lunes, 19 de octubre de 2015

Joyce Carol Oates / El primer amor y la última felicidad de Marilyn Monroe

Marilynensupriemraboda
Norma Jeane Baker el día de su boda con James Dougherty
(llamado Buchanan Glazer en 'Blonde')

El primer amor y la última felicidad de Marilyn Monroe, en 'Blonde', de Joyce Carol Oates


Por Winston Manrique Sabogal
El País, 3 de agosto de 2012


"-¡Te quiero! Ahora mi vida es perfecta.
Llegó el día, menos de tres semanas después de que cumpliera dieciséis años, el 19 de junio de 1942, el día en que Norma Jeane intercambió los sagrados votos matrimoniales con un muchacho al que amó a primera vista, mirándose el uno al otro con un asombro cargado de ternura (Hola, soy Bucky y Yo, No-norma Jeane), mientras a una distancia prudencial Bess Glazer y Elsie Pirig los observaban con ojos risueños y ya húmedos, previendo este gran momento. Naturalmente, todas las mujeres asistentes a la boda en la Primera Iglesia de Mission HIlls, California, lloraron ese día al ver a la joven y hermosa novia que aparentaba apenas catorce años junto al novio, imponente con su metro noventa y dos de estatura y sus ochenta y seis kilos, que por su parte no parecía mayor de dieciocho, un muchacho desgarbado pero gallardo, apuesto como un Jackie Coogan adulto con el pelo moreno cortado a cepillo, dejando al descubierto sus grandes y puntiagudas orejas. En el instituto había sido campeón de lucha libre y jugador de fútbol y era obvio que protegería a esa pobre niña huérfana. Amor a primera vista por ambas partes. Prometidos durante menos de un mes. Son los tiempòs que corren, la guerra. Todo va más deprisa.
¡Mirad sus caras!
La de la novia, pálida y luminosa como el nácar excepto en las mejillas delicadamente maquillada con colorete. Sus ojos parecían llamas danzarinas. Su perfecta cara de muñeca enmarcada por el cabello rubio oscuro, brillante como aprisionados rayos de sol, peinado en parte en tirabuzones y en parte en trenzas hechas por la propia madre de la novia y entrelazado con lirios del valle sobre los cuales flotaba el velo nupcial, ligero y vaporoso como un soplo de aire. En la pequeña iglesia se respiraba la dulce y nostálgica inocencia de los lirios del valle, ese aroma que recordaré durante el resto de mi vida, el aroma de la felicidad hecha realidad. Y el miedo a que mi corazón parara y Dios me acogiera en su seno.
Y el vestido de novia, tan bonito. Metros de resplandeciente raso blanco, un corpiño ceñido, ajustadas mangas largas con volantes en los puños, metros y metros de deslumbrante raso, pliegues y tablas blancas, cintas, puntillas, pequeños lazos, diminutos botones de perla y una cola de metro y medio: nadie habría adivinado que era un vestido usado, perteneciente a Lorraine, la hermana de Bucky; naturalmente, lo habían adaptado a la altura y figura de Norma Jeane y enviado a la tintorería, de modo que estaba impecable. (...)
Sí; Bucky se proponía alistarse en las fuerzas armadas para luchar por su país, y se lo había dejado claro a su novia desde el principio.
Son los tiempos que corren. ¡Todo va más deprisa!
El pastor de la iglesia preguntó con voz seria a la novia: '¿Tú, Norma Jeane, aceptas a este hombre, Buchanan Glazer, como tu legítimo esposo en la riqueza o en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe, en el nombre de Dios Nuestro Señor y Jesucristo, su Único Hijo?', y la novia tragó saliva antes de responder en un murmullo:
.¡Oh!, sí, señor.
Con la titubeante voz de huérfana. Para toda la vida. (...)
Ahora que Norma Jeane se había transformado en una mujer lo suficientemente hermosa, un hombre la reclamaba.
Amor a primera vista, un amor que atesoraremos durante toda nuestra vida, aunque quizá no fuera del todo así".
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¡La dicha¡ El sueño hecho realidad. La felicidad rodea y abraza por primera vez a Norma Jeane Baker, A contemplar y vivir ese momento de dicha, antes de que ella entrara a la eternidad del cine y se convirtiera en un icono del siglo XX con el nombre de Marilyn Monroe los invito hoy en Veranos literarios. Lo hago a través de la fabulosa recreación que hace de la vida de la actriz la escritora Joyce Carol Oates en su libro Blonde, una de sus obras más importantes y un libro imprescindible para conocer la vida de Marilyn Monroe (Los Angeles, 1 de junio de 1926-5 de agosto de 1962)

Frágil, bella, desamparada, rebelde, tierna, perseverante, sensual, aturdida, amorosa, insegura, fuerte, desubicada, fuerte, decidida, soñadora, sobreviviente, seductora, triste, temeraria, complaciente, frágil...
Es el gran fresco que Oates traza de la vida de esta leyenda del cine. Más que las luces que la acompañaron y emboscaron, Oates muestra el interior de Monroe. Recrea esa vida a través de escritos de la actriz, de sus diarios íntimos, poemas y testimonios esparcidos  por su narración para que podamos escuchar la voz de Norma Jeane, sentirla, porque siempre es ella, Norma Jeane, la que está allí por muchos focos, flases y leyendas que la persigan. Una niña abandonada que se convirtió en mito y dio esplendor a Hollywood con pellículas como  La junga de asfaltoEva al desnudo, Los caballeros las prefieren rubias, Niágara, El príncipe y la corista, La tenación vive arriba, Con Faldas y a lo loco y Vidas rebeldes .

En Blonde seguimos los pasos de la perpetua huida de Norma Jeane. De su búsqueda de la felicidad, de sus meandros, de sus atajos, de sus prisas, de sus baches, de sus agobios, de sus descansos en diferentes ámbitos de la vida; de la historia de abandono que la persiguió cuando su madre Gladys la dejó en un orfanato, y tuvo que vivir en varios hogares de adopción, y del hecho de no saber nunca con certeza quién fue su padre, más allá de una foto enmarcada de un hombre apuesto con bigote que había en su casa.
Volvamos al primer gran oasis de felicidad. A aquel primer día y verano de felicidad eterna que creía haber alcanzado Norma Jeane cuando se casó con Bucky, el hijo del embalsamador del pueblo. No fue fácil. Él dudó, tenía muchas musarañas en la cabeza sobre lo que era el amor y ella misma. "Ya les había contado a los muchachos de Lockheed que la había visto por primera vez en el escenario de un cine. Ella había ganado un premio y ay, tíos, ay, ella misma era un premio mientras subía hacia las candilejas y el público aplaudía, enloquecido". Así que tres semanas después de que los presentaran él tomó la decisión. Todo iba muy deprisa en aquellos años de la Segunda Guerra Mundial. Cuando él le dio el anillo de pedida, la joven Norma Jeane Jeanea no solo le dijo que sí, que lo amaba, sino que "acto seguido hizo la cosa más extraña que una chica hubiera hecho jamás, tanto en las películas como en la vida real: cogió las grandes y ajadas manos de él entre las suyas, pequeñas y suaves, y sin importarle que olieran al líquido de embalsamar se las llevó a la cara e inspiró, como si aquel hedor fuera un bálsamo para ella o le recordara un aroma entrañable, con los ojos cerrados, expresión soñadora y una voz que era apenas un murmullo:
-¡Te quiero! Ahora mi vida es perfecta.
Gracias, Dios. Gracias, oh, Dios. Prometo que nunca volveré a dudar de ti mientras viva. Nunca desearé castigarme por sentirme no deseada ni querida".
Parecía no saber que era "la chica más guapa que cualquiera hubiera visto fuera de una película". Luego lo sería fuera y dentro del mundo del cine. Esa es la parte más conocida de la actriz. Por eso, para cerrar este homenaje a Marilyn Monroe he preferido detenerme en dos pasajes muy conmovedores recreados por Joyce Carol Oates y que tienen que ver con sendos momentos felices para la actriz y el simbolismo que guardan: el rodaje de su última película, Vidas rebeldes, por lo que representó de reconocimiento para ella como actriz y una de sus primeras idas al cine de niña:
"¡Los amantes se besan! Roslyn y Gay Langland el vaquero.
-No. Quisiera repetir.
Los amantes volvían a besarse
-No. Quisiera repetir.
Marilyn monroe-GableVidasrebeldes
Eran amantes recientes. Clark Gable, que era Gay Langland, que no era joven, y Marilyn Monroe, que era Roslyn, que era una divorciada que había dejado atrás la lozanía de la primera juventud.

Hace muchísimo, en el cine a oscuras. Yo era una niña y te adoraba. ¡Príncipe encantado! Le bastaba con cerrar los ojos y ya estaba en aquel cine de hacía muchísimo, al que iba a salir de clase, y compraba una sola entrada, y Gladys le había advertido: '¡No te sientes al lado de ningún hombre! ¡No hables con ningún hombre!', y ella levantaba los ojos hacia la pantalla, llena de emoción, y veía al Príncipe encantado, que no era otro que aquel hombre que la besaba ahora y al que ella besaba con avidez, sin acordarse de las escoceduras de la boca: aquel hombre moreno y atractivo, de bigote recortado, sesentón ya, con arrugas en la cara, el pelo cayéndosele y en los ojos una inconfundible expresión de caducidad. Una vez pensé que eras mi padre. ¡Ay, dime que eres mi padre!
Esta película que es su vida".
Fueron oasis de felicidad.
Marilyn Monroe estuvo extraviada la mayor parte de sus días. El 5 de agosto de 1962 murió en su casa del 12305 Fifth Helena Drive, de Brentwood, California. Allí cierra Joyce Carol Oates Blonde de una manera muy lírica y emotiva de la vida de la actriz y en la que siempre estuvo la búsqueda y el amor incesante de sus padres. El libro se cierra formando un círculo, juntando dos ideas e imágenes del comienzo enlas que están presentes la muerte, la realidad y el sueño... Cuando la policía llegó a la casa de la actriz hallaron un cuaderno con palabras distribuidas como "poesía con una caligrafía insegura e infantil:
"Tan alto llegó el pájaro en su vuelo,
que ya no pudo decir 'este es el cielo'.
Si el ciego puede ver,
¿qué no podré yo hacer?
Para mi hijo.
Contigo,
el mundo vuelve a nacer.
Antes de ti...
nada existía.
¡Un hijo! Eso sonaba peligroso para alguien.
Los japoneses tienen un nombre para mí.
Me llaman Monchan.
Me llaman 'preciosa niñita'.
Cuando mi alma voló de mi cuerpo.
¡Japoneses! No le sorprendió.
¡Socorro! ¡Socorro!
Socorro, siento que la Vida se acerca
(...) La mujer estaba desnuda, cubierta con una sábana blanca, como si ya estuviese en la camilla del forense. La sábana se adhería a su cuerpo febril, marcando el vientre, las caderas y los pechos de una manera a la vez excitante y repugnante. (...) El enmarañado cabello platino, semejante al de una muñeca y fantasmagóricamente pálido, era casi invisible sobre la almohada. Su piel también era fantasmagóricamente pálida. (...)
Manten la concentración, Norma Jean  no te distraigas el círculo de luz es tuyo tú te encierras en ese círculo lo llevas contigo adondequiera que vayas Norma Jean estaba en la escalera y Gladys salía a su encuentro, risueña y de buen humor. Tenía los labios pintados de rojo y una fragancia floral. Así que Gladys era más joven. Lo que fuese a suceder aún no había sucedido. Gladys y Norma Jeane riendo como colegialas traviesas. ¡Tan alegres! ¡Tan emocionadas! Arriba, en el apartamento, había una sorpresa para Norma Jeane. Su corazón latía como un colibrí aprisionado en una mano y desesperado por escapar. Arriba, carteles de cine en las paredes de la cocina, Charlie Chaplin en Candilejas, mirándola fijamente. Hermosos y enternecedores ojos oscuros mirando a Norma Jeane. Pero la sorpresa de Gladys estaba en el dormitorio, así que Gladys tiró de la mano de Norma Jeane y la levantó en brazos para que viera el enmarcado retrato de un hombre apuesto que en ese momento parecía sonreírle a ella.
-¿Ves, Norma Jeane? Ese hombre es tu padre".
MarilynBlonde


Blonde no es una biografía de Marilyn Monroe. Como dice su autora ,"es una vida radicalmente destilada en forma de ficción y, a pesar de su longitud, el principio de apropiación es la sinécdoque". Es un acercamiento humano, inquietante, polémico y emotivo a la vida de la actriz que, tal vez, trate de buscar respuestas o comprender el destino de la artista del cine más famosa de todos los tiempos y que ha inspirado a creadores de todas las artes. Que no fue otra que Norma Jeane buscando y esperando a papá, mientras se encontraba a sí misma.

Una búsqueda en la vida real y en el cine cuyos caminos ella se encargo de entrecuzar. No en vano, Joyce Carol Oates escribe en las primeras páginas deBlonde que el recuerdo más temprano de la actriz fue cuando su madre la llevó por primera vez al cine con tres o cuatro años. "Cuantas veces volvería con añoranza a esta película, reconociéndola de inmediato a pesar de la diversidad de títulos y actores. Porque siempre aparecían la Bella Princesa y el Príncipe Encantado". Se reunían y se separaban una y otra vez, pero nunca vio el final. (...) Y cierta vez, un día, se da cuenta de que la Bella Princesa, que es hermosa porque es hermosa y porque es Bella Princesa, es condenada a buscar la confirmación de su propia identidad en los ojos de otros. Porque no somos quienes dicen que somos si no nos lo dicen, ¿verdad?"

Blonde. Joyce Carol Oates. Traducción de María Eugenia Ciocchini. Editorial Alfaguara.







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