miércoles, 22 de febrero de 2017

Saul Bellow / Herzog / Historia de una liberación


Saul Bellow
HERZOG

Historia de una liberación


JOSÉ MARÍA GUELBENZU
4 OCT 2008
"Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer", se dice Moses Herzog al comienzo del libro. Herzog es un profesor respetado de mediana edad que ha acabado dando clases en una escuela nocturna para adultos y al que, de pronto, a raíz de la separación de su esposa Madeleine, su vida se le viene encima. Es un hombre que carga con dos matrimonios fracasados y dos hijos, al que le cuesta mucho admitir emocionalmente que su esposa le ha echado prácticamente de casa, se ha quedado con su hija y se ha instalado con su amante, amigo de ambos. Se siente utilizado por los dos, pero especialmente traicionado por ella. Aislado en el campo, se pone a escribir cartas frenéticamente a todo el mundo, desde eminentes políticos o científicos contemporáneos o ya fallecidos hasta parientes o personas que han contado en su vida por una razón u otra. Son una venganza, una protesta, un ajuste de cuentas, un desahogo, y también un ejercicio de escepticismo frente a prestigiosas ideas en boga; pero esas cartas acaban siendo un duro repaso a su vida. El relato está llevado por dos narradores: una voz anónima que habla pegada a Herzog y Herzog mismo. El artificio de las cartas es magnífico: en primer lugar, porque se convierten en una nueva forma de flashback que abre todas las puertas de la vida anterior de Herzog y, en segundo, porque permite mostrar de una manera narrativa un verdadero torrente de pensamiento. Herzog es un profesor de literatura, un hombre inteligente ("digamos que soy una persona reflexiva que cree en la utilidad de un comportamiento cívico"), que se halla a la defensiva frente a una sociedad que lo desborda. Entonces, la escritura de esas cartas es, en realidad, un deseo de atrapar la realidad con el lenguaje, pero es a la vez una casi utópica necesidad de obligar (figuradamente) a sus destinatarios a tener conciencia. En el fondo, junto a la venganza o la protesta está la necesidad de pedir respuestas a quienes considera mejor o más cínica o astutamente integrados en esa sociedad de la que él se siente descabalgado. Pero lo hace porque tiene conciencia de ese descabalgamiento y, finalmente, no lo entiende aunque lo acepte como un hecho.


Herzog

Saul Bellow
Traducción de Vicente Campos
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2008
460 páginas. 25 euros

Hay que decir que Bellow es un maestro en la escenificación de relaciones personales de todo orden tanto como en la construcción de la vida interior de sus personajes. La escena en la que relata el adiós entre Madeleine y Moses es antológica y su valor como referente y resumen de todo el conflicto, soberbia. Cada vez que la relación entre ambos va mostrando nuevos aspectos que la completan, la escena del adiós se alza como un faro en la memoria del lector: ella le ha segado la hierba bajo los pies y se sabe triunfante mientras él siente que aún la ama con una mezcla de resignación y fatalidad y la clara intuición de que ya no hay nada que hacer

... hasta que, poco a poco, el rencor, la rabia y la impotencia le obliguen a recorrer su vida en un intento de expiación ciega y desahogo. Por ahí comienzan las cartas: son cartas mentales que poco a poco van abriendo su mente y su cuerpo al único asidero: la realidad.
Lo mismo puede decirse de la escena que sigue a la carta del cínico y grosero abogado Sandor Hammelstein, una soberbia lección narrativa de lucidez, expresión y capacidad de sugerencias; pero quizá el momento en que la novela y el personaje giran sobre su eje y toman un nuevo rumbo es la de los juzgados, en los juicios a los que asiste Herzog, la única escena en la que él deja de observarse a sí mismo para observar a otros. Porque en su exposición, en sus discusiones, en su puesta en duda de aspectos cruciales del pensamiento contemporáneo hay también una parte de autocomplacencia, de lástima de sí mismo, de acariciar su imagen de hombre con una extrema habilidad para equivocarse (y para aceptar lo que su descuidada vida le iba imponiendo); un último punto de victimismo, en fin, que también deberá abandonar si verdaderamente quiere encontrar un lugar en el mundo.
Este libro es la historia de una liberación. Es por lo mismo el relato de una catarsis en la que el protagonista no deja de mirarse en el espejo con una mezcla de compasión, recreo y enfado, en busca de la depuración. El lector encontrará una densidad poco frecuente, muchas referencias al estado del mundo en los años sesenta, una puesta en cuestión de asuntos trascendentes del mundo occidental en la segunda mitad del siglo pasado y un escenario y unos personajes construidos con esa pasión y eficiencia con que un escritor se deja la piel para contar una historia. Sin duda alguna, éste es uno de los grandes libros de la narrativa norteamericana contemporánea y su resistencia a dejarse abatir por el paso del tiempo es tan poderosa como la imagen de Herzog en su vieja casa de campo, reclinado en su sofá, sereno, mirando por la ventana y oyendo el barrido chirriante e incesante de la asistenta; antes de sugerirle a ella que moje un poco el suelo para no levantar tanto polvo en esa destartalada casa que ha recuperado como ha recuperado su propia estima, reconoce que en ese momento ya no tiene ningún mensaje para nadie. Nada. Ni una sola palabra.
* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de octubre de 2008

EL PAÍS

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