‘Pedro Páramo’: la corrección de una adaptación imposible
El director de fotografía Rodrigo Prieto debuta con esta versión de Netflix de una de las grandes obras de la literatura universal
ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS
08 NOV 2024 - 23:30
Adaptar al cine Pedro Páramo, una de las grandes obras de la literatura universal y punta de lanza de la renovación de la narrativa latinoamericana, es una de esas empresas condenadas al fracaso. Nada nuevo: también es imposible trasladar a la pantalla Moby Dick,Ulises o el Quijote, aunque ahí estén los intentos de hacerlo, algunos de ellos con imborrables destellos.
El director y cinefotógrafo Rodrigo Prieto en la ciudad de Morelia, Estado de Michoacán (México). El 19 de octubre de 2024.IVÁN VILLANUEVA (
Rodrigo Prieto: “Pedro Páramo no es un villano”
El cinefotógrafo mexicano, cuatro veces nominado al Oscar, presenta en el Festival de Morelia su debut en la silla de director con una nueva adaptación de la novela cumbre de Juan
Gabriela Wiener, Abdulrazak Gurnah e Irene Vallejo.AGENCIAS / EL PAÍS
El Hay Festival de Arequipa celebra diez años con Abdulrazak Gurnah, Irene Vallejo y Gabriela Wiener
El evento en esta ciudad peruana, que cumple una década convocando a artistas e intelectuales de todo el mundo, tendrá a varios autores locales como plato fuerte además de charlas con el Nobel de Literatura del 2021
Fotograma de 'Matar un ruiseñor', con Gregory Peck y Brock Peters.
El corazón oscuro de Estados Unidos: Donald Trump ganó a Atticus Finch
La potencia cultural ha hecho que muchas veces olvidemos el reverso tenebroso del país
GUILLERMO ALTARES
07 NOV 2024 - 23:25
Estamos en los años sesenta, en plena guerra de Vietnam. El presidente Lyndon B. Johnson sentía un odio profundo por el periodista de The New York TimesTom Wicker. Un fin de semana en el que varios periodistas estaban haciendo guardia en su rancho de Texas apareció el propio presidente en su coche, un Lincoln blanco convertible, y gritó “¡Wicker!”. El informador se subió al vehículo presidencial, que se alejó por uno de los caminos polvorientos de la propiedad. Y entonces, describe el periodista Seymour M. Hersh en Reportero (Península), “se bajó del coche, dio unos pasos hacia los árboles, se detuvo, se bajó los pantalones y defecó allí mismo, a plena vista. El presidente se limpió con unas hojas, se subió los pantalones, se montó en el coche, dio media vuelta y regresó a toda velocidad”. Era su forma —poco sutil— de expresar su desacuerdo con la cobertura del periodista.
Max Porter, en una fotografía de 2022 facilitada por la editorial Reservoir Books.BETTY BHANDAR
Frases onduladas, amargura y sonrisas: un fenómeno literario llamado Max Porter
El británico confirma en ‘Shy’, que bucea en la mente de un adolescente, un estilo peculiarísimo en la narración, el lenguaje y hasta la maqueta de sus libros, que genera asombro y un inesperado éxito de crítica y público
TOMMASO KOCH
Madrid - 07 NOV 2024 - 23:25 COT
La primera editora que leyó una novela de Max Porter le dijo: “Es buena. Pero no sé qué podrías hacer con esto”. Nueve años después, hace unos días, el escritor le envió su última creación a su agente. Ella contestó: “No sé qué es. ¿Un discurso? ¿Un ensayo? ¿Ficción? ¿Qué hacemos con ello?”. Las obras del inglés descolocan hasta a sus lectores más habituales. Imagínese al resto. Pero, además de desconcierto, sus cuatro libros han generado críticas entusiastas —y alguna disgustada—, premios y un éxito de público sorprendente. Entre otras cosas, porque llegaron a definir sus escritos como “invendibles”. Se suele comentar entre editores que un libro debe poderse resumir fácilmente y tener claro a quién se dirige. Misiones imposibles ambas con Porter, como subrayó The Guardian. Él se ríe: “Yo tengo que hacer el trabajo. Otra gente puede preocuparse de qué es”. Novela. Poesía. Arte. Música. Fábula. Todo ello, quizás. O nada. Pero hay algo que sí es: un extrañísimo fenómeno literario.
Podría decirse que su ópera prima, El duelo es esa cosa con alas, de 2015, hablaba de un padre y dos niños que lidiaban con la muerte de la madre. Pero también estaba Cuervo, un pájaro que se metía en la casa y ayudaba a sus habitantes a sobrellevar el dolor. Había hojas casi completamente en blanco, frases esparcidas u onomatopeyas como “CHSSSSSSSSSSSS”. Shy, recién publicada en España (por Random House, como las demás), podría resumirse como un buceo en la mente de un adolescente en crisis. Sin embargo, eso no recogería las distintas maquetas y tipografías, páginas concebidas como gritos en la cabeza del joven, una experiencia casi mística con dos tejones, la denuncia social y política, momentos de ternura sobrecogedora, y párrafos encadenados a ritmo del drum’n’ bass que adora el protagonista. Real, humano, sobrenatural. Único. Y condensado en apenas 120 páginas, ya que la brevedad es otro sello de las novelas de Porter (High Wycombe, 43 años).
Dos páginas de 'Shy', de Max Porter, editado por Reservoir Books.T. K.
“Nunca soñé con ser escritor. Así que tampoco experimento decepción. Es como si sintiera a todos los demás autores detrás de mi espalda diciendo: ‘No es un escritor de verdad’. Y puede que sea cierto. Cuando veo mis obras en estanterías de gente sospecho que pensarán: ‘Esta cosa no es real’. Cuando dicen que mis libros se hacen peores o son intraducibles lo entiendo. Y luego han salido en 30 idiomas. Me resulta todo increíble, y a la vez sigo pensando que tienen razón”, reflexiona él por videollamada desde Bath, la ciudad inglesa donde reside con su familia. Puede que su camino refuerce la sensación de intruso o “impostor”, como a veces se siente. Estudió historia del arte. Y, al principio, trabajó en un bar, limpiando jardines o empaquetando velas. Hasta que le contrató una prestigiosa librería del centro de Londres por la campaña navideña: no estaba de turno cuando acudió a la tienda la familia real, aunque sí atendió desde la caja al cantante Morrissey. Pero su mejor recuerdo de aquella época es mirar a los ojos a desconocidos y recomendarles un libro.
Le gustó tanto que se aventuró a abrir su propio establecimiento. Y terminó contratado por Granta Books como editor. Mientras tanto, nunca había parado de crear por pasión: música, poesía, dibujo. Porter cuenta que necesita mantenerse siempre ocupado. Pero justo cuando se vio obligado a leer por oficio se dio cuenta de que estaba dejando a un lado su propio impulso artístico. Entre otros hobbies, le encantaba construir cajitas con mezcla de todo tipo de materiales, al estilo de “los collages de Joseph Cornell”, y regalarlas. “Pensé que podría hacerlo con el lenguaje”, rememora. Empezó a pegar juntos la relación entre hermanos, la pérdida familiar que él mismo había experimentado, los cuervos, la poesía o los ecos de Emily Dickinson. Sostiene que lo hacía por sí mismo. Pero El duelo es esa cosa con alas terminó a la venta. Y gustó. Hasta fue llevada luego al teatro y ahora se planea una adaptación al cine, igual que con Shy.
Toby Schmitz (centro), en una imagen promocional de la adaptación teatral de 'El duelo es esa cosa con alas', de Simon Phillips, Nick Schlieper y Schmitz, a partir de la obra de Max Porter.
“Si siento que estoy intentando imitar a otros, buscando algo fuera de mí o tratando de complacer a un lector en mi cabeza, sé que voy por un callejón sin salida. Por supuesto que a veces pienso en el mercado, las críticas o asuntos técnicos, formales o estructurales. Pero me esfuerzo mucho por volver al punto donde lo único que importa es la música en mi cabeza, lo mío, que parece ser este extraño collage híbrido”, apunta Porter. Su segunda novela, Lanny, editada en 2019, mantuvo y subió la apuesta. Ponía los focos sobre otro crío, incluía de nuevo entre los personajes a un ser muy peculiar, Papá Berromuerto, y reforzaba el aún más insólito estilo del autor. “Ventanas originales, una escapada al pueblo, los viejos se mueren” es una de las muchas frases que se deslizan onduladas por las páginas y, presumiblemente, por los oídos de la criatura. Aunque, sobre todo, confirmó su talento: colocó a Porter como finalista al célebre Man Booker Prize. Aun así, él mismo se apresura a recordar que el tercer libro, La muerte de Francis Bacon, no lo leyó ni su esposa. “Está bien”, sonríe.
El punto de partida de la cuarta novela,Shy,es puro Porter. Trabajaba en una obra sobre un amanuense que, en la Edad Media, anotaba sacrilegios en los bordes de los tomos que transcribía. De golpe, la idea se mezcló con los años noventa, y la música. Finalmente, soñó con un muchacho en el bosque que fuera como una membrana que los demás atravesaran. “Siempre me he preguntado cómo sería reflejar por escrito la velocidad del pensamiento. Me imaginé a un adolescente, y qué sucedería si todas las concepciones de él que tienen su familia, compañeros, educadores, terapistas, fluyeran a través de él”, agrega. Las respuestas están en sus páginas. Aunque es probable que la lectura más bien renueve la pregunta que tanto le hacen: “¿Qué es esto?”.
“Intento no pensar en un perfil de lector. ¿Quién se supone que es? ¿Una abuela búlgara? ¿Un adolescente en Berlín? Cada uno es único. Uno de los problemas de la literatura experimental es que suele ser excluyente. Como si planteara: ‘Es difícil e inteligente y no vas a entenderlo’. Yo busco lo contrario. Haré algo extraño, y te pido trabajar un poco, pero serás recompensado. No hay trama o narrativa convencional. Puede que al principio te sientas perdido, con ansiedad, pero lo convertiré en impacto emocional”, sostiene Porter. El autor cree que a él le corresponde construir un “buque” literario sólido. Pero cómo y hacia dónde navegar le toca al lector.
Un fragmento de la edición en español de 'Lanny', de Max Porter, editado por Reservoir Books.
Tiene tanta fe en el público que considera “ofensivo” explicar demasiado u otorgar respuestas firmes. Considera “fascinantes” hasta las críticas negativas, que le han acusado de “pretencioso, izquierdista, hippy o woke”, porque significan que sus personajes han despertado reacciones. Y asume con la misma naturalidad que alguien no conecte con sus escritos: “Desde la primera página dejo claro que nos juntamos para un juego. Yo controlo algunos de los elementos. Pero, para disfrutar del máximo impacto de este ecosistema, tienes que estar dispuesto a mojarte”. La lectura de sus obras suele dejar más interrogantes que soluciones. Y, para quien la aprecie, un poso duradero.
El autor también anda lidiando con las improntas. Cree que Shy es su novela más enfadada, y sostiene que la escribió desde el “horror” hacia los últimos gobiernos conservadores de Reino Unido. “Nuestra sociedad ha sido desmantelada por 15 años de gestión corrupta de una elite avariciosa, vaga y criminal. Y pueden verse las consecuencias. Si cierras instituciones de acogida social [como el centro donde vive el protagonista de la novela], los clubes para jóvenes, las bibliotecas, y anulas el Estado del bienestar, ¿qué les estás dando a los niños? Un 1% se está haciendo muy rico mientras el resto del país vive en niveles victorianos de pobreza y analfabetismo”, agrega.
Y aún más huella le ha dejado su reciente visita a Cisjordania. Hasta el punto de que cree que presenciar el sufrimiento de los palestinos a manos de Israel ha supuesto un “antes y un después” en su vida. “Sus historias son tan devastadoras y tristes, y a la vez las compartían con tanta generosidad, que no me queda más remedio que un completo reseteo, reconsiderar cada gesto que hago”, argumenta. Dice que se ha estado interrogando sobre las líneas rojas intolerables que la humanidad cruza, la toxicidad de un sistema podrido, la futilidad de su trabajo y qué puede hacer el lenguaje. Por lo pronto, ha escrito un monólogo.
Aunque parte de la receta para seguir adelante tal vez se encuentre en sus libros, comedias tan amargas como la propia vida: “Creo que estamos todos a tan solo un segundo de despegarnos de nuestro eje, igual que el mundo. Y quiero que mi trabajo siempre aspire a un levantamiento, sin negar la ruptura. Puedes estar en el funeral de un familiar, vivimos tiempos de genocidios, de injusticia incalculable. Pero todavía somos capaces de una humanidad, hospitalidad, alegría y profundidad de sentimiento asombrosas. ¿Cuál es mi regalo al lector? Espero que sienta algo de rabia, molestia, desubicación, shock, pero también recompensa. Al menos intentar plantar una semilla que se quede un tiempo”. Para reflexionar. Emocionarse. O aunque solo sea para preguntarse qué ha sido eso.
“El Reino Unido es uno de los países más segregados del mundo”
Max Porter arremete contra el Brexit y la “discapacidad intelectual” de Inglaterra en la fábula poético narrativa 'Lanny', una rareza nominada al Man Booker
“Sigo haciendo películas porque no tengo otra cosa que hacer”
El director neoyorquino, una leyenda de la historia del cine, estrena nueva película, “Golpe de suerte”. A punto de cumplir 89 años dice que sigue teniendo ideas para filmar y que se considera un hombre afortunado. “He tenido una vida decente porque tengo buena suerte”, afirma
Donald Trump, durante la celebración de su victoria en West Palm Beach, Florida, la madrugada del 6 de noviembre de 2024.EVAN VUCCI (AP/LAPRESSE)
Trump, una debacle moral
Una mayoría del electorado decidió hacerse la vista gorda frente al hecho de haber elegido a un delincuente convicto cuya campaña fue un festival de calumnias, mentiras y amenazas
BORIS MUÑOZ
06 NOV 2024 - 23:30 COT
La clara victoria de Donald Trump la madrugada del miércoles es el triunfo de un líder carismático, pero también de un movimiento radical de derecha, como no se había visto en Estados Unidos. Trump fue el mensajero de una agenda política basada en el control del gobierno de un conjunto de minorías conectadas entre sí por frustraciones y resentimientos desatendidos por el statu quo político, pero magistralmente interpretados y manipulados por el caudillo populista. En eso Trump tomó, tal vez sin saberlo, varias páginas del manual de estilo de líderes latinoamericanos como Perón, Chávez o López Obrador. Todos estos caudillos captaron el malestar popular, lo inflaron con una retórica volcánica y lo inflamaron a través de una narrativa polarizante que retrata al rival político, no como un adversario con el que se puede llegar a acuerdos en una contienda democrática, sino como un enemigo al que hay que demonizar, deshumanizar y, en última instancia, eliminar. Y eso fue exactamente lo que hizo Trump con su rival Kamala Harris. Pero hay algo más. Estos caudillos han llegado al poder democráticamente para socavar la democracia, destruirla desde adentro.
Las encuestas de los últimos meses no mentían. Pintaban un empate técnico con una diferencia a favor de uno y otro dentro del margen de error. Pero esas eran excelentes noticias para Trump y pésimas para Harris, quien se estancó luego de un arranque muy auspicioso. Por esa razón es también necesario reconocer lo que cada candidato hizo bien y mal a nivel estratégico. La campaña del candidato republicano fue despiadada y titánica. Trump nunca bajó la guardia. Como buen narcisista, su mayor talento consiste en robarle el oxígeno a cualquier cosa que no sea él, atrayendo toda la atención –no importa si es buena o mala– sobre sí mismo. De hecho, la campaña fue apenas el episodio en esteroides de la ubicua presencia que ha mantenido en la escena política de su país desde que se lanzó por primera a la presidencia en 2015. Solo que esta vez tuvo más suerte. Los atentados que sufrió jugaron a su favor, haciéndolo ver como un ser semidivino y tocado por la suerte, y el apoyo de Elon Musk, con sus toneladas de dinero, le dio un toque de futurismo a su retrógrado movimiento MAGA.
Kamala Harris tiene méritos indiscutibles como candidata. En solo tres meses y medio logró recoger los destrozos que dejó el primer debate del presidente Joe Biden y se posicionó como una contendora de peso para Trump, a quien derrotó de modo contundente en el único debate que sostuvieron. Pero cometió tres errores serios.
Primero, se apoyó quizás demasiado en la defensa de los derechos reproductivos de la mujer descuidando a sus electores hombres, sobre todo a los de la clase trabajadora y rural, muchos de ellos socialmente conservadores y temerosos de un mayor deterioro de su situación económica y sus privilegios de género. Entre estos se encuentran también los hombres latinos que le restaron un apoyo histórico que había sido clave para la coalición demócrata. Según un análisis de The Economist, la brecha de género entre los votantes hispanos se pronunció más en esta elección. Mientras los hombres apoyaron a Biden por 23 puntos porcentuales por encima de Trump, Harris le ganó a Trump por 10 puntos porcentuales entre los hombres latinos, muchos de ellos conservadores socialmente pero económicamente emprendedores y capitalistas. Mientras, las mujeres le dieron 24 puntos porcentuales. Para el semanario británico, el tema del aborto es uno de los factores de esta brecha. Eso sin contar que, a despecho del trato degradante y calumnioso de Trump contra los inmigrantes de América Latina, en particular venezolanos y haitianos, los magalatinos se sienten intensamente identificados con Trump como macho alfa, muchos de ellos.
Segundo, Harris no alcanzó a articular un mensaje efectivo para vender sus planes de una economía de oportunidades más inclusiva. Tampoco dejó claro cómo iba a controlar el alza de precios que aqueja el bolsillo de las mayorías, pese a que los números de la macroeconomía demuestran que el país ha logrado evitar la recesión, domar la inflación y alcanzar el pleno empleo. En este sentido, la agenda de Harrisno pudo diferenciarse lo suficiente de la de su mentor político a la hora de trazar una visión propia para su gobierno.
Tercero, el que me parece a mí más grave: Harris no fue asertiva sobre lo que quería como política, más allá de promover una identificación por contraste con Trump. Tuvo grandes problemas para encontrar su propia narrativa y personalidad política. Fue su enemigo quien la definió, descalificándola sin cesar como una política incapaz, sin propuestas, mentirosa.
Los demócratas no supieron interpretar las necesidades y expectativas de la población en temas como la economía, las relaciones internacionales y la migración. Volvieron a subestimar a Trump, quien demostró ser un contendor formidable e infatigable, apoyado por un equipo que lo iguala en falta de escrúpulos e instinto asesino. Esta equivocación tremenda no solo les ha costado la pérdida de la presidencia y las dos Cámaras del Congreso, sino que les acarreará un costo político tremendo entre la población del que les tomará años recuperarse.
A partir de hoy, Trump ya no es solo un presidente, sino el avatar de una era, como lo fue Roosevelt o Reagan, aunque la comparación resulte desquiciada. Este hecho no anula el problema moral al fondo de esta elección: una mayoría del electorado –aunque solo sea 2% del voto popular– decidió hacerse la vista gorda frente al hecho dramático e incontestable de haber elegido a un delincuente convicto cuya campaña fue un festival de calumnias, mentiras y amenazas. Desde esa perspectiva, el resultado equivale a una debacle moral que lanza al país por una senda peligrosa. Supongo que en Roma se vieron cosas similares. No me refiero a la Roma de Nerón y Calígula, aunque allá también, sino a la más cercana y reciente de Silvio Berlusconi, a quien como a Trump le fascinaba hacer tratos. Solo que en un presente todavía más distópico y enfermo.
‘Fuego en la garganta’, de Beatriz Serrano: una novela imprevisible para la generación que creció con Internet
La obra finalista del premio Planeta tiene a una protagonista con poderes sobrenaturales que transforman sus sentimientos en enfermedad o milagro curativo para otros. Redes, magia y una secta para ganar dinero se suman a una trama con final de cuento
Carlota Rubio
5 noviembre de 2024
La noche de la concesión del Premio Planeta, Beatriz Serrano, finalista, presentó a su protagonista como una niña solitaria que, en la Valencia de los noventa, “asesina a una compañera de clase que se mofa de ella por su situación de abandono familiar”. Entre murmullos peliculeros, algún periodista espetó que “rápidamente le dirán que se ahorre esto de la muerte en las entrevistas”. La campaña mediática empezaba allí para barrer cuántos más ejemplares mejor. Fuego en la garganta está bien elegida para lograrlo: ensanchará el rango generacional. Si la obra ganadora, Victoria, es una novela para el lector babyboomer tradicional del Planeta, Fuego en la garganta gustará a sus hijos (o más bien hijas), a quienes descubrieron el mundo a la vez que internet.
No es fácil resumirla porque cada una de sus tres partes trunca el tipo de novela que el lector pronostica. Sí que hay una niña fallecida al principio, pero no por el asesinato sanguinario que sus declaraciones dieron pie a imaginar. Blanca, la protagonista, tiene poderes sobrenaturales (ese fuego en la garganta) que hacen que sus sentimientos se manifiesten en enfermedad o bien milagro curativo para otros. Lo que en la primera parte parece anunciar un coming of age de una niña abandonada por su madre, en la última se convierte en un delirio de sectas, magia e internet que podrían haber escrito Los Javis. Y para acabar, final de cuento que valora la sencillez y la familia elegida.
La escritora Beatriz Serrano, en una imagen de la editorial Planeta.ANDREA CASINO
El tono se aplana en relación con El descontento, su primera novela, que obtuvo éxito por su mordacidad al relatar el malestar laboral contemporáneo. Ahora es más distendida y afectada, como suelen serlo las novelas juveniles, aunque se va volviendo sobria y directa según avanzan los hechos. El punto de vista es el de Blanca, pero no solo. Una Serrano narradora, que ya ha vivido el Metoo y la crisis del 2008, se asoma de vez en cuando para reconocerse en el lector con complicidad. Ese reconocimiento es importante: son infalibles las cosquillas que se sienten cada vez que Blanca descubre El club de la lucha, Joy Division, los pantalones pitillo, La naranja mecánica o la primera edición de Operación Triunfo.
El lector habitual de estas páginas habrá descubierto conceptos como hangxietyo multimillonarios estadounidenses que parodian Succession gracias a Beatriz Serrano, periodista experta en tendencias y redes. Y como ya pasaba en la primera novela, Fuego en la garganta no se entiende sin internet. Blanca crece como muchos lo hicimos, desconectando el cable del teléfono para huir de la claustrofobia diaria en un internet incipiente y aún no dominado por oligarcas tecnológicos. En ese mundo de foros y anonimidad, las comunidades eran posibles y gracias a ello Blanca accede a personas y cultura que serán determinantes. Ahora todo eso lo hemos dejado atrás, y deslizamos Tiktok guiados por un algoritmo que no sabemos muy bien qué nos ofrecerá, pero que captura algo del tiempo, un poco como la novela de Serrano.