viernes, 31 de octubre de 2003

Meg Ryan desnuda su cuerpo y su talento en un truculento 'thriller' de Jane Campion


Meg Ryan desnuda su cuerpo y su talento en un truculento 'thriller' de Jane Campion



ÁNGEL FERNÁNDEZ SANTOS
Valladolid, 31 de octubre de 2003


La estadounidense Meg Ryan parecía estancada en un modelo de comedia dulce hecho a su medida. Pero el tiempo ha erosionado a la risueña mujer aniñada que la hizo célebre en el mundo y experimenta en el truculento thriller, dirigido por la australiana Jane Campion, En carne viva, un vuelco de imagen arriesgado y comprometedor, que la actriz saca adelante con valentía, sinceridad y talento. También hay riesgo en el melodrama británico, dirigido por la danesa Lone Scherfig, Wilbur se quiere suicidar, que pone en pie un complejo triángulo de amor y fraternidad.



La buena y hermosa actriz que llevó siempre dentro Meg Ryan se ha perdido durante un largo tiempo irreparable en un cine inferior a ella, pudoroso hasta la pacatería, hecho a la medida de una eterna muchacha amistosa, dueña de una deslumbradora mirada azul y una sonrisa angelical. En su género habitual, la comedia, se encerró en personajes con los que casi nunca se asomó al riesgo.


Y hay que decir casi porque en Hurlyburly dio un brusco giro a su imagen en un personaje episódico bronco y fugaz, del que su director, Anthony Drazan, extrajo un poderoso desgarro y dolor en estado puro. Pero lo que allí fue un breve episodio, ahora, dirigida por Jane Campion, se transforma en un carácter tumultuoso y lleno de riesgos, que Meg Ryan sostiene de principio a fin con una composición a cara lavada y muy solvente, que no elude la dificultad de la sinceridad en las escenas de sexo.


Meg Ryan y Jennifer Jason Leigh



En su composición -bien apoyada por un sabio tenebrismo de Jane Campion y por un reparto excelente, en el que saltan los nombres de Mark Ruffalo, Kevin Bacon y de la magnífica Jennifer Jason Leigh-, Meg Ryan tira a la papelera el sabido dibujo de su célebre sonrisa contagiosa, que ya peligra en convertirse en mueca de un cantor con olor a naftalina, y afronta el gesto duro, grave y gastado de una mujer a la deriva que es atrapada simultáneamente por un instante de plenitud sexual y por el abismo de un horrible crimen.


El tono oscuro y tétrico de este thriller no se parece a la degradante mascletá ahora en boga en Estados Unidos y Europa. Recupera Campion algunos rasgos del estupendo cine negro norteamericano de los años sesenta y setenta, por lo que al ver esta película puede chocar y poner fuera de onda a los buscadores de angelitos de Charlie y otros sucedáneos del estruendoso pimpampum informático. Y la cineasta australiana, después de tanto tiempo de hacer películas con el pie cambiado, recupera con En carne viva el buen pulso con que sostuvo Un ángel en mi mesa El piano, un comienzo que ya parecía irrecuperable.


Otro thriller estadounidense con original y vigoroso enfoque, pero de desarrollo posterior irregular, es The cooler, dirigida por el hasta ahora buen guionista Wayne Kramer, que como director se queda por debajo de sí mismo y deja que sostenga la película el buen William H. Macy y, sobre todo, la desconocida y fascinante Maria Bello, que parece estar abriendo de par en par las puertas del cine futuro.


Otro tanto hay que decir del trío de protagonistas británicos de Wilbur quiere suicidarse -Jamie Sives, Adrian Rawlins y Shirley Henderson-, que es un buen y elegante melodrama dirigido por la danesa Lone Scherfig, que hace dos años ganó la Espiga de Oro, máximo premio de este festival, por su divertidísima Italiano para principiantes. Pero ahora la directora danesa adopta un gesto y una mirada serios e incluso adustos y, lejos de hacernos reír, convierte su humor en fuente de alta tensión dramática. Lone Scherfig hizo sus primeras películas siguiendo el austero estilo impuesto por el movimiento Dogma, al que estuvo adscrita desde que comenzó a hacer cine, y en Wilbur quiere suicidarse hace cine convencional, noble y vivo, desarrollando una arriesgada situación en la que dos hermanos comparten sin saberlo la misma mujer y la misma llamada de la muerte.


Y con este filme, el iraní Sangre y oro, dirigido por Jafar Panahi, y la extraña y muy irregular trilogía -Una pareja estupenda, La huida Después de la vida- dirigida por el belga Lucas Belvaux, se cierra una edición cinematográficamente muy rica de la Seminci, que se clausurará esta noche con la entrega de los premios y la proyección del último, y ciertamente extraordinario, filme de Woody Allen, Todo lo demás.



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