viernes, 16 de diciembre de 2016

Los Donoso / El novelesco y trágico desenlace de una familia

José Donoso

Los Donoso, el novelesco y trágico desenlace 

de una familia



INTIMIDADES Y SECRETOS DE UN GRAN ESCRITOR



El suicidio de Pilar Donoso, hija del chileno José Donoso, figura del boom literario de los años 60 y 70, sacudió a Chile y reavivó el debate por las revelaciones de sus diarios privados, que salen este año.


Matilde Sánchez
10 / 03 / 2012

Al norte de Zapallar, el balneario donde aún hoy se ven niñeras con delantal y cofia, hay un cementerio que mira al Pacífico y aloja a pobladores y familias patricias. En tierra, cerca de la famosa Nana que crió al escritor, descansa el trío: José Donoso, su mujer María Pilar Serrano y su joven hija. Pilar Donoso se suicidó en noviembre a los 44 años, cuando tenía ya una nieta, lo que reavivó en Chile los tijeretazos al narrador que integró la constelación del boom latinoamericano. Fue hallada muerta por Natalia, su hija mayor, embarazada. 
Las instituciones culturales se condolieron de que la hija del ilustre autor de Casa de campo y El lugar sin límites decidiera no reincidir en nada de lo humano, cuando hacía apenas dos años se había revelado como una memorialista notable. 
En 2009 la única hija del matrimonio Donoso, adoptada a los dos años en un orfanato madrileño, publicó Correr el tupido velo. Nunca traída a nuestras librerías, esta crónica, de una honestidad desarmante, se basa en recuerdos y en los diarios que llevaron sus padres. Así, lo que durante décadas se conoció bajo la carátula “papeles privados de Donoso”, vendidos por el novelista a las universidades de Iowa y Princeton, en EE.UU., encontrarían un marco oficial, después de que el diario La Tercera editara unos elocuentes fragmentos que revelan la homosexualidad del autor. Hace unos meses los derechos de los cuadernos fueron comprados por Ediciones Universidad Diego Portales (UDP), Santiago, y serán publicados este año. 
Por definición un suicidio pone el presente en suspenso: atribuye culpas y un corolario en clave retrospectiva. La semana pasada contactamos a Natalia, la hija mayor de Pilar, pero prefirió no conversar. Una amiga nos acercó su carta enviada a los medios chilenos, reivindicando a su madre. Es que muchos volvieron a las primeras páginas del libro de Pilar, para ver una profecía en un boceto del padre fechado en abril de 1993. Se trata de uno entre decenas de proyectos, una trama a lo Henry James, con ecos de Los papeles de Aspern. Cuenta: “A la muerte de un escritor, su hija recibe una carta de Princeton avisando que tienen cartas y cuadernos de su padre. Ella se extraña, los creía vendidos hace tiempo, y acepta entregarlos a solicitud de un biógrafo, que hará un libro. Por fin esta obra se edita. Y concluye: “Ella adivina lo de su padre con lo que nunca quiso enfrentarse, lo que ha oído murmurar y ha olvidado. No lee el libro. Toma el auto y una pistola para ir a asesinar al autor. El auto choca. Descubren que ella se ha pegado un tiro con el auto a toda velocidad porque no puede soportar lo que sabe. Es el diario de vida que cuenta el reverso de lo que todo el mundo sabe sobre él pero sin jamás nombrar el pecado.” 
La catedrática Cecilia García Huidobro, estudiosa de la obra de Donoso y decana de la facultad de Comunicación y Letras, quien estará al cuidado de la edición de la UDP, también fue quien editó Correr el tupido velo. Dice de Pilar que “nunca leyó el mencionado esbozo como un mandato ni le adjudicó especial sentido. Ella entraba y salía del tema de la muerte con sentido del humor; era española en su modo de tomar la muerte”. 
Vayamos más despacio: Donoso era el novelista más literario de su generación. No se trata de una maldición sino de un apunte, con una clásica treta de autor en su negociación con la posteridad: sembró indicios biográficos, una trama con desenlace abierto que podía prestarse a colaborar en su leyenda. En todo caso, puede resultar histérico o perverso: abría y entornaba sus puertitas en juegos de exhibicionismo y pudor. 
La cadena de libros públicos y fragmentos no tan privados acaba pareciéndose a ese juego infantil en el que una versión mata otra, en una serie incesante y sin as de triunfo. En 2003, el crítico Marcelo Soto había divulgado los papeles privados de Pepe Donoso en La tercera, en tres tomas de exhaustiva glosa en las que prevalece el foco en la homosexualidad del novelista antes de casarse con la chilena María Pilar Serrano, a quien conoció en Buenos Aires y que fue su esposa desde 1961 hasta su muerte. Un año antes, De zorros, amores y palomas, las memorias de Fernando Balmaceda, ya había develado el secreto. Escribe el amigo: “Miope, anteojudo, pálido, labios delgados que deletreaban un complejo recóndito: Donoso era, me lo dio a entender veladamente por escrito y luego personalmente y con pudor compartido, homosexual”. 
Los blogs arreciaron, indignados, como si los lectores actuales fueran contemporáneos de los fragmentos reproducidos, anteriores a los años 60, cuando el sexo conservaba su potencial transgresor. El novelista casado venía a depararles una estafa... Para los guardianes de la tradición, lo que habría “suicidado” a Pilar fue este núcleo disfuncional, corroído por la bisexualidad del pater familias. 
La mano que corre el velo. En el verano de 2006, en Cachagua, con paciencia y quizás algo de hartazgo ante el majestuoso fantasma, Pilar empieza a leer los sesenta y cuatro tomos de diarios y correspondencia de su padre, desde 1950 hasta 1994. El telón abre así: “… ahora he tenido que hacerme cargo de su vida mucho más que cuando vivía. No puedo liberarme de su cadena opresora. ¿Seré yo también un personaje de sus novelas? La ficción y la realidad vuelven a mezclarse, como cuando era una niña y pude creerle, por mucho tiempo, que los yogures colgaban de los árboles… En mi casa era imposible diferenciar esa línea tenue entre ficción y realidad, y aún hoy me cuesta distinguirla”. 
Donoso murió en 1996, por una hepatitis C que se contagió en un sanatorio estadounidense, al recibir transfusiones. Su esposa le siguió dos meses después, a causa de una insuficiencia cardíaca y al descalabro que años de psicofármacos y alcohol habían infligido a su salud. Ahora Pilar ha quedado sola: a esta altura madre de tres hijos, y en un complicado matrimonio con su primo, Cristóbal Donoso, debe revisar su propia infancia. Al verla en distintos videos, sorprende su acento español. Es que ella conoció Chile recién a los 16, cuando la familia regresó a Santiago en 1980, tras un circuito voluntario de veinte años en el extranjero, rodando de una ciudad a otra, de campus universitarios a casas prestadas. Ella examina ese “mundo interno de complejidad sin límites”, el lado oscuro de ese sol adorado. Los cuadernos de Pepe registran las estrecheces económicas y las cíclicas mudanzas, las vicisitudes estéticas y la “sequía” de ideas, la envidia que le provocan los logros de sus pares, el cansancio ante la depresión de su esposa, el egocentrismo necesario para aislarse de la escena doméstica, todo ello al calor de ese hito de mercado y política –irrepetible– que lanzó la literatura latinoamericana en los años 60 y 70. Si bien se omiten los enamoramientos de hombres y mujeres, el lector asiste al caldero creativo. Allí están las alucinaciones por las altas dosis de morfina después de una operación gástrica, que nutrirán El obsceno pájaro de la noche. Pese a los períodos de intolerancia, Donoso sin su mujer y su hija resulta impensable. Perviven en la pareja la complicidad, la poderosa inercia del pacto de confianza. Agrega la editora García Huidobro: “Para Pilar fueron muy dolorosas las revelaciones pero no se sorprendió; hacía tiempo tenía asumida la bisexualidad de José.” 
Los amigos que el novelista dejó por el mundo lo recuerdan discreto pero sin hermetismo. Un viejo amigo mexicano evoca sus bromas ante todo viajero gay con rumbo al Vaticano: el tercer guarda helvético, contando desde la derecha, ¡ése era el efebo! Otro amigo de Lima da fe de que, en su obsesión por ser padres, los Donoso estudiaban los ciclos de la ovulación y suspendían todo para aplicarse en horas de la siesta. Correr el tupido velo va por otros carriles. Para algunos queda en primer plano la infancia solitaria de una niña que nunca es prioridad de sus padres, concentrados en abrir y transitar el sendero hacia la gloria. Mientras el padre se encierra a escribir, la madre se ausenta con pastillas. En mi lectura, no prima el reclamo de atención, sino un fondo de tristeza que quizá se debiera al primer abandono. 
Las voces más notorias de la literatura latinoamericana saludaron la irrupción de Pilar; los pares de su padre la prohijaron, en un movimiento que era a la vez celebración genuina y campaña publicitaria. Pero los elogios fueron inseparables del alacraneo. Cuenta Cecilia: “Se llegó a decir del libro que era la venganza de la hija por los papeles privados pues Pilar denunciaba públicamente la soledad de su infancia. Yo creo lo contrario”.
En Conjeturas para la memoria de mi tribu, Donoso traza lo que llamó una genealogía para Pilar, una suerte de unción con el legado de la familia adoptiva. La editora cree que Pilar se lo retribuyó con la biografía que su padre le había pedido: “De verdad corrió el tupido velo y quizá no lo soportó. Habló de lo que no hay que hablar en la sociedad chilena. Por detrás del velo canta el obsceno pájaro nocturno mientras en el resto de la familia se hacen los pajarones…”
El libro recoge otras grandes pasiones de Donoso; su amor por los jardines, las antiguas mansiones, la moda. Y es este ángulo femenino del héroe cultural lo que vuelve su figura más rica. El perteneció a la generación del boom, sobre la que pesan críticas de machismo y delitos de omisión, por haber excluido a autoras fulgurantes, como Clarice Lispector y Elena Garro. Según los académicos, ese “costado a lo Manuel Puig” reactualizó las lecturas, en especial de El lugar sin límites, cuyo protagonista es un travesti de bajo fondo, al influjo de la crítica queer, la vertiente de estudios culturales que postula la construcción social de la identidad sexual. Algo de ese orden sugiere el escritor Carlos Fuentes, su querido amigo y el mentor más entusiasta de su ingreso en el mapa del boom: su obra es tan abierta y prometeica, que propicia las mutaciones del futuro lector. 
En la misma dirección señala la narradora chilena Diamela Eltit, quien supo frecuentar a la familia a su vuelta al país: “Yo veo la figura de José Donoso como un caso para el porvenir...” Así los recuerda: “José estaba muy centrado en la literatura y, de hecho, vivía con cierta inseguridad el contraste con García Márquez o Carlos Fuentes. No tenía más mundo ni opinión que sus lecturas. Pero su inseguridad lo hacía un amigo extraordinario: tenía curiosidad, escuchaba al otro. Cuando yo los conocí, a principios de los 80, llevaban una vida muy tradicional, vivían para su hija y sus dos sobrinos más cercanos, Claudia y Martín. Se podía percibir cierta tensión entre ellos pero nunca violencia. Y la verdad es que eran una familia muy parecida a cualquier otra.” 
La autora de El cuarto mundo, entre otras novelas, subraya que muy temprano Donoso escribió sus diarios para venderlos; de hecho, los tenía vendidos antes de escribirlos, sabía el contenido que podía resultar de interés a las bibliotecas. Conocía el espacio público y privado de toda letra y sus entradas obraban como descarga emocional para alimentar su ficción: “No se trata de verdades reveladas sino de estados del autor; en este sentido, podía levantar o dejar caer a su familia trabajando el personaje confesional”. Y señala algo que, según ella, está en el centro del malentendido, el código con que se leen las narrativas íntimas. Sostiene Eltit: “A mí no termina de sorprenderme que los diarios privados se lean en un registro literal. Son los papeles de un novelista, es decir, de una subjetividad exagerada, que desdibuja los límites entre lo real y la fantasía. Las escrituras del yo no son literales, y lo importante no es lo que se cuenta, sino las zonas silenciadas”. 
Eltit evoca a una María Pilar encantadora, sin arribismos e “hiperdemocrática, quien bajo Pinochet asumió posiciones feministas y andaba de un lado a otro en marchas. Cierta vez cayó presa, por asistir a una reunión no autorizada y Pepe se fue preso con ella…” Observa que Chile, por el contrario, es patológicamente clasista, y que la reacción ante los cuadernos le resultó “militaroide y mentirosa, empeñada en seguir representándose a la familia perfecta”. Y concluye con una nota de tristeza: “Es que aún no me lo creo; todavía los veo pasar a los tres...”





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