jueves, 23 de febrero de 2017

Justo Navarro / Cinco novelas crueles

Ilustración de Asako Masunouchi

Cinco novelas crueles

Estas obras cultivan las costumbres sanguinarias del videojugador y del espectador contemporáneo de series y cine de acción. La familia ocupa una posición central


Justo Navarro
16 de octubre de 2014

Son crueles las cinco novelas que he leído estos días. Crueldad viene del latín cruor, sangre derramada, a la vista. Son novelas feroces, es decir, partícipes de una fértil tradición mítica. Las cinco comparten, por ejemplo, una manía por los ojos. En una, un médico se limita a dilatar con atropina las pupilas de un sujeto para que parezcan las de un muerto. En las otras cuatro, los verdugos se hacen eco de antiguos libros sagrados. Me recuerdan a los caudillos bíblicos que saltaban el ojo derecho de todos los hombres de un pueblo, a los filisteos que cegaron a Sansón, al mandato del Sermón de la Montaña: “Si tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo” (San Mateo, 5, 29).

La americana Karin Slaughter (1971) sigue contando en Pecado original las aventuras de Will Trent y Faith Mitchell, policías en Atlanta (Georgia). Los criminales han secuestrado a la madre de Mitchell, jubilada que también fue policía y desenmascaró a una banda de policías bandidos, sus compañeros. Hay también policías en Un millón de gotas, del español Víctor del Árbol (1968): la subinspectora Laura Gil, sospechosa de liquidar al mafioso ruso que mató a su hijo, se suicida de un tiro en el estómago. El hermano de la subinspectora, abogado, no cree que su hermana sea una asesina y se convierte en investigador.






Marlowe, el detective
de Chandler, se las veía con muy pocos muertos, era pacífico y no estaba ligado a sus casos

Aparte de tratar de crímenes y de que los autores nacieran en los mismos años, ¿qué tienen en común dos novelas tan distintas? Las dos se ocupan de asuntos de familia, de sangre y consanguineidad, y narran algo que ocurre en la primera década del siglo XXI, cuando los coches lucen en Atlanta pegatinas de Obama, y en Barcelona la especulación inmobiliaria y financiera se alía con la delincuencia internacional. Las dos cuentan historias que se remontan al pasado. En Un millón de gotas, de la Barcelona de 2002 saltamos a la Unión Soviética en 1933, a los campos de concentración de Siberia, a la guerra de España y la Guerra Mundial, al franquismo. Seguimos la vida engañosa del héroe comunista Elías Gil, víctima de Stalin y de los fascismos. Los muertos se cuentan ya por millones.
Son novelas escritas con respeto hacia quien se acerque a leerlas. Cultivan las costumbres sanguinarias del videojugador y del espectador contemporáneo de series y cine de acción. La familia ocupa el lugar central que le corresponde en la sentimentalidad vigente, aunque el progenitor acabe con un cuchillo en la espalda, le corten un dedo a la madre, sesos humanos salpiquen la cocina, y el garaje sirva como oficina de tortura y no se sepa si lo que se oye gotear es sangre o agua del grifo. Incluso existe proximidad o intimidad entre policías y malhechores, a pesar del antagonismo básico entre el bien y el mal.



Si en la Atlanta de Slaughter los malvados son chinos y mexicanos, y rusos en la Barcelona de Víctor del Árbol, en las novelas del irlandés John Connolly (1968) los alienígenas son “entes terrenales o de otro tipo”, espíritus corporizados, ángeles caídos. La ira de los ángeles se llama la nueva aventura del detective privado Charlie Parker. Los malos de Connolly disfrutan de cierto derecho a la eternidad: algunos, como el Asesino del Bocio, aparecen en fotos de 1940, en cuadros pintados hace siglos. Semejante atemporalidad les permite buscar venganza a lo largo de generaciones, hasta dar con su víctima y destrozarla. La venganza es importante en estas novelas y en ninguna falta alguna escena de tortura. Se mata rápido, como en un videojuego, pero también con lentitud, como en las leyendas de esos mártires que pedían que los sumergieran poco a poco en la caldera de aceite hirviendo para demostrar mejor la fortaleza que infunde Cristo.
La moral se ciñe a una lógica mercantil. La venganza cumplida, la sensación de deuda saldada son consoladoras, aunque el detective Parker, que sufrió en su día el asesinato de su mujer y de su hija, no encuentre alivio: “Yo había matado una y otra vez con la esperanza de aligerar mi dolor, y en lugar de eso lo había avivado”. Y añade una consideración de ética aplicada: “Quizá un filósofo moral habría dicho que empezaba a parecerme a aquellos contra quienes combatía”. En La ira de los ángeles, el bien se encarna en una figura de moda en la literatura criminal, un asesino en serie, aquí llamado el Coleccionista. Aunque los peores malvados pertenezcan al eterno ejército de las tinieblas, los delitos humanos de los que se habla en esta novela son tan comunes y actuales como los asesinos múltiples de ficción: podredumbre empresarial y política, periodismo venal, drogas, prostitución y pornografía infantil. Parece que la maldad posee los dos componentes que Baudelaire atribuía a la belleza: un elemento eterno, invariable, y un elemento circunstancial, según la moda moral de la época.





La venganza cumplida, la sensación de
deuda saldada son consoladoras para el detective Parker en ‘La ira de los ángeles’

Pero también en este caso la historia se remonta a años atrás, a los bosques de Maine, a un avión caído en el verano de 2001. Dentro de la cabina sólo quedan un maletín con dinero, unas esposas y una peligrosa lista de nombres. No muy lejos, la vegetación devora los restos de un fortín donde los indios le extrajeron en 1764 el corazón a la mujer del capitán. Sin un enigma de fondo, sin incertidumbre de lo que pasó o va a pasar, estas novelas se reducirían a catálogos de atrocidades. La concentración melodramática de cadáveres es característica del género criminal, y Raymond Chandler recordaba en marzo de 1949 que la novela policiaca exige “una exageración de la violencia y el miedo”. Pero Marlowe, el detective de Chandler, se las veía con muy pocos muertos, era pacífico y, sobre todo, no estaba ligado sentimentalmente a sus casos. Los investigadores de estas novelas suelen mantener una relación sentimental con sus enemigos, por quienes sienten pasiones como el odio y el ansia de venganza.


Los suecos Roslund & Hellström (1961 y 1957) fabulan sobre la pena de muerte en Celda número 8. A pocos días de la ejecución, muere en una cárcel de Ohio un condenado que aparecerá vivo en Estocolmo siete años después, convertido en cantante de un barco. Según la justicia, mató a su novia, hija del asesor del gobernador. Han pasado 18 años. El supuesto resucitado, buen esposo y padre en Suecia, acaba de patearle la cara a un pasajero que molestaba a una mujer en la pista de baile. ¿Lo extraditarán a Estados Unidos, un gran país que perpetuaba y reverenciaba el rito de la pena de muerte como una forma de vida? El padre de la chiquilla asesinada en Ohio espera el resarcimiento que le robó la muerte repentina del condenado. Lo más extravagante de Celda número 8 es que lo que se trama como un plan para demostrar la iniquidad de la pena capital implique la muerte de cuatro personas de las que por lo menos tres son inocentes.

En estas novelas, la investigación importa menos que la eliminación de criminales y no criminales, pero entre los autores que leo estos días, Roslund & Hellström son los más ajenos a la lógica de un videojuego basado en la aparición y aniquilamiento de enemigos en la pantalla. La lógica espasmódica del videojuego se parece a la risa: el francés Frantz Delplanque (1966) ha inventado al viejo asesino profesional Jon Ayaramandi, retirado en un lugar imaginario del País Vasco francés. Dos mujeres desnudas caen del cielo, miembros de una banda de punk-disco, en Elvis o la virtud. Ayaramandi, especialista del crimen perfecto, recuerda: “He matado a treinta y nueve personas y un perro”. El héroe criminal lucha ahora contra la Hermandad de los Soldados de Jesús, “asesinos hostiles al rock y la depravación”. Los buenos arrancan testículos con el cajón de una cómoda, machacan tobillos, acuchillan, ahorcan. Los malos embadurnan de vísceras podridas a un hombre y se lo echan a los buitres, que cumpliendo con el rito de la extirpación ocular le arrancan un ojo. Al último muerto lo matan de un tiro en el ojo. El bueno es otra vez un asesino en serie. “Me gusta la crueldad cuando se ejerce con buen criterio”, dice. La violencia mortal se vuelve fantasía diurna, delirio de risa. La policía secuestrada de Pecado original pensaba que los chiquillos que le hacían daño encontraban en los videojuegos un repertorio ilimitado de ideas para torturarla, como si los últimos cien años no abundaran en guerras, terror y exterminios reales, imágenes repetidas, crímenes espectaculares, vistosos. Quizá de tanta vistosidad derive la fobia al ojo humano que desprenden estas novelas.

Un millón de gotas. Víctor del Árbol. Destino. Barcelona, 2014. 670 páginas. 19,90 euros.
La ira de los ángeles. John Connolly. Traducción de Carlos Milla Soler. Tusquets. Barcelona, 2014. 428 páginas. 19,13 euros.
Elvis o la virtud. Frantz Delplanque. Traducción de Juan Carlos Durán Romero. Alfaguara Negra. Madrid, 2014. 386 páginas. 18,50 euros.
Celda número 8. Roslund & Hellström. Traducción de Elda García-Posada. RBA. Barcelona, 2014. 460 páginas. 19 euros.
Pecado original. Karin Slaughter. Traducción de Juan Castilla Plaza. Roca Editorial. Barcelona, 2014. 414 páginas. 19,90 euros.

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