miércoles, 30 de marzo de 2016

Beatriz de Moura / Mi vida es mi oficio


Beatriz de Moura

"Mi vida es mi oficio"

Por Santiago La Rotta

El Espectador |13 Sep 2012 - 9:53 pm

Diálogo con Beatriz de Moura, editora de Tusquets y una de las figuras más destacadas de la industria editorial en español.

Beatriz de Moura fundó en 1969, junto con Óscar Tusquets, la editorial que lleva este apellido. / Andrés Torres - El Espectador
Beatriz de Moura
Foto de Andrés Torres

Beatriz de Moura: editora. Punto. Un par más de calificativos podrían invocarse para hablar de esta brasileña de nacimiento que desde 1969 emprendió el camino que conduce a Tusquets Editores. Leyenda, la llaman algunos. Imprescindible, dicen otros. Una de las personas que definen el canon actual de la literatura, comenta la crítica.
Lectora profesional, por decirlo de alguna forma, De Moura es una mujer curiosa. Intensamente curiosa, mejor. Una cualidad más que adecuada no sólo para encontrar nuevas voces y talentos, sino para divisar qué trae de nuevo el horizonte digital para la industria de los libros: una frontera que cambia constantemente a un ritmo frenético, revolucionario.
De Moura comenzó su oficio editorial en Lumen, empresa que dirigió Esther Tusquets, otro de los referentes imperdibles del oficio, quien falleció este año.
Hay mucha gente que cree que uno se vuelve editor porque así se sitúa en la posición en la que tiene poder. Ese es un error craso porque las equivocaciones que cometemos como editores son de tal calibre, y tan frecuentes, que un escritor se horrorizaría de poder hacer eso consigo mismo. Nos equivocamos mucho, así como también arriesgamos. Ese riesgo tiene un atractivo.
La vida te va llevando, va armando tus preferencias: hay un intercambio entre la experiencia leída (la experiencia intelectual) y la experiencia vital. Hacer de esto un bloque coherente es imposible. La vida es tan rica que para qué ser coherente.
¿Cuál es su recuerdo de Esther Tusquets?
De ella aprendí mucho. No me quería especialmente, pero yo la admiré mucho. Entiendo que no me quisiera porque ella era una persona bastante tranquila, muy poco inquieta, y yo era todo lo contrario. En ese trajín es evidente que chocábamos en varios asuntos. Es una de las mujeres más inteligentes que he conocido y no ha tenido el fin que se merecía. Murió muy sola, muy poco atendida, solamente por la familia más íntima, su hermano sobre todo. Abandonó pronto, demasiado pronto, su trabajo editorial por razones que hasta hoy han quedado bastante oscuras.
¿Por qué dedicarse a ser editora y no autora o incluso sólo lectora?
Escribí una novela, hace miles de años, que fue un error de juventud. Vi clarísimo que no sería escritora. Cuando leí mi libro resultó ser completamente ajeno y sin interés. Qué horror. Como siempre, la primera cosa tiene algo de la vida propia del escritor y, bueno, si te aburres contigo mismo es mejor que lo dejes.
¿Qué ha descubierto de usted a través de su oficio?
De mí misma... Ay, madre. No lo sé. Cada vez que me preguntan acerca de mi vida lo que respondo es que mi vida es mi oficio. Se traslapan. Ahí hay un proceso de realización personal reflejado en un catálogo que lleva ya 43 años de vida. Ese catálogo es en buena parte el reflejo de mis gustos, tendencias, incluso de mis actitudes políticas, de mis odios. Es una visión de vida porque me he dedicado todas las horas del día, y a veces de la noche, a esta labor.
Hay un texto de Juan Villoro que propone que los libros encuentran a los lectores. ¿Qué libros la han encontrado a usted?
Lo que pasa es que hay libros que me han gustado según las épocas de mi vida. Hay algunos que no volvería a leer, por ejemplo. Además, como soy editora, no me gusta dar listas de libros. Tampoco me gustan las listas de grandes críticos que te dan libros indispensables porque las lecturas se van haciendo con la vida, y al revés. Cuando me preguntan por mis libros favoritos yo digo que la serie de Tintín porque eso fue mi infancia; adoraba al personaje y me hubiera gustado ser como él. Por ahí también está Los viajes de Gulliver.
Eso relativiza la visión absoluta que se tiene sobre los cánones, por ejemplo...
A los cánones era a lo que me refería. ¿A quién sirven? ¿Quién quiere tener gurús? En el mundo de la enseñanza tal vez. Me parece muy bien que los profesores tengan su propio canon, porque explicarían la literatura de una forma más vital. Separar la literatura de la vida es un horror.
Usted ha dicho que en este momento es necesario proteger más al autor...
Siempre, pero más ahora porque está siendo vilmente pirateado bajo una especie de demagogia fácil de la libertad de expresión. ¿Queremos acabar con la creación cultural? La piratería no es divulgación de la cultura. No están haciendo nada porque el trabajo del escaneo, si bien es algo muy barato, no siempre sale bien. Los libros así son obras distorsionadas, no siempre salen completas. Lo sé porque nosotros estamos en ese proceso y en octubre entraremos a vender digital, y legalmente, nuestro catálogo. Esta plataforma trabaja con Amazon y con Google. El lector sabe que ahí está la obra completa.
¿Qué ha aprendido de haber trabajado con una selección de autores tan extensa y variada?
De los verdaderos escritores siempre aprendo la constancia. Sobre todo una cuestión de vocación. El desafiar el riesgo de saberse a través de la creación. Y saber que esto no es fácil, que no supone inmediatamente riqueza y fama y todas esas cosas a las que uno, quiéralo o no, aspira. Yo descubrí muy pronto que todo esto no se hace de la noche a la mañana. Es una cuestión vocacional.


EL ESPECTADOR




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