jueves, 31 de agosto de 2017

Guillermo Cabrera Infante / Diana de Gales, la princesa que quería vivir

Diana de Gales


Diana de Gales

LA PRINCESA

QUE QUERÍA VIVIR

Antes de morir, a Diana la mandaron callar por expresar su simpatía por los laboristas



GUILLERMO CABRERA INFANTE
1 SEP 1997


Mi título viene de una película que protagonizó la siempre bella, siempre encantadora por encantada Audrey Hepburn. Otro título que tuve en mente fue El amante de la aristócrata, recordando la novela de D. H. Lawrence El amante de Lady Chatterley, libro primero infame y luego famoso. La película pretendía ser un retrato de la princesa Margarita, que era tonta y pretenciosa. Mi título quiere ser un retrato de la princesa Diana. Ahora tiene que ser un retrato oval, porque ella, como en el cuento de Edgar Allan Poe, está muerta y sólo nos quedan de ella, destrozada en un choque de auto en París, los innúmeros instantes conmovidos y los retratos inmóviles de las fotografías. Pero su muerte, aparte de destruir para siempre su tenue belleza, ha servido para que protagonice, como en vida, una polémica más.
Hace una o dos semanas (su accidente no sólo colapsó el auto en que viajaba, sino también su historia inmediata) ella hizo unas declaraciones de simpatía por el Gobierno laborista, al que oponía al pasado Gobierno conservador. Enseguida salieron los tories a argumentar que un miembro de la realeza no podía hacer declaraciones políticas. Razón suficiente: la aristocracia convertida en real había hecho declaraciones contra el pasado régimen tory -que después de todo había sido votado en alud de votos contrarios-. Enseguida los periódicos tabloides orquestaron una sinfonía entonces inconclusa. En un tabloide, inclusive, después de decirle que ya bastaba, que se callara, pusieron a todo despliegue una foto de la princesa con una cremallera que le cerraría la boca para siempre y un cintillo que ahora lamentarán que decía: "¡Ciérrala ya!". No es extraño que los conservadores brillaran por su ausencia. Solamente vino a dar el pésame por televisión lord Jeffrey Archer, primero comerciante, luego novelista de best sellers, después consejero de Margaret Thatcher (después de todo, tan tory como John Major) y ahora par del reino. Su panegírico se limitó a recordar los días de Diana como princesa en una de sus tantas caridades. Era de esperar: no digas nada de los muertos parecía la orden del día.
No era de esperar sin embargo que Tony Blair, el duro de los duros del Partido Laborista, hiciera un elogio fúnebre en el que no faltaban las lágrimas. Todos, laboristas y conservadores, lloran, pero ninguno, en vida, se preguntó qué tendría la princesa, por qué la princesa estaba tan triste tan a menudo. Era, y ella lo declaró a la prensa, la farsa que fueron sus bodas, la farsa que era su matrimonio. Como la respetuosa prostituta podía decir tener la impresión, bien viva, de haber sido engañada. Luego, como en El amante de Lady Chatterley, se dio a los juegos eróticos menos románticos. Lady Chatterley se entregó al guardabosque Mellors; lady Diana, a más de un gañán que luego vendería (o trataría de vender, que es peor) sus relajados relatos de alcoba. Sin olvidar o hacer olvidar su estado matrimonial, esposa de un presunto heredero del trono inglés y madre del probable rey de Inglaterra. El príncipe de Gales, su marido y luego cornudo, también adúltero, quedó atrás como una figura borrosa ante el poder publicitario de su antigua, capaz todavía, como lo hizo en su matrimonio, de jugar la comedia del príncipe consorte. Ahora viaja a París para traer a Londres el cadáver destrozado de la princesa que quería vivir y tener por amante al hijo de un pretendido sheik. Mientras, resonaba la voz de Blair proclamándola "princesa del pueblo".

Pero Carlos, que espera casarse con su ajada madame Camilla, no tendrá nunca la popularidad de Diana, que ahora en su muerte reúne a multitudes frente al palacio de Buckingham, donde no vivía, y a decenas de miles ante el palacio de Kensington, donde vivió, unos llevando flores para una muerta, otros a pasear curiosos por una de las calles más concurridas de Kensington. Lo sé porque los he visto, los veo todavía pasando llorosos frente a la ventana de mi casa en la calle que da a la calle en que ella vivía, alta y altiva y a la vez dulcemente demócrata. La princesa era alta pero no se veía tan linda como en fotografías, el cine, los noticieros. Es decir, era fotogénica. Pero no era nunca, nunca fue Audrey Hepburn, la primera princesa. Pero, por otra parte, no habría sido vista tanto en fotografías y en revistas del corazón si hubiera tenido, digamos, la cara de Arafat.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de septiembre de 1997

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