María Gainza: “Hay cientos de escritoras mejores que yo”
La escritora argentina, convertida en fenómeno literario internacional, se desmarca de la presión del éxito
Javier Rodríguez Marcos
México, 7 de diciembre de 2019
La escritroa María Gainza en una foto sin datar.ROSANA SCHOIJETT
“A quien los dioses quieren destruir primero lo llaman promesa”. Cuando María Gainza deslizó esta frase de Cyril Connolly hacia el final de El nervio óptico no podía imaginar la catarata de elogios que iba a recibir esa obra inclasificable a la que solo por pereza o para no asustar a los lectores miedosos unos llaman novela y otros, autoficción. Es mucho más que eso. Tal vez un género nuevo. O la promesa de un género nuevo. Gainza, nacida en Buenos Aires hace 43 años, matiza por correo electrónico: “Nunca me sentí promesa. Siempre fui un desastre para mi familia y en el colegio una alumna del montón tirando para abajo”.
La aparición de El nervio óptico tampoco parecía llamada a cambiar el juicio familiar. Lo publicó en 2014 una editorial independiente argentina –Mansalva- y su éxito solo traspasó la frontera de Chile, donde lo reeditó otro sello independiente –Laurel-. Tuvo que relanzarlo Anagrama hace dos años para que le llovieran las traducciones, entre ellas la de la editorial Gallimard, donde se publicó con un título que parece un subtítulo: Ma vie en peintures(Mi vida en cuadros). Gainza, que ejerció durante años como crítica de arte, había publicado ya una recopilación de sus escritos periodísticos, pero aquello era otra cosa: una mezcla de narración y reflexión escrita en estado de gracia. Ahora reconoce que el éxito de El nervio óptico le pesó “un poco”. De aquí que buscase una forma de quitarse el peso de encima: escribir rápido un segundo libro para pasar al tercero.
“La prosa hermética me parece una forma de inseguridad”
La argentina María Gainza recibe entusiastas elogios por su primera novela, ‘El nervio óptico’, mezcla de crónica familiar y artística
Ferrán Bon
Madrid, 15 de mayo de 2018
María Gainza.ROSANA SCHOIJETTEL PAÍS
Cuenta Maria Gaínza que para ella los “cuadros siempre estuvieron en los libros”. “Es el lugar natural de la pintura cuando uno vive en un país alejado de los grandes centros culturales”, explica esta escritora argentina que se hizo un nombre en su país como crítica de arte. Luego escribió El nervio óptico, una novela de once capítulos, un libro de once relatos, o ambas cosas a la vez, y su nombre se fue abriendo paso también en los cenáculos literarios hasta convertirse en objeto de entusiastas elogios. Y todo eso con su primera incursión en la novela.
El escritor Cees Nooteboom, perenne candidato al Nobel, preguntaba recientemente en una revista holandesa quién es esta “embaucadora prodigiosa” capaz de entrelazar las vidas de pintores como el fatuo Foujita o el ingenuo Rousseau, El Aduanero, con las intimidades de una familia argentina de clase alta venida a menos; quién es esta antigua corresponsal de The New York Times en Buenos Aires que intercala trascendentes reflexiones sobre la muerte con livianos apuntes sobre la cotidianidad, sin caer ni en la pedantería ni en la banalidad, quien es esta narradora que mezcla con pasmosa naturalidad la historia del arte y la crónica familiar.
El escritor de la novela, Vladímir Nabokov, tenía claro que la actriz, fallecida el jueves a los 73 años, era la única que podía interpretar al personaje en la gran pantalla
Gregorio Belinchón
Madrid, 28 de diciembre de 2018
Sue Lyon, quien a los 14 años dio vida a Lolita en el filme homónimo de 1962 de Stanley Kubrick, murió el pasado jueves por la noche a los 73 años en Los Ángeles (Estados Unidos). Aunque la causa de su muerte no ha sido hecha pública, la salud de la actriz se había ido deteriorando durante los últimos años, tal y como ha revelado su amigo Phil Syracopoulos. A pesar de que su papel más recordado sea el de Lolita en 1962, la intérprete estuvo en activo desde 1959, cuando debutó en la serie El show de Loretta Young (donde la descubrió Kubrick), hasta 1980, con Alligator: la bestia bajo el asfalto.
De izquierda a derecha, los escritores Bret Easton Ellis, Esther Tusquets, Salman Rushdie y Toni Morrison.SCIAMMARELLA
Un año de libros contra lo establecido
La revisión del canon con perspectiva de género, el aniversario de la editorial Lumen, el triunfo sin fin de la autoficción y las historias familiares marcarán las lecturas de 2020
Laura Fernández
Barcelona, 4 de enero de 2020
Cuando todo está en cuestión, desde la democracia hasta el actual derrochador modo de vida o la desigualdad entre hombres y mujeres, la literatura también lo pone en entredicho. De ahí, que la ficción y la no ficción de estos nuevos y puede que no tan felices años veinte se pregunten cómo han llegado hasta aquí y cómo deberían seguir su camino. La novela toma derroteros de autoficción cada vez más conscientes. Las mujeres escritoras reclaman su voz, y proliferan los análisis del principio del fin, la crisis climática y la nueva e hiperconectada sociedad de consumo. He aquí un repaso a las novedades literarias más interesantes del año que empieza.
Ampliación del campo de batalla. Pasó la década del destape, llegó la de la reflexión. Como dice Loola Pérez en el inminente Maldita feminista (Seix Barral): "Hemos conseguido que el feminismo esté por todas partes pero ¿a qué precio?" Su ensayo, crítico con el alcance del movimiento, que política y marcas utilizan de forma oportunista, invita a repensar lo que se pretende y en qué punto nos encontramos. En esa misma línea apunta el controvertido Tres mujeres, de Lisa Taddeo (Principal de los Libros), que sigue a tres mujeres durante ocho años y las enfrenta a su deseo en las relaciones de pareja. A la reflexión, que también hace suya la mexicana Alma Guillermoprieto en ¿Será que soy feminista?, en Literatura Random House (LRH), se sigue añadiendo la profundización en la desigualdad que evidencian estudios como La mujer invisible, de Caroline Criado Pérez (Seix Barral), en el que demuestra cómo los datos configuran un mundo por y para los hombres. En ese universo, lo literario se esfuerza por restaurar el orden, con iniciativas como la de Seix Barral, que planea publicar durante los primeros meses de 2020 obras de George Sand (Indiana) y Rafael Luna (Ocaso y aurora) como deberían haberse publicado en su momento, es decir, firmadas por las mujeres que las escribieron: Amantine Aurore Dupin y Matilde Cherner. Ursula K. Le Guin recupera la voz en Conversaciones sobre la escritura (Alpha Decay) y poco menos de una década después de casi desencadenar el neofeminismo, Caitlin Moran contraataca con Cómo ser famosa (Anagrama). Los límites de la maternidad los redibuja Eva Baltasar en Boulder (Literatura Random House) la esperadísima segunda entrega de la trilogía que comenzó con Permafrost. Maryse Condé también habla de su maternidad en La vida sin maquillaje (Impedimenta). Emilie Pine coge el testigo de Sally Rooney en lo que a revelación irlandesa se refiere con Todo lo que no puedo decir (LRH) y Margaret Atwood le da voz a la Penélope de Homero en Penélope y las doce criadas (Salamandra).
El buque insignia. Pero si hay una editorial que ha contribuido, desde su refundación en 1960, a la normalización de lo editado y escrito por mujeres es Lumen, que este año cumple seis décadas. Bajo la batuta de Maria Fasce, la editora que descubrió para el público en español a Lucia Berlin, afronta su aniversario con una mirada al pasado, el memoir de su fundadora, Esther Tusquets, Confesiones de una editora poco mentirosa, y una inevitable exploración del presente en un año en el que se detendrá en lo último (y póstumo) de Toni Morrison, La fuente de la autoestima, los relatos inéditos de Marcel Proust y María Kodama y lo próximo de la misteriosa Elena Ferrante. Su efeméride manda en un 2020 en el que el aniversario distingue a Benito Pérez Galdós —se cumplen 100 años de su muerte—, Emil Cioran —que falleció hace 25— y Miguel Delibes —en el centenario de su nacimiento—. Tusquets inaugura con sus Cuadernos 1957-1972 una biblioteca Cioran, mientras que Nórdica edita el ilustrado Delibes en bicicleta, de Jesús Marchamalo y Antonio Santos.
Autoficción al cuadrado. La non fiction novel, ese género que reinventó Truman Capote, ha adoptado, a principios de este siglo XXI y especialmente a principios de esta década que estrenamos, harta de fake news e historias no verdaderas, la forma de una true story personal que encara lo pasado con el fin de librarse de una carga. En parte, es la cultura del hater virtual lo que hay detrás del primer libro de no ficción de Bret Easton Ellis, el esperadísimo y autobiográfico Blanco (LRH), un ensayo de ensayos en el que el autor de American Pyscho encara hasta la última polémica en la que se ha visto inmerso, para depurar su imagen. Si la suya es una autoficción reconstructiva, las de Ricardo Menéndez Salmón (No entres dócilmente en esa noche quieta) y Galder Reguera (Libro de familia) pretenden ejercer de brújula paterno filial. ¿Y la de David Sedaris? Solo advierte de que las cosas a veces no son como se esperan. Calypso, su primer libro en Blackie Books, es lo que pudieron ser y no fueron las vacaciones perfectas. Y como en el mundo después de Twitter no hay términos medios, el vietnamita Ocean Vuongse desmonta (literal y literariamente) en su primera novela, la confesional En la Tierra somos fugazmente grandiosos (Anagrama).
Manifestación feminista en Madrid el 8 de marzo de 2019.ÁLVARO GARCÍA
La explosiva química familiar. Tal vez la falta de anclaje en este mundo a la deriva haga que la edición se aferre a la familia, por más destructiva que esta pueda ser. No en vano, en este 2020 se recupera la inigualable Personajes desesperados de Paula Fox (Sexto Piso), y Jane Smiley, la autora de La edad del desconsuelo, sigue ahondando en lo que los hijos hacen con los progenitores en Un amor cualquiera (Sexto Piso).
En la misma línea, pero añadiéndole algo de fanatismo religioso, apunta lo nuevo de Nickolas Butler, Un poco de fe (Libros del Asteroide), y la recuperación de la enorme Qué fue de los Mulvaney, de Joyce Carol Oates (Lumen). Dennis Lehane vuelve a enfrentar a dos familias, esta vez, en el Boston de finales de la Primera Guerra Mundial, en Cualquier otro día (Salamandra), y el genial Antonio Manzini inventa una familia de mentira al divertidísimo inspector Rocco Schiavone en Polvo y sombra (también en Salamandra). Hernán Migoya revisita, en su vuelta a la narrativa, su historia familiar en Baricentro (Reservoir Books), Keith Gessen se aproxima a lo que te hacía la familia en la Unión Soviética en Un país terrible (Galaxia Gutenberg) y Bernardo Atxaga hace lo propio, durante los últimos años del franquismo en el País Vasco, en Casas y tumbas (Alfaguara).
Fabular (o no) contra el fin del mundo. Desde la atalaya de la pareja, entregándose a una idea de la literatura entendida como refugio de lo real, Alejandro Zambra explora la formación y el desencanto del creador en Poeta chileno (Anagrama). Otras atalayas a salvo de lo que sea que ocurra en el mundo son las que dibujan Mircea Cartarescu en su El cuerpo: Cegador, 2 (Impedimenta); Salman Rushdie, en su peculiar Quijote del siglo XXI (Seix Barral), enamorado de una estrella de la televisión y con un hijo imaginario llamado Sancho; un Jon Bilbao entregado al wéstern en los relatos de Basilisco (Impedimenta), y un Juan Pablo Villalobos conspiranoico, el de La invasión del pueblo del espíritu (Anagrama). Pero si algo preocupa en este nuevo principio es el epílogo, y de ahí, quizá, que Martín Caparrós imagine la muerte como un fracaso intolerable con el que debe acabarse en la distópica Sinfín (LRH), o que Frédéric Beigbeder se lance, desde el ensayo, a hacer posible la inmortalidad en Una vida sin fin (Anagrama). Más sarcástico con su propio final (el de un inglés dentro de Europa) se muestra Ian McEwan en La cucaracha (Anagrama), una revisión del clásico de Kafka en la que una cucaracha se transforma, de la noche a la mañana, en el primer ministro británico. Y apocalíptico desde su retiro campesino, Wendell Berry anticipa El fuego del fin del mundo (Errata Naturae).
Verso libre. En lo poético, el primer disparo llega en la voz de una pulitzer, la feroz Anne Sexton. Se suma a la renacida iniciativa de poesía portátil que lleva a cabo Literatura Random House desde 2019. ¿Otros nombres del siglo XX para los años veinte del XXI? Geoffrey Hill, el poeta inglés más ambicioso de la segunda mitad del pasado siglo, del que se presenta Poesía reunida (Lumen), y la titánica Edna St. Vincent Millay, cuya arrolladora personalidad, dicen, inventó una nueva forma de ser mujer. De ella, también en Lumen, se publica una Antología poética definitiva. No es una antología, pero sí un acontecimiento literario poético el que llegue, a principios de este 2020, la segunda entrega de las memorias del Cervantes Antonio Gamoneda. Bajo el título La pobreza (Galaxia Gutenberg), construye a la vez un retrato del artista anciano y una crónica de época que da continuidad a la devastadora y vibrante Un armario lleno de sombra. Por último, el capítulo del verso lo cierra el único poemario inédito de Wislawa Szymborska, Canción negra, que verá la luz en Nórdica.
Otro nuevo comienzo (gráfico). Por último, Alpha Decay se suma este año a la ya enorme cantidad de editoriales que apuestan por lo gráfico con una colección de cómic llamada simplemente Alpha Cómic, que inaugurará Devastación, de Julia Gfrörer, un apocalipsis medieval. Su obra competirá con lo nuevo, autobiográfico y deslumbrante de Adrian Tomine, La soledad del dibujante de larga distancia (Sapristi), y con al menos otro par de joyas: Mis cien demonios, de la clásica aún por descubrir Lynda Barry (Reservoir Books) y la enorme (en todos los sentidos) Cassandra Darke, de Posy Simmonds (Salamandra Graphic), o cómo puede una riquísima marchante de arte acabar convertida en una incomprendida.
Una guerra de 46 años para adueñarse de Franz Kafka
La batalla por los derechos de la obra del genio checo, convertida en asunto de Estado entre Alemania e Israel, arrancó en 1973 y se prolongó hasta el pasado mayo. Benjamín Prado 4 de enero de 2020
La inmortalidad es convertirse en un adjetivo. En unos tiempos donde se tiende a lo homologable, las actitudes quijotescas tienen poco margen de maniobra, pero la cantidad de situaciones dantescas o kafkianas que se producen en un mundo en el que se multiplican las guerras, el terrorismo, las diásporas y la burocracia les garantiza a los autores de la Divina comedia y El proceso una vigencia innegable. Carlos Gardel cada día canta mejor, y ellos dos también.
Nunca se ha sabido quién era exactamente Franz Kafka, nada raro en alguien que se definió a sí mismo como “un jinete que cabalga a la vez sobre dos caballos”. Sabemos que era un genio que no se lo creía y por eso le pidió a su amigo Max Brod que destruyera todos sus manuscritos; y lo consideramos un adivino que pronosticó en sus obras el Holocausto, que padecerían siete miembros de su familia asesinados en los campos de exterminio nazis, entre ellos sus tres hermanas, Elli, Valli y Ottla. Ahora, sin embargo, la pregunta sobre el autor de La metamorfosis no es cómo era, sino de quién es, suponiendo que alguien o algo pueda ser patrimonio de la humanidad y a la vez tener un dueño.
El investigador Benjamin Balint cuenta en El último proceso de Kafka (Ariel) cómo tras su muerte, en 1924, el legado del genio de Praga pasó a manos del propio Brod, que era su albacea; y después de fallecer este en Tel Aviv, en 1968, a las de su secretaria Esther Hoffe; y cuando ella faltó, a las de su hija Eva. Para entonces, los papeles del creador de El castillo no eran ya un asunto de familia, sino una cuestión de Estado que desencadenó una batalla judicial entre Alemania e Israel —donde fue demandada Esther, en 1973— que ha durado más de 40 años. Quienes peleaban por los documentos de Kafka, que era checo, judío y escribía en el idioma de Goethe, eran la Biblioteca Nacional de Jerusalén y el Archivo de Literatura de Marbach, la ciudad donde nació el poeta, dramaturgo y filósofo Friedrich Schiller. El combate incluía a Brod, un autor menor pero fértil, que publicó casi 100 libros entre novelas, poesía, ensayos, dramas y biografías, y que coprotagoniza esta historia porque fue él quien percibió el valor de Franz Kafka desde que este le leyó sus primeros textos, gracias a su buen ojo “para reconocer lo extraño, lo sublime y lo maravilloso en todas sus formas”, como dijo de él su amigo Stefan Zweig.
La guerra llegó hasta 2016, cuando ganó la tesis religiosa a la lingüística y un tribunal suizo mandó entregar a la Biblioteca Nacional de Jerusalén el tesoro, que estaba depositado en Zúrich. El último cabo suelto de la intriga se ha atado en mayo de 2019, cuando la Oficina Federal de Investigación Criminal alemana le dio al embajador israelí 5.000 hojas autógrafas de Max Brod que habían sido robadas de la casa de los Hoffe en Tel Aviv.
Franz Kafka by Mathieu Laca
El material será accesible cuando se acabe de digitalizar. Y la cuestión que ha vuelto a poner sobre la mesa esta trama casi policiaca es: ¿los bienes culturales deben estar en manos privadas? En España estuvimos muchos años sin unas obras completas de Valle-Inclán porque sus herederos no se ponían de acuerdo para editarlas; no se publicaron hasta muy tarde los Sonetos del amor oscuro, de Lorca, o las cartas de Pedro Salinas a Katherine Whitmore a causa de las objeciones morales de sus descendientes; y siguen inéditos los versos del hermoso Amor en vilo, de Rafael Alberti, porque así lo quieren los propietarios de sus derechos. “Solo merece la pena leer los libros que te hieren”, decía Kafka. Todos los suyos son de esa clase.
María Gainza se interna en el mundo de las falsificaciones con ‘La luz negra’, su segunda novela tras ‘El nervio óptico’
Estrella de Diego
28 de diciembre de 2018
Como en las mejores películas de film noir, la mujer que desde las primeras páginas se vislumbra posible hilo conductor de la trama desaparece de forma súbita; barrida por una muerte boba, casi estándar. A partir de ese momento y a muy pocas páginas del inicio, los lectores se quedan expectantes frente al giro que exigirá el relato. Las confesiones oscuras y fascinantes en una sauna, aquellas que durante un segundo privilegiado parecen delinear el camino a seguir, se evaporan. Entonces, tras una muerte banal y siguiendo cierto giro inesperado que cultivan el noir y María Gainza en La luz negra, su segunda novela, los lectores se dan de bruces con la perplejidad y hasta el desvalimiento de la protagonista cuando narra la historia en primera persona.
En un par de días, Mariana Enriquez, Selva Almada, Leila Guerriero y María Gainza recibieron algunos de los premios literarios más importantes de la temporada. Como pocas veces, los reconocimientos son absolutamente merecidos y hablan del buen momento por el que atraviesan las escritoras trasandinas.
Uno duda de los premios literarios hasta que se lo ganan los amigos o los escritores a quienes leemos y admiramos desde hace tiempo. Uno piensa: por fin hay algo de justicia. Uno piensa también: la literatura no tiene que ver con los premios, pero la alegría es inevitable: Mariana Enriquez acaba de recibir el Premio Herralde por su nueva novela Nuestra parte de noche; Selva Almada obtuvo el First Book Award de Edimburgo por la traducción de su novela El viento que arrasa, y hace unas semanas María Gainza recibió el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz en México por su último libro, La luz negra. Por estos días, además, Leila Guerriero obtuvo el Premio Internacional de Periodismo Manuel Vásquez Montalbán y hace unos meses María Moreno se alzaba con el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas.