domingo, 26 de abril de 2026

Mauricio Vargas / El culillo de Iván Cepeda




El culillo de Cepeda

Cepeda teme al daño que la corrupción petrista le haga a su imagen, pero le da culillo denunciarla.

Mauricio Vargas
26 de abril de 2026

En más de cuatro décadas de trabajo periodístico, y tras una docena de elecciones presidenciales, nunca había visto a un candidato que, a pesar de ir arriba en las encuestas, mostrara tantos miedos como el aspirante comunista Iván Cepeda. Como le aterra que su verdadero yo aparezca en sus discursos y asuste a los votantes, evita improvisar y se atiene, en tarima, a aburridos textos escritos, centrados en su monotema de culpar a Álvaro Uribe de todos los males de Colombia. Por lo mismo, le aculilla ir a debates televisados y, aunque los propone, multiplica las exigencias para hacerlos imposibles.

 Se supone que actúa así porque la regla de toda campaña es que el líder eluda las situaciones en que pueda meter la pata. El problema para él es que, en los escenarios de segunda vuelta de las encuestas de Atlas Intel para ‘Semana’, lo derrotan por amplio margen tanto Paloma Valencia como Abelardo de la Espriella. Y en los guarismos de las otras encuestadoras, la ventaja del comunista se ha ido diluyendo. En últimas, Cepeda sabe que la tendencia más fuerte del electorado la integran quienes quieren evitar, a toda costa, que él llegue al poder.

Cualquiera que sea la encuestadora, en primera vuelta la suma de De la Espriella y Valencia es superior al porcentaje del comunista. Y aunque entre los valencistas hay una franja que hoy duda en respaldar a De la Espriella si él pasa a segunda vuelta, la verdad es que la gran mayoría de ellos —digan lo que digan hoy— y ante el riesgo de una victoria del heredero de Gustavo Petro, hará el duelo por la eliminación de su candidata y terminará votando por De la Espriella.
Este escenario me recuerda la segunda vuelta de la elección de 1998 cuando, no obstante su veloz crecimiento previo a la primera vuelta, la excanciller Noemí Sanín no alcanzó a pasar a la segunda. Abocados los noemicistas a escoger entre Horacio Serpa —el continuismo del desastroso gobierno de Ernesto Samper, como hoy Cepeda es el de Petro—, y Andrés Pastrana, al que muchos noemicistas despreciaban, al principio una buena franja de los seguidores de la candidata se negaba a darle su voto a Pastrana. Pero pasada la primera semana de las tres entre primera y segunda vuelta, hicieron el duelo y terminaron apoyando al exalcalde de Bogotá que, con esos votos, sumó lo suficiente para derrotar a Serpa en segunda vuelta, por 50,5 % a 46 %.
En últimas, Cepeda sabe que la tendencia más fuerte del electorado la integran quienes quieren evitar, a toda costa, que él llegue al poder
Cepeda tenía 36 años entonces y lo recuerda bien. Pero hay otros miedos que lo agobian. El principal de ellos es que los putrefactos olores de la corrupción que emanan a diario desde lo más elevado de la administración Petro, casi siempre por cuenta del fuego amigo entre altos funcionarios del régimen, terminen por perjudicar su candidatura. Para tratar de tomar distancia de ello, Cepeda se ha animado, con la misma inseguridad que denotan su caminar cansino y sus ojos saltones, a decir algo.
El miércoles declaró que las aterradoras revelaciones sobre corrupción en el alto Gobierno, hechas por la directora del Fondo de Adaptación y ex jefa administrativa de la Presidencia, Angie Rodríguez, “deben ser investigadas a fondo”, y reconoció que “en el Gobierno (de Petro) se han presentado situaciones de corrupción”, algo que suena a poco frente a la descomunal evidencia del saqueo petrista a las arcas públicas. Cepeda no se atreve a pasar de ahí, pues también le da miedo pelear con el Presidente, que a punta de subsidios y contratos por decenas de billones de pesos trata de alimentar a la base de electores del petrocepedismo.
Cepeda le tiene miedo al daño que la corrupción petrista le haga a su candidatura, pero le da más culillo denunciarla de frente y sin ambages, y que eso disguste a los padrinos financieros de su campaña, instalados en la cúpula del Gobierno: una prueba más, si hacía falta, de lo poco que merece este cobarde candidato ganar las próximas elecciones.

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