sábado, 6 de febrero de 2010

Onetti / Interrogatorio

Juan Carlos Onetti
INTERROGATORIO

¿El principal rasgo de su carácter? – La pereza.
¿La cualidad que desea en un hombre? – La bondad.
¿La cualidad que prefiere en una mujer? – La ternura.
¿Lo qué más aprecia en sus amigos? – Lealtad.
¿Su principal defecto? – Ninguno.
¿Su ocupación preferida? – Leer novelas policiales
¿Su sueño de dicha? – Whisky y una buena novela policial que todavía no he leído.
¿Cuál sería su mayor desdicha? – Superstición. No la nombro.
¿Qué quisiera ser? – Yo, en las condiciones presentes, pero con veinte años.
¿Dónde desearía vivir? – En cualquier sitio, pero de rentas.
¿El color que prefiere? – El rojo.
¿La flor que prefiere? – La rosa amarilla.
¿El pájaro que prefiere? – El gorrión.
¿Sus autores preferidos? – La Biblia, Faulkner, Proust, Céline, Dostojewski, Cervantes, Hemingway.
¿Sus poetas preferidos? – Shakespeare, Walt Whitmann, Pablo Neruda, César Vallejo, Luis Rosales.
¿Sus héroes de ficción? – Los que yo invento
¿Sus héroinas favoritas de ficción? – Las que yo invento.
¿Sus compositores preferidos? – Tchaikowsky, Prokofiev, Beethoven, Ravel, Mozart.
¿Sus pintores predilectos? – Gaugin, Van Gogh, Picasso, Goya, Klee, Braque.
¿Sus héroes de la vida real? – El Che Guevara.
¿Sus héroinas de la vida real? —
¿Su nombre preferido? – María.
¿Que detesta más que nada? – Ver sufrir sin poder hacer nada para remediarlo.
¿Qué caracteres históricos desprecia más? – Los dictadores.
¿Qué hecho militar admira más? – La campaña de Napoleón en Italia.
¿Qué reforma admira más? – Ninguna evitará la muerte.
¿Qué dones naturales quisiera tener? – Hacerme invisible.
¿Cómo le gustaría morir? – De ninguna manera.
¿Estado presente de espíritu? – Resignado.
¿Hechos que le inspiran más indulgencia? – Todo lo que se haga por amor.
¿Su lema? – Que me dejen en paz.

Omar Prego / Miradas sobre Onetti / Montevideo, 1995


viernes, 5 de febrero de 2010

Salinger / La ternura entre el centeno


SALINGER

La ternura entre el centeno

Detrás de Holden Caulfield y de sus andanzas por Nueva York hay algo que va más allá de la literatura. La emoción que provoca el personaje de J. D. Salinger, que murió hace unos días, poco tiene que ver con la moral


Jorge Urdánoz Ganuza
5 DE FEBRERO DE 2010




Estoy bastante seguro de qué es lo que diría Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, si se enterara de que todos andamos ahora hablando de él a cuenta de la muerte de su padre literario, J. D. Salinger: "Para serte sincero, me da cien patadas". Y a renglón seguido añadiría: "Si lo piensas bien, tiene su gracia".
¿Por qué se ha convertido Holden Caulfield en el ídolo de millones y millones de personas desde que vio la luz en 1951? ¿Qué alberga su relato para lograr esa devoción que despierta en muchísimos de sus lectores? ¿Por qué tantos volvemos, cada cierto tiempo, a leer una historia que ya conocemos de memoria? Hay una explicación literaria, por descontado: un talento narrativo excepcional. Pero eso no es suficiente para convertir a una novela en un fenómeno de masas. Detrás de Holden y de sus andanzas por Nueva York hay algo más, algo que va más allá de la literatura. Una emoción que me atrevería a calificar de moral.





Esa capacidad de hacer aflorar algo que late muy profundo se encuentra dispersa por todo el libro
Sartre se equivocaba: los demás no son el infierno, son el único paraíso posible

Enseguida volveremos a ello, pero antes demos un paseo por los alrededores del autor y por su mística. Poco después de que la novela lo lanzara a una fama que pronto descubrió que detestaba, Salinger abandonó Manhattan para encerrarse en un pueblecito de New Hampshire que ya no abandonaría en vida.
Pidió que eliminaran su foto de las sucesivas ediciones del libro. No dejó nunca de escribir, pero apenas publicó nada. Jamás concedió una entrevista, tan sólo un reportaje en una revista escolar del instituto local y una llamada por teléfono al New York Times en 1974 para quejarse de una edición no autorizada de su obra. Ese aislamiento alimentó su leyenda.
Al predicamento de eremita del autor -es el escritor esquivo en el que se basan películas de Hollywood como El Campo de los Sueños o Buscando a Forrester- le acompañó pronto la extraña aureola que se generó alrededor de su única novela.
Antes de matarlo, Mark Chapman le pidió a John Lennon que le firmara un libro. Era El guardián. También era El guardián el libro que leía el perturbado que intentó asesinar a Reagan. Y El guardián tiene un papel crucial en la película Conspiración, protagonizada por Mel Gibson, un papel relacionado igualmente con asesinatos y misterios policiales.
Hay en efecto una rumorología siniestra alrededor de la novela, pero no puede resultar más desencaminada, y pocas cosas iluminan con mayor claridad la locura del mundo en el que vivimos que el hecho de que a una novela tan hermosa y sensible como ésta le acompañe esa fama de violencia y misterio. El guardián entre el centeno es todo lo contrario a lo que su fama anuncia y, si algo encarna su protagonista, no es la rabia o la locura, sino -sobre todo- la ternura.
Las razones por las que cautivan Holden Caulfield y su breve escapada a Manhattan van más allá del indudable mérito literario en las que vienen envueltas, alcanzando ese nivel de complicidad, de empatía y de contacto con el lector que sólo las grandes creaciones logran. Por eso son legión los lectores que se emocionan al leerlo. Esa capacidad de hacer aflorar algo que late muy profundo se encuentra dispersa por todo el libro y, cuanto más lo lees, más la descubres aquí y allá, sorprendiéndote en detalles que antes te habían pasado por completo inadvertidos. De ahí que sea un libro de los que vuelve a leerse: una y otra vez su lectura desentierra algo de nuestro interior.
¿De qué se trata? ¿Qué es lo que Salinger logra extraer desde el fondo de nuestro ser? Holden es un adolescente, se encuentra en ese territorio entre la niñez y la madurez en el que uno empieza a entender que el mundo que durante años te han hecho creer que existía está lejos de ser real. Pero a él no le han fallado los que habitualmente fallan: no le han fallado sus padres, no le han fallado los profesores, no le ha fallado el sistema. No es feo, no tiene problemas con las chicas. Intelectualmente es brillante, ahí tampoco hay problema. Y es un niño bien, de una familia culta y rica. A Holden no le falló ninguna de esas cosas que dan lugar a una rebeldía moldeada por un fracaso concreto y por tanto dirigida a algo y por ello dominada. A Holden le falló el mundo en sí.
Conforme avanzas la lectura descubres que, por debajo de todas sus ocurrencias y disparates, por debajo de su total desorientación, el muchacho arrastra un desgarro brutal, un dolor indecible. Allie, su hermano pequeño, murió a los 10 años, cuando Holden solo contaba con 13. E intuyes que él sigue sintiendo su muerte con esa brutalidad emocional con la que sienten los niños. Y que no lo puede encajar. Y que está perdido, como lo estamos todos ante la muerte.
Y entonces sus despropósitos se tornan muestras de ternura. De una ternura desnuda con la que sólo podemos identificarnos, porque de alguna manera todos somos Holden intentando entender la muerte. No nuestra muerte, que también, sino sobre todo la de los otros, la de aquellos que amamos. Una encrucijada en la que todos somos como adolescentes que descubren de repente que el mundo que nos enseñaron de niños es mentira, y que la realidad es otra. Por eso Holden emociona, y lo hace a todas las edades y en todas las culturas, porque su dolor es el dolor ante la muerte, y no hay nada más universal que la muerte.
Pero, además, a esa primera identificación fundamental se le añade un elemento que es el que realmente hace grande a la novela. Se trata de una manera de ser, de una postura, de una decisión moral ante los otros. Holden tiene motivos de sobra para estar amargado, para devolver odio con odio, para alimentar con más incomprensión el sinsentido del mundo. Pero elige otra cosa, elige la generosidad, elige la misericordia. Y al hacerlo dibuja un ideal moral que nos emociona en el sentido más primario de la expresión. Porque, aunque no siempre estemos a la altura, todas nuestras entrañas morales intuyen que esa decisión es la decisión correcta, la que sabemos que deberíamos tomar nosotros mismos ante la vida.
Y es la decisión que, con una sencillez infinita, nos repetían en casa cuando éramos niños: sed buenos con los otros. Algo que quizás vamos olvidando conforme aceptamos hacernos adultos y, frente al corazón de los niños, nuestro corazón se va tornando "nuevo, roído de culebras", por decirlo con Lorca.
Por eso lloramos cuando Holden desvela cuál es su respuesta a la muerte de su hermano: lo que a él le gustaría es contemplar cómo otros niños como Allie juegan en un campo de centeno, e impedir que se hagan daño. Impedir que caigan en el precipicio, un precipicio que es la muerte, sí, pero que es también el mundo falso e hipócrita que los adultos a veces nos empeñamos en construir. Ésa es la respuesta que da a su desgarro, como si al dolor recibido no quisiera responder con más dolor, sino con todo lo contrario.
Y supongo que a sus lectores nos gusta volver a intuir esa grandeza moral que protagoniza un muchacho desorientado y sensible perdido en la Gran Manzana, porque adivinamos una semilla de ternura que nos dice que todavía somos capaces de amar. Que todavía somos capaces de entender que lo más valioso que podemos atesorar en esta vida es el encuentro con los otros y que, como con absoluta evidencia saben los niños, nada supone una felicidad mayor. Sartre se equivocaba: los demás no son el infierno, son el único paraíso posible. Es la canción de Phoebe la que tiene razón: "Cuando un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno...".
Jorge Urdánoz Ganuza es profesor de Teoría Política en la Universidad Autónoma de Madrid.
EL PAÍS


DE OTROS MUNDOS
La venganza de Peggy Salinger
El guardián entre el centeno sigue cautivando después de cincuenta años
La biografía de Salinger escrita por su hija retrata a un iluminado entregado a sí mismo
Rodrigo Fresán / Para Jerome, con amor y sordidez
Benjamín Prado / Adoptados
La revista malagueña Zut publica dos relatos inéditos de Salinger
Salinger / Thomas Pynchon / Cormac McCarthy / El talento de la evasión
El atronador silencio de Salinger
Salinger demanda al continuador de su novela
El juez da la razón a Salinger en su denuncia por plagio
Salinger / La intimidad como arte
Salinger / El aire del New Yorker
Salinger / El miedo a hacerse adulto
Salinger / Adiós al gran enigma de las letras estadounidenses
Charlie Chaplin le quitó la chica a Salinger
El cine cuenta la vida de Salinger
David Trueba / Sin salinger
Salinger / La ternura entre el centeno
Dulce y desconocido señor Salinger
El paulatino viraje al negro de Salinger
Enrique Vila-Matas / Salinger y los nuevos tiempos
Así comienza / El guardián entre el centeno
Kenneth Slawenski / Salinger podía ser intratable
Salinger / Nueve cartas
Salinger / Las zonas oscuras
Salinger / Escribir para sí mismo
Cinco volúmenes inéditos de Salinger verán la luz a partir de 2015
Elsa Fernández-Santos / Lo nunca visto en Salinger
Eduardo Lago / Asedio a la fortaleza de Salinger
Salinger / Bioficción
Tres cuentos inéditos de Salinger, filtrados en internet
A los cuatro años de la muerte de Salinger / Este muerto está muy harto
Salinger / Todos los agujeros negros
Salinger / Si quieres que te busquen, escóndete
Ni Guerra y paz ni Cincuenta sobras de Gray / Los libros más influyentes según Facebook
One-hit wonder / Embrión de un catálogo de casos literarios
Secretos de los libros únicos de un autor / Treinta eclipses memorables
Salinger / ¿Cuándo demonios vas a crecer de una vez?
Autor de culto / Un secreto de dioses
Salinger / Cómo se engendra un monstruo
Salinger por Salinger
Salinger y otros nueve desconocidos
Oona y Salinger / Dos atractivos personajes
Frédérick Beigdeber / El escritor que odia a los viejos
Salinger / Un joven enamorado




Juan Carlos Onetti / Carta a Juan Rulfo

Juan Rulfo
Juan Carlos Onetti
CARTA A JUAN RULFO

Madrid, 20 de mayo de 1985
Querido Juan:
Por vía secreta y apresurada te envío estas líneas con el amistoso propósito de ponerte en guardia. El tortuoso fabricante de poemas, y seductor diplomado que lleva, con vanidad incomprensible, el nombre de Félix Grande, sujeto que hace años destronó, creo que para siempre, mi dichosa tranquilidad, tan apartada del mundo literario, se propone hoy hacer lo mismo contigo.
Por infidencias muy bien pagadas he podido enterarme de que los Cuadernos Hispanoamericanos están preparando sigilosa y traicioneramente un número monográfico dedicado a mi persona y a ese silencio que mantienes misterioso. Todos los corruptos colaboradores que logre sobornar Félix Grande para cumplir su incalificable propósito, no solo se preguntarán por qué Juan Rulfo no ha escrito más que "Pedro Páramo" y "El llano en llamas" y mucho me temo que abunden seudosagaces investigadores que den respuestas a tal fenómeno.
En apariencia y para todo el mundo lector, que una revista cultural y sobre todo cuando tiene el prestigio de Cuadernos Hispanoamericanos dedique un número monográfico a Juan o a Pedro significa un homenaje, un reconocimiento de los valores literarios del monografiado. Pero la verdad es que el lector, pasando páginas, comprueba que absolutamente todos los colaboradores, en ¡nocente conjura, sólo escriben, unos tras otros, sobre el mismo tema, acaba por odiar al así homenajeado. Esto se llama saturación, puñalada a traición. Porque ni siquiera se consulta al infeliz, victimado y tanto da que haya muerto o continúe respirando. En cualquiera de esas circunstancias le está vedada la defensa y sus lectores, enfermos de resaca, jamás volverán a leerlo.
Espero que por esta vez sepas callarte, hacer un esfuerzo para no contestar cartas, huir de reportajes y de cualquier otra forma de publicidad. Hay un silencio aunque mucho te cueste y permanece quieto en tu rinconcito mejicano donde le dedicas a lograr la felicidad indígena.
Yo, por mi parte, dando satisfacción al legítimo deseo de molestar, molestias que fortifican la amistad, te abrazo y te pregunto por enésima vez:
-Querido Juan, ¿hay Cordillera?
Y tu contestarás que no, también por enésima vez y seguirás embriagándote con la inmortal coca-cola, orgullo legítimo de la cultura yanqui.
Con el viejo cariño de siempre,

Juan Carlos Onetti


jueves, 4 de febrero de 2010

César di Candia / Felisberto Hernández, Onetti y la Generación del 45

Juan Carlos Onetti
César di Candia
UN FAMOSO GRUPO DE INTELECTUALES
Homenaje a la Generación del 45 y a sus antecesores: Felisberto, Onetti, Paco
Sólo quien ha leído la obra poética o narrada de la Generación del 45 o quien se haya formado al abrigo de las orientaciones críticas de sus integrantes, sabe hasta qué punto esta constelación de treintañeros influyó sobre los que vinieron detrás.



"Hace trece años, escribí en una entrevista que le hice en el semanario Búsqueda: "Con los años, va a ser un nombre clásico en las letras nacionales. No lo es aún por ese perpetuo festín en el que los uruguayos nos roemos las entrañas unos a otros mientras vivimos". Hoy podría refrendar esa opinión con varias rúbricas. Como tantos otros intelectuales a los que sería fatigoso nombrar en su totalidad (Emir Rodríguez Monegal, Angel Rama, Carlos Real de Azúa, Carlos Martínez Moreno, Mario Benedetti, Homero Alsina Thevenet, Líber Falco, Manuel Flores Mora, Mario Arregui, José Pedro Díaz, Julio Da Rosa, Amanda Berenguer, Idea Vilariño, Domingo Bordoli) integró la llamada Generación del 45, que no sólo produjo creadores de excepción sino que se encargó de desmenuzar muchos de los valores literarios avejentados y sobrevalorados en los antiguos Parnasos, instituyendo una crítica responsable y exigente. Implacables, a veces crueles, agudos, brillantes, infatigables en la mordacidad y en la soberbia, algunos mirando de reojo a lo nativo, quienes integraron aquella generación, apoyados por sus propias revistas literarias y el semanario Marcha, ejercieron una función rectora sobre quienes vinieron (vinimos) detrás. Al borde ya de los ochenta quienes han felizmente sobrevivido, su testimonio resulta inaplazable. Uno de ellos, Carlos Maggi, identificado en aquellas décadas como El Pibe, hizo algo más que escribir magistralmente. Fue libretista de varias audiciones radiales humorísticas, como La Cachada Deportiva, Los Risatómicos, La Pensión 64 o La Real Academia del Humor con el Loro Collazo. Llegó además a ser Jefe de Abogados del Banco Central y le sobró paño como para encarar durante el primer período presidencial de Julio María Sanguinetti, la dirección de Canal 5, un escollo contra el cual naufragó con armas y bagajes. Sus propósitos formativos no pudieron contra una concepción televisiva contracultural demasiado arraigada como para meterle diente. El mismo Wilson Ferreira Aldunate trató de consolarlo en aquella oportunidad: "los gobiernos no hacen lo que quieren sino lo que pueden. Esa batalla está perdida".
Sin intenciones de querer retirarse, ni de la literatura, ni del periodismo ni de su involuntaria condición de formador de opinión, procuró definir en su casa de Las Toscas, a la generación a la cual perteneció y a algunos tótems mayores y por lo tanto ajenos a ella, como Felisberto Hernández, Paco Espínola y Juan Carlos Onetti, en cuyas fuentes sus integrantes abrevaron.
—La forma de orientar el pensamiento ajeno que tuvo la Generación del 45 es imposible de negar. Pero también habría que decir que nunca como entonces fueron tan frecuentes los elogios mutuos identificados con la famosa frase "yo reconozco tu talento, tú has lo propio con el mío".
—Había una razón de fondo. Fue la época en que se produjo la caducidad de una forma alegre de ser uruguayo. "Como el Uruguay, no hay". "Somos la Suiza de América" ‘En ningún lado nacen más talentos que acá". Justino Zavala Muniz me dejó de saludar porque yo opinaba que en el país no iban bien las cosas. "Usted escribe despreciando lo que hemos hecho sus mayores. Usted no respeta nada", me dijo.
—La verdad es que a los escritores anteriores ustedes los respetaban muy poco.
—Nosotros hacíamos la excepción con dos o tres. Con Paco Espínola que era bastante mayor, con Juan Carlos Onetti que era mayor que nosotros pero menos que Paco y con Felisberto Hernández que también era mayor.



FELISBERTO HERNÁNDEZ
—Se ha escrito mucho sobre la curiosa personalidad de Felisberto. ¿Cómo era según tu propio testimonio?
—Fue el principal enemigo de su literatura. Era un tipo inseguro, tímido, como acorralado. Desesperado por cobrar confianza, buscando que lo elogiaran o que le dieran una opinión favorable. Eso caía mal entre nosotros porque nos daba vergüenza que a alguien pudiera importarle eso.
—¿Y ustedes eran muy seguros de sí mismos?
—Seguramente no, pero lo disimulábamos bien. En primer lugar Felisberto era mayor que nosotros, pero su propia timidez lo llevaba a portarse con torpeza, haciendo chistes horribles o actuando de manera que nos chocaba. A mí su literatura me parecía buenísima, pero después en el café, me hacía enojar. Felizmente no era un habitual. Felisberto era reconocido por los grandes personajes uruguayos. Circuló apuntalado por Joaquín Torres García, por Carlos Vaz Ferreira y sobre todo por Jules Supervielle. Este llegó hasta llevarlo a París para que diera una charla en La Sorbonne. Mucho después de su muerte le llegó el reconocimiento del público y de la crítica.
"Felisberto era un buen amigo. Tenía alma de niño y yo lo trataba como tal, pese a ser un viejo gordo que en ese momento estaba ennoviado con Paulina Medeiros. Iban a casa, Paulina le hacía confidencias a mi madre y ésta se alarmaba. Eran dos gordos enormes, divinos. Felisberto tenía una cosa como de ido, era como un gran bobo.
—Escribiendo resulta todo lo contrario.
—Claro, su literatura es astuta, brillante, refinada, penetrante. Pero en su vida diaria era una especie de bobo bueno que hacía chistes malísimos y que estaba siempre como asustado. El mismo talento excepcional que tenía para escribir, lo manejaba para juzgar a los demás. A mí me dijo una vez: "usted dialoga mejor de lo que narra". Y yo que jamás había ido al teatro ni me interesaba, no le di corte.
(Reportaje del autor a Carlos Maggi. Semanario Búsqueda, junio de 1990)
—El hecho de que Felisberto se haya casado con tres mujeres dominantes, da una idea de su personalidad.
—El iba todos los días a dormir la siesta con su mamá. Y siempre tuvo una esposa que le hizo de madre. Una de ellas fue una espía famosa que trabajaba para la KGB.
—Pero no era ninguna de las tres que yo mencionaba que fueron Amalia Nieto, Reina Reyes y Paulina Medeiros,
—Felisberto comenzó a ir a casa poco después de muerto mi padre. Nosotros vivíamos en el Palacio Díaz y Paulina Medeiros que era en ese momento su novia, se quedaba horas charlando con mi madre. A mí me parecían dos viejas eternas. Una de las cosas que recuerdo era que no se podía ir al cine con él, porque como desde sus épocas de pianista de cine mudo se sentaba al lado de la pantalla, no había quién le sacara la costumbre de ubicarse en la primera fila
"Maggi había dicho: "ahí está Felisberto" y antes de que pudiera aclararme quién era el dueño de aquel nombre antiguo, ya estábamos adentro y saludándolo. Pensé que se trataba de un tío o primo mayor que Maggi, quizás porque además del aire notarial tenía cierto parecido con alguno de mis propios tíos, de esos que no llegué a conocer, pero había aprendido a reconocer y a nombrar al toparme con ellos en el destartalado álbum de fotografías de la familia. Por su conversación, supe que era pianista, que había hecho giras por el interior y que su representante se llamaba Venus González. (...) Antes de irnos y naturalizando seguramente con alguna frase el cambio de tema dijo:
—El arroz me hace mal; me llena la boca de granos.
Fue el primer chiste de Felisberto que escuché. Después supe que ese tipo de humor bonachón y un tanto desganado estaba siempre presente en sus conversaciones y no sé por qué se me ocurrió pensar que era su manera de hacerse perdonar la fachada de hombre común a que su timidez lo obligaba. (...) Cuando volvimos a encontrarnos con Felisberto yo también había aprendido a ver con otros ojos y me pareció menos gris que el día del café. Era realmente muy tímido; daba la impresión que no sabía qué cara poner para impresionar mejor. Se me ocurrió pensar que todo el tiempo estaba consciente de su cara y que por eso buscaba distraer la atención hacia sus manos cortas y regordetas que se movían como dando saltitos mientras hablaba. (...)
Me llamaba la atención en todos esos encuentros con Felisberto, la manera casi despavorida que tenía de comentar las cosas, sobre todo los artículos de Emir Rodríguez a partir de una mentada crítica que le hizo. Emir, "nuestro entrañable contrario" y cada vez más amigo al que tanto me gustaría ver de nuevo en Montevideo y levantando polvareda con sus notas, se equivocó con Felisberto (también Homero parpadea). Por lo que recuerdo más que hacer una crítica procuró psicoanalizarlo y se lo perdió. Las manos cortitas de Felisberto se aturullaban más que nunca al hablar de episodio. Era en ciertos aspectos como un niño y se escandalizaba con facilidad. También a veces lo atacaba un miedo infantil por algunas de sus responsabilidades de adulto, por ejemplo su empleo en AGADU que para él no era un empleo sino una pesadilla".
(Cuarenta y cinco por uno, María Inés Silva Vila. Ed. Fin de Siglo. 1993)


Juan Carlos Onetti
JUAN CARLOS ONETTI
—¿Onetti participaba en esas reuniones de café en las que ustedes no perdonaban a nadie?
—Calzaba bastante bien. Era mayor que nosotros y no fue parte de nuestra generación, pero nos acompañaba hasta por razones geográficas. La agencia Reuters en la cual trabajaba estaba pegada al café Metro. Salía de su oficina y se topaba con nuestra mesa.
—¿Cuándo conociste El Pozo ?
—De una manera bastante graciosa. Maneco Flores Mora quedó huérfano siendo muy jovencito y como en su casa se empezaron a vivir problemas económicos, consiguió un trabajo por las noches en Reuters. Al poco tiempo cayó con la noticia que su jefe, un tal Onetti, escribía muy bien. Recuerdo que yo en el peor momento de mi vanidad me reí de él. ¿Cómo se podía juzgar el trabajo de un jefe? Le dije que su admiración era cosa de subalterno. Al poco tiempo me trajo el libro que le acababan de editar en rústica. Quisimos morir porque nos pareció la máxima maravilla literaria. Ahí empecé a ir a Reuters para hablar con él. Era la época en que editábamos la revista Apex, Maneco, el gallego Novoa y yo. Como Carlos Denis Molina había sacado una mención en un concurso muy importante, lo fuimos a buscar al café Metro para invitarlo a escribir en la revista. De esa manera nos integramos siendo muy jóvenes, a aquel grupo.
—¿Era cierto el famoso malhumor de Onetti?
—Era una leyenda que él fomentaba. Igual que su fama de bebedor. En casa nunca tuve alcohol y cuando venía le daba agua con limón que él bebía con los mismos ademanes que hubiera hecho si estuviera tomando whisky. El creó su propia leyenda negra con sus actitudes, con las cosas que decía. Para mí era un tipo rarísimo, pero tan talentoso que era un placer estar con él. Pero todo ese asunto de la noches y las copas y las mujeres era más literario que otra cosa. Cuando lo vi en Madrid al final de su vida, era exactamente igual aunque ya estaba dominado por el alcohol. En Montevideo tomaba bebidas blancas pero terminó emborrachándose con vino.
"Sí, por momentos, Onetti es un personaje de Onetti. No es que se lo proponga, nada de esto tiene que ver con una pose. Hay algo de juego, es cierto, pero es un juego que responde a la misma necesidad que lo lleva a escribir: la necesidad de vivir una segunda vida, de ser él mismo y de ser el otro a la vez. (...)
Un verano alquilamos una casita con Onetti, acá en Las Toscas, donde estoy escribiendo ahora. No he podido encontrar la casa, posiblemente no la reconocería si la viera, pero en cambio veo claramente a alguien que en ese momento apenas conocía: Dorotea Muhr, Dolly, esa dulce partidaria del mundo que sigue velando los sueños del "maestro" del otro lado del Atlántico. Me parece verla correteando como una criatura sobre la pinocha o tratando de arrancar a Onetti de la hamaca paraguaya y de las novelas policiales para hacer un paseo en bicicleta totalmente impracticable. (...)
Después vuelvo a ver a Dolly en una casa prestada en otro lugar de la costa insistiendo como una nena para que Onetti saliera a ver una puesta de sol, espectáculo que él estaba dispuesto a perderse. O en el departamento de Gonzalo Ramírez, el día de la gangrena. Ella le pedía que se levantara porque estaba ilusionada con salir a cenar —en eso habíamos quedado— y él se negaba a otra cosa que dejarse velar la pierna de la gangrena imaginaria, pero al parecer igualmente preocupante. Estaba recostado en la cama, de traje, cuello y corbata, con la pantorrilla en cuestión al descubierto, inaccesible a los pedidos de Dolly. que seguía intercediendo por su cena en el restaurante. Sólo de tanto en tanto estiraba el brazo para recoger el vino que caía de aquel aparato de vidrio que hacía las veces de vaca. Le bastaba presionar apenas una pequeña válvula con el mismo vaso para que el líquido rojo oscuro contenido en la redoma se pusiera en movimiento y cayera por el tubo transparente. Era la mejor manera de tener el vaso lleno con el mínimo esfuerzo".
(Cuarenta y cinco por uno.— María Inés Silva Vila. Ed. Fin de Siglo 1993.)
PACO ESPÍNOLA
—¿Paco Espínola también iba a las reuniones del café Metro ?
—De vez en cuando. Mi relación con él se intensificó cuando empezó sus clases en la Facultad de Humanidades que acababa de inaugurarse. Maneco y yo íbamos siempre con nuestras respectivas novias, que eran hermanas. Después de las clases nos íbamos a su casa y Paco nos leía lo que había escrito en la semana. En aquella época fue que hizo Don Juan el Zorro.
—¿Necesitaba un auditorio?
—Muchísimo. Te diría que Paco dejó de escribir un largo tiempo por falta de ambiente. Cuando se fue de San José se encontró perdido en Montevideo.
" Paco fue el tipo más dotado para la literatura que yo he conocido y conocí a muchos grandes. José Bergamín decía que él había escuchado a hablar a don Miguel de Unamuno, a Ortega y Gasset, a Ramón del Valle Inclán, pero que un charlista como Paco no había oído nunca. Era un conversador de café inigualable. Y además tenía una formidable capacidad para desentrañar la mecánica de la literatura para ver cómo y por qué está hecha, para desarmarla y mostrar los huesos y los engranajes. Para mí siempre fue un maestro a tal punto que pese a nuestra amistad, nunca pude tratarlo de usted".
(Reportaje del autor a Carlos Maggi. Semanario Búsqueda, junio de 1990)
—Estás en deuda con un libro sobre Paco.
—Puede ser... Tengo una anécdota lindísima. En el año 33 Paco era corrector del diario Uruguay. Todavía era joven. El era del 2, así que tenía treinta y uno. Como era completamente miope, su dificultad para corregir era enorme. Entonces Onetti le caía de noche y lo ayudaba corrigiéndole las galeras. En esa época Paco acababa de publicar Sombras sobre la tierra.
"Bergamín decía que Paco hablaba mejor que Valle Inclán. Pienso —y tuve bastante tiempo para observarlo— que Paco más que hablar "escribía" verbalmente, utilizando aparte de su enorme talento, todos los trucos del oficio, enfatizando ésto, creando suspenso allá, buscando un efecto con esto otro, "presentando" y no aludiendo para hacer que la historia cobrara vida y sucediera. Por supuesto que al tratar de desentrañar la técnica que empleaba no aclara el prodigio que pudiera hacerlo, librado a las urgencias de quien precisamente está hablando y no escribiendo.
En las clases de la Facultad de Humanidades, desmontaba cada canto de La Ilíada como un mecánico puede desarmar un automóvil. Y así desmontando cada pieza, mostrando como Homero anticipaba en un momento lo que iba a pasar mucho después, haciéndonos ver la fuerza de un adjetivo que "ni Dios lo pone" y que "si se saca todo se viene abajo" nos estaba enseñando en realidad cómo se hace una obra para que funcione. (...)
Otra de las grandes devociones de Paco, Aparicio Saravia o el Partido Nacional que para él eran la misma cosa, estaba muy presente en sus conversaciones, junto con el mundo de su padre, que también anduvo en las patriadas. Todo eso en sus labios adquiría las resonancias de una épica que —como hacía con Homero— nos ponía al alcance de la mano. Le gustaba mucho contar cuando salió para Paso Morlán, en el año 35, vestido de traje negro, zapatos de charol y cuello palomita y terminó prisionero en Colonia casi enseguida y sin haber disparado un solo tiro. Se le atascó la escopeta y quedó en el suelo boca abajo, protegiéndose con ella, sintiéndose ridículo. Aunque no tanto, porque al compañero que tenía al lado lo mataron de un balazo. Podría hacer una película chaplinesca con su versión de esta aventura y titularla "Paquito revolucionario". (...) Tan grande era su devoción partidaria que cuando se hizo comunista estoy segura que imaginaba a Marx y Lenin de golilla blanca",
(Cuarenta y cinco por uno.— María Inés Silva Vila. Ed. Fin de Siglo, 1993)
—Nos quedaría hablar de Manuel Flores Mora.
—Pero tendría que hacerlo de otra forma, sin vincularlo a la literatura. Fuimos amigos desde los primeros años del Liceo Francés, a finales de la década del veinte y nuestra amistad siguió hasta el final. Terminamos casándonos con dos hermanas así que te imaginarás que éramos mucho más que amigos.
—Las cosas que escribíamos a medias eran para nosotros de la más alta exquisitez literaria y cultural y de ellas no le dábamos participación a nadie lo cual creaba un abismo de gran desprecio hacia los demás. Esa adolescencia soberbia la compartimos a todo tren. El escribía estupendamente".
(Reportaje del autor a Carlos Maggi. Semanario Búsqueda, junio de 1990)
—Fue un periodista de excepción. Seguramente el espejo de toda una generación que vino detrás. De su labor como creador literario no hay muchas pruebas.
—Lo que pasó fue que su carrera política le impidió culminar como hubiera merecido. En determinado momento de su vida se sintió atraído por la personalidad de don Luis Batlle Berres y se volcó de lleno a la vida política. #Ahí se frustró como escritor. Pero era el mejor de todos nosotros.


miércoles, 3 de febrero de 2010

Juan Carlos Onetti / Cuentos completos / Reseña

Juan Carlos Onetti
Juan Carlos Onetti
CUENTOS COMPLETOS

Por Juan Pablo Heras
11 de marzo de 2010
La Tormenta en un vaso




Supongo que no he sido el único que se inició en el Onetti cuentista a través de Jacob y el otro, un relato vibrante y devastadoramente irónico que esconde un drama de un valor incalculable, un oculto conflicto de potencia shakesperiana en un ambiente miserable y polvoriento. Un cuento que por sí solo justificaría toda una vida de dedicación a la literatura.

  Y resulta que sólo era uno más.
  En la estupenda introducción que dedica a este volumen, Antonio Muñoz Molina se recuerda a sí mismo con veinte años, leyendo a las tres de la mañana obras maestras como El infierno tan temido o Bienvenido, Bob y amaneciendo a la mañana siguiente «como con olor a ginebra mala y a ceniza fría y a sábanas sucias y sudadas en la ropa». De la lectura de los Cuentos completosde Juan Carlos Onetti, uno sale condenado a cadena perpetua. Condenado a no olvidar que hay ciertas formas de felicidad que sólo se encuentran en lo más hondo de la tristeza. Condenado a volver gozoso una y otra vez a sus páginas para beber con avidez la sarta de desengaños queOnetti nos regala con afectuosa crueldad. Tras la lectura de todos los cuentos de Onetti, nos queda la certeza de que nadie podrá superar el talento de un narrador siempre nuevo y siempre cervantino, capaz de enroscar el lenguaje hacia curvas desconocidas y al mismo tiempo dejar a la intemperie las vértebras del artificio. Nadie como Onetti para elaborar una poética inconfesada del narrador como testigo (por ejemplo).
   El recorrido que nos propone este libro nos permite encontrarnos con preciosas curiosidades: relatos policíacos de juventud a modo de pasatiempos de periódico (El fin trágico de Alfredo Plumet), auténticas anécdotas de taberna elevadas a monumentos a la desgracia (Matías el telegrafista), incursiones a rincones desconocidos de Santa María, por la gloria de Brausen, y versiones distintas de relatos únicos: estudiar a fondo cómo transformó Onetti el confuso La larga historia de 1944 en el extraordinario La cara de la desgracia de 1960vale por un año entero de asistencia a talleres literarios. La lectura continuada de los relatos que componen este libro es un apasionante testimonio de años de constante perfeccionamiento en las armas privadas de la literatura, una lección de cómo colocar cada palabra para hacer elocuentes los silencios: como dice Muñoz Molina, Onetti «posee como nadie la suprema virtud de escribir no escribiendo».
   Esta nueva edición de la recopilación que ya publicara Alfaguara en 1994 nos ofrece respecto a aquella una cubierta menos atrevida pero más elegante, y unos pocos papeles hasta ahora inéditos; algunos tan curiosos como Eva Perón, especie de boceto revelador de los engranajes ocultos de Ella, relato malvado acerca de los últimos días de la diva argentina.
  Para terminar, vuelvo al principio. Si en Jacob y el otro encontraba yo un perfecto drama secreto, otros han visto una película formidable: el director uruguayo Álvaro Brechner lo acaba de trasladar al cine con el título Mal día para pescar. Qué duda cabe. Abrir un libro de Onetti es tender caminos, vías aparentemente muertas que nos llevan a ese lugar lejano y desconocido en el que nos acabamos encontrando a aquella parte de nosotros que nos empeñamos en esconder.


Juan Carlos Onetti
Cuentos completos
Introd. Antonio Muñoz Molina
Alfaguara, Madrid, 2009. 536 pp. 22 €



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martes, 2 de febrero de 2010

Julio Cortázar / Onetti


Juan Carlos Onetti

Julio Cortázar
ONETTI

Omar Prego: Onetti me dijo que había sido uno de los primeros lectores de «El perseguidor» y que de inmediato te escribió una carta —él, que suele escribir muy pocas cartas— declarándote su total entusiasmo.
Julio Cortázar: Onetti hizo mucho más que eso. Esto que te voy a contar lo supe por Dolly Muhr (Dorotea Muhr, la mujer de Onetti). Onetti leyó «El  perseguidor», se fue al cuarto de baño de su casa y rompió el espejo de un puñetazo.
Omar Prego: Exactamente. Onetti nos contó eso un día a mi mujer y a mí, allá en Montevideo. Fue esa secuencia —vos empezás esa parte del cuento abriéndola con esa sola palabra, «secuencias»— de la muerte de Bee, la hija mayor de Johnny y Lan.
Julio Cortázar: Nadie ha tenido una reacción que me pueda conmover más.



De «Los cuentos: un juego mágico»,
charla de Julio Cortázar con Omar Prego Gadea



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