jueves, 17 de octubre de 2019

Jean Rhys / El día en que quemaron todos los libros



Jean Rhys 
BIOGRAFÍA

El día que quemaron todos los libros

Traducción de Enrique Hegewicz



Mi amigo Eddie era un chico bajito y flaco. Se le veían venas azules en las muñecas y las sienes. La gente decía que estaba tísico, y que no duraría mucho en este mundo. Yo le quería, pero a veces le despreciaba.
Su padre, Mr. Sawyer, era un hombre extraño. No había nadie capaz de adivinar qué podía estar haciendo en nuestra parte del mundo. No era hacendado ni doctor ni abogado ni banquero. Tampoco tenía una tienda. No era maestro ni funcionario del gobierno. No era —ésa era la cuestión— un caballero. Teníamos varios románticos residentes que se habían enamorado de la luna o del Caribe: todos ellos eran unos caballeros y absolutamente distintos de Mr. Sawyer, que carecía por completo de señorío. Además, detestaba la luna y todo lo que tuviera que ver con el Caribe, y no le importaba decirlo.
Era delegado de una pequeña compañía de vapores que en aquellos tiempos enlazaba Venezuela y Trinidad con las islas más pequeñas, pero apenas podía ganarse la vida con ese trabajo. La gente imaginó que debía tener algunos ingresos privados, pero nunca hubo nadie que llegase a imaginar por qué motivo había querido establecerse en un sitio que no le gustaba y casarse con una negra. Aunque, no crean, una negra decente, respetable, y bien educada.
Mrs. Sawyer debió ser muy bonita en tiempos pero, entre unas cosas y otras, eso ya era pasado.
Cuando Mr. Sawyer estaba borracho —lo cual ocurría a menudo— solía tratarla con mucha grosería. Ella no le contestaba nunca.
«Ya está la negra presumiendo», solía decir él; y ella sonreía como si supiera que hubiese debido pillar el chiste y no lo hubiese conseguido. «Maldita fisgona, triste mestiza, no hueles bien», solía decir él; y ella no contestaba, ni siquiera para susurrar, «A mí tampoco me gusta tu olor».
Se decía que una vez se atrevieron a celebrar una fiesta con algunos amigos, y que en el momento en que la criada, Mildred, servía el café, él le tiró del pelo a Mrs. Sawyer.
—No es una peluca, lo ven —gritó él.
Incluso entonces, por imposible que parezca, Mrs. Sawver se rió y trató de fingir que todo era parte del chiste, del misterioso, oscuro y sagrado chiste inglés.
Pero Mildred les dijo a las otras criadas de la ciudad que los ojos de la señora habían adquirido una expresión malévola, como los de una soucriant (1), y que después ella misma había recogido algunos de los cabellos que él le había arrancado y los había metido en un sobre, y que Mr. Sawyer debería ir con cuidado (el cabello, al igual que las manos, es obeah).
Naturalmente, Mrs. Sawyer tenía sus compensaciones. Vivían en una casa muy agradable de Hill Street. El jardín era grande y tenían un magnífico mango muy prolífico. Sus frutos eran pequeños, redondos, muy dulces y jugosos, y de un adorable color rojo y amarillo cuando estaban maduros. Quizás era una de las compensaciones, solía pensar yo.
Mr. Sawyer construyó una habitación adosada a la parte trasera de la casa. Por dentro estaba sin pintar y la madera desprendía un olor muy dulce. Las paredes estaban cubiertas de anaqueles de libros. Cada vez que llegaba el vapor del Real Correo traía un paquete para él, y los vacíos anaqueles fueron llenándose gradualmente.
Una vez entré allí con Eddie para tomar prestado Las mil y una noches. Eso fue un sábado por la tarde, una de esas tardes calurosas y calladas en las que te daba la sensación que todo estaba durmiendo, hasta el agua del arroyo. Pero Mrs. Sawyer no dormía. Metió la cabeza por la puerta y nos miró, y supe que odiaba la habitación y odiaba los libros.
Fue Eddie, con sus ojos azul pálido y su pelo color paja —la viva imagen de su padre, aunque a menudo tan silencioso como su madre— el primero que me contagió las dudas sobre «la patria», es decir, Inglaterra. Se quedaba siempre muy callado cuando otros que nunca la habían visto —ninguno de nosotros la había visto nunca— elogiaban sus encantos y hablaban con grandes ademanes de Londres, de las bellas damas de mejillas rosadas, de los teatros, de las tiendas, de la niebla, de los llameantes fuegos de carbón en su invierno, de las comidas exóticas (salmonetes comidos a los sones de los violines), de las fresas con nata. Siempre decíamos la palabra «fresas» con un sonido gutural que, según creíamos, era la pronunciación inglesa correcta.
—No me gustan las fresas —dijo Eddie en una ocasión.
—¿No te gustan las fresas?
—No, y tampoco me gustan los narcisos. Papá se pasa todo el día hablando de ellos. Dice que las flores de allí dejan en ridículo a las de aquí y apuesto a que es mentira.
Nosotros estábamos demasiado escandalizados para decirle, «No tienes ni idea de lo que dices». Estábamos tan escandalizados que nadie le dirigió la palabra en todo el resto del día. Pero al menos yo le admiré. También yo estaba cansada de aprenderme y recitar poemas que elogiaban los narcisos, y mis relaciones con los pocos chicos y chicas ingleses «de verdad» que había conocido no habían sido fáciles. Había descubierto que cada vez que yo decía que era inglesa ellos me desdeñaban altivamente diciendo:
—Tú no eres inglesa; eres una horrible criatura de las colonias.
—Pues no tengo ganas de ser inglesa —decía yo—. Es mucho más divertido ser francés o español o algo así, y de hecho lo soy un poco.
Entonces les parecía rematadamente graciosa, absolutamente ridícula. No solamente era una horrible criatura de las colonias sino además un ser ridículo. Los ingleses eran así: nunca perdían. Yo había pensado en todo esto, profundamente, pero nunca me había atrevido a decirle a nadie lo que pensaba y comprendí que Eddie había sido muy osado.
Y era osado, y más fuerte de lo que nadie hubiera sospechado. Por ejemplo, nunca sentía el calor; cierta frialdad de su blanca piel lo resistía. No se le ponía roja ni se le quemaba ni se ponía moreno, y casi ni siquiera le salían pecas.
Los días de calor parecían llenarle especialmente de energía.
—Ahora daremos dos vueltas corriendo al prado y después tú finges que estás muriendo de sed en el desierto y que yo soy un jeque árabe que te trae agua.
Y añadía:
—Tienes que bebértela despacio, porque si tienes mucha sed y bebes deprisa te morirás.
Y así aprendí la voluptuosidad de beber lentamente cuando tienes mucha sed, de traguito en traguito hasta vaciar el vaso de rosada y fría Coca-Cola.
Justo después de que yo cumpliera doce años, Mr. Sawyer murió repentinamente, y como amiga íntima de Eddie fui al funeral con un nuevo vestido blanco. Me empaparon mi lacio pelo con agua azucarada la noche anterior y me lo peinaron en pequeñas trencitas muy apretadas a fin de que tuviera un aspecto más esponjoso para aquella ocasión.
Después que terminara todo, la gente comentó lo magnífica que había estado Mrs. Sawyer, caminando como una reina detrás del ataúd y llorando a lágrima viva en el momento preciso, y lo extraño que era el chico, porque Eddie no había llorado.
Después de esto, Eddie y yo tomamos posesión de la habitación de los libros. Eramos los únicos que entrábamos, con la excepción de Mildred que barría y sacaba el polvo por la mañana, y gradualmente fue desvaneciéndose el fantasma del tirón de pelo de Mr. Sawyer a su mujer, aunque eso costó algún tiempo. Las cortinas siempre estaban medio bajadas y al entrar desde el soleado exterior tenías la sensación de meterte en una piscina de agua verde oliva. No había más que los anaqueles, una mesa de despacho con la superficie cubierta por un tapete y un balancín de mimbre.
Eddie la llamaba «mi habitación». «Mis libros —decía—, mis libros.»
No sé cuánto tiempo duró esto. No sé si habían pasado semanas o meses después de la muerte de Mr. Sawyer, cuando nos veo a Eddie y a mí en la habitación. Pero estamos allí y están también, inesperadamente, Mrs. Sawyer y Mildred. Los labios de Mrs. Sawyer apretados, sus ojos complacidos. Está sacando todos los libros de los anaqueles y apilándolos en dos montones. Los grandes, gruesos y lustrosos —los bonitos, explica Mildred en un susurro—, la Enciclopedia Británica, Flores, pájaros y animales británicos, varios libros de historia, los libros con mapas, Presencia inglesa en las Indias occidentales, de Froude, y otros semejantes en un montón que será vendido. Los libros poco importantes, los de bolsillo y los que tienen la encuademación estropeada o páginas arrancadas, en otro montón. Van a quemarlos: sí, quemarlos.
La expresión de Mildred cuando lo dijo era extraordinaria: en parte de sumo deleite, pero también escandalizada, hasta asustada. Y por lo que se refiere a Mrs. Sawyer, bueno, yo sabía lo que era el malhumor (lo había visto a menudo), sabía lo que era la ira, pero esto era odio. Reconocí la diferencia inmediatamente y me quedé mirándola con curiosidad. Me acerqué cautelosamente a ella para poder leer los títulos de los libros que distribuía.
Era el anaquel de poesía. Poemas de Lord Byron, Obras poéticas de Milton, y así sucesivamente. Plong, plong, plong: todos iban al montón de los libros para vender. Pero un libro de Christina Rossetti, aunque también estaba encuadernado en piel, cayó en el montón de los que iban a ser quemados, y un parpadeo de Mrs. Sawyer me bastó para saber que había algo peor, infinitamente peor, que los hombres que escribían libros: las mujeres que escribían libros. Los hombres podían ser misericordiosamente fusilados; a las mujeres había que torturarlas.
Mrs. Sawyer no parecía notar nuestra presencia, pero respiraba reposadamente y sus manos arrancaban y lanzaban libros rítmicamente. Estaba, además, muy bonita, tan bonita como el cielo, que era de un color azul muy oscuro, o como el mango con sus largas ramas pardas y doradas.
Ni siquiera miró a Eddie cuando éste dijo «No».
—No —volvió a decir en voz aguda—. Ese no. Lo estaba leyendo.
Ella se rió y él se precipitó contra ella, con los ojos salidos de sus órbitas, chillando:
—Ahora tendré que odiarte a ti también. Ahora te odio a ti también.
Le arrancó el libro de la mano y le dio un violento empujón. Ella cayó sentada en el balancín.
Bueno, yo no quería que me dejaran al margen de todo esto, de modo que cogí un libro del montón de los condenados y buceé bajo el brazo extendido de Mildred.
Luego, estábamos él y yo en el jardín. Corrimos por el sendero cercado de ricinos. Tiramos piedras hacia atrás, aunque ellas no nos perseguían, y pudimos oír la risa de Mildred: jiá, jiá, jiá, jiá. Mientras corría me puse el libro que había cogido en la pechera de mi vestido castaño de holanda. Parecía cálido y vivo.
Cuando llegamos a la calle caminamos tranquilamente, porque temíamos que los niños negros se burlasen de nosotros. Yo me sentí muy feliz, porque había salvado este libro y era mi libro y lo leería desde el principio hasta la triunfal palabra «Fin». Pero cuando me acordé de Mrs. Sawyer me sentí intranquila.
—¿Qué nos hará tu madre? —dije.
—Nada —dijo Eddie—. A mí no me hará nada.
Estaba tan blanco como un fantasma con su traje de marinero, de un blanco azulado incluso en la puesta de sol, y se le había fijado en el rostro la sonrisa burlona de su padre.
—Pero le contará a tu madre toda clase de mentiras acerca de ti —dijo—. Es terriblemente mentirosa. Es incapaz de inventarse ningún cuento para salvarse a sí misma, pero no le cuesta nada inventar mentiras sobre los demás.
—Mi madre no le hará ningún caso —dije. Pero no estaba nada segura.
—¿Por qué no? ¿Porque es...? ¿Porque no es blanca?
Bueno, sabía la respuesta a esa pregunta. Cada vez que se planteaba la cuestión —los antepasados de la gente y si tenían o no alguna gota de sangre de color— mi padre se impacientaba e interrumpía la conversación diciendo:
—¿Cuántos blancos hay? Condenadamente pocos.
De modo que dije:
—¿Cuántos blancos hay? Condenadamente pocos.
—Puedes irte al diablo —dijo Eddie—. Ella es más bonita que tu madre. Cuando duerme sus labios sonríen y tiene las pestañas rizadas y montones y montones y montones de cabello.
—Sí —dije sinceramente—. Es más bonita que mi madre.
Esa tarde había un crepúsculo rojo, un enorme, triste y aterrador crepúsculo.
—Mira, regresemos —dije—. Si estás seguro de que no va a estar enfadada contigo, regresemos. Pronto oscurecerá.
Cuando llegamos a su puerta me pidió que no me fuera:
—No te vayas aún, no te vayas aún.
Nos sentamos debajo del mango y yo le había cogido de la mano. Cuando él empezó a llorar me cayeron en la mano algunas gotas, como el agua que goteaba del filtro del alero en nuestro patio. Entonces empecé a llorar yo también y cuando noté mis propias lágrimas en mi mano, pensé, «Ahora quizás estamos casados».
«Sí, sin duda, ahora estamos casados», pensé. Pero no dije nada. No dije nada hasta que estuve segura de que él había dejado de llorar. Entonces le pregunté:
—¿Cuál es tu libro?
—Es Kim —dijo—. Pero está roto. Ahora empieza en la página veinte. ¿Cuál te has llevado tú?
—No lo sé; está demasiado oscuro para verlo —dije.
Cuando llegué a mi casa me fui corriendo a mi dormitorio y cerré la puerta porque sabía que este libro era lo más importante que me había ocurrido en mi vida y no quería que hubiese nadie delante cuando lo mirase.
Pero me quedé muy decepcionada, porque era un libro en francés y parecía aburrido. Se titulaba Fort Comme La Mort (2)...


(1) Criatura mítica de la religión obeah, equivalente a una bruja vampírica.
(2) Fort comme la mort (Fuerte como la muerte) es la quinta de las seis novelas que escribió Guy de Maupassant

Jean Rhys
Los tigres son más hermosos (1968)



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