lunes, 25 de julio de 2011

Raymond Carver / Escribir


Raymond  Carver
BIOGRAFÍA
ESCRIBIR


Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.
Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin... Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.
Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.
Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio... Entonces tendré al menos es ficha escrita. “El esmero es la única convicción moral del escritor”. Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa “única convicción moral”, deberá rastrearla sin desmayo.
Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov: “…Y súbitamente todo empezó a aclarársele”. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.
Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: “Nada de trucos baratos”. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Sólo que con una leve corrección: “Nada de trucos”. Punto. Odio los trucos. Al primer signo de artimaña o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los trucos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores
Hace unos meses, en el New York Times Books Review, John Barth decía que, hace diez años, la gran mayoría de los estudiantes que participaban en sus seminarios de literatura estaban altamente interesados en la “innovación formal”, y eso, hasta no hace mucho, era objeto de atención. Se lamentaba Barth, en su artículo, porque en los ochenta han sido muchos los escritores entregados a la creación de novelas ligeras y hasta “pop”. Argüía que el experimentalismo debe hacerse siempre en los márgenes, en paralelo con las concepciones más libres. Por mi parte, debo confesar que me ataca un poco los nervios oír hablar de “innovaciones formales” en la narración. Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar —y maltratar, incluso— a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá sólo resulte interesante para un puñado de especializadísimos científicos.
Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas —Barthelme, por ejemplo— no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo.
Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos —una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer— con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: “Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde”. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.
En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento —si las palabras resultan oscuras, enrevesadas— los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotros. Henry James llamó “especificación endeble” a este tipo de desafortunada escritura.
Tengo amigos que me cuentan que deben acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. “Lo haría mejor si tuviera más tiempo”, dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. Pero si el escritor no elabora su obra de acuerdo con sus posibilidades y deseos, ¿por qué ocurre tal cosa? Pues en definitiva sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor, de haber elaborado una obra que nos deje contentos. Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.
En un ensayo titulado "Escribir cuentos", Flannery O’Connor habla de la escritura como de un acto de descubrimiento. Dice O’Connor que ella, muy a menudo, no sabe a dónde va cuando se sienta a escribir una historia, un cuento... Dice que se ve asaltada por la duda de que los escritores sepan realmente a dónde van cuando inician la redacción de un texto.
Utiliza “Buena gente del campo”, como un ejemplo de cómo jamás sabe cuál será la conclusión de un cuento hasta que está próxima al final:
Cuando comencé a escribir el cuento no sabía que una doctora acabaría con una pierna de madera. Una buena mañana me descubrí a mí misma haciendo la descripción de dos mujeres de las que sabía algo, y cuando acabé vi que le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Recordé al marino bíblico, pero no sabía qué hacer con él. No sabía que robaba una pierna de madera diez o doce líneas antes de que lo hiciera, pero en cuanto me topé con eso supe que era lo que tenía que pasar, que era inevitable.
Cuando leí esto hace unos cuantos años, me chocó el que alguien pudiera escribir de esa manera. Me pereció descorazonador, acaso un secreto, y creí que jamás sería capaz de hacer algo semejante. Aunque algo me decía que aquel era el camino ineludible para llegar al cuento. Me recuerdo leyendo una y otra vez el ejemplo de O’Connor.
Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla.
Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir.
Me gusta hacerlo así cuando siento que una nueva historia me amenaza. Y siento que de esa propia amenaza puede surgir el texto. En ella se contiene la tensión, el sentimiento de que algo va a ocurrir, la certeza de que las cosas están como dormidas y prestas a despertar; e incluso la sensación de que no puede surgir de ello una historia. Pues esa tensión es parte fundamental de la historia, en tanto que las palabras convenientemente unidas pueden irla desvelando, cobrando forma en el cuento. Y también son importantes las cosas que dejamos fuera, pues aún desechándolas siguen implícitas en la narración, en ese espacio bruñido (y a veces fragmentario e inestable) que es sustrato de todas las cosas.
La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.


domingo, 24 de julio de 2011

Francisco Rodríguez Criado / El realismo pesimista de Raymond Carver

Raymond Carver según Rob Stolzer

Francisco Rodríguez Criado

EL REALISMO PESIMISTA
DE RAYMOND CARVER
 
América, bien sea mediante el cine, la radio, la televisión, la moda o a través de su avanzada tecnología, se ha promocionado a sí misma como una hermosa y glamurosa mujer, rica e inquieta, que puede colmar los sueños de cualquier mortal dispuesto a lanzarse a sus redes. Y se recrea de su esbelta figura con imágenes como las de La estatua de la Libertad, Central Park, La Séptima Avenida, La Casa Blanca de Washington o las cálidas playas de California. Pero, justo cuando estamos a punto de piropearla, aparece Raymond Carver y lo jode. Que no, nos dice, que de guapa nada; que tan sólo es una impostora, una artificial muñeca de plástico, con el pelo teñido y las caderas celulíticas; una maliciosa y frívola mujerzuela que no cumple nada de lo que promete. Y para ello no hace sino acompañarnos hasta la cocina de la realidad, donde se amontonan en el suelo todos sus trapos sucios.
Dotado de un apreciable escepticismo y resentimiento, el estadounidense Raymond Carver (1939-1988), cuentista y poeta, mediante una técnica escueta y directa, carente de adornos estilísticos (que la crítica ha calificado como minimalista), dibuja una gama de anónimos perdedores de una sociedad que parece haberse olvidado de ellos: desempleados, alcohólicos, divorciados, seres solitarios que van hacia la deriva y que no tienen otra cosa que hacer sino mirar la televisión…; eso son para mí, básicamente, los personajes de Carver: individuos que miran la televisión, evitando mirar a su propio interior y comprobar que no son más que sombras cargadas de desesperanza.
Su compatriota Henry Miller puso de manifiesto este pensamiento a través de toda su obra: odio a mi país. Sin bien Carver no suscribe textualmente en ningún momento esas palabras, de una manera subliminal nos describe a una sociedad que hace aguas una y otra vez (no creo tampoco que tuviese un sentimiento nacionalista muy arraigado). En él, sus mensajes son siempre tímidos, ariscos, hay que buscarlos (en eso se parece a Hemingway: practica la teoría de la omisión); pero una vez se familiariza uno con su estilo, acaban volviéndose de una transparencia cristalina.
Lo que más me llamó la atención al leer su primer libro de relatos ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (corregido durante quince años antes de su publicación, el mismo que consiguió sacarle del anonimato y de las fauces del alcoholismo), al margen del tono apagado y lineal de sus narraciones, fueron sus finales. Y es que sus relatos, como la vida misma, carecen de finales propiamente dichos.
Pero sus narraciones, ¿son relatos o fotogramas? Yo me inclino por lo segundo: en ellos no ocurre nada; nada que se salga de lo cotidiano, se entiende. Carver se introduce en el interior de un hogar medio para tomar unas fotografías y contarnos sobre la marcha qué sentimientos dominan a sus habitantes. Por tanto, no hallaremos en su estilo el trinomio planteamiento, nudo y desenlace. A él no le interesa más que el interior, el alma herida de esos seres que buscan, quizá inconscientemente, un motivo para seguir viviendo. Para recrear ambientes tan grises, recurre a elementos como la tensión o la elipsis, empleando en sus narraciones el menor número posible de palabras; economía en el lenguaje, ése es su lema. No quiere sorprender al lector, quizá porque él mismo ya no se sorprenda de nada. Pretende ser imparcial, y reniega de cualquier tipo de doctrina moralista (algo que, desde mi punto de vista, le separa del norteamericano de origen armenio William Saroyan, con quien comparte ciertas afinidades literarias).
Chejov. Hay que hablar de Chejov al hablar de Carver, pues, no en vano, él mismo lo menciona como su maestro y, por tanto, su mayor foco de influencia. Admira a otros escritores como Hemingway, Tolstoi o Babel, pero no cabe duda de que es Antón Chejov el más cercano a él (o viceversa). Tres Rosas Amarillas, que da título a uno de sus cuatro libros de cuentos publicados en España, es una reconstrucción ficticia de los últimos momentos del escritor ruso, un emotivo homenaje que ha hecho historia en la literatura universal.
La diferencia entre Carver y Chejov es que este último, tan realista y escéptico como el primero, está dotado de un fino y mordaz sentido del humor (sobre todos en sus cuentos más cortos), que le ayuda a ridiculizar a la sociedad rusa de su tiempo. Carver es tan imparcial, tan fiel a su técnica de fotograma (como he mencionado antes) que parece no tomar partido ante nada o ante nadie: Eileen abandona a Carlyle y a sus hijos para escaparse con un profesor en “Fiebre”; en “Caballos en la niebla”, la esposa deja a su marido en plena noche después de toda una vida en común sin más aviso que una nota depositada sobre el escritorio; una madre obstaculiza la relación de su hijo con su esposa en “Cajas”… y bueno, podría seguir así, uno por uno, mencionando tantos y tantos conflictos sin que en ningún momento al lector se le insinúe quién es el culpable. Al fin y al cabo, son todos náufragos del mismo barco.
Los personajes de Chejov, sin embargo, unas veces ridículos, otras veces tiernos, ignorantes o despiadados, cobran vida propia, se mueven, nos hacen sonreír, fantasean, mienten, son arbitrarios; por ello, se me dibujan más reales y universales que los de Carver. Chejov, para mi gusto, es mejor escritor que su alumno norteamericano: el ruso, para bien o para mal, está respaldado por la iniciativa de sus propios personajes. Los de Carver, sumisos, aceptan su destino por poco halagüeño que sea.
Creo que fue Paco Umbral quien dijo que sólo robando de otro se aprende a escribir, y, por eso, la literatura está entre los delitos comunes. Carver sólo escribió cuatro libros de cuentos (Catedral, De qué hablamos cuando hablamos de amor, ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? y Tres rosas amarillas). Al principio me pareció escaso material para un autor tan famoso (sobre todo en la época de los 80). Pero al empezar a leer con mayor dedicación a los cuentistas norteamericanos modernos, cambié de opinión. Cuántas y cuántas narraciones de escritores realistas le han tomado como modelo a la hora de escribir cuentos. Y es que la literatura norteamericana, como todas, está plagada de ladrones, y Carver es, quizá, uno de los más asaltados. No hay más que leer los relatos de Richard Fox (casualmente amigo de Carver), David Leavitt, Sam Shepard o Tobias Wolff para percatarnos de semejante delito. En España, sin ir más lejos, tenemos a Javier González y su primer libro de cuentos (Frigoríficos en Alaska), que a mí personalmente me agradó, y que representa un tributo al estilo carveriano.
Para hablar sobre su concepto de la vida, lo mejor es reproducir la opinión de su propio autor, en unas líneas rescatadas de su ensayo On writing: «Es posible, en un poema o en una historia corta, escribir sobre objetos vulgares utilizando un lenguaje coloquial, y dotar a esos objetos (una silla, unas persianas, un tenedor, una piedra, un anillo) con un inmenso, incluso asombroso, poder. Es posible escribir una línea de un aparentemente inofensivo diálogo, y transmitir un escalofrío a lo largo de la columna vertebral del lector (el origen del placer artístico, como diría Nabokov). Ésa es la clase de la literatura que me interesa.
Curiosamente, esa definición de lo que para él es la literatura que le interesa, encaja dentro de lo comúnmente denominado minimalismo. Sin embargo, Carver no se cansó nunca de repetir que él no era minimalista. No le gustaba esa corriente, e incluso consideraba el término como algo peyorativo. El minimalismo, sin extendernos mucho, es un estilo literario que se caracteriza por narraciones muy breves, dominadas por la frase corta y el párrafo corto, con una puesta en escena mínima, pocos personajes, despreciando la acción, el movimiento, la intriga, la trama. Carver, aunque no lo reconozca, era minimalista. Me da la impresión de que en los últimos años de su vida renació en él un interés por modificar su estilo, probar cosas nuevas. Precisamente “Tres rosas amarillas” y el relato que le precede, “Caballos en la niebla”, destacan por desligarse ligeramente de sus anteriores trabajos. De hecho, poco antes de morir empezó a revisar todos sus textos. Él mismo confesó que el hecho de encontrarse en su mejor momento como escritor y como ser humano (sentimentalmente feliz junto a su mujer, la poetisa Tess Gallagher), y libre de esas trabas económicas que le habían asediado durante tantos años, le hacía ver la vida con cierto optimismo que no había tenido antes. Me da la impresión de que lo que le separa de otros escritores presuntamente malditos como Henry Miller, Bukowski o William Burroughs, es que Carver siempre aspiró a ser una persona normal, decente, por llamarlo de alguna manera. La pareja, el matrimonio, los inconvenientes de la convivencia entre seres queridos predominan en casi todos sus textos. Puede que el hecho de no haber conseguido durante tanto tiempo una estabilidad familiar (recordemos que se casó a los dieciséis años, un matrimonio abocado al fracaso desde el primer momento y que le empujó al alcohol) es lo que creó en él ese resentimiento interior que se tradujo en escepticismo ante la vida. ¿Y qué es lo que sí le une a escritores como los antes mencionados? Es un escritor autodidacto, en gran parte autobiográfico, ha sufrido en sus propias carnes la falsedad del sueño americano, reniega del romanticismo y, quizá lo más importante, ni siquiera al tomar un papel y lápiz consigue huir de sí mismo. En este grupo, cómo no, siempre habrá un hueco para el polémico y atroz escritor francés Louis Ferdinand Céline.
Desde luego la literatura de Carver no es para niños. El lector, confiado del tono triste aunque sereno, de la sencillez, de la ausencia de provocación, de su afición a lo cotidiano, es arrastrado, se deja convencer, olvida incluso que está leyendo, y acaba identificándose con esas límpidas imágenes de cruda realidad que todos hemos sufrido en algún momento de nuestra existencia. Quizá su realidad sólo abarca los matices oscuros (de ahí el término de realismo sucio), y prácticamente en ningún momento rezuma aquello de la vida es bella; pero seguramente esa inclinación hacia la negatividad es tan intencionada como necesaria (Carver pensaría que ya había en el mundo demasiados cuentos al estilo “Blancanieves y los siete enanitos”). No en vano, proclamaba que la literatura tenía que estar en directa conexión con la vida. La suya, según él, se dividía en dos etapas: la primera, caótica, marcada por la angustia de un matrimonio a la deriva, y por su alcoholismo (entre 1976 y 1977 fue hospitalizado cuatro veces por su adicción a la bebida), y una segunda etapa, ya como escritor consagrado, sereno ante el giro que habían tomado los acontecimientos. Así se pronunciaba al respecto: «En esta segunda etapa, la posterior a mi vida alcohólica, todavía mantengo cierta sensación de pesimismo.» Justo por ese pesimismo, repartido generosamente por toda su obra, decía yo que no es la suya una literatura para niños; a veces, incluso, me atrevería a decir, ni siquiera para un determinado tipo de adultos. Entonces, la pregunta ahora es: ¿es recomendable la lectura de Raymond Carver, autor de algunos de los mejores cuentos de la segunda década de este siglo? La respuesta es no; de hecho, no suelo recomendarlo a nadie; de la misma forma que no recomiendo la literatura de Dostoyevski, el cine de Woody Allen, la música de Van Morrison o un relajado paseo en soledad una noche de intensa lluvia; a no ser claro, está, que conceptúe a mi interlocutor como un humanista (algo, desde mi punto de vista, todavía menos recomendable).
Carver murió joven, no llegó a cumplir los cincuenta, víctima de un cáncer de pulmón. Pensaba, como supongo que le ocurre a todos aquéllos con inquietudes, que aún le faltaban muchas cosas por hacer. «Me quedan peces por pescar y poemas y cuentos que escribir», confesó poco antes de su muerte. Pero si es cierto lo que dijo a un entrevistador en 1978: «Tú no eres los personajes, pero los personajes son tú», no será muy difícil encontrarle en cualquiera de esos magistrales retazos de vida almacenados en forma de cuentos.
© Francisco J. Rodriguez Criado, 1998



sábado, 23 de julio de 2011

Raymond Carver en la sopa




RAYMOND CARVER
UN CUENTISTA EN LA SOPA

Entrevista a Douglas Unger

Hace unos años un escritor estadounidense se quedó varios meses en Montevideo, dictando clases. Citado para un reportaje sobre su obra, presentó a su compañera, una rubia típicamente norteamericana, de sonrisa amable, como “Amy”. Bastante después, ya avanzado el reportaje, agregó al mencionarse a Carver: “ella es la hermana de Maryann, la primera mujer de Ray”. Pronto un buen porcentaje de la charla pasó a girar alrededor del autor de Catedral.
En cuanto a Unger, nació en 1952 en Moscow, no de Rusia sino de Idaho, y manejó un rancho con su hermano. De la experiencia nació Leaving the Land, que describe el derrumbe de las fincas durante el reaganismo. La novela fue comparada en su momento con Las uvas de la ira de Steinbeck. Para mayor originalidad, Unger hizo su escuela secundaria en Buenos Aires, experiencia expuesta en otra novela, El yanqui. Como suele pasar, las promesas de escribirnos quedaron en nada, y sólo sé que publicó una novela más sobre su experiencia porteña.

E. E. G.

¿Cómo conociste a Raymond Carver?
La primera noticia que tuve de él fue en Chicago, donde yo estaba publicando la Chicago Review. Sus cuentos circulaban manuscritos, de mano en mano. Un día llegó uno a través de un estudiante que había estado en Wisconsin. Era un momento muy experimental de la literatura norteamericana: Pynchon, Coover, Barth. Desde los 18 años, en cambio, Carver escribía ficción realista, escueta. Más tarde me mudé a Iowa, donde conocí a Amy. En el 75 o 76 Carver fue para una lectura. Era su mala época, cuando bebía mucho.

¿Qué impresión te provocó verlo, la primera vez?
Fue en Navidad. Nos íbamos a reunir él, Amy y yo. Me fue a buscar al aeropuerto en un auto hecho mierda, que casi no andaba. Ray era grande, como un oso, y apenas podía entrar en semejante auto para manejar. Me senté a su lado, buscó la botella bajo el asiento y me la ofreció. A los pocos kilómetros ya estábamos borrachos. Llegamos a San Francisco y festejamos durante dos semanas enteras. Más adelante fue a leer sus trabajos, y se quedó unos tres meses viviendo con nosotros.

¿Era muy conversador?
         Charlábamos bastante. Pero en esa época estaba muy deprimido, sin esperanzas, enfermo por el alcohol. Además estaba separado. Hay mucho cuentos con el clima anímico de esa época, como “Por qué no bailan” o “Cuidado”. Ray era ese hombre sin lugar en el mundo. No sabía qué hacer, adónde ir. Entonces tomaba todo el día. Le comprábamos lo que él quería. Y por lo general era alcohol. Sentía tal necesidad que a veces iba a esperar que el negocio abriera (en Iowa son negocios estatales) a las nueve de la mañana.

¿Cómo era su personalidad?
Estaba deprimido, pero lleno de humor negro. Siempre esperando la catástrofe total. Y la catástrofe llegó a él, varias veces. Tenía dos caras: una era el hombre humilde, muy bueno; la otra era la que sus amigos llamaban running dog, el perro que huye. Un costado huidizo, de ladrón, de fuera de la ley. Presentaba la tarjeta de crédito, y después dejaba una cuenta de 3.000 dólares sin pagar, como pasó en la Universidad de Nueva York. Una vez tuvo la idea, con un amigo escritor, yugoslavo, de invitar a todos a una fiesta. Invitaron a todo el mundo literario de Iowa: 40 o 50 personas. Se fueron a tomar por el camino y despertaron en otro pueblo. Mientras tanto decenas de personas llegaban a un departamento con la puerta abierta, pero vacío. Se habían fugado de su propia fiesta.

¿Cuántos hijos tuvo?
Dos: un varón y una mujer. Esa época fue muy dura para toda la familia y para su primera esposa, Maryann. Se separaban y se juntaban, se separaban y se juntaban. Hay muchos cuentos en De qué hablamos cuando hablamos de amor que expresan exactamente lo que ocurrió: “Una conversación seria”, “Una cosa más”. En este último recuerdo con precisión la cena real: yo apagué el fuego que él encendió, y limpié los pasteles de la fiesta en el garaje de su casa.

¿Qué gravedad tenía el problema de la bebida?
Si hubiera seguido así, sin duda habría muerto. Sufría una condición muy peligrosa en que caen algunos alcohólicos: cuando dejan de tomar el sistema reacciona como en un ataque de epilepsia. No podía dejar de tomar sin correr el riesgo de morir en uno de esos ataques. Lo intentó dos o tres veces, y sufrió tanto que los médicos le dijeron que no podía hacerlo solo. A la vez, si seguía tomando, con el hígado arruinado, podía morir en seis meses. Por eso lo llevaron a un centro de desintoxicación en San Francisco, Du­ffy’s Myrtledale, que es el modelo del instituto que figura en el cuento “Desde donde llamo”. Es el mismo clima, en todos los detalles. Cuando entró en el verano del 77 hacía como tres años que no escribía un cuento. Pasó allí un mes entero, y después volvió a San Francisco, a vivir con nosotros.

¿Fue para bien?
Era un ambiente muy peligroso para un ex alcohólico, porque sus propios ami­gos, que se autodenominaban The Cali­for­nia Old Boys, vivían festejando. El día que llegó, apareció uno de ellos con una botella en la mano, ofreciéndole un trago. Pudo resistir como una semana. Después volvió a caer. Alquiló un departamentito con una dueña que aparece en el cuento “Cuidado”. El lugar era tan pequeño que él, tan grande, siempre se golpeaba la cabeza en los ángulos y las cúpulas del departamento. Lo visitaba su mujer, que había dejado el alcohol, y trataba de ayudarlo como podía.

¿Cómo trataba de dejar la bebida del todo?
Le había entrado la idea de que si tomaba champaña todo iba a salir bien. Así que tomaba dos, tres, cuatro botellas de champaña por día. Porque en California es baratísima; sale a dos dólares, dos dólares cincuenta. Nadie la toma sino los estudiantes más pobres. Hay que tenerlo en cuenta cuando se lee el cuento: no se trata de una bebida lujosa. Después volvió a la clínica de desintoxicación, porque no podía luchar solo. Cuando regresó, había aprendido un sistema en Duffy’s. Era tomar una cierta cantidad decreciente durante dos semanas, hasta dejar de tomar. Cada dos horas le llevábamos una onza de alcohol. Después cada tres horas, cada cuatro. Así pudo dejar definitivamente la bebida. Se fue a vivir a la casa de un amigo, y vino su mujer, que vivió con él todo un otoño, hasta la Navidad. También fueron el hijo y la hija, con los que estaba en malos términos.

¿Cómo se llevaba la pareja en esa época?
Bien. Pero no tenían nada de dinero. Ella trabajaba como camarera en un motel y restaurante. Maryann fue muy importante en el desarrollo de Ray. Era inteligente, venía de una escuela privada. De jóvenes leían a Flaubert juntos, bajo los árboles de cerezos.

¿Qué escritores admiraba?
Empezó admirando a Hemingway, a Flaubert y a Chéjov. Pero a los 19 años ya tenía dos hijos: se había casado con Maryann a los 18 y 17, respectivamente. No tuvieron una juventud, ni la oportunidad de tenerla. Iban trabajando y estudiando de un lugar a otro. Ella siempre trabajaba. Incluso en la época en que él tomaba tanto, era profesora de secundaria y había logrado comprar una casa. Fue la primera oportunidad que él tuvo de dedicarse tan sólo a escribir. Pero el alcohol mató esa oportunidad. Después la pareja se deshizo, en MacKinleyville. A partir de allí él viajaba, sin saber adónde ir. En Iowa vivía en un hotel. Maryann regresó, para ver si podían seguir. Él siempre la amó: lo expresó en muchos artículos y en algunos cuentos. Simplemente tuvieron mala suerte: no pudieron sincronizar ni siquiera un poco sus vidas. Y la falta de dinero los destruía. Cuando Ray salió de un curso en Vermont, no tenía dinero para la gasolina. Le prestó un alumno acomodado.

¿Cómo salió de ese período negro?
De a poco. Había empezado a escribir de nuevo. Cosas terribles, como ese cuento de un hombre que no tiene manos y trata de sacar fotos. Es una situación típica de Ray: sentirse rechazado por completo por un hombre que tiene agujas en vez de manos y a la vez fascinado por el problema de cómo puede ese hombre manejar una taza de café (risas). Escribió también “Por qué no bailan”. Eso le dio más confianza para seguir adelante. Pero igual fue una época dura. Íbamos viviendo todos en casas prestadas: ella (señala a Amy) y yo, Ray y otros miembros de la familia. Ray siempre decía que éramos desperate hostages, rehenes desesperados, secuestrados por la sociedad, sin salida.
  
¿Tuvo alguna influencia su demora en publicar un libro?
(Piensa) Sí, el alcoholismo tuvo que ver con el rechazo por parte del mundo editorial. Su primer libro de cuentos, por ejemplo, estuvo listo en el 68 y no se lo publicaron hasta el 76. Fue rechazado por muchas editoriales. Tampoco tenía suerte con los premios: en Iowa se ganó tres años seguidos un segundo premio, que eran de cien dólares, y que no hacían que te publicaran en libro.

¿Cómo conoció a Tess Gallagher?
Fue gracioso. Ray salió de Iowa en un viejo Oldsmobile y el motor estalló a cien millas de El Paso, en medio del desierto. Llevaba sus cosas personales no en maletas sino en bolsas de papel, de supermercado, con todos sus efectos personales. Quedó ahí, en medio de la nada. No sabía qué hacer. Vino una camioneta y pararon. Llevaban una bicicleta atrás. Ray sacó sus cosas y le dijo al tipo y al chico que iban en la camioneta que les cambiaba el Oldsmobile por la bicicleta. Aceptaron encantados. Firmaron los papeles, y se fue en bicicleta a la próxima estación de servicio. Llamó por teléfono al único número que tenía: el de su colega, Tess, que iba a enseñar poesía por un año. Se habían visto sin presentarse en una conferencia, un año y medio antes. Por lo menos se conocían de nombre. Le dijo a Ray: “No seas tonto. Voy a buscarte en mi auto en un par de horas”. Fue, cargaron las cosas, con bicicleta y todo, y llegaron a El Paso. Muy pronto se enamoraron y empezaron a vivir juntos.

¿Cómo fue su relación?
Es interesante, porque las dos mujeres en la vida de Ray eran tan parecidas... Las dos venían de pueblos pequeños del estado de Washington, las dos eran hijas de gente trabajadora: Maryann de un granjero, grande y fuerte, y Tess de un obrero portuario, de un estibador. Maryann muchas veces mantuvo a Ray, y Tess siguió ese rol. Organizaba toda su vida: las comunicaciones, las cartas, las contratapas de sus libros.

¿Lo seguías viendo con frecuencia en esos años?
         Sí, siempre. Seguía teniendo su doble cara, pero expresadas de otro modo. Dejó de hacer las cosas como un ladrón, como antes. Aunque... (ríe) Bueno, en realidad, siempre afanaba algo. Venía a tu casa, agarraba algo, y se lo metía en el bolsillo: alguna cosita pequeña.

¿Cómo vivió él esa época de relativo éxito?
Como un milagro. Muchas veces me llamaba por teléfono y me decía: “¡Tienes que buscar la revista del New York Times! ¡Hay una nota sobre mí! ¡Es un milagro! ¡Quién podría haberlo creído antes!”. Además, siempre celebraba el éxito con los amigos. Te caía de pronto con algo de comer, con las notas recortadas, como un niño en Navidad, para compartir un juguete contigo.

¿Era muy amigo de Tobias Wolff?
Sí. Se conocieron en enero del 78, cuando él había dejado de tomar. También conoció allí a Richard Ford. Eran muy amigos, y formaban una especie de escuela. El cambio en Ray era notorio. Tenía esperanza, la esperanza de que la vida podía contener algo más. Se sentía gratificado por las cosas más simples. Le gustaba ir a pescar o escribir. En esa época pescaba. Además mi universidad, Syracusa, le ofreció un puesto buenísimo. Entró en el 79 y empezó a enseñar. En aquella época McInerney, el autor de Luces en la gran ciudad, esnifaba cocaína, llevaba una vida bastante complicada, quejándose y diciendo “Tengo que salvarme de esta maldita ciudad de Nueva York”. Ray se dio cuenta de que Jay era un tipo inteligente, valioso, y dijo: “Está bien, te consigo una beca en Syracusa”. Lo invitó a estudiar con él, y Jay vino. Escribió esa primera novela bajo la mirada de Tobias Wolff y Raymond Carver. La universidad se fue llenando de sus amigos: él tenía su puesto, después consiguió un trabajo para Tess Gallagher, después consiguió un trabajo para Tobias Wolff, después consiguió un trabajo para mí, después consiguió un trabajo para Stephen Dobyns... (risas) ¡Estábamos todos!

¿Cómo fueron los últimos meses de Carver?
Acostumbraba festejar la aparición de un libro yéndose a pescar a Alaska. Era su pasión: pescar los grandes salmones del mar. En agosto del 87 recibió la noticia de su cáncer. Fue algo muy chejoviano. Ray lo estaba releyendo, y había terminado “Tres rosas amarillas”, ese homenaje hermoso a Chéjov que está entre sus últimos cuentos. Allí Chéjov tose sangre. Mientras Ray escribía el cuento, se resfrió, empezó a toser y de pronto tosió sangre. Se asustó y vino a Syracusa de nuevo. En el 83 había dejado de enseñar, gracias a una beca que le daba 35.000 dólares al año para dedicarse sólo a la escritura. Los últimos cinco años de su vida fueron un sueño para él. Tener la oportunidad de sólo escribir, de poder dejar la enseñanza, le resultaba increíble. Llegó para la operación. En ese entonces siempre hablaba de la “vida vieja” y de la “vida nueva”. Entró a la sala de cirugía diciéndonos: “He vivido la vieja vida y la nueva vida, y ahora voy a otra vida”. Se refería a la nueva vida siguiente.

En Estados Unidos tenemos una expresión: cuando estás en peligro, o enfrentas un problema insuperable, estás “en la sopa”. Ray estaba almorzando el día anterior a la operación, y dejó de comer y dijo: “Estoy mirando la sopa, y estoy en la sopa”.

En los últimos meses escondió la gravedad de su condición a todo el mundo, incluso a Tess, para protegerlos. Les decía que estaba bien, que todo marchaba. Mientras tanto le creció un tumor en el cerebro, que trataron con radiación; se le cayó el pelo y demás. En mayo fue una cosa im­pre­sionante, porque recibió un doctorado honoris causa. Después festejaron su ingreso a la Academia Americana de Letras. Fue aplaudido por el mundo literario de Nueva York. Hubo un lanzamiento de su último libro, Desde donde llamo, y la fila de lectores parecía la de un gran estreno de cine: no cabían adentro de la librería, y se habían ordenado en una fila de dos cuadras. Y Ray me decía, señalándome a las personas: “¡Es un milagro! Es un milagro, ¿no? ¡Toda esta gente viniendo a comprar un libro mío! ¡No lo puedo creer! ¿Puedes creerlo?”. Mucha de esa gente le preguntaba: “¿Có­mo estás? ¿Cómo te sientes?”, y Ray siempre contestaba: “Me siento cada día más fuerte, cada día mejor”. Llegó la mala noticia de que le quedaba poco tiempo de vida. Se casó con Tess Gallagher en junio, y murió el 2 de agosto de 1988. Mientras le daban a todos buenas noticias sobre él, Ray aprovechó la paz para terminar el último libro de poesía. Tuvo que elegir entre visitar y hablar con los amigos, o utilizar el tiempo que le quedaba para terminar esos poemas. Fue a pescar por última vez en Alaska, se enfermó allá, volvió y murió en dos días.


viernes, 22 de julio de 2011

Tess Gallagher / Un largo adiós a Raymond Carver


HISTORIA DE UN LARGO ADIOS
Epílogo de Si me necesitas, llámame
Por TESS GALLAGHER

"Ya se ha acabado", escribí a un amigo en el año que duró la empresa de publicar cinco nuevos relatos recién descubiertos de Raymond Carver. Como poeta, en esa frase quisiera percibir un matiz de plenitud, de perfección. Pero lo cierto es que nunca más volveremos a oír esa voz extraordinaria, cuya clara resonancia e implacable honradez hizo que sus relatos se tradujeran a veinte lenguas a todo lo largo y ancho del mundo.
Tras la muerte de Ray, cuando su traductor japonés, el espléndido novelista Haruki Murakami, vino a verme con su mujer, Yoko, me confió que sentía tan dentro de sí la presencia de Carver que le horrorizaba terminar la edición de sus obras completas. Ahora comprendo la mezcla de júbilo y tristeza que debía de sentir.
Este trabajo me ha procurado la especial alegría de volver a oír una voz que ya parecía fuera de este mundo, de asistir a su inesperada reaparición después de que se hubiera cerrado el telón. Si hoy se descubriera un baúl de manuscritos de Kafka o de Chéjov, todo el mundo se precipitaría a ver su contenido. Y es que somos así: curiosos y nostálgicos, nos dejamos dominar por los familiares fantasmas de quienes admiramos en la literatura y en la vida.
Aun siendo distintas, estas obras recién descubiertas guardan una estrecha relación con las que Ray publicó en vida. Y eso tiene un valor inestimable, porque cuando se ama a un escritor nunca nos cansamos de leerlo, queremos conocer absolutamente todo lo que ha escrito: lo trascendente, lo inesperado e incluso lo inacabado. Sabemos apreciarlo. El valor de estas obras no sólo radica en su conjunto, sino también en los pequeños detalles: la estructura de la frase y la sintaxis, los personajes nuevos o familiares, el desarrollo línea a línea de la narración.
El hallazgo de estos relatos se produjo en momentos diferentes y en distintos lugares. El primero fue en 1999 en Ridge House, la casa de Port Angeles, en Washington, donde Ray y yo vivimos hasta su muerte Mi amigo Jay Woodruff, uno de los jefes de redacción de Esquire me prestó entonces una gran ayuda. El segundo descubrimiento se produjo en el verano de aquel mismo año, citando William L. Stull y su mujer, Maureen P. Carroll, especialistas en Carver, fueron a la biblioteca de la Universidad de Ohio a consultar la Colección William Charvat de Narrativa Norteamericana. Allí, mientras examinaban una caja de manuscritos, se encontraron con dos relatos sin publicar. Me llamaron entusiasmados, el día de mi cumpleaños, para comunicarme la noticia.
Poco después de la muerte de Ray, cuando escribía la introducción de Un sendero nuevo a la cascada, encontré unas carpetas que contenían relatos inéditos mecanografiados y borradores manuscritos. Por entonces no estaba segura de que estuviesen terminados ni de que, en ese caso, mereciese la pena publicarlos. Consideraba que antes de pensar en publicar obras inéditas, primero había que poner al alcance de los lectores todo lo que Ray había querido ver publicado. Me llevó nueve años concluir esa tarea con la aparición de los poemas completos de Ray en All Of Us (Harvill, 1996; Knopf, 1998).
Tras la prematura muerte de Ray a los cincuenta años, en 1988, a consecuencia de un cáncer de pulmón, tuve una infinidad de cosas que hacer. Preparé la edición británica y americana de tres libros suyos; concluí el texto de Carver Country, un volumen de fotografías de Bob Adelman asesoré a Robert Altman en su película Short Cuts, basada en nueve relatos ya publicados; y participé en la realización de tres documentales sobre Ray. Casi todo ello sin dejar de dar clase lejos de casa. Y, además, me las arreglé para escribir tres libros de poemas, un libro de relatos y una serie de ensayos.
A comienzos de 1998, cuando se aproximaba el décimo aniversario de la muerte de Ray, Jay Woodruff me llamó para decirme que le gustaría hacerle un homenaje publicando algo suyo en Esquire "Hay unas carpetas en su mesa", le dije. "No sé si contienen textos completos ni si valen la pena. Pero les echaré una mirada cuando tenga tiempo". Creo que Jay comprendió mi vacilación. De todos modos, contestó: "Tess, cuando te decidas a examinar esas cosas, me gustaría ir a darte una mano".
Jay era exactamente la persona cuya aparición había estado esperando. Respetaba mi trabajo, le encantaba la obra de Ray y sabía cómo preparar un texto para su publicación. Además, como escritor y redactor jefe de una revista, era capaz de apreciar enseguida el valor de un relato. En marzo de 1999 fue a Seattle en avión y luego, después de tres horas de coche y transbordador, llegó a Port Angeles. Al día siguiente, desde las nueve de la mañana a las once de la noche, examinamos cuidadosamente los cajones de la mesa de Ray. Leímos el contenido de las carpetas, lo etiquetamos y fotocopiamos y, finalmente, realizamos una selección. Fue una operación serena, íntima, cargada de resoluciones. Tras la lectura, estaba claro que había tres relatos excelentes. La perspectiva de hacer justicia a aquellos relatos inéditos compensaba con creces el terror que sentía a dejar concluida la obra de Ray. Parecía especialmente adecuado que en aquel descubrimiento participase Esquire, revista en la que, un amplio público lector conoció los relatos de Ray a principios de los años setenta.
Jay se encargó de descifrar y transcribir fielmente la apretada caligrafía de Ray. Uno de los borradores era un manuscrito, los demás estaban escritos a máquina con correcciones a mano. Lejos de encontrar aburrida la tarea, Jay la acometió con gran vigor intelectual. Como me había pasado once años descifrando la caligrafía de Ray, verifiqué las transcripciones de Jay cotejándolas palabra por palabra con el original y rellenando algunos huecos que habían quedado. Eramos conscientes de que en ocasiones Ray revisaba un relato hasta treinta veces. Aquellos los guardó mucho antes de llegar a eso. (En los últimos meses de su vida, Ray abandonó el relato para dedicarse a la poesía y a lo que sería su último libro, Un sendero nuevo a la cascada). Sin embargo, sólo requirieron un mínimo de correcciones. Se armonizaron los nombres de personajes y ciudades, de manera que Dotty no se convirtiera en Dolores a la página siguiente ni Eureka en Arcata. Los desenlaces, en los que Ray siempre trabajaba con mayor ahínco, se encontraban, en algunos casos, en el mismo estado en que se deja una comida cuando suena el teléfono. Mantuvimos la resonancia de esos últimos momentos, dejando que el relato se apagara poco a poco.
Ray había escrito varios relatos de hombres que tratan de empezar de nuevo, sobre todo en "Desde donde llamo". En “Leña” el primero de los relatos inéditos que se publicaron en Esquire el protagonista parte toda la carga de un camión de leña con la esperanza de que le ayude a superar el alcoholismo y la ruptura de su matrimonio. El personaje también es escritor, y en sus vagos intentos de volver a escribir hay un eco conmovedor de los primeros tiempos de nuestra vida en común. Era en 1979, en El Paso, y Ray intentaba escribir de nuevo después de pasar diez años presa del alcoholismo.
De los cinco relatos inéditos, "Sueños" es mi preferido; y también el de jay. En él, una mujer cuyo matrimonio se ha deshecho pierde a sus dos hijos en un incendio. El relato parecía tender un puente en nuestra vida entre Siracusa (donde Ray y yo, como la pareja del relato, dormíamos en el sótano para evitar el calor de agosto) y el Noroeste (donde estalló un incendio en nuestra calle, aunque sin causar víctimas). Reconocí el eco de “Parece una tontería", en el que también muere un niño. En ambos casos admiraba la audacia de Ray al tratar un tema que fácilmente podía haber derivado hacia el sentimentalismo. En "Sueños", los detalles se van escapando poco a poco, como el humo de una chimenea. La acción se desenvuelve en una especie de claroscuro: nada se distingue con precisión hasta que la escena se ilumina de pronto. La vida ha maltratado de tal modo a esos personajes que cualquiera puede reconocerse en ellos.
Los dos relatos que descubrieron Bill y Maureen se remontan a principios de los años ochenta, y ambos tratan de la ruptura de un matrimonio. Uno de ellos, "Si me necesitas, llámame", anticipa una imagen central del relato "Caballos en la niebla" y del poema "Noche con niebla y caballos». En esas tres obras hay unos caballos que surgen misteriosamente entre la niebla en el momento de una fatídica separación. El otro, "¿Qué queréis ver?", parece primo hermano de "La casa de Chef”; en ambos, el marido y la mujer intentan salvar su matrimonio, pero sus heridas son tan profundas que acaban yéndose cada uno por su lado. La imagen final de la comida echada a perder recuerda a "Conservación", que sugería que las relaciones humanas, como los alimentos descongelados, son perecederas, y que a partir de cierto punto no pueden recuperarse.
Tras la publicación en revista de cuatro de los cinco relatos, volví a repasarlos con Gary Fiskejton, editor de Ray. En un momento dado nos dimos cuenta de que estábamos quitando las comas que antes habíamos introducido. Nos reímos y repetimos la cita de Ray según la cual cuando uno se sorprende quitando lo que acaba de poner es que el relato ya está terminado.
Aquí, en el Noroeste, solemos sacar barriles para recoger el agua de lluvia y aprovechar así algunas prodigalidades de la naturaleza. Los barriles de lluvia nos garantizan un amplío suministro de agua dulce, para lavarnos el pelo y regar las plantas. Este libro es como lluvia recogida en un barril, agua caída directamente del cielo. En él siempre encontraremos algo para refrescarnos y acercarnos de nuevo a la vida y obra de Raymond Carver.

Tess Gallagher
Ridge House
Port Angeles, Washington
Enero de 2000

jueves, 21 de julio de 2011

Raymond Carver según Tess Gallagher

Raymond Carver
Ilustración de Ruth Guilly
basada en una fotografía de Bob Adelman

RAYMOND CARVER
(1939 – 1988)
Por Tess Gallagher
Traducción de Jaime Priede

Han transcurrido más de veinte años desde que murió Raymond Carver. En este tiempo su viuda, Tess Gallagher, se ha dedicado a preservar la memoria de su marido. Preparó para el editor la versión definitiva de algunos libros (todo lo que Carver quiso ver publicado) y rescató textos de sus papeles. Si me necesitas, llámame, es resultado de estas búsquedas. El texto siguiente hace parte de Soul Barnacles (ten more years with Ray).

Tess Gallagher y Raymond Carver
Fotografía de Marion Ettlinger

Aunque no haya expresado de esa forma mi dolor por la pérdida de Ray, comprendo que Leonard Bernstein se metiera en la cama durante seis meses cuando su esposa murió de cáncer. De todas formas, en mi familia nadie habría podido darse ese gusto. Tienes que levantarte, hacer el esfuerzo de aparentar normalidad y cumplir con lo que te toca, sin que importe mucho cómo te sientes. Forma parte de la moral de la clase trabajadora, supongo. Y de ahí venimos Ray y yo. Ray me dijo una vez, hablando de la época anterior a nuestro encuentro, que nunca había tenido tiempo para caer en una depresión. La "voluntad de hierro" a la que se refiere en uno de sus poemas es necesaria para la creación y quizá se forje a base de "no tener más remedio que seguir adelante".
Ray y yo aprendimos juntos algo más. Aprendimos a seguir adelante con esperanza. Cuando unimos nuestras vidas hace casi once años en El Paso, Texas, empezábamos a recuperarnos tras haber cruzado un desierto de desesperanza. Entre ambos dejábamos atrás algo así como treinta años de fracaso matrimonial. Más tiempo del que tendríamos para reconstruir la confianza. Buscamos juntos un lugar en el que la confianza fuera nuestra segunda naturaleza y prometimos ayudarnos el uno al otro. Solíamos decirnos: "No me idealices, cariño. No me idealices". Y puedes creerme, para entonces ya habíamos vivido lo suficiente para saber de qué hablábamos.
Puede que sepas la historia. Ray había dejado el alcohol un año antes de irnos a vivir juntos. Se sentía perdido, tenía miedo de no volver a escribir. Se alejaba literalmente del teléfono cuando sonaba. Había tenido que declarase insolvente un par de veces. Aún recuerdo como alzó los ojos al ver mi tarjeta de crédito.  
Ahora me parece que entre los dos logramos que recuperara las ganas de divertirse y algo más, lo necesario para sentir un inmenso placer viendo disfrutar a los demás. Esto no había sido siempre así, desde luego. Tras su muerte he sido la depositaria de todos los recuerdos y las historias que la gente sabía de él. He leído cartas de amigos que le conocieron en el periodo al que luego se refería como "Raymond el Malo", época en la que era, como dijo un amigo escritor, "el hombre más triste que haya conocido nunca". Veinte años después ambos se volvieron a encontrar y su amigo quedó atónito ante semejante transformación.
Theodore Roethke escribió: "Las cosas buenas les pasan a los hombres felices", y yo tuve el privilegio de ver cómo Ray se convertía en un hombre feliz. Recuerdo a menudo lo contento que estaba por el mero hecho de sentirse vivo. Precisamente por eso, lamentaba tener que irse tan pronto. No hay por qué ocultarlo. Si hubiera sido solamente cuestión de voluntad, hoy estaría vivo.
Con todo, Ray, a cada nuevo giro de su enfermedad, se preguntaba qué podía hacer con el tiempo que le quedaba. Eligió trabajar y escribir sus poemas a pesar del pánico que le provocaba su tumor cerebral y más tarde, en junio, la reaparición del tumor en los pulmones. Su respuesta al duro golpe consistió en buscar algo bueno que celebrar y el diecisiete de junio nos casamos en Reno, Nevada. Fue una ceremonia muy carveriana en la pequeña iglesia que está frente al ayuntamiento. Después fuimos a jugar al Harrah`s Club y gané cada vez que me tocaba darle a la rueda. No podía dejar de ganar.
En los últimos días, Ray sabía que su relato estaba llegando al final: "Nos estamos saliendo de esta historia, cariño", me decía. Se consideraba afortunado por ser consciente de ello. Aún tuvo algo que celebrar cuando su publicó aquella primavera Desde donde llamo, su último libro de relatos. Hubo un breve interludio en el sufrimiento mental que le acarreaba su enfermedad y recibió de muy buen grado y lleno de agradecimiento las buenas críticas, el ingreso en la Academy American y el Institute of Arts and Letters, el doctorado en letras por la Universidad de Hartford y la Brandeis Medal for Excellence.
Me siento como si estuviera homenajeando desde la tristeza al artista y al hombre. También a esa particular entidad que fue nuestra relación y que propició la maravillosa alquimia de nuestras vidas, una luminosidad recíproca. Hay un término científico que lo define: mutualidad. Nos ayudamos, nos alimentamos, nos protegimos el uno al otro y, lo que es más importante, en el sentido que le da Rilke a la expresión, protegimos y guardamos la soledad del otro. Siempre nos estábamos preguntando: ¿Qué es lo que realmente importa?
Ray fue mi estímulo para escribir relatos y yo el suyo para sus relatos y sus poemas, poemas de los que logró extraer su propio equilibrio espiritual, porque en el momento de su muerte era, creo, uno de esos escasos seres purificados para quien, como dice Tolstoi, el amor es la única respuesta. Disfrutó cada día la seguridad y el confort con que yo le halagué. Como dijo Simone de Beauvoir a las feministas que le pedían explicaciones por la devoción que sentía por Sartre: "Es que me gusta trabajar en el jardín que está al lado del mío". Echaré de menos trabajar en ese jardín tan real y tan extraño, el jardín de Ray. Todo lo que yo haya hecho crecer en él me fue devuelto con el don de su interés por mi propio trabajo. Tras su muerte, sólo he encontrado consuelo ordenando su último libro. En casa echo de menos su encanto, su risa. También su inagotable generosidad, porque era, antes que ninguna otra cosa, mi mejor amigo.
Todo lo que puedas intuir sobre Raymond Carver, que era un hombre dispuesto a hacer las cosas de manera decente, correcta y generosa, es cierto. Puedo asegurártelo desde dentro. Él era así. Y logró ser así a pesar de llevar una vida bastante complicada. Sus problemas no se terminaron con aquella otra vida de chico malo, como puede comprobarse leyendo sus relatos y sus poemas.
Una de las partes de su último libro se abre con una cita de Robert Lowell: "Sin embargo, ¿por qué no decir qué sucedió?" Me parece que resume perfectamente la actitud vital y literaria de Ray. Se sentía culpable por "lo que había sucedido" y se ganó su redención (también la de alguno de nosotros) con su literatura.
Pocos días después de su muerte, entré en su estudio de Port Angeles, el estudio con el que siempre había soñado, con una chimenea y una vista del valle y las montañas con el mar al fondo, y me senté a su mesa durante un rato. Allí estaba sentada, sin más. Entonces me agaché y abrí un cajón. Dentro encontré una docena de carpetas llenas de ideas para futuros relatos que le habrían ocupado por lo menos hasta 2015. Me duele que no vayamos a tener oportunidad de leer esas historias. Pero no puedo sentirme triste por eso, debo pensar en lo mucho que fue capaz de darnos en tan poco tiempo. Debemos aceptar la suerte que eso supone para nosotros, porque además Ray se consideraba afortunado y estaba agradecido por ello, e hizo todo lo posible para mostrar su agradecimiento al mundo. Y lo logró.
Una semana después de su muerte, estaba con un amigo junto a la tumba de Ray contemplando el Estrecho de Juan de Fuca allá abajo, cuando mi amigo recordó una frase de Rilke: "Y estaba presente en todo lugar, como la hora del atardecer". Termino ya con el último fragmento escrito por Ray:

¿Y conseguiste lo que
querías de esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amada, sentirme
amado sobre la tierra.

NOTA DEL TRADUCTOR:
Publicado en Granta (otoño, 1988) e Incluido posteriormente en el volumen Soul Barnacles (Ten more years with Ray), The University of Michigan Press, 2000.