martes, 31 de mayo de 2011

Susan Sontag / El viajero y su lamento


W.G. Sebald


Susan Sontag
W.G. SEBALD
EL VIAJE Y SU LAMENTO

¿Es todavía posible la grandeza literaria? Ante la decadencia implacable de la ambición literaria, la convergente ascensión del desgano, la verborrea y la crueldad insensible como asuntos normativos de la ficción, ¿qué sería en la actualidad un proyecto literario centrado en la nobleza? La obra de W. G. Sebald es una de las pocas respuestas disponibles a los lectores del idioma inglés.
Vértigo, la tercera novela de Sebald traducida al inglés, fue el punto de partida. Apareció en alemán en 1990, cuando su autor tenía 46 años; tres años después vino Los emigrantes; dos años más tarde Los anillos de Saturno. Cuando Los emigrantes se tradujo al inglés en 1996, la aclamación lindó con la reverencia. Ahí estaba un escritor magistral, maduro, inclusive otoñal en su persona y en sus temas, que había logrado un libro tan extraño como irrefutable. Su lenguaje era maravilloso: delicado, denso, inmerso en la materia de las cosas; y aunque de esto hubiera amplios antecedentes en lengua inglesa, lo que resultaba ajeno y a la vez más persuasivo era la autoridad extraordinaria de la voz de Sebald: su gravedad, sinuosidad, precisión, su libertad frente a toda cohibición debilitadora o toda ironía gratuita.
En los libros de W. G. Sebald, un narrador que lleva el nombre de W. G. Sebald —según se nos recuerda en forma ocasional— viaja para rendir cuenta de la evidencia de una moral en la naturaleza, retrocede ante las devastaciones de la modernidad, medita en torno a los secretos de vidas oscuras. En alguna jornada de investigación, lanzado por algún recuerdo o noticia de un mundo perdido sin remedio, él recuerda, invoca, alucina, lamenta.
¿Es Sebald el narrador? ¿O es un personaje de ficción a quien el autor ha prestado su nombre, con detalles selectos de su biografía? Nacido en 1944 en un poblado alemán que en sus libros llama "W." (la cubierta lo identifica para nosotros como Wertach im Allgäu), el autor se estableció en Inglaterra durante sus primeros veinte años de edad, y con una carrera académica vigente en la enseñanza de literatura alemana moderna en la Universidad de East Anglia, incluye un puñado de alusiones a estos y algunos otros hechos, y también —con otros documentos autorreferenciales reproducidos en sus libros— un retrato con el grano abierto de él mismo, situado al frente de un enorme cedro de Líbano en Los anillos de Saturno, o la foto de su nuevo pasaporte en Vértigo.
Sin embargo, estos libros reclaman con justicia ser considerados como ficción. Y son ficción, no sólo porque hay buenas razones para creer que mucho ha sido inventado o alterado sino porque, seguramente, algo de lo que Sebald narra sucedió en efecto: nombres, lugares, fechas y demás. La ficción y la objetividad, desde luego, no se oponen. Uno de los reclamos fundadores de la novela inglesa es que la historia sea verdadera. Lo característico de una obra de ficción no es que la historia no sea verdadera —bien puede ser verdadera, en parte o en su integridad—, sino su uso o expansión de una variedad de recursos (aun documentos falsos o fraguados) que producen lo que los críticos literarios llaman "el efecto de lo real". Las ficciones de Sebald —y la ilustración visual que las acompaña— proyectan el efecto de lo real a un extremo fulgurante.
Este narrador "real" es un modelo de construcción literaria: el promeneur solitaire de muchas generaciones de literatura romántica. Un solitario, aun cuando se menciona alguna compañía (como Clara, en el párrafo inicial de Los emigrantes), el narrador está listo para salir de viaje a su antojo, a seguir algún arrebato de curiosidad acerca de una vida extinta (como los cuentos de Paul, un querido maestro de primaria en Los emigrantes, quien por primera vez lleva al narrador de vuelta a la "nueva Alemania", y como los del tío Adelwath, quien lleva al narrador a Estados Unidos). Otro motivo para el viaje se plantea en Vértigo y Los anillos de Saturno, donde resulta más evidente que el narrador es asimismo un escritor, con las inquietudes de un escritor y el gusto por la soledad de un escritor. Es frecuente que el narrador empiece el viaje cuando surge alguna crisis. Y, por lo común, el viaje es una indagación, aun cuando la naturaleza de esa indagación no se manifiesta enseguida. He aquí el principio del segundo de los cuatro relatos que conforman Vértigo:
En octubre de 1980 viajé de Inglaterra, en donde para entonces yo había vivido durante casi 25 años, en un distrito que estaba casi siempre bajo cielos grises, rumbo a Viena, con la esperanza de que un cambio de lugar me ayudaría a superar una etapa de mi vida particularmente difícil. Sin embargo, en Viena descubrí que los días me resultaban demasiado largos, ahora que no estaban ocupados por mi acostumbrada rutina de escribir y hacer trabajos de jardinería, y literalmente no sabía a dónde dirigirme. Salía temprano cada mañana y caminaba sin rumbo ni objetivo por las calles de la ciudad antigua...
Este largo pasaje, titulado "All´estero" ("En el extranjero"), que lleva al narrador desde Viena a varios lugares del norte de Italia, sigue al capítulo inicial —un brillante ejercicio de escritura concentrada que refiere la biografía del muy viajero Stendhal— y le sigue un tercer capítulo que relata con brevedad la jornada italiana de otro escritor, "Dr. K.", en algunos sitios visitados por Sebald durante sus viajes a Italia. El cuarto y último capítulo, tan largo como el segundo y complementario de éste, se titula "Il ritorno in patria" ("Regreso a casa"). Las cuatro narraciones de Vértigo bosquejan todos los temas principales de Sebald: los viajes; las vidas de escritores que son también viajeros; el sentirse obsesionado y el estar libre de lastres. Siempre hay visiones de la destrucción. En el primer relato, mientras se recupera de una enfermedad, Stendhal sueña en el gran incendio de Moscú; el último relato finaliza cuando Sebald se duerme sobre el diario de Samuel Pepys y sueña con Londres destruido por el Gran Incendio.
Los emigrantes emplea la misma estructura musical de cuatro movimientos donde la cuarta narración es la más extensa y poderosa. Los viajes de una u otra especie habitan el corazón de toda la narrativa de Sebald: en las peregrinaciones del propio narrador y las vidas, todas de algún modo desplazadas, que el narrador evoca.
Comparemos con la primera oración de Los anillos de Saturno:
En agosto de 1992, cuando los días caniculares se acercaban a su fin, salí a caminar por el distrito de Suffolk, con la esperanza de disipar el vacío que se apodera de mí cada vez que concluyo un tramo largo de trabajo.
Los anillos de Saturno es en su integridad el recuento de este viaje a pie realizado con el propósito de disipar el vacío. Pero si el viaje tradicional nos acercaba a la naturaleza, aquí mide los grados de la devastación; el principio del libro nos dice que el narrador estuvo tan abatido al descubrir "las huellas de la destrucción" que un año después de comenzar su viaje debió ingresar a un hospital de Norwich "en un estado de inmovilidad casi total"
Los viajes bajo el signo de Saturno, divisa de la melancolía, son el tema de los tres libros escritos por Sebald en la primera mitad de los noventa. Su punto primordial es la destrucción: de la naturaleza (el lamento por los árboles que destruyó un mal holandés que atacó a los olmos, y por los que destruyó el huracán de 1987 en la penúltima sección de Los anillos de Saturno); la destrucción de las ciudades; de los estilos de vida. Los emigrantes relata un viaje a Deauville en 1991, en busca tal vez de "algún residuo del pasado" para confirmar que este "lugar de veraneo alguna vez legendario, como cualquier otro lugar que uno visita ahora en cualquier país o continente, estaba agotado, arruinado sin remedio por el tráfico, las tiendas y boutiques, el instinto insaciable de la destrucción". Y el cuarto relato de Vértigo, con el regreso a casa en W. —que el narrador dice no haber revisitado desde su infancia— es una extensa recherche du temps perdu.
El clímax de Los emigrantes, cuatro relatos acerca de personas que abandonaron su tierra natal, es la evocación desoladora —supuestamente, una memoria en manuscrito— de una idílica infancia germano-judía. El narrador describe su decisión de visitar Kissingen, el pueblo donde el autor pasó su infancia, para observar las huellas que han perdurado de ésta. Dado que Sebald se estableció en lengua inglesa con Los emigrantes, y como el personaje de su último relato es un famoso pintor llamado Max Ferber, judío alemán enviado durante su niñez, fuera de la Alemania nazi, a la seguridad de Inglaterra —su madre, que murió con su padre en los campos de concentración, es la autora de la memoria—, el libro fue etiquetado rutinariamente por la mayoría de los reseñistas —sobre todo, aunque no sólo en Estados Unidos— como un ejemplo de "literatura del holocausto". Al terminar un libro de lamentación con el tema extremo de lamento, Los emigrantes pudo preparar el desencanto de muchos admiradores de Sebald por la obra que le siguió en traducción, Los anillos de Saturno. Este libro no se divide en narraciones distintas, sino que consiste en una cadena o progresión de historias: una conduce a la otra. En Los anillos de Saturno, una mente bien armada especula si acaso Sir Thomas Browne, al visitar Holanda, asistió a la lección de anatomía pintada por Rembrandt; recuerda un interludio romántico en la vida de Chateaubriand durante su exilio en Inglaterra, evoca los nobles esfuerzos de Roger Casement por divulgar las infamias del régimen de Leopoldo en el Congo, cuenta otra vez la infancia en el exilio y las primeras aventuras en el mar de Joseph Conrad: estas y muchas otras historias. En su procesión de anécdotas raras y eruditas, en sus encuentros afectuosos con gente libresca (dos conferencistas de literatura francesa, entre ellos un académico especializado en Flaubert; el traductor y poeta Michael Hamburger), Los anillos de Saturno pudo parecer —luego de la agudeza extrema de Los emigrantes— simplemente "literario".
Sería una pena que las expectativas creadas por Los emigrantes sobre la obra de Sebald influyeran también en la recepción de Vértigo, que esclarece aún más la naturaleza y la urgencia moral de sus relatos de viajes —atentos a lo histórico por sus obsesiones, pero con alcances que son de la ficción—. El viaje libera la mente para el juego de las asociaciones, para los sufrimientos (y erosiones) de la memoria, para degustar la soledad. La conciencia del narrador solitario es el verdadero protagonista de los libros de Sebald, inclusive cuando hace una de las cosas que mejor sabe hacer: contar y resumir las vidas de otros.
Vértigo es el libro donde la vida del narrador en Inglaterra es menos visible. Y todavía más que los dos libros que le siguieron, este es el autorretrato de una mente: una mente sin sosiego, insatisfecha de manera crónica; una mente atormentada; una mente proclive a las alucinaciones. Al caminar por Viena, cree reconocer al poeta Dante, desterrado de su ciudad bajo condena de ser quemado en la hoguera. En la banca posterior de un vaporetto en Venecia, ve a Ludwig II de Bavaria; al viajar en un autobús por la costa del Lago Garda hacia Riva, ve a un adolescente cuyo aspecto corresponde al de Kafka con exactitud. Este narrador, que se define a sí mismo como un extranjero —al escuchar el parloteo de algunos turistas alemanes en un hotel, él quisiera no haberlos entendido, "o sea, haber sido ciudadano de un mejor país, o de ningún país en absoluto"— es, además, una mente luctuosa. En cierto momento, el narrador afirma no saber si todavía está en la tierra de los vivos, o si ya está en algún otro lugar.
De hecho, él está en ambos: con los vivos y —si la guía es su imaginación— con los póstumos también. Un viaje es con frecuencia una nueva visita. Es el retorno a un lugar, a consecuencia de algún asunto inconcluso, para buscar el origen de un recuerdo, para repetir (o completar) una experiencia; para entregarse uno mismo —como en la cuarta narración de Los emigrantes— a las revelaciones más concluyentes y devastadoras. Estos actos heroicos del recuerdo y la búsqueda de sus orígenes traen consigo su precio. Parte del poderío de Vértigo es que atiende más el costo de este esfuerzo. (Vértigo, la palabra empleada para traducir el título alemán Schwindel. Gefühle —a grandes rasgos: Mal de altura. Sentimiento— apenas sugiere todas las clases de pánico, apatía y desorientación que narra el libro).
Vértigo cuenta la forma como el narrador, luego de llegar a Viena, camina tanto que al regresar al hotel descubre que sus zapatos caen en pedazos. En Los anillos de Saturno, y sobre todo en Los emigrantes, la mente se concentra menos en sí misma; el narrador es más elusivo. Más que en los libros posteriores, Vértigo aborda la conciencia doliente del propio narrador. Pero en la angustia mental invocada de forma lacónica que aguijonea la tranquilidad del narrador, la conciencia inteligente nunca es solipsista, como sucede en la literatura de menor alcance.
El sostén de la conciencia fluctuante del narrador reside en el espacio y la vivacidad de los detalles. Como el viaje es el principio generador de la actividad mental en los libros de Sebald, desplazarse en el espacio brinda un estímulo kinético a sus descripciones maravillosas, en especial sus paisajes. He aquí un narrador en propulsión.
¿Dónde hemos escuchado en lengua inglesa una voz de tal exactitud y confianza, tan directa al expresar el sentimiento y sin embargo tan respetuosamente devota del registro de "lo real"? Podemos citar a D. H. Lawrence y al Naipaul de El enigma de la llegada, aunque poco hay en ellos de la desolación apasionada de la voz de Sebald. Para esto, uno debe considerar una genealogía alemana. Jean Paul, Franz Grillparzer, Adalbert Stifter, Robert Walser, el Hofmannsthal de La carta de Lord Chandos y Thomas Bernhard son algunas afinidades de este maestro contemporáneo de la literatura de lamentación y ansiedad mental. El consenso acerca de la mayor parte de la literatura inglesa del siglo pasado ha decretado que las perturbaciones líricas y elegiacas son inadecuadas para la ficción: sobrecargada, pretenciosa. (Incluso una gran novela, tan excepcional como Las olas, de Virginia Woolf, no se ha librado de estos rigores.) La literatura alemana de la posguerra, preocupada por la manera en que la grandeza del arte y la literatura del pasado —particularmente del romanticismo alemán— demostró su afinidad con la conformación de mitos del totalitarismo, sospechaba de cualquier cosa que se pareciera a la evocación romántica o nostálgica del pasado. De ahí tal vez que sólo un escritor alemán radicado en el extranjero de modo permanente, en las inmediaciones de una literatura con una predilección moderna por lo anti-sublime, pudo lograr un tono de semejante convicción y nobleza.
Además del fervor moral y los dones compasivos del narrador (aquí se aparta de Bernhard), lo que mantiene su escritura siempre fresca, y nunca meramente retórica, es el desbordamiento que nombra y visualiza en palabras; esto, más el recurso siempre sorpresivo de las ilustraciones. Imágenes de boletos de tren, la hoja desgarrada de un diario de bolsillo, dibujos, una tarjeta de visita, recortes de periódico, el detalle de un cuadro y desde luego fotografías, con el encanto y en muchos casos la imperfección de las reliquias. Así, en un momento de Vértigo, el narrador pierde su pasaporte; o, más bien, se lo pierden en el hotel. Y ahí está el documento creado por la policía de Riva, en el cual —un toque de misterio— la tinta en la G de W. G. Sebald está incompleta; y ahí está el nuevo pasaporte, con la fotografía tomada por el consulado de Alemania en Milán. (En efecto, este extranjero profesional viaja con pasaporte alemán o, por lo menos, así lo hizo en 1987.) En Los emigrantes, estos documentos visuales parecían talismanes. Y es probable que no todos fueran auténticos. En Los anillos de Saturno, con menor interés, parecen simplemente ilustrativos. Si el narrador habla de Swinburne, hay un pequeño retrato de Swinburne en medio de la página; si relata una visita a un cementerio en Suffolk, donde ha captado su atención el monumento funerario de una mujer fallecida en 1799, el cual describe en detalle, desde el empalagoso epitafio hasta los agujeros perforados en la piedra de los bordes superiores por los cuatro lados, tenemos también una pequeña y borrosa fotografía de la tumba, otra vez en medio de la página.
En Vértigo, los documentos tienen un mensaje más incisivo. Nos dicen: "lo que les hemos contado es cierto" —algo que, por lo común, el lector de ficción difícilmente espera—. Ofrecer cualquier tipo de evidencia es dotar a lo descrito con palabras de un excedente misterioso de pathos. Las fotografías y otras reliquias reproducidas en la página conforman un índice exquisito del transcurso del pasado.
En ocasiones se parece a los devaneos de Tristam Shandy: el autor está intimando con nosotros. En otros momentos, estas reliquias visuales proferidas con insistencia parecen un desafío insolente a la suficiencia de lo verbal. Con todo, como Sebald apunta en Los anillos de Saturno al describir una aparición favorita —la Sala de Lectura de los Marineros en Southwold, donde examina las anotaciones del cuaderno de bitácora de una patrulla marina anclada lejos de los muelles en el otoño de 1914—: "Cada vez que descifro uno de estos registros me asombra que un rastro desvanecido en el aire o el agua durante tanto tiempo permanezca visible en este papel." Y continúa, al cerrar la cubierta veteada del cuaderno de bitácora y considerar "la misteriosa supervivencia de la palabra escrita"


lunes, 30 de mayo de 2011

Susan Sontag contra García Márquez


reaviva su polémica con García Márquez
sobre Cuba

Alemania, 10/12/2003

La escritora estadounidense Susan Sontag reavivó hoy en la Feria del Libro de Francfort su polémica sobre Cuba con el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, al que volvió a acusar de deshonestidad intelectual por callar sobre las violaciones de los derechos humanos del régimen castrista. Sontag empezó recordando el comienzo de la polémica, en la Feria del Libro de Bogotá a donde ella había acudido como invitada especial. "Yo no había llegado a Bogotá pensando en formular un ataque contra García Márquez que en Colombia es una especie de dios", dijo la escritora. "Durante una conferencia de prensa, alguien me preguntó que cual era mi posición sobre la responsabilidad política del escritor. Entonces dije que no tenía nada en contra de escritores que no se interesaban por temas políticos y que no decían nada al respecto, pero que aquellos que lo hacen tienen que hacerlo siempre que haya algo que denunciar", añadió. La escritora añadió que tras decir eso no pudo evitar mencionar el caso de García Márquez, que había callado sobre la reciente ola de represión contra disidentes en Cuba, con condenas a muerte y a largas penas de prisión. "Respeto a los escritores que no se pronuncian sobre temas políticos. Pero quienes lo hacemos como Günter Grass, como García Márquez, o como yo, entonces no podemos dejar de denunciar cosas de las que tenemos noticia", dijo Sontag reanudando su argumentación de Bogotá. "Acerca de Cuba, García Márquez ha callado cosas que sabe y por eso no ha sido honesto", añadió la escritora. "Nunca creí que él fuera a responderme, pero lo hizo y la respuesta fue ridícula al decir que en conversaciones privadas ha ayudado a salir de Cuba a muchos disidentes", prosiguió. La escritora comparó la actitud de García Márquez con la que asumió el portugués José Saramago, que pese a definirse a sí mismo como comunista, tras la reciente ola de represión dijo que no podía seguir respaldando al régimen castrista. "Lo siento por García Márquez, pero hay cosas que no se pueden callar", añadió.

domingo, 29 de mayo de 2011

Natasha Poly / On the Road

Natasha Poly
ON THE ROAD
November 2011
Vogue Spain
Photographer: Lachlan Bailey



November 2011 Vogue Spain editorial

Model: Natasha Poly
Photographer: Lachlan Bailey
Stylist: Geraldine Salglio
Makeup: Sally Branka
Hair: Rudi Lewis


jueves, 26 de mayo de 2011

Darío Jaramillo Agudelo / El último viaje de Lupita López, de Triunfo Arciniegas


Triunfo Arciniegas
El último viaje de Lupita López
Por Darío Jaramillo Agudelo

Cuando esta historia comienza, su protagonista, Guadalupe López, Lupita para todos en su pueblo, ya estaba vieja.
Lupita había vivido en un pequeño pueblo llamado Coyuca. No vayan a creer ustedes, adultos formalistas, despistados mayores de edad, que Coyuca es un invento del mismo que inventó la historia de Lupita López. No, Coyuca es un pueblo mexicano, de 12.445 almas, no lejos de Acapulco, 32 kilómetros al sur, siempre sobre el mar Pacífico. Allá vivió Lupita, allá se casó con Prudencio, allá lo enterró cuando murió de viejo, allá le sobrevivió al perro y al gato, allá se quedó, incluso, cuando los hijos, que de vez en cuando escribían, partieron para otros países.
El caso es Lupita no se quería mover de su Coyuca amado: “¿Y qué iba a hacer doña Lupe lejos del aire perfumado de jazmines y las calles empedradas de Coyuca?”. Llevaba años aplazando un viaje a Vistahermosa para agradecerle a la Virgen algunos milagritos que le había hecho. Pero siempre aplazaba el viaje la procastinadora Lupita. (Al fin encontré la oportunidad de usar esa palabra tan rara, procastinador, que se refiere a la persona que  siempre está aplazando las tareas. Procastinador).
Pero estaba sola y en su Coyuca encontró el remedio para la soledad, un pez llamado Vicente. Vicente era gordo, de rayas de colores, bailaba muy bien el tango y había sido payaso en un circo y animador de fiestas, oficio al que renunció por el peligro que representaban los arañazos de los gatos.
A Vicente le gustaba contarle sus vidas anteriores a Lupita, pero no para presumir, ni por nostalgia, sino por el simple gusto de conversar con ella, de acompañarla, de divertirse. La pasaban muy bien juntos, ya fuera leyendo a Felisberto o a Rulfo, ya fuera en cine, muertos de ese falso terror que no por falso deja de ser terror, que puede producirle una película como Tiburón a una vieja como Lupita o a un indefenso pez como Vicente. A él le gustaba, también, contarle a Lupita su vida en el mar. “El pez recordaba ballenas mansas, caballitos de mar y sirenas de larguísimos cabellos.”  También, por las noches, se trepaban al techo de la casa y contemplaban las estrellas “para sentirse poetas”.
Un día Lupita y Vicente se volvieron famosos porque, viniendo del mercado, un niño tropezó con ellos, pero la pecera no se rompió y Vicente hizo no sé qué piruetas, nadó  -o voló-  por el aire y volvió a descender en el líquido mientras la pobre Lupita caía patas arriba sin hacerse daño, por fortuna. El caso es que por ahí pasaba el fotógrafo del periódico del pueblo y al otro día todos vieron el accidente sin daños. Un empresario de circo fue hasta la casa de Lupita a ofrecerles trabajo como trapecistas pero ella dijo que ya no estaba para esos trotes.

Lupita segùn Henry González

Al final… No, no les voy a contar el final. Sólo les digo que tiene de tragedia, pero después tiene también de milagro. Y, por lo mismo, se lleva a cabo lo que dice el título de este libro, El último viaje de Lupita López.
En el texto, con lo breve, hay muchas más cosas que las que les he contado. Por ejemplo, hay un plomero que se llama Ramón López Velarde, tocayo de nombre y apellidos del poeta nacional de México, autor de un poema que se saben todos los niños mexicanos, a veces no todo el poema ni todos los niños, pero la mayoría de los niños sí. Y del poema. Es decir, la mayoría de los niños se saben parte del poema, no todo porque es muy largo. No todos los niños, pero casi todos. No todo el poema, pero mucha parte. Evidentemente me estoy enredando en algo tan sencillo como que hay dos Ramón López Velarde, o uno solo que llevaba una vida secreta por las alcantarillas de Coyuca como todo fontanero y en Zacatecas o en ciudad de México como un poeta que escribió la Suave patria, un poema del que casi todos los mexicanos se saben alguna estrofa, un poeta que contaba, por ejemplo, que

Yo tuve, en tierra adentro, una novia muy pobre:
ojos inusitados de sulfato de cobre.
Llamábase María; vivía en un suburbio,
y no hubo entre nosotros ni sombra de disturbio.

Hablando de poesía, ciertos momentos del cuento de Lupita parecen parte de un poema, como las frases enamoradas que le dirige Lupita a Vicente, su amado pez: “Mi Vicente del agua, mi flor de las inmensidades, mi arco iris sumergido”.

Triunfo Arciniegas y Henry Gonzàlez
Corferias, Bogotà
13 de mayo de 2011
Fotografía de Julio Caycedo

La historia de Lupita la escribió Triunfo Arciniegas y fue ilustrado por Henry González. Esta es la segunda vez que trabaja con Arciniegas este experimentado dibujante que tiene una larga historia de colaboraciones con los más conocidos autores de textos para libro ilustrado en Colombia, como Jairo Anibal Niño, Celso Román y Evelio Rosero. Con El último viaje de Lupita López, González a veces se monta en una grúa y mira a Lupita desde arriba, por ejemplo en las primeras escenas, en otras ocasiones se les acerca y captura detalles de ella o de él, de Lupita o de Vicente, y no falta la oportunidad al ilustrador de meterse dentro de las calles de Coyuca y narrar la escena como desde el ángulo de algún desprevenido habitante del pueblo.
Conozco poco a Triunfo Arciniegas y nos hemos visto pocas veces en la vida. Pero estoy aquí porque me gusta todo lo que he leído de él y me gusta por una razón que encontré en algo que él escribió recordando el montaje teatral de una obra suya, Lucy es pecosa: “Al día siguiente, camino a una escuela, acordándome de situaciones del estreno, seguía riéndome. Los niños se reían en el escenario. El público se reía. El amigo de las luces se reía. Los amigos que vieron la obra se reían. No sé con certeza qué tan bien salimos, pero nos reímos mucho. La felicidad me interesa más que la sabiduría”. Sí, esta es la razón principal que hace de Arciniegas un excepcional contador de cuentos, porque “La felicidad me interesa más que la sabiduría”.
Como sabía poco de Triunfo, con motivo de esta lectura me puse a averiguar cosas de él y descubrí otra de las cualidades de Triunfo, muy apreciable por ser meramente humana, y es la manera desenfada y reveladora con que habla de sí mismo, por ejemplo en una entrevista que le hizo Yolanda Reyes para la Revista  Espantapájaros hace ya casi veinte años: “Soy un imaginador, es mi oficio, un soñador que tropieza con la vida cotidiana, un despistado. Me inquieta el amanecer como a los vampiros, temo a la soledad y el olvido. De pocos amigos y pocas palabras, busco la niebla y los lugares solitarios. Quisiera volar de noche, tocar el saxofón y conocer París con una mujer. Soy piscis y detesto los cumpleaños. Tengo infinidad de gustos: dibujar, escribir cartas, leer historias de amor, coleccionar libros y revistas, el jugo de mandarina, el chocolate con galletas y el ron con Coca Cola, la comida de mar. Me gusta perder el tiempo. Quisiera ser un gato”.
Más tarde, cuando presentó su libro La media perdida, Triunfo Arciniegas dijo de sí mismo:  " me encantan los gatos y los unicornios, los libros y Pink Floyd, Marilyn Monroe, Woody Allen y Flaubert, la lluvia desde la ventana y las tardes de niebla, los barcos de papel y las cometas. Escribo y dibujo historias para niños. Nací en Málaga en el año del gallo, y vivo en una casita de dos pisos de las afueras de Pamplona. La encontrarán porque es amarilla con dos ventanas sin barrotes arriba y otra de hierro abajo, la más bonita de por ahí. La puerta es de madera pintada de marrón, para más señas. No lo olviden. Si escuchan el rumor de la máquina de escribir, que no debe confundirse con el vuelo de los colibríes que bajan a almorzar, aléjense en silencio porque paso a limpio mi próxima historia y, por favor, vuelvan otro día".
Triunfo Arciniegas nació en Málaga, Santander, y allí se terminó su infancia, antes de irse con su familia a Pamplona. Es maestro y ha ejercido como tal, se licenció y se doctoró en literatura en la Universidad Javeriana y ha publicado, no sé, más de 20 libros ilustrados. Dice: “Vengo de los libros, pero no de una familia de intelectuales. Mis abuelos no aprendieron a leer, mis padres no terminaron la educación primaria y fui el primero de la familia que asistió a la universidad. La timidez me hizo solitario y la soledad me hizo escritor”.
Lo interesante aquí es que ese primer oficio, el de maestro de escuela y esa vocación profunda e irrenunciable, la de escritor, lo han conducido a otros menesteres, como montar obras de teatro con niños o a ilustrar sus propios libros. A este propósito, en alguna parte dice Arciniegas que quisiera hacer algún día un libro sin palabras. Desde muy joven, Arciniegas toma fotos y es un magnífico retratista. Hablando de oficios, y dejando bajo sospecha los múltiples talentos laborales de Triunfo Arciniegas, debo añadir que también aprendió el oficio de su padre y que conoce la herrería hasta el punto de no tener azadón de palo.


A su obra escrita y dibujada se han referido personas muy conocedoras del tema. Y creo que han hecho el buen trabajo de fijar los elementos esenciales de sus narraciones, es decir, lo abstracto de su mundo tan concreto. No lo han dicho como lo voy a decir pero es lo mismo: la magia que tiene para sembrar cierta euforia en sus lectores, su mundo sin héroes, su mundo lleno de libros en donde un potro se puede llamar Felisberto Hernández, su mundo con humor. Carlos Sánchez Lozano dedica un excelente ensayo al humor en la obra de Triunfo Arciniegas, Galia Ospina escribe sobre la búsqueda de la felicidad en los personajes de sus narraciones, Carlos José Reyes estudia en un ensayo su ya extensa obra teatral y Margarita Valencia hace un estudio panorámico en donde dice: “¡Felicidad! Ese es el regusto (tan impreciso, tan inexpresable) que le queda al lector después de leer la mayoría de las obras de Triunfo Arciniegas, y que debería ser la única vara de medir la literatura infantil: un estado del ánimo que es más bien un estado de gracia y que no tiene que ver tanto con la alegría de que las cosas resulten como deberían ser, sino con la satisfacción que sentimos al descubrir que las cosas son como son, y así están bien.  Lo cierto es que la escritura de Triunfo no es particularmente alegre. Su tono es más bien melancólico —aunque en su caso el intento de uniformar es un ejercicio crítico inútil, porque lo que prevalece es la sutileza que domina particularmente bien a la hora del humor, siempre matizado, nunca caricaturesco, y que da siempre el toque final a los personajes y las atmósferas. (…). En realidad, Triunfo no nos ahorra (ni a sus lectores ni a sus personajes) ni una sola amargura, pero tampoco nos escatima el contento tonto, el de todos los días. Y puede hacer lo uno y lo otro porque ha trabajado hombro a hombro con sus lectores, ha dominado sus caprichos, ha reído con ellos, y sabe que no debe mentirles, que no puede suavizar, ni acomodar, ni endulzar si quiere que permanezcan a su lado. Por eso en sus historias no hay héroes (…), no hay niños que deban superar pruebas increíbles, (…) no hay amores perfectos (…) y no hay enemigos imbatibles”.

Bogotá, 13 de mayo de 2011

miércoles, 25 de mayo de 2011

Una mujer en Berlín / Citas


Anónima
Una  mujer en Berlín

Es sabido que los vencedores escriben la historia: la escriben en libros y manuales, la conmemoran en monumentos, películas y documentos, y así se la enseñan a las generaciones venideras. Son de dominio público las atrocidades de los nazis, repudiables e imperdonables, pero poco se sabe de los desmanes de los vencedores. Siempre me he preguntado qué pasó con la pobre gente cuando Alemania perdió la guerra. Aquellos que nunca declararon a nadie su hostilidad, aquellos que nunca pensaron en matar a los demás, aquellos que no anidaban el odio.  Porque unos cuantos poderosos declaran la guerra pero es padecida por todos: niños, hombres, mujeres, viejos. La guerra es la manera más horrible y obscena que tiene el hombre para acelerar el trabajo de la muerte, insaciable por naturaleza.
            Más de cien mil mujeres fueron violadas en Berlín en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Los rusos victoriosos reclamaron a las mujeres alemanas como botín. Siempre ha sido así y siempre será así: en una guerra los instintos se desatan y el odio otorga derecho a todas las atrocidades.
            El ambiente se tornó tan aterrador que las mujeres solo esperaban que las violara el militar de mayor rango para que las protegiera de las demás bestias. De esta desgracia y otras más, de la sobrevivencia, trata Una mujer en Berlín. El primer borrador fueron tres cuadernos escolares, escritos con letra menuda entre el 20 de abril y el 22 de junio de 1945. Su autora los transformó luego en 121 páginas mecanografiadas. De alguna manera llegaron a las manos del escritor Kurt W. Marek, el autor de Dioses, tumbas y sabios bajo el seudónimo de C. W. Ceram, y quien hizo el puente con un editor de Nueva York. En 1954 se publicó en inglés y desde entonces aparecieron traducciones en sueco, noruego, holandés, danés, italiano, japonés, español, francés y filandés. Su autora decidió permanecer en el anonimato y, aunque murió a finales del siglo XX, su deseo aún se respeta.
            Una frase de Hans Magnus Enzensberger, quien reeditó en años recientes esta obra en alemán, bastaría para precisar su importancia: “Mientras los hombres combatían en una guerra devastadora lejos de casa, las mujeres resultaron ser las heroínas de la superviviencia entre las ruinas de la civilización”.
            Siguen como abrebocas unas cuantas citas, bellas y desoladas, desgarradoras casi todas. Entre paréntesis, al final de cada una, la página correspondiente en la edición de Anagrama. Sé que el lector no tendrá sosiego hasta encontrar el libro y devorarlo desde la primera hasta la última página.

Triunfo Arciniegas
Pamplona, 2011

CITAS

            El muñón de la acacia de delante del cine ha reverdecido rabiosamente.
p. 19

         Como ya no poseo nada, me siento dueña de todo. (…) Ahora todo es de todos. Apenas se tiene apego a las cosas, ya no se hace una distinción clara entre la propiedad de uno y la de los demás.
p. 21

         La belleza duele ahora. Todo está impregnado de muerte.
p. 35

         El túnel del tren de cercanías está cerrado. La gente que estaba delante decía que al otro extremo del túnel había un soldado ahorcado, en calzoncillos, con un letrero con la palabra “traidor” colgado del cuello. Está colgado tan bajo que se le pueden tocar las piernas. Eso lo contó uno que lo había visto con sus propios ojos y que había echado a los mocosos que se divertían haciendo girar el cadáver.
p. 44
        
Una y otra vez voy notando en estos días cómo se transforma mi percepción de los hombres, la percepción que tenemos todas las mujeres en relación con los hombres. Nos dan pena, nos parecen tan pobres, tan débiles. El sexo debilucho. Una especie de decepción colectiva se está cuajando bajo la superficie entre las mujeres. El mundo nazi de glorificación del hombre, el mundo dominado por los hombres… se tambalea y con él se viene abajo también el mito “hombre”. En las guerras de antaño, los hombres podían reclamar el privilegio exclusivo de matar y morir por la patria. En los tiempos actuales, las mujeres también participamos. Este hecho nos modifica, hace que nos volvamos descaradas. Cuando acabe esta guerra tendrá lugar, junto a otras muchas derrotas, también la derrota de los hombres en su masculinidad.
p. 68


         Para añadir: una imagen que vi en la calle. Un hombre empujaba una carretilla sobre la que yacía, yerta, una mujer. Mechones grises, un delantal de cocina azul, suelto, ondeando. Sus flacas piernas, con medias grises, sobresalían por el otro extremo de la carretilla. Casi nadie miraba. Aquello parecía la recogida de basuras de otros tiempos.
p. 70

El minuto de vida está encareciéndose.
p. 90

         Madrugada, gris y rosa. Sopla un viento frío a través de los huecos de las ventanas. Tengo sabor a humo en la boca.
p. 116

         En la cola del agua contaba una mujer cómo un vecino la increpó en el refugio cuando los Ivanes (los rusos) se la llevaban y ella se resistía: “¡Vamos, vaya de una vez! ¡Nos está poniendo a todos en peligro!” Es una pequeña nota sobre la decadencia de Occidente. 
p. 107

         Y estoy de lo más orgullosa de haber logrado domesticar a uno de los lobos, acaso el más fuerte, para que me mantenga lejos del alcance del resto de la manada.
p. 117

         Me sentía muy mal, escocida. Caminaba dolorida a paso de caracol. La viuda revolvió en el botín que tiene escondido en el altillo, y me dio una lata con un resto de vaselina.
p. 125

         El sexo es una caja de cuchillos demasiado afilados.
p. 146

         Mientras tanto yo, sentada con toda tranquilidad, remendaba mi única toalla y zurcía el liguero destrozado en una violación. Se percibe de nuevo cierta organización.
p. 169

Ilse y yo intercambiamos precipitadamente las primeras frases: “¿Cuántas veces te violaron, Ilse?” “Cuatro, ¿y a ti?” “Ni idea. Tuve que ir ascendiendo en la jerarquía, desde recluta hasta comandante.”
p. 255

Tengo que proteger el pan de mí mismo. Ya me he comido 100 gramos de la ración de mañana. No debo tolerar tales desmanes.
p. 307

Ayer viví una escena graciosa: ante nuestra casa se detuvo un carro tirado por un viejo rocín, un pobre animal todo pellejo y huesos. Lutz Lehmann, de cuatro años de edad, llegaba a casa de la mano de su madre. Se quedó parado delante del carro y preguntó con voz de soñador: “Mami, ¿se puede comer el caballo?”
p. 318