sábado, 7 de mayo de 2016

Esteban Carlos Mejía / Las perversidades de Triunfo Arciniegas

El lobo y Triunfo Arciniegas
Ilustración de Mateo Rivano


Las perversidades 

de Triunfo Arciniegas


Esteban Carlos Mejía
El clima anda voluble en Medellín: la calima de marzo, las lluvias mil de abril, los aguaceros de la Santa Cruz en mayo: bocanadas de fuego o frío horrible de 20°, la 
eterna primavera de siempre.
Por Esteban Carlos Mejía
El Espectador, 6 de mayo de 2016

Mi amiga Isabel Barragán no cambia, eso sí, bonita, embriagadora, luminosa. Nos vemos en el café de Otraparte, la casafinca del filósofo Fernando González, en Envigado. Está de rechupete, las feministas (trasnochadas o frescas) perdonen mi desfachatez. Tiene un vestido de lazos, púrpura, medias bosque, cocacolos azul rey, todo de la nueva colección de Bendita Seas.
“Te traje un regalo de la Feria del Libro en Bogotá”, dice. “Un libro infantil…”. Pego un brinco: “¿Estás embarazada o qué?” “¡Mejía! ¡Cómo se te ocurre! Yo soy horra, como algunas yeguas de Nano”. Nano es Laureano, su marido, ganadero de nueva generación. “¿Horra?”. Sonríe, no sin picardía: “Sí, nunca quedo preñada”. Me pasa el traído, Caperucita Roja y otras historias perversas, de Triunfo Arciniegas, con ilustraciones de Mateo Rivano, colección El barco de vapor, de ediciones SM.


“Son 11 parodias o invenciones felices de cuentos casi siempre infelices”, explica Isabel. “Estimulan la imaginación y aguzan la inteligencia. Están escritos para lectores no literales, juguetones, libertarios.” Mientras habla voy hojeando el libro. “Con su literatura, Triunfo se inventa otro mundo, un mundo hermoso, pues es creyente fervoroso de la belleza como razón para vivir”.
“Ajá, como yo”, digo. Isabel arruga los ojos, escéptica. “Él es o parece todo un picaflor”, agrega. “De ahí su inclinación por la perversidad y la tergiversación de la realidad. Por ejemplo, en el cuento que da título al libro, el lobo feroz es una criatura honesta, ingenua, tierna, y Caperucita Roja es una chica depravada, perniciosa, cruel, desalmada. Y así… Los tres cerditos son más astutos que el lobo, y más brutales. Las princesas de sangre azul, negras o bizcas, son habilísimas para entenderse con pulgas y piojos”.
Ilustración de Mateo Rivano

Isabel me muestra El sapo que comía princesas: “Es un alegato contra el adulterio y la infidelidad. El señor de la barba azul se mete con obras y autores clásicos, El gato con botas, Blanca Nieves y los siete enanitos, Pulgarcito, Caperucita Roja, uno de los hermanos Grimm, encarnado en un cerdito, y Charles Perrault, transfigurado en un gato. Triunfo no le hace concesiones a lo políticamente correcto, tan de moda hoy en día”.
Abro los ojos, como si me fueran a echar gotas. Isabel mira para los lados: “Voy a decir algo que te va a escandalizar. Guardando las proporciones, este libro de Triunfo Arciniegas es y será como El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry: les gusta a los niños, pero les gustará más a los grandes, o sea, a los adultos, como tú y yo. Porque todos somos niños mayores de ocho años mientras no demostremos lo contrario”. Suspiro dos o tres veces. Isabel, triunfal, concluye: “Triunfo, a lo Henry James, le dio otra vuelta de tuerca a la escritura de cuentos infantiles. ¡Salud y larga vida!”.



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