![]() John William Waterhouse, Las danaides. 1903. Oleo sobre lienzo. |
Introducción a la antropología del agua
Soy una criatura mendaz.
Kafka
El agua es algo que no se puede asir. Como los hombres. He tratado. Padre, hermano, amante, verdaderos amigos, hambrientos fantasmas y Dios, uno a uno todos salieron de mis manos. Tal vez deba ser de esta manera –lo que los antropólogos llaman “peligro normal” en el encuentro con culturas extrañas–. Fue un antropólogo quien primero me habló de este peligro. Él enfatizó en la importancia de decir encuentro en lugar de descubrimiento cuando hablas de estos temas. “Piensa en ello como la diferencia”, dijo, “entre creer lo que quieres creer y creer lo que puedes probar”. Pensé acerca de ello. “Yo no quiero creer nada”, dije. (Pero estaba mintiendo). “Y no tengo nada que probar”. (Mentía de nuevo). “Yo solo quiero viajar por el mundo y detenerme, advirtiendo a lo que hay bajo el cielo”. (Esto, de hecho, es cierto). Cruelmente en este punto, él mencionó una cultura que había estudiado donde las verdaderas y las falsas vírgenes son identificadas por la prueba del agua. Porque una virgen intacta puede desarrollar la habilidad de bucear en aguas profundas pero una mujer que ha conocido el amor se ahogará. “No estoy interesada en lo verdadero y lo falso”, dije (una última mentira) y callamos.
La antropología es una ciencia de sorpresa mutua. Quería preguntarle sobre algunas cuestiones, como si pudiera decirme la diferencia entre paraíso e infierno, pero no lo hice. En su lugar me encontré hablándole sobre las hijas de Dánao. Dánao fue un héroe mitológico de la Antigua Grecia que tuvo cincuenta hijas. Ellas amaron tanto a su padre como si fueran partes de su cuerpo. Cuando Dánao se agitaba en sueños ellas se despertaban, cada una en su estrecha cama, mirando la oscuridad. Entonces llegó el momento de casarse. Dánao encontró cincuenta novios. Fijó el día. Llevó a cabo la ceremonia de boda. Y a la medianoche de la noche de bodas, cincuenta puertas de los dormitorios se cerraron con un golpecito seco. Entonces tuvo lugar algo terrible. Cada una de las cuarenta y nueve de las hijas sacó una espada a lo largo de su muslo y apuñaló a su novio hasta la muerte.
Este crimen arquetípico de la mujer fue recompensado por los dioses con un castigo paradigmático. Las cuarenta y nueve hijas asesinas de Dánao fueron enviadas al infierno y condenadas a pasar la eternidad recogiendo agua en un colador.
Pero sí, hubo una hija que no sacó su espada. Lo que le sucedió a ella queda por descubrirse. Vístete, las aguas son profundas.
Anne CarsonAgua pura (ensayos y poesía)

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