Un cadáver, en la base de un edificio derruido en la localidad de Catia La Mar (Estado de La Guaira).CHELO CAMACHOMirando al mar desde la playa caribeña de La Guaira, de espaldas a la muerte
Rescatistas y voluntarios encuentran en este lugar un alivio ante el horror. Las labores de búsqueda de los cuerpos sepultados son una mezcla explosiva de esperanza y frustración
DAVID MARCIAL PÉREZ
La Guaira - 28 JUN 2026 - 23:00 COT
El único modo de escapar del olor es acercarse lo más posible al mar. La carretera de la costa es una frontera física y olfativa. De un lado, el agua serena y caribeña de una playa casi desértica. Al otro, un edificio tras otro, todos derrumbados en un amasijo de hierro y cemento. Montañas de escombros, máquinas excavadoras, ambulancias, militares, policías. Todos buscando centenares de cuerpos sepultados tras el terremoto en la zona cero de La Guaira. Un mundo en ruinas bajo el sol que a media tarde roza los 40 grados. El Gobierno de Venezuela ha repartido mascarillas ante el riesgo de infecciones por la descomposición de los cadáveres. Cuatro días después de los terremotos que sacudieron al país, el olor a muerte está tan presente que solo desaparece con la brisa salada del mar.
Ángel llegó de madrugada junto a otra decena de compañeros de un club de moteros. Ha venido para ayudar desde el Estado Sucre, a casi 10 horas en coche, y comenzaron a buscar entre los escombros con los primeros rayos del sol. El techo de uno de los edificios pegados a la carretera de la playa es ahora una pared vertical con las antenas parabólicas tumbadas sobre la acera. Por uno de los huecos se coló Ángel y sus compañeros. Al abrirse paso, lo primero que encontraron fue un brazo saliendo de los cascotes. Luego, una pierna colgando. Ángel sintió un escalofrío y se apartó de la escena. Tiene 23 años y hace poco murió su abuela. “Vi su cuerpo en el velorio, pero esto es otra cosa. Es algo extraño. Sobre todo el olor”, cuenta sentado en una silla de plástico debajo de una sombrilla mirando al mar.
Decena de compañeros de un club de moteros apoyan en las labores de rescate desde el Estado La Guaira.La hileras de sombrillas siguen en pie, como si la arena de la playa las hubiese protegido milagrosamente del temblor. Es el único resto de orden cotidiano, un recuerdo de la vida plácida antes de la tragedia. Aquí ha venido también Alejandro, otro voluntario que ha viajado casi un día entero desde Barinitas, en la Cordillera andina venezolana. “Necesitaba relajar la mente. Son muchas cosas las que uno ve y son difíciles de superar, pues”. Alejandro, de 29 años, trabaja de chofer para turistas en su pueblo, y esta mañana se encontró con un cadáver tendido en una cama entre los escombros. A diferencia de Ángel, no era la primera vez que se enfrentaba a la muerte en crudo. “He visto balaceras, pero esto es diferente. La gente de aquí ha perdido la vida de una vez, sin esperarlo”, dice detrás de unas gafas gigantes y una sudadera con la palabra “fe” escrita en el pecho con forma de crucifijo.
Un helicóptero militar sobrevuela la playa con dirección a la ciudad devastada y el ruido de las hélices interrumpe la conversación. Alejandro mira hacia el cielo con la mascarilla colgando del cuello. No sabe explicar bien cómo ese olor lo inunda todo. “No es como el del pescado podrido, es más fuerte y no te lo quitas a menos que vengas aquí, cerca del agua salada”. Las olas suaves mojan la orilla y repiten en bucle la misma cadencia, ajenas al caos impredecible del otro lado de la carretera. En otra esquina de la playa, dos rescatistas se han quitado el mono de trabajo, las botas y el casco. Duermen, o al menos descansan con los ojos cerrados, en sillas de plástico mirando al mar.
Esperanza y frustración
Las labores de búsqueda de los cuerpos sepultados son una mezcla explosiva de esperanza y frustración. Subido a la cima de una montaña de escombros, lo que ha quedado de un edificio de ocho pisos, Rubén pide silencio con el código de levantar al aire el brazo derecho con el puño cerrado. Cuando desde la acera, el enjambre de gente obedece, dice desde arriba con voz ronca: “Dos rescatistas profesionales han confirmado que hay un superviviente”.
Los rescatistas levantan la mano para poder escuchar a los sobrevivientes del colapso de un edificio en La Guaira.La puerta de la esperanza se había abierto por la mañana, cuando se escuchó una voz desde el fondo de los escombros. Llegaron los bomberos, además de policías y militares. Pero el líder del plan improvisado de rescate sigue siendo Rubén. “Ese chamo es un duro, es bien arrecho”, dice uno de los vecinos desde la calle.
Todos piensan lo mismo de Rubén, que vive, o más bien vivía, a dos cuadras de aquí. Dicen que llegó el mismo miércoles, el día del temblor, y que con su ayuda ya se han recuperado con vida a cinco personas de este edificio a un costado de la playa. “Hoy estaba aquí a las ocho de la mañana, venía de ayudar en otra casa de al lado. Trabajó hasta mediodía. Paró para dormir en el suelo como una hora y siguió otra vez. Es como el protagonista de una novela”. Lo cuenta Flavio, él mismo, otro personaje de una historia épica. Su esposa ha quedado atrapada en los escombros y participa en las labores de rescate. Tiene todo el cuerpo bronceado por las largas horas bajo el sol y un humor envidiable: “Yo me como una arepita con queso y sigo pa’lante. Uno trata de sobrevivir como sea”.
La adrenalina es un combustible poderoso, quizá el único posible ante la desolación. Pero la espiral de la fe también esconde trampas. Ya han llegado más equipos profesionales de rescate para intentar sacar a la voz que se escuchó por la mañana. La última señal fue un sonido leve de dos piedras chocando, el protocolo que piden los rescatistas asumiendo que al sobreviviente, tras cuatro días sepultado, ya ni quiera le queda voz para pedir ayuda.
Rescatistas esperan un sonido o señal de algún sobreviviente tras colapso de un edificio provocado por dos terremotos de 7.2 y 7.5 en Venezuela,Desde arriba de la montaña, Rubén informa: “Rescate cancelado. Los rescatistas profesionales no han podido confirmar la señal y el lugar es demasiado peligroso. Todo puede derrumbarse y han decidido no arriesgar cinco vidas por una persona de la que no hay certeza de que siga viva”. El clima eléctrico de excitación se convierte en un vacío de silencio. Los voluntarios y rescatistas van bajando de la mole de escombros. Uno de ellos es un militar mexicano. Lleva bajo el brazo una camilla naranja portátil. Cuando logra descender, pregunta dónde está el resto de su equipo. Nadie ha visto a más mexicanos con el uniforme verde oliva. Los ha perdido y decide caminar de vuelta por la carretera de la playa con la camilla bajo el brazo, como la tabla de surf a la que se aferra un ahogado.
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