miércoles, 3 de diciembre de 2003

Vargas Llosa / Tennessee Williams / La gata en el tejado

Ashley Judd (Margaret), Jason Patric (Brick)
La gata sobre el tejado de zinc caliente

Tennessee Williams

La gata en el tejado



MARIO VARGAS LLOSA
Biografía
14 DIC 2003


La única vez que vi a Tennessee Williams fue en Cannes, en los años setenta. Él presidía el jurado del Festival de Cine, del que yo formaba parte. Asistió sólo a la primera reunión, para anunciarnos que, dado el clima de intolerable violencia que habían alcanzado las películas, no asistiría a ninguna proyección, ni participaría en las sesiones del jurado, y que se limitaría a firmar el acta respectiva, convalidando el fallo. Así lo hizo. Lo veíamos a veces, a lo lejos, en los pasillos del hotel, seguido por un secretario y una dama de compañía, que escoltaba los caniches. Era ya un hombre medio destruido por la neurosis, la soledad y el alcohol, que, aunque escribió todavía algunos dramas más, no volvería a alcanzar la genialidad de su madurez, en los años cuarenta y cincuenta.
Ahora se acaba de reponer en Broadway una de sus obras maestras, La gata sobre el tejado de zinc caliente, dirigida por Anthony Page, con tres magníficos actores en los roles estelares: Ashley Judd (Margaret), Jason Patric (Brick) y Ned Beatty (Big Daddy). Basta ver los primeros diez minutos de la representación para comprobar que pocos dramaturgos modernos han sido capaces de proyectar en un escenario, con tanta eficacia, la violencia de la vida moderna y las tremendas fracturas de la sociedad norteamericana encarnadas en historias y personajes de absorbente consistencia, como lo hizo Tennessee Williams.
Hubo tres versiones de esta obra. La original, que, a pedido de Elia Kazan, quien la dirigió en su estreno, en 1955, Williams debió enmendar para hacerla más compatible con los valores (los prejuicios) dominantes en la época, oscureciendo la aureola homosexual que tiñe la relación amistosa entre Brick y Skipper, presentando bajo una luz más crítica a la desenfadada y temeraria Margaret, y sugiriendo, al final de la obra, la redención de Brick, quien parecería encaminado a superar su alcoholismo, su derrotismo y a recomponer su matrimonio. Fue esta versión, todavía más depurada de sexualidad, la que se llevó al cine, en una película de gran éxito -con Elizabeth Taylor y Paul Newman- que Tennessee Williams siempre detestó. En 1974, para un nuevo montaje, el dramaturgo sureño rehizo buena parte del tercer acto, haciendo más transparente el trauma sexual de Skipper y Brick, restableciendo la simpatía invencible que, pese a todo, emana de Margaret, y devolviendo a su sombrío nihilismo auto-destructor al hijo preferido de Big Daddy.
Muchas cosas han cambiado en Estados Unidos y en el mundo en el medio siglo transcurrido desde que La gata sobre el tejado de zinc caliente fue escrita. Por lo pronto, las grandes plantaciones algodoneras en el delta del Mississippi ya casi no existen, porque quebraron o se reconvirtieron en granjas agro-industriales muy modernas, sin los ejércitos de braceros negros que laboran los campos de Big Daddy, y tampoco la vida aristocrática y feudal que todavía era una realidad en aquellos latifundios intemporales que se divisan por las persianas donde Margaret, Brick y los demás miembros de esa trágica familia se desgarran y lucen sus demonios en las dos horas y media que dura la representación. Los sirvientes, ahora, serían muchos menos que entonces y, sin la menor duda, en vez de negros, latinoamericanos y probablemente ilegales. La fortuna de Big Daddy no sería agraria, sino industrial o financiera, y en vez de diez millones de dólares, ese patrimonio que codician con tanta ferocidad sus nueras y su hijo Gooper llegaría a cien o a mil.
Para Brick y Skipper las cosas hubieran sido mucho menos tremebundas si, como todo parece indicar, entre esos dos excelentes deportistas universitarios, nació una pasión homosexual que, dado el puritanismo feroz de su entorno, debieron reprimir, sólo para que esos sentimientos y deseos negados estallaran luego en sus vidas de torcidas maneras, precipitándolos en un infierno de drogas, alcohol, amargura y frustración, que mató a uno de ellos e hizo del otro un inútil. Acaso hubieran tenido que dejar el Deep South, pero ahora vivirían en New York, San Francisco o Chicago una vida sin mayores complicaciones y bastante normal. Aunque, lejos de haber sido vencidos, los prejuicios contra los homosexuales van retrocediendo en una sociedad donde, esta mañana mismo, los diarios informan que tres generales y un almirante en retiro acaban de declararse gays y piden que las Fuerzas Armadas, en vez de la política actual de "no preguntar por la vocación sexual" de sus oficiales y soldados, admitan explícitamente en sus filas a los homosexuales. Y es muy posible que las tres mujeres de la familia, empezando por Big Mama y terminando por las dos nueras, Margaret y Mae, ya no tendrían el carácter ancilar, meramente parasitario, que tienen en la obra: serían profesionales, trabajarían y ya no parecerían tan patéticamente dependientes de los varones para sobrevivir.
Pero, aunque, como en éstos, en muchos otros aspectos la sociedad actual ya no corresponda a la que reconstruyó Tennessee Williams, su obra nos inquieta y golpea no como una vívida evocación de un pasado que se eclipsó, sino por su estremecedora actualidad. En muchos sentidos, de La gata sobre el tejado de zinc caliente se puede decir lo que se ha dicho de La Comedia Humana de Balzac: que el verdadero protagonista de esa saga es el dinero. Lo es también, y de manera abrumadora y corrosiva, en la tragedia de esta familia en la que, la inminente muerte del patriarca, Big Daddy, que acaba de anunciar el examen médico que ha llegado junto con su cumpleaños, debido a un cáncer terminal, saca a luz la codicia por la herencia que ha modelado toda la vida de Mae y Gooper y precipita a éstos en una guerra abierta, de hienas filicidas, con Margaret, decidida a defender su parte y la de Brick en la sucesión valiéndose también de todos los recursos (incluso, inventándose una preñez). En el primer acto de la obra, que es casi todo él un extraordinario monólogo de la bella Margaret, hay una aterradora -a la vez que deslumbrante- descripción de la importancia decisiva de ese valor supremo de la vida -el dinero- para forjar la desgracia o la felicidad de las gentes, hecha desde el recuerdo de lo que fue, para ella y su familia, ser pobres en esa sociedad donde todo, hasta la misma humanidad de la gente se diría, se mide exclusivamente en función de la cartera y las cuentas bancarias. Nadie en la obra cuestiona esa abyecta verdad; la misma víctima de esa despiadada avidez que despierta en torno su próxima desapa-rición, Big Daddy, coincidiría con sus vástagos y herederos en que lo que verdaderamente cuenta en esta vida, antes que nada y por encima de todo, es hacer dinero, mucho dinero, porque con el dinero un ser humano se realiza y justifica en este mundo (aunque ello no signifique, como lo demuestra de sobra su familia, alcanzar la felicidad o, al menos, la paz).
Ésta es la tercera vez que veo en escena La gata sobre el tejado de zinc caliente y nunca antes había advertido, como en este montaje de Anthony Page, la tremenda nostalgia que transpira esta historia por un mundo distinto, menos materialista y menos craso, más sensible, más culto, más espiritual, con seres humanos menos avasallados por la excluyente obsesión por el dinero, fuego destructor en el que todos terminan quemando sus alas y chamuscando sus vidas hasta volverlas anodinas, mecánicas o despreciables. En el hipnótico diálogo que Big Daddy y Brick llevan a cabo en el segundo acto, donde se produce una doble confesión que, sin embargo, en vez de comunicar por fin al padre y al hijo, los distancia de manera definitiva, aquél recuerda con acerba ironía sus viajes a una Europa pobrísima -y a una Barcelona de niños esqueléticos-, donde la histeria consumista de Big Mama lo deprime profundamente, sin entender muy bien por qué. Brick tampoco puede entenderlo. Pero nosotros, los espectadores, sí entendemos muy bien el vacío que de tanto en tanto se abre en las entrañas del exitoso sureño que, después de trabajar como una mula y acumular una formidable fortuna, siente de pronto que esos algodonales sin fin y esos diez millones de dólares en bonos y acciones que ha reunido no son suficientes para dar consistencia y justificación a una vida, como siempre ha creído y creen los que lo rodean. Y eso ensombrece y angustia sus últimos días. ¿Quién, qué ha fallado, para que él, que lo tiene todo, sienta de pronto que es un fracaso, que no tiene nada?
La respuesta que buen número de estadounidenses dan en estos días a esa angustiosa pregunta de Big Daddy que planea de principio a fin en La gata sobre el tejado de zinc caliente es la descristianización de una sociedad en la que, junto a la ética del trabajo, la práctica de la religión fue un rasgo principal en buena parte de su historia. Pero el remedio, la proliferación de una religiosidad beligerante y extremista, cargada de intolerancia, que desborda los límites de la vida privada y llega a veces a impregnar la vida política, puede resultar peor que la enfermedad, si llega a cuestionar los fundamentos laicos del Estado, indispensables de la vida democrática. Ese peligro es una realidad ominosa en la vida de Estados Unidos, sobre todo desde los atentados terroristas del 11 de septiembre. Y, en vez de conjurar el materialismo y la idolatría del dinero como el valor supremo, los rebrotes de integrismo religioso sirven más bien con frecuencia para proveerlos de coartadas morales y de buena conciencia. Mientras esto no cambie, tragedias como las que deshacen las vidas de Margaret, Brick, Skipper y Big Daddy seguirán siendo la historia secreta de este país, el talón de Aquiles de su prosperidad y de su fuerza.



domingo, 30 de noviembre de 2003

García Márquez entrega el Premio Juan Rulfo a Rubem Fonseca

Rubem Fonseca y Gabriel García Márquez
Guadalajara, 2003

García Márquez entrega el Premio Juan Rulfo 

a Rubem Fonseca

La Feria del Libro de Guadalajara celebra la brillante obra del escritor brasileño

JOSÉ ANDRÉS ROJO Guadalajara 30 NOV 2003

"Juan Rulfo sigue teniendo algo que decir a sus lectores y sigue teniendo algo que enseñar a sus colegas de oficio". Con esas palabras terminó Rubem Fonseca (Minas Gerais, 1925) su breve intervención para agradecer el premio que Gabriel García Márquez le entregó ayer en la ceremonia de inauguración de la XVII edición de la Feria del Libro de Guadalajara, en México. Fue un acto cargado de emoción, en el que los dos grandes colosos de la literatura latinoamericana fueron ovacionados por un público entregado.

domingo, 16 de noviembre de 2003

El alma romántica de Joe Pesci

Joe Pesci


El alma romántica de Joe Pesci


DIEGO A. MANRIQUE
Madrid, 16 de noviembre de 2003

Los que han visto a Joe Pesci encarnando a mafiosos crueles en las películas de Martin Scorsese no imaginan que el actor tiene una faceta sensible. Cuando Pesci está libre de compromisos profesionales, canta en clubes de jazz neoyorquinos, bajo el seudónimo de Joe Doggs. Su repertorio está extraído del cancionero clásico de Cole Porter, George Gershwin, Jerome Kern y demás maestros del standard. Pesci acaba de debutar en el prestigioso sello Concord con Falling in love again, un disco que oficialmente viene firmado por el organista Joey DeFrancesco (incluyendo a Joe Doggs), aunque hasta los arreglos son obras del cantante. Siempre discreto, Pesci aparece en el libreto disfrazado con gafas oscuras y chaqueta de cuero. Sus buenas relaciones han permitido que Falling in love again cuente con invitados como Pat Martino, Kevin Eubanks y Red Holloway. También han entrado en el juego famosos amigos que han aportado textos entusiastas sobre la excelencia de Joe Doggs: las alabanzas vienen firmadas por el productor Quincy Jones y el vocalista Jimmy Scott, que parece ser el modelo de Joe Doggs. En entrevistas, Joey DeFrancesco ha explicado que estaba predestinado a colaborar con el actor: uno de sus discos se llamó Goodfellas, igual que la película de Scorsese que lanzó a Pesci en 1990 y le permitió ganar un Oscar.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 16 de diciembre de 2003




viernes, 31 de octubre de 2003

Meg Ryan desnuda su cuerpo y su talento en un truculento 'thriller' de Jane Campion


Meg Ryan desnuda su cuerpo y su talento en un truculento 'thriller' de Jane Campion



ÁNGEL FERNÁNDEZ SANTOS
Valladolid, 31 de octubre de 2003


La estadounidense Meg Ryan parecía estancada en un modelo de comedia dulce hecho a su medida. Pero el tiempo ha erosionado a la risueña mujer aniñada que la hizo célebre en el mundo y experimenta en el truculento thriller, dirigido por la australiana Jane Campion, En carne viva, un vuelco de imagen arriesgado y comprometedor, que la actriz saca adelante con valentía, sinceridad y talento. También hay riesgo en el melodrama británico, dirigido por la danesa Lone Scherfig, Wilbur se quiere suicidar, que pone en pie un complejo triángulo de amor y fraternidad.

sábado, 11 de octubre de 2003

Francisco Calvo Serraller / Canto




FRANCISCO CALVO SERRALLER
11 OCT 2003

¿PUEDE ACASO el amor vencer a la muerte? Según Steven Soderbergh, director de la reciente versión cinematográfica de la mítica novela de Stanislav Lem, Solaris, hay un posible final feliz para este enigma, porque el pavoroso viaje intergaláctico que emprende el apenado Kris Kelvin hacia el hondón de su conciencia íntima, herida por el suicidio de su esposa, se resuelve con el reencuentro virtual de los amantes separados, que viven así, como entre sueños, la historia que les fue arrebatada por el cruel e ineluctable destino mortal. Esta solución me recordó la sorprendente conclusión de la célebre ópera de Gluck (1714-1787), Orfeo y Eurídice (1762), en la que el compositor y su libretista, Ranieri de Calzabigi, contraviniendo lo narrado en la trágica fábula mitológica, también decidieron dar una segunda y definitiva oportunidad para los atribulados amantes, que regresan al mundo de los vivos y dejan una agradecida ofrenda en el templo del Amor, radiante vencedor de la Muerte.
En la novela de Lem, publicada en 1961, no se nos aclara qué podría ocurrirle a Kelvin, cuando, como Orfeo, decide permanecer en el infierno de su enajenada conciencia para no separarse más del fantasma de su esposa muerta. Se deja así arrastrar por la embriaguez solipsista de la infancia, el sueño y la locura, astros que pertenecen a la misma constelación donde el arte traza su luminosa órbita en torno al agujero negro de la muerte. "Entre los astros, qué lejos; y no obstante cuánto más lejos / lo que aprendemos de aquí", podemos leer en los primeros versos del poema XX de la segunda parte de Los sonetos de Orfeo (1923), de Rainer Maria Rilke, el cual, como Lem, en la penúltima estrofa, preserva el misterio de nuestro enigmático viaje existencial, porque, en efecto, "todo está lejos, y en parte alguna se cierra el círculo...". Para Rilke, empero, poeta es "tan sólo aquel que comió con los muertos" y les ofrece la copa de su canto, "aunque el reflejo del estanque / se desvanezca muchas veces".

En la versión cinematográfica de Solaris, que, en 1972, filmó Andréi Tarkovski, la inmersión final de Kelvin en el extraño planeta de su propio psiquismo nos deja entrever la imagen revivida del cuadro El retorno del hijo pródigo, pintado por Rembrandt, donde el viajero se postra ante un padre que le abraza. Los desventurados harapos que cubren al lastimado prófugo vuelto al hogar cobran entonces la luminosa prestancia de quien se ha consumido en esa ansia vital del deseo, entre cuyas ascuas crepita también la llama inextinguible del amor, que ya no teme a la muerte, porque "sólo en el reino doble / se volverán las voces / eternas y suaves". Al final, completada la misteriosa órbita, se escucha la jubilosa melodía de un canto que celebra, más allá del reencuentro de los amantes, la reconciliación de la conciencia.



martes, 7 de octubre de 2003

William Steig, creador de 'Shrek', dibujante de borrachos y sátiros



William Steig, creador de 'Shrek', dibujante de borrachos y sátiros


The New York Times
7 de octubre de 2003

William Steig, cuyas despreocupadas tiras cómicas de chicos duros de la calle y tortuosos dibujos de sátiros, damiselas, perros y borrachos han hecho las delicias y han sido inspiración de los lectores de The New Yorker durante más de seis décadas, falleció el viernes en Boston. Tenía 95 años. Steig también escribió más de 25 libros infantiles sobre valientes cerdos, perros, burros y otras criaturas. Uno de los más populares fue Shrek, que se llevó al cine en 2001 y obtuvo el premio de la Academia a la mejor película de animación.

viernes, 3 de octubre de 2003

Kadaré, el sobreviviente

Ismail Kadaré
París, 2003
DANIEL MORDZINSKI


Kadaré, el sobreviviente


 

Lola Galán

3 de octubre de 2003


 Corrían los años setenta y el régimen albanés lanzaba su artillería pesada propagandística a través de Radio Tirana, la joya de la corona del dictador comunista Enver Hoxha. Pero la vida misteriosa y compleja de la capital albanesa tenía poco que ver con aquel triunfalismo radiofónico. La verdadera voz de Albania, la única destinada a perdurar y a seducir al mundo, estaba en las obras de un escritor de aspecto funcionarial, taciturno, vestido con sempiterna gabardina, llamado Ismaíl Kadaré. Un editor francés había descubierto al mundo la que sería la primera de una larga serie de excelentes novelas: El general del ejército muerto, el relato de la peregrinación por Albania de dos militares italianos con la misión de recuperar los restos de sus compatriotas caídos en ese país durante la II Guerra Mundial.

"Quizás pudo más en mí la desilusión de ver que no se daban los pasos necesarios que la represión del régimen estalinista"
"Para algunos, mi supervivencia era motivo de esperanza, para otros era un misterio del régimen"
"No hay que burlarse del llanto de un país, porque nadie sabe lo que significa ese llanto"

Traducida casi de inmediato a 30 idiomas, la novela mejoró el estatus de Kadaré en Albania. De tal forma que, durante décadas, pudo soportar sobre sus hombros el pesado entramado de controles del régimen, sin aparente dificultad, manteniendo sus novelas en el aire, como un consumado malabarista, resistiendo las presiones de quienes le pedían que fuera portavoz de la Nueva Albania, y de quienes le pedían que interpretara el papel de disidente.

Formó parte de las instituciones comunistas, fue diputado, estuvo al frente de la unión de escritores, se benefició de una cierta protección personal de Enver Hoxha, y todo eso sin dejar de ser un escritor desafecto al régimen, un tipo en el que no se podía confiar, porque escribía libremente, sin atenerse a las consignas del realismo socialista, ni a las necesidades de la propaganda del Partido del Trabajo, deslizándose peligrosamente hacia el odiado cosmopolitismo. Podía hacerlo porque en una Albania aislada y remota -apenas 3,6 millones de habitantes, hoy- su fama internacional era un motivo de orgullo irresistible para el dictador, una coraza que le protegía de purgas y exclusiones.

"Era una situación de lo más paradójica, es verdad. En el país estalinista por excelencia, era adorado por los comunistas, pero debido a esa cierta fama internacional, era admirado también por los burgueses del exterior. Para algunos, mi supervivencia era motivo de esperanza, para otros era un misterio del régimen", cuenta el escritor.

Pero más paradójico aún era lo que nadie sabía. Kadaré mantenía una estrecha relación con un joven escritor, Bashkim, hijo de Mehmet Shehu, mano derecha del dictador Hoxha, quien le informaba de todo lo que se decía de él en las alturas del poder, donde se le consideraba un "agente de la burguesía". "No era una sospecha banal, que viniera de los militantes de a pie, que me criticaban, envidiosos, porque me gustaba Francia, y me consideraban un burgués, sino del propio dictador. Si había sobrevivido a esa sospecha, poco podían importarme las demás críticas".

Kadaré lo cuenta instalado en un amplio sofá, en el salón de su casa de París, trajeado a su estilo, con chaqueta clara, sobre pantalón y camisa de un marrón chocolate. Nacido el 28 de enero de 1936, en la ciudad medieval de Gjirokastra, en el sur de Albania, tiempo atrás parte del Epiro del Norte griego, el escritor creció en medio de las convulsiones de un país, ocupado por los italianos, cercado por los alemanes, después, y finalmente, liberado por los comunistas locales. Nació musulmán, pero ese detalle pesó poco en su vida. "No soy religioso. Pertenezco a la secta de los bektashi, una escisión del islam muy tolerante. Comen cerdo, beben". Tras el largo paréntesis de ateísmo forzoso, en Albania han vuelto a florecer las tres religiones históricas, pero católicos, ortodoxos y musulmanes viven en paz. "Además hay muchos matrimonios mixtos, porque existe una mayor atracción erótica entre personas de distinta religión", apunta Kadaré, cuya esposa, Elena, es una ferviente católica.

No fue la religión lo que dividió a su familia, sino la ideología. Su padre, un modesto funcionario encargado de distribuir el correo oficial, aunque perteneciente a una familia importante, pasó a ser un conservador, un reaccionario, mientras los tíos maternos, hijos de un terrateniente local, se apuntaron al Partido Comunista desde el primer día. "Yo no sabía con quién quedarme. Quería a mi padre, pero mis tíos eran gente interesante, tenían una biblioteca estupenda, sabían latín. Tenía ante mí dos mundos contradictorios. Y la familia era determinante en la actitud que uno iba a tomar después".

La de los Kadaré era una historia perfecta para ser contada. Un relato agobiante que contrasta con el esplendor del París otoñal que asoma por los balcones del apartamento del escritor, que dan a los Jardines de Luxemburgo. Exiliado en Francia en septiembre de 1990, Kadaré vive desde hace una década a caballo entre Tirana y la capital francesa. Pero su apartamento parisiense tiene un inequívoco aire provisional. Como si el más famoso escritor albanés, premio Booker, premio Príncipe de Asturias 2009, candidato al Nobel y al Médicis, miembro de la Academia de las Ciencias Morales y Políticas de París -a la que pertenecen también el Rey de España y el Papa-, se sintiera todavía un refugiado.

Su exilio encierra, en realidad, una de las mayores paradojas de su vida. ¿Por qué permaneció en Albania durante los años más negros de la dictadura de Hoxha? ¿Por qué lo abandonó, precisamente, cuando se iniciaba una tortuosa transición? "Quizás, como ya he dicho, pudo más en mí la desilusión de ver que no se daban los pasos necesarios, que la represión del régimen estalinista", dice. Ya en París, denunció la cerrazón del régimen poscomunista, que podía desencadenar, dijo, un baño de sangre. "Fue una intervención muy efectiva. Estoy orgulloso de mi contribución a la transición".

Escritor de fama en Francia, el país que le descubrió, Kadaré es editado en España por Alianza Editorial, y empieza a saborear las mieles del éxito en nuestro país. Cuando se anunció en junio que era el nuevo premio Príncipe de Asturias de las Letras, sus libros se agotaron en las librerías, a las que el próximo lunes llegará su última novela, publicada por la misma editorial, El accidente, concluida entre 2003 y 2004, en plena resaca de la guerra de Kosovo.

Alianza, que ha dedicado una colección al escritor albanés, se dispone a completar la publicación de toda la obra anterior. El accidente, un relato de misterio, erótico-amoroso, trufado con retazos de la crisis de Kosovo, y mordaces críticas a la Albania actual, puede resultar extraño, a primera vista, para un lector habituado a las historias densas y profundamente ancladas en la realidad de Kadaré. Sobreviven en él, por supuesto, los característicos toques de ironía, como esa burla de la pasión nobiliaria de la Albania de hoy, que lleva a los trabajadores a comprar títulos aristocráticos a cualquier precio, pero es un libro muy diferente de todos los demás. "Es un libro difícil. No creo que sea el mejor para empezar a conocer mi obra", dice el escritor, ojeando el ejemplar que le muestra la periodista. "Yo sugeriría otra novela que, siendo muy albanesa, es al mismo tiempo muy internacional, ha gustado en todos los países, Crónica de piedra". Un relato de Gjirokastra, vista con los ojos de un niño, en el que reconstruye momentos capitales de su vida y de la de su país. Un país orgulloso y derrotista a un tiempo, algo bastante familiar en España, que intenta restañar las heridas del pasado.

Ni siquiera el gran Kadaré, un santónintocable en Albania, se ha salvado de algunas dentelladas de los medios. "Un periodista me preguntó en un programa de televisión en directo: '¿No es cierto que usted vivía bajo la protección de Enver Hoxha?'. Desde luego, le respondí, era el que decidía sobre la vida y la muerte de todos. Pero, le pregunté yo a mi vez, ¿acaso no me protegía Hoxha de sus propios fieles, de su propio régimen?".

También su vida cómoda, en Occidente, ha tenido su cuota de hiel. Ha recibido premios y ha logrado una notoriedad envidiable. Pero su éxito en la Albania comunista le ha perseguido como una sombra de sospecha. El escritor Bashkim Shehu, su discípulo y amigo, explica que no era ni un disidente ni un portavoz del régimen. "Ninguno de esos dos términos es adecuado para desentrañar el fenómeno literario de Kadaré", dice, en conversación telefónica desde su casa de Barcelona.

La suya no era la biografía que gusta en Europa, del heroico disidente, sino la de un escritor, gran conocedor de la naturaleza humana, que ha sabido defender su libertad interior con uñas y dientes. "En Occidente hay una especie de cliché sobre los escritores del Este. Todos tienen que ser como Václav Havel, disidentes con años de cárcel. La gente no comprende que había muchas diferencias entre los países comunistas. Que Albania era un régimen muy duro en el que no cabía la disidencia. Solzhenitsin escribió sus primeros libros críticos contra Stalin en 1962, es decir, nueve años después de su desaparición. Hoxha fue adorado y obedecido hasta su muerte. Pero su viuda lo siguió controlando todo. No había la menor ocasión para una disidencia abierta".

Hoxha, nacido en la misma calle y en la misma ciudad (Gjirokastra) de Kadaré, aunque una generación anterior, es un personaje que asoma, como un fantasma maligno, en varias de sus novelas. Por ejemplo, en El sucesor, un relato dedicado a la muerte, en 1981 (por supuesto suicidio) de Mehmet Shehu, hasta un año antes, mano derecha del dictador. También hay alusiones al dictador en El concierto o en El largo invierno, que evoca la ruptura con la Unión Soviética. En realidad, las rupturas eran constantes. En cuarenta años de poder absoluto, Hoxha se las arregló para pelearse uno tras otro con todos los "países hermanos".

Rompió con la Yugoslavia de Tito en 1948, con los soviéticos en 1961 y con los chinos en 1978, dejando el país en el desamparo internacional más absoluto. Pese a ello, su muerte, en abril de 1985, desencadenó un duelo descomunal en Albania, y hasta el mismo Kadaré recriminó en una carta enviada al diario Le Monde el tratamiento periodístico otorgado en Occidente a aquella noticia. Hoy se ve en la obligación de aclarar el tema. "La idea que escribí era bien sencilla: no hay que burlarse del llanto de un país por la desaparición de una personalidad relevante de su historia, porque nadie sabe lo que significa ese llanto".

El escritor, tímido y renuente en los años de la dictadura, no tuvo miedo a asumir un protagonismo político de primer orden en la crisis de Kosovo, que acabó con los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado. "Eran necesarios para detener la masacre serbia sobre Kosovo", dice. La suya fue una defensa cerrada de la intervención contra Serbia, que encontró considerables apoyos y alguna crítica. Hubo quien le acusó de estar aplicando una especie de vendetta, del Kanun albanés contra los vecinos serbios. "Me criticaron, sí. No comprenden que no hay por mi parte ninguna hostilidad hacia los serbios. Creo que expliqué bien mi posición en Tres cantos fúnebres por Kosovo. Pero no lo entienden". Tres cantos fúnebreses un pequeño relato en el que Kadaré intenta explicar las paradojas de esta región, reclamada por serbios y albaneses, y conquistada por los turcos en el siglo XIV.

La crítica francesa y la española han encontrado en la obra del autor albanés, a menudo, el pálpito de la mejor literatura política de nuestro tiempo. A veces de forma poco explícita, como en su novela El palacio de los sueños, un relato alegórico, un puntokafkiano, en el que el poder dictatorial, no contento con controlar las mentes de los súbditos del imperio, destina un palacio, repleto de oficinas y departamentos, a investigar los sueños, último reducto de libertad individual, para catalogarlos por su peligrosidad.

Kadaré ha dejado entrever en varios de sus libros las dificultades de su vida de escritor en aquella cárcel al aire libre que fuera Albania desde mediados de los años cuarenta hasta 1990. Una vida cercada por la sospecha, que le llevó a intentar la fuga. La primera vez fue durante un viaje a Praga, con una delegación de la juventud albanesa, a principios de los años sesenta. Lo tenía todo preparado para quedarse en esa ciudad, pero a última hora no pudo. "Me dio un ataque de pánico, la habitación del hotel me pareció estrechísima, sentí una tristeza enorme, irracional. Había dejado la maleta en el aeropuerto, seguramente me habría ayudado tener allí algo propio".

¿Quizás necesitaba su país, fuente inagotable de historias, para sobrevivir como escritor? A fin de cuentas, vivía ya para la literatura. La literatura era el dios supremo, la única causa sagrada a la que quería entregarse. "No, ésa no era la razón. Aunque es cierto que el escritor tiene una vida paralela, una segunda patria en la literatura. Es una vida que no siempre encaja con la vida real. Al contrario, la relación entre vida y literatura es conflictiva. No hay idilio, sino casi una guerra oculta entre ambas".

Los años convulsos del poscomunismo dejaron en evidencia esa guerra soterrada. Escritores famosos, admirados en Occidente, se vieron amenazadas por viejos dossieres desempolvados a última hora. Por eso, Kadaré considera importante que todos los detalles que ha contado de sus choques con la censura, de sus dificultades personales, sean perfectamente demostrables. "Todo lo que afirmo se puede verificar. Si digo que me planteé no regresar a Albania, estando en Praga, es cierto y se puede demostrar. Cuando lo conté hace 20 años, vivía el amigo checo al que le confesé mi plan. Era un escritor conocido. Si digo que Claude Durand, mi editor francés, vino a Tirana para hacerse cargo del manuscrito de La hija de Agamenón, y guardarlo en la caja fuerte de un banco francés, es porque es verdad y se puede comprobar". Eran cautelas necesarias, dice el escritor. "Tras la caída del comunismo ha habido muchas calumnias, sobre todo sobre los escritores. La policía política tenía un departamento dedicado a urdir historias para desacreditar a la gente".

Uno de sus vecinos más famosos, en este barrio encantador de París, el checo Milan Kundera, tuvo que hacer frente el año pasado a graves acusaciones de haber sido un delator del régimen comunista en su juventud. Kadaré cree que la denuncia tenía mucho que ver "con las difíciles, tensas relaciones de Kundera con su país". Algo que no le ocurre a él. "Mi relación con Albania es fácil. Allí tengo la misma notoriedad que aquí".

Kadaré, amante de la buena cocina, de la vida familiar como buen albanés, dueño de un fino sentido del humor, tiene, sin embargo, un lado impenetrable y complejo, como su obra. Elude el tema cuando se le pregunta si en su casa se prepara el bürekalbanés, empanadillas de carne y hojaldre, y se queda callado cuando esta periodista le dice que conoció hace tiempo su ciudad, Gjirokastra. Un hermetismo que se explica quizás, en los 40 años de dictadura comunista, cuando una pregunta mal formulada, una palabra de más, podían acarrear la ruina de una familia.

La caída del régimen albanés y la desmembración de Yugoslavia dieron paso a otro momento oscuro. ¿Hasta cuándo serán un polvorín los Balcanes? "Todos los pueblos son responsables de sus defectos, pero los conflictos que ahora vemos en los Balcanes son fruto de la frustración de cinco siglos de ocupación turca, de una independencia tardía, que han llevado a nuestros países a enfrentarse entre sí. Bajo el Imperio Otomano, los Balcanes se contaminaron con el mal. Hay un poema del escritor griego Giorgios Seferis en el que relata una guerra entre la serpiente y el gato, que se desarrolló a través de las generaciones. Finalmente ganó el gato, pero, dice Seferis, se había convertido en una criatura perversa. Había sido contaminado por el mal".

El escritor, que recibirá el día 23 de octubre el Príncipe de Asturias de las Letras, parece muy consciente de la importancia del galardón ("hay premios y premios, y todo escritor sabe que existe esa jerarquía", dice), dotado con 50.000 euros y la reproducción de una estatuilla de Joan Miró, que le abre definitivamente las puertas del mercado español, con 450 millones de hipotéticos lectores. Su conversación, en francés, está salpicada de alusiones a Cervantes, a Shakespeare, a Dante y a Esquilo. Kadaré admira a los mismos escritores que todo el mundo. "Me parece que la Humanidad no se ha equivocado en esto. Puede que en algún caso haya tardado en llegar ese reconocimiento, pero no creo que haya genios olvidados, que tengan que ser descubiertos. Prefiero tener un gusto simple, directo. No me gusta pasar por un escritor sofisticado". Aun así, hay nombres de autores desconocidos que han marcado su biografía, como el de Lagush Poradeci, poeta albanés que falleció unos pocos años antes de la caída del comunismo, y cuya fotografía ocupa un sitio bien visible, sobre una mesita camilla, en el salón de su casa.

Mediada la entrevista, se escuchan, por el pasillo del apartamento, las carreras de su nieto de cuatro años, Adrian. Kadaré le hace pasar, encantado con la desenvoltura del niño. Cuando el fotógrafo le pregunta por su estudio, el escritor le guía hasta un cuarto al otro extremo del pasillo, al que dan varias habitaciones. En una de ellas, con la puerta abierta, están sentados su yerno y su hija, Gressa, bióloga e investigadora, que acaban de regresar de una larga estancia en Nueva York.

"Kadaré es un hombre sencillo, familiar. Según él, sólo escribe dos o tres horas al día, aunque yo no acabo de creérmelo", cuenta su traductor al español, Ramón Sánchez Lizarralde. El estilo del narrador albanés no deja de perfeccionarse, sin perder ni una gota "de la profunda originalidad de una obra en la que se perciben las huellas de Chéjov, pero también las de Joyce y las de Faulkner", dice Sánchez Lizarralde. Algunas de sus novelas tienen además un potencial estético que ha explotado el cine, al que Kadaré es muy aficionado. El general del ejército muerto fue llevado a la pantalla e interpretado por Marcello Mastroianni, y su relato Abril quebrado ha sido filmado como un drama rural brasileño. Su relato Cuestión de locura es, según Sánchez Lizarralde, "un viaje nostálgico a la infancia, un poco como el Amarcord de Fellini".

Es una pequeña licencia, porque toda la obra de Kadaré gira en torno a la fascinante y terrible historia de su país. De forma alegórica o directa, salpicados con gotas de humor negro o de simple ironía, aparecen en ella los episodios de la vieja Albania, dominada por los visires del Imperio Otomano, del breve periodo monárquico del rey Zog, de la ocupación italiana y el yugo de Vittorio Emanuele rey de Albania y Etiopía, de la dictadura comunista, y de la Albania recién llegada a una frágil democracia.

Con el Príncipe de Asturias en el bolsillo, Kadaré piensa quizás en el Nobel, aunque no le obsesiona conseguirlo. El autor de El palacio de los sueños no cree en el poder transformador de la literatura, del arte en general. "Lo que no significa que no sirva, que no sea enormemente importante", dice. Sin ser una denuncia abierta de la opresión comunista, sus escritos, esos en los que, según Bashkim Shehu, "palpita la aspiración a otro modo de vida", consolaron a muchos tocados por el régimen, y han hecho más por cambiar el mundo que la soporífera propaganda de Radio Tirana


El accidente. Ismaíl Kadaré. Traducción de Ramón Sánchez Lizarralde. Alianza. Madrid, 2009. 320 páginas. 18 euros. Se publica el próximo lunes. Biblioteca Kadaré. www.alianzaeditorial.es/ Ismaíl Kadarérecibirá el Premio Príncipe de Asturias de las Letras el próximo día 23 en Oviedo. fundacionprincipedeasturias.


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