sábado, 8 de diciembre de 2012

Tabaco y mujer / Plagio de Bryce Echenique

Mujer fumando
Oleo sobre lienzo, 50 x 100 cms
Mónica Morales

Articulo original
Eulalia Solé
USO SOCIAL DEL TABACO
http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/2005/07/29/pagina-17/40850880/pdf.html
La Vanguardia, 29 de enero de 2005



Uso social del tabaco
EULÀLIA SOLÉ - 29/07/2005


Según un estudio publicado por la revista Addiction, las grandes empresas 
tabaqueras son responsables, en buena parte, de que el hábito de fumar se 
haya incrementado entre las mujeres. Cajetillas con modalidades como 
light, ligero, o slim, esbelto, pretenden asociar el consumo a atributos como 
libertad, esbeltez, glamour, y lo cierto es que actualmente las mujeres 
fuman tanto o más que los hombres. ¿Cuál ha sido el camino que ha 
conducido hasta ese punto desde la introducción del tabaco en Occidente? 

Primero fueron los hombres, y además, ricos. Cuando los conquistadores 
españoles descubrieron que los indios americanos consumían esta hierba, y 
no sólo en forma de canutillos encendidos cuyo humo aspiraban y 
exhalaban, sino comiéndola y tambi én convirtiéndola en bebida, pronto 
exportaron el producto a la metrópoli. Aunque fue sólo en la vertiente de 
fumar, pronto se convirtió en un gran negocio, de tal manera que el Reino 
de España adjudicó a Hacienda, el año 1623, el monopolio de la venta de 
tabaco. Y así ha seguido hasta hace poco. Las grandes plantaciones 
estaban en Cuba y Santo Domingo, y pronto el hábito se extendió a las 
clases populares a tenor del aumento de las importaciones y el descenso 
del precio. 

Hay que advertir de que no en todos los países se dio al tabaco la misma 
acogida. En muchos lugares fue tachado de droga detestable, por el humo 
que provocaba, as í como por el mal olor que despedía. Durante el siglo 
XVII, tanto la venta como el consumo estaban castigados en Europa central, 
Rusia, Turquía y China, naciones que, curiosamente, no participaban en el 
ejercicio de la exportación/ importación. Nada impidió, no obstante, que el 
tabaco acabara por instaurarse en las costumbres sociales tanto 
occidentales como orientales, reservado de entrada al género masculino. 

El gesto de fumar equivalía, para los hombres, a un signo de virilidad, 
mientras que las pocas mujeres que se atrevían a fumar eran unas 
transgresoras que, según las miradas, resultaban interesantes o 
desvergonzadas. 

Lo que nadie sabía, todavía, es que los fumadores estaban jugando con 
una droga adictiva y peligrosa para la salud. Se fumaba en casa, en la 
oficina, en el cine y el teatro, en los transportes públicos, incluso en los 
hospitales. No sólo en los pasillos sino en las propias habitaciones, por 
parte de médicos y enfermos. 

Lo sorprendente, tanto como inquietante, es que el descubrimiento de los 
atributos nocivos del tabaco no haya redundado en el descenso tajante de 
su consumo. La explicación ha de hallarse justamente en esos atributos, los 
de causar dependencia ps íquica y física, amén de desarrollar una tolerancia 
que incita a fumar cada vez más para sentirse igual de estimulado. Si a esto 
agregamos la publicidad, incluso la engañosa para las mujeres citada más 
arriba, nada tiene de extraño que chicos y chicas se enganchen a edades 
progresivamente tempranas.

En cuanto a las mujeres adultas, diversos factores explican su masiva incorporación al consumo del tabaco. Emancipadas, integradas en el mundo 
laboral masculino, el tabaco se ha convertido, tal como siglos atrás sucedió 
con ellos, en un símbolo. Por desgracia, el gesto de fumar ya forma parte de 
la feminidad. 

E. SOLÉ, socióloga y escritora 



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EL PLAGIO DE BRYCE ECHENIQUE
Nexos

Número actual
OCTUBRE, 2012
Octubre 2012


01/02/2007
Columna incólume
Tabaco y mujer
Alfredo Bryce Echenique  


Según un estudio publicado por la revista Addiction, las grandes empresas tabaqueras son responsables en buena parte de que el hábito de fumar se haya incrementado entre las mujeres. Cajetillas con modalidades como light, slim, esbelto, o ligero, pretenden asociar el consumo a atributos como libertad, esbeltez, glamour, y lo cierto es que actualmente las mujeres fuman tanto o más que los hombres.

¿Cuál ha sido el camino que ha conducido hasta ese punto desde la introducción del tabaco en Occidente?

Primero fueron los hombres, y además, ricos. Cuando los conquistadores españoles descubrieron que los indios americanos consumían esta hierba, y no sólo en forma de canutillos encendidos cuyo humo aspiraban y exhalaban, sino comiéndola y también convirtiéndola en bebida, pronto exportaron el producto a la metrópoli. Aunque fue sólo en la vertiente de fumar, rápidamente se convirtió en un gran negocio, de tal manera que el Reino de España adjudicó a Hacienda, en 1623, el monopolio del tabaco. Y así ha seguido hasta hace poco. Las grandes plantaciones estaban en Cuba y Santo Domingo, y pronto el hábito se extendió a las clases populares a tenor del aumento de las importaciones y el descenso de precio.

Hay que advertir de que no en todos los países se dio al tabaco la misma acogida. En muchos lugares fue tachado de droga detestable, por el humo que provocaba, así como por el mal olor que despedía. Durante el siglo XVII, tanto la venta como el consumo estaban castigados en Europa central, Rusia, Turquía y China, naciones que curiosamente no participaban en el ejercicio de la exportación/importación. Nada impidió, no obstante, que el tabaco acabara por instaurarse en las costumbres sociales tanto occidentales como orientales, reservado de entrada al género masculino.

El gesto de fumar equivalía, para los hombres, a un signo de virilidad, mientras que las pocas mujeres que se atrevían a fumar eran unas transgresoras que, según las miradas, resultaban interesantes, desvergonzadas o machonas.

Lo que nadie sabía todavía es que los fumadores estaban jugando con una droga adictiva y muy peligrosa para la salud. Se fumaba en casa, en la oficina, en el cine y el teatro, en los transportes públicos e incluso en los hospitales. Y no sólo en los corredores sino en las propias habitaciones. Y fumaban médicos y enfermos.

Lo sorprendente, tanto como inquietante, es que el descubrimiento de los efectos nocivos del tabaco no haya contribuido al descenso tajante de su consumo. La explicación debe hallarse justamente en esos atributos, los de causar dependencia física y psíquica, y a la vez desarrollar una tolerancia que incita a fumar cada vez más para sentirse igual de estimulado. Si a esto agregamos la publicidad, incluso la engañosa para las mujeres, citada más arriba, nada tiene de extraño que chicos y chicas se “enganchen” hoy a edades progresivamente tempranas.

En cuanto a las mujeres adultas, diversos factores explican su masiva adicción al consumo del tabaco. Emancipadas, integradas en el mundo laboral masculino, el tabaco se ha convertido, tal como siglos atrás sucedió con ellos, en un símbolo. Por desgracia el gesto de fumar ya forma parte de la feminidad. n



Lea, además


viernes, 7 de diciembre de 2012

David J. Skal / Mi vida con los monstruo



David J. Skal

















Mi vida con los monstruos

La reciente publicación de Algo en la sangre, exhaustiva biografía del creador de Drácula, Bram Stoker, confirma a su autor, el veterano historiador del fantástico David J. Skal, como el mejor especialista actual en el género, capaz de aportar una visión tan penetrante como amplia de su naturaleza más íntima y, sobre todo, del por qué los monstruos nos acompañan desde siempre, despertando al tiempo nuestro horror y nuestra cómplice fascinación.

JESÚS PALACIOS | 07/12/2017


David J. Skal (Ohio, 1952) caminó entre nosotros este año, durante la 50 edición del Festival de Sitges, tanto como miembro del Jurado Internacional como en su calidad de historiador experto en género fantástico y de horror, biógrafo de personajes fundamentales como Tod Browning o Bram Stoker, cuya biografía, Algo en la sangre (Es Pop Ediciones), presentó durante el certamen. Autor también de varias novelas de ciencia ficción en los años 80, crítico cultural abiertamente gay, comentarista en documentales y programas de televisión, Skal ha cimentado su posición como el más relevante connoiseur de las raíces y puntas del cine y la literatura de terror gracias a un siempre atento examen sociológico y cultural de su historia y naturaleza, que abarca prácticamente todos los campos del conocimiento, puesto de manifiesto en libros tan accesibles como eruditos y profundos, varios de los cuales han sido afortunadamente publicados en nuestro país, como es el caso de Tod Browning: el carnaval de las tinieblas (Filmoteca Española), Monster Show (Valdemar) yHollywood gótico (Es Pop). Elegante, amable y accesible, Skal contesta nuestras preguntas mostrando la misma lucidez, falta de prejuicios y carga de profundidad que caracteriza sus ensayos repletos de rincones oscuros e ironía.


Pregunta.- ¿Por qué eligió consagrarse al mundo de los monstruos y el horror?

Respuesta.- Mientras crecía, a comienzos de los años 60, descubrí que me sentía profundamente atraído por los monstruos. Películas de monstruos, revistas de monstruos, clubs de fans de monstruos, figuras y miniaturas coleccionables de monstruos... Estaban por todas partes, y nadie se sentía tan fascinado por ellos como yo. En realidad, no estaba solo, porque había montones de chicos raros e inadaptados por todo el país igualmente atraídos por los monstruos y el horror, pero entonces no existía internet y no era fácil comunicarse con otros devotos, excepto a través de revistas como Famous Monsters of Filmland de Forrest J. Ackerman. No había vídeos, ni películas por cable bajo demanda. Simplemente no podías ver tus películas favoritas cuando querías. Realmente la única cosa que podías hacer era leer sobre ellas, hablar sobre ellas, coleccionar e intercambiar fotografías y posters, o podías filmar tus propias películas de monstruos en 8 mm en el patio trasero o el sótano de tu casa. Yo hice todas esas cosas, empezando en la escuela elemental y siguiendo hasta el instituto, cuando comencé a interesarme por otras cosas.

» Pero nunca había buscado ningún motivo para mi obsesión por Drácula, Frankenstein y el Hombre Lobo hasta casi los cuarenta años. Había comenzado a investigar para mis libros Hollywood gótico y Monster Show. Fue entonces cuando descubrí que mi propio interés inicial por los monstruos coincidió con el apogeo del pánico y la ansiedad nuclear de la Guerra Fría. En efecto, los monstruos constituían un refugio seguro para mi generación: criaturas tranquilizadoras que no podían morir. Otras décadas tienen sus propios traumas y rupturas conectadas también con el horror como entretenimiento: la Primera y Segunda Guerras Mundiales, la Gran Depresión, Vietnam, la revolución sexual y la epidemia del SIDA, por citar algunos. Desde entonces he estado escribiendo sobre todo ello.

P.- Después de su exhaustiva biografía de Stoker, ¿queda algo que decir sobre el autor de Drácula?
R.- Cuando terminé de escribir Algo en la sangre pensé realmente que había agotado todas las vías de investigación existentes, y que no escribiría otro libro sobre Stoker o su vampiro. Creo que he hecho todo lo posible por explorar su sexualidad, principalmente por comparación y contraste con su conocido de toda la vida Oscar Wilde, y que cualquier otra cosa sería ir más allá de la especulación razonable y entrar en el terreno de la ficción. Pero recientemente ha aparecido nueva y sorprendente información acerca de la escritura deDrácula, que revelaré no en uno, sino en dos libros nuevos. Esta vez tengo un colaborador, el estudioso americano de Stoker, John Edgar Browning.


Potadas de los libros Hollywood gótico, Monster Show y Algo en la sangre

P.- Al menos tres de sus libros, Tod Browning, Hollywood gótico y Algo en la sangre, tienen en común el mito de Drácula. ¿Qué significa Drácula para usted?


R.- A principios de los 60, cuando descubrí el terror, el mundo entero parecía completamente fuera de control. Creo que Drácula se convirtió en mi monstruo favorito porque era el único que estaba siempre completamente al mando de cualquier situación, lo que yo encontraba extrañamente reconfortante. Y aunque entonces era demasiado joven para entender qué significaba ser gay, había algo sexualmente transgresor acerca de los vampiros que al menos intuía y sentía próximo. Los otros monstruos parecían interesados sólo en llevarse a la chica, pero Drácula parecía interesado en jugar también con los hombres. Estaba fascinado completamente por el film de 1931 con Bela Lugosi, en el que Drácula invita seductoramente a Renfield a su castillo para lo que es esencialmente una cita con violación, toda completa, con droga administrada sin consentimiento incluida.

P.- En Monster Show analiza el cine de terror en relación a las grandes crisis del siglo XX, dejando claro que el horror está en apogeo cuando la sociedad se encuentra en medio de una crisis, pero... ¿cuándo no está la sociedad en crisis? ¿Cuándo no ha estado de moda el terror?

R.- Me alegra que haya tocado este punto, porque normalmente los entrevistadores suelen preguntarme: "¿por qué son tan populares otra vez los monstruos?", cuando en realidad no ha habido ningún momento en el que no hayan sido populares. Simplemente cambian y mutan en nuevas formas. El horror ha atraído siempre a escritores y cineastas porque es un género perennemente popular y siempre hace dinero. Mucho más para los estudios y las editoriales que para los creadores, pero eso también significa que es más fácil que te den luz verde para escribir una novela de terror o hacer una película de monstruos que para proyectos de otros géneros. Y sí, creo que es porque siempre hay alguna ansiedad social o trauma cultural próximos que provocan que la gente prefiera procesar sus miedos a través del entretenimiento asustante. El horror pone una máscara de monstruo de miedo a las cosas que verdaderamente nos aterrorizan en el mundo real, pero que encontramos muy difícil reconocer directamente. Siempre he pensado que una de las razones por las que los vampiros no se reflejan en los espejos es porque si lo hicieran, nos veríamos forzados a mirarnos a nosotros mismos. Nos guste o no, en un análisis final, los monstruos somos nosotros.

P.- Tod Browning, Bela Lugosi, James Whale e incluso el propio Stoker... ¿Es fruto siempre la mejor ficción de horror de personalidades perturbadas y marginales?

R.- Hay un elemento de marginalidad en la mayoría de la gente creativa. Ese es el motivo que les lleva a recrear la realidad a través de la ficción. En el género de horror el proceso se ve magnificado porque el marginal se representa habitualmente por medio de algún tipo de monstruo más grande que la vida misma. Mucha más gente que nunca se siente hoy marginada, y probablemente haya algo anormal en cualquiera que no se sienta perturbado por las condiciones del mundo moderno. Todo esto crea una amplia receptividad hacia las narrativas del miedo y quizá explique por qué el terror es una categoría tan amplia, abrazada con entusiasmo por gente de todo el mundo.

P.- ¿Ha sido el arquetipo del monstruo una bienvenida metáfora para la diferencia y la rebelión sexual en la cultura gay contemporánea?

R.- Tan tempranamente como en los años 30, los cineastas utilizaban a los monstruos marginados para representar a las personas gay porque se trataba del único tipo de representación que estaba a su alcance. James Whale describió al monstruo de Frankenstein como un chivo expiatorio perseguido con el que los espectadores gay podían identificarse inmediatamente y por quien los espectadores generales podían al menos sentir piedad. La Condesa Zaleska en La hija de Drácula era una figura trágica similar, que además proporcionó inspiración para Anne Rice, cuyos vampiros pudieron emerger como seres conflictivos de sexualidad indeterminada que atrajeron una amplia audiencia gay. Las vampiras explícitamente lesbianas fueron los primeros monstruos inexcusablemente gay que aparecieron en pantalla, en las películas de la Hammer, y para la época de True Blood ya no hay metáfora alguna.

P.- ¿Cree que la actual corrección política y la ola de nuevo puritanismo pueden estar afectando al género de terror?

R.- En su mejor expresión, el horror no deja que nadie se sienta cómodo. Es interesante que el horror sea a menudo tan conservador como transgresor. American Horror Story es una serie televisiva desigual, pero es muy buena demoliendo las vacas sagradas tanto de la izquierda como de la derecha. Por lo que a mí respecta, no hay un "nuevo" puritanismo. Como los monstruos, el puritanismo es una fuerza que nunca parece desaparecer. No sé en España, pero nada asusta más a los estadounidenses que el sexo. Y como es difícil que esto cambie, el horror que conlleva transgresión sexual siempre estará en demanda.

P.- ¿Qué piensa del futuro del género?

R.- Creo que está asegurado que seguiremos viendo extraños invasores terroríficos, representando temibles fantasías culturales acerca de los refugiados, las minorías y el terrorismo.

P.- Finalmente, ¿puede decirnos algo de sus próximos trabajos?

R.-Aparte de mis nuevos libros sobre Drácula, estoy trabajando en una suerte de secuela de Monster Show titulada I Hear America Screaming: The Politics of Horror.


EL CULTURAL




Eduardo García Aguilar / El escándalo Bryce

Alfredo Bryce Echenique, tramposo y cínico

EL ESCÁNDALO BRYCE

Por Eduardo García Aguilar 
Domingo, 4 de noviembre de 2012
BLOG LITERARIO DESDE PARÍS


Tienen toda la razón José Emilio Pacheco y Juan Villoro, entre otros muchos notables escritores mexicanos de todos los sectores, desde las revistas Nexos y Letras Libres hasta la academia y la calle, en lamentar el triste episodio del último premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2012, que, dotado en parte con dineros del contribuyente, fue entregado en la clandestinidad a Alfredo Bryce Echenique como un homenaje desvergonzado a los listos y a los vivos que plagian.
   De repente, en un torbellino infernal, se reunieron todas las taras odiosas que caracterizan el panorama intelectual hispanoamericano desde hace unas décadas, cuando los diques de la vergüenza, la indignidad y la falta de ética se desbordaron en total impunidad de la letrina literaria, ante la inercia mansa del foro ciudadano.
  Cuando confluyen la Universidad, el Estado y el gremio editorial, donde se supone debe reinar el sagrado derecho de autor como contraparte letrada de los derechos humanos y al mismo tiempo se usan dineros públicos provenientes del contribuyente, deben aplicarse la ética, la honradez crítica, el rigor académico, el estudio vasto de las letras estén donde estén, pobres o ricas, capitalinas o provincianas, y desterrarse el contubernio permanente e impune de los listos de la farándula.
   Se suponía que la corrupción era coto vedado de las castas políticas y financieras, ante las cuales los ciudadanos perdemos todas las batallas, cuando no la vida, pero ahora terminó por corroer los ámbitos literarios y las ferias del libro, donde editores, escritores y críticos avivatos negocian intercambios de favores y crean clubes endógenos de premiadores profesionales que van de feria en feria haciendo la fiesta como reyes Midas con dineros ajenos. Por supuesto que términos como ética, honradez, transparencia, derechos humanos y de autor, parecen pasados de moda y asuntos para ingenuos e incautos pobretones que no están en el ajo o no tienen la impudicia de venderse siempre al mejor postor como Fouchés intercambiables de las letras y la cultura.
  Primero, la Universidad debería ser garantía irrestricta de ética, porque se supone que en los llamados templos del saber el derecho de autor es rey y el plagio la vergüenza y el escarnio absolutos. Cuando algo así se descubre, como ocurrió en Alemania hace poco al ministro de Finanzas, el funcionario, por más talentoso que fuere o por más poder político que tuviere, debe renunciar de inmediato. Lo mismo ocurrió en México hace unos meses, cuando un poderoso editor de Alfaguara a lo largo de décadas y alto dignatario de la Universidad Nacional Autónoma de México tuvo que renunciar al premio Villaurrutia y a su cargo al reconocer con humildad su labor de plagiario, en medio de las críticas de los escritores mexicanos que ya no tragan entero.
  En ambos casos la universidad alemana y la mexicana no podían dejar pasar el asunto, porque la impunidad sería la entronización definitiva del plagio como una de las bellas artes y el triunfo de los vivos y los listos sobre los humildes que se devanan los sesos lejos de los cenáculos de poder en largas noches de lectura y trabajo.
El mundo editorial en general y las grandes ferias del libro en particular, como las de París, Frankfurt, Bogotá, Madrid, Buenos Aires, Nueva York o Londres, herederas de Gutenberg o Casiodoro de Reina, son pasadizos donde debería rendirse homenaje no a los avivatos y a los avorazados o a los best-sellers mediáticos, reyes del escándalo y la clownería, sino a escritores en éxodo o en exilio interior, que claman en el desierto o en la oscuridad lejos del poder político y la plutocracia y muestran el camino a los nuevos en sus búsquedas, angustias o ilusiones.
  Los grandes consorcios editoriales recientes han desvirtuado por desgracia el derecho de autor. Sabemos muy bien que utilizan los nombres de los escritores como marcas en su insaciable búsqueda de ganancias y que cuando éstos ya no tienen tiempo o talento les fabrican sus libros. Para ese efecto recurren a pobres ghost writers que usan los depósitos de manuscritos olvidados y luego lanzan tales obras como geniales producciones de las vedettes del momento, como ocurrió en los recientes casos de dos Premios Nobel, Camilo José Cela y José Saramago, y de un gran best seller y académico español, Arturo Pérez Reverte.
  Todos sabemos que los millonarios premios de las editoriales Planeta y Alfaguara son arreglados de antemano para autores de su catálogo y que son ilusos los cientos de autores que envían manuscritos a esas justas que ya traen los dados y las cartas marcadas. Pero, bueno, en este caso, se podría decir que se hace trampa con dinero privado y no público.
  Otra cosa es cuando gobiernos pobres o en crisis destinan ingentes sumas para premios como el FIL, de 150.000 dólares, que se entregó en secreto en Lima a quien por desgracia, sean cuales fueren sus razones, y tal vez muy dolorosas, entró en la deriva generalizada de plagiar como un niño malo surgido de su propia novela Un mundo para Julius y engañar a los autores y a las publicaciones que confiaban en su nombre y que, como Nexos y otras, le pagaban por ello.
 De este "desdichado" episodio, como dijo José Emilio Pacheco, sale algo positivo: los escritores, académicos e intelectuales mexicanos y latinoamericanos ya no tragan entero y están dispuestos a desenmascarar las imposturas y a luchar contra los vivos que se arrogan el derecho de nombrar a dedo a todos los premiados hispanoamericanos del momento en un jueguito donde la consigna es: yo te premio y tú me premiarás.


jueves, 6 de diciembre de 2012

Martín Caparrós / Vida de pluma

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Martín Caparrós
BIOGRAFÍA
Vida de pluma

06 de diciembre de 2012

Sonaban los abrazos. En el lobby del Hilton de Guadalajara los abrazos eran tambores y rituales: los abrazos mexicanos son un baile difícil. Me llevó años pero lo aprendí: primero hay que decir fulanito qué gusto y estrecharle la mano como para romperla; enseguida –sin solución de continuidad, como en un solo movimiento–, hay que acercar el propio flanco derecho –costalar y sobaco, más que nada– al flanco derecho del coautor, en un gesto que podría ser algo así como un encuentro donde los frentes de los cuerpos evitaran recelosos el contacto; y, por fin, diligente, el paso atrás y de nuevo el estrechón de manos. Todo con grandes gritos de hombre qué gusto qué bueno verte cómo estás qué gusto, y las palmadas: lo que más suena son sin duda las palmadas.
Atronaban abrazos: en el lobby del Hilton de Guadalajara, escritores ambulantes se reencontraban con alborozo vocinglero, hombre qué gusto. Llevaban semanas, meses, incluso días sin verse: algunos desde aquel festival en Puerto Rico, ese encuentro en Madrid, el lanzamiento en Lima, la feria en Guanajuato, la charla suspendida en Bogotá; alguno, incluso, desde aquel premio en Cáceres. Pero todos guardaban, hondo en el corazón, el gozo de ser uno de ellos.
                                                    *                 *                 * 
Cambia, todo cambia –para que nada cambie, por supuesto. Hace justo veinte (20) años publiqué una contratapa de Página/12 que empezaba diciendo que la vida de escritor:
“La vida de escritor le llenaba el alma de iluminaciones. Sólo tenía algunos problemas a la hora de compatibilizar horarios, pero poco a poco fue descubriendo itinerarios inverosímiles que le permitían estar a las siete en el coctel de una fundación muy generosa en San Telmo, ocho menos cuarto en la presentación de una poetisa recién estirada en Belgrano y a las nueve en una cena en el centro, donde se anudarían alianzas fundamentales para la Cultura Nacional. Alguna vez pensó escribir una guía para estas odiseas, pero no era cosa de darle tanta ventaja a la competencia y, además, no se le ocurría nada original.
–El género de caminantes ya está completamente exhausto.
–Pero te queda la posibilidad de la parodia.
–Ay, por qué estarás siempre tan démodé...
Cuando publicó su primer libro tenía veintitrés años y tantas ideas que sólo esperaba que alguna vez dejaran de estorbarle en la imaginación; ahora, a los cuarenta y pico, disfrutaba de un nombre infaltable en congresos, cursos y encuestas de fin de año, ya no tenía que pintarse ojeras para parecerse a un maldito y nadie lo igualaba reconociendo orígenes y cosechas de los mejores clorhidratos, pero a veces no podía recordar si ese verso era de Keats o de Shelley. Algunas madrugadas se despertaba sudando de pavor.
No había perdido las ilusiones. Seguía creyendo que alguna vez escribiría una buena novela; mientras tanto publicaba libros para no perder el título y, de todas formas, había descubierto que las estudiantes de mirada lánguida y carnes de piedra sólo querían oírle recitar aquellas frases suyas que ya habían leído y que se resistían mucho más si trataba de cantarles algo que no supieran tararear. Era un hombre ordenado: cuando tardaban más de dos horas cuarenta en llevárselo al lecho las despedía con una sonrisa que supuestamente les troceaba el corazón. Las esperaba sin ansiedad: su contestador tenía una media de seis llamados por mes, lo cual no era tan malo en tiempos de crisis de la literatura, y el juego de ojos de los cocteles le deparaba una o dos más a la semana.
–Te digo que disfuté como una enana con El lógico hueso.
–Yo también.
–No sabés cómo me excité con los dos mapuches que se lamen mutuamente la salsa de arrayán.
–No. Me tenés que explicar.”
                                                    *                 *                 *
Eran otros tiempos. O los mismos, pero de cabotaje. Si algo cambió en la sociología de la literatura latinoamericana –o, mejor dicho: en la sociología tan menor de los escritores latinoamericanos– en los quince últimos años es la escala: ahora sus viajes pasan por aduanas. Un pelotón ha roto las fronteras. No son tantos, quizás un centenar: demasiados. Somos, de algún modo, el efecto de un mercado nuevo, inesperado.
Hace veinte años parecía que ese mercado había desaparecido: que escribir y publicar novelas era un deporte perfectamente solipsista, un negocio entre uno mismo y sus fantasmas y unos cuantos amigos. Nadie esperaba nuestros libros: los editores –eran pocos y grandes– no sabían cómo venderlos, los lectores –parecían cada vez menos– no se sentían interpelados, tan peludos. Yo hacía de necesidad virtud: me desafiaba, nos desafiaba a escribir sin justificaciones, sin escudarse en supuestos receptores; a escribir solo porque no había otro remedio u otro placer mejor; a escribir porque sí, música vana; a hacerse cargo de que eso que uno escribe es lo que puede, sin la excusa menor de lo que esperan otros.
Y después, de a poco, se fue armando un mercado y ese mercado produjo, de algún modo, un espacio latinoamericano que antes no existía, donde los escritores menores de 50 se conocen, se encuentran, se sienten parte de algo, de lo mismo. Es muy simpático. El sociólogo –¿existe todavía?– podría suponer que es un efecto del crecimiento de las clases medias en el continente, con su acceso a los consumos culturales que los ricos solían reservarse, con los viajes baratos y las comunicaciones indiscriminadas. Sea por lo que sea, lo cierto es que ahora todo parece más y más lleno de escritores y empezaron, extrañamente, a aparecer pequeñas editoriales que los o nos publican y empezaron, más extrañamente, a aparecer eventos que los o nos reúnen. Digo eventos: ni encuentros ni congresos ni discusiones; digo eventos, esa palabra tan contemporánea.
(Con los años había aprendido, sobre todo, a preparar un bolso para cinco días. Necesitaba dos pares de pantalones, un saco por si la mesa redonda era más seria que lo acostumbrado, la guayabera aquella que le había regalado la venezolana, la malla para la pileta, una camisa blanca para la fiesta más prometedora, media docena de libros propios para regalar a quien tocara, dos ajenos para poder comentarlos en las cenas, las pastillitas ésas. Había aprendido a hablar con las personas indicadas, los editores periodistas críticos organizadores a su vez de otros eventos; había aprendido a no comerse todo en el desayuno cada vez, como al principio; había aprendido los nombres de seis peruanos dos ecuatorianas una docena de chilenos 208 mexicanos un guatemalteco; había aprendido a quejarse de los cuartos de hotel aunque, todavía, solían ser mejores que el suyo de su casa: era sin duda un error que no podía durar. Había aprendido, sobre todo, a desplegar todo su encanto en esas mesas: a colocar la dosis justa de sarcasmo, citas, sonrisas displicentes, tedio disimulado y elogios zalameros que hacía las delicias de cada concurrencia. Era un león –una leona– de las mesas: un perfecto producto para eventos.)
Ahora, en Guadalajara, alguien dice que estos eventos son muy raros. Que ir a una feria como la FIL es como ir a un festival de cine sin entrar a ver las películas, solo las conferencias de prensa. Que es una gran movida montada alrededor del libro donde se venden libros, se compran libros, se contratan libros, se deciden libros, se comentan libros –pero, por supuesto, no se leen libros. En los eventos literarios la obra siempre está un poco más allá, telón de fondo; para vivir en los eventos literarios, los escritores han tenido que desarrollar habilidades que no tienen nada que ver con la escritura: esa acidez, esa dulzura, esa amargura, esa elocuencia, esa capacidad de brindar un buen show. En el congreso, esa forma tan antigua, los escritores se encontraban y discutían, a puertas cerradas, entre pares; en los eventos, tan actuales, los escritores le hablan en público a un público que no está legitimado para contestarles. De horizontal a vertical, todo un trayecto.
No es el único. Lo cierto es que ser un escritor de ahora tiene ventajas muy visibles. Así que se hizo cool, se llenó de chicos y chicas que quieren y que, con tal de serlo, incluso intentan algún libro. Y que los eventos son –junto con premios y subsidios– la base de ese inverosímil star system –aunque sea un star system sin stars– y que, gracias al sistema, hay más parejas multinacionales, pero la circulación de groupies se hace más complicada: duran, si acaso, lo que dura el evento –tres días, cuatro.
Y que, sin embargo, todos estamos muy contentos.
                                                    *                 *                 * 
Hace un par de años me invitaron a dar una charla en la Cátedra Roberto Bolaño de la Universidad Diego Portales, Santiago de Chile. Era, todavía, un espacio a la antigua: estudiantes y profesores, un monólogo largo y aburrido. Me saqué. Dije, entre otras cosas –y repito:
“Vivimos una época de gran mediocridad literaria, y nos complacemos en ella. No es desagradable. Los menos mediocres de entre nosotros –o quizás debería decir los más-, los que mejor nos adaptamos a esa mediocridad dominante, la pasamos bien. El mercado nos es propicio, nuestros libros mediocres nos procuran ingresos decentes, viajamos a giras de promoción, a ferias donde la prensa nos celebra, los editores nos invitan a restoranes caros, incluso asistimos a encuentros y congresos donde debatimos y enaltecemos lo que hacemos como si fuera literatura, aunque últimamente congresos hay cada vez menos, ahora en su lugar lo que hay son festivales –el libro en la sociedad del espectáculo–; todo lo cual nos da fuerzas para seguir produciendo más libros mediocres. Digo mediocres; quiero decir: sin ninguna ambición más allá de sí mismos. Escribimos libros que hasta pueden ser relatos bien armados, graciosos, estremecedores, sugerentes. Escribimos libros que pueden incluso captar ciertos rasgos del espíritu de la época, que muchos lectores pueden disfrutar, que se traducen en idiomas. Escribimos libros que también pueden incluir giros felices, frases bien ritmadas, estructuras astutas. Pero escribimos libros que sólo quieren ser leídos, que no pretenden más que eso; sobre todo, no intentan cambiar la forma en que se escriben y se leen los libros.
Nadie o casi nadie pintaría ahora con el trazo de Modigliani o de Picasso. Quizás esto suceda también porque la plástica no tiene mercado sino compradores: para que una obra se venda bien sólo se necesitan diez críticos y un coleccionista, todos muy educados. Para que un libro se venda bien se necesitan miles y miles de televidentes. Pero en cualquier caso nosotros seguimos haciendo lo mismo que hacían nuestros colegas hace 100, 150 años. Si alguien  pintara como Delacroix sería un idiota, alguien que escribe como Flaubert, con la sintaxis y las estructuras de Flaubert, puede ser un muy buen novelista contemporáneo. ¿Qué hace que nuestras novelas pertenezcan a nuestro tiempo y no a cualquier otro? ¿Que incluyan aviones y computadoras, drogas y marginalidad, sexo gay o amores a distancia, lo que sea? ¿Que incluyan ciertos gestos, chistes pop, los ecos suaves de la tele y las grandes disqueras? ¿O que precisamente no parecen de ningún momento? Nada en la forma, nada en la forma, es como si pintáramos una rave con el academicismo gran formato de Jacques-Louis David. ¿Vale la pena escribir para que haya un par de historias más dando vueltas por ahí? ¿O para asegurarse el alquiler de los dos próximos años? ¿O para girar y viajar a festivales? ¿O para que te pongan un micrófono adelante? Supongo que sí, si aceptamos que eso es mediocridad pura, que permitimos que la literatura deje de ser un arte. Que escribimos libros que nunca van a cambiar el modo de escribir libros o de mirar el mundo. Que somos tan honestos y tan prescindibles como buen zapatero.”
Vamos a los eventos, nos la pasamos bomba: somos casi felices, por un rato.






Juan Villoro / La ética de un oficio / Los plagios de Bryce Echenique

Alfredo Bryce Echenique

La ética de un oficio

19 de octubre, 2012

¿Es posible que la cultura esté al margen de la ética? La pregunta, que debería ser innecesaria, resulta imprescindible ante el Premio FIL concedido al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique.

Distinguidos profesores de El Colegio de México, decenas de articulistas y un aluvión de cibernautas han criticado que se utilicen dineros públicos para festinar a un escritor que vulneró los derechos de otros autores. Como el asunto aún no se resuelve, añado este comentario, convencido de que proponer una solución no significa condenar a un autor ni al jurado que lo premió. La democracia depende de respetar las ideas y las leyes que las protegen. Disentir no es linchar.

Aprecio a Bryce Echenique como persona y como el memorable autor de Un mundo para Julius y La vida exagerada de Martín Romaña. Su destino está asegurado, sus libros se seguirán leyendo y sus chistes, ya legendarios, seguirán animando nuestras reuniones.

Pero hay algo que no puede soslayarse: Bryce robó al menos 16 trabajos ajenos. El plagio es el equivalente literario del dopaje deportivo o la negligencia médica. ¿Merece el Balón de Oro un futbolista que ganó el Mundial pero en otros 16 partidos dio positivo por dopaje? ¿Merece ser Médico del Año alguien que inventó una vacuna pero perjudicó a 16 pacientes? Por supuesto que no.

El delito de Bryce contra los derechos de autor ya fue sancionado en tribunales. Otro jurado, el del Premio FIL, decidió que esto no afectaba su valoración. Me parece un error inaceptable.

¿Cuáles son los límites morales de un jurado literario? Obviamente, no se le puede exigir a un escritor que también sea un estupendo ciudadano, un ser piadoso o un buen marido. Anton Chéjov sólo vivió una vez. Lo que sí se le debe exigir es que tenga ética en su escritura.

El jurado del Premio FIL consideró que los artículos que Bryce plagió no perjudican su ejercicio literario. Probablemente entienden al periodismo como un género menor, susceptible de ser usado como la zona impune de un Gran Artista.

Resulta ocioso demostrar que el periodismo de Ramón Gómez de la Serna, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Albert Camus, Tomás Eloy Martínez, Kurt Tucholsky, Ernest Hemingway, Álvaro Cunqueiro o Josep Pla es parte esencial de su obra literaria. La mayoría de los textos de Carlos Monsiváis (Premio FIL) han sido publicados en periódicos, no en libros. El periodismo no puede ser visto como el cajón de desperdicio de un autor.

El respeto que merece esta profesión se vuelve decisivo en el devastador momento que vivimos. Según Reporteros sin Fronteras, México es el país más peligroso para ejercer el periodismo. Numerosos compañeros del oficio han muerto, han sido amenazados o han tenido que exiliarse por atreverse a decir la verdad. Quienes escribimos en los periódicos no podemos ser ajenos a la trascendencia de un trabajo que puede costar la vida.

La FIL está asociada con la Universidad de Guadalajara. En toda institución académica el peor delito es copiar. ¿Qué mensaje se le manda a los alumnos -en especial a los de periodismo- con este galardón? Un mensaje cínico: "Copien, muchachos, que eso no les impedirá recibir 150 mil dólares".

Hace apenas unos meses la cultura mexicana se sometió a un intenso debate a propósito de los plagios cometidos por Sealtiel Alatriste. Fue un asunto doloroso que concluyó con la renuncia del escritor a su cargo en la UNAM y al Premio Villaurrutia (que no estaba en entredicho pero desató la polémica). Ante la indignación de la comunidad, Alatriste pidió disculpas, protegió a la UNAM con su renuncia y prescindió del premio.

Es imposible no tener en cuenta el antecedente. ¿No aprendimos nada de esa lección? ¿Lo que se sanciona en una universidad pública se pasa por alto en otra?

Lo que en verdad está en juego no es la reputación de un escritor de cumplida trayectoria, sino la forma en que se difunde la cultura en México.

Raúl Padilla, ex rector de la Universidad de Guadalajara y máxima autoridad de la FIL, ha impulsado la principal feria del libro en el idioma. Ahora enfrenta una encrucijada que reclama grandeza. Su trayectoria y el precedente de José Narro, rector de la UNAM, permiten pensar que estará a la altura de la situación.

La salida es menos compleja de lo que podría suponerse. La cláusula séptima de la Convocatoria para el Premio FIL informa que el fallo del jurado es inapelable. No hay nada que objetar a su valoración. Pero la cláusula décima advierte que "cualquier situación no prevista... será resuelta por la Comisión de Premiación".

Dicha Comisión puede acatar el fallo que distingue a un novelista, pero negarse a entregar el premio porque eso violaría las normas éticas de la Universidad de Guadalajara y de la Feria Internacional del Libro.

Raúl Padilla está ante un elevado desafío: demostrar que en México la cultura no es coto de la impunidad.




miércoles, 5 de diciembre de 2012

Ivan Thays / Los 21 libros del 2012


Los 21 libros del 2012

Por  | 05 de diciembre de 2012
Debo admitir que me encantan las listas. Sé que son arbitrarias, que al fin no son significativas, que apenas sirven para levantar el ego de algunos y desinflar el de otros. Pero me gustan. Me siento como el personaje aquel de Alta fidelidad que, en plena crisis, se pone a hacer una lista. Los medios anglosajones suelen hacer sus listas en noviembre, apenas termina el Día de Acción de Gracias. Por esas fechas, España y América Latina recién se animan a lanzar sus novedades más atractivas. Hay que prestar atención a las listas de los diarios anglosajones, traen la promesa de futuras traducciones. Este año, McEwan, Banville, Rushdie, Junot Díaz no consiguieron mayor repercusión y apenas fueron mencionados. Las mujeres, Hilary Mantel, Zadie Smith y Alice Munro, en cambio, tuvieron mayor fortuna.
Si hablamos de listas de libros, confieso que prefiero las de un autor o reseñista  particular antes que la de un staff de colaboradores, y muy por encima de esas listas interactivas tan de moda actualmente, que favorecen a los que tienen más votos; listas de popularidad donde no existe ninguna capacidad crítica, en consonancia con la generación I Like. Al menos cuando la lista pertenece a un autor o un reseñista se puede juzgar sus gustos, que son explícitos y tienen el contexto de todas sus opiniones anteriores, y uno sabe a qué atenerse. Con las listas I Like la sospecha es lo primero que se impone. Ser demasiado popular en literatura, aunque Paulo Coelho opine lo contrario, siempre es sospechoso.
En años anteriores he hecho mi lista de libros favoritos. ¿Caeré este también en la tentación de hacer una lista? Sí, voy a dejarme llevar por esa tentación. Pero con un cambio: no será una lista de los mejores libros del 2012 que he leído, sino de los que no he leído y pienso hacerlo. Algunos ya están estacionados en mi velador, esperando el despegue. Otros espero conseguirlo pronto y pasarlos a primer lugar (siempre el libro que falta en el librero es el que en realidad necesitamos leer).
Voy a escoger 21 libros, que me parece un número apropiado para el 2012. Aquí está mi lista de libros publicados este año que no pude leer, pero lo haré:
1.-  Coronada de moscas. Margo Glantz (Sexto Piso)
2.-  El último joven. Juan Ignacio Boido (Seix Barral)
3.- Billie Ruth. Edmundo Paz Soldán (Páginas de Espuma)
4.- Un asunto sentimental. Jorge Eduardo Benavides (Alfaguara)
5.- Ciudad abierta. Teju Cole (Acantilado)
6.- Nada se opone a la noche. Delphine de Vigan (Anagrama)
7.- Noches azules. Joan Didion (Mondadori)
8.- Nostalgia. Mircea Cártárescu (Impedimenta)
9.- El atlas de las nubes. David Mitchell (Duomo)
10.- Islas flotantes. Joyce Mansour (Periférica)
11.- Vida y opiniones del perro Maf y de su amiga Marilyn Monroe. Andre O´Hagan (Alba)
12.- In memorian y amores. Paul Leutaud (Universidad Diego Portales)
13.- De repente un toquido en la puerta. Etgar Keret (Sexto Piso)
14.- Mr Gwyn. Alessandro Baricco. (Anagrama)
15.- La cerca. Jean Rolin (Sexto Piso) 
16.- ¡Adiós, libros míos! Kenzaburo Oe (Seix Barral)
17.- Las cataratas. Eliot Weinberger (Duomo)
18.- El camino total. Salvador Benesdra (Eterna Cadencia)
19.- Di su nombre. Francisco Goldman (Sexto piso)
20.- Karnaval. Juan Francisco Ferré (Anagrama)
21.- Mortalidad. Christopher Hitchens (Debate)

PD.- Me imagino que la lista se puede ampliar. Acepto sugerencias. Y también acepto opiniones, si han leído estos libros ya, para impulsarme a leerlo o impedir que lo haga. Una palabra basta, y cada libro que uno deja de leer le abre el sitio a uno nuevo así que bienvenidos todos los comentarios.