sino más bien como estados de ánimo, olores, percepciones. Cómo la luz, que a mediodía era más blanca y más neutra, por la tarde se volvía más plena, oscureciendo los colores”. Y entonces ocurre el milagro: la ristra de palabras banales se transforma en gran literatura. Es como si Knausgård tuviera que poner en escena toda la parafernalia de su teatro para poder después enfocar las candilejas en un único objeto o personaje. Entonces el lector entiende: ese vertedero documentario necesita existir para que surja, de vez en cuando, un prodigio que, por sí solo, parecería puramente retórico pero que, nacido de la abrumadora acumulación de detalles, se convierte en una epifanía.
    En el primer tomo, Knausgård cuenta cómo, mientras su segunda mujer duerme, él se pone a hojear un libro sobre el pintor inglés Constable, y descubre un cuadro de nubes verdosas, al cual vuelve una y otra vez. La imagen lo hace “temblar por dentro (…) pero al intentar explicar por qué, en qué consistía lo fantástico, fallaba”. Proust cuenta una escena similar: el escritor Bergotte, contemplando un cuadro de Vermeer, se maravilla ante “un retazo de color amarillo” que no había observado antes, y se dice: “Así hubiese debido escribir yo”. Esas nubes verdosas y ese retazo amarillo son idénticos a la visión inefable del escritor, Bergotte o Knausgård, quienes buscan transformar la resaca de los días en algo que los justifique y que también nos justifique a nosotros, sus atónitos lectores.
    Un hombre enamorado. Mi lucha. Tomo II. Karl Ove Knausgård. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Anagrama. Barcelona, 2014. 629 páginas. 25 euros 


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