lunes, 30 de abril de 2012

Óscar Collazos / Turismo y prostitución


Óscar Collazos
BIOGRAFÍA

Turismo y prostitución

Si se intentara censar a prostitutas y prostitutos que ejercen la profesión de manera regular u ocasional en Colombia, no tendríamos resultados confiables. Sería fácil, en cambio, discriminar la actividad por categorías sociales, calcular de tarifas, determinar el perfil de la clientela y dibujar un mapa de ciudades y sectores donde se ejerce la prostitución de manera permanente o por temporadas.
Uno de los daños colaterales del narcotráfico fue haber estimulado la prostitución -que siempre existió- y haberle rebajado la censura moral y social al hecho de prostituirse. También se la rebajó al hecho de traficar con drogas y matar. Así como corrompió a políticos, jueces, empresarios, policías, banqueros, el narcotráfico corrompió a decenas de miles de colombianas.
El mercado se activó entre jovencitas de barrio y de clase media y media alta, beneficiarias de las bonanzas marimbera y cocalera. Unos años después, la movida se sofisticó al volverse costumbre el corregir en los quirófanos errores y olvidos de la naturaleza en el cuerpo femenino. Una investigación entre adolescentes de colegios y jóvenes universitarias, arrojaría cifras sorprendentes sobre el número de niñas prostituidas con el fin de estar en la onda estética imperante para venderse así mejor.
La industria turística no es la causa directa del aumento de la prostitución. Es su beneficiaria. Tampoco lo son los gobernantes de las ciudades donde se establece y prospera este negocio, lo que no impide que se vuelvan tontos o hipócritas protestando cuando se pone en evidencia. No hay ciudades que tengan el monopolio de la prostitución, pero sí las hay donde el turismo sexual fluye más que en otras.

Y si el destino turístico tiene un toque de exotismo -como en La Habana, Cartagena, Bangkok-, es más difícil impedir que la prostitución alimente otros negocios. El mercado crea redes de apoyo en la legalidad y fuera de ella, que se lucran con el negocio. Y esto incluye la prostitución de menores: cada día es más grande la demanda y más eficientes las redes que se dedican a ello, aprovechando la disponibilidad de la "mercancía".

La prostitución es un mercado que se regula por su propia dinámica. No depende de la felicidad o desgracia de hombres y mujeres, ni siquiera de las crisis o el apogeo económico. Basta una persona que pague por tener sexo y otra que cobre para satisfacer la demanda. La permisividad sexual y la riqueza de muchas sociedades no garantizan tampoco su desaparición. A lo sumo, se consigue una regulación razonable del oficio, con miras a disminuir daños sobre la salud pública.

Es cierto que la pobreza es una de las mayores causas de la prostitución. No es la única. Lo es en sociedades donde la miseria empuja a adolescentes y jóvenes de ambos sexos a la humillación de venderse. También a personas adultas. 

Es el caso de Cartagena, donde la oferta es de todos los niveles, la callejera y la glamurosa de prepagos y "escorts", a pocos metros de la sede del gobierno local. 

El servilismo con que se atiende al extranjero que paga diversión tiene su extremo opuesto en la gritería de las autoridades cuando se pone en evidencia el lado oscuro de la ciudad acogedora, bella y luminosa.

Las circunstancias en las que se produjo el escándalo de los agentes de seguridad de Obama no fueron prefabricadas para la Cumbre. El mercado estaba allí, esperando clientela. Para muestra, el botón de este informe de 2011: 


collazos_oscar@yahoo.es
El Tiempo, 26 de abril de 2012





domingo, 29 de abril de 2012

Juan Manuel Roca / El último adiós a Gonzalo Rojas


Juan Manuel Roca

EL ÚLTIMO ADIÓS A GONZALO ROJAS

BIOGRAFÍA


El poeta colombiano Juan Manuel Roca fue invitado por los hijos del poeta chileno a las exequias de su padre.




"Los días van tan rápidos", solía decir.
           Y bien, a partir de ayer, se nos escondió la figura de Gonzalo Rojas Pizarro, como en uno de los juegos de su niñez, pero se nos aparecerá a cada tanto, cuando nos tropecemos ocasionalmente con un hombre libre y callejero, con la dureza de un rostro de minero, con un caballo montado por un fantasma, con la mirada socarrona de Quevedo, con una tarde fugaz y sonora como un relámpago, esa palabra que iluminaba sus sentidos con solo escucharla.
            El recinto de Bellas Artes donde lo velamos es imponente, casi contrastante con su lenguaje, solo le quita solemnidad la gorra de marinero o de ferroviario, ustedes dirán, que al final del acto ha puesto momentáneamente sobre el féretro su hijo Gonzalo Rojas May.
           Antes de llevarse su cuerpo hacia la morada final en Chillán, ese cuerpo que anduvo el mundo entero a sus anchas, el cuarteto Andrés Bello tocó una dulce pieza musical, el poeta Jaime Quezada proyectó unas palabras sentidas y profundas en nombre de los escritores chilenos, el también poeta y amigo de Rojas Óscar Hann leyó el bello poema Carbón, homenaje al padre que viene de la mina tras la lluvia, con "olor a caballo mojado", y el poeta mapuche Jaime Huenún convocó el poema Sebastián Acevedo, uno de esos libertarios poemas muy suyos, que a veces son como palabras inmoladas.
         A partir de hoy, buscaremos en vano la figura de Gonzalo, su rotundo paso sin pausa por las letras. Pero muchos de sus paisanos no olvidarán los encuentros que propició en la década de los setenta en Concepción, donde trabajó febrilmente trayendo a escritores como Carpentier, Cortázar, Fuentes, Sábato, a dialogar con Neruda,Teitelboim y Parra, entre otros escritores chilenos.
           Otros lo recuerdan como al poeta de un erotismo frutal, como el actor desprevenido del documental Al fondo de todo esto duerme un caballo, realizado por Soledad Cortés, o como el acumulador de premios, el de su colega de Lepanto entre ellos, o como amigo y partícipe del legendario grupo Mandrágora, surrealismo en ristre, o "como el más amigo de nuestros maestros", al decir de Floridor Pérez, uno de los poetas encarcelados por el tiranosaurio Pinochet, que ahora mismo lee otro poema de Gonzalo.
           Cruzan frente a su féretro académicos, escolares, poetas, pintores, músicos, arquitectos, todos amigos de Gonzalo o de su poesía, que es otra forma de la amistad. Todo un pueblo numeroso y conmovido acude al recinto de Bellas Artes.
           A partir de hoy se nos esconderá la figura de Gonzalo Rojas. Se esconderá en el parque de los Artistas, donde mora Claudio Arrau, luego del responso de rigor. Se esconderá él, de puro caprichoso que es, pero no su palabra, esa palabra que asaltó un buen discurso escrito y leído por el ex presidente Ricardo Lagos, de estirpe gonzaliana, y otro que escribió el actual presidente, Sebastián Piñera, que, antes que mandatario, ha sido un reconocido editor.
           Otro de los legados de Rojas, aparte de su lección de humanismo y vitalidad, de su poesía y su terquedad de piedra, reposa por un breve tiempo en los anaqueles de su vivienda, veinte mil libros que la familia Rojas May, con tino y sobriedad entregará por deseo expreso de su padre, para que, como toda biblioteca, salga a la calle, sea "un organismo vivo" en varios lugares, para que sus páginas den su vuelta al mundo en algo más que ochenta días. Algunos, incunables; otros, acunados y acuñados de vieja data, testigos de 93 años de ejercer la libertad y el humor, el amor y el rigor, a un mismo tiempo.
         Me resulta emotivo y honroso que sus hijos hayan querido que viniera desde Colombia a decir unas palabras en su velación, tal vez por el afecto que nos unió, pero sobre todo por venir de un país que siempre lo consideró un compatriota en el mapa de la poesía, uno de los más grandes renovadores de la lírica hispanoamericana. Este fue mi puñado de palabras, antes de su viaje de regreso a Chillán:

     

      Manojo de silencios
      Para Gonzalo Rojas

         
          Si hay algo a lo que siempre se opuso Gonzalo Rojas Pizarro fue a convertirse, como tantos otros peregrinos de la poesía, en un novio de la muerte. Para ello, no se blindó con la coraza del miedo, sino con la razón de quien sabe sacar del socavón de los días, como lo hacía su padre minero, trozos de luz para ayudarnos a habitar, por un tiempo más, el oscuro laberinto.   
          Creo que Gonzalo sigue ejerciendo su carácter libertario, ese que lo llevaba a festejar la infancia del relámpago, su fugacidad atronadora. "Los días van tan rápidos", solía decir, devorado por un hambre de lejanía y una sed de mañanas.         
          Volvemos a su poesía como se vuelve a un pozo de amor y libertad. Ahora mismo esconde, tras su sonora risa, un par de alas, la voz de quien oficia la religión sin feligreses, que es la verdad, una verdad pulsada y diseminada sin otro beneficio que agitarla, una verdad inventada a riesgo de ser declarado reo ausente de la más mísera realidad.         
          Por esa vocación de habitar y ser habitado por la verdad y por los otros es por lo que pudo expresar con llaneza su "Paul Celan soy yo", como poniéndose en la piel de uno de los amenazados por las manos sucias y necrosadas del nazismo. Por esa misma vocación, siempre sostuvo un pulso con los que se abrogan el derecho a matar o a desaparecer, decisiones que toman mientras miran con impaciencia su necrómetro.        
          Nunca, antes de que me tropezara con Gonzalo Rojas, me encontré con alguien tan indiviso entre decir y hacer, entre el hablar y la escritura, entre el pecho bien habitado y el ademán fraterno y generoso que tenía para sus congéneres poetas.         
           En uno de sus tantos espléndidos poemas, Cuerdas inmóviles, nos conmina ante el ausente a no llorar: "¿qué sacan con llorar?, / con ser, qué sacan?, el resurrecto es otra cosa/ y ahí va remando despacito". ¿Por qué no pensar que Gonzalo rema, ahora, despacito, como un barquero de sí mismo? Yo lo veo al remo de sus versos, de esa gran barca de imágenes espléndidas con las que nos dotó para el camino.           
           Gonzalo, aunque usted nunca entendió la poesía como un ejercicio de mesianismo, bueno es decirle que más que como una prótesis, que más que como un remedio de un viejo terapeuta de los caminos, su palabra y sus sonoros silencios viven en nosotros, hasta nueva orden.


http://m.eltiempo.com/gente/exequias-del-poeta-gonzalo-rojas/9230891



sábado, 28 de abril de 2012

Juan Manuel Roca / Uno que no fue a la guerra ni que le hace falta



Juan Manuel Roca
Bogotá, 2010
Foto de Triunfo Arciniegas

Juan Manuel Roca
UNO QUE NO FUE A LA GUERRA
NI FALTA QUE LE HACE
Por José Ángel Leyva 

Juan Manuel Roca
Cúcuta, 2008
Foto de Triunfo Arciniegas

Vi y escuché por primera vez a Juan Manuel Roca en la Casa de Poesía Silva. Días antes, yo había leído por primera ocasión ante un público colombiano, atento, entregado, generoso. Él llegó a leer acompañado de un grupo de muchachos con quienes había compartido unos aguardientes. María Mercedes Carranza, directora del recinto, hizo la presentación del poeta. Antes de empezar sus textos, Juan Manuel habló de una realidad virulenta que asolaba a su país, una guerrilla que recurría al terror para combatir el terror de los paramilitares y los embates de la milicia colombiana. Tres ejércitos, descritos, por cierto, de manera magistral por el narrador colombiano Evelio Rosero en su novela titulada, justamente, Los ejércitos.  En mayor o en menor medida, cada brazo armado practica la crueldad como estandarte de la felicidad y la justicia; el miedo como recurso de persuasión entre los más débiles y desamparados. Junto a todo ello la descomposición social, la frustración, la desesperanza entreverada con la guerra del narco y la inseguridad pública. El hermano de la poeta María Mercedes Carranza estaba secuestrado por la guerrilla y se temía que ya estuviese muerto, como tiempo después aconteció. Roca destacaba el uso de eufemismos para justificar lo injustificable, para nombrar de otra manera el horror. Las FARC empleaban términos como "pesca milagrosa" para "retener", es decir,  secuestrar a las personas que viajaban por carretera. Podía darse el caso de que entre los elegidos de modo aleatorio, gente del pueblo, hubiese alguien que no sería canjeable por prisioneros de guerra, sino considerado como botín para exigir rescate. Los campesinos expulsados por los militares, paramilitares y narcos, era llamados desplazados. En esa suerte de poética de la destrucción emparentada con la "Madre de todas las batallas", "Tormenta en el desierto" o "bombardeo inteligente" practicado a escala mundial. De esa realidad ajena a la mía hablaba el poeta Roca, una situación donde los alzados en almas cambiaban los términos, contra la violencia: la fuerza de la poesía.
 


          Juan Manuel leyó entonces varios poemas que me dieron una idea clara del porqué la sala estaba llena de jóvenes, de por qué lo escuchaba con tanta devoción y embeleso un público para quien la palabra representa la opción de mundos diferentes. Uno de sus poemas fue la llave de acceso al universo ético que lo determina, a su poética, un texto que ha sido rebato de campanas y un abrazo: "Arenga de uno que no fue a la guerra". 


      Allí descubrí uno de sus primeros peldaños, luego inicié un reconocimiento de una compleja escalera que va de lo hondo a lo alto, de lo inmenso a lo breve. Desde ese momento, me parece, hallé un alma alzada en sus propias batallas, comunidades enteras asiladas en sus versos. Juan Manuel es uno de esos hermanos con quienes uno conversa de un mismo país, de  una misma nación, pero sobre todo, de un camino que se diversifica y se interroga. No hay certezas, hay deseos.
    La congruencia de Roca no se descubre en la obviedad del drama, en el sentimentalismo íntimo o en el de su entorno. Su poesía está desprovista de evidencias y proclamas; por el contrario, se nutre del misterio que hay en el corazón de las cosas, en el enigma de la luz meridiana que nos pasa de noche, en el vacío de los imperativos categóricos, en el despojo del ser por el tener. No hay lecciones ni enseñanzas, no hay denuncias ni señalamientos. Hay una visión o visiones urdidas en la paradoja, en la ironía, más no en la desesperanza. El brillo de la inteligencia no es un reflector obsceno, apenas una tenue luz que hiende sombras y sugiere sueños. No obstante, en sus versos se respira un ánimo de justicia, de claridad en los significados, de impulso orgánico que no sólo pretende un discurso inteligente, conceptual, conciso, sino además que transmita el movimiento animal de su andadura. Por algo el chileno Gonzalo Rojas lo presenta en Cantar de lejanía, la antología publicada por el Fondo de Cultura Económica (2005), como “un poeta pura sangre”, que “hace diana hasta cuando respira”, para dejar en claro que la palabra de Roca es certera, veloz, vital. Confirma lo que sus lectores y amigos sabemos, su congruencia está en el paisaje y los sentidos, entre la idea y la palabra, entre la expresión y el suceso, entre el ojo y la imagen.

   La épica de esta poesía no radica en la narración o enumeración de los hechos, sino en su revelación, en los numerosos vínculos que aproximan tiempos y espacios de hombres y fantasmas, culturas, lenguas, presagios, sensaciones que tienen lugar o incuban su noticia. De qué otra cosa habla la poesía si no es de la memoria de las emociones, de aquello que la historia no registra porque es algo subjetivo y a la vez universal, ese algo que se repite de manera incesante pero siempre se revela como novedoso, emergente, invisible; de ese lugar común donde abrevan las tribus humanas como si nunca antes hubiese sucedido, como experiencia única. Juan Manuel Roca es de esos poetas capaces de mostrar secretos públicos como experiencias privadas. Su lirismo toma distancia de lo confesional y la infidencia. Pero su pertenencia a ese universo de aparecidos es un hecho. Él es, junto con todas sus criaturas, la causa y el efecto. Es el cuadro y es el ojo, el mensaje y el transporte. No habla de sí, habla para sí.

Juan Manuel Roca
Juan Manuel Roca, 2009

  Son recurrentes en la obra poética de Roca la ceguera, la noche, las señales, el anonimato, la inexistencia, la identidad, los ángeles o mensajeros, la muerte y los fantasmas, los aparecidos, lo invisible, la pintura, los sonidos, el misterio, y esa memoria en el doblez del verbo de monólogos y cantos. Por allí pasan los romanos, cuya marcha en el tiempo se entrevera con la de corceles y jinetes detenidos en sus gestos, con tiranos y demagogos estampados en las ruinas.
   En síntesis, la obra poética de Juan Manuel responde a la mirada, al diálogo, a una intención plástica que busca hacer visible lo invisible. Una voz personal que lo sitúa entre los poetas fundamentales de su país y una de las propuestas más particulares de Iberoamérica.  Roca da color y forma al conjuro, le otorga una fuerza que impide se estacione en un significado, por eso puede lavar el agua en los instantes que transcurren, invocar a nadie a sabiendas que alguien se dará por aludido, trazar líneas que desembocan en parábolas o en cuadros que van de Magritte a Chagall, de Goya a Posada, de Van Gogh a Bacon, de Velázquez  a Munch, de Degas a Bacon. Su bagaje cultural está al servicio de esa elaboración estética que nunca pierde de vista –ni siquiera con el tacto– la presencia de los otros, la luminosidad de los ciegos. Juan Manuel nos coloca en cada libro ante una galería de asombros o ante un museo de alegorías y espejos.

    Y en ese espejo es que hemos comenzado a vernos, no en la “Canción del que fabrica los espejos”, sino en el poema que titula “Panfletos”:  “Es hora de despertar al país de los idiotas: la noche petardea en las comisarías, resuena en este panfleto escrito contra lobos y canarios. / Es hora de despertar dulces idiotas /(…) / En mi sueño era de ver nuevamente la Comuna humeante y hombres presurosos repartiendo boletines de otros sueños, Comuneros del país de la guadua, levantiscos hombres de piel enamorada.”


   Para un hermano, que no es Caín ni es Abel, para un hermano que admira lo que el otro hace, es siempre motivo de alegría los reconocimientos que se le hagan. Con Juan Manuel Roca comparto el amor por México y Colombia, pero sobre todo me hermana la lealtad a la palabra, la correspondencia entre la realidad y otros mundos posibles.Me honra que esta noche se me haya invitado a presentar al autor de ensayos, crónicas, antologías, diccionarios, entrevistas, para hablar solo del poeta. Un poeta que nos hace volver los ojos a Latinoamérica como a nosotros mismos, para no olvidarnos de esa cultura que este colombiano, tan mexicano como cualquiera de nosotros, nos comparte y nos revela. La cultura, esa enorme herencia que debemos defender, proteger, cultivar, para que los desaparecidos y los invisibles tengan nombre e identidad, para que a nadie avergüence la pertenencia a una nación sin corruptelas e injusticias, desigualdades, y para que este país, este luminoso país, no sea más el país de los idiotas. Muchas gracias Juan Manuel por tu poesía, gracias José de Jesús Sampedro por esta ofrenda a la esperanza, gracias Gobernadora Amalia García por abrir las puertas a la inteligencia y a la imaginación, gracias David Eduardo Rivera por apoyar la posibilidad de recuperar el aliento y exorcizar la violencia. Querido Juan Manuel, desde ahora ya eres, aquí, en Zacatecas, también ciudadano de la noche. Muchas felicidades.





Nota: Este el discurso de José Ángel Leyva, director de Dos Filos, en la ceremonia de entrega del Premio Internacional Ciudad de Zacatecas, el 5 de diciembre de 2009, al poeta colombiano Juan Manuel Roca.



viernes, 27 de abril de 2012

Juan Manuel Roca / Botellas de náufrago

Naufragio en el estrecho de Magallanes
Foto de Marcelo Vera
Juan Manuel Roca
BOTELLAS DE NÁUFRAGO

En la pequeña habitación en donde vivo
Como Jonás en el vientre de un cetáceo,
Pienso: quizá los poemas sólo sean
Mensajes enviados por un náufrago,
Botellas con gritos pobremente escritos
Que acaso vayan desde el mar de los silencios
A las playas del olvido.
Pero he aquí que lanzo una botella y otra,
Y una última habitada por mis miedos.
En la pequeña habitación en donde vivo
Como Jonás en el vientre de un cetáceo,
Van quedando pocas botellas del naufragio.


Juan Manuel Roca
País secreto
Bogotá, Ediciones El Caballero Mateo, 1987




Rafael Escalona / Cuando el vallenato se vuelve alta poesía
Juan Manuel Roca / Epigrama del poder
Juan Manuel Roca / Días como agujas
Juan Manuel Roca / Carta en el buzón del viento
Juan Manuel Roca / Una carta rumbo a Gales
Juan Manuel Roca / La poesía
Juan Manuel Roca / Botellas de náufrago
Juan Manuel Roca / El último adiós a Gonzalo Rojas
Octavio Escobar / Cielo parcialmente nublado / Apreciaciones
Juan Manuel Roca / Dos poemas
Juan Manuel Roca / Tres poemas

jueves, 26 de abril de 2012

miércoles, 25 de abril de 2012

Juan Manuel Roca / Una carta rumbo a Gales


Juan Manuel Roca
UNA CARTA RUMBO A GALES


Me pregunta usted dulce  señora
Qué veo en estos días a este lado del mar.
Me habitan las calles de este país
Para usted desconocido,
Estas calles donde pasear es hacer un
Largo viaje por la llaga,
Donde ir a limpia luz
Es llenarse los ojos de vendas y murmullos.
Me pregunta
Qué siento en estos días a este lado del mar.
Un alfileteo en el cuerpo,
La luz de un frenocomio
Que llega serena a entibiar
Las más profundas heridas
Nacidas de un poblado de días incoloros.

¿Y el sol?
El sol, un viejo drogo que ha lamido esas heridas.
Porque sabe usted, dulce señora,
Es este país una confusión de calles y de heridas.

La entero a usted:
Aquí hay palmeras cantoras
Pero también hay hombres torturados.
Aquí hay cielos absolutamente desnudos
Y mujeres encorvadas al pedal de la singer
Que hubieran podido llegar en su loco pedaleo
Hasta Java y Burdeos,
Hasta el Nepal y su pueblito de Gales,
Donde supongo que bebía sombras su querido Dylan Thomas.
Las mujeres de este país son capaces
De coserle un botón al viento,
De vestirlo de organista.

Aquí crecen la rabia y las orquídeas por parejo,
No sospecha usted lo que es un país
Como un viejo animal conservado
En los más variados alcoholes,
No sospecha usted lo que es vivir
Entre lunas de ayer, muertos y despojos.



Juan Manuel Roca
País secreto
Bogotá, Ediciones El Caballero Mateo, 1987




Rafael Escalona / Cuando el vallenato se vuelve alta poesía
Juan Manuel Roca / Epigrama del poder
Juan Manuel Roca / Días como agujas
Juan Manuel Roca / Carta en el buzón del viento
Juan Manuel Roca / Una carta rumbo a Gales
Juan Manuel Roca / La poesía
Juan Manuel Roca / Botellas de náufrago
Juan Manuel Roca / El último adiós a Gonzalo Rojas
Octavio Escobar / Cielo parcialmente nublado / Apreciaciones
Juan Manuel Roca / Dos poemas
Juan Manuel Roca / Tres poemas




martes, 24 de abril de 2012

Juan Manuel Roca / Carta en el buzón del viento



Juan Manuel Roca
CARTA EN EL BUZÓN DEL VIENTO

Sin saber para quien,
Envío esta carta puesta en el buzón del viento.
Oscuros hombres han merodeado a mi puerta
Con gabanes abultados por la escuadra de una lugger,
Y en la noche, mientras leía a mis viejos poetas enlunados,
Una legión de sombras ha roto mi ventana.

No son duendes.
No son fantasmas los habitantes de este ebrio rincón del mundo,
Y sin embargo,
Nos hemos visto dando nombres propios a un vacío:
Hay un poblado de hombres desaparecidos
Y es frecuente escuchar en las calles y en los bares
A las gentes que hablan de abandonar un país como un barco
                                                                                        que naufraga.


Sin saber para quién,
Escribo esta carta puesta en el buzón del viento,
Desde una nación donde alguien proscribe el sueño,
Donde gotea el tiempo como lluvia envilecida
Y la risa es condenada por traición a los espejos.

No sé a quién pedirle que abra su ventana
Para que entre esta carta puesta en el buzón del viento.



Juan Manuel Roca
País secreto
Bogotá, Ediciones El Caballero Mateo, 1987




Rafael Escalona / Cuando el vallenato se vuelve alta poesía
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