lunes, 15 de marzo de 2021

Alberto Moravia / El desprecio X

 



Alberto Moravia
EL DESPRECIO
CAPÍTULO DÉCIMO


Como ya he dicho, Emilia no había recibido una buena educación: había frecuentado sólo las primeras escuelas elementales y algún año de las secundarias. Luego había dejado los estudios y aprendido taquigrafía y mecanografía, y a los dieciséis años estaba ya colocada en el bufete de un abogado. Es cierto que era de buena familia, como se dice, o sea, de una familia que en el pasado había gozado de una posición acomodada y que incluso había tenido alguna propiedad en los alrededores de Roma. Pero su abuelo había dilapidado el patrimonio en especulaciones comerciales sin éxito, y el padre había sido hasta su muerte un oscuro funcionario del ministerio de Hacienda. Así, ella había crecido en la pobreza, y por su educación y su manera de pensar podía definirse casi como una mujer del pueblo; y, como ciertas  mujeres del pueblo, sólo parecía poder contar con el sentido común, tan sólido, que a veces parece estupidez o, por lo menos, estrechez de miras e ideas. Pero con sólo aquel instrumento del sentido común, de una manera totalmente imprevista y oscura para mí, lograba a veces formular reflexiones y apreciaciones muy agudas. Es lo que suele ocurrir con las personas del pueblo, que se hallan más cerca de la Naturaleza que las demás y a las cuales ninguna convención o prejuicio ofusca la conciencia. Decía ciertas cosas, sólo porque las había pensado con seriedad, sinceridad y franqueza, y, en efecto, sus palabras tenían el sonido inconfundible de la verdad. Pero, al no darse cuenta de aquella su franqueza, no se complacía en ella, confirmando, en cierta forma, con tal modestia, el carácter de autenticidad de su propio juicio.
    Así, aquel día, cuando ella me gritó: «¡Te desprecio!», quedé inmediatamente convencido de que aquella frase —que en boca de otra mujer habría podido incluso no querer decir nada—, pronunciada por ella significaba exactamente lo que significaba: me despreciaba en realidad y ya no había nada que hacer. Y aun cuando no hubiera sabido nada del carácter de Emilia, el tono con el que había pronunciado la frase no me dejaba ninguna duda: era el tono de la palabra virgen, brotada directamente de la cosa, pronunciada por una persona que tal vez no la había dicho nunca hasta entonces y que, presionada por la necesidad, la había extraído del fondo ancestral de la lengua, sin buscarla, casi involuntariamente. Así, a veces, un campesino, entre muchas locuciones mutiladas, dialectales, corrompidas, pronuncia una frase brillante, de límpido juicio moral, que no sorprendería en otra boca, pero que en la suya maravilla y parece casi increíble. «Te desprecio»: estas dos palabras, como noté con amargura, tenían el mismo tono auténtico que las otras tres, tan distintas, que me dijera la primera vez que me confesó su amor: «Te quiero mucho».
    Estaba tan seguro de la sinceridad de aquellas dos palabras, que, una vez solo en mi despacho, empecé a caminar arriba y abajo sin pensar nada, con las manos temblorosas y los ojos extraviados, sin saber qué hacer. Aquellas dos palabras de Emilia parecían hundirse un poco más cada minuto en mi sensibilidad, a semejanza de dos espinas, con dolor creciente y agudo. Pero aparte este dolor, del que era perfectamente consciente, no acertaba a comprender nada. Naturalmente, lo que me hacía sufrir más era la noción de ser ahora no ya sólo no amado, sino también despreciado. Pero, incapaz por completo de encontrar motivo alguno, ni siquiera el más ligero, de aquel desprecio, experimentaba una violenta sensación de injusticia y, a la vez el temor a que, en realidad, no hubiera injusticia y el desprecio estuviese objetivamente fundado, sin que yo me diese cuenta de ello, mientras que para los demás fuese algo evidente. Yo tenía de mí mismo una idea de dignidad, mezclada, como máximo, con una especie de compasión, como la de un hombre no excesivamente afortunado, al que la suerte no había sonreído como debería haberlo hecho, pero en modo alguno despreciable, sino todo lo contrario. Y he aquí que ahora aquellas palabras de Emilia trastornaban esta idea y me hacían sospechar por primera vez que yo no me conocía ni juzgaba tal como era y que siempre me había adulado, lejos de toda verdad.
    Finalmente, fui al cuarto de baño, metí la cabeza bajo el grifo, y aquel chorro de agua fría me hizo mucho bien. Parecía como si mi cerebro estuviese ardiendo, como si la frase de Emilia le hubiera prendido fuego, revelando en él una cualidad combustible ignorada hasta entonces por mí. Me peiné, me lavé la cara, me arreglé la corbata y volví a la sala de estar. Pero la vista de la mesa preparada junto al vano de ventana me inspiró una sensación de rebelión. No podíamos sentarnos a comer juntos como todos los días, en aquella estancia en la que aún resonaba el eco de las palabras que me habían trastornado. En aquel momento, Emilia abrió la puerta y se asomó. Su cara mostraba de nuevo la acostumbrada expresión serena y plácida. Dije sin mirarla:
    —Esta noche no tengo ganas de cenar en casa. Advierte a la criada que comemos fuera y vístete en seguida. Cenaremos fuera.
    Ella respondió, algo sorprendida:
    —Pero si ya está preparada… La comida se echará a perder… y luego habrá que tirarla.
    Invadido de pronto por el furor, grité:
    —¡Basta…! Tira todo lo que quieras, pero vístete, que cenaremos fuera…
    Seguía sin mirarla, y la oí murmurar:
    —¡Qué maneras! —y luego cerró la puerta.
    Minutos después salíamos de casa. En la calle estrecha, flanqueada, a ambos lados, por casas modernas semejantes a la nuestra, con las fachadas llenas de balcones y terrazas, nos esperaba, entre muchos coches de lujo, mi pequeño automóvil utilitario, adquirido recientemente y que, como el apartamento, quedaba aún por pagar en gran parte con las ganancias de mis futuros guiones. Lo había adquirido hacía sólo algunos meses y tenía aún esa sensación de vanidad, algo infantil, que puede inspirar al principio semejante comodidad. Pero aquella noche, mientras nos dirigíamos hacia el automóvil, uno al lado del otro, sin mirarnos, en silencio y sin tocarnos, no pude por menos de pensar: «He aquí el coche, que, como la casa, representa el sacrificio de mis ambiciones…, y ese sacrificio ha sido inútil». Y, en verdad, por un momento tuve la clara sensación del contraste entre la lujosa calle, en que todo parecía nuevo y precioso; nuestro apartamento, que nos miraba con sus ventanas desde el tercer piso; el coche, que nos esperaba metros más allá, y mi infelicidad, que me hacía contemplar ahora como inútiles y enojosas aquellas adquisiciones.
    Cuando subí al coche, esperé que Emilia se hubiese sentado y luego extendí el brazo para cerrar la portezuela. Por lo general, al realizar aquel movimiento, le rozaba las rodillas, o bien, volviéndome un poco, dejaba en sus mejillas un beso ligero. Por el contrario, aquella vez, casi espontáneamente, evité tocarla. Cerróse la portezuela con un ruido sordo y seco, y por un momento permanecimos inmóviles y en silencio. Luego preguntó Emilia:
    —¿Dónde vamos?
    Reflexioné por un momento y luego contesté, como de una manera casual:
    —A la Via Appia.
    Ella dijo, algo sorprendida:
    —Pero aún es pronto para ir a la Via Appia. Hará frío y no encontraremos a nadie.
    —No importa. Estaremos nosotros.
    Calló, y yo conduje velozmente el coche hacia la Via Appia. Descendí de nuestro barrio, atravesé el centro de la ciudad y pasé por la Via dei Trionfi y por la Passeggiata Archeologica. Allí estaban los viejos y musgosos muros, los huertos, los jardines, las fincas escondidas entre los árboles en el primer tramo de la Via Appia. Más allá, la entrada de las Catacumbas, iluminadas por dos farolillos de mortecina luz. Emilia tenía razón. Aún era demasiado pronto para ir a la Via Appia. Cuando entramos en el enorme salón del restaurante con nombre arqueológico, de un estilo rústico falso, adornado con ánforas y lápidas rotas, sólo vimos las mesas y cierto número de camareros. Estábamos solos, y no pude por menos de pensar que en aquella sala desierta y poco caldeada, con la enojosa solicitud de los camareros en torno a nosotros, el problema de nuestras relaciones no se resolvería, sino todo lo contrario.
    Luego recordé que solíamos cenar precisamente en aquel lugar dos años antes, en el tiempo de nuestro amor. Y de pronto comprendí por qué, entre tantos restaurantes, había elegido precisamente aquél y en aquella estación tan melancólica y solitaria.
    Un camarero estaba ante nosotros con la carta en la mano, de una parte, mientras que, de la otra, se inclinaba el cantinero con la lista de los vinos. Empecé por la comida, proponiendo a Emilia los platos uno tras otro, con el busto algo inclinado hacia ella, precisamente como un marido obsequioso y galante. Ella tenía los ojos bajos y, sin levantarlos, respondía con monosílabos:
    —Sí, no, está bien.
    Pedí también una botella de vino de marca, aunque Emilia protestase que no bebía.
    —Me lo beberé yo —dije.
    El cantinero me dirigió una sonrisa de inteligencia y se alejó junto con el camarero.
    No quiero describir aquí aquella cena en sus pormenores, sino sólo exponer mi estado de ánimo, para mí totalmente nuevo aquella noche, pero que luego se convertiría en normal en mis relaciones con Emilia. Dicen que podemos vivir sin demasiadas fatigas gracias sólo al automatismo, que nos hace inconscientes de gran parte de nuestros movimientos. Según parece, para dar un solo paso ponemos en movimiento una gran cantidad de músculos, pese a lo cual, en virtud del automatismo, no nos damos cuenta de ello. Lo mismo ocurre en nuestras relaciones con los demás. Mientras creí que era amado por Emilia, presidió nuestras relaciones una especie de feliz automatismo; y solamente la fibra terminal de mi conducta había sido iluminada por la luz de la consciencia, mientras el resto quedaba en la oscuridad de un hábito afectuoso e inadvertido. Pero ahora que había caído la ilusión del amor, descubría que era consciente de todas mis acciones, hasta de las más pequeñas. Le ofrecía de beber, le alargaba el salero, la miraba, dejaba de mirarla…, y siempre, cada movimiento iba acompañado de una consciencia dolorosa, obtusa, impotente, exasperada. Me sentía ligado, entorpecido, paralizado por completo. Me daba cuenta de que me preguntaba, al realizar cada uno de mis actos: ¿Haré bien? ¿Haré mal? En suma, había perdido toda confianza. Pero con las personas totalmente extrañas se puede esperar siempre recuperar dicha confianza. Con Emilia, en cambio, se trataba de una experiencia pasada y muerta: no podía esperar nada.
    Así, se establecía entre nosotros el silencio, apenas interrumpido de cuando en cuando por alguna frase sin importancia: «¿Quieres vino? ¿Quieres pan? ¿Quieres carne?». Me gustaría describir la cualidad íntima de aquel silencio, ya que fue aquella noche cuando se estableció por primera vez entre nosotros, para no abandonarnos jamás. Se trataba de un silencio insoportable, porque era perfectamente negativo, hecho de la supresión de todas las cosas que habría querido decir y que me sentía incapaz de expresar. Sería inexacto definirlo como un silencio hostil. En realidad no había hostilidad entre nosotros, al menos por parte mía, sino sólo impotencia. Yo me daba cuenta de que quería hablar, que tenía muchas cosas que decir y, al mismo tiempo, era consciente de que ya no se trataba de una cuestión de palabras y de que no habría sabido encontrar jamás el tono requerido. Y, en tal convicción, permanecía callado; pero no con la sensación relajada y serena del que no tiene necesidad de hablar, sino con la de aquél que está saturado de cosas que decir, es consciente de ello y, sin embargo, choca en vano contra esta consciencia como contra las rejas de una prisión. Pero había algo más: sentía que aquel silencio tan intolerable era para mí, sin embargo, la condición más favorable. Y que si lo hubiese roto, aunque hubiese sido de la manera más prudente y afectuosa, habría provocado palabras más intolerables aún, si era posible, que el propio silencio.
    Pero aún no estaba acostumbrado a callar. Consumimos el primer plato, y luego el segundo, en perfecto silencio. Al llegar a los postres, no pude resistir y pregunté:
    —¿Por qué estás tan callada?
    Ella respondió de pronto:
    —Porque no tengo nada que decir.
    No parecía triste ni hostil; y también aquellas palabras tenían el acento de la verdad. Yo proseguí, en tono didáctico:
    —No hace mucho, has dicho cosas que merecían horas enteras de explicaciones.
    Ella dijo, siempre con su mismo tono sincero:
    —Olvídalas… Haz  como si no las hubiese dicho jamás.
    Pregunté con esperanza:
    —¿Por qué habría de olvidarlas? Las olvidaría si supiese con toda seguridad que no son ciertas… Si fuesen sólo palabras pronunciadas en un momento de ira. —No dijo nada aquella vez. Y de nuevo esperé. Tal vez era cierto: había dicho que me despreciaba, como una reacción a mi voluntad. Insistí, cautamente—: Confiesa que esas cosas tan terribles que me has dicho hoy no son ciertas…, y que las has dicho porque en aquel momento parecía que me odiabas y querías ofenderme. —Ella me miró y, de nuevo, siguió en silencio. O mucho me equivocaba, o me pareció advertir casi un reflejo de llanto en sus grandes ojos oscuros. Animado, tendí una mano, aferré la suya sobre el mantel y dije—: Emilia, no eran ciertas, ¿verdad?
    Esta vez retiró la mano con insólita fuerza, contrayendo no sólo el brazo, sino —como me pareció— todo el cuerpo:
    —No, no eran ciertas.
    Quedé impresionado por el acento de total, aunque desolada sinceridad de aquella respuesta. Parecía haberse dado cuenta de que en aquel momento podría arreglar las cosas una mentira, por lo menos durante algún tiempo, por lo menos aparentemente. Pero luego, tras una breve reflexión, renunció a ello. Experimenté una nueva y más aguda punzada de dolor e, inclinando la cabeza, murmuré entre dientes:
    —Pero ¿no te das cuenta de que ciertas cosas no se le pueden decir a nadie así, sin justificación…? ¿A nadie, y mucho menos al propio marido?
    Ella no dijo nada y se limitó a mirarme casi con temor. En efecto, mi cara debería de estar descompuesta por la rabia. Finalmente, respondió:
    —Me las pediste y yo te las dije.
    —Pero habrías tenido que explicarlas.
    —¿Qué quieres decir?
    —Pues que tendrías que explicar por qué…, por qué me desprecias.
    —¡Ah, eso no te lo diré jamás…! ¡Ni siquiera a la hora de mi muerte!
    Quedé impresionado por aquel tono, insólitamente resuelto. Pero mi sorpresa duró poco. Me sentía invadido por un furor tal, que ya no tenía ni siquiera tiempo de reflexionar.
    —Dime —insistí aferrándola de nuevo por la mano, pero esta vez de una forma que no podía llamarse en modo alguno acariciante—, dime por qué me desprecias.
    —Ya te he dicho que no te lo diré jamás.
    —¡Dilo, o te haré daño!
    Fuera de mí, le torcí los dedos. Ella me miró, sorprendida por un momento; luego le contrajo la boca una mueca de dolor, e inmediatamente aquel desprecio, del que hasta entonces sólo había hablado, se le pintó en el rostro.
    —¡Olvídalo! —dijo brutalmente. Ahora, otra vez, me quieres hacer daño. —Noté aquel «otra vez», en el que parecía haber una alusión a otras vejaciones que habría cometido con ella, y quedé sin aliento. Olvídalo. ¿No te da vergüenza? Los camareros nos están mirando.
    —Dime por qué me desprecias.
    —No seas cretino. Déjame.
    —Dime por qué me desprecias.
    —¡Basta! —Logró liberar sus dedos con un gesto violento, que hizo caer al suelo un vaso. Oyóse un ruido de cristales rotos, y luego ella se levantó y se dirigió hacia la puerta, diciendo en voz alta—: Esperaré en el coche mientras tú pagas.
    Salió, y yo permanecí donde estaba, inmóvil, sentado, aniquilado, no tanto por la vergüenza —era cierto, como ella había dicho, que los camareros desocupados en aquellos momentos nos estaban mirando y no se habían perdido ni una sola palabra, ni un solo gesto de nuestro altercado— cuanto por la novedad de su actitud. Jamás hasta entonces me había hablado en aquel tono, jamás me había injuriado. Las palabras «otra vez» seguían, además, resonando en mis oídos como un nuevo y desagradable enigma por descifrar, entre los muchos que la tenía planteados: ¿cómo y cuándo le había hecho aquellas cosas de las que ella se lamentaba con aquel «otra vez»? Finalmente, llamé al camarero, pagué la cuenta y salí a mi vez.
    Fuera ya del restaurante, me di cuenta de que el tiempo, que durante todo el día había estado incierto y nublado, se había resuelto, al fin, en una lluvia densa y sutil. Algo más allá, en el espacio vacío, entreví la figura de Emilia, de pie junto al coche. Yo había cerrado con llave las portezuelas, y ella esperaba, sin impaciencia, bajo la lluvia. Dije con voz insegura:
    —Perdona, he olvidado que había cerrado con llave las portezuelas.
    Y oí la voz de ella, completamente tranquila, responder:
    —No importa. Llueve muy poco.
    De nuevo, locamente, al oír aquellas palabras sumisas, se me despertó en el corazón la esperanza de una reconciliación. ¿Cómo se podía despreciar hablando con una voz tan tranquila, tan afable? Abrí la portezuela, subí al coche, y ella se sentó a mi lado. Encendí el motor y le dije, con una voz que me pareció de pronto extrañamente festiva, casi alegre:
    —Bueno, Emilia, ¿dónde quieres que vayamos ahora?
    Ella respondió sin volverse, mirando ante sí:
    —No sé… Donde tú quieras.
    Puse el coche en marcha y partimos. Como ya he dicho, experimentaba entonces no sé qué sentimiento alegre, desenvuelto, jovial. Casi me parecía que tomando la cosa a broma, poniendo la ligereza en el lugar de la seriedad, y la frivolidad en el lugar de la pasión, lograría resolver mis relaciones con Emilia. La verdad, no sé lo que me ocurrió en aquel momento: tal vez la desesperación, como un vino demasiado fuerte, se me había subido a la cabeza. Dije en tono divertido, ostentosamente humorístico:
    —Iremos a la aventura. Que salga lo que salga.
    Me sentí tremendamente cursi al decir estas palabras, de la misma forma que se vería cursi y ridículo a un cojo que tratara de iniciar unos pasos de danza. Pero Emilia no habló, y yo me abandoné a aquella nueva vena, que imaginaba abundante y que, por el contrario, se mostraría muy pronto como un tímido y escaso arroyuelo. Ahora conducía el coche por la Via Appia, de la que podía ver —iluminados por los  rayos de los faroles que se extendían ante nosotros, a través de los múltiples hilitos brillantes de la lluvia— los cipreses, que aparecían y desaparecían; los montones de ladrillos, las estatuas de mármol blanco, el pavimento romano, compuesto por enormes losas de piedra mal unidas entre sí. Tras haber avanzado un poco dije de pronto, en un tono falso y exaltado:
    —Olvidemos por una vez lo que somos e imaginemos ser dos estudiantes que buscan un rincón tranquilo, lejos de las miradas indiscretas, para hacerse el amor en paz.
    Tampoco dijo ella nada esta vez, y yo, estimulado por su silencio, tras haber recorrido un buen trecho más de calle, detuve el coche de pronto. En aquel momento llovía a cántaros, y las varillas del limpiaparabrisas, que iban de un lado para otro, apenas tenían tiempo de quitar el agua que se había acumulado entre un movimiento y otro de las mismas.
    —Somos dos estudiantes —dije de nuevo con voz poco segura. Yo me llamo Mario, y tú, María… Y, por fin, hemos encontrado un lugar tranquilo, aunque lluvioso. Pero dentro del coche se está muy bien… Bésame.
    Y, al decir esto, con la decisión de un ebrio, le ceñí el hombro con un brazo y traté de besarla. La verdad, no sé qué esperaba. Cuanto había ocurrido en el restaurante habría debido darme a entender lo que podía esperar de ella. Al principio, Emilia trató de sustraerse al abrazo, casi con elegancia y en silencio; pero luego, al ver que yo insistía y, cogiéndole el mentón en la mano, trataba de volverle la cara hacia la mía, me rechazó con dureza:
    —Pero ¿te has vuelto loco? ¿O es que has bebido demasiado?
    —No, no he bebido demasiado —murmuré. Dame un beso.
    —Ni lo pienses —respondió ella con honesta indignación, rechazándome de nuevo. Y, tras un momento—: Luego te extrañarás de que te diga que te desprecio… ¿Cómo te atreves a comportarte de este modo después de lo que ha ocurrido entre nosotros?
    —Es que te amo.
    —Pero yo no a ti.
    Me sentía ridículo, pero de una manera angustiosa, como la del que se da cuenta de que está atrapado en una situación que tiene el doble inconveniente de ser a la vez cómica e irreparable. Pero aún no estaba dispuesto a darme por vencido.
    —Me darás un beso por amor o por fuerza —murmuré con un tono que trataba de ser brutal y masculino. Y me arrojé sobre ella.
    Esta vez no habló, pero abrió la portezuela y yo caí hacia delante, sobre el asiento vacío. Había saltado del coche y se iba camino adelante, pese a la lluvia, que había arreciado aún más.
    Durante un momento quedé atónito, frente a aquel asiento vacío. Luego me dije: «Soy un imbécil», y, a mi vez, bajé también del coche. Llovía muy fuerte, y cuando puse el pie en el suelo, se me hundió hasta el tobillo en un charco de agua. Aquello me enfureció terriblemente y me dio una aguda sensación de miseria. Grité exasperado:
    —¡Emilia, ven aquí! ¡Puedes estar tranquila, no te tocaré más!
    Ella respondió desde un punto no precisado de la noche, pero no muy lejano:
    —O me dejas tranquila, o vuelvo a Roma a pie.
    Dije con voz temblorosa:
    —Ven aquí. Te lo prometo. Te prometo todo lo que quieras.
    Seguía lloviendo torrencialmente. El agua me entraba enojosamente por el cuello, bañándome la nuca. Sentía que me chorreaba por la cabeza y las sienes. Los faros del coche iluminaban sólo un breve trecho de la calle y permitían ver un muñón de ruina romana, de cascotes y un alto ciprés negro que destacaba allá arriba, en la oscuridad. Pero, por mucho que aguzaba la vista, no lograba ver a Emilia. Llamé de nuevo, desalentado:
    —¡Emilia, Emilia! —y mi voz se quebró casi en un acento de llanto.
    Finalmente, ella salió de las tinieblas y entró en el campo de los haces de luz. Dijo:
    —¿Me prometes, pues, que no me tocarás?
    —Sí, te lo prometo.
    Entonces se acercó al coche, entró en él y añadió:
    —¿Qué bromas son éstas? Me he puesto como un trapo de fregar. Mi cabeza está chorreando… Mañana tendré que ir a la peluquería.
    A mi vez, subí en silencio al coche y partimos inmediatamente. Ella estornudó luego un par de veces, muy sonoramente, como para darme a entender que la había hecho coger un resfriado. Pero yo no recogí la provocación. Ahora conducía como en una pesadilla. Una agobiante pesadilla en la que yo me llamaba realmente Ricardo, tenía una mujer que se llamaba Emilia, a la que amaba, mientras que ella no me amaba a mí; más aún, me despreciaba.  



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