Leonardo Padura
Los límites del amor
Para el Maluco Villafaña
Miércoles
Suena el despertador, justo a las dos y veinte de la madrugada. Es un alivio. Descubres que has dormido mal porque sentías frío. Las cuatro horas dedicadas al sueño las pasaste con unos intangibles deseos de levantarte y hacer algo, tal vez sólo orinar, pero nunca te atreviste a dejar la cama. Eso siempre pasa.
Ahora adviertes la presencia absoluta del frío, penetra por el balcón abierto. Magaly, tapada hasta la barbilla, se adueñó de la sábana y la frazada comunes. Mientras te vistes, observas a la muchacha. Dormida, con la boca un poco abierta y el pelo sobre la frente, sabe conservar una elegancia reposada y fresca. Quisieras besarla, pero el despertador marca las dos y media.
Dejas la cafetera sobre la hornilla. Sales al balcón. Te arden los ojos y tienes la boca recia. El aire te golpea la cara y te ayuda a espantar el sueño que ya ha dejado de ser viejo para hacerse infinito. A esta hora de la madrugada corre una brisa marinera y suave, la única en todo el día que arrastra un leve olor de la bahía tan cercana. «Voy a cerrar el balcón», piensas que el frío puede despertar a Magaly, pero lo dejas para el final. Escupes hacia la calle. «Ahora mismo», calculas, «en La Habana son las nueve de la noche, y hace calor».
De pie, bebes una taza de este café angolano, fuerte y amargo, al que sólo te acostumbraste al cabo de varios meses. Faltan quince minutos para cubrir la guardia y, contra tu costumbre de relevar temprano, prefieres acodarte en el balcón y fumar sin prisa el cigarro que exalta el sabor del café prendido en la lengua. Mi última guardia, esto se está acabando, señores, y observas la ciudad dormida, los edificios salpicados por unas pocas luces, las calles vacías, la noche casi perfecta que sólo es alterada por las alucinantes trazadoras que dispara, peine a peine, algún FAPLA aburrido allá por la zona de la Mutamba. Luanda es triste y más inhóspita por las noches. Tratas de aprehenderlo todo, como si temieras olvidar los sitios donde has vivido durante dos años, pues el miércoles próximo, cuando deberías agarrar otra vez el AK para hacer tu guardia nocturna, ya estarás en La Habana y estos meses interminables de misión van a ser una medalla, la noticia recortada del semanario de los colaboradores y una larga historia, con varias versiones y verdades, para contarles a tu mujer y a tus amigos, a los hijos que alguna vez vendrán, ¿no?Miércoles
—Falta el agua —dice y Magaly se vuelve para mirar la mesa, como si no concibiera que, en realidad, allí pudiera faltar algo. Coloca la jarra entre la fuente del arroz y los pozuelos para el dulce y se sienta con un leve quejido de alivio. Comen en silencio, mientras en la grabadora suena una balada de los Beatles. Magaly trata de no oír la música que él insiste en poner una y otra vez. Ella prefiere a los Bee Gees y a Donna Summer, los animadores de las últimas fiestas en que bailó hasta el agotamiento. Ella no entiende esos excesos, él se emociona y todo cada vez que oye la historia de aquel fool on the hill , que siempre canta a dúo con los Beatles, en voz baja y con el ceño fruncido.
Durante veinte meses, cada mediodía y cada noche han comido juntos en este apartamento que se convirtió en la casa de los dos. Al principio él fue ubicado en el quinto piso, junto con otros tres hombres, mientras esperaba la inminente partida del funcionario al que debía relevar. Cuando al fin tomó posesión de su apartamento de funcionario, en la décima planta del edificio, se enfrentó de golpe a la obligación diaria de alimentarse. Toda la vida, primero su madre y luego Tania, le habían garantizado la satisfacción de aquella necesidad elemental, y entonces la tarea de cocinarse le pesó con tanta fuerza como la soledad.
Pero Magaly había caído como un ángel. Por los cuentos de sus compañeros que habían estado en Angola, él sabía lo importante que era aquí la compañía de una mujer, pero no se atrevió a pedirle al Ministerio que aplazaran su misión un par de años para que Tania, graduada al fin de la universidad, también pudiera acompañarlo.
En aquellos primeros tiempos de laterío, arroz compacto y soledad, dividió sus días entre el trabajo, las cartas enormes y lastimeras que le escribía a su mujer y las sesiones de video-casete, cada noche, en el sótano del edificio. El tiempo le resultaba pegajoso y cada semana que conseguía arrancarle al almanaque le parecía todo un año de vida. Pero, cuando anunciaron la llegada de una nueva secretaria, soltera, camagüeyana, joven y bonita, enumeró su compañero de oficina, presintió que había sonado su momento. Se dijo que estaba en el Africón brutal y había empezado la cacería. Cuando la conociera la invitaría, así al descuido, a que pasara alguna vez por su apartamento, pues tenía un magnífico casete con las mejores baladas de los Beatles.
Miércoles
La besa en los hombros y en el cuello y con la lengua la recorre hasta lo senos. Aquellos senos tienen la solidez de sus veintidós años y saben erguirse con un leve contacto de incitación. Atraído por el calor de su vientre, le alza una pierna, que hace descansar sobre su cadera, para sentirla más próxima. Y deja que ella lo frote con el pubis abundante. Forcejean en silencio, se empapan de besos y saliva, y entonces hacen el amor, con la furia de lo irrepetible.
Mientras la penetra y la siente moverse con ondulaciones espasmódicas, la imagen de Tania, también desnuda y abierta, se instala en su mente. Entonces tiene que abrir los ojos, escuchar muy bien el ronquido satisfecho de Magaly, besar otra vez sus senos y sus labios, para alejar el fantasma impertinente de su mujer.
Cuando terminan, él trae un vaso de café. Enciende un cigarro y se recuesta en la cama, muy cerca de Magaly.
—No fumes tanto, chico, después te pasas la noche tosiendo.
—Después de las mujeres lo que más me gusta es el café y el cigarro. Creo que es verdad eso de que uno se acuesta con una mujer para tener otro motivo para encender un cigarro. Así que me atengo a las consecuencias.
—¿A todas?
—A casi todas.
Ella lo mira, le aprieta una mano y dice:
—Creo que voy a llorar.
—Todavía no sé lo que voy a hacer, te lo juro.
—No quiero que te vayas.
Él abandona el cigarro y la besa en la frente. Le acomoda el pelo.
—Es que Tania es mi mujer, hace diez años.
—Hace ocho. Los otros dos son míos. ¿Por qué no puedes dejarla?
—Todavía no sé lo que voy a hacer, ya te lo dije. No es mentira: ponte en mi lugar, yo te quiero pero ella es mi mujer y lleva dos años esperándome. Ponte en mi lugar.
—¿Y por qué tú no te pones en el mío?
Jueves
«Bueno, esta es la última carta. Menos mal. Me parece mentira que ya falte tan poco y que haya pasado tanto tiempo, veintitrés meses.
»Estoy, la verdad, que ya no sé qué voy a escribirte. Por la casa todos siguen bien, incluidos Terry (con su mal carácter de siempre) y el Negro (con su picazón de siempre). Lo tengo todo preparado para tu llegada y la fiesta va a ser en grande, para celebrar tu regreso y mi graduación. ¡Qué par de añitos estos!
»Ya conseguí la cerveza. Por cierto, fui a buscarla sola en el carro y estoy desesperada porque me veas manejando. Seguro que me vas a criticar cómo hago los cambios, pero te lo advierto desde ahora: el carro es mío. Aunque, bueno, te lo presto (para que me lleves a pasear).
»Oye, acuérdate de conseguirme el champú, que me asentó cantidad el que me mandaste. Y no gastes dinero comprándole cosas a nadie, cómprate para ti nada más, que eres el que se jodió allá…
»Tengo ganas de verte, cabroncito.
»Te espera y te quiere como siempre.
»Tania
»Coge, de adelanto, un beso bien, bien grande (que lo que te espera es mucho). Aliméntate bien que ya tú sabes: la Bestia del Reino te va a caer arriba. Otro beso, un poco más chiquito, claro.
»Ah, se me olvidaba lo más importante: resolví con el amigo de Felito una reservación en Mar Azul. De sábado a sábado. Misión cumplida. ¿Otro beso? Bueno, sí».
Jueves
—¿Recibiste carta? —pregunta Magaly y él asiente—. Estarás contento, ¿eh?
—No seas así, Magaly. Sabes que es difícil. Todo el mundo se siente contento cuando va a regresar a Cuba y yo no soy distinto. Y también sabes que tú me preocupas.
—Tienes que decidirte, Ernesto. Demuéstrame que es verdad que yo te preocupo y no me lo digas más. Para ti es muy fácil hacer el borrón y volver a la cuenta vieja.
—Coño, por Dios, Magaly, deja esa cantaleta.
La tarde cae sobre la ciudad y desde el balcón observas el tráfico incesante de los modernos autos europeos que completan la geografía de Luanda. Ella se ha refugiado en la cocina y tú piensas que has sido demasiado brusco, y lamentas, coño, por primera vez, haber abonado las esperanzas de la muchacha con sueños para el futuro que nunca debiste alentar. «¿Soy un mierda?», pero también te preguntas si tu indiscutible decisión de seguir con Tania es, de verdad, lo que más deseas. Oyes a Magaly trastear en el fogón y te sientes incapaz de marcar hasta qué punto estás enamorado de ella y hasta qué otro punto necesitas a Tania. Hace muchos meses que eres incapaz de recordar el rostro de Tania. Lo descubriste un día, durante los primeros meses de misión, mientras escribías una carta en la que le jurabas amor eterno. Y trataste de reconstruir su cara y sólo pudiste imaginarla en una postura, en una actitud: la veías salir del baño, con la bata de casa azul y la toalla blanca con que se frotaba el pelo revuelto y recién lavado. Después intentaste imaginarla desnuda, y el cuerpo familiar de tu mujer se te hizo impreciso, con trozos de otras mujeres que habías conocido, algo rarísimo. Y la cara, lo que más quieres de ella, esa cara, se convirtió en un borrón indefinible que sólo volvió a hacerse humano cuando miraste por fin la foto de la billetera. Desde entonces, cada vez que necesitaste de las fotografías te sentías absurdo, culpable sin culpa de un olvido involuntario de aquella cara que habías visto todos los días durante ocho años, aquella cara, la única que habías querido con amor adulto y sin prisas, hasta que apareció Magaly.
¿Te acuerdas? Cuando apareció Magaly andabas obsesionado con la idea de que podías morirte aquí, tan lejos, y querías engañarte pensando que sólo buscabas a Magaly porque era preferible una mujer de verdad, hermosa y sin complicaciones, que otra hecha de imaginación y nostalgia. No habías conseguido embotarte con el trabajo y los viajes a provincia en aviones de muy dudosa seguridad, enseguida te aburriste del dominó que se armaba en el tercer piso y conocías ya todas las películas terribles que pasaban en el video del edificio. Y la idea de meterte en la cocina a preparar una comida insípida te hacía perder el apetito. Magaly fue una necesidad que se instaló en ti, sin afectar el lugar de la distante Tania.
De la cocina brota ahora el olor envolvente de los frijoles y la noche se aplasta sobre Luanda, quitándole la vida a una ciudad que se muere con el sol. Él observa la puerta del baño cerrada y la raya de luz que se escapa por el borde inferior. Entra en el baño y corre la cortina de hule que protege la poceta. Magaly se enjabona el vientre y él le quita el estropajo y empieza a frotarle la espalda, los muslos, las nalgas.
Y hacen el amor, sentados en la taza azul del inodoro.
Viernes
Aunque las mañanas ya no son tan frías como las de junio y julio, él prefiere no bajar las ventanillas del Lada. El cazimbo angolano se retira, pero el cielo permanece gris hasta el mediodía, y la atmósfera es deprimente.
Durante su mes de vacaciones en Cuba, el año anterior, se felicitaba al encontrar, cada amanecer, un cielo limpio y distante, que lo hacía olvidarse de todo, hasta de Magaly, para vivir a plenitud los treinta días del descanso reglamentario. Entonces no pensaba en la muerte.
A lo largo de su estancia en Cuba sus relaciones con Tania marcharon por caminos seguros y conocidos, desbrozados hacía muchos años, pero con el impulso adicional, esta vez, de once meses de separación inevitable. Entonces no solía preguntarse si Magaly era algo más que su matrimonio angolano. Estaba convencido de que la muchacha era un paliativo inmejorable para su soledad, que todo terminaría tan fácilmente como empezó y no le concedió, ni quiso concederle, el peso necesario para convertirla en una verdadera opción.
Siempre disfrutó la estabilidad que le garantizaba Tania. Tal vez los años de amor intenso habían pasado ya, pero vivía ahora el reposo de una casa levantada a su gusto y antojo. Y los unían tantas cosas: los tiempos de estudio en común, el sacrificio de Tania para que él terminara la carrera, la fidelidad que siempre le había demostrado, las mañas de su mujer para hacerle la vida agradable.
Pero otro año de matrimonio angolano, doce meses de compañía absoluta y salvadora, habían convertido a Magaly en una presencia indispensable. Él aprendió entonces a encontrar otras bellezas detrás de la cara y el cuerpo hermoso de la muchacha. Magaly le sabía llegar al fondo, dejarlo limpio de temores y ansiedades, lleno de una agradable tranquilidad y una sensación de deseos bien satisfechos que, sin embargo, se podían renovar con un solo beso. Era una relación simple y desprejuiciada que, quizás por haber nacido con un futuro precario, disfrutaba de una sensualidad plena y sin dobleces.
Y ahora, cuando debía decidirse, le molestaba sentirse mezquino al poner en una balanza, para que lucharan contra Magaly, la casa de Tania, el auto que le habían asignado, la seguridad y la confianza, y hasta el compromiso tajante que hicieron dos días antes de su partida: «Yo te espero», dijo ella, «como siempre. Y te perdono cualquier cosa menos que regreses con otra. Yo te espero y me sacrifico, pero esa es mi condición».
—¿Qué te pasa? —le pregunta Magaly cuando él da un frenazo.
—Nada, estaba distraído.
—¿Sigues pensando en Cuba?
—¿Tú no piensas en Cuba?
—Discúlpame, pero estoy muy tensa. A veces me digo que hubiera sido mejor no conocerte.
—Repugnancia…
—Vete al carajo, Ernesto. Estoy hablando en serio. A veces lo pienso y me digo que he perdido contigo dos años de mi vida.
—No saques las cuenta así. Has vivido dos años conmigo y ya. ¿Te ha ido tan mal?
—Ese es el problema, Ernesto, nunca había tenido una relación así. Ahora no puedo entender que tengamos que separarnos.
—Yo no he dicho eso, Magaly. Te he dicho que me dejes pensar, que tú me gustas mucho, te he pedido que te esperes…
—¿Esperar qué y hasta cuándo, Ernesto?
Viernes
La luz de los bombillos se torna rojiza, luego de un amarillo muy tenue y definitivamente se instala la oscuridad. Se asoma al balcón y piensa que aquello va a durar hasta su último día en Angola. Observa un instante la ciudad en tinieblas y los faroles de los carros que marcan las calles.
—Parece que el apagón es grande —le dice a Magaly y se va hasta el cuarto. Busca la linterna y recoge el fusil. Se pone en el hombro el bolso con los tres cargadores y regresa a la sala.
—Espérate, déjame encender el quinqué —le pide Magaly y él le alcanza la linterna. Ella regresa con la lámpara y la acomoda en la mesa de centro.
—Ten cuidado en la escalera —le advierte, y él abandona el apartamento.
Mientras baja los diez largos tramos de escalera, nota cómo la ansiedad se va apoderando de su cuerpo. Es una sensación de pesadez que comienza por el estómago. Durante los veinticuatro meses esta situación se ha presentado con frecuencia y, como segundo jefe de la guarnición, había descendido desde su apartamento para reforzar la guardia del edificio. Y siempre que sucedía recordaba aquellas noches de apagón, cuando salía con Tania a recorrer, tranquilo y despreocupado, las calles del barrio. Entonces comentaban, invariablemente, que les gustaría conocer al tipo que bajaba el interruptor y los dejaba a oscuras. Lo imaginaban como un ser monstruoso, lleno de pelos y con unos colmillos muy largos. A veces aprovechaban los apagones para besarse en las esquinas más céntricas, para acariciarse en medio de la calle y una vez, amparados en la oscuridad, hicieron el amor en el portal de la escuela vieja. Siempre que se iba la electricidad sentía deseos de que Tania estuviera con él y lo acompañara también en estos apagones llenos de tensiones y peligros.
Sábado
—¿Por fin vas al trabajo voluntario?
Él la mira desde la cama. Magaly se ha puesto el pantalón de camuflaje de los entrenamientos militares y lleva el pelo negrísimo oculto bajo el pañuelo de flores rojas. Sigue siendo hermosa, incluso con aquella indumentaria. Siente deseos de besarla.
—No —le dice—, está bueno ya de trabajo voluntario. Yo tengo sobrecumplimiento. Ve tú, yo voy a leer un rato.
—Bueno —acepta la muchacha.
Ella se va. Enciendes un cigarro y lanzas el fósforo por la ventana. Das media vuelta y estudias la pared donde la humedad ha dibujado peces y pájaros desconocidos. No tienes deseos de leer, ni de hacer nada, sólo de ver la navegación de aquellos animales creados por el agua y tu imaginación. Los mediodías de sábado y los interminables domingos de inactividad te provocan una irremediable apatía. Lo peor de aquellos días de reposo era pensar en la muerte. Desde que llegaste a Angola la muerte se te convirtió en un fantasma tangible, capaz de asaltarte en cualquier momento con una impunidad que jamás habías sentido en Cuba. Con el tiempo, hasta te acostumbraste a la idea de que podías morir aquí y ese temor desconocido dejó paso a sobresaltos aislados. Lo que más te jodía era pensar en los afectos que ibas a herir haciendo la mierda de morirte. Y las cosas inconclusas. Y lo definitivo de la muerte…
Nunca has podido olvidar aquel viaje desde Menongue, durante el mes diez, en un carguero militar elevado sabe Dios cuántos pies, respirabas con dificultad el vaho de harina, aceite quemado y gasolina que flotaba en la barriga del avión, y te sorprendió el salto súbito del corazón, el vacío de desamparo en el estómago y una chicharra alocada que se te instalaba en los oídos con intenciones de reventarlos. Vaya, pensaste que aquella picada sería tu último vuelo. Tu último todo. Por eso, cuando viste salir de la cabina al copiloto sudoroso que se perdió en la cola de la nave desbocada, cerraste los ojos y te dispusiste a esperar. ¿Era miedo?
Cuando al fin pisaste el asfalto del aeropuerto de Luanda, mareado y con un oído fundido para siempre, comprendiste mejor cuánto amabas la vida y hasta qué punto querías a tu mujer, la casi invisible Tania de cuyo rostro no podías acordarte. Sólo habías pensado en ella durante ese tiempo en que te sentiste al final del camino. Sí, era miedo.
Pero hace muchos meses de eso. Te enderezas en la cama y lanzas la colilla por la ventana. Sin Magaly, te dices, no habrías podido aguantar todo esto. Te levantas y oprimes el play de la grabadora. Paul McCartney canta Till There Was You y recuerdas la primera vez que bailaste aquella canción con Tania. Hacía ya más de diez años y cada vez que oían esa canción dulce y rosada —como decía ella— tenían que bailarla. ¿Qué coño voy a hacer? Cierras los ojos y empiezas a moverte al ritmo de la música.
Domingo
La sala del apartamento parece más amplia, pues los muebles están en el balcón. La música de la grabadora suena por encima de lo que hubiera resultado agradable y tal vez la luz sea demasiado intensa.
Magaly es lo único que lo une a esta fiesta de despedida. Lo demás le produce una indiferencia absoluta, pues los deseos de estar nuevamente en Cuba se tragan toda su voluntad y absorben sus sentidos. Los otros disfrutan la fiesta a su manera. José Antonio, su relevo, está sentado junto a su mujer y, como todos los recién llegados, estudia la actitud de los veteranos y aprovecha cualquier ocasión para preguntar cómo es algo y dónde se resuelve lo otro. Hermes ha bebido fuerte y dormita en el sofá. Manuel hace chistes, como siempre, y Arias y Chana, los del periódico, lo oyen y se ríen tranquilamente. Siempre se ríen. El Joe, junto a la grabadora, compite con Roberto Carlos y canta su versión propia de Volver , en la que habla de su inminente regreso. Ernesto mira la medalla que le entregaron ese mediodía y piensa que se la ha ganado y que ahora él va a volver, y que sí, las nieves del tiempo y la cloroquina han blanqueado su sien…
Magaly se acerca con un vaso en la mano y se lo ofrece. Es un whisky barato y fuerte, pero agradable al paladar, se traga fácil y emborracha con rapidez.
—¿Te sientes bien? —ella le pregunta y le pasa el brazo por la cintura.
—Sí, un poco cansado. ¿Y tú?
—Estoy, no sé, así, un poco mareadita.
—Entonces no tomes más.
—Tú no me mandas —dice y sonríe—, así que déjame emborracharme —y lo besa en el borde del bigote.
—Quedó buena la ensalada.
—¿Te gustó? Era especial para ti.
—Mira al Joe cómo canta.
—Dentro de cuatro meses me toca cantar a mí. Ah, y voy a ver cómo tú cantas cuando llegue a tu casa y te diga, Papichuli, estoy aquí. A ver qué cara pones, cosipreciosa…
—¿Tienes ganas de joder?
—Una pila. Algo tengo que hacer, ¿no? Tú estás aquí como un pasmado y ni siquiera me sacas a bailar.
Él le quita el vaso y lo deja sobre una silla. La toma de la mano y la lleva hasta el centro de la sala. Con el brazo derecho le rodea la cintura y empiezan a bailar. Ella se mueve con torpeza y lo mira, sonriendo.
—Hace falta que el Joe ponga algo fuerte, abuelito, a ver si me puedes seguir.
—Deja que se vaya la gente, que yo te voy a dar algo fuerte. No me mires así, es la última noche y voy a estar cuatro meses sin verte.
—¿Te vas a acordar de mí, Ernesto? —le pregunta Magaly y lo abraza, como si pudiera retenerlo así para siempre.
Domingo
—Deja, deja, no recojas nada, mañana temprano yo limpio todo. ¿Te das cuenta? Esto es como una casa en la playa, hay que entregarla limpia, porque mañana tú te vas para Cuba y yo para otro apartamento. Hasta eso me va a pasar. Ay, déjame sentarme que estoy medio borracha, tengo una cosita así en la cabeza, no sé por qué tomé tanto. ¿Qué me miras? No, hoy sí que no, olvídate de eso. Ven, siéntate aquí conmigo un ratico. Ahorita nos acostamos. Aquí, así, más para acá. Estoy un poco atrasada, ¿no? Me acuerdo de que las muchachitas del pre me decían que yo era boba porque en las fiestas no dejaba que nadie se me pegara bailando, porque decía que quería casarme y tener tres hijos machos. A lo mejor soy de otro tiempo, ¿qué tú crees? Bueno, tú todavía no quieres tener muchachos, así que te pregunto por gusto. ¿Oye, Ernesto, estaré medio borrachita? Nunca había tomado tanto whisky , tres vasos así, y ahora tengo la lengua suelta. Me gusta apretarte, coño. Yo no sé. Es difícil y jodido enamorarse así. Qué mala puntería. Pero siempre quise tener un tipo como tú, medio inútil y complicado. Lo que pasa es que tú eres demasiado complicado, y te pasas la vida pensando. Déjame, no me toques ahí. Hacía tantos años que no me enamoraba así, y ahora vengo a enamorarme de ti. Debe de ser Angola, que la pone a una más sentimental o qué sé yo. Te voy a escribir todos los días. ¿Tú me dejas que yo te escriba todos los días? Bueno, a mí me da la gana de hacerlo, y te voy a contar todo y a decirte cómo me siento y que te sigo queriendo igual. Te voy a extrañar tanto, viejo. Son una pila de meses juntos, y bueno, si no es a ti, a quién le digo la verdad, la verdad es que pensé que te ibas a quedar conmigo, hasta soñé que nos casábamos y todo y me gustaba oírte decir lo que haríamos juntos en Cuba. Te agradezco que me hayas hecho mucho más fácil esta misión, pero va a ser difícil volver a Cuba y empezar de nuevo, sola otra vez. Ya me había acostumbrado a ti y ahora siento como si hubiera perdido mi tiempo. Espérate, para decirte otra cosa. ¿Tú sabes que esta es la tercera vez que me enamoro y siempre me pasa lo mismo? Los tres me han dicho que me quieren, que no pueden vivir sin mí, y todas esas cosas, y nada, han seguido vivos. Para mí era muy importante seguir contigo, más de lo que tú piensas. Ernesto: por primera vez he tenido algo mío con este apartamento, esta cocina, contigo. Por primera vez me he sentido dueña de algo y ahora me doy cuenta de que todo era como jugando, y que cuando regrese estaré donde mismo, pero dos años más vieja y con otra muesca en el cabo del revólver, como dicen ustedes. Ya, ya, yo sé que puedo empezar de nuevo, pero ¿hasta cuándo voy a estar empezando de nuevo? Yo soy una mujer igual que otra cualquiera, ¿no? Claro, tu Tania es ingeniera y yo soy mecanógrafa y lo que más quiero en el mundo es tener un hijo. Ya, déjame hablar, coño, déjame hablar para por lo menos tener la oportunidad de arrepentirme de algo. Quiero tener por lo menos esa culpa. El problema es que para ti todo es más fácil: tú eres el que escoge. La verdad es que no sé, no sé por qué pueden pasarle estas cosas a una después de vieja. Ay, me duele la cabeza: ya, déjame, saca la mano, chico, estate tranquilo que esto es en serio. ¿No te puedes estar tranquilo un rato? Hoy no hay nada para ti, tú no te lo mereces, me dejas aquí botada, cabrón, y yo te quiero tanto. Te juro que ya tengo ganas de que pase mañana, que te vayas, a ver si empiezo a olvidarme de ti y de todo esto. Oye, Ernesto, dime una cosa, ¿es posible que el amor de dos gentes dure el tiempo de una misión en Angola?
Domingo
¿Qué te pasa? ¿Estás enamorado? ¿Te conmovió? ¿La quieres? ¿No sabes qué hacer? ¿Y Tania? ¿Y la vida? Te cagas en tu propia madre. Pero ella no tiene la culpa, ¿no?
Lunes
Entra en el apartamento y llama, Magaly, y la muchacha sale del cuarto.
—¿Cómo fue? —le pregunta ella y se sienta en el sofá.
—Todo bien, estaba pasado en tres kilos, pero no hubo líos.
—¿A qué hora tienes que estar en el aeropuerto?
—A las tres —dice él y también se sienta, pero en el otro extremo del mueble—. Mañana estoy en Cuba, parece mentira. Coño, dos años completicos —dice y vuelve a mirarla.
Magaly se frota las manos como si quisiera limpiarlas de algo. El pelo, suelto, casi le oculta la cara, y la bata de casa, mal abotonada, deja ver desde el ángulo que él tiene un seno casi completo.
—Ernesto —comienza ella, pero se detiene. Él la vuelve a mirar y extiende el brazo para que ella le entregue la mano.
—Magaly, bueno, no sé cómo empezar. No tengo que decirte lo que te quiero ni lo que te debo, ni recordarte lo bien que me he sentido contigo y lo difícil que es ahora separarme de ti. No sé, la verdad, si estoy enamorado de ti, ni siquiera sé si estoy enamorado de alguien. No lo sé. Es algo extraño, porque tengo ganas de ver a Tania y tengo deseos de seguir contigo. A lo mejor lo que pasa es que identifico a Tania con Cuba y con mi vida de siempre, y por eso me hace falta. A lo mejor.
—Yo te entiendo, Ernesto.
—Tú no entiendes ni carajo, porque yo tampoco entiendo. A uno le gusta una mujer o le gusta otra, ¿no?
—No seas bruto, no es tan fácil. A uno le caben muchas cosas dentro y ahora a ti te caben dos mujeres, pero a mí no me cabe el papel de querida. Además, ¿tú vas a cambiar tu vida por mí? Deja, deja, no me respondas ahora, piénsalo nada más. Haz lo que te dé la gana, pero ten en cuenta una sola cosa: me va a costar mucho trabajo olvidarme de ti.
Lunes
El avión ha llegado al final de la pista y se detiene, como si necesitara respirar profundo para realizar un esfuerzo extraordinario. De pronto se sacude y los motores vibran desenfrenados y la nave se lanza a la carrera. Desde tu ventanilla miras el aeropuerto, tratas de localizar el pullover rojo de Magaly, pero sólo ves figuras distantes, con contornos que se deshacen bajo el sol que reverbera.
Las ruedas se desprenden del asfalto y se inicia el ascenso. Dentro de catorce horas estaré de nuevo en La Habana. Imaginas a Tania recibiéndote en la puerta de la casa, tus perros que saltan, te huelen, corren, alegres. Piensas también en el último beso que le diste a Magaly y sientes que te faltaron otros muchos besos más. Te consuela saber que en Cuba el tiempo pasa rápido y que cuatro meses para verla de nuevo es, en realidad, un siglo.
Entonces sacas del maletín tu manoseada agenda y en una hoja que la abulia de algún domingo dejó vacía comienzas a escribirle a Magaly su primera carta de amor. La encabezas: «En el aire, diez minutos después de haber salido», y meditas un instante cómo seguir la carta. Y te preguntas si en realidad aquella carta tiene algún sentido. Si algo todavía tiene sentido.
1987

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