martes, 30 de junio de 2026

Darío Jaramillo Agudelo / No hables de Dios con nadie


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Fotografía de Alberto Sierra

No hables de Dios con nadie

Un perfil de Darío Jaramillo Agudelo


​El que es para muchos el poeta vivo más importante de Colombia cumplirá pronto 78 años; tiene una prótesis, un respirador portátil, tres novelas inéditas y una colección de estilógrafos que guarda en una caja tallada con figuras precolombinas. Escribe para no volver a leerse. Quiere ser invisible, aunque este meticuloso texto, que indaga en el Darío más íntimo, es la prueba de que aún no lo consigue.


POR ADRIÁN ATEHORTÚA

Abril 27 2026

Es la mañana del primer día de la Feria del Libro de Bogotá (FilBo) 2025. No ha parado de llover desde la madrugada y el panorama de Corferias, que en los próximos días estará a reventar, se encuentra completamente vacío, excepto por una fila de gente a la entrada del auditorio José Asunción Silva, sombrilla e impermeable a la mano, que esperan para entrar a uno de los primeros eventos de la feria al que han llamado "La poesía del cuerpo", un homenaje de la FilBo a Darío Jaramillo Agudelo, poeta, novelista, ensayista, escritor, antologista, gestor cultural, fundador de editoriales independientes, reseñador literario compulsivo. Un homenaje a todo eso, pero también un acto central a propósito del eje conceptual que ha elegido la feria para este año: el cuerpo.

El autor de El cuerpo y otra cosa (2016), libro por el que ganó por segunda vez el Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura en 2017, en el que escribe versos como “El cuerpo de mis gozos se extinguirá entre la tierra, / será ceniza, y lo otro que estuvo dentro de mí será aliento / de otro ser, será parte de otra nada”, es hoy, y desde hace cinco décadas, una de las figuras más reconocidas de la poesía colombiana y latinoamericana, pero no solo por sus poemas. Quienes lo han leído lo saben. Por eso han hecho fila desde temprano para verlo, no importa esperar tratando de huir de la lluvia.

Las puertas se abren, el auditorio queda casi lleno por completo con más de doscientas personas y en el escenario se acomodan ocho panelistas que vienen a hablar de todas esas facetas del homenajeado: Luis García Montero (director del Instituto Cervantes) hablará del Darío maestro de la lengua; Mario Jursich (editor, crítico) hablará del Darío poeta; Jorge Orlando Melo (historiador, exdirector de la Biblioteca Luis Ángel Arango) hablará del Darío gestor cultural; María Gómez Lara (poeta) hablará del Darío consejero de poetas; Darío Rodríguez (escritor) hablará del Darío escritor; Catalina González (directora de la editorial Luna Libros) hablará del Darío reseñador y editor, y Manuel Borrás (editor y fundador de la editorial Pre-Textos) hablará del Darío amigo. Esa enorme conversación será moderada por Ángela Pérez, subgerente cultural del Banco de la República, cargo que Darío Jaramillo ocupó antes que ella durante veintidós años.

“Desde su primer libro, Historias, de 1974, hasta su poemario Gatos, de 2005, o como novelista, o como ensayista, Darío ha conseguido llevar, sin caer en populismos, el conocimiento literario a la vida de la gente. Por eso repito que, por ejemplo, sus Poemas de amor hacen parte de la gran poesía amorosa en nuestro idioma, como Pedro Salinas, como Pablo Neruda, como Jaime Sabines”, dirá García Montero. “La voz literaria de un autor no tiene por qué parecerse a su voz como persona (…). Darío, sin embargo, es uno de los pocos en los que ambas voces confluyen”, dirá Jursich. “Darío ha sido un ejemplo poco ortodoxo de la función pública que debería aplicarse con más frecuencia: no usa las instituciones para beneficiar a sus amigos, sino que usa a sus amigos para que las instituciones puedan beneficiarse”, dirá Melo. Todos los comentarios son del mismo corte, pero sobre diferentes aspectos.

Tras el circuito de elogios, Darío Jaramillo es llamado a subir al escenario en medio de una ola de aplausos. Tiene 77 años, trae un respirador portátil que carga con destreza como una cartera, camina lento, ligeramente cojo, pero con destreza. Chaqueta, pantalón y zapatos negros, camisa blanca impoluta, cabello blanco suavemente peinado, es la primera vez que aparece en un evento después de más de siete meses de convalecencia y constante aislamiento en casa. Pero el público no sabe eso, por ahora. De no ser por la cánula, su aspecto sería el de un hombre mayor con vigor.

Todos lo siguen con la mirada en su camino al escenario, lo ven subir las escaleras con lentitud, los aplausos van en aumento. Una vez arriba, cuando va a tomar asiento, entre la audiencia se escucha un breve grito de alerta: algunos advierten que la silla en que se sentará tambalea y podría caerse. Los organizadores del evento no pensaron en el detalle que el público sí notó y rápidamente cambian el asiento.

Aunque nadie lo mencionó en el conversatorio, aunque se comenta de manera marginal, esporádicamente, en las innumerables reseñas sobre su figura, aunque él mismo suele no mencionarlo a menos que le pregunten en las incontables entrevistas sobre su vida, todos los que conocen la obra de Darío Jaramillo, sobre todo sus seguidores aquí congregados, saben que es amputado de una pierna y que camina con una prótesis desde hace más de 34 años. Tal vez algunos –los más fanáticos, los más cercanos– sepan que carga un respirador a todas partes porque es lo único que le ayuda a captar oxígeno con más tranquilidad tras años de ser diagnosticado con EPOC. Si se sentara y se cayera con todo y silla, el desastre sería trágico. Pero el público lo ha evitado.

Cuando por fin toma la palabra, Darío no se refiere a nada de eso, y en cambio dice: “Gracias por todas las mentiras que acaban de decir sobre mí”, y el público se ríe. Ya conocen ese humor suyo. Luego, con más seriedad, confiesa: “Estoy muy conmovido de estar aquí. Llevo meses sin salir de casa. Ha valido la pena venir”, y los aplausos continúan. No dice y nunca dirá que acaba de superar un cáncer pasajero que le fue descubierto a tiempo en el dedo pequeño del único pie que tiene. No lo menciona porque, tal vez, no importa mencionarlo.

No es el cuerpo lo que importa. Tal vez sea la poesía. Tal vez son otras cosas. Algunas de las que Darío tampoco habla, ni siquiera en sus poemas.

***

El apartamento tiene casi doscientos metros cuadrados. Hay amplios pisos de madera y ventanas de lado a lado, con sistema antirruido integrado, por las que entra la luz pálida de una tarde nublada que inunda las paredes blancas en las que se ven obras originales de Juan Antonio Roda, Hugo Zapata, Beatriz González, José Antonio Suárez Londoño y cientos, miles de libros, en un orden riguroso. Afuera está la carrera séptima y una vista de postal de una Bogotá clásica, con el Parque Nacional y las casas de estilo inglés del barrio La Merced contrastando con el verde frondoso de los Cerros Orientales. Adentro todo es silencio, brillo tenue, muebles antiguos de madera que parecen nuevos, envueltos en un olor fresco y constante a agua de colonia.

Junto a la puerta principal, una silla de ruedas moderna, abandonada, intacta y sin usar. En el costado sur del apartamento está la cocina y en la cocina un comedor cuadrado de madera de cuatro puestos. A la mesa, Darío Jaramillo almuerza arroz con carne desmechada, papas fritas de paquete y Coca Cola al clima. La comida la ha preparado y servido puntualmente Heidy, la persona que administra el orden de su casa y de su agenda, por no decir de su vida, hace casi veinte años, cuando se mudó a vivir solo en este apartamento después de jubilarse. Se hablan la mitad del tiempo entre bromas. “Permiso, don Darío, que no cabo”, dice ella, por ejemplo, para pasar por el comedor, y él responde: “¿Y a usted quién la manda a no cupir?”.  

Es el segundo lunes de abril de 2026. Ha pasado un año desde el homenaje que le hicieron en la FilBo y una nueva edición está por comenzar. Darío está programado para algunos eventos de la feria, pero no podrá asistir presencialmente: hace unos días recibió órdenes médicas estrictas de guardar reposo tanto como pueda. Mientras almuerza, Heidy hace una lista de tareas, entre las que está llamar a todos los lugares y eventos a los que ha sido invitado Darío durante las próximas semanas para notificar que no podrá asistir, tal vez solo de manera virtual. Cuando termina de almorzar, Darío dice: “Ven y te muestro un tesoro que te va a gustar”.

Se levanta del asiento con más facilidad que dificultad. Me dice: “Tenme aquí” y entrega el respirador portátil para que lo siga por el apartamento. Sale de la cocina, atraviesa la vasta sala hasta el costado norte y entra en su habitación, que es amplia como el resto del piso y más grande que cualquier apartaestudio de Chapinero. Una variación de la misma elegancia sobria: pisos de madera, ventanas de lado a lado con vista exterior, paredes blancas, cuadros originales, muebles antiguos que parecen nuevos. Lo único diferente es la cama sencilla, el televisor donde ve partidos de béisbol sin audio, la biblioteca donde están las únicas fotos a la vista de toda la casa (una de su madre, una de su padre), el escritorio amplio de madera donde reposa un portátil rodeado de papeles, torres de libros, torres de cuadernos viejos, lápices, una flor de Inírida que conserva desde hace más de un año, y la única planta que hay en el apartamento, y un letrero enmarcado que encabeza esta superficie convertida en recinto como una premisa: “Ir muy despacio”.

Darío abre uno de los cajones del escritorio, saca una caja de madera oscura tallada a mano con pájaros y figuras precolombinas y la extiende con la fascinación de un niño que presenta su colección de canicas. “Mira esta maravilla”, dice mientras abre la caja. Adentro, arrumados en una maraña de oscuro y metálico resplandor, hay una colección de quince, veinte estilógrafos de diferentes tamaños, todos rutilantes, todos del siglo pasado. “Este es un Parker, este es un Montblanc, este es uno japonés que me regalaron, este es el que usaba mi abuelo en 1951, este es otro Montblanc…”, enumera mientras los va sacando uno a uno con el cuidado torpe de un niño coleccionista.

Crédito: Alberto Sierra

 

Son las herramientas con las que ha escrito todo: diez poemarios, ocho novelas, cinco libros de ensayos, más de diez antologías propias o de temas diversos, un par de libros para niños… una obra en la que ha hablado de la retórica y sus trampas, de las pretensiones poéticas, de personajes afortunados y otros que creen serlo, de hipotéticas conversaciones con Dios, del arte de las canciones y crónicas latinoamericanas, de Bogotá y sus calles, de fantasmas, de la muerte, del amor, del desamor, de gatos… una obra que le ha valido dos veces el Premio Nacional de Poesía, el Federico García Lorca y, hace unos meses, el León de Greiff.

Mirando esa colección de estilógrafos que aún funcionan, Darío comienza a describir el proceso que siempre -y aún- emplea para escribir: todo lo escribe primero a mano, una y otra vez, según fluya, en libros y agendas que ha acumulado durante años. Luego, revisa esas notas, transcribe al computador (antes, hace décadas, a máquina de escribir) y en la transcripción va editando. Ese manuscrito lo deja reposar uno, dos, cinco años, hasta que haya la suficiente distancia para retomar su lectura sintiendo que quien lo escribió fue otro Darío. Con esa ventaja, se siente en capacidad de volver a editar y, finalmente, publicar si así lo quisiera.

Por estos días de quietud estricta, ha decidido entonces volver a revisar viejas agendas y cuadernos para organizar todo su archivo escrito a mano y ver de ahí qué puede parecerle publicable. Volviendo a esos viejos Daríos de los que se siente ya lejano como para revisar sus manuscritos sin piedad, ha encontrado tres novelas inéditas y cientos de versos y poemas.

–¿Escribir tanto y así no te produce ese tedio del que muchas veces hablan los escritores?

–No, para nada. Ese discurso del escritor atormentado por la página en blanco me parece mierda. Digo, con respecto a mí. Lo siento por quienes les pasa, sé que todos los procesos son diferentes. Respeto los sufrimientos que cada quien tiene derecho a tener. Pero escribir para mí no es un sufrimiento, es un placer. Lo cual no quiere decir que sea fácil: es un oficio en el que la experiencia no cuenta. Todos los días uno siempre empieza de cero, y vuelve a arrancar y vuelve a aprender y eso es algo que también me resulta muy atractivo de escribir. Siempre estás en el día cero.

Escribir fue un hábito que Darío encontró después de la adolescencia. Nacido en 1947 en Santa Rosa de Osos (Antioquia), hijo único de Alfonso Jaramillo (comerciante del municipio de Guadalupe) e Inés Agudelo (hija mayor de una familia de comerciantes de Santa Rosa), lo que realmente le gustaba de niño y joven era el fútbol. La lectura, la literatura, era algo que lo rondaba casi estratégicamente: su padre, que había tenido que dejar el colegio en tercero de bachillerato para trabajar y sostener a su familia, nunca dejó de lado una vena intelectual nostálgica que siempre le indicó que leer estaba estrechamente relacionado con tener una vida mejor.

Por eso, después de fundar junto a su suegro Almacenes El Mar, el negocio familiar que los levantaría, Alfonso Jaramillo decidió que lo mejor para garantizar un futuro estable a su hijo era mudarse a Medellín. Aunque la familia ya era rica –se decía que Ramón Agudelo, abuelo materno de Darío, fundador del primer hotel y la primera flota de transporte de Santa Rosa, había hecho su fortuna al encontrarse una guaca de oro– y el pueblo ya tenía una fama cultural resonante en la región por figuras como el poeta Porfirio Barba Jacob, el estadista Pedro Justo Berrío y el escultor Marco Tobón Mejía, los Jaramillo Agudelo no lo pensaron mucho y se fueron a la capital antioqueña.

Abrieron una sede de Almacenes El Mar en el centro de Medellín, cuya novedad, entre los cachivaches y la salsamentaria, era traer productos del mar a la ciudad, y se instalaron en uno de los primeros edificios de apartamentos del Parque Bolívar. Ahí creció Darío, que comenzaría sus estudios en el colegio San Ignacio, hijo único obsesionado por el fútbol que pateaba el balón dentro y fuera de la casa, sin importar qué se rompiera. Atrás quedaron las tardes de juego con el abuelo paterno que había quedado ciego por un accidente en una jornada de cacería y que le había contado todos los cuentos que años después se recopilaron en El testamento del paisa, un conjunto de relatos que durante siglos conformaron la principal narrativa oral de la tradición arriera y que sirvieron como una suerte de mitología fundacional de la cultura paisa.

Darío identifica ahí un germen de su gusto por la literatura, que luego fue creciendo con lecturas adolescentes encabezadas por los relatos de Robert Louis Stevenson. “Aunque jugaba fútbol todo el tiempo, era hijo único y la forma de encontrar algún tipo de interacción en casa seguro era leyendo”, explica. A falta de más estimulación, el padre armó una biblioteca personal con cientos de libros de literatura universal, ensayo, filosofía, y de paso le dio una especie de membresía al pequeño Darío en la Librería Aguirre, del mítico intelectual Alberto Aguirre –la más grande de Medellín en ese momento– con una orden expresa: todo lo que él quisiera leer podrían anotárselo en su cuenta.

Familia Jaramillo Agudelo. De pie, en la segunda posición, de izquierda a derecha, Darío Jaramillo en brazos de su abuela materna Mercedes Roldán Beltrán. Crédito: Archivo personal Darío Jaramillo.

 

Si hasta ese momento la literatura había sido un mero pasatiempo, fue ahí donde Darío encontró una senda con el adoctrinamiento de Aguirre, que le enseñaba a Albert Camus, a Thomas Mann, a León de Greiff, a Gonzalo Arango, y cada lectura tenía su respectiva tertulia con el librero que, con cada visita, evaluaba si el joven Darío sí había leído. Luego, por su cuenta, Darío dio sus propios pasos para pasar de la lectura a la escritura, imitando los versos de los poetas que leía, y pronto comenzó a poner en práctica esas habilidades en las tareas del San Ignacio. Rápidamente, esas lecturas, esas visitas a la librería y esos primeros escritos alimentaron un rumor en el colegio que llegó hasta la rectoría: Darío era un nadaísta. Es decir, para la época, era un subversivo, un satánico, un terrorista, un hereje.

El pequeño escándalo colegial se subsanó con conversaciones entre los padres de familia y los curas jesuítas. Y aunque ni de lejos Darío fue un nadaísta, ya no hubo vuelta atrás. De día, afuera, era el muchacho futbolista, hincha del DIM, buen estudiante y destacado en todas las materias. En casa, solo, el susurro de la escritura aumentaba. Se convirtió en su forma de conocerse, depurarse y seguir. Así ha sido durante los últimos sesenta años.

–La escritura en mi vida viene siendo una pasión. Es algo que me gusta hacer por tratar de conocerme yo mismo. Y también es un juego, como toda pasión. No ha sido mi interés ser un escritor profesional, es decir, con un compromiso de publicar, que viva de escribir, ni he querido volverme un escritor famoso… Más bien soy un escritor de fin de semana, un escritor de “por las noches”.  Para mí, escribir es algo que tiene que ver conmigo mismo. Inclusive, creo que mi rol con respecto a lo que escribo se acaba cuando acabo de escribir.

–O sea que cada libro es una indagación sobre vos mismo que ya resolviste.

–Y no, porque con cada respuesta puede haber mil preguntas. Entonces no podría decir que tengo algún tema resuelto.

–Y ahora que estás organizando tu archivo, ¿qué te produce volver sobre esas antiguas indagaciones y esos antiguos Daríos?

–Nada. Lo hago para ver qué sirve y qué se bota. La verdad es que se me olvida todo lo que escribo. Incluso si tengo que revisar algo mío porque se hará una nueva edición, prefiero contratar a alguien que revise. Porque entre leer a Darío Jaramillo y leer algo que no he leído, prefiero lo segundo. Ya tuve suficiente con ser Darío Jaramillo como para volver a leerlo.

–O sea que escribís para no volver a leerte. ¿Es así?

–Sí, es así.

***

Es la hora pico de una tarde de martes y el trancón bogotano ya es imbatible. En el asiento de copiloto de una camioneta atrapada en el tráfico de La Candelaria, el editor español Manuel Borrás hace cálculos: "¿Me alcanzará el tiempo para ir a la librería Quevedo, en Chapinero, y luego llegar a las 6:30 p.m. para acompañar a Darío durante la noche?". Lleva dos semanas en la ciudad, y durante su estadía Manuel ha estado al lado de Darío en todo momento, a excepción de esta tarde en la que fue solo a ver una exposición en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Y aunque no han pasado más de cinco horas separados, el sentido de puntualidad de Manuel es tan escrupuloso que desiste de ir a la librería y prefiere desviarse hacia la casa de Darío para no hacerle esperar. Eso y, claro, porque sabe que, después de un día maratónico de citas médicas, a Darío le haría bien llegar a casa y encontrarlo.

Se conocieron en 1998, en Caracas, cuando ambos fueron invitados por Eugenio Montejo para ser jurados del Premio Pérez Monarde, junto a la argentina Olga Orozco y el ecuatoriano Jorge Enrique Adoum. Manuel no sabía quién era Darío, pero Darío sí sabía quién era Manuel: editor legendario de Pre-Textos, la legendaria editorial independiente española que había descubierto para el público hispanohablante a autores como Varujan Vosganian o Louise Glück, en la que los poetas latinoamericanos y españoles más destacados se disputaban un lugar. Compartieron mesas, discusiones y cenas por esos días, pero nada más allá de eso. Antes de volver a Colombia desde Caracas, Darío le dejó a Manuel uno de sus libros con una dedicatoria en la recepción del hotel donde se hospedaba y huyó. “Huir” es el verbo que siempre usa Darío cuando cuenta esta historia: le daba pánico que a Manuel no le gustaran sus poemas.

Manuel recibió el poemario y también sintió pánico al ver de qué se trataba: “Este señor me había resultado muy simpático: me había gustado su forma de debatir, su forma de estar… fue como un flechazo, pero de amistad. Desde que lo vi dije: 'Quiero ser amigo de este señor'. Por eso sentía que me iba a dar mucha pena si no me gustaban sus poemas. No hubiéramos podido ser amigos”, recuerda. Hizo el libro a un lado y lo reservó para el vuelo de regreso a Madrid. Ya en el avión, lo leyó y le gustó: “Lo primero que pensé fue: 'Menos mal, ¡qué poetazo!' ”. De ahí surgió una colaboración editorial que ya suma veinte libros publicados juntos, que empezó con Aunque sea de noche (2000)una antología poética con la que se dio a conocer la obra de Darío en España. En todo este tiempo siempre ha habido correos electrónicos, llamadas de larga distancia semanales infaltables y decenas de viajes trasatlánticos del uno visitando al otro. Si Darío está en Europa, seguro está con Manuel. Si Manuel está en América, seguro está con Darío. El uno tiene habitación propia en la casa del otro y en cada visita son inseparables.

Crédito: Archivo personal Darío Jaramillo.

 

Esta tarde, cuando Manuel entra al apartamento, Darío sale de la habitación, lo saluda con tranquilidad y, como un gato que verifica quién ha llegado sin inmutarse, dice amablemente: “Bueno, me encierro en mi cuarto. Los dejo trabajar”. Después del saludo austero, Manuel explica que el noventa por ciento del tiempo que comparten lo pasan en silencio, simplemente haciéndose compañía. Es algo parecido a lo que dijo en el homenaje de la FilBo a Darío. De los ocho panelistas, Manuel fue el único que habló sin leer un parlamento y sus palabras fueron las más parecidas a un manifiesto. “Yo he renunciado ya a mi condición de patriota de nada, salvo de mis amigas y amigos. Ellos constituyen mi única patria. Una patria en la que Darío Jaramillo Agudelo, sin duda, ocupa un lugar muy especial y por muchas razones”, dijo Manuel, y enumeró una breve lista de principios de la amistad que ha aprendido de la mano de Darío. El primero de ellos: la soledad. “Gastar el tiempo junto al otro sin obligación alguna, sin pedir nada a cambio. Compartir ratos juntos. Divagar. Escucharnos. Incluso cuando estamos en silencio. Aguantarnos el deseo de hacernos preguntas el uno al otro. Son cosas inherentes a la amistad. Y Darío y yo sabemos –creo– mucho de eso”, dijo Manuel ese día. 

–¿Qué es lo que escuchás de Darío en silencio y qué preguntas te aguantas hacerle?

–La verdad, siento que con Darío lo hablamos todo, así no lo verbalicemos. Es un hombre muy sensible y todo lo que es él está en su obra. Es cuestión de saber leerlo, de saber desvelarlo. Además de dominar perfectamente las formas poéticas del español, es un gran poeta porque tiene una voz auténtica. Va más allá de la poesía y escribe desde la condición del creyente, que es la duda. Y aunque, afortunadamente, él no funge todo el tiempo de poeta, seguramente cuando está consigo mismo, encerrado en su habitación, debe estar haciéndose muchísimas preguntas, pero no las exterioriza.

–Y en tu caso, siendo su mejor amigo y su editor, ¿te gustaría que te exteriorizara esas cosas?

–No. Pero si a él le fuera de alguna utilidad exteriorizar más cosas, claro que me gustaría. Seguramente no necesita hacerlo. Y también sé que no lo hace porque nunca quiere preocupar a los otros. Entonces, ya sabes: la procesión va por dentro.

A pesar de eso, aunque están acostumbrados a separarse, últimamente a Manuel le cuesta más hacerlo: le preocupa la salud de Darío. Confiesa que lo único que quiere es que su calidad de vida sea buena, cualquiera que sea el tiempo que pueda tenerla. Y, aunque los médicos ya han dicho que para mejorar su salud Darío debe dejar la altura de Bogotá, Manuel sabe que la estabilidad de Darío va más allá de lo físico. Sabe que si dejara Bogotá, Darío no sería feliz, así su respiración mejorara.  

–Pero si Darío decide irse a Medellín, o incluso al Caribe, o donde sea, pues hasta allí iré a acompañarlo.

–¿Y hablan de eso?

–No, no hemos hablado de eso. Pero sé que eventualmente lo haremos.

Se hace de noche y Manuel se prepara para descansar: volará de regreso a Madrid al siguiente día, temprano. Antes de irse a su habitación, pasa frente a la de Darío para avisar que la visita acabó y para dar las buenas noches. La puerta está cerrada. Manuel toca delicadamente y llama con voz queda: “¿Darío?”. Prefiere no insistir. Si Darío está dormido sería una enorme ganancia: hace unos meses que no duerme tan bien como quisiera. La única respuesta es el reflejo de la luz del televisor que se cuela parpadeando por debajo de la puerta. Lo único que se alcanza a oír del otro lado es el sonido mecánico del respirador con su pitido robótico intermitente que indica que sigue bombeando oxígeno. Si Darío está dormido o encerrado en sus pensamientos, no hay cómo saberlo.

 

***

Son las tres y cuarenta y cinco de la mañana. Es una madrugada fría y despejada de julio, y en el sótano del edificio donde vive Darío, don Max espera su llegada. Es su conductor de confianza. Hoy partirán a las cuatro de la mañana para Medellín. Es un viaje que hacen con frecuencia cada mes o cada dos meses. Hace dos años, Darío tuvo varios inconvenientes con Avianca, entre ellos una deportación de San José a Bogotá cuando viajó junto a Manuel a Costa Rica y le dejaron embarcar sin decirle que los colombianos solo pueden entrar a ese país con visa costarricense o visa gringa. Darío no tenía ninguna de las dos y pasó horas en el Aeropuerto Juan Santamaría escoltado por un agente que no le dejó comprar ni una botella de agua. Esa experiencia, más los precios cada vez más elevados por asientos incómodos en primera clase, donde no puede reclinarse lo suficiente para acomodarse con su prótesis, hicieron que Darío desistiera de la aerolínea. Ahora solo viaja a Medellín por carretera junto a Max en una van cómoda y amplia para cuatro o cinco personas.

El itinerario empieza siempre a esta hora de la madrugada. Max ayuda a bajar el equipaje que Heidy dejó preparado desde el día anterior. Esta vez, además, llevarán una pequeña palma de cera para Ángela Pérez, que estará por esos días en el Oriente antioqueño. Heidy partirá en avión y aterrizará en Rionegro a la una y media de la tarde. A Darío le gusta hacer cálculos sobre quién llegará primero: si él saliendo a esta hora, o ella pasando por todo el circuito aéreo comenzando en la mañana. Aunque la respuesta es obvia, él insiste en que su nueva ruta es la mejor: sin pasar controles de seguridad, sin detectores de metal y empleados que no saben qué hacer frente a una persona con prótesis, sin hacer filas de counters para registrar equipaje, sin esperar maletas en bandas deslizadoras, sin comida de paquete o cobros exagerados por una gaseosa. Faltando cinco minutos para las cuatro, Darío aparece en el ascensor. Parten a las cuatro en punto.

A esta hora Bogotá parece una autopista utópica donde la van se desliza sola y ligera hacia la noche, perseguida por una luna llena que persistirá hasta el amanecer. Si logran salir por la 80 antes de las cinco, el resto del camino será cuestión de avanzar sin afán. Y así sucederá. Pasadas las siete, ya están llegando a Guaduas, donde paran a desayunar en un restaurante donde ya saben cómo le gustan los huevos a Darío. Cuando van siendo las diez hacen una parada para hidratarse cerca a La Dorada. Hace unos kilómetros que Darío se quitó la cánula y respira sin ayuda del respirador. El cambio en su aspecto es notorio. Luego está Antioquia. Al atravesar la maraña de montañas verdes que delatan el departamento, Darío hace uno de los pocos comentarios que se escucharán durante el viaje: “¿Sabes cuál es la definición de ‘tierra virgen’?: Aquella donde la mano del hombre nunca ha puesto un pie”. El resto del viaje transcurrirá en el mismo silencio con el que venía: sin música, sin emisoras, sin mayor conversación. Por el retrovisor se puede ver a Darío respirando hondo y tranquilo. 

Pasadas las doce, la van ya ha pasado Rionegro. Paran a almorzar en un restaurante de comida típica, donde los meseros están vestidos de arrieros paisas, las paredes simulan zócalos y silletas y la música parrandera a todo volumen no deja hablar. Después de almorzar, hacen una parada en el Carulla de la Avenida Las Palmas, donde Darío hace un breve mercado: pan árabe, jamón, huevos, Coca-Cola, queso y popetas. Minutos después toman la Avenida Oriental y, finalmente, llegan al Parque de Bolívar, en pleno centro de Medellín. La van entra al sótano del edificio de la esquina noroccidental, Darío se baja, toma el ascensor y se instala en el apartamento de sus padres. Tal como lo calculó, llegó antes que Heidy. Más sorprendente aún es que Darío acaba de completar un viaje de nueve horas en el que tuvo todo perfectamente controlado: salió de un apartamento en Bogotá y llegó a otro en Medellín sin tener mayor contacto con el exterior.

El apartamento de sus padres es esquinero y es aún más grande que el suyo en Bogotá. Todas las habitaciones tienen balcones o ventanas gigantes y desde cualquier punto se puede ver la majestuosidad de la Catedral Metropolitana, que es, fácilmente, el edificio más imponente de la ciudad, justo en diagonal, cruzando la calle. También se puede ver el follaje verde del parque que, desde la altura, deja entrever la elegancia soberbia de la Medellín en la que creció Darío: las lomas del barrio Prado con sus palacetes al oriente, la primera fuente luminosa de la ciudad justo a los pies de la catedral, toda ella rodeada de edificios que alguna vez fueron teatros, salones de baile, cinemas, restaurantes de mantel, cafés de tertulias, que se extendían hasta confundirse con Junín, la primera calle peatonal de Colombia, que albergaba las casas de moda más elegantes de la época, coronadas por el edificio Coltejer.

Pero abajo, en la calle, ese panorama se desvanece entre la efervescencia de decadencias que hoy es la zona: jíbaros, habitantes de calle, borrachos dormidos en las bancas, mujeres prostituyéndose, hombres prostituyéndose… es el reflejo palpable de cómo una ciudad tradicional que se jactaba de su dominio industrial fue desplazada por el acecho de una cultura traqueta, sustentada en la idea del dinero fácil. Es algo que Darío retrata como un telón de fondo en Cartas cruzadas (1995)su segunda novela, en la que, muy tempranamente, señaló cómo el narcotráfico se instaló en la sociedad paisa y zanjó una cicatriz irreversible que marcó una degradación profunda en la ciudad. La historia se hila a través de una cadena de correspondencias entre personajillos atrapados en sus dilemas, y desde su publicación ha sido admirada como un ejemplo máximo de la novela epistolar en Colombia, al punto de ser finalista del Premio Rómulo Gallegos. 

Darío salió de Medellín a los 19 años, antes de que todos esos cambios sacudieran la ciudad. Siempre cuenta que sabía que quería irse de ahí, aunque nunca ahonda en los porqués. Para lograrlo, tras salir del colegio, buscó alguna carrera universitaria que no hubiera en la ciudad y convenció a sus papás de que eso era lo que quería estudiar. Eligió derecho y economía en la Javeriana, y bajo la excusa de que en Medellín no podría hacer esa doble titulación, sus padres lo apoyaron. Desde entonces vive en Bogotá. A excepción de una temporada después de terminar sus estudios, nunca ha vuelto a vivir en Medellín. Y, aunque la conoce bien, sabe que es y no es la misma ciudad en la que creció y de la que huyó.

Va a la capital antioqueña cada vez con más frecuencia para dar ronda a algunos negocios de los que solo habla con Heidy y sus abogados, y de paso visita a un par de amigos del colegio San Ignacio, con quienes tiene un grupo que autodenominan ‘El club del helado’ porque se juntan a tertuliar y a comer helado. Sus estadías son de cinco, seis días máximo, y regresa a Bogotá haciendo el mismo recorrido que lo trajo. Pero la verdadera razón de fondo de sus visitas es que Darío, de a poco, en una especie de estrategia del caracol interdepartamental, está haciéndose un espacio para volver a Medellín. Con cada visita coordina algún avance para instalarse: una reforma en la cocina, una adaptación al ascensor… “Sé que por mi condición lo más seguro es que me tenga que ir de Bogotá” es lo que siempre dice al respecto. Lleva tres años diciendo eso. Pero no se va.

***

De todos los lugares elegantes a los que conduce la historia de Darío Jaramillo, tal vez no haya uno más representativo y conocido que la Biblioteca Luis Ángel Arango. Es el final de la jornada de un jueves de enero y Ángela Pérez prepara algunas tareas para el siguiente día, antes de salir para una función de cine. Manizaleña, doctorada en literatura, exprofesora de universidades en Estados Unidos, es la subgerente cultural del Banco de la República, es decir, la persona al frente del funcionamiento de este edificio y tantos otros íconos de la institucionalidad cultural de Colombia, como el Museo del Oro, la Casa de la Moneda, el Museo Botero y el Museo Miguel Ángel Urrutia. Antes que ella, Darío ocupó ese cargo durante veintidós años y en sus gestiones fundó o afinó todos esos espacios y creó la llamada Manzana Cultural del Banco de la República en el Centro de Bogotá, que a diario recibe, gratis, miles de visitantes de todo el mundo.

–Hace unos años la oficina estaba al revés: la sala estaba allá y el escritorio acá. A Darío le gustaba este lado porque podía ver los Cerros Orientales por esta ventana –explica Ángela mostrando ese inmenso espacio que parece el lobby de un hotel en vez de una oficina y que alguna vez, por mucho tiempo, ocupó Darío. 

Crédito: Archivo personal Darío Jaramillo.

Antes de llegar aquí, en 1984, Darío ya había trabajado en oficinas de abogados en la capital –y hasta fundó una–. Antes de ese año también fue el secretario privado del alcalde de Bogotá e hizo parte del equipo de abogados que creó el nuevo Código de Comercio de Colombia. Y en la literatura también había avanzado: ya había trabado una amistad inquebrantable con Juan Gustavo Cobo Borda –quien le ayudó a publicar Historias en 1974–, ya había vivido en Estados Unidos becado en un programa de escritura creativa –donde se inspiró para escribir La muerte de Alec, su primera novela–, ya había ganado por primera vez el Premio Nacional de Poesía, ya tenía los manuscritos de aquellos poemas de amor… Y todo eso lo interrumpió para pasar una larga temporada en Medellín por recomendación de su padre, que le había pedido ayuda con la gestión de Almacenes El Mar y, de paso, que aprendiera a administrar el negocio familiar.

Fue por esos días que se conocieron. Ángela tenía veintiuno, veintidós años y era una practicante medio hippie en el periódico El Mundo. Redactaba el suplemento femenino del diario, llamado ‘Secretaria al día’, que le daba para comer, pero su verdadera vocación era escribir crónicas en una sección llamada ‘Siempre en Domingo’ que hacía por puro gusto: quería ver y tragarse el mundo. Ahí publicó una crónica titulada "La muerte me tiene miedo", que sería la inspiración de Rodrigo D: No futuro, cuyo guion también escribió, y se convertiría en la primera película colombiana en llegar a la selección oficial de Cannes. Como hacía de todo y muy bien, Ana María Cano, su jefa, le pidió hacer la reseña de un libro que le habían encargado para el Boletín Bibliográfico y Cultural del Banco de la República que ella no podía leer ni reseñar porque tenía que irse a París. Ángela leyó, reseñó y, siguiendo las indicaciones de Ana María, llevó el texto a la persona en Medellín que recopilaba y revisaba esas reseñas: Darío Jaramillo Agudelo.

Ángela recuerda haber ido a Almacenes El Mar con su texto mecanografiado y encontrarse a Darío sentado en un escritorio echando números y rodeado de anaqueles en los que se exhibían arrumados cientos de marranitos de alcancías de plástico. Era delgado, alto, esbelto, fumaba todo el tiempo, usaba gafas de marco grueso y una melena de rizos que no se controlaba del todo. Era guapísimo. “Fue amor a primera vista”, dice Ángela. Se trataron amablemente, se cayeron bien, pero no pasó de ahí. Se reencontraron meses después cuando ella, cansada del delirio hostil de la Medellín de los ochenta, lo contactó de nuevo para pedirle una referencia laboral porque quería irse a vivir a Cartagena y trabajar en El Universal. Él pensó que ese no era su lugar. Hizo un par de llamadas y unos días después Ángela se mudó a Bogotá para empezar a trabajar en el equipo editorial del Boletín Bibliográfico y Cultural en la Luis Ángel Arango.

Un año después, Darío llegaría a esa misma sede pero como subgerente cultural sin esperarlo. Un sujeto que conocía a un sujeto, que conocía a un sujeto, que conocía a un sujeto, le dijo a Belisario Betancur, presidente de Colombia por entonces, que ese joven poeta, que además tenía experiencia en derecho, economía y comercio, podría ser una buena ficha para encabezar las gestiones culturales del Banco de la República. Para ese momento, Belisario ya sabía quién era Darío, no solo por las anteriores referencias, sino también porque era el hijo de don Alfonso Jaramillo, a quien conocía de lejos y de tiempo atrás porque ambos provenían de la misma región antioqueña y ya se habían cruzado en viejas movidas políticas. Sin embargo, Belisario no estaba muy convencido sobre Darío: ya en dos ocasiones anteriores le había rechazado un par de propuestas de corte más abogadil.

Pero una madrugada, la madre de Darío entró a su habitación y lo despertó diciendo: “Darío, el presidente te está llamando”. Darío atendió aún medio dormido y escuchó a Belisario al otro lado de la línea: “Mire, Darío: uno al presidente de la República no puede decirle tres veces que no. Lo espero a mediodía en Palacio”. Darío se levantó, se arregló, tomó el siguiente vuelo a Bogotá y llegó a tiempo a la cita, de la que no tenía mayor contexto. De ahí salió como subgerente cultural del Banco de la República. Comenzaría entonces una de las etapas más felices de su vida. “Fue como ser un niño en una juguetería”, dice Darío sobre esos años en los que reinó sobre la red cultural más grande del país.

En una época donde no existía el Ministerio de Cultura, ser subgerente cultural del Banco de la República era lo más similar a estar en la cima de la élite de ese sector en Colombia. Fue así que Darío volvió a Bogotá. Sin embargo, con cierto temor de que fuera destronado tal y como llegó, por cuenta del cambio de gobierno o de las juntas del banco, decidió instalarse sin raíces y se hospedó en una habitación del Hotel Tequendama. Pasaron cinco presidentes más, pero Darío nunca se fue ni del cargo ni de aquella habitación de hotel, en la que vivió durante veintidós años. “Claro, era muy cómodo: podía ir a la subgerencia caminando. Si quería algo, bastaba llamar al servicio a la habitación; si necesitaba un libro, me lo traían de la Luis Ángel… Pero para mí era una forma de interiorizar que, así como esa habitación, todo ese poder y todo lo que hacía en el banco no era mío. Era algo pasajero”, explica Darío al preguntarle si no era una excentricidad vivir en un hotel cinco estrellas por dos décadas.

Sea lo anterior verdad o solo una metáfora rebuscada, lo cierto es que personas como Ángela recuerdan a Darío como una figura clave en el avance del gremio en Colombia. 

–Era un visionario en todo el sentido de la palabra –dice Ángela revisando una agenda en la que escribió a mano un análisis sobre el tema–. Era un intelectual muy completo. Se puede ver en su obra como ensayista, que es brutal. Y esa inquietud sirvió mucho para que impulsara la inclusión o el reconocimiento de otras cosas que no eran tan apreciadas pero que también eran patrimonio, arte, música, cultura. Siempre quería estimular a los investigadores, le encantaba conectar a personas para abrirles caminos, y todavía lo hace, sobre todo con la gente joven. Nunca tuvo temor de que el talento joven lo abrumara o lo opacara, al contrario. 

Si hicieran falta ejemplos, Ángela misma fue una prueba viviente de eso. Recuerda que Darío defendía abiertamente su pinta y sus maneras medio hippies que contrastaban con el refinamiento acartonado de la institución en esa época. Recuerda que no disimulaba en preferir estar con ella que con otras personas de rangos más altos. De repente se aparecía en su cubículo de asistente editorial y le decía: “Deja eso. Ven, vamos por helado”, o le decía: “¿Ya has comido escargots?”, y como ella nunca los había probado, la llevaba a comer escargots. Recuerda que, recién aterrizado en la Luis Ángel como subgerente cultural, Darío la buscó de la mano de Patricia Londoño, una historiadora que fue su amiga íntima por décadas, porque quería presentársela, y cuando la encontró le dijo: “Mira, Patricia: esta es la que te digo que va a ser mi amiga toda la vida”.

Al siguiente año, cansada del delirio hostil de la violencia que azotaba a Bogotá, que la llevó a presenciar por mera cercanía laboral la toma del Palacio de Justicia, Ángela decidió irse a Estados Unidos. Vivió ahí veinte años e hizo una carrera académica de primer nivel. Darío se quedó. En todos esos años nunca dejó de visitarla, de enviarle cartas, poemas, casetes con canciones que él mismo grababa. 

–Siempre fue así, seguro de sí mismo. Es como si hubiera nacido seguro. Nunca ha dejado de serlo: en su espontaneidad de antes, como luego, cuando tuvo que afrontar todas las consecuencias del accidente. Lo único que cambió es que se volvió más introspectivo. Se ve en su obra –dice, en un tono más analítico–. Todo está en su obra: antes era más extrovertido, más para afuera. Después es como si se hubiera metido dentro de él mismo.

–O sea, ¿sentís que él y su obra cambiaron con lo del accidente?

–Radicalmente.

Jorge Luis Borges entrevistado por Darío Jaramillo (derecha) y Alfredo de los Ríos. Crédito: Archivo personal Darío Jaramillo.

 

***

Ir muy despacio.

Darío Jaramillo ha aprendido a caminar tres veces. La primera a los uno o dos años, como todo el mundo siendo bebé: pasar de gatear a dar los primeros pasos. La segunda, cuando tenía cuatro, cinco años: una ola de polio que azotó a miles de niños en Colombia a mediados del siglo XX lo dejó inmovilizado. No tiene muchos recuerdos de ese momento, pero sí recuerda que un día se despertó y, cuando intentó levantarse, se cayó.

También recuerda la angustia de su familia: el polio era, básicamente, una sentencia incurable en la época. Sus padres lo llevaron rápidamente a la clínica Santa Ana de Medellín –hoy Clínica SOMA– y ahí permaneció días o semanas hospitalizado. Recuerda especialmente que intentaba ponerse en pie pero no podía y que en medio de ese episodio angustiante, que su mente de niño no comprendía del todo, le fascinaba que lo desplazaran en silla de ruedas por el edificio, subiendo y bajando por las rampas como si pasara todo el día entre columpios. Dicen que, mientras estaba hospitalizado, su madre se encargó de recorrer cuanta iglesia se cruzó y le rezó a cuanto santo conocía haciendo promesas a cambio de que su niño volviera a caminar. Y un día, sin más, de la nada, Darío se despertó, se levantó y pudo mantenerse en pie como si nada.

–Desde entonces, en mi casa siempre estaba la idea de que yo era un milagro.

–¿Y vos qué creés?

–Vaya uno a saber.

Milagro o no, Darío volvió a caminar. Milagro o no, su mamá cumplió las promesas hechas a los santos a los que extendió su plegaria, una de las cuales era que si el niño Darío se recuperaba del polio, ella lo vestiría durante un año con traje de franciscano. Hecho el milagro, Darío pasó entonces un año de su niñez vestido como un pequeño San Francisco de Asís, con la típica túnica de capota café y lazo amarrado a la cintura.

La tercera vez que Darío Jaramillo aprendió a caminar fue a los cuarenta y uno, cuarenta y dos años, tras aquel accidente. Era el último domingo de enero de 1989. En la sala de conciertos de la Luis Ángel Arango se presentaba un cuarteto francés. Darío solía hacer de anfitrión para este tipo de invitados. Al terminar el recital, los invitó a almorzar en la finca del arquitecto Fernando Martínez Sanabria –artífice, entre otras obras, de la reforma de la Plaza de Bolívar de Bogotá– en Sopó, junto a Juan Camilo Sierra, quien años después sería el gerente a cargo de las gestiones culturales del Fondo de Cultura Económica en Colombia.

Todos partieron juntos a aquella residencia en el campo donde el arquitecto criaba caballos de carrera. Llegaron en carro, atravesaron el portón, almorzaron, tertuliaron. Al final de la tarde, se dispusieron a volver a Bogotá. Darío iba en el asiento de copiloto del carro que conducía Fernando, quien le pidió bajarse para abrir el portón. Darío se bajó, llave en mano, y cuando estuvo frente al portón, pisó algo que hizo clic y explotó. Darío recuerda haber volado por el aire y caer en una zanja de aguas estancadas y estiércol de caballo. Todos bajaron a auxiliarlo, sin pensar si podría haber otra mina. Cuando lo auxiliaron, Darío se estaba desangrando por la pierna derecha. Unos lo alzaron y lo metieron en el carro, y otros, en medio de la oscuridad que ya empezaba a espesar, buscaron la llave que había volado en otra dirección.

Dicen que tardaron varios minutos en encontrar la llave y abrir el portón, y eso hizo que la infección se expandiera por la pierna. Dicen que Juan Camilo Sierra llevaba a Darío recostado sobre sí y, para evitar que se muriera desangrado, metió su mano por la herida abierta. Dicen que en medio del desespero del carro acelerando contra la noche para llegar a algún hospital a tiempo, Darío se abrió la chaqueta y de su bolsillo sacó un casete, pidió que lo pusieran en el pasacintas y dijo que si se iba a morir, mejor que fuera escuchando buena música. El carro siguió su rumbo caótico mientras sonaban los nocturnos de Chopin, que estaban grabados por lado y lado del casete.

Darío recuerda y no recuerda todos esos detalles. Sí sabe, con toda certeza, que instintivamente su cuerpo se obligó a permanecer consciente hasta que llegaran a un centro hospitalario. Llegaron a la sala de urgencias de la Fundación Santa Fe. Recuerda que él mismo preguntó si podían atenderlo ahí con su seguro médico y, cuando le dijeron que sí, cayó inconsciente. Lo siguiente que recuerda fue haber despertado en el cuarto del hospital y ver que era jueves. Habían pasado cuatro días.

Permaneció casi cuatro meses hospitalizado. Los médicos le informaron que tenía dos opciones: seguir una serie de terapias y cirugías dolorosas para tratar de restablecer la pierna, que había perdido gran parte del hueso, o amputarla. Darío llamó a un amigo médico de toda la vida que vivía en Medellín para asesorarse. Su amigo, al otro lado del  teléfono, le dijo: “Dame un par de horas y te respondo”. Un par de horas después, el amigo médico apareció en la habitación de Darío en el norte de Bogotá. Había tomado un vuelo solo para verlo. Vio la pierna y dio su recomendación: lo mejor era amputar.

Meses después, Darío pasaría una temporada en Miami, donde fabricaron sus primeras prótesis durante años, ya que en Colombia esa industria, ahora tan sofisticada por cuenta de la guerra, en ese momento era incipiente. Allá mismo fue donde también empezó una terapia de varias semanas para aprender, por tercera vez, a caminar. Esta vez con una pierna y una prótesis. “Era como volver a incorporar movimientos que el cuerpo hace naturalmente para caminar”, recuerda Darío.

Sobre el accidente no se indagó mucho. Dicen que fue un atentado que iba dirigido a Fernando Martínez Sanabria. Dicen que la mina la pusieron durante la tarde, mientras almorzaban, después de que ingresaron a la finca. Dicen que fueron lugareños de la zona en alianza con personas cercanas al arquitecto que querían espantarlo para no volver a la finca y poder comerciar tranquilamente con los caballos de carreras sin que se enterara. Dicen que Fernando Martínez Sanabria no se espantó y siguió yendo a la finca hasta su muerte, dos años después. Dicen y repiten en análisis de toda índole sobre la obra de Darío Jaramillo que su obra cambió a partir del accidente. Nadie usa, por ejemplo, la palabra “víctima”.

–Yo no quise nunca que se investigara ni saber quién fue ni por qué lo hizo. Y eso me ha dado mucha tranquilidad porque no tengo a quién odiar.

–¿Y creés que eso cambió el sentido de tu obra?

–No. Solo tal vez en un sentido físico: ir muy despacio.

Crédito: Alberto Sierra.

 

***

Es una tarde soleada de inicios de agosto. Heidy abre la puerta del apartamento más feliz de lo normal. En el comedor, Darío espera más feliz de lo normal. 

–Hoy no haremos entrevista –dice–. Vamos a celebrar. 

Acaban de notificarle que ganó el Premio León de Greiff que otorga la Fiesta del Libro de Medellín. "Celebrar" quiere decir que todo va a terminar en un postre. Heidy sirve el almuerzo que ha preparado rápidamente y comen con gusto pero con afán: 

–En esta casa, almorzar es un trámite para llegar al postre –dice Darío. 

En otras circunstancias, Heidy se hubiera opuesto. Hace unos meses, los médicos recomendaron que Darío debía bajar de peso, lo cual, entre otras cosas, le ayudaría a oxigenar mejor. Eso implicaba eliminar el dulce radicalmente, algo que para Darío es una tortura mayor. Como Heidy es tan determinada como Darío, y su misión es que él baje de peso, decidió que harían dieta los dos para acompañarlo en ese viacrucis: él por órdenes médicas, ella para meterse en el vestido de novia que quiere usar el día de su boda, que será en unas semanas. Pero Darío está feliz, entonces Heidy está feliz y se permiten la licencia de un postre. 

Terminan de almorzar, se abrigan, agarran el respirador y salen a una repostería a unas cuadras del apartamento que ambos descubrieron meses antes de la dieta y a la que no han vuelto (o al menos eso le dice el uno al otro). Caminar por la calle con Darío es cerciorarse en cada paso de la dejadez del espacio público. En efecto, Darío debe ir despacio para no tropezarse, para apoyarse bien en la prótesis, para no cansarse o ahogarse. Pero los andenes bogotanos no ayudan. Son una prueba de obstáculos suprema para él o quien le acompañe: desniveles, baldosas flojas que escupen aguas estancadas, huecos, grietas, rampas mal inclinadas o mal ubicadas, ciclistas que se salen de la ciclorruta, mierda de animales, mierda de humanos, montañas de basura que no recogen a tiempo… Pero la adicción al dulce es más fuerte. A diferencia de otras ocasiones, esta vez Darío camina más rápido. “Ahí sí sale como un caballo desbocado”, dice Heidy.

Días después se publica oficialmente la noticia sobre la asignación del premio. Llueven mensajes de felicitaciones, invitaciones a eventos, entrevistas. Unas semanas más tarde llega Manuel, que lo acompañará a recibir el premio. La primera semana de septiembre se embarcan juntos en otro viaje más por carretera a Medellín. Se instalan en el apartamento del Parque Bolívar junto a Ángela, que llega en avión. Antes de partir a la ceremonia de entrega, que es el acto inaugural de la Fiesta del Libro en un auditorio del Parque Explora, a Darío le da un ataque de jartera y duda en asistir: se siente abrumado, puede ser el cansancio del viaje, puede ser la idea de pararse en público en unas horas. Manuel lo calma y lo convence. Llegan a tiempo al evento atestado de invitados, periodistas y fanáticos. Se repite un circuito de elogios similar al de la FillBo, pero esta vez con sus amigos del club del helado que, entre otras cosas, cuentan viejas anécdotas colegiales, como la vez que se colaron en el hotel Nutibara para conocer a Borges que estaba de visita en la ciudad. Darío sube al escenario entre una lluvia de aplausos en crescendo y para iniciar se limita a decir: “este será el discurso más corto del mundo: gracias”. Llueven más aplausos y se produce una risa al unísono.

***

Un libro, una indagación, un Darío.

–Creo que con el tiempo, desde luego, he cambiado las indagaciones. En la adolescencia escribía para entenderme yo, despejar algunos miedos, algunas dudas muy trascendentales. Eso no ha desaparecido del todo, pero ahora no es lo central. En otros momentos lo central era otra cosa –dice Darío, el Darío actual, el de inicios de 2026 que está organizando su propio archivo personal. Entonces, hace algo que muy pocas veces hace: recapitularse.

Prosigue:

–En Historias lo que quería era dar una pelea con esa idea sobre la poesía con la que crecí en mi época, que decía que la poesía era algo muy solemne, muy de declamación pública. Yo sentía que era otra cosa: quería producir emociones, alucinaciones con las palabras, algo más conversadito, más coloquial.

–¿Y qué querías indagar en El cuerpo y otra cosa?

–No me acuerdo de ese libro… pero es lo mismo. ¿Quién soy yo?, pues soy mi cuerpo. Hay Darío hasta que haya cuerpo. Y “la otra cosa” es que el cuerpo desaparece.

–Es decir, la muerte.

–Sí. Pero ya había abordado la muerte antes también. La muerte siempre está cerca, no solo para mí: para todo el mundo la muerte está siempre cada vez más cerca.

–¿Y por qué entró el tema de Dios en Conversaciones con Dios?

–Porque se me apareció.

–¿Y por qué Gatos?

–Siempre respondo a esa pregunta diciendo: “porque soy gato”.

–O sea, sos un therian antes de que fuera tendencia. ¿Los has visto?

–¡Sí he visto… un horror! –dice riéndose– ¿Te imaginas yo yendo por la calle maullando?

–¿Y cuál era el Darío de Poemas de amor?

–Un Darío muy enamorado, que se enamoró tres, cuatro veces, que quería poner el amor en palabras, que es algo muy difícil. 

–¿Enamorado de quién?

–Eso no te lo cuento.

De su trabajo escudriñando su archivo personal de libretas manuscritas ya ha organizado lo que podrían ser dos libros: una novela sobre varios personajes a los que les dicen que les quedan seis meses de vida. El otro, un libro de poesía infantil, con rimas exactas sobre animales de zoológico.

***

Alfonso Jaramillo, padre de Darío, murió a inicios de los años noventa, de muerte natural y repentina. Darío llegó tarde al funeral porque lo estaban operando de una apendicitis que había dejado avanzar varios días, pues pensaba que se trataba de un dolor soportable y pasajero. Treinta años después, Inés Agudelo, madre de Darío, murió de muerte natural y repentina después de terminar la llamada habitual de rutina que tenía cada noche con su hijo para saber cómo estaba, cómo le había ido en el día, si había comido bien. Después de la muerte de su madre, aunque no por eso, Diana Agudelo entró en la vida de Darío y es la única familiar con la que se ve constantemente, la única persona de su familia de Santa Rosa que vive en Bogotá, la única familiar que conocen sus amigos. Son primos lejanos por parte de la línea materna de Darío: Diana es nieta de un tío de Inés. En el pasado se habían cruzado solo dos veces y, a diferencia de Darío, Diana las recuerda perfectamente.

 

Crédito: archivo personal.

 

La primera vez fue cuando ella tenía cinco años y él treinta. La familia de Diana era pobre y la de Darío era rica. Diana vivía con sus padres y abuelos en una finca llamada La Mediagua, en una vereda entre Santa Rosa y Entrerríos, y hasta allá, cada tanto, Inés y sus hermanas visitaban a su tío, abuelo de Diana, y llevaban encomiendas, víveres, regalos. En una de esas visitas, Darío fue con su madre. A los niños los mandaban al patio para que no molestaran a los adultos. Ahí estaba Diana, escribiendo y haciendo garabatos en un cuaderno Jean Book cuando a su lado apareció Darío y le preguntó qué estaba haciendo. Recuerda que era gigante, alto, con una melena rizada desenfadada y unas manos grandes y expresivas con las que gesticulaba todo el tiempo. “Era el hombre más guapo y elegante que había visto”, dice.

La niña Diana estaba escribiendo cuentos, él le pidió que le mostrara y ella le mostró. Días después, Darío hizo un par de llamadas y esos cuentos infantiles escritos por su primita lejana aparecieron en "El Colombianito", un suplemento para niños de El Colombiano. "Yo no sabía qué era publicar... era una niña. Pero conocer a ese primo del que hablaba toda la familia y ver qué era tan amable... eso me dejó marcada", recuerda Diana. Después de ese día, nunca volvieron a verse. Darío no volvió a la finca, pero con su madre mandaba libros para que la niña leyera y siguiera escribiendo. Ella preguntaba por él, con timidez, y alguna razón le daban. Con el tiempo, las noticias sobre Darío hablaban de un hombre cada vez más importante, que llegaba cada vez más lejos. 

Diana dice que siempre tuvo presente la imagen de ese primo como un referente de algo que ella quería hacer: estudiar, salir de esas montañas, ir a ver el mundo. Así lo hizo: terminó el colegio en Santa Rosa, se fue a Medellín a estudiar psicología en la Universidad de Antioquia, luego se fue a Barranquilla a hacer una maestría, luego a España a hacer un doctorado y, finalmente, llegó a Bogotá a ser docente en la Universidad de los Andes, donde está al frente de la Dirección de Bienestar.

En todo ese trasegar siempre estuvo pendiente de Darío. "Yo lo seguía porque quería estar cerca de él. Era una persona que quería tener en mi vida. Y la forma en que podía hacerlo era a través de lo que escribía. Entonces primero lo conocí por su obra. Compraba sus libros, buscaba las publicaciones que hacían de él... su vida me parecía fascinante, cómo seguía su profesión pero también se dedicaba a la poesía. Era una inspiración que me hacía sentir identificada, que me recordaba que tenía raíces, pero también tenía alas", recuerda Diana.

Ya estando en la misma ciudad que él, Diana empezó a ir a cuanto evento se presentara Darío, siempre como espectadora. Fue en uno de esos, durante un conversatorio en el Festival Gabo 2022, que se quedó hasta el final, se puso de última en la fila para firmas de libros aunque no tenía ninguno y, cuando llegó su turno y él estiró la mano para recibir el ejemplar que no había, ella le dijo: "No tengo libro para firmar porque la huella más grande que usted me ha podido dar me la dejó en el corazón cuando yo tenía cinco años". Darío quedó estupefacto y curioso, y esa sensación es lo que más recuerda de ese encuentro.

Salieron a tomar algo ese mismo día, ella le contó toda su historia, sus recuerdos, lo importante que era para ella. Él le dio su teléfono, su correo, la invitó días después a su casa. Desde entonces Diana no ha dejado de visitar a Darío cada semana. "Yo siento que él llegó a mi vida para quedarse, aunque él no lo sabía", dice. "Para mí ha sido como un amor a primera vista ya en la adultez. Y lo que me motivó a tomar el riesgo de acercarme, a pesar de que él ha sido siempre tan cauto y tan discreto con su vida, es que yo quería que él supiera por qué su figura ha sido tan relevante para motivarme a hacer muchas cosas que he hecho en la vida".

Diana es un ejemplo perfecto de muchas personas que también sienten eso con la obra de Darío: no quieren quedarse solo con la sensación de la borrasca que les producen sus versos. Quisieran dar un paso más y conocer su vida, saber por qué escribió esto o aquello, qué le pasaba en esos momentos, sentirlo más cercano: hay quienes se han tatuado sus poemas, hay quienes han hecho murales con su rostro, hay quienes lo paran en la calle para pedirle una foto. Pero Darío siempre ha sabido marcar una distancia para que nadie pase de lo que ya ha escrito. Ella es una de las pocas seguidoras que ha logrado asomarse un poco más que los demás por encima de esa muralla.

–¿Qué has descubierto en este tiempo en el que ahora son cercanos?

–Ha sido una relación de muchas horas de conversación y de muchas horas de silencio, porque estar con él implica aprender a estar en silencio. Y creo que en realidad es un hombre muy tímido, a pesar de que se le da muy bien conectar con las personas. Pero en realidad es un hombre al que no le gusta aparecer, también porque ya se expone mucho en su obra. No en vano en su casa no hay fotos de él. El otro día, cuando lo visité, abrí un armario y me encontré por allá arrumados unos retratos que le habían hecho Juan Antonio Roda y Beatriz González. ¡Y los tiene escondidos! Simplemente, no quiere aparecer.

 

***

Es el Jueves Santo de 2026. Darío abre la puerta del apartamento. Está en pijama, con el respirador portátil en la mano. “Hola, niño”, saluda y luego aclara: “Hoy no podremos hacer entrevista, ni salir. Pero podemos almorzar aquí”. Así será. Camina hasta la cocina y dice: “El plan es este: yo me siento aquí y tú vas a hacer esto que te voy a decir”. Darío no cocina desde hace décadas, pero da órdenes sobre cómo preparar un sánduche, calentar al baño maría, usar un horno, servir un plato, preparar un café… El almuerzo transcurre sin muchas palabras. Darío tose un par de veces, más controladas que escandalosas, y queda claro que es mejor que no hable mucho para no cansarse. Por eso dice: “Mejor cuéntame cómo te ha ido”. Al terminar el almuerzo, propone: “Veámonos el sábado, ¿te parece? Cuadremos con Heidy”. El sábado a mediodía llama Heidy: “Don Darío me pidió avisarte que no podrán verse hoy. Estamos desde anoche en la clínica”. Tuvo un ataque de tos, fue atendido por urgencias y lo ingresaron a cuidados intensivos. El domingo en la tarde, los médicos explican que Darío lleva todos esos días con la saturación de oxígeno por debajo de lo aceptable: lo normal es estar por encima de 92. Darío no pasaba de 84. El lunes, los médicos dicen que no mejora. Y si no mejora, todo es cuestión de horas. Todo ese tiempo Darío ha estado consciente. Al recibir el diagnóstico, toma papel y lápiz y comienza a hacer un listado de personas: les pide a Heidy y a Ángela avisarles sobre el diagnóstico. Ambas reactivan un chat grupal que se había creado tiempo atrás por algo parecido, pero también para compartir noticias sobre los premios y reconocimientos del último año. La imagen del perfil es una foto de Darío visto a través de un calidoscopio. A Darío le encantan los caleidoscopios. La noticia se propaga, el chat grupal estalla con mensajes de cariño, de esperanza, de nostalgia, de fe, algunos de resignación, alguno de despedida. Las horas de la noche pasan, el diagnóstico es el mismo: el medidor de la saturación de oxígeno no pasa de 86. El martes en la mañana, Diana acompaña a Darío. Le cuenta sobre el chat grupal. “¿Quieres que te lea los mensajes que han enviado?”, propone ella. “No. Yo los leo”, responde él. Darío no tiene WhatsApp, entonces tuvo que leer desde el celular de Diana. Al leerlos, Darío comenzó a llorar. Ese día, mientras Heidy lo acompañaba, ella tomó valor y le dijo algo que quería decirle hace mucho: que vivía agradecida por todo lo que él había hecho por ella durante más de veinte años. Darío le respondió que él vivía agradecido por todo lo que ella había hecho por él durante más de veinte años. Más tarde, con ayuda de Diana y Heidy, Darío recibe una videollamada de Manuel. No hablan ni se ven hace una semana. Cuando ve a Manuel en la pantalla y oye su voz, Darío llora. Y el número en el medidor de saturación de oxígeno sube hasta 92. Al colgar, llega hasta 94. Al siguiente día, Darío es trasladado a una habitación. Dos días después, volverá a casa. Diana alquiló una silla de ruedas para desplazarlo durante su primer mes de recuperación, pero Darío se negó rotundamente a usarla, incluso para salir de la clínica. Ahora reposa a la entrada de su casa, como el único mueble que riñe soberbiamente con el resto de la decoración. Una vez en casa, los mensajes de cariño continúan llegando.

–¿Te sentiste querido?

–Sí. Mucho. Fue muy emotivo leer todo lo que escribieron –dice sincero y, luego, con cara de complicidad, remata–: logré engañarlos a todos.

Es el segundo lunes de abril de 2026. Y, como si no hubiera pasado nada durante las últimas dos semanas –o justo por eso–, Darío activó una agenda personal con varias tareas que comanda y Heidy apoya: cancelar su asistencia a eventos presenciales donde había sido invitado, ver cuáles podrían ser virtuales, coordinar citas con viejos amigos, concretar algunos negocios en Santa Rosa…

Entre todo eso, decidió organizar su archivo. En dos días su escritorio se llenó de torres de viejas agendas escritas a mano acumuladas durante años, escritas con los estilógrafos que atesora en la caja de madera tallada que le regaló hace nosécuánto el poeta mexicano Vicente Quirarte, a quien describe como “el mexicano más dulce” y Heidy reafirma diciendo: “Don Vicente es un amor”.

En un rincón en el suelo, bajo un cúmulo de revistas, hay otra caja de madera más grande. Darío indica que se la pasen. La abre, aunque con menos fascinación que la caja de estilógrafos, más por trámite que por gusto. Adentro hay cientos de fotos de toda una vida que ha encontrado en su tarea de organizar su archivo. Darío las saca una a una y las muestra como brochazos rápidos en los que pasa toda una vida: ahí se ve a Darío de viaje, a Darío con amigos, a Darío en la Biblioteca Luis Ángel Arango, a Darío en Residencias Tequendama, a Darío hablando por teléfono, a Darío mecanografiando en una máquina de escribir. Solo hay una foto en la que se ve a Darío riendo. En muchas de las fotos se ve a Darío fumando y comenta: “Jmmm… Fumador empedernido”, y luego, con el ritmo de los cánticos de los niños cuando se burlan de otros, dice: “Y ahora estás pagando, y ahora estás pagando…”. Con todas las fotos en sus manos, intentando guardarlas en la caja de nuevo, lanza una pregunta retórica:

–¿Qué hacer con todas esas fotos?

–Publicarlas.

–O mejor todo lo contrario: esconderlas –dice Darío medio en broma, medio en serio. Y luego, con toda firmeza, agrega: -Quiero ser invisible.


***

Medellín, 1991. Periodista egresado de la Universidad de Antioquia. Comenzó su carrera en 2013 en Revista SoHo como productor periodístico y editor del portal SoHo.com.co. Sus crónicas han aparecido en publicaciones como SoHo, Semana, Arcadia, Esquire Colombia, Bacánika y revista Sábado de El Mercurio (Chile).


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EL MALPENSANTE


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