lunes, 29 de diciembre de 2014

Mark Strand / Un poema no tiene por qué tener sentido


Mark Strand

BIOGRAFÍA

“Un poema no tiene por qué tener sentido”

El poeta norteamericano Mark Strand, fallecido el 29 de noviembre, habló en 2012 con Babelia. La entrevista, inédita, rescata sus reflexiones sobre el género



    El poeta Mark Strand en 2013 en Nueva York. / SARAH SHATZ
    Una mañana de mediados de septiembre de 2011 durante el Brooklyn Book Festival, Mark Strand (Prince Edward Island, Canadá, 1934 - Nueva York, 2014) leyó en un pequeño escenario. Strand medía más de un metro noventa, tenía un aire a estrella de Hollywood —si las estrellas fueran en la vida real tan apuestas como en las pantallas—. Discreto, con un tono cercano y distante a un mismo tiempo, aquella mañana en Nueva York compartió tres breves "piezas en prosa". Así era como a este poeta laureado de Estados Unidos, ganador del Premio Pulitzer y de la beca McArthur, entre muchos otros galardones, le gustaba referirse a sus últimos trabajos, que reunió en Casi invisible (Visor), la colección que llegó a las librerías estadounidenses a principios de 2012 y a las españolas esa misma primavera. Aquel fue el último libro con versos nuevos de Strand, que falleció el pasado sábado 29 de noviembre.
    A pesar del viento, de la temprana hora y de que la poesía no es un género que normalmente invite a la risa, aquella mañana en Brooklyn las carcajadas entre el público no cesaron. "La ironía se me da bien. Creo que tiene que ver con mi escepticismo", decía meses después, en el verano de 2012, sentado en el salón de su apartamento en el barrio de Chamberí en Madrid.

    Puedes decir cualquier cosa que quieras de la nada, sin asumir la responsabilidad de que sea algo

    Se trasladó a esta ciudad unos meses antes y trajo consigo su librería, cuadros, alfombras navajas y kilims, y buena parte de su mobiliario, que colocó en aquel inmenso piso de techos altos, molduras y ventanales. Aún pasaba los otoños en Nueva York donde impartía clases en la Universidad de Columbia. "Probablemente no habría venido aquí si no es por mi pareja, Maricruz, pero esta es una ciudad bonita y, aunque no conozco a mucha gente, soy bastante solitario por naturaleza", explicaba entonces. El traslado también le permitió retomar el español, un idioma que aprendió en los múltiples traslados que en la infancia y adolescencia vivió con su familia por Colombia, Perú, Cuba y México, entre otros lugares.
    Con Casi invisible, Strand, una de las voces poéticas más dotadas, elegantes, inteligentes y personales del mundo anglosajón, rompió un silencio, que había durado seis años, desde la aparición de Hombre y camello en 2005 en EE UU. Le gustaba decir que pudo escribir aquel nuevo libro porque estaba bajo la ilusión de que era prosa. "La poesía era demasiado difícil", explicaba. "Mi insatisfacción con los poemas que escribía había llegado a tal punto que no me apetecía trabajar en ellos y ni siquiera escribirlos. Me sentía agotado de escribir poesía". Así que encontró una vía de escape en estas piezas en prosa, donde volvió a construir el mundo extraño, distante e inquietantemente humano que caracteriza su poesía, desde que en 1963 publicara su primer libro de versos. "Ahora me doy cuenta de que estas piezas me han hecho expandir lo que considero poesía", reflexionaba.
    También retomó casi al mismo tiempo su faceta como pintor, su vocación original cuando entró en Yale y atendió las clases de Joseph Albers. Una querencia por la pintura que, de alguna manera, respira en sus poemas y en otros trabajos, como el libro Hopper (Lumen). En un taller en Hell’s Kitchen producía él mismo sus papeles pintados, mezclando pulpas de colores. Secos los traía a España y ahí los recortaba y pegaba.
    A Strand le gustaba hablar de poesía, de la musicalidad de los versos y de cómo el sonido en sí mismo es parte del significado, el vehículo esencial para dotar de sentido un poema. "El poeta quiere seducir al lector para hacerle entrar en el mundo del poema, y este mundo tiene que ofrecer un ritmo distinto del que hay en el exterior. Es una forma gentil de enganchar", apuntaba. Puede que fuera por su larga carrera docente, que corrió en paralelo a sus versos desde sus comienzos como profesor-alumno en el Taller de Escritores de Iowa—donde conoció y trabó amistad con Philip Roth— o puede, simplemente, que fuera resultado de una mirada ajena a los excesos verbales o sentimentales, pero Strand hablaba sobre el género de la poesía con la misma claridad y falta de aspavientos que recorre su obra: "Los poemas pueden ser reflexivos o invitar a la reflexión, pero también pueden ser simples y ligeros, pueden ser algo grato para el oído, una música verbal que no tiene por qué tener sentido. Nos olvidamos de que un poema es en primer lugar y sobre todo una experiencia, no necesariamente un vehículo para el significado. ¡En la vida experimentamos tantas cosas que no entendemos! Se puede rechazar o aceptar esa experiencia sin un conocimiento de qué es exactamente lo que hemos experimentado". Strand levantó una ceja por encima de la montura de sus gafas, y añadió que finalmente la mayoría de los poemas contienen significados, algo que resulta afortunado para todos aquellos que se acercan a este género esperando algo más. "Es casi imposible no decir nada cuando uno usa el lenguaje", matizaba irónico.

    El poeta quiere seducir al lector para hacerle entrar en el mundo del poema, y este mundo tiene que ofrecer un ritmo distinto
    Mark Strand
    La nada es un tema recurrente en su obra, la no materia, el ni siquiera vacío, que asoma inquietante en sus versos. En los días en los que se celebró la entrevista preparaba una conferencia sobre el tema que leyó en unos talleres literarios enSewanee, Tennessee, aquel verano. ¿Escribir sobre la nada no es una contradicción? "Lo cierto es que es un asunto bastante atractivo porque puedes decir cualquier cosa que quieras de la nada, sin asumir la responsabilidad de que sea algo", dijo con media sonrisa.
    A partir de la cita de Dickens con la que se abre Casi invisible("Caballeros", respondió el señor Micawber, "hagan conmigo lo que les plazca. No soy más que una brizna en la superficie del mar, y soy lanzado en todas direcciones por los elefantes —disculpen: debí decir por los elementos"), la proximidad entre lo serio y lo ridículo atraviesa esas páginas: "Sí, unas pocas sílabas pueden marcar la diferencia entre lo absurdo y lo abismal. El humor y la seriedad están a veces unidos inextricablemente", apuntó.
    Strand defendía la idea de que la experiencia en un poema se produce cuando el mundo y la identidad del poeta se encuentran, en lo que describía como un espacio "mínimamente diminuto". Él recordaba como un momento feliz su realidad cotidiana durante los ocho meses que pasó escribiendo Casi invisible. "Me permití ser tan prosaico o humorístico como quisiera, sin preocuparme sobre si esto era o no poesía. Hay parábolas, bromas, cuasipoemas, hay muchos disfraces", explicaba. Por ejemplo, en ‘Eternidad provisional’ escribió: "Un hombre y una mujer en la cama. ‘Sólo una vez más’, dijo el hombre, ‘sólo una vez más’. ‘¿Por qué sigues diciendo eso?’, dijo la mujer. ‘Porque no quiero que termine nunca’, dijo el hombre. ‘¿Qué es lo que no quieres que termine?’, dijo la mujer. ‘Esto’, dijo el hombre, ‘este no querer que termine nunca".
    El espíritu lúdico, puro Strand destilado con su peculiar mezcla de abismo existencial y humor, cala en los versos de este último libro, el primero que alteró su método de afrontar la escritura. Por primera vez, Strand arrancó con una lista. "Antes cuando escribía poemas, me rebanaba la cabeza pensando en los títulos para acabar con algo tan banal como ‘la noche’ o ‘la puerta", decía fingiendo un tono ampuloso. Pero con Casi invisible dejó de lado la autocensura, se soltó y probó cosas más extravagantes. Ahí están como prueba los títulos de las piezas en prosa o poemas ‘Un banquero en el burdel de las mujeres ciegas’ y ‘El trabajador social y el mono’.

    Un poema es en primer lugar y sobre todo
    una experiencia, no necesariamente un vehículo para el significado
    Mark Strand
    Entre el microrrelato y el poema surgió el extraño, divertido, inteligente y profundo territorio deCasi invisible. Pero Strand a pesar de todo esto, de la mezcla que parecía regir su libro, se declaraba a favor de la diferenciación entre géneros: la caída de las barreras es liberador, claro, pero le gustaba la idea, por ejemplo, de que existiera la escultura y la pintura, y que no todo quede incluido en la etiqueta artes plásticas. ¿Pero lo híbrido no ofrece una visión más realista o verdadera de la vida? "El realismo no me atrae, y no sé muy bien qué es la verdad, puesto que cambia constantemente. Los políticos en Estados Unidos o en España son tan capaces de mentir que la verdad parece algo demasiado provisional en lo que creer".
    Al verle y leerle parecía una obviedad, pero Strand lo que defendía era la elegancia: "Mucha gente piensa que está divorciada de la realidad: la realidad es brutal y la elegancia una falsificación. Yo no pienso que tenga que ver una cosa con la otra. Hay arquitectura brutalista muy conmovedora". Y sobre el síndrome de la novedad constante que parece dominar el tiempo presente se mostraba también irónicamente escéptico. "Puedo ver la necesidad de acabar con lo viejo y crear lo que algunos llaman nuevo", apuntaba antes de recurrir a un simil gastronómico. "Repetir lo ya hecho es como comer la misma cena todos los días. Es divertido probar comidas nuevas, menús y restaurantes, pero hay que ser cauto, porque es difícil juzgar su valor, los estándares viejos no pueden aplicarse. Esto es el lujo de lo nuevo. ¿Quién puede decir que algo es una basura cuando simplemente nunca ha visto o probado nada parecido?".
    El casi invisible que titula su colección parece una aguda broma más en este contexto. Él sentía que conectaba con la práctica invisibilidad de la poesía como género, algo en lo que Strand a pesar de su altura, se sentía cómodo. "Me cuesta admitirlo, pero quizá este libro responda a mi impulso por entretener, sin perder, enteramente, mi integridad".
    Casi invisible.Mark Strand. Traducción de Julio Trujillo. Visor. Madrid, 2012.
    Hombre y camello. Mark Strand. Traducción de Dámaso López García. Visor. Madrid, 2006.
    Hopper. Mark Strand. Traducción de Juan Antonio Montiel. Lumen. Barcelona, 2008.





    Mark Strand / El verso que vive

    Mark Strand

    BIOGRAFÍA

    El verso que vive



    Hay una sorprendente continuidad de experiencia profunda en la poesía de Mark Strand que consiste en que en ella la existencia se percibe como esencialmente frágil y efímera, amenazada siempre por el vacío, la nada y la más absoluta incertidumbre, incluida la de la propia identidad. Las cosas son más o menos así desde un libro temprano como Reasons for Moving (1968) hasta Casi invisible (2012). Sin embargo, junto a ello se alza otra dimensión en su poesía, más luminosa, mucho más celebrativa, por no decir en ocasiones iluminativa (Wordsworth, Stevens, Wright).
    Por un lado: “La puesta de sol. Los prados ardiendo. / El día perdido, perdida la luz. / ¿Por qué amo lo que huye? /... Guardián de mi muerte, / custodia mi ausencia”. Por otro: “El paisaje / nos ha abierto sus brazos y entregado santuarios maravillosos / a los que acudir”.
    Ciertamente “sufrimos la enfermedad de ser”, como ocurre en la pintura de su admirado Hopper: “Se quedaron callados y no supieron cómo empezar / el diálogo que era necesario. / Las palabras fueron las primeras en crear divisiones, / en crear soledad. / Esperaron. / Pasaban las páginas con la esperanza / de que algo sucediese /... No hicieron nada”. Pero, no menos ciertamente, tenemos acceso al amor, la salvación: “La llegada del amor, la llegada de la luz… / Incluso… los huesos del cuerpo brillan / y el polvo venidero resplandece en el aliento”.
    Conviene recordar que su poesía se expresa de una manera en cierto modo engañosa: la claridad de las enunciaciones esconde una complejidad de los trasfondos, como ocurre en la mejor poesía; traspasa la muerte física del poeta y donde se produce “la luminosa conjunción de la nada y el todo”.

    Mark Strand / Un viajero del idioma español

    Mark Strand

    Mark Strand

    BIOGRAFÍA

    Un viajero del idioma español

    Instalado en Madrid desde 2011, la pasada primavera regresó a Nueva York por un cáncer




    El poeta Mark Stand. / CORBIS
    El pasado nueve de octubre sobre el escenario del auditorio del New School en el West Village de Nueva York, Mark Strand cerró el homenaje, que 17 colegas le ofrecieron por su 80 cumpleaños, haciendo gala de su legendaria ironía: “Si yo fuera poeta esos serían los poemas que habría escrito. Y si fuera un poeta con amigos, estos serían los amigos que habría elegido para que los leyeran. Pero, espera, ¡si soy poeta”. Premio Pulitzer de Poesía, ganador de la beca McArthur y poeta Laureado de Estados Unidos, Mark Strand (Canadá Isla del Príncipe Eduardo, 1934) una de las voces más brillantes y elegantes de la poesía estadounidense contemporánea falleció el sábado en Brooklyn, en casa de su hija Jessica, acompañado por su pareja, la marchante de arte española Maricruz Bilbao.
    Instalado en Madrid desde finales de 2011, la pasada primavera decidió regresar a Nueva York aquejado de un cáncer. Pero la enfermedad no impidió que este otoño inaugurara una exposición de sus collages en la galería Lori Bookstein de Chelsea, y que se publicara un volumen de su poesía completa (Collected Poetry, Mark Strand, Knopf, 2014). Pintura y verso fueron los dos polos de su carrera, que deja 12 poemarios, dos libros de relatos, tres libros infantiles, media docena de antologías y tres ensayos sobre arte, uno de ellos (publicado por Lumen en español) dedicado a Edward Hopper, un pintor con cuyos retratos de una América extraña y solitaria, Strand sentía una particular conexión. “Recuerdo tomar el tren de el cañón de Winchester a Nueva York. Antes de entrar en el túnel de Grand Central podías ver todas esas ventanas de las casas. Los cuadros de Hopper son los de un viajero que pasa por ahí y mira a quienes están dentro. Sus cuadros te enfrentan con fragmentos aislados de una narrativa”, declaraba en una entrevista a este periódico en 2010.
    En su juventud Strand pensó que sería pintor. Se graduó de Antioch College en 1957 y fue a Yale a estudiar con el artista Joseph Albers. En 1960 se mudó a Florencia para estudiar literatura durante un año. Strand había decidido hacerse poeta. En Iowa, donde trabó amistad con Philip Roth terminó su primer libro y empezó a dar clases antes incluso de haberse graduado en el taller literario. Continuó su trabajo docente en Utah, Chicago, Nueva York o Boston, hasta este mismo otoño cuando impartió un ultimo taller de escritura en la Universidad de Columbia. Junto a sus amigos los también poetas Charles Simmic y Charles Wright dinamizó la escena poética estadounidense. Tradujo a Rafael Alberti y más adelante a su amigo Octavio Paz, una de las dos personas más inteligentes que había conocido, le gustaba decir. La otra, fue el también poeta y amigo Joseph Brodsky.
    Aficionado al fútbol, al baloncesto, a los toros, apasionado cocinero, tímido y cercano, Strand con su más de un metro noventa de estatura, mandíbula cuadrada y afilados ojos azules tenía un aire a estrella cinematográfica. Construía sus bromas y reflexiones en versos cortos y certeros, y en ellos mantuvo siempre una distancia de seguridad, que aumentaba la potencia del sentimiento y de su humor. Como en Las cosas enteras, poema de su primer libro de 1963 traducido por Octavio Paz:
    En un campo /soy la ausencia / de campo. / Siempre / sucede así. / Dondequiera que esté / soy aquello que falta. / Si camino / parto el aire / mas siempre / vuelve el aire / a llenar los espacios / donde mi cuerpo estuvo. / Todos tenemos razones / para movernos: yo me muevo/ por mantener / enteras a las cosas.


    Mark Strand / Un viejo se va de la fiesta

    Mark Strand
    Entrevista a Mark Strand

    Un viejo se va de la fiesta

    Por Ezequiel Zaidenwerg
    Enero 2013 | Letras Libres

    A poco de mudarme a Nueva York, me enteré de una extraña coincidencia: Mark Strand ofrecería una lectura en la famosa librería homónima. Terminado el evento, me acerqué con timidez a él para pedirle una entrevista. Viéndose obligado, o tal vez conmovido por mi inglés, que había retrocedido por los nervios a un balbuceo primitivo, Strand me dio su e-mail. Luego de un intercambio epistolar algo enigmático, en el que confirmaba la entrevista, pero no fijaba la fecha, conseguí acordar un encuentro, que sería en un parque infantil, en Chelsea, el viernes anterior a la cólera de Sandy: un clima de catástrofe inminente, pero lejana aún, en consonancia con el mundo poético de Strand.
     La charla, que duró una hora y media, tuvo lugar en un pequeño playground: cuando llegamos, no había nadie allí, pero pronto empezaron a llegar los niños, que corrían y chillaban a nuestro alrededor; y para proteger la voz de Strand, serena y reflexiva, nos teníamos que trasladar de un banco a otro. Esta entrevista repasa su carrera, desde su iniciación como pintor y sus comienzos en la poesía, hasta su libro más reciente, Casi invisible, que anuncia su retiro.
    ...
    ¿Cómo empezó a leer poesía? ¿Fue un descubrimiento o un gusto adquirido?
    Fue un gusto adquirido. No era lector de niño; de hecho, me gustaban los juegos y después me dediqué a los deportes. Fantaseaba con ser un gran jugador de básquet o de beisbol, y practicaba todo tipo de deportes. La escuela no me interesaba, y no era un alumno competitivo. Empecé a leer tarde, cuando mis padres se mudaron a América Latina y yo pasé con ellos algunas temporadas. Empecé lento, pero a los dieciséis o diecisiete ya leía mucho: a Hemingway, a Faulkner, a Thomas Wolfe. Ficción. No leía poesía. Recién empecé a leer poesía en la universidad.

    ¿Fue una revelación, o le fue tomando el gusto?
    Le fui tomando el gusto. En realidad, yo quería ser pintor. Pero cuando finalmente anuncié que quería ser poeta, más o menos a los veinticuatro años, mis padres se sorprendieron mucho, y creo que se desilusionaron. Me parece que la pesadilla de todo padre es tener un hijo que decida ser poeta a los veinticuatro años. Cuando empecé a leer, una de las cosas más importantes que me pasaron fue descubrir, en México, a los diecinueve años, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Neruda.

    Vargas Llosa / El fracaso de Ortega y Gasset

    José Ortega y Gasset

    El fracaso de Ortega y Gasset

    El filósofo quiso democratizar España, volverla europea mediante la persuasión; en eso consistía su liberalismo. Pero la desilusión con la República y la sublevacion fascista enterraron su proyecto


    Ortega y Gasset según Fernando Vicente
     Me hubiera gustado escuchar una conferencia de Ortega y Gasset, o, mejor todavía, seguir alguno de sus cursos. Todos quienes lo oyeron dicen que hablaba con la misma elegancia e inteligencia que escribía, en un español rico y fluido, muy seguro de sí mismo, con ciertos desplantes vanidosos que no ofendían a nadie por la enorme cultura que exhibía y la claridad con que era capaz de desarrollar los temas más complejos. La doctora Margot Arce, que fue su alumna, me contaba en Puerto Rico, medio siglo después de haberlo oído, el silencio reverencial y extático que su palabra imponía a su auditorio. Me lo imagino muy bien; incluso cuando uno lo lee —y yo lo he leído bastante, siempre con placer— tiene la sensación de estarlo oyendo, porque en su prosa clara y frondosa hay siempre algo de oral.
    La biografía que acaba de publicar Jordi Gracia (Taurus), muestra un Ortega y Gasset mucho menos recio y firme en sus ideas y convicciones de lo que se creía, un intelectual que de tanto en tanto experimenta crisis profundas de desánimo que paralizan esa energía que, en otras épocas, parece inagotable, y lo lleva a escribir, estudiar y meditar sin tregua, durante semanas y meses, produciendo artículos, ensayos, una correspondencia ingente, dando clases y conferencias y desarrollando al mismo tiempo una labor editorial que dejaba una huella importante en la cultura de su tiempo. Muestra, también, que ese trabajador infatigable era, como un Isaiah Berlin, prácticamente incapaz de planear y terminar un libro orgánico, pese a tener la intuición premonitoria de tantos, que nunca llegaría a escribir, porque la dispersión lo ganaba. Por eso fue, sobre todo, un escritor de artículos y pequeños ensayos, y, sus libros, todos ellos con excepción del primero —las Meditaciones del Quijote— recopilaciones o inconclusos. Nada de eso empobrece ni resta originalidad a su pensamiento; por el contrario, como ocurre con los textos casi siempre breves de Isaiah Berlin, los artículos de Ortega son generalmente algo mucho más rico y profundo que lo que suele ser un artículo periodístico, planteamientos, exposiciones o críticas que a menudo abordan temas de muy alto nivel intelectual y cargados de sugestiones a veces deslumbrantes y, sin embargo, siempre asequibles al lector no especializado.

    La impotencia lo condujo al silencio, pero nunca traicionó su propio ideal de coexistencia ilustrada
    Por eso ha hecho muy bien Jordi Gracia rastreando como un sabueso toda la trayectoria de los artículos de Ortega y Gasset ; es la más segura manera de acercarse a su intimidad de pensador y de escritor, de averiguar cómo discurría en él su vocación de filósofo y de literato. Todo comenzaba por una idea o una intuición que volcaba en un artículo (a veces en varios). De allí, ese embrión pasaba la prueba de una clase o una charla pública y, enriquecido, cuajaba en un ensayo. Aunque muchas veces tenía la idea de prolongarlo en un libro, por lo general no pasaba de allí, porque otra intuición, hallazgo o invención genial lo desviaba a otro artículo, que, luego, siguiendo el mismo itinerario, terminaba desembocando en uno de esos ensayos —con frecuencia excelentes y a menudo soberbios— que son la columna vertebral de su obra y que ocuparon gran parte de su vida.
    Jordi Gracia muestra también que la vocación política fue tan importante en Ortega como la intelectual. En su juventud, en su temprana y media madurez, ambas vocaciones se fundían en una sola ; quería ser un gran pensador y un gran escritor para cambiar a España de raíz, volverla europea, modernizarla, democratizarla, lo que para él —como para los intelectuales que atrajo a la Agrupación al Servicio de la República— significaba llevar a gobernar el país a sus hijos más cultos, inteligentes y decentes, en vez de esa clase política que desprecia por mediocre, falta de ideas y de creatividad, acomodaticia y cínica. A tratar de formar un movimiento que materialice ese proyecto dedica buena parte de su tiempo, pues él está convencido que se trata de una acción cultural, de diseminación de ideas nuevas y fértiles, y eso explica que se vuelque de ese modo a una tarea periodística, en diarios y revistas, convencido de que esa es la mejor manera de cambiar la política en uso, contagiando entusiasmo por unas ideas y unos valores que deben llegar al gran público de la misma manera que llegaban a sus estudiantes: a través de la persuasión. En eso consistía lo que él llamaba su “liberalismo”, aunque, muchas veces, le añadiera la palabra socialismo, para indicar que aquella revolución cultural de la vida política no estaría exenta de un fuerte contenido social. La República le pareció que era el régimen más propicio para aquella transformación política de España.
    Sin embargo, aquellos no eran tiempos para la sana controversia de las ideas como quería Ortega, sino la de los fanatismos encontrados en la que los insultos y las pistolas reemplazaban rápidamente los debates y los diálogos entre los adversarios. Este será el gran fracaso de Ortega, la absoluta inoperancia de aquella pacífica revolución cultural que proponía y que, primero la violenta experiencia republicana y luego la sublevación fascista y la guerra enterrarían por más de medio siglo.

    Fue un gran error de su parte volver en plena dictadura creyendo que el régimen se abriría
    El libro de Jordi Gracia da cuenta pormenorizada y con admirable objetividad de la traumática experiencia que significó para Ortega el desmoronamiento de todos sus anhelos políticos. Primero, la desilusión que tuvo con la República que no se parecía en nada a aquella ilustrada coexistencia en la diversidad que había previsto, y, luego, la sublevación militar y la Guerra Civil. La impotencia lo condujo al silencio. Pero nunca traicionó su propio ideal, aunque admitiera que, en esa circunstancia, era simplemente impracticable, desprovisto de toda realidad. El silencio que guardó en tantos años de exilio, en Francia, en Portugal, en Argentina, desprestigió a Ortega a los ojos de muchos. Yo creo que fue un acto de gran coraje tratar de mantenerse al margen, sin tomar partido, por dos opciones que le parecían igualmente inaceptables: el fascismo y una república muy poco democrática, dominada por los extremismos sectarios.
    Creo que fue un gran error de su parte volver a España en plena dictadura, creyendo ingenuamente que con la posguerra el régimen se abriría; y la verdad es que lo pagó caro, pues, como muestra con lujo de detalles Jordi Gracia, a la vez que seguía siendo atacado (y silenciado) con ferocidad por el nacional catolicismo, ciertos sectores falangistas trataban de apropiárselo, sembrando la confusión en torno de él, al extremo de que seguidores suyos tan fieles como María Zambrano llegaran a creer que había traicionado sus viejos ideales. Nunca los traicionó; hasta el fin de sus días fue laico y ateo y defensor de una democracia liberal signada por la tolerancia. Al mismo tiempo, pese a la incomodidad política permanente en la que pasó sus últimos años, su vitalidad intelectual nunca cesó de manifestarse, en ensayos y artículos que recobraban a veces el vigor expresivo y la riqueza creativa de antaño. El reconocimiento que tuvo en los últimos años fue en el extranjero, en Alemania sobre todo, pero también en Inglaterra y en Estados Unidos. En España, en cambio, y hasta hoy día, nunca se le ha reivindicado del todo, porque, para unos, es una figura ambigua y reticente, que mantuvo durante la Guerra Civil y la inmediata posguerra un silencio cobarde que constituía una discreta complicidad con los fascistas, o un conservador de viejo cuño, inadaptado e irremisiblemente enemistado con la modernidad.
    Uno de los grandes méritos del libro de Jordi Gracia es que, sin excusarle ninguna de sus equivocaciones y errores políticos, ni dejar de señalar cómo a veces la vanidad lo cegaba y lo llevaba a exagerar sus exabruptos, hecho el balance, Ortega y Gasset es uno de los grandes pensadores de nuestra época, y que, precisamente en el tiempo en que vivimos —no en el que él vivió— sus ideas políticas han sido en buena medida confirmadas por la realidad. Leerlo ahora no es un quehacer arqueológico, sino una inmersión en un pensamiento candente, muy provechoso para encarar la problemática actual, a la vez que disfrutar del placer exquisito que produce un escritor que pensaba con gran libertad y originalidad y expresaba sus ideas con la belleza y la precisión de los mejores prosistas de nuestra lengua.



    domingo, 28 de diciembre de 2014

    García Márquez en el panteón tejano de los escritores

    Gabriel García Márquez
    Poster de T.A.
    Gabriel García Márquez

    El panteón tejano de los escritores

    El Harry Ransom Center, que albergará toda la colección privada de García Márquez, se ha convertido en un santuario de la literatura único en el mundo



    El Nobel colombiano Gabriel García Márquez y su esposa, Mercdes Barcha. / IMAGEN CEDIDA POR HARRY RANSOM 
    Todos los recuerdos de Gabriel García Márquez ocupan 2,6 metros cúbicos. Son unas 40 cajas de cartón, atadas con plástico sobre dos palés de madera. Era su colección personal, las cosas que guardaba en su casa de México DF. Una vida. Así llegó el 16 de diciembre al Harry Ransom Center, en el campus de Austin de la Universidad de Texas (Estados Unidos). Dieciocho personas ayudaron a abrir las cajas. Tardarán un año en catalogarlo y dos en poder enseñarlo.
    García Márquez murió el 17 de abril en su casa de México a los 87 años. Tuvo la entrada prohibida en Estados Unidos durante décadas por su actividad procomunista, aunque luego se reunió, por ejemplo, con el presidente Bill Clinton en 1994. El 24 de noviembre el Harry Ransom Center anunció la compra del archivo personal del Nobel colombiano. Una pregunta recorrió Latinoamérica: ¿Texas? ¿En serio? El objetivo es situarse en el mapa académico de América Latina.

    Javier Cercas / La memoria histórica se ha vuelto una industria

    Javier Cercas

    Javier Cercas 

    “La memoria histórica se ha vuelto una industria”

    El escritor reflexiona sobre las mentiras que forjaron nuestro pasado reciente

    'El impostor' es una “novela sin ficción” sobre Enric Marco, la falsa víctima del nazismo


    GUILLERMO ALTARES Barcelona 15 NOV 2014 - 00:03 CET


    Javier Cercas, en Barcelona. / CONSUELO BAUTISTA
    Una pregunta crucial sobrevuela la última novela de Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962), El impostor (Random House): ¿toda vida tiene una mentira dentro? ¿Toda existencia tiene algo de ficción? Y, yendo más lejos, en sus páginas surge otra cuestión más importante: ¿toda historia colectiva es, en el fondo, un invento? Cercas regresa a la Guerra Civil, que trató en Soldados de Salamina, y a la Transición, que enmarca su libro sobre el 23-F, Anatomía de un instante, para construir lo que llama una novela sin ficción en torno a la figura de Enric Marco, el nonagenario barcelonés que se inventó una vida con tanta habilidad que acabó siendo presidente de Amical de Mauthausen sin haber estado detenido nunca en un campo nazi como mantuvo durante décadas. Sólo en 2005, gracias al trabajo de un historiador, Benito Bermejo, se desveló la inmensa mentira.
    Quizá porque toda novela es necesariamente una impostura, los impostores tienen una profunda tradición literaria, desde Jean-Claude Romand, que asesinó a toda su familia con tal de que no descubriesen que les mentía desde hace años, un caso real que Emmanuel Carrère retrató en El adversario, hasta el personaje central de Patricia Highsmith, Tom Ripley, un mentiroso despiadado de ficción, aunque lleno de realidad. Cercas dialoga con la historia y con la literatura en un libro que arrastra al lector a muchos rincones de su propia memoria, personal y colectiva.

    Javier Cercas / La política del poder



    La política del poder

    JAVIER CERCAS 24 OCT 2004

    En 1910, un adversario político de Lenin dijo de él que no se podía tratar con un hombre que "está con la revolución las veinticuatro horas del día, que no tiene en la cabeza más que ideas sobre la revolución y que ni siquiera cuando duerme sueña con otra cosa que con la revolución". Años después, Nikita Jruschov declaró ante un vitoreante público de miembros del Partido Comunista que "un bolchevique es una persona que se siente bolchevique incluso cuando duerme". Tomo las dos citas de un libro aterradoramente hilarante: Koba el temible, de Martin Amis. Amis sostiene que los bolcheviques eran fanáticos que aspiraban a que la política estuviese en todas partes y en todo momento, a que fuese un elemento omnímodo y omnipresente en la vida cotidiana de los ciudadanos; en suma: aspiraban a la politización del sueño. Lenin no satisfizo del todo esa aspiración; Jruschov tampoco. Quien sí lo hizo fue Koba el Temible, o sea, Stalin. Resultado: la conversión de los ciudadanos en súbditos, uno de los regímenes políticos más bárbaros de la historia y 20 millones de muertos.
    Desde hace tiempo, uno tiene la impresión de que aquí también están tratando de politizar nuestro sueño. Nos despertamos y ponemos la radio: política; vamos a comer y abrimos el periódico: política; mientras cenamos miramos de reojo la televisión: política. Política avasalladora, omnipresente y omnímoda. La cantidad de horas que los medios de comunicación españoles dedican a la política es fabulosa. Los políticos, por supuesto, están contentísimos: ahí les tienen, todo el día en el candelero, exhibiéndose a tiempo completo como reinas de la belleza o estrellas mediáticas, cuando en realidad deberían comportarse como discretas asistentas, esas eficacísimas señoras que nos limpian la casa para que nosotros podamos dedicarnos a las cosas serias de la vida: a follar, a jugar con los niños, a leer, a ir al cine. Pero nuestros políticos no se conforman con hacer política incluso cuando duermen; quieren que la hagamos también nosotros: quieren politizar nuestro sueño. Quien no accede a ello, quien se niega a alinearse con unos o con otros, quien ingenuamente quiere mantener su independencia, es acusado sin falta de frívolo, de ambiguo, de irresponsable, de cobarde o de las cuatro cosas a la vez. El resultado es que nuestra clase política propende peligrosamente al fanatismo; de esta propensión se derivan sus dos defectos más aparatosos: la intolerancia y el sectarismo. Intolerancia: si alguien discrepa de mí, no lo hace porque piense que mis ideas son un error, sino porque es un cabrón, y su discrepancia, una forma velada de agredirme. Sectarismo: si el partido rival hace una cosa, hay que declarar que está mal hecha, aunque uno sepa que está bien hecha; si mi partido hace lo contrario, hay que declarar que está bien hecho, aunque uno sepa que está mal hecho.
    Pero me estoy equivocando de palabra: la palabra no es política; es poder. Dice George Santayana que un fanático es quien redobla sus esfuerzos conforme olvida sus objetivos. Cada vez más propensos al fanatismo, muchos políticos españoles tienden a olvidar que su objetivo debería consistir en trabajar para que los ciudadanos podamos dedicarnos a follar, a jugar con los niños, a leer, a ir al cine; pero siguen redoblando sus esfuerzos. ¿Para qué? Para conseguir el poder. La palabra no es política: es poder. El político medio español parece aspirar a estar con el poder las veinticuatro horas del día, no tener en la cabeza más que ideas sobre el poder y no soñar con otra cosa más que con el poder. El 95% del tiempo abrumador que en teoría se dedica en la radio, la prensa y la televisión a hablar de política se dedica en realidad a hablar del poder. Poder y política no son lo mismo; no hay política sin poder, pero sí poder sin política: ese poder misérrimo, huérfano y desesperado que nuestros políticos conservan en un mundo cada vez más globalizado en el que cada vez tienen menos poder real. Pero ahí siguen, preocupados únicamente por él: por cómo alcanzarlo, por cómo recuperarlo, por cómo aumentarlo, olvidando por completo para qué sirve. Es lógico que se hable tanto de la política del simulacro, pero más lógico sería en nuestro caso hablar de un simulacro de política. Porque, en vez de ocuparse de salir en la tele y de politizar nuestro sueño, lo que de una puñetera vez deberían hacer los políticos es dejar de hablar del poder y empezar a hablar de verdad de política; y luego hacerla. A lo mejor entonces nosotros también nos sumaríamos a la discusión. Mientras tanto, por favor, no nos vengan con la monserga chantajista de que criticar a la clase política es una forma de desprestigiar la política y de socavar la democracia; quienes socavan la democracia y desprestigian la política son los políticos que confunden la política con el poder. Aquí y ahora, en esto como en todo, Nicanor Parra sigue teniendo razón: "La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas". Sabemos cuál fue el resultado de la politización del sueño; ya veremos cuál será el de la política del poder.





    Javier Cercas / El impostor / Reseña

    Javier Cercas

    ¿Salvar al impostor?

    La verdadera y folletinesca vida de Enric Marco, la historia personal de su propia búsqueda y sus reflexiones sobre la escritura son los tres escenarios que alterna Cercas



      Enric Marco. / CONSUELO BAUTISTA
      En un attacco espléndido, el autor confiesa que esta es una novela que ha querido y no querido escribir, que temía y deseaba a la par. De hecho, se habla de ella, de El impostor, tanto como de su personaje principal, el falsario Enric Marco. Y resulta tan protagonista el uno como la otra, y como quizá lo sea también el mismo autor que busca manufacturar con probidad su relato. Escribir —cuando se trata de la vida real— es un gozo (al que Cercas no renuncia, afortunadamente para sus lectores), pero también una maldición. Y no es la primera vez que el autor la percibe… En este libro reconoce, con buen humor, el malestar psíquico de haber escritoAnatomía de un instante, su indagación sobre el 23 de febrero de 1981. Al acabar Soldados de Salamina sintió el vértigo de su propio éxito y lo purgó en las tensas páginas de La velocidad de la luz. Y en el camino de El impostor escribió Las leyes de la frontera —con más ficción, claro, que verdad— para expulsar de sí unas sombras que le hablaban de una posible —aunque remota— opción de haber sido otro.

      Vargas Llosa / Cuba y los espejismos de la libertad


      Cuba y los espejismos de la libertad

      PIEDRA DE TOQUE

       

      ¿Será La Habana la excepción a la regla que supondría renunciar al comunismo y elegir la democracia y la mejora del nivel de vida de sus ciudadanos? Ojalá, pero no está escrito en las estrellas



      FERNANDO VICENTE
      El restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos después de más de medio siglo y la posibilidad del levantamiento del embargo norteamericano ha sido recibido con beneplácito en Europa y América Latina. Y, en el propio Estados Unidos, las encuestas dicen que una mayoría de ciudadanos también lo aprueba, aunque los republicanos lo objeten. El exilio cubano está dividido; en tanto que entre las viejas generaciones prevalece el rechazo, las nuevas ven en esta medida un apaciguamiento del que podría derivarse una mayor apertura del régimen y hasta su democratización. En todo caso, hay un consenso de que, en palabras del presidente Obama, “el embargo fue un fracaso”.
      La lectura optimista de este acuerdo presupone que se levante el embargo, conjetura todavía incierta, pues esta decisión depende del Congreso que dominan los republicanos. Pero, si se levantara, sostiene esta tesis, el aumento de los intercambios turísticos y comerciales, la inversión de capitales estadounidenses en la isla y el desarrollo económico consiguiente irían flexibilizando cada vez más al régimen castrista y llevándolo a hacer mayores concesiones a la libertad económica, de lo que, tarde o temprano, resultaría una apertura política y la democracia. Indicio de este futuro promisor sería el hecho de que, al mismo tiempo que Raúl Castro anunciaba la buena nueva, 53 presos políticos cubanos salían en libertad.