"Sí, habíamos ganado la guerra, no es verdad que la hubiéramos perdido todos, como se nos ha querido hacer creer. Y éramos también catalanes, franquistas catalanes. Es la verdad. Y la verdad, a veces, no es revolucionaria".
Esther Tusquets, de 71 años, cita en el Café de la Ópera, frente al Liceo de Barcelona. El lugar parece obvio, visto que el libro que acaba de publicar, Habíamos ganado la guerra (Bruguera), lleva en la portada una fotografía de Pérez de Rozas de una soirée liceísta de los años cincuenta, el Salón de los Espejos resplandeciente con caballeros de etiqueta y damas escotadas con guantes por encima del codo. Un capítulo entero está dedicado a este teatro, una constante en la vida de Tusquets, que se confiesa más amante de las temporadas de ballet que de las operísticas. Por si todo ello no bastara, aduce otra razón para justificar el lugar del encuentro: "En Barcelona no quedan cafés. Sólo éste y el Bauma". "El Liceo es el símbolo de una burguesía que había ganado la guerra y que hacía lo que le daba la gana, desde maltratar al servicio hasta conseguir todo tipo de prebendas". La memoria de Esther Tusquets abarca en este libro desde la primera infancia hasta los 18-20 años, cuando sufrió una crisis de misticismo justiciero que la llevó a militar en el falangismo más utópico e izquierdista. "Mis amigos se quedaron atónitos. Era un error, naturalmente, de haber habido otra guerra jamás esos falangistas se habrían puesto al lado de la izquierda. Tenía yo muy poca información política, era muy ingenua y este libro es un libro ingenuo. Todo es como lo viví".
Una toma de conciencia. De ahí a dirigir Lumen, editorial religiosa ultraconservadora que ella transformó en progresista a base de publicar a autores como Umberto Eco, media la vida de esta mujer fatigada. "Envejecer es horrible, una verdadera masacre, creo que eso lo decía Thomas Bernhard. Escribiendo te quedas más tranquilo". Escupe sapos Tusquets en su escritura, ludopatías, bulimias, errores, incertidumbres, odios, terrores, obsesiones, desamores. Un capítulo se titula Tocando fondo: quizá podría valer para su obra completa. Y sin embargo, la literatura se le cuela en cada página, mujer lectora mucho antes que escritora. Hay, por ejemplo, un retrato de Sant Pol de Mar a principios de los años cincuenta tremendamente proustiano, perfumado por el bienestar y el orden, como el Vilassar de Mar de Eduardo Mendoza enUna comedia ligera. "Todo estaba en su lugar en Sant Pol, las torres de veraneo, las casetas de baño, los toldos de cañizo, la zona de las sombrillas para los no habituales. Recuerdo cómo se vestían y maquillaban las mujeres para ir a la estación a recibir a sus maridos que llegaban de Barcelona los sábados".
No es fácil hacer literatura de la victoria, la épica siempre cae del lado de la derrota. Tusquets parece habérselo tirado todo a la espalda. "Cada vez me siento más contenta de ser catalana, por lo poco que nos entienden fuera. Pero no soy nacionalista. Y en Cataluña me indigna lo mal que se enseña el castellano en las escuelas. Éste es un país bilingüe. Pero ya le decía que soy muy ingenua. En realidad no soy experta en nada".
Uno diría que es experta en vivir. Y lo confirma cuando la última pregunta de la entrevista la pone ella al periodista: "¿Juega usted al póquer?". Hay que escabullirse rápido: aunque finja perderla, siempre acaba ganando la guerra
El fotógrafo Toscani levanta polémica en una campaña navideña para el Ayuntamiento de Milán
LAURA LUCCHINI
Milán - 02 DIC 2007 - 18:00 COT
"¿Es Navidad?, ¿follamos?". Con esta frase, el fotógrafo italiano Oliviero Toscani ha vuelto a levantar polémica.
El Ayuntamiento de Milán pidió a personajes de la moda y del espectáculo que pensaran en una frase navideña para imprimir en camisetas que se vendieron ayer para fines benéficos, y Toscani, como siempre, se lanzó. En lugar de una frase de solidaridad y amistad, eligió una invitación al sexo.
Las camisetas, de edición limitada, se pusieron a la venta en la lujosa Via Della Spiga, donde caía una nieve artificial y cantaba un coro de voces blancas. Cuesta 60 euros. El dinero se entregará a las fundaciones de los equipos de fútbol Inter y Milan, que a su vez las donarán a los niños abandonados.
Los que quieran algo menos explícito que la frase de Oliviero Toscani, pueden elegir entre 29 lemas. Roberto Cavalli se dirigió a los niños y a los grandes que siguen siéndolo, y escribió: "Papá Noel existe de verdad...". La modista Krizia eligió un juego de palabras, "Small, médium, Xmas", mientras su colega Mariella Burani apuntó al optimismo con "Navidad es todos los días".
El resto de los diseñadores fueron más conservadores. Giorgio Armani escribió simplemente "Feliz Navidad", la modista Laura Biagiotti, "Un mundo de paz y serenidad", y Octavio Missoni citó la palabra de Dios, "Paz a los hombres de buena voluntad".
Y, entre estos mensajes clásicos, la osadía de Toscani. Tal como hizo hace dos meses con su campaña publicitaria acerca de la anorexia, y en todo su trabajo: desde las fotos de los condenados a muerte en Tejas, a la de un cura y una monja que se besan.
Sin embargo, su licencia poética no ha gustado a los organizadores. "Estamos contrariados por lo que hizo Toscani y, sin embargo, estamos en contra de todo tipo de censura, así que decidimos dejar la camiseta", explicó Alessia Fattori Franchini, portavoz del Ayuntamiento.
Olivero Toscani posa en la inauguración de una exposición en Madrid en 2003.BERNARDO PÉREZ
"Juan Rulfo sigue teniendo algo que decir a sus lectores y sigue teniendo algo que enseñar a sus colegas de oficio". Con esas palabras terminó Rubem Fonseca (Minas Gerais, 1925) su breve intervención para agradecer el premio que Gabriel García Márquez le entregó ayer en la ceremonia de inauguración de la XVII edición de la Feria del Libro de Guadalajara, en México. Fue un acto cargado de emoción, en el que los dos grandes colosos de la literatura latinoamericana fueron ovacionados por un público entregado.
A lo largo de los pasillos de la Feria del Libro (FIL) cuelgan las imágenes de los diferentes escritores que han ganado el prestigioso Premio Juan Rulfo, y junto a ellas hay una frase que define el talante de cada uno de ellos. "Soy un hombre consumido por el presente", se lee en la que figura al lado del rostro de Rubem Fonseca. Y es verdad que es el presente de Brasil, el mundo cotidiano de sus hombres y mujeres, el que ha alimentado su literatura entera, cargada de latigazos fulminantes y que revela con una prosa descarnada y llena de sentido del humor el frágil esqueleto de unas gentes que habitan una realidad cargada de violencia y a las que el autor se acerca con una inmensa ternura.
Rubem Fonseca no concede entrevistas. Considera que cuanto tiene que decir está en sus obras. No es amigo de campañas de promoción y si firma, que los firma, manifiestos de apoyo a distintas causas lo hace sólo si su nombre no aparece en primer lugar. El fallo del jurado del Premio Juan Rulfo (dotado con 100.000 dólares), concedido por unanimidad, destaca de Fonseca el haber renovado la prosa narrativa en lengua portuguesa, aprovechando y reelaborando las formas de la literatura popular (la novela negra, la política, la social, la erótica). Resalta también su estilo directo, su poética tremendamente personal y su capacidad para reflejar la condición del mundo contemporáneo.
Las pocas palabras que dijo Rubem Fonseca las dijo en portugués y habló despacio. Recordó la vieja anécdota que cuenta García Márquez: hace mucho, un día llegó Álvaro Mutis y le entregó el Pedro Páramo, de Juan Rulfo, "para que aprenda". Su lectura fue una conmoción para el escritor colombiano y lo fue también, contó Fonseca, para él mismo cuando lo leyó por primera vez.
La presencia de Rulfo, pues, llenó los primeros pasos de esta FIL, que tiene a Fonseca como uno de sus grandes protagonistas y a Quebec como invitado de honor. Como todos los años, hubo discursos de distintas personalidades políticas y académicas. La semblanza de Fonseca la hizo Jorge Sánchez, cónsul mexicano en Río de Janeiro, la ciudad donde vive el escritor brasileño desde los ocho años. García Márquez prefirió no hablar ("yo le entrego el premio al flaco Fonseca pero no me pongas ante el terror de tener que escribir algo para una fecha concreta", cuenta que le dijo). Sánchez habló de las dificultades de dar cuenta de un personaje tan esquivo, trazó sus grandes coordenadas biográficas, se detuvo en los problemas que tuvo con la censura de su país (tacharon uno de sus libros de atentado a la moral y a las buenas costumbres y también lo acusaron de incitar a la violencia y de hacer apología del crimen) y analizó los distintos niveles de su escritura, además de llenar su intervención con divertidas anécdotas y brillantes citas de los libros de Rubem Fonseca.
En cuanto a Quebec, fue la ministra de Cultura de la región canadiense, Line Beauchamp, la que se encargó de hacer la presentación oficial. Dijo que una cita de estas características es decisiva para potenciar, reforzar y reafirmar la diversidad cultural, y se refirió a algunas de las semejanzas que comparten México y Quebec: proceden de antiguas colonias europeas, su población es mayoritariamente católica, hablan lenguas surgidas del latín, tienen un vecino poderoso (EE UU) y, sobre todo, insistió, comparten el "sentido de fiesta". Ésa fue la clave, y la invitación para estos días: pasarlo bien.
Elmer Mendoza, ganador del Premio Tusquets de Novela, descubre los secretos del narcotráfico en México
JOSÉ ANDRÉS ROJO
Guadalajara 29 NOV 2007
"Hay un lenguaje especial y una forma especial de vivir, aquí en el Norte, en la frontera. Somos los ricos y el resto del país es pobre, hemos transformado el desierto y los demás no han sabido hacerlo, tenemos iniciativas, somos trabajadores y parlanchines". Habla Elmer Mendoza, nacido en Culiacán (Sinaloa) en 1949. Arturo Pérez-Reverte ha dicho de él que es su amigo y su maestro, la crítica lo tiene como el narrador que mejor ha sabido recoger el efecto de la cultura del narcotráfico en México. Ganó el martes el III Premio Tusquets Editores de Novela (20.000 euros y una estatuilla diseñada por Joaquín Camps).
El jurado ha sido de excepción, y ya se sabe que este premio nació con voluntad de calidad y se declaró desierto en su primera edición. Juan Marsé, Almudena Grandes, Jorge Edwards, Evelio Rosero (el ganador del año pasado) y Beatriz de Moura (en representación de la editorial) han sido quienes decidieron por unanimidad conceder el galardón a Las balas de plata, de Tomás López (seudónimo). Cuando se abrió la plica, el autor resultó ser Mendoza (que publicó anteriormente en esta editorial El amante de Janis Joplin) y el título Quién quiere vivir para siempre.
"No quiero tener miedo allí donde vivo, así que sólo cuento e imagino"
El protagonista es Edgar El Zurdo Mendieta, un agente de la policía ministerial que se ve embarcado en un caso en el que se suceden los cadáveres. ¿Es cosa de los narcos, de los políticos, de los miembros de una curiosa secta? Hay mucho dinero, luchas por el poder, a nadie le interesa investigar. Salvo al Zurdo, que nada tiene que perder. "Es un tipo que sufrió mucho de niño, inadaptado profesionalmente, con mal de amores, un atormentado de los que piensan todo el rato '¿qué hago yo aquí?', si merece la pena to be or not to be", explica Mendoza gesticulando y con una sonrisa.
"Sólo he querido narrar una historia, ni hacer juicios ni dar enseñanzas morales, no quiero tener miedo allí donde vivo, así que sólo cuento, imagino y supongo", dice Elmer Mendoza, que reconoce como sus dos maestros indiscutibles a Juan Rulfo y a Fernando del Paso, y en tercer lugar a un poeta, Octavio Paz. "Los narcos han desarrollado una cultura con características propias. La música, la forma de vestir, las casas donde habitan son inconfundibles. Influyen en todo. En el mismo lenguaje. Si dicen 'voy a hacer un jale' para referirse a un negocio, una temporada después todos en el Norte hablan de salir a hacer jales". ¿No hay mucha corrupción cuando el dinero entra con tanta facilidad? "¿Quién dijo que llegaba fácil? Para nada. Sólo se ha aprovechado una oportunidad como hace toda la gente emprendedora. Estamos en la frontera del país que consume más drogas del mundo. Pero, fíjese, el 90% de los beneficios se quedan en Estados Unidos".
¿Y cómo obtiene la información con la que hace sus libros, dónde se mueve, cómo atrapa esa manera tan especial de hablar? "¡Épale!", reacciona Mendoza, "ésas son cosas que no se dicen". ¿Y las cosas que cuenta, no pueden provocar desconfianza en los narcos? "Me siento bien plantado. Las revelaciones que puede contener mi novela fueron operativas hace ya años. Ahora ya todos saben que los narcos ponen la plata que haga falta para que en las elecciones ganen los políticos que ellos prefieren y saben también que no les hace falta colocar su dinero en paraísos fiscales porque colocándolo aquí obtienen las mismas ventajas. Y costumbres como la que tienen de envolver en mantas a los que liquidan, eso ya ha llegado incluso a las paredes de una galería de arte. Ahora las cosas habrán cambiado del todo. Estos narcos son mesiánicos. Se preocupan de su gente, la cuidan".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 29 de noviembre de 2007
El escritor brasileño recibe en la FIL el galardón que lleva el nombre del jalisciense
Acude García Márquez al encuentro libresco para acompañar en la premiación a su amigo El Flaco El agasajado se abstiene de sus recurrentes efugios y recorre los tendidos de la feria MONICA MATEOS-VEGA Y JOSE DIAZ ENVIADA Y CORRESPONSAL Guadalajara, Jal., 29 de noviembre de 2003. La presencia de Gabriel García Márquez a la inauguración de la 27 Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) provocó que el auditorio donde se celebró el acto se abarrotara. El Nobel colombiano explicó que su asistencia se debía a que deseaba entregar personalmente el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo a su amigo El Flaco: el brasileño Rubem Fonseca. Ambos escritores fueron recibidos de pie, con una larga ovación que confirmó la presencia de fieles apasionados a la literatura. Fonseca, poco afecto a la vida pública y a la prensa, simplemente se dejó querer, y en su breve discurso de aceptación del galardón manifestó su admiración por Juan Rulfo. El narrador relató la tarde en que García Márquez dio un libro al escritor Alvaro Mutis con la recomendación: "lea para que aprenda". Se trataba de Pedro Páramo, novela con la que, "cuenta Gabo, se pasó toda una noche leyendo y nunca sintió una conmoción tan grande, a excepción de cuando leyó La metamorfosis, de Kafka, en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá". ''Era un secreto'', interrumpe García Márquez, bromeando. Fonseca continúa: "en Gabo ese asombro permaneció intacto. Leí Pedro Páramo y El llano en llamas en una traducción portuguesa, y sentí el mismo impacto. Quedé impresionado con la riqueza de los personajes de Rulfo, que hacen que el lector participe creativamente, mezclando aquello que ha vivido con aquello que ha imaginado, que ha soñado o que es real. ''Carlos Fuentes dice que con Pedro Páramo Juan Rulfo percibió que toda gran visión de la realidad es un producto de la imaginación. Quizá es cierto, y como dice un filósofo, una realidad es una realidad de la imaginación. ''En mayo de 1993 estuve aquí, en México, participando en un homenaje a Juan Rulfo. En aquella ocasión recibí de regalo una foto de él, grabada en metal, la cual tengo en mi librero y la veo constantemente. Pero Rulfo no está reposando, callado en nuestros estantes de libros. Rulfo está entre nosotros, continuamos oyendo lo que él quiere decir. Porque Rulfo tendrá siempre qué decir a sus lectores y qué enseñarnos a sus colegas de oficio." Jorge Sánchez ofreció una semblanza de Fonseca y reveló por qué el escritor brasileño prefiere permanecer en el anonimato: "él dice que si nadie sabe quién es puede espiar ferozmente a su alrededor''. Agregó que a 40 años de la aparición de su primer título, Los prisioneros, Fonseca asegura que todo lo que tiene que decir está en sus libros, ''y ha conseguido mantener, ante el asedio de conocidos y desconocidos, un personaje que a veces se confunde con ese yo, primera persona de sus novelas.'' Lo calificó de "espléndido escritor, con una prosa impresionantemente ágil, económica y fulminante, de frases certeras, llenas de humor, a veces negro, no pocas veces pegajoso y acre." También recordó cuando en 1976 Fonseca fue perseguido por la justicia brasileña, por "atentar contra la moral y las buenas costumbres" con su libro Feliz Año Nuevo. La novela se convirtió en "símbolo y ejemplo de la intolerancia. El escritor emprendió una acción legal contra la unión, lo que significaba demandar a las cámaras legislativas y señalar que el Estado no puede tener el arbitrario poder de prohibir un libro''. Fonseca ganó la batalla, y a partir de entonces se convirtió en un relator de las injusticias y perversiones de la sociedad que le tocó vivir, en un "inventor de las palabras''. ''Que nadie se engañe: el lenguaje de Rubem Fonseca es altamente sofisticado; el habla de los marginales, por ejemplo, es siempre recreada, lo que le da la autonomía y la resistencia que no se encuentran en las prosas naturalistas condenadas a envejecer, como envejece la jerga callejera", citó Sánchez a un crítico brasileño, al abundar sobre la pasión por el cine de Fonseca, el tenor camaleónico de su personalidad y su fobia a los actos públicos: "él ha dicho: preferiría morir que presentarme a firmar libros". No obstante, al término de la premiación, Fonseca recorrió las instalaciones de la FIL (que este año espera recibir 400 mil visitantes), en medio de tumultos y apretujones, siempre con una gran sonrisa y saludos. Su amigo Gabriel García Márquez fue quien protagonizó, como siempre, la graciosa huida ante el acoso de la prensa. Pero Fonseca, inclusive, acudió al brindis de honor por la apertura del pabellón dedicado a Quebec, provincia canadiense invitada de honor de este encuentro, y espera gustoso el encuentro Mil jóvenes con Rubem Fonseca, que se realizará el próximo lunes.
Ishiguro recibe el premio de novela del Casino de Santiago
Oscar Iglesias
Santiago, 27 de noviembre de 2007
"Hay más argumento en los escritores anglosajones, son más anticuados. Los autores europeos, sí hablamos de Francia o Alemania, no parecen contar historias. Por influencia de la II Guerra Mundial, su energía se dirige hacia adentro". Para el autor británico Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954), que ayer recibió en el Casino de Santiago el Premio Novela Europea 2006 por Never let me go (Non me deixes nunca, en la versión de Eva Almazán que publica Galaxia), los europeos no se identifican con el relato clásico. "Todavía hay muchas cosas que no se quieren examinar", señaló a este periódico entre despacho y despacho de periodistas.
Pese a que el "cautiverio de la razón" -en expresión de Ishiguro- que precedió al conflicto ancla algunas de sus novelas anteriores, tanto las primeras, ambientadas en Japón, como The remains of the day (1989), que luego serviría de guión a James Ivory, Non me deixes nunca fija el relato en un colegio inglés de finales del siglo XX. Los alumnos, educados como élite, son huérfanos estériles. La crítica ha elogiado la delicadeza con la que Ishiguro administra una verdad próxima a algunas antiutopías de la ficción científica.
Ishiguro, encajonado generacionalmente por la revista Granta a comienzos de los ochenta -con Barnes, Amis y McEwan-, encuentra similitudes con su obra anterior. "Utilizo la memoria del narrador", dice. Además, "ningún tema es cuestionable por separado". Si bien la crítica de divulgación ha apuntado el supuesto "clasicismo narrativo" de Ishiguro, también en comparación con sus compañeros de promoción, el autor de A pale view of hills (1982) huelga dignificarse más allá de lo escrito. "Me gustan tanto los rusos como los ingleses del XIX con los que me crié", resume, " y Beckett y Kafka".
Japón y el multiculturalismo
Si hubiera que promover fracturas, antes que el género en sí propone una tradición narrativa contemporánea vinculada al experimentalismo. "No me siento parte de ninguna tradición posmoderna", insiste. Y -con cierta ironía- se asume como un autor "de los que todavía narran".
"Otros escritores pertenecían a un país del imperio europeo y después dejaron de hacerlo; yo no me siento parte de eso. Mis libros no abordan el hecho de pertenecer a un pequeño grupo étnico, como Amy Tan", relata Ishiguro, residente en Londres desde los seis años. "Sí me siento influenciado por la cultura japonesa... Pero Kawabata o Mishima me resultan ajenos. No entiendo ni sus emociones ni sus ideas". Sus códigos sí encajan con la obra más contemporánea de Oé o Murakami.
Ishiguro considera el mercado español "muy abierto" en comparación con el inglés. "No es que no me gusten las traducciones, es que no llego a ellas", bromea. ¿Un autor peninsular actual? "Uno que hizo un bestseller... Carlos Ruiz Zafón".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 27 de septiembre de 2007
Sam Savage, un antiguo y valleinclanesco profesor de filosofía de Yale, pescador de cangrejos en South Carolina, mecánico de bicicletas y escritor frustrado, un alternativo con la cabeza muy bien amueblada, se autorretrata como un ratoncito de Boston que se alimenta de los libros que se apilan en el sótano de la librería de viejo Norman y que aspira a convertirse en un gran autor, todo un irónico y tierno homenaje a los lectores empedernidos de buena voluntad (que no a las ratas de biblioteca), y poderosa metáfora de las virtudes redentoras de la lectura. Firmin, librito delicioso donde los haya, también es un viaje iniciático por el mundo del libro y de la ficción de la mano de su insólito protagonista, y una máquina de guiños literarios sin duda estimulante, que se pone en funcionamiento en la primera página, cuando el ratoncito Firmin, cónsul de las letras bautizado no por azar como aquel Geoffrey Firmin de Bajo el volcán, de Lowry, se obsesiona con el comienzo de la crónica de su vida que está componiendo en su cabeza, reclama para sí el talento de tipos como Nabokov, capaces de abrir una novela con frases brillantes como "Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas", saca del cajón el viejo tópico del escritor bloqueado y de los beginnings, y arranca su extenso monólogo interior desde las catacumbas de la soledad, la marginación -rata que veas leer, déjala correr, se dicen sus congéneres- y el lento aprendizaje de la decepción (uno de sus arranques favoritos es aquel impactante "ésta es la historia más triste que jamás he oído", de El buen soldado, de Madox Ford), un monólogo que Savage construye sobre el modelo del primer capítulo, 'La ratonera', de las Memorias del subsuelo (1864) de Dostoievski, la crónica personal que un proscrito le cuenta a un lector imaginario en un apóstrofe de doscientas páginas.
Firmin, aventuras de una alimaña urbana
Sam Savage
Traducción de Ramón Buenaventura
Seix Barral, Barcelona, 2007
222 páginas. 16,50 euros
Firmin vive literalmente de los libros, que digiere a la vez en su estómago y en su cerebro, convirtiéndose de forma paulatina en un humano encerrado en el cuerpo de una rata, que reescribe el Retrato del artista adolescente (en inglés leeríamos en realidad A portrait of the artist as a young rat), y que a fuerza de morder y deglutir páginas se vuelve un crítico literario de envidiable talento, capaz de atropar autores como Carson McCullers, el Joyce de Finnegans Wake, Tolstói, George Eliot, Proust o el Dickenks de Oliver Twist, con cuya legendaria desgracia siente empatía el bueno de Firmin, a la vez que suscribe con ironía la necesidad de un canon (repitiendo una y otra vez "éste es uno de los Grandes") y pasa revista con delicioso humor a los tópicos del mundillo literario, el bourbon hasta altas horas junto a una Underwood, autores firmando ejemplares, ediciones de bolsillo del Henry Miller más obsceno llegadas por contrabando desde París o editores rechazando magníficos originales de tres al cuarto. El monólogo de Firmin atraviesa párrafos de divertida dietética libresca -¿Scott Fitzgerald tal vez más agridulce que D. H. Lawrence?- y de una entrañable picaresca de la supervivencia que une a nuestro roedor de palabras con las tribulaciones de Lennie y de George, aquellos roedores de mendrugos de De ratones y hombres (1937), de Steinbeck. Firmin no soporta ni a Micky Mouse ni a Stuart Little (con Ratatouille, en cambio, harían sopa de letras), pero se tratan como hermanos con el infalible librero Norman ("nunca le ponía Peyton Place en las manos a alguien que habría sido mucho más con El Doctor Zhivago") y traba una amistad de cuento de hadas con el rechoncho Jerry Magoon, un escritorcillo de ciencia-ficción con el que escucha a Charlie Parker a todo trapo y ve películas en tecnicolor, y que recuerda sin esfuerzo a Kilgore Trout, aquel estrafalario escritor de serie B concebido por Kurt Vonnegut, cuya obra, con la farsa de la creación que tituló El desayuno de los campeones a la cabeza, estuvo muy presente en la memoria de Savage mientras redactaba Firmin. Nuestro letraherido ratoncito quisiera ser personaje de todas las novelas que le han encandilado y, como Alicia en el País de las Maravillas, ve en la ficción una válvula de escape de la rutina de la vida, nos contagia sin remedio esa visión y, siendo en ocasiones Anna Frank y a veces Fred Astaire, disfrazándose de Gatsby y de bostoniano de Henry James vuelto del revés, Mr. Firmin nos conmueve para siempre con sus lecciones de humanidad, sentido del humor y aguda sátira de nuestro loco mundo, nos empuja a leer aún más y nos impide volver a gritar ¡malditos roedores!
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de noviembre de 2007