lunes, 6 de febrero de 2017

Para despedir a John Berger. / Una visita a su refugio de invierno


John Berger
Para despedir a John Berger.

Una visita a su refugio de invierno

Matilde Sánchez
03 / 01 / 2017

Demostraba una militancia a favor del contacto directo; no tenía agente literario para la prosa breve. Después de haber recibido sus materiales periodísticos desde los años 90 por fax, empezamos a comunicarnos por correo electrónico con Beverly Bancroft, que siempre enviaba “un abrazo de John”.
En el otoño de 2011 tomé contacto con él. Me encontraba en París y sabía que Berger ya había hecho su mudanza estacional a la ciudad, en verdad a un chalet en el suburbio de Antony, donde vivía con otra pareja desde hacía años. Por un momento dudé de cómo funcionaría con las visitas ese protocolo de doble vida establecida. Había sido Bev quien me había dado su teléfono parisino, con toda naturalidad. Al llegar a la casa, la intriga desapareció. Berger me saludó como si nos conociéramos de toda la vida. Entonces conocí a Nella Bielski, su compañera de invierno.
A los 85 años seguía siendo muy bello, de notable parecido con Beckett. En su rostro de rasgos duros, donde el sol rural había tallado arrugas profundas y expresivas, se destacaba el color aguamarina de los ojos, renacidos después de su operación de cataratas, y las cejas, tupidas y plateadas -como el pelo, con un corte moderno, casi punk. Las manos eran grandes y muy ásperas; manos de labrador, con artrosis. Mientras yo lo estudiaba, Nella se movía entre la cocina y la sala, con su falda larga de hippie. Nacida en Ucrania, había emigrado a Francia para convertirse en actriz y novelista.
Enseguida puse en la mesa un buen vino argentino, acarreado por si se producía el encuentro; ellos habían comprado otro siciliano, que les hacía mucha ilusión.
-No se preocupe –dijo Berger-, afrontaremos los dos con valentía.
Era temprano pero de todos modos empezamos a despachar una cena de varios pasos, con intervalos. En cierto momento, me levanté y salí al jardín a fumar.
-¡Por favor! -chilló Nella-. Este es tu templo. Y nosotros que nos conteníamos.
Sacaron cada uno su paquete y la mesa se convirtió en ahumadero liberado, con risas y charla. Con la agilidad de un ciclista de la tour de France, Berger entornaba los ojos buscando precisiones. La edad quizá provocaba una demora pero daba la impresión de que siempre había sido así. Algo del silencio imperturbable de la madre –según cuenta en Cada vez que decimos adiós- debió inculcar en él el horror a las tonterías. Había que aceptar que la exactitud llevaba más tiempo y el precepto de la escritura valía también para la conversación.
Entonces yo compartí algo que había llevado en mi viaje. Siempre me había deslumbrado su empleo del lenguaje común en su obra crítica y cómo la foto recorre todos sus ensayos, incluso cuando escribe sobre pintura o dibujo. Recordaba su texto sobre el uso del traje en los comienzos de la fotografía, o “¿Por qué miramos a los animales?” y su comentario sobre el Che en La Higuera, que asoció para siempre con el Cristo en escorzo de Mantegna. Su lectura siempre deja atrás el conocimiento enciclopédico para hacer lugar a la observación viva –el sentido de la vista-, a la experiencia del observador activo, lo mirado con un inmenso caudal de intensidad.
Lo que yo le mostraba era el archivo fotográfico de una clínica: todos ellos habían sido pacientes y estaban todos muertos. Percibí de inmediato cierto sobresalto, el cruce de miradas con Nella. Se interesaba por la procedencia de las fotos pero tratando de disimular el malestar.
-¿Y usted dónde guarda este archivo, si se puede saber?
-Espero que no sea en tu cuarto- agregó Nella.
-En mi casa, en el escritorio…
¿Habíamos tropezado con una superstición, algo de mal agüero? Tal vez con una certeza probada pero todavía secreta para la que el mundo no estaba preparado. Además, ¿el tabú se vinculaba con las fotos o con esas caras anónimas?
-¡Con sus nombres! –respondió sin paciencia. -Todas estas personas están demasiado… cerca. Demasiada influencia, demasiado ruido del pasado. ¿No lo sintió en el Arco de Triunfo? Solo tiene que pararse debajo de esos nombres tallados: los soldados muertos en la Primera y la Segunda Guerra, las batallas napoleónicas. Hay demasiados muertos para nuestra memoria.
A fines de julio de 2013 recibimos el escueto anuncio de la muerte de Beverly Bancroft Berger en la Alta Saboya, donde se dedicaba a cultivar tomates. John Berger murió bajo los cuidados de su esposa de invierno. Ahora invoco la irradiación de su nombre.



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