jueves, 28 de junio de 2018

Fran Lebowitz / El triunfo de una perezosa

Fran Lebowitz


Fran Lebowitz

El triunfo de una perezosa


Implacable observadora, la escritora Fran Lebowitz es una de las caras más genuinas de Nueva York. El documental 'Public Speaking', de Martin Scorsese, retrata a una mujer que lleva tres décadas sin escribir, pero que ha hecho de su bloqueo una exitosa carrera.

Fran Lebowitz / A Humorist at Work


Andrea Aguilar
8 de mayo de 2011

Conocida por su cáustico humor como la nueva Dorothy Parker, Fran Lebowitz, una escritora que no escribe, que lleva 30 años sin lograr terminar un libro, ha convertido su incapacidad en carrera. El director Martin Scorsese la ha retratado en el nuevo documental Public Speaking. Parker, que nació y creció en Nueva Jersey, siempre estuvo obsesionada por la lectura, aunque no se tradujera en buenos resultados escolares. Desde muy pronto la pequeña Fran se negó a hacer los deberes. Tampoco aprendió a callar, ganándose fama de contestona. A los 61 años, convertida en uno de los iconos más originales, sarcásticos y afilados de Nueva York, sigue rebelándose y hablando sin parar. "Me encanta hablar, y nunca me he planteado si se me daba bien o mal. De pequeña esto era ser respondona y ahora resulta que se llama hablar en público", explica en una de las primeras escenas de Public Speaking. El proyecto surgió hace más de una década gracias a Graydon Carter, el director de Vanity Fair y buen amigo de Lebowitz, que también pidió que la inmortalizaran en los frescos que adornan su restaurante, Waverly Inn. Fran, una de las observadoras más certeras y graciosas de Nueva York, aparece con la boca abierta y un cigarrillo colgando de su mano.



"Comprendí que no escribir no solo era divertido, sino que podía ser rentable. Da igual lo poco que trabaje, la confianza en mí misma no se tambalea"
"Parece que no hay valores que compitan con el dinero. Es un gigantesco cambio cultural que va más allá de Nueva York"

Lebowitz llegó a la Gran Manzana con 18 años. Tuvo varios oficios, por ejemplo, taxista, pero su aversión al trabajo y su entrega a la pereza impedían que estuviera en ellos más tiempo del necesario para obtener el dinero del alquiler. En aquellos felices setenta costaba 120 dólares. "Siempre he vivido en el West Village. Cuando llegué estaba en un apartamento enano y horrible. Mis amigas me decían: '¿Estás loca pagando esa fortuna por ese agujero?'. Siempre les respondía que no tenía el más mínimo interés en que me violaran. El número de chicas de mi edad violadas es alucinante. Había muchos yonquis y mucho crimen", explica sentada una tarde de abril en el café Smile, junto al Bowery.
Lebowitz siempre ha odiado madrugar, es fumadora empedernida, tiene querencia por la ropa masculina, especialmente por los sastres de Saville Road -lo que la ha procurado un sitio en la lista de las mejores vestidas de la revista Vanity Fair-, y jamás se separa de sus gafas de sol. No cree que la dejaran vivir en ninguna otra ciudad que no fuese Nueva York.
Sostiene que la literatura es algo muy complejo y ella lleva empeñada en ello toda su vida. Dice que no existen los escritores prodigio: nunca ha habido un Mozart en literatura que en la tierna infancia escribiera obras sobresalientes. Ella publicó sus primeros ensayos humorísticos, en línea con lo que se hacía en la década de 1920 y 1930, pero con un giro moderno en la mítica revista Interview de Andy Warhol. Lebowitz disertaba allí sobre la etiqueta en la pista de baile de una discoteca: "Si eres un disc jockey, recuerda que tu trabajo es poner música que a la gente le divierte bailar, y no impresionar con tu gusto esotérico a algún otro disc jockey que está de visita". Y alertaba al gran público contra las veleidades e impulsos artísticos: "Si sientes un deseo irrefrenable de escribir o pintar, cómete algo dulce y deja que la sensación se vaya. La historia de tu vida no será un gran libro. Ni siquiera lo intentes".
Más adelante, Lebowitz colaboró con la revista Mademoiselle. Siempre ha escrito a mano y nunca ha dejado que le editaran o le cambiaran una coma. "La escritura básicamente es editar, porque todos sabemos más palabras de las que usamos", apunta. ¿Nunca pensó en dedicarse a editar? Lebowitz enarca una ceja: "¿Profesionalmente, dices? Me lo han ofrecido, pero es que no tengo ningún interés en trabajar. Soy muy vaga y perezosa", exclama sin un atisbo de culpa. "En la mayoría de las cosas soy muy americana, pero en esto no. Un editor tiene que ir al trabajo cada día y yo nunca haría algo así".
En 1979 reunió sus escritos en su primer libro: Metropolitan life. Tenía 27 años. Su desternillante e inteligente humor la situó a la cabeza de las listas de ventas. Dos años después repitió la hazaña con un segundo volumen: Social Studies. Recibió ofertas para adaptar sus libros al cine. Dijo que no. Las propuestas cada vez eran más suculentas y las editoriales le ofrecían sumas astronómicas. Desde entonces ha sido incapaz de volver a terminar un libro. Su bloqueo ha ocupado más titulares y artículos que la gran mayoría de títulos publicados por autores que pronto han vuelto al anonimato.
El mito de Lebowitz no ha dejado de crecer. "Comprendí que no escribir no solo era divertido, sino que podía ser rentable", apunta. En 1991 firmó un contrato para una novela sobre gente rica que quiere ser artista y artistas que quieren ser ricos. No superó el atasco. En 2005 un editor le preguntó en qué estaba pensando. Ella le dijo que en la idea de progreso, y él le propuso hacer un libro corto al respecto. "¿En la línea de lo de Thomas Paine en Sentido común?, le dije. Porque da igual lo poco que trabaje, la confianza en mí misma no se tambalea", afirma tan divertida como sincera.
Las lecturas públicas y la campaña de promoción de sus dos libros mostraron su talento innato para perorar subida a un estrado. Fran ha repetido en más de una ocasión que su ingenio y su talento para hablar en público son un don natural. Los ricos nunca piensan en si fueran pobres, ni los altos se imaginan su vida siendo bajitos, así que ella nunca se ha planteado ser de otra manera. Y así, Lebowitz se ha convertido en una de las conferenciantes más populares y buscadas. "Es algo que puedo hacer sin ningún esfuerzo, mi máxima en esta vida. Me lo paso bien hablando, pero lo único que realmente odio es llegar al sitio. Realmente siento que me deberían pagar por ir, no por hablar. Cada persona en el mundo que se sube a un avión debería de recibir un cheque. No me puedo creer que te cobren por esa experiencia", afirma. "Muy poca gente aparte de los mineros tienen un trabajo peor que el de viajar, y estoy alucinada por el número de gente que hace esto por diversión. Casi nunca voy de vacaciones. Tengo muchos amigos que viven en sitios fabulosos por todo el mundo, pero si no tienen avión, ¿cómo llego? El viaje será terrible. Además fumo, y ahora es realmente una tortura viajar si fumas. Estoy segura de que es horrible también para la gente que no fuma, pero lo cierto es que ellos no se preocupan por mí, así que yo tampoco por ellos".
Lebowitz salta de un tema a otro sin despeinarse. Su tono de voz es grave y expresa sus opiniones con vehemencia e ironía a partes iguales. ¿Qué es lo que no ha cambiado en Nueva York en los últimos 40 años? "Pues que sus habitantes siempre piensan que la ciudad era mejor antes. También desarrollan un peculiar sentido de la propiedad en un lugar que es imposible poseer. La gente llega a un restaurante y habla de su mesa, o se enoja si cierran su tintorería".
Ha vivido ajena en buena medida a la carrera hacia el éxito que guía la vida de muchos de sus vecinos. Habla del hecho de haber conseguido sobrevivir aquí como su mayor logro: "Cuando llegué a Nueva York había mucha gente vagueando, no era la única". Dice que de aquel tiempo conserva su escaso interés por el dinero, aunque reconoce sus debilidades. "Adoro las cosas lujosas y soy muy materialista. Si alguien me lo da, o si hay alguna manera fácil de obtenerlo, estoy contenta. Y esto siempre va a más, porque el creciente interés materialista suele ser un simple sustituto de la diversión de la juventud. Pero nunca he estado dispuesta a negociar. La gente no te da dinero para que hagas lo que tú quieras hacer, sino para que hagas lo que ellos quieren. Hoy parece que no hay valores que compitan con el dinero. Y esto es un gigantesco cambio cultural que va más allá de Nueva York" señala.
Lebowitz habla del Londres de Dickens, para subrayar que ningún escritor estadounidense ha logrado hacer algo semejante con Nueva York. Muchos han escrito sobre esta ciudad, pero hablan de mundos o escenas muy concretas. "En Inglaterra tienen un sistema de clases que todo el país entendía y el trabajo de los novelistas británicos era mucho más fácil. Aquí no lo tenemos", reflexiona. Al hablar de Woody Allen y la imagen que el cineasta proyecta de la ciudad, la cáustica Fran no puede evitar señalar que en sus películas todo el mundo tiene dinero y parece no preocuparse más de problemas sentimentales. "Nadie se preocupa de asuntos románticos, algo un poco adolescente porque los adultos encajan estos temas con el resto de asuntos de sus vidas".
Da igual lo polémicas o insolentes que suenen sus palabras, siempre están teñidas de un toque de cínico y agudo humor. Lebowitz se declara, por ejemplo, partidaria acérrima de la venganza: "Hablan de que es mejor si se sirve fría, pero no importa la temperatura. Si puedes vengarte, hazlo". Además dice que lo que más le gusta y mejor se le da es juzgar. Tanto es así que logró un pequeño papel de juez en la serie Ley y orden tras visitar el plató con su amiga la escritora Toni Morrison. "Juzgar simplemente es tener un baremo", asegura. El tema de la nueva ola de mujeres en el Partido Republicano, con Sarah Palin a la cabeza, la subleva. "Es una muestra del absoluto odio de EE UU por la inteligencia. También hay algo de misoginia, porque si piensas que las mujeres son idiotas, qué mejor ejemplo que ella. La gente dice que no podemos decir que es tonta, ¿por qué no? Lo cierto es que lo es". En definitiva, dice Lebowitz, esto ratifica una de sus teorías: nada se esparce tan rápido como una mala idea. "Todo esto corrobora cuán de idiota es la gente".
Cuando sale de la ciudad y conduce, Lebowitz tiene que repetirse que debe controlar su agresividad y su rápido gesto hacia la bocina. "Veo la cara de los niños en el coche de delante y me digo: '¡No estás en Nueva York!", suspira. A menudo la describen como la quintaesencia neoyorquina. Ella reconoce que es un halago, pero matiza el piropo. "Lo que soy es una defensora de Nueva York. En el pasado defendía la ciudad de la gente que la odiaba y criticaba, ahora la defiendo de la gente que la ama".
* ESTE ARTÍCULO APARECIÓ EN LA EDICIÓN IMPRESA DEL DOMINGO, 8 DE MAYO DE 2011

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