martes, 7 de febrero de 2012

Fernando Savater / Sobre la poesía de Wislawa Szymborska


Fernando Savater

Ligeramente grave

La poesía de Wislawa Szymborska es reflexiva, sin engolamiento ni altisonancia, de forma ligera y fondo grave, directa al sentimiento pero sin chantaje emocional.
El País, 2 de febrero de 2012




En uno de sus poemas –Contribución a la estadística- Wislawa Szymborska enumera cuántas de cada cien personas son las dispuestas a admirar sin envidia –dieciocho-, las capaces de ser felices –como mucho, ventitantas-, las que de la vida no quieren más que cosas –cuarenta, aunque quisiera equivocarse-, las inofensivas de una en una pero salvajes en grupo –más de la mitad seguro-, las dignas de compasión –noventa y nueve- y acaba: “Las mortales: cien de cien. Cifra que por ahora no sufre ningún cambio”. Y sigue sin cambiar porque ayer la propia autora del poema acaba de confirmar la estadística con su fallecimiento.

En otros muchos aspectos, por el contrario, fue la excepción que desafía lo probable y rutinario. Su poesía es reflexiva sin engolamiento ni altisonancia, de forma ligera y fondo grave, directa al sentimiento pero sin chantaje emocional. Breve y precisa, escapa a ese adjetivo alarmante que tanto satisface a los partidarios de que importe el tamaño: torrencial. Sobre todo nos hace a menudo sonreír, sin incurrir en caricaturas ni ceder a la simpleza satírica. Lo más trágico de la poesía contemporánea no es lo atroz de la vida que deplora o celebra, sino la falta de sentido del humor de los poetas. Se les nota especialmente a los que quieren ser festivos y son sólo grotescos o lúgubres (aunque los entierros también son fiestas, claro y más precisamente fiestas de guardar).

De esta frecuente maldición escapa, risueña y agónica, Szymborska: ¿cómo podría uno renunciar a ella? Hija –y luego, con los años, algo así como hada madrina poética- de un país europeo que apuró el siglo XX hasta las heces y padeció dos totalitarismos sucesivos, en su caso la duradera atrocidad jugó a favor de su carácter: le dio modestia, le dio recato, le dio perspicacia y le permitió distinguir entre lo que cuenta y lo que nos cuentan. Carece de retórica enfática pero eso no disminuye su expresividad, sino que la hace más intensa por inesperada. Cuando comenzamos a leer uno de sus diáfanos poemas nos ponemos a favor del viento, para recibir la emoción de cara, pero nos llega por la tangente y no para derribarnos sino para mantenernos en pié. Confirma nuestros temores sin pretender desalentarnos: sabe por experiencia que todo puede ser política pero también nos hace experimentar que la política no lo es todo. Se mantiene fiel, aunque con ironía y hasta con sarcasmo, a la pretendida salvación por la palabra y sin embargo nunca pretende decir la última palabra: porque en ese definitivo miramiento estriba lo que nos salva.

Nadie ha sabido conmemorar con menos romanticismo y con mayor eficacia el primer amor, cuya lección inolvidable se debe a no ser ya recordado…y por tanto acostumbrarnos a la muerte. Se dedicó a las palabras con delicadeza lúdica, jugando con ellas y contra ellas pero sin complacerse en hacerlas rechinar. Como todo buen poeta, fue especialmente consciente de su extrañeza y hasta detalló las tres más raras de todas, las que se niegan a sí mismas al afirmar: “Cuando pronuncio la palabra Futuro, la primera sílaba pertenece ya al pasado. / Cuando pronuncio la palabra Silencio, lo destruyo. / Cuando pronuncio la palabra Nada, creo algo que no cabe en ninguna no-existencia”.


EL PAÍS




DE OTROS MUNDOS




lunes, 6 de febrero de 2012

Boris Izaguirre / Hay Festival 2012

Boris Izaguirre

LITERATURA Y FARÁNDULA
CRÓNICA LIGHT


Boris Izaguirre presenta una crónica de su paso por el Hay Festival 2012

Cartagena de Indias

El Tiempo
3 de febrero de 2012

Una picante crónica del escritor hispano-venezolano que estuvo muy activo en edición del festival.


Es terrible que un escritor caribeño no conozca Cartagena de Indias. Porque significa que no estamos educados para aceptarnos, para sentirnos cómodos y felices en nuestro universo de colores, emociones, mezclas permanentes. Como escritor y como latinoamericano he estado a la deriva porque no he conocido antes este lugar que tiene de todo. Un mucho de Sevilla, pero con todo un océano dentro que deleita la mirada y termina por acercar a ese Miami que siempre termina por identificarnos. Pero gracias a la sofisticación intelectual y social del Hay Festival, Cartagena ha sido para mí como un Hampton literario. Los Hamptons son una serie de enclaves híper elitistas en la costa este de Estados Unidos, a media hora de Manhattan, donde se reúnen aristócratas con tecnócratas, celebridades con delincuentes financieros, escritores de best sellers con los dueños de sus casas editoras. En Cartagena, al menos durante el Hay Festival, pasa un poco de eso, pero con todo el calor, sudor y color del trópico.
         El centro neurálgico es el Hotel Santa Clara. En una misma tarde puedes pasar de observar cómo Nélida Piñón y el actor Diego Luna se maravillan de conocerse, a ver a Silvia y Carlos Fuentes deslumbrar a fans y fotógrafos antes de recibir al Presidente de la República en su casa de Cartagena. Nélida es profundamente coqueta y seductora, mira a través de sus ojos con la agudeza de la escritora, pero también con la picardía de una estrella de un vodevil. Sabe qué decirle a cada persona en todo momento. "Eres luz", le comunica a Diego Luna, que toma sus manos en las de él y le devuelve el cumplido con una adorable sonrisa. Dos monstruos juntos, dos seductores disfrutando la mutua seducción. Alrededor de ellos se mueven fans disfrazados de lectores, periodistas vestidos como estrellas y estrellas sociales deseosas de tenerles en cualquiera de las fiestas que se reproducen sin aviso en toda la ciudad.
          Para los escritores que venimos de España, descubrir Colombia, a través de Cartagena, en estos momentos de desdibujamiento del "sueño español", es particularmente irónico. Antes veníamos con aires de superioridad, ahora insistimos en parecer inversores, solo que provenientes de un país sin dinero. Durante muchos años, Colombia y demás países de Latinoamérica vinieron a buscar trabajo en la España nueva rica. Muchos de esos colombianos han regresado para no dejarse tragar por el pavoroso desempleo en España. Incluso, alguno ha quedado primer finalista del exitoso programa televisivo Yo me llamo interpretando a Nino Bravo, un cantante español que lleva mas de 40 años muerto. En Cartagena, muchos escritores en el Hay no se atreven a hacer estos paralelismos, no es lo suficientemente intelectual. Pero es una verdad: en la Colombia de hoy renace un español de los años 70 y los españoles en crisis creen redescubrir el Dorado.
          Parte de esa atmósfera de prosperidad es también la etérea cadencia de nuestros movimientos en el Santa Clara, degustando ceviches con Nélida y Sergio Ramírez, o desayunando bajo un sol mañanero y ardiente con Javier Moreno en el patio del hotel. "Esta es la ciudad más linda de España", confiesa el director del diario El País, mientras voy narrándole la escandalosa noticia del árbitro Óscar Julián Ruiz, denunciado por acoso sexual por otro árbitro, Mauricio Sánchez. "Cuando la vi en la televisión", le explico a Moreno, "pensé que ponían esta noticia para darme la bienvenida".
          La intervención homofóbica de otro árbitro, señalando la homosexualidad como una "enfermedad extendida en el mundo del arbitraje colombiano", no hace más que convertirme este escándalo entre caballeros, que pertenecen a uno de los bastiones más intocables del machismo, en todo un símbolo de la prosperidad que atraviesa Colombia. Cuando la gente se fascina por un escándalo que airea intimidades es porque no está preocupada ni por la economía ni por la política. Durante los años que fuimos ricos en España fue cuando más programas de escándalos y chismes se produjeron en su televisión. Hablar de los demás significa que has subido en la escala social. Que puedes atravesar los muros de la ciudad colonial en Cartagena e ir de fiesta en fiesta, almuerzo en almuerzo y, ojalá, de alcoba en alcoba.
          Eso prácticamente es lo que hice en el Hay en esta primera visita. Impulsado por mis dos conferencias, una junto a la divinísima Carmen Posadas y Roberto Pombo, lo primero que percibí era que encabezamos uno de los carteles más "gomelos" del festival. Mientras Carmen y yo firmábamos nuestros respectivos libros, una de las asistentes daba órdenes a su chofer para que la buscara en la "puerta, no en la calle, del Claustro de Santo Domingo. Yo no espero en la calle, espero en la puerta", sentenciaba ante su celular. Carmen y yo no paramos de firmar, ni siquiera cuando la misma dama le preguntó sobre su edad. A veces ser gomelo confiere una autoridad para todo. Que en realidad es altamente fascinante. Estoy seguro de que buena parte de nuestra audiencia disfrutó de nuestro discurso sobre el mestizaje y el chic, dos de las características que han marcado nuestras existencias en España. Pero también sostengo que lo que más les gustaba era que muchas veces hemos salido en Hola.
           No me equivocaba, al día siguiente era recibido en la fiesta del matrimonio Eder; impecables, Anna y Henry, como si Venezuela al fin hubiera encontrado el antídoto al vociferante repertorio chavista. La señora Eder me enseñó su casa con parsimonia y afecto. "Normalmente este es territorio de chinchorros, una colección bellísima, pero ahora los he quitado para recibirles". De pronto hablamos del azúcar, entendiendo que es parte del negocio familiar. "El azúcar es maravillosa. Y engloba todas las culturas.
            Nosotros somos de origen canadiense, un país que no necesariamente se asocia al azúcar. Pero es que hay importantes plantaciones de azúcar en Suecia, sí, a escasos kilómetros de Estocolmo". Pensé que esa era también una de las magias del Hay Festival: descubrir que hay azúcar en el corazón de Escandinavia. De la casa de los Eder, con las buganvilias más maravillosas que jamás haya visto, divinamente colgando por encima de las cabezas de Diego Luna y de Marcos Giralt y del presidente Belisario Betancur, salí caminando hacia el restaurante donde Planeta agasajaba a sus autores.
           Debo confesar que siento una poderosa atracción hacia Juan Esteban Constaín, por su juventud, porque es pelirrojo y porque siempre está dispuestoa a reírse de todo. Por supuesto que hablamos de los árbitros, pero lo que de verdad nos enganchó era indagar cómo el Hay Festival es en realidad un encuentro para que los escritores se sientan millonarios. Uno puede disfrutar de conversaciones cada vez más amplias, mezclando a la perfección banalidad, información y descaro y luego escucharnos cómo convertimos todo eso en conferencias.
          Rafael Osterling, el bellísimo cocinero peruano, que sería el intérprete perfecto para Alfredo, mi cocinero de ficción en Dos monstruos juntos, porque tiene esa virilidad moderna que gusta a ellas y a nosotros. Y ese aspecto que lo convierte en el mejor de sus platos. Pero la revelación de la comida fue Jaime Espinal. Con Jaime me trasladé a través de las calles más congestionadas de la ciudad amurallada, repletas de gente, animales, ventas de todo tipo, ruido, sol, librerías y restaurantes con las cocinas prácticamente en las aceras. El escenario que Jaime debe atesorar en su cerebro. Juntos llegamos a 'Hollywood', la inaudita playa de Cartagena. "Es la playa más fea del mundo, pero también la más divertida", matizó una amiga española. Kike Sarasola, que nos esperaba allí, terminó de describirla. "Puedes comprarte un apartamento en Miami, un collar de cuentas para un surfista, una metralleta usada y un coctel de camarones sin moverte de la toalla". Nunca había visto olas más negras y tal variedad de bañistas. No solo en físico, color de ojos y pelo, sino en género humano. Heteros con homos y trans, conservadores, liberales, monárquicos y republicanos. "Por eso la llaman 'Hollywood', mi niño", explicó Jaime. "Porque no tiene nada que ver con Hollywood".
          Como en el Hay todo es trasiego, Kike nos llevó a su casa otra vez detrás de los muros. Para Jaime y para mí era la oportunidad de ver una de esas casas de superricos. Pedro, el mayordomo de Kike, se convirtió en nuestra "nueva persona favorita". Discreto, eficiente, sonriente, va enseñándote la casa y sus patios y habitaciones. Hasta que subes a uno de los tejados donde te deja solo para que asistas de nuevo al verdadero espectáculo: las sinuosas formas de los edificios bajo el cielo azul y delante del mar y sus olas. Las copas de los árboles cargadas de frutos, flores y animales. Cúpulas de iglesias mezcladas con el mármol de las fachadas, esos colores sevillanos, o de Siena defendiéndose del salitre y la música caribeña. Los anuncios de locutorios y centros de narcóticos anónimos.
           Esa noche, Kike iba a hacer de las suyas: una visita a la casa de su amiga Chiqui, que es una colección de jardines sucesivos con las especies más increíbles de vegetación. Cena con poquísima comida en Don Juan, el restaurante chic de la ciudad. Nada de alimentos, pero muchísimo vino blanco, fotos de casas con 1.200 metros cuadrados de jardín y saludos incesantes a mujeres divinas y a Carlos Vives, la leyenda del vallenato. Salí a la calle para ir a otra fiesta en la librería Ágora. Y allí me esperaba Janne Teller, la autora de la indispensable Nada. Teller es una danesa altísima y hermosa. Y seguramente sea la nueva Isak Dinesen. "Me han dicho que en dos días te has aprendido la ciudad", me dijo durante el coctel en Ágora. Otro momento cumbre en el Hay, conoceer a una persona que te hace sentir mejor ser humano.
          Teller posee elegancia, en su voz, su trato, su andar. Juntos recorrimos el corto pero fantástico espacio entre la librería y el Santa Clara, con las flores de una boda reciente expuestas a las puertas de la iglesia, los turistas americanos bailando cumbias como si fueran salsa. Unos caballeros musculosos ojeándonos como si fuéramos una pareja flexible. Pescadores ofreciendo tiburones en la noche cerrada. Helados caseros vendidos por una mujer enorme con ropa minúscula. Janne y yo decidimos no hablar. Porque lo habríamos hecho sobre literatura, cuando sabíamos que estábamos delante de lo que nunca sabríamos describir.

Boris Izaguirre
Especial para EL TIEMPO




domingo, 5 de febrero de 2012

Dustin Hoffman / La vida no está hecha para ganar

 

Dustin Hoffman

'La vida no está hecha para ganar'

Por Liliana López Sorzano / Los Ángeles
El Tiempo, 3 Feb 2012 - 11:02 pm

 

'Luck', la nueva serie de HBO que se estrena hoy domingo en Colombia, mira desde todos los ángulos el mundo de las carreras de caballos. Protagonizada por unos de los íconos de la historia del cine en Hollywood.


 
Dustin Hoffman encarna a Chester ‘Ace’ Bernstein, un exconvicto que siempre estuvo involucrado en los terrenos oscuros del juego, el lavado de dinero y las apuestas. Fotos Cortesía de HBO


  
Ace deja la cárcel con una clara idea en mente: venganza. Dustin Hoffman se pone en la piel de este hombre de pocas palabras, calculador, frío, intuitivo, que acaba de cumplir una pena de tres años por haber estado involucrado en lavado de dinero, casinos, juegos y apuestas, y que planea devolver atenciones a aquellos que lo traicionaron.
        Luck es una mirada al mundo de las carreras de caballos y una inmersión en la vida de cada uno de los involucrados en ellas: propietarios, entrenadores, jinetes y corredores de apuestas, que entran en la ecuación de poder, dinero, adicción y manipulación que se vive en una pista de carreras. No hay introducción a los personajes, no hay nada masticado, el espectador entra a este universo sin previa introducción y dispuesto a ponerse al día. “Es un reto y eso es emocionante”, asegura Michael Mann, productor y director de la serie de 10 capítulos que HBO estrena mañana a las 7:00 p.m.
         Es la primera vez que Hoffman participa en una serie de televisión, no sólo como actor sino como productor. Michael Mann observó la trayectoria de Hoffman y concluyó que todos sus personajes habían sido “reactores”, es decir, reaccionaban a una situación, a una circunstancia o a los personajes que los rodeaban. Según Mann, este personaje es lo contrario, es proactivo. “Él es el arquitecto, es el hombre con el plano en la mano, sabe exactamente lo que está haciendo. Me pareció interesante que Hoffman interpretara este papel, es un lugar interesante para un actor, es difícil, es un reto”, asegura.
        Impecable, con un vestido azul de paño ligero y camisa azul celeste, Hoffman entra con un Bloody Mary sin alcohol en su mano y con una sonrisa en la boca. Pareciera que las miles de preguntas que tendrá que responder a los periodistas dejan intacto el buen humor con el que se levantó.
        ¿Qué lo intrigó de este papel?
        Uno sopesa las cosas y hasta cierto punto puede escoger o rechazar lo que quiere hacer y no tomar cualquier papel. Lo que una “estrella” no anticipa es que va a terminar apoyando a los protagonistas porque a la gente no le gustan los protagónicos con más de 70 años, a menos que carguen una pistola o tengan alguna firma distintiva, como ser Sean Connery. Lo acepté porque no es fácil conseguir un papel interesante como éste, tridimensional, y enfrentarse a un guión tan bien escrito. Además, iba a estar bajo la dirección de Michael Mann, con quien ya me había conocido en los setenta, en una película llamada Straight Time (1978). Y la serie se filmaría en Los Ángeles, lo que me permitiría hacer otras cosas. Fue la mejor de las alternativas. Tengo que aprovechar esto antes de que termine como un dibujo animado (risas).
       ¿Quiere decir que a sus 74 años no le están ofreciendo papeles?
        Los hay, pero este es un rol protagónico tridimensional. No suelen escribir ese tipo de papeles para gente de mi edad.
       ¿Cómo se identifica con su personaje?
         Despertó tarde, y en eso me identifico. Una cosa que Ace aprendió en prisión fue preguntarse en esos tres años: ¿qué demonios hice con mi vida? Como padre, como persona en general. Sale de la cárcel buscando venganza, pero siempre se está haciendo una pregunta: ¿es demasiado tarde?
          Entonces, ¿siente que se despertó tarde para algo?
          Sí, claro. En la serie, por ejemplo, la persona que va a la pista tiene que perder. Es como la vida. La vida no está hecha para ganar. Uno pierde. Y después de un tiempo, la vida nos puede romper la cara. Uno trata constantemente de encontrar una manera para mejorar las cosas. ¿Qué se puede hacer? ¿Para qué son los propósitos de año nuevo? ¿Cómo puedo parar de hacerme daño a mí mismo? ¿Qué demonios personales puedo dejar ir o debería sacar? No sé si usted ha conocido personas llenas de demonios. A veces a uno le pasa, y es gente aburridísima (risas). Creo que esa es la definición de aburrido. Por eso recuerdo la frase del guionista David Milch, a quien le preguntaron: “¿Cuál es tu definición de suerte?”, y el respondió: “Levantarse por la mañana”.
         ¿Cuáles son sus demonios?
          Están aquí. Han estado deambulando por este cuarto, ¿no se ha dado cuenta? Claro que están aquí, no fuimos fabricados para entendernos. Todos los tenemos, hay variaciones de ellos. Creo que hay un consciente y un subconsciente, y uno cree que el consciente es lo que nos gobierna, lo que nos manda, pero realmente es el subconsciente.
          ¿Cómo ve lo que dijo Michael Mann sobre su posición de actor como “reactor” y no como proactivo?
          Tomar el papel de Ace era una oportunidad de interpretar a alguien que se alejaba de mi propia historia como ser humano. Siempre sentí que era un “reactor” y que yo gravitaba hacia ese estilo de personajes. Tootsie no fue realmente un gran reto, a pesar de que me tocaba interpretar a una mujer; en ese sentido, una mujer en los ochenta era una “reactora”, estaba como situada en un segundo plano. Y creo que eso sigue siendo así, en todo caso más de lo que debería ser. Lo que aprendí en ese entonces gracias a mi asesora era que una mujer no decía “Déjame decirte algo” sino “¿Puedo decir algo?”. Pedía permiso. Mi esposa me decía que lograba mis mayores actuaciones entre tomas, porque la mayoría de los directores son maniáticos controladores. Ellos son el marido y uno la esposa. Según su teoría, no he interpretado a ningún hombre en mi vida (risas).
          Hablando de directores: acaba de dirigir su primera película, ‘Quartet’. ¿Qué tipo de director es usted?
           Fue maravilloso poder mirar a los actores y que me dijeran: esto no funciona. Yo les respondía: está bien, estoy de acuerdo. No estamos acostumbrados a oír eso. Dirigir fue la parte más fácil, pero me sorprendió cuán ingenuo era con respecto a lo que tiene que sufrir y vivir un director. En todos estos años que he hecho películas no me había dado cuenta.
            ¿Como qué, a qué se refiere?
          ¿Cuánto tiempo tenemos? ¿Cuánto tiempo se tardó en preparar sus preguntas? Esa es la respuesta. A los directores se les pide y exige hacer mucho más de lo que tendrían que hacer. Si uno trabaja tan duro como puede y no quiere irse hasta que siente que está bien, entonces el tren va a pasar antes de que uno lo tenga todo listo.
           ¿Por qué actores, directores y guionistas de cine están migrando a la televisión si siempre ha sido al contrario?
           Estamos en la era dorada de la televisión por cable y el mejor contenido está en este tipo de televisión. Atrae a todo tipo de personas. Aaron Sorkin, que se ganó un Emmy por La red social, está haciendo una serie para HBO. David Fincher también está en un proyecto para televisión. Es sano; está bien que esté pasando. En la vida hay historias que no se pueden contar en dos horas y no son para menores de 12. Los guionistas se dieron cuenta de que tenían más control en televisión porque en las películas está todo demasiado institucionalizado. Siempre he dicho: si eres guionista lo debes estar haciendo por el dinero. Porque después de terminado el guión, 99% de eso será tomado como un primer borrador. Entonces, si realmente te importa, ve a la televisión.





sábado, 4 de febrero de 2012

Esteban Carlos Mejía / Ricardo Cano Gaviria y Consuelo Triviño

Ricardo Cano Gaviria

 Ricardo Cano Gaviria y Consuelo Triviño


Hacen su obra, y punto

Por Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja
El Espectador, sábado 28 de enero 2012
Consuelo Triviño
Piernas de lectora


Esteban Carlos Mejía

Veo venir a mi amiga Isabel Barragán por el bulevar de su universidad y se me cae la baba. Está de minifalda de algodón, vaporosa, muy cortica, las bellísimas piernas tostadas por el sol. Más que una profesora parece una primípara.


            Le pregunto cómo le fue en vacaciones. Me habla del mar del Sur, el Pacífico de Balboa. Recorrió playas, ensenadas, caseríos, desde Bahía Solano, en el Chocó, hasta Montañita, en Ecuador. “¿Mochiliando?”. “Oigan a éste”, me desdeña. “¿Leíste mucho?”. “Pocón pocón”, dice. “Nomás quería bucear”. Trato de imaginármela, forradita en neopreno. Fatal. “Llevé dos excelentes novelas de Sílaba, una editorial de Medellín, seria y versátil”.
           La mañana está propicia, sol radiante, cielo azul. Me habla de La puerta del infierno (Sílaba y Ediciones Igitur, Medellín y Tarragona, España, 2011), de Ricardo Cano Gaviria. “Es algo así como la Rayuela colombiana, aunque sin rompecabezas ni capítulos en desorden”, dice. “Repasa la vida de Rolando Dupuy, el Rolo Dupuy, y Héctor Ugliano, el Mono Ugliano, un par de cuarentones que en 1988 se encuentran por azar en una esquina de París después de veinte años de no verse. Hay muchachas, libros, canciones, barrios de Bogotá, quartiers de París, barricadas, intelectualismos, amores y pasiones delirantes”. “¿Y el tono?”. “Está escrita con sabiduría y elegancia, sin concesiones a la ignorancia o a la pereza de los lectores. Es sofisticada desde su concepción hasta su cocción de filigrana. Una delicia, si tienes educado el paladar, si te chocan los textos sin textura, las tramas sin revés”.
               El otro libro es Prohibido salir a la calle (Sílaba Editores, Medellín, 2011), de Consuelo Triviño Anzola. “Bogotá a finales de los sesenta, una niña, una casa, una familia: el relato entrañable de una infancia irrepetible, como todas. ¡Qué voz! ¡Qué carácter! Y no es una niñez idealizada ni sublimada en imponderable Arcadia. La mamá, la abuela, el papá en Venezuela, las tías, los gemelos, el hombre de la casa, o sea, Tomás, el hermanito menor, son casi personajes de carne y hueso, realistas, congruentes, auténticos. Una novela deliciosa, sutil en la forma, monolítica en el fondo”.
               Me explica que Ricardo Cano y Consuelo Triviño no viven en Colombia desde hace décadas. “Ese extrañamiento, me supongo, les ha ayudado a recrear nuestras realidades con precisión y vitalidad”, dice. “No militan en la farándula literaria criolla ni se desvelan por los intríngulis del marketing cultural. Siguen su camino y dejan hablar a la gente. La opinión pública les importa un reverendo culo. Hacen su obra, y punto”. La grosería me entusiasma, qué le vamos a hacer. “Dios nos coja confesados”, digo, sin embargo, para no invocar el abismo. Isabel sonríe, estira brazos y piernas al sol de este Aburrá de eterna primavera y concluye: “Con la literatura no se juega”.




viernes, 3 de febrero de 2012

Evelio Rosero / Simón Bolívar fue especialmente cruel



Evelio Rosero
"Simón Bolívar fue especialmente cruel"

El autor colombiano es tímido, silencioso, pero sus libros gritan. Así ocurre con 'La carroza de Bolívar', en el que destroza el mito del Libertador


Por Armando Neira,
El País, 26 de enero de 2012


             Con esta breve descripción, no faltará el lector que se lo imagine como un tipo huraño. Nada más lejano. Graduado de comunicador social, ganador del Premio Nacional de Literatura (2006), premio Tusquets de Novela por Los ejércitos (2006), y del Foreign Fiction Prize en 2008 también por Los ejércitos. Rosero es un conversador cálido y amable, siempre y cuando no haya cámaras, ni flashes. Es un artesano del oficio literario, que prefiere el anonimato porque lo importante —insiste— es la vida de sus libros. La carroza de Bolívar (Tusquets) ya empezó a hacer un fuerte ruido: en la novela se destroza sin contemplaciones el mito de Bolívar.



El conflicto armado es el pan de cada día. Un autor colombiano, necesariamente, lo expresará, aunque sea de manera inconsciente"

           Su lanzamiento se produce en el marco del Hay Festival de Cartagena de Indias, que concluye mañana. Además de presentar un nuevo libro, la noticia es que él estará allí. ¿Por qué huye de los encuentros de escritores? "Seguramente porque estoy escribiendo, o porque estoy convencido de que no hay mucho que decir después de lo que ya está escrito. Tampoco huyo permanentemente de los encuentros de escritores: allí suelen aparecer curiosos personajes para un cuento, y hasta para una novela", ironiza. Tiene un argumento para explicar el porqué en estos tiempos los escritores deben cumplir con unas asfixiantes agendas sociales. "Hay una relación con la cada vez menos frecuente demanda de libros", sentencia. "Los editores buscan estrategias novedosas, y entre ellas está la de llevar al mismo escritor a la palestra pública, empuñando su libro, como si clamara que lo lean. Para el escritor es una posición difícil, me parece. Que aparte de escribir el libro deba cumplir con una agenda publicitaria".
           Le sorprende, sin embargo, que hay escritores que disfrutan mucho estos niveles de exposición. "Los escritores estrellas de la farándula me causan, como lector, una gran desconfianza. Por eso es bueno asomarse con atención a las tres primeras páginas, a ver si las obras de semejantes autores merecen tanto estruendo". Su caso es distinto. Está claro que pertenece a esa legión de escritores que no son tan famosos, pero sí muy talentosos. "Lamento que algunas de mis novelas, sobre todo las primeras, Juliana los mira, Mateo Solo, Las muertes de fiesta, no sean tan conocidas. Lo que no lamento es que yo sea desconocido. Compadezco a los verdaderamente famosos, los actores y cantantes, los futbolistas, los autores best seller: eso tiene que ser horrible".
           No se trata de un asunto de timidez que resuelve con la escritura. "Me es muy difícil acceder a los demás. Al comienzo, cuando era un escritor joven, recurría al licor para desenvolverme en las reuniones. Un gran error, porque de vez en cuando se me iba la mano en el desenvolvimiento. Ahora, de viejo, no sufro, no me sudan las manos y no necesito del licor. Estoy sereno, puedo garantizar que no soy tímido, pero me agobio mucho. No soy introvertido, más bien un tipo al que lo cansan las más de las cosas, y por eso mismo es aburrido. Lo único que me sacude son los libros, los buenos libros, los que descubro y, sobre todo, los que releo".



             En lo que sí no siente ningún temor es en la manera en que aborda la realidad colombiana. Aquí también se muestra modesto. "La realidad de cualquier territorio es buena materia prima para los escritores, siempre y cuando los merezca hasta el tuétano, los haga sentir inconformes, los haga gritar en la calle o en la cama, al despertar", dice. "En el caso de Colombia, es un país que sirve para cualquier manifestación de arte, porque aquí el espíritu es el único antagonista de la barbarie".
           Con su laureada novela Los ejércitos, muchos críticos sentenciaron que estaba destinado a suceder a García Márquez, comparación monumental que él simplifica: "No voy a sucederlo; me sorprenden los críticos que así lo señalan. No me interesa suceder a nadie; pero sí me interesa lograr esa obra con que todo escritor sueña desde que empieza; una especie de sueño del que apenas nos acordamos, al despertar, y nos esforzamos por revivir. Yo tengo una obra en mente desde hace mucho, y no he podido encontrar el tono. Ojalá ocurra antes de que me muera". A propósito de Los ejércitos, ¿es imposible para un escritor colombiano marginarse en su obra del conflicto armado? "El conflicto armado es el pan de cada día en el país. La corrupción es otra manifestación de la violencia. Un escritor colombiano, necesariamente, lo expresará, aunque sea de manera inconsciente, y aunque se trate de un poema a las hadas. En algún recodo de cualquier fábula rosa la sangre escurrirá, porque esa es la triste realidad de cada mañana".
           En lo que sí se muestra vehemente es en la calidad estética de la escritura. "Cada autor despliega su estilo, su punto de vista, ya estético, formal, ideológico. Pero una novela es una novela, tiene que ser, sobre todo, arte literario, no panfleto político, no un ensayo o compendio de denuncias y reflexiones y conclusiones. Mi interés primordial es el arte, aunque me encuentre escribiendo sobre los dedos mutilados de la mano que los secuestradores envían a los parientes de sus víctimas. Ese es un reto difícil que hay que asumir con rigor y resolver con la herramienta y la magia que solo entrega la literatura".


"Una novela tiene que ser, sobre todo, arte literario, no panfleto, no un ensayo o compendio de denuncias y reflexiones"



           Rosero irrumpe en 2012, con la novela La carroza de Bolívar en la que el lector puede concluir que Rosero quiere acabar el mito de Simón Bolívar. ¿Es así? "No es solo literatura, es historia", exclama: "No es mi propósito desmitificar a Bolívar. Solamente decir la verdad, respecto de una mentira que se ha prolongado e hinchado durante 200 años. Es mi primera, y creo que la última, novela histórica. Fue como una camisa de fuerza que yo mismo me impuse. Pero cuando se trató de abordar la historia no me puse a inventar".
           Para él, entonces, durante dos siglos nos han mentido y Bolívar no era nuestro más grande héroe sino un hombre que actuaba como cualquier vulgar asesino. ¿En qué se basó para hacer semejante afirmación? "En la obra del historiador nariñense José Rafael Sañudo: Estudios sobre la vida de Bolívar. Sañudo no era un escritor antibolivariano, como siempre lo tildaron los otros historiadores medrosos y zalameros que tuvo y que tiene Bolívar. Sañudo es un historiador veraz. Sobre todo, eso es. Y su obra es el epicentro sobre el que giran mis personajes de ficción. De modo que sí hay ficción, sí hay una novela, pero basada en hechos históricos irrefutables".
          ¿Su conclusión, entonces, es que todo lo que nos enseñaron en las escuelas respecto de Bolívar es falso? ¿Hubo otro Bolívar? ¿Un matón y no el hombre valiente y digno que todos tenemos en el imaginario colectivo? "También a mí me dijeron lo mismo en el colegio, desde niño. Bolívar el héroe, valiente y honesto, gran estratega. Otra cosa oí de mi abuelo, de mi padre, de esporádicas conversaciones de gente de Pasto, ciudad en la que Bolívar fue especialmente cruel. La primera gran masacre de la historia de la república ocurrió en Pasto, en la Navidad de 1822, por órdenes de Bolívar. En todo eso me entretuve escribiendo durante algunos años; de manera que para mí es fatigoso tener que resumirlo ahora. Más bien invito al lector, pido su paciencia y su indulgencia para que acceda a La carroza de Bolívar y corrobore las cosas tal y como las compuso la literatura".
             La novela de Rosero no tendrá solo repercusiones históricas sino, seguramente, también eco en nuestra realidad cotidiana. Basta echarle un vistazo al vecindario y escuchar a Hugo Chávez cuando da a entender que él es la reencarnación del Libertador. "Es otra de las tantas reencarnaciones que ha tenido Bolívar en toda la historia de Latinoamérica. Bolívar fue el ejemplo a seguir, el primer gran ejemplo, y el más nefasto".
            Está claro que Rosero es tímido, silencioso, pero sus libros gritan. Quién podría imaginarse que este hombre sencillo al que le encanta escribir libros para niños ahora salga al balcón con un libro en el que destroza el legado de Bolívar. ¿Acaso no fue él el que nos dio la independencia de España y nos entregó la libertad? "¿Bolívar? ¿Y dónde quedan Miranda —a quien Bolívar traicionó y entregó a los españoles—, Sucre, Nariño, Santander, Córdoba, y, sobre todo, Manuel Piar —a quien Bolívar mandó asesinar por fusilamiento, como a Padilla—, y dónde quedan los indios y campesinos que lucharon a brazo partido por la independencia? Ellos fueron quienes lograron la independencia. Bolívar solo se dedicó a pulir sus proclamas, a aprovechar la victoria de otros, a intrigar e instaurar su poder perentorio, a despecho de las verdaderas necesidades de la república, la industria y la educación", asevera.
           Rosero dice que uno de los hechos más difíciles de entender del conflicto armado de Colombia es que los paramilitares de extrema derecha, las FARC de extrema izquierda y el Ejército Nacional se autodenominan como los auténticos bolivarianos. "Es el ejemplo de la extraordinaria confusión que causaron a través de tantos años los historiadores medrosos y zalameros y la historia oficial sobre Bolívar. Su fisonomía política se ajusta a todos los radicalismos y pareceres".
           Es inevitable volver al tema de Gabo. Él es Caribe, mar, extrovertido. Rosero se crió en el sur del país, viene de una zona montañosa, de una región fría. ¿Son dos visiones de Colombia antagónicas? "No. Ambas visiones se desprenden del mismo barco, la literatura", responde. Pero está claro que van en naves distintas. García Márquez con su libro El general en su laberinto le hizo un homenaje a Bolívar en el que a su vez lo menciona como un ser mítico y lo humaniza. Rosero va en contravía, y nos muestra su lado más sórdido. ¿Hay alguna intención previa para tomar distancia definitiva del premio Nobel? "No la hay. Discrepo de su mirada en torno a Bolívar. No estuvo muy bien informado, me parece. Pero Gabo es el escritor que más admiro. Es el único y último clásico vivo que hay en la tierra", dice antes de perderse de nuevo entre el sórdido sonido de buses, taxis y coches que atiborran las calles y avenidas de la capital colombiana. Cientos de personas anónimas se refugian de una tenue lluvia gris. Allí va Rosero, silencioso, casi invisible.






jueves, 2 de febrero de 2012

Mónica Agudelo falleció en Bogotá

La hija del mariachi
Exitosa telenovela de Mónica Agudelo

Murió la libretista Mónica Agudelo
esta mañana en Bogotá

El Tiempo, 9: 42 a.m. / 29 de enero de 2012

Monica Agudel
Monica Agudelo, libretista colombiana.
Foto: Archivo Ceet

Luego de padecer un cancer se fue la creadora de novelas como 'La hija del mariachi' y 'La madre'.

Mónica Agudelo era de bajo perfil, de pocas entrevistas, de menos apariciones en los medios. Pero sus historias la llevaron a que, incluso, en los chats de las cadenas hispanas de Estados Unidos, los televidentes latinos la aclamaran.

             Dándole una mirada rápida a esos chats, se encuentra una verdadera pasión por agradecerle a esa mujer que hizo La hija del mariachi (2006), que pusiera a cantar rancheras, que mostrara, según dice alguna de esas opiniones, "gente tan humana".
          El actor Nicolás Montero (que actuó en varias de sus creaciones: Hombres, Sueños y espejos, La hija del mariachi), lo ratifica: "Ella nunca permitió que su ambición como escritora estuviera por debajo de sus maravillosos personajes e historias, de su forma de ver el mundo. Ella enriqueció la televisión".
          Y a su muerte, ocurrida este domingo en la madrugada en Bogotá, tras padecer un cáncer, deja un universo de creaciones muy, pero muy importantes para la televisión colombiana: además de La hija del mariachi, Amor sincero, La madre, La costeña y el cachaco, La maldición del paraíso y Hombres, entre muchos otros, y con Bernardo Romero Pereiro, Señora Isabel, Sangre de lobos, y Sueños y espejos.
         Agudelo, nacida en Bogotá, tenía 55 años. Estudio filosofía y letras en la Universidad del Rosario y periodismo en el Inpahu. Era hija de John Agudelo Ríos, quien fue impulsor del proceso de paz durante el Gobierno de Belisario Betancur (1982-1986). Sus hermanos son Felipe (escritor, con quien hizo La hija del mariachi y La ley del corazón, que estaba escribiendo) y Pilar.
         Siempre dijo que Bernardo Romero fue su gran maestro y que gracias a él fue más rápido su camino en la televisión. Y precisamente Judy Henríquez, esposa del fallecido Romero, afirma que "a Mónica siempre le tendré que agradecer un personaje como el de Señora Isabel y también, que llevara a Bernardo en su corazón, que hablar de él con tanta admiración. Era un gran ser humano".
         Montero retoma a Henríquez sobre Señora Isabel. "Recuerdo un diálogo en el que la señora Isabel estaba con su esposo y él hablaba de lo bonita que era Isabel, de lo formal que era Isabel... todo en pasado y ella le pregunta: '¿es que cuándo me morí?'. Eso era Mónica. Leer sus libretos es una celebración de las posibilidades de la vida".
        Por su parte, Pepe Sánchez, director y actor, también resalta su humanidad. "Trabajé con ella en la versión original de La madre como director y nunca había tenido en mis manos un guión tan lleno de humanidad, de sentimientos, de personajes muy bien estructurados y de un hondo sentido. Sin que se ofendan mis amigos libretistas, ella fue de lo mejor que ha pasado por la televisión y nos va a hacer mucha falta".
         Agudelo era una gran roquera y una admiradora de Bach. Pero cuando con su hermano Felipe y con Mauricio Miranda escribió La hija del mariachi, se dedicó a oír las rancheras de José Alfredo Jiménez y en una entrevista dijo que estaba sorprendida de sus letras, de su métrica. "Con cada canción se puede hacer una telenovela", comentó, agregando que en los créditos debería ir: "Guion de José Alfredo, idea de Mónica".
         Esa telenovela, seguramente, le devolvió la fe a la libretista. Su mamá, que padecía Alzheimer, había perdido el habla. Mónica la puso a ver su novela y apenas sonó una ranchera, la señora Tenorio cantó.
         Seguramente, en medio de su sencillez como persona, Mónica Agudelo sintió que su trabajo valía y mucho. Pero no era tan micro su mundo. Todo lo contrario. La libretista, que se fue muy temprano fue una de las más premiadas de la televisión y varias de sus novelas se hicieron en México, entre ellas Señora Isabel.
        "Ella nunca hizo televisión industrializada. Por eso se tomaba su tiempo para crear maravillas", dice Nicolás Montero.
        Como se tomó tiempo -y mucho- para oír a Marbelle, la reina de la tecnocarrilera, contar su historia y llevarla a las noches televisivas, con humanidad, con personajes de carne y hueso, fiel a la sensibilidad de la filósofa, de su filosofía, pues cuenta Montero que siempre decía que era mejor La iliada en Carulla, para que la gente la comprara, que en la casa, guardada.

Las letras de Mónica Agudelo



         Amor sincero, La hija del mariachi, La costeña y el Cachaco, Lo que es el amor, Todo por amor, Tentaciones, La madre, Hombres, Mirada de mujer, Eternamente Manuela, Señora Isabel, Sangre de lobos, La maldición del paraíso, Amor amor y Sueños y espejos.


Fallece la libretista Mónica Agudelo

Elespectador.com
29 Ene 2012 - 1:24 pm

            La libretista Mónica Agudelo falleció en Bogotá, luego de luchar contra el cáncer. Agudelo, que estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Los Andes según informa el Canal RCN, es recordada por sus historias contadas en "Señora Isabel", "La hija del mariachi", "La madre", "La costeña y el cachaco", "Amor sincero", "Hombres", "Eternamente Manuela", "Sangre de lobos" y "La maldición del paraíso", que se caracterizaron por cambiar los patrones establecidos por la sociedad.
            El talento de Mónica Agudelo, que hizo historias con Mauricio Miranda, Fernando Gaitán y su hermano Felipe Agudelo, fue reconocido con premios como Los India Catalina, Tv y Novelas y Simón Bolívar.






miércoles, 1 de febrero de 2012

Bohumil Hrabal / Bellezas asustadas

Bohumil Hrabal
BIOGRAFÍA
BELLEZAS ASUSTADAS 

El snack bar del Florenc está igualmente animado desde la mañana, operarios y empleados, viajantes y barrenderos que comen y luego se toman un refrigerio, hay emparedados y seis tipos de ensalada y würstel caliente con mostaza, y sirviendo la cerveza está una giganta de ojos grandes y siempre de buen humor, tras una puerta abierta puede verse el interior de la cocina, tras la puerta de cristal abierta dan vueltas los pollos que se doran, para quien quiera también hay limonada... Y de la cocina húmeda y oscura emergen los camareros con platos de sopa y gulash con knedliky a precios económicos y cerca de la ventana que llega hasta el suelo están sentadas las barrenderas zíngaras con las chaquetas anaranjadas y beben cerveza y sus cabellos negros grasos hacen pensar en Méjico... y también yo como aquí, después compro medio pollo asado para los gatos... y hoy fui de nuevo afortunado, ahí está, de pie, como las otras, está mi vietnamita asustada, come como siempre con mucha finura un pollito, o bien un emparedado, sus pequeños dedos trabajan esbeltos, como si próximo a la boca hiciera al ganchillo un minúsculo centro, come con tanta finura que se distingue rápidamente del resto de la gente que está comiendo, y lleva los vaqueros que le hacen las piernas esbeltas, y una camiseta color limón y como todas sus amigas tiene pequeños senos, con un collarcito, y los cabellos negros... y veo también sus zapatitos de charol en la posición de base de las bailarinas, así como sabía llevar sus zapatitos mi mujer Pipsi y también usted, Aprilina, también usted caminaba por Praga como una de esas vietnamitas asustadas, que saben moverse como piedras preciosas por la calle, las plazas, el metro de Praga... Y dado que les gusta viajar en autobús, las encuentro también allí en la estación de autobuses... Siempre elegantemente vestidas, con los bolsitos en bandolera, o bien con mochilitas coloradas y equipajes colorados sobre la espalda, un poco curvadas hacia adelante, y tienen siempre los dedos juntos, sus manos son en realidad manos de pianista, algunas tienen los dedos además que se tocan como si estuvieran en dos octavas, así como los tenía Federico Chopin... He oído decir que las vietnamitas saben coserse de todo, incluso vaqueros, como si los hubieran cosido trabajando en la Lévi Strauss... Saben incluso coser bajo las marcas de los dedos números y letras coloradas... Y al mismo tiempo siento pena por ellas, porque aquí con nosotros están tan solas, tan abandonadas, tan asustadas... incluso cuando hablan entre ellas, es como si gorjearan estupendos pajaritos, como papagayos que parlotean en vietnamita...
Veo ahora que mi vietnamita ha abandonado el snack bar, tras limpiarse con la servilleta con los tiernos deditos las labios pintados, ha salido del snack bar, y como siempre, allí junto a la barandilla, pegado a la acera, está el carrito del barrendero y encima, atado a una cuerdecita, está sentado un perrito que pertenece a los barrenderos, porque una vez alguien lo ató al carrito y desapareció y de aquel perrito asustado se ha ocupado un barrendero, un zíngaro que parece un jefe indio... y mi vietnamita lo acaricia siempre, el perrito cierra los ojos, ella se acurruca un poco y con los pequeños labios le toca la frente. Entorna también él los ojos y ahí está... y a través de los cristales de la ventana que llega hasta el suelo, desde allí mira al perrito y a la muchacha una zíngara que está sentada sobre un cubo del revés, los cabellos le brillan como si hubieran sido untados con un pincelito mojado en la mantequilla... y yo estoy contento...
La parada del autobús se alza sobre los andenes de la línea del autobús, que de aquí parten hacia casi cualquier ciudad, esta estación parece un escenario, sobre el que podrían representarse los dramas de Capek... Sobretodo RUR... es enorme, es como si hubieran metido juntos veinte aeroplanos, aquellos primeros aeroplanos que construía el señor Blériot, el puente suspendido está enlazado con pasarelas verdes transparentes, que desde el puente transparente desciende sobre los andenes, cada uno de estos salvavidas tiene una repisa con un número colgado que indica el lugar al que parte el autobús... Y allí están de pie o sentados en los bancos los pasajeros con sus equipajes, maletas, bolsos colorados, a veces está ya el autobús, los pasajeros van a sentarse, salen, o bien esperan todavía su autobús... y están incluso mis vietnamitas asustadas, y también allí destacan de los otros pasajeros con su belleza sencilla, no sólo en sus figuras, no sólo en sus peinados, no sólo en el vestir, sino por sus movimientos... Estoy sentado en el banco de mi andén, las escaleras frente a mi salen sobre el largo puente transparente cerrado con cristaleras, y he aquí que llegan algunas vietnamitas, sus equipajes y mochilas coloradas avanzan lentamente en vertical, tienen los brazos cruzados, algunas incluso están descendiendo por la escalera sobre el salvavidas de la salida, se paran de nuevo... no son ni tan siquiera diez en toda la estación de autobuses, pero son como las piedras preciosas, se paran en la escalera y en ese momento se parecen a las modelos, es verdaderamente un desfile, un desfile de modas, porque hoy y quizás cada día, donde van, las vietnamitas llevan la dimensión de la belleza y de la elegancia... y en una escalinata por la cual no baja nadie está sentada mi vietnamita del snack bar de Florenc, está sentada en el undécimo escalón, está sentada sobre un periódico, los zapatitos sobre el noveno escalón, los codos apoyados en las rodillas, tiene las manos pendulantes como si las estuviera mostrando a una adivina que lee el Destino en la palmas abiertas y en la líneas, tiene la cabeza casi entre las rodillas y mira desde alguna parte del corazón mismo de la eternidad y de las pestañas le descienden las lágrimas, mientras por la estación de autobuses pasan veloces arriba y abajo los pasajeros, y en general toda esta enorme estación se mueve con el repiqueteo de tantos centenares de manecillas, cuantas son las caras y los brazos y en general las personas que llegaron hace un momento o quizás tras un momento partirán hacia su destino, por su corazón... Aquí, esta estación de autobuses, se parece a una gigantesca caseta de tiro al blanco de una feria, incluso ella está así abierta de par en par frente a mí y tan colorada y tan llena de movimiento de modelitos... Y del fondo, del metro, salen otros pasajeros, y del fondo, donde se compran los billetes... La gente rodea la cabina de información, que es un edificio todo de cristal... y yo ya he dejado escapar un autobús, porque no me canso nunca de mirar aquellas vietnamitas que se mueven aquí y allá... hay incluso jóvenes vietnamitas, claro, sé que incluso alguno de ellos sabe vestir elegante, también ellos tienen movimientos de artista y algunos un caminar y unos modos como si fueran de familia noble... Pero yo tengo una fijación por estas muchachas que vienen del Vietnam, porque saben comportarse como princesitas, como bailarinas, como sacerdotisas de los tiempos sacros, y sobretodo porque viven aquí con nosotros y están asustadas, aunque en realidad deberíamos regalarles flores por el hecho de estar aquí con nosotros, de estar todavía aquí con nosotros, que sus pequeños dedos esbeltos en nuestras fábricas saben construir, con hilos colorados, todo aquello que constituye la mecánica de precisión y que se parece al trabajo de las tejedoras de encajes y al bordado artístico...