jueves, 13 de diciembre de 2012

Ségolène de corazón / Plagio de Bryce Echenique

Ségolène Royal
París, 6 de febrero de 2007
Foto de Marie-Lan Nguyen
 

Por favor, lea el texto original
Francesc-Marc Álvaro
Ségolène de corazón
http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/2006/11/20/pagina-21/53189955/pdf.html?search=S%C3%A9gol%C3%A9ne%20de%20coraz%C3%B3n
La Vanguardia, 20 de noviembre de 2006




PLAGIO DE BRYCE ECHENIQUE
Nexos
Número actual
OCTUBRE, 2012
Octubre 2012





01/04/2007
COLUMNA INCÓLUME
Un latido llamado Ségolène
Alfredo Bryce Echenique

El próximo mes de mayo la sociedad francesa acudirá a su cita con las urnas. Una mujer socialista, que se impuso a contracorriente en las primarias de su partido, puede llegar al Elíseo con un discurso poco ortodoxo para la propia izquierda. Así ve Bryce Echenique a Ségolène Royal.

El liderazgo emergente de Ségolène Royal es para los enfermos de la política como una gran final de futbol para los adictos al deporte rey. La ex ministra arrasó en las primarias del Partido Socialista francés y se batirá en mayo de 2007 para alcanzar la presidencia de la República. ¿En qué se basa el fenómeno Ségolène? 

Hay análisis para todos los gustos, desde los que destacan el peso de los casi 70 mil nuevos militantes en la elección hasta los que ponen en valor su heterodoxia con respecto a las recetas tradicionales de una de las izquierdas más anquilosadas de Europa. A tenor de lo que me llega directamente, gracias a los correos electrónicos de algunos amigos franceses, la fuerza de la candidata está en la capacidad para construir un entusiasmo plausible y devolver la confianza a los que aspiran a sacar a Francia del atolladero en que se encuentra, a muchos niveles. Para entendernos, ante el público, Ségolène es todo lo contrario del “actual” Alan García. La dirigente francesa seduce, cautiva y arrasa incluso a los más indiferentes, aunque la verdad es que, a mi esposa y a mí, nos dejó más bien bastante desconcertados durante una visita a París realizada el pasado mes de noviembre. Buscábamos libros y discos en una conocida tienda y la vimos, de pronto, sentada ante una mesa en la que sin duda se aprestaba a firmar ejemplares de algún texto recién salido de la imprenta. Entre el público que merodeaba por aquella mesa, tratamos de acercarnos, como cualquier par de viajeros curiosos, pero unos gigantescos grones, de camisa, traje y corbata color plata de la fina, nos espantaron con sus manazas francamente matonescas. “Adiós a las armas”, me dije yo, cogiendo a mi esposa del brazo y muy dispuestos ambos a emprender las de Villadiego, y, de haber sido yo francés, también a revisar mis intenciones de voto.

Me escribe Jean-Marie Saint-Lu, mi traductor y viejo colega parisino, desde su retiro en el país vasco francés, contándome que Ségolène realmente ha sabido llegar al corazón de la gente. A veces, pendientes de la mercadotecnia, olvidamos que la gran política requiere tanto de corazón como de estrategia. El mensaje ilusionado de esta señora me recuerda, salvando, claro está, todas las distancias, el aire fresco que representó en 1974 el discurso del centrista Valéry Giscard d’Estaing, que tenía como uno de sus lemas clave una frase dirigida a la izquierda: “Ustedes no tienen el monopolio del corazón”. Gran frase. Válida todavía en muchos países, empezando por el Perú, tan complejo que ya le resulta a muchos hasta ininteligible y, se diría, incluso políticamente engañoso. Ese Perú donde lo que se pregona es una tras otra política social, mientras se lleva a los hijos a un colegio de elite, por ejemplo. Lo de Giscard d’Estaing fue una forma —entonces— valiente y bella de plantar cara al típico complejo de superioridad gauchista, que en la Francia de aquel momento bebía de la resaca de mayo del 68. Giscard d’Estaing venció por la mínima al socialista Miterrand (que había pactado un programa común con el entonces poderoso Partido Comunista al mando del estalinista Georges Marchais) y trató de desplegar un programa reformista avanzado para superar la presidencia del fallecido Georges Pompidou. Con los años, el empuje del vanidoso Giscard d’Estaing (solía sentarse en una silla más alta que sus interlocutores) se marchitó, y, en 1981, Miterrand finalmente alcanzó el Elíseo, aunque es cierto también que en esta victoria de Miterrand mucho tuvo que ver el actual presidente Chirac, con una oposición surgida a la derecha de Giscard d’Estaing.

Pero todo es reversible. Y muy especialmente en momentos en que tanto la derecha de un Sarkozy como la extrema derecha del xenófobo morboso y eterno que es Le Pen, podrían presentarse como una nada desdeñable opción ante la Francia más reaccionaria. Para ganar, Ségolène Royal vuelve a poner el corazón en el centro de la política. Pero lo hace sin esquivar palabras que la gente quiere escuchar desde el realismo, como autoridad, disciplina, responsabilidad y coraje. El mensaje es claro: estos valores no tienen por qué ser monopolio de la derecha que encarna el actual ministro de la mano dura: Sarkozy. Y, por supuesto, muchísimo menos del incombustible extremista llamado Le Pen. n





miércoles, 12 de diciembre de 2012

Muere el delincuente que inspiró el personaje de Omar en ‘The wire’

Michael K. Williams es Omar Little en 'The wire'


Michael K. Williams es Omar Little en 'The wire'


Muere el delincuente que inspiró el personaje de Omar en ‘The wire’

Donnie Andrews, criminal reinsertado cuyo papel interpretó Michael K. Williams, ha fallecido en Nueva York por complicaciones cardíacas.





EL PAÍS
Madrid 17 DIC 2012 - 11:44 COT


Donnie Andrews, que junto a otros delincuentes inspiró el personaje de Omar Little de la serie The Wire, interpretado por Michael K. Williams, murió el jueves pasado a los 58 años en Nueva York debido a complicaciones cardíacas, según ha informado el periódico Baltimore Sun. Este rotativo es el mismo para el que trabajó David Simon, el creador de la ficción, que se desarrolla en Baltimore en torno a una trama de escuchas a traficantes de drogas por parte de un grupo de policías.
Andrews, que posteriormente trabajaría como asesor de la serie, creció en la ciudad del estado de Maryland (EE UU) rodeado de violencia y abusos por parte de su madre. A los diez años presenció cómo un hombre era asesinado por 15 centavos de dólar (poco más de 10 céntimos de euro), y de adolescente comenzó a delinquir, robando a traficantes a punta de pistola.
“La palabra futuro no formaba parte de mi vocabulario, porque no sabía si al día siguiente estaría vivo o muerto”, señaló en una entrevista al periódico británico The Independent. “En mi barrio apostaban por que no pasaría de los 21”.
Asesino confeso, Andrews accedió a colaborar con la policía colocándose un micrófono oculto. A pesar de dedicarse a actividades delictivas, siempre mantuvo un estricto código moral por el que mujeres y niños debían quedar fuera de toda refriega. Sentenciado a cadena perpetua, dedicó su tiempo en prisión al estudio y a la lectura de la Biblia.
"He actuado como acusación de cientos de personas, y mientras que todos los demás en su misma posición accedían a cooperar por menos tiempo en la cárcel, él decía que lo hacía porque estaba arrepentido", señaló Charles Scheeler, el fiscal a cargo de su caso. "Nunca me había encontrado con nadie así. Me convenció".
Mientras estuvo encarcelado, Simon, el creador de la serie, enviaba copias de su periódico a Andrews, quien le llamaba con información sobre los crímenes de los que se hablaba. En 2005 fue puesto en libertad condicional, y a partir de entonces dirigió sus esfuerzos a apoyar la reinserción de los jóvenes delincuentes de Baltimore.
Williams, el actor que encarna al considerado como uno de los personajes más memorables de la serie (tanto que el propio presidente Obama señaló que era su favorito), recordó a Andrews a través de un mensaje de Twitter: "DEP el gánster original y un hombre de los pies a la cabeza, Donnie Andrews. El hombre que fue la inspiración para Omar Little. Le dedico mis oraciones".
EL PAÍS






El inquietante atractivo de la guerra
David Simon / Tremé / Nueva Orleans, entre el moho y el jazz
Guionistas / Las neuronas de la caja tonta
The Wire / Los Soprano / Series 'cum laude'
David Simon / "La televisión acabó siendo una gran pipa de 'crack' para mí"
Carlos Boyero / Música
David Simon y Ed Burns / La esquina / Una realidad implacable
Muere el delincuente que inspiró el personaje de Omar en ‘The wire’
David Simon / The wire
The Wire / Serial / Las malas calles de Baltimore
David Simon: “Soy un espectador de televisión terrible”
Baltimore / El final del sueño americano
Show Me a Hero / David Simon vuelve a las calles de HBO
‘The Deuce’ / El nacimiento de la industria del porno según David Simon
‘The Deuce’ / El sexo y el Nueva York más sórdidos
The Deuce / Las crónicas del Nueva York apache




Cómo combatir el terrorismo / Plagio de Bryce Echenique


Artículo original
Joseph-María Puigjaner
¿Cómo combatir el terrorismo?
http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/2005/07/29/pagina-20/40850889/pdf.html
La Vanguardia, 29 de julio de 2005



PLAGIO DE BRYCE ECHENIQUE

Nexos



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OCTUBRE, 2012
Octubre 2012
INICIO    >    COLUMNA INCÓLUME-¿CÓMO COMBATIR EL TERRORISMO?


01/12/2006
Columna incólume
¿Cómo combatir el terrorismo?
Alfredo Bryce Echenique 

El terrorismo de Al Qaeda y el de otros sectores de la ultraderecha islámica contra Occidente y su civilización viene a ser una respuesta tardía a un terrorismo previo. Me refiero a aquel terrorismo —con muchísimos más muertos, naturalmente— llevado a cabo, en varios países africanos y asiáticos, por potencias occidentales durante el siglo XIX. Fue un expolio económico de gran alcance, con pocos miramientos, que repartió prosperidad entre los aventureros (individuos y empresas) y elevó el nivel de vida de los países occidentales.

No pongo en duda ciertos beneficios conseguidos por los países objeto de colonización, especialmente en lo que a cultura y religión respecta. En consecuencia, siempre habrá quien diga que el expolio no fue tan cruel. Pero parece evidente que los países colonizadores, mientras duró su dominio, no se comportaron con la dignidad humana que hubiera sido deseable.

Al mismo tiempo que lamentamos la dureza de la revancha de los terroristas islámicos, que desborda en exceso y sin excusa válidas las reglas del humanitarismo, sería lógico que Occidente hiciera ya un reposado examen de conciencia. A mi entender, el terrorismo de Al Qaeda es un ataque despiadado contra la sociedad materialista y arreligiosa de los países occidentales. En la Edad Media lucharon entre sí dos creencias: la fe cristiana versus la islámica.

Hoy, el planteamiento es distinto: la fe islámica se lanza ciegamente a castigar la apostasía práctica de los países ricos de la Tierra. Con procedimientos totalmente inhumanos, los terroristas aspiran a neutralizar la influencia, para ellos nefasta, de una civilización occidental podrida por el afán de dinero y la ambición de poder. Aunque hay en Occidente personas que, conscientes de su situación de privilegio, están dispuestas a defenderse de parte de sus ambiciones y bienes, la tónica dominante —sobre todo si se contempla desde la óptica musulmana— es la ostentación de las riquezas y la prepotencia del poder.

Los cristianos occidentales están llamados a abrir y cerrar los ojos y a darse cuenta de que este género de terrorismo sanguinario y siempre abominable es un aviso que delata la indecencia moral, la corrupción de las costumbres y sobre todo la insensibilidad generalizada ante el sufrimiento de millones de seres humanos.

Los políticos hacen bien en poner en marcha nuevos planes de seguridad que minimicen el riesgo que hoy tienen los países occidentales de ser víctimas del terrorismo. Con todo, vendría bien que, de vez en cuando, se elevaran a niveles superiores del espíritu. Me refiero a que considerasen a fondo cuál es el efecto de indigencia de ciertos valores humanos que se ha apoderado de la sociedad civil.

Es evidente que los políticos no son curas ni obispos, pero pienso que no deben desentenderse de ciertas realidades intangibles. Ésas que representan un papel, tan importante como positivo, en la vida de las personas. Ni desde una óptica laica puede este aspecto olvidarse si esos políticos pretenden ordenar mínimamente la sociedad a la que representan y a la que se deben.

No sé cuál es exactamente el diagnóstico de los expertos, pero, por lo que respecta al Islam, parece que se impone una relectura del Corán que adecue la fe islámica a la realidad del siglo XXI. Hay que decir que el cristianismo, aunque de manera demasiado tímida, sí ha ido llevando a cabo esta puesta al día.

El objetivo, ahora, es que los sectores más avanzados y conscientes del mundo islámico hagan esa necesaria relectura. Que se comprometan a promover en el ámbito musulmán aquellos valores del espíritu válidos para cualquier persona en cualquier país y en cualquier época, sobre todo el valor sagrado del respeto a la vida de nuestros semejantes humanos. Si no es así, vamos todos irremediablemente a la barbarie, que es la derrota como personas humanas. n



martes, 11 de diciembre de 2012

Culturas y civilizaciones / Plagio de Bryce Echenique


Texto original
Cristóbal Pera
Culturas y civilizaciones
http://www.jano.es/ficheros/sumarios/1/0/1581/92/1v0n1581a13081028pdf001.pdf
Octubre de 2005



PLAGIO DE BRYCE ECHENIQUE


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OCTUBRE, 2012
Octubre 2012
INICIO    >    COLUMNA INCÓLUME - CULTURAS Y CIVILIZACIONES


01/10/2006
Columna incólume
Culturas y civilizaciones
Alfredo Bryce Echenique 

Tan elusivo y ambiguo como el concepto de cultura es el de civilización, ambos complejísimos artefactos humanos. ¿Qué diferencias existen entre las innumerables culturas y las escasas civilizaciones? En las definiciones normativas de los diccionarios la cultura precede a la civilización y ésta supone un progreso para la sociedad humana. Desde esta interpretación optimista y complaciente, la palabra civilización ha generado una serie de expresiones binarias, en las que sus “benéficos” conceptos se acoplan con otros contrarios y peyorativos: civilización/barbarie, civilizado/incivilizado, progreso/retraso, refinamiento/rudeza, luz/tinieblas. En su genial El corazón de las tinieblas, el novelista Joseph Conrad pone en boca de Marlow, el narrador: “Nuestra refinada sociedad confiere a la vida humana, y con razón, un valor desconocido por las comunidades bárbaras”.

Históricamente, el espacio civilizado ha sido un espacio cultural, con gran capacidad innovadora en la creación y en la construcción de artefactos, un espacio dinámico, con una vocación expansiva que Spengler calificó en La decadencia de Occidente de “fatal y demoníaca”, y que desarrolló según él el poder suficiente para invadir, dominar y expoliar y, en definitiva, colonizar otros espacios culturales y/o civilizados, a los que impuso, hasta donde le fue posible, su visión religiosa del mundo y del fin de la vida humana, con sus códigos de comportamiento. Desde este arrogante y arrollador ejercicio de dominio sobre otras culturas y civilizaciones, de estas conquistas -transmutadas en “sagrada misión de la civilización”- han surgido otros emparejamientos esclarecedores de sus verdaderos objetivos, más allá de la retórica del poder, tales como civilización/barbarie, civilización/colonización, civilización/imperio y metrópolis/colonias.

La historia de las civilizaciones que en el mundo han sido y desaparecido, y de las que todavía son -seis en el mundo contemporáneo, según Samuel P. Huntington (The clash of civilizations. 1996)-, ha sido escrita por las civilizaciones dominantes y de preferencia por la civilización occidental, desde una perspectiva eurocéntrica, teñida con frecuencia de soberbia racista. Esta predominante visión occidental se hace aún más explícita en otras obras del mismo autor, como El choque de las civilizaciones, en la que se predicen las líneas sobre las que se desarrollará el conflicto entre el Islam y Occidente y, a la postre, entre Occidente y “los demás” -The West versus the rest.

Si más allá de los discursos retóricos nos situamos en la perspectiva de la sociedad del conocimiento, ¿qué es una civilización?, ¿qué la diferencia de una cultura? La palabra civilización -que comienza su andadura en la Europa del XVIII- postula etimológicamente a las ciudades, a su construcción y desarrollo expansivo, como espacios culturales en el seno de cuya arquitectura -un extraordinario artefacto humano- se ha logrado concentrar, a lo largo de un proceso histórico, una masa crítica de ciudadanos capaz de generar un sinnúmero de innovadores artefactos junto a modos de comportamiento convertidos en refinadas prácticas civilizadas.

Cultura y civilización son muy diferentes: cultura existe donde quiera que se agrupen para sobrevivir seres humanos -desde el paleolítico a los grupos nómades que pululan, víctimas de hambruna, en los desiertos de Sudán-, mientras que civilización es una cualidad de la cultura peculiar de las ciudades. Desde este punto de vista la palabra civilización sería un sinónimo superfluo de la palabra cultura, porque, al fin y al cabo, los pueblos no tienen civilización, tienen cultura.

Las ciudades, esos complejísimos artefactos construidos con la acumulación de conocimiento, y edificadas para trabajar con ese conocimiento, no sólo han sido el origen de las civilizaciones, sino que siguen siendo su matriz. El poder de la llamada civilización occidental se funda precisamente en que ha reunido a las culturas dotadas de la mayor capacidad de creación de artefactos, a las poseedoras de la mayor potencia tecnológica para dominar -y destruir- el mundo.

Desde este punto de vista, en el que se conjugan conocimiento y poder, ¿qué nos aporta seguir insistiendo en los vacíos discursos acerca de las civilizaciones? En plena sociedad del conocimiento, en las modernas ciudades multiculturales del mundo occidental, no se enfrentan civilizaciones sino culturas, en posesión de mayor o menor conocimiento y, en consecuencia, de mayor o menor poder para dominar a los otros. Por estas razones, Edward Said (El choque de las ignorancias, Barcelona 2002) rechaza las tesis de Huntington y argumenta que el choque de civilizaciones sería en realidad un “choque de ignorancias”, al que añadiríamos “el choque del menosprecio intercultural”.

En las ciudades multiculturales de Occidente el reto de conseguir la convivencia de culturas dominantes con culturas que se sienten históricamente menospreciadas, y en cuyo seno ha sido fecundada la semilla del resentimiento, es una tarea extraordinariamente compleja y dificultosa.

Por el contrario, para aterrorizar a los pertenecientes a la cultura dominante mediante una masacre indiscriminada de quienes habitan en estas ciudades, los artefactos necesarios son tan sencillos como una mochila repleta de explosivos. Pero incluso, para artefactos muy complejos en su creación y construcción -aviones, misiles, internet-, el aprendizaje de su manejo, como instrumentos de destrucción, es relativamente sencillo. Este es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. n


lunes, 10 de diciembre de 2012

John Ford, la épica del western / Plagio de Bryce Echenique

John Ford
Fotografía de Richard Avedon
Por favor, lea el texto original
Blas Gil Extremera
John Ford, la épica del western
http://redaccion.nexos.com.mx/wp-content/uploads/2012/10/John-Ford-la-%C3%A9pica-del-western.pdf
Mayo de 2005

PLAGIO DE BRYCE ECHENIQUE
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OCTUBRE, 2012
Octubre 2012




01/07/2006
Columna incólume
Alfredo Bryce Echenique 
John Ford, la épica del western


John Ford, nombre artístico de John Sean Aloysius O'Feeny, es uno de los gigantes de Hollywood de los años dorados. Era el menor de 13 hermanos de una familia irlandesa que emigró a Estados Unidos a finales del siglo XIX. El futuro cineasta nació en Cape Elizabeth, Maine, el 1 de febrero de 1894 y falleció a los 79 años en Palm Springs, California, el 31 de agosto de 1973. A lo largo de 52 años de ininterrumpida labor, John Ford dio vida a una obra formidable, integrada por más de un centenar de largometrajes, entre ellos una veintena de obras maestras, auténticas joyas del séptimo arte.

Como tantos personajes hechos a sí mismos, se inició desde abajo, aprendiendo la dureza del oficio y las dificultades de la técnica cinematográfica; según las circunstancias, fue recadero, tramoyista, doble, encargado de montaje y actor secundario, hasta alcanzar la categoría de ayudante de director y, finalmente, responsable de la dirección. Este duro aprendizaje de la “materia” y la “forma” -o sea, el oficio- serían el pasaporte para iniciar un largo y solitario viaje, y plasmar en inolvidable celuloide el torrente de imágenes que fluían en su cabeza. En aquellos lejanos años el joven estudiaba con reverencial emoción las películas de uno de los grandes pioneros y maestros del cine: David W. Griffith -El nacimiento de una nación (1915), Intolerancia (1916) o Corazones del mundo (1918), entre otras-.

Esta experiencia lo llevó a declarar en 1928 que “la exhibición de esas películas en el viejo Philharmonic Auditorium de Los Ángeles significó más para la industria del cine y el nacimiento de Hollywood que todos los espectáculos de inauguración que Hollywood fomenta”. Sobre cómo Ford llegó a ser director, Carl Lámele, fundador de Universal, contaba que, cuando necesitaron a alguien para dirigir una de esas paupérrimas películas de vaqueros, les dijo: “Prueben a Ford. Chilla muy fuerte”. Se desconoce si la anécdota es cierta o no, pero era evidente que el larguirucho Ford siempre estuvo en el lugar adecuado en el momento oportuno.

A partir de 1917 se puso tras la cámara en películas de bajo presupuesto que le sirvieron de “rodaje” para que años más tarde pudiera dirigir largometrajes con las grandes estrellas de la pantalla. Es decir, las películas de serie B le permitieron adquirir el oficio, la técnica y el conocimiento de los entresijos de la profesión. De esta manera, Ford definió el sendero de su vida cinematográfica de una manera irrevocable.

En 1920 pasó a trabajar a las órdenes del afamado productor William Fox. Películas de esta etapa son, entre otras, Buenos amigos y Manos de hierro (1920), Jackie (1921), La señorita sonrisas (1922), Tres hombres malos (1926), y en 1928 Cuatro hijos y El legado trágico, primera aproximación a su añorada Irlanda. Especial atención merece El caballo de hierro, épica narración del primer viaje del ferrocarril transcontinental. La crítica acogió la película como “un gran western”, verdadero hito de las viejas películas.

En 1939 Cecil B. De Mille filmaría una obra de epígono sobre el gran viaje al oeste, Unión Pacífico, con Bárbara Stanwick y Joel McCrea.

Aunque el cine fordiano aborda sobre todo la épica del oeste -“me llamo John Ford y hago westerns”- hay otras obras maestras en su currículo ajenas al Far West, ganadoras algunas de ellas, incluso, de la preciada estatuilla de los Oscar, en las que destila fino humor, realismo descomprometido y análisis psicológico de los personajes.

Merecen destacarse Las uvas de la ira (1940), La ruta del tabaco (1941), ¡Qué verde era mi valle! (1941) y dos historias de la lejana Irlanda: El delator (1935) y El hombre tranquilo (1953). Particularmente, esta última es una de las más bellas películas jamás rodadas. La soberbia dirección de actores, un guión impecable, y unos diálogos chispeantes, agudos y divertidos, un elenco de inolvidables estrellas y unos grandes actores de reparto dan vida a una gran historia de amor, celos y enredo; en suma, una película costumbrista de la gaélica Irlanda en el pueblo de Innesfree, un lugar donde el tiempo se ha detenido. El hombre tranquilo, tal vez la mejor película de Ford, es la historia de un ex boxeador que vuelve de sus ancestros para compartir el resto de su vida con una gente a la que nunca ha conocido. Es la tercera visión fordiana de la Irlanda rural, alegre y ensimismada en el pasado; es también la tierna y amable mirada del genio hacia un tiempo perdido en la memoria y clavado en el corazón. Han pasado los años, pero la historia permanece viva porque cada generación la ha aceptado como realmente es: ¡una bella historia de amor! Es la fábula sobre “dos seres que no podrán compartir sus vidas hasta que aprendan a conocer el valor de la humildad, el perdón y el ceder el uno con el otro”.

De la extensa cinematografía fordiana el western ocupa el primer lugar, y en este género destacan sendas trilogías como el mejor cine de la historia. La primera la forman La diligencia (Stagecoach, 1939), con un primerizo John Wayne, alter ego del autor, y la belleza rotunda de Monument Valley; Corazones indomables (1939) y Pasión de los fuertes (My darling Clementine, 1946), excelente puesta en escena del más famoso duelo a revólver, que una década más tarde abordaría también con singular fortuna John Sturges en Gunfight at the O.K. Corral. El segundo “triunvirato” lo integran la épica de la caballería y las luchas por la conquista del territorio. Fort Apache (1948) con John Wayne y Henry Fonda; La legión invencible (1949) y Río Grande (1950). Del amplio currículo fordiano el periodo más fructífero corresponde a los años cincuenta e inicios de los sesenta: Mogambo (1953), Cuna de héroes (1955), Centauros del desierto (1956), Misión de audaces (1959), El sargento negro (1960), Dos cabalgan juntos (1961) y El hombre que mató a Liberty Valence (1962). Su dilatada carrera incluye 16 películas como actor, ocho como director no acreditado de secuencias, argumentista en dos, otras dos como productor, supervisor de montaje en una ocasión, 125 largometrajes como director, 10 documentales bélicos, dos cortometrajes como director y cuatro telefilmes.

Respecto a su carácter, hay numerosos testimonios de las personas que estuvieron a su lado -actores, actrices, técnicos, guionistas, productores, etcétera-; sirvan a modo de ejemplo estos testimonios de muy distintas personas: “Ford era ligero, contradictorio, y genial”; “Un hombre exasperante, pero admirable, completamente entregado a la realización de películas”; “Era un cúmulo de contradicciones sentimentales, brillante, muy sensible, cruel, sardónico, con un muro protector a su alrededor”. Divertía como fabulador, le encantaba narrar historias y no le importaba si eran reales o no, aunque según el proverbio “la mitad de las mentiras de un irlandés son ciertas”. Era probablemente el hombre menos reservado del mundo, y podía ser muy amable y hablador un día y al siguiente estar insoportable. No tenía ninguna norma. No era nada fiable; decía una cosa y luego hacía otra. En el fondo, era un nostálgico, un romántico que amaba el placer físico de hacer películas, lo que le permitía abrirse a los demás.

Profundamente tímido y sensible, se protegía con una coraza pétrea para hacerse el duro, el cascarrabias y el gruñón. Una personalidad a medio camino entre el irlandés nostálgico, sentimental, mentiroso y terco -la única vez que cedía en un conflicto era cuando no le importaba nada- y el tipo inflexible, duro e individualista de Nueva Inglaterra. Para unos, conservador a ultranza, misógino y machista; para otros, liberal, heterodoxo y sensible a unas minorías raciales a las que trató con amable condescendencia: El sargento negro, El gran combate, y la que sería su canto del cisne:

Siete mujeres. Aunque en realidad detestaba que llegaran a conocerlo y entrar en su intimidad, el muro defensivo desaparecía cuanto tomaba la botella, cosa que ocurría con demasiada frecuencia e intensidad. El alcohol lo volvía pesado, repetitivo y viscoso.

No bebía mientras trabajaba, pero en casa o a bordo de su velero Araner la cosa era muy distinta. Para John Wayne, Ford “no era un borracho sino un alcohólico. De vez en cuando, para aliviar la presión, aquel hombre tenía que darle a la botella. Pero no era para tanto”. Este es el comprensivo comentario de un camarada.

En cuanto al trabajo, resulta un misterio cómo alcanzó aquella maestría en el oficio. No era un intelectual, ni pretendió serlo; no adoptó aires de erudito o sabio y tampoco quiso hacer películas con “mensaje”; su escuela fueron su vida y la gente. Su infancia y adolescencia estuvieron marcadas por la duda entre dedicarse al cine o hacer carrera en la marina, aunque algo instintivo lo llevó a comprender el potencial creativo del séptimo arte. Estudió y entendió algo importante: el concepto abstracto del ritmo, la cadencia y la narración amena y entendible de la historia -algo que desconoce y desdeña una gran cantidad de incompetentes y aburridos directores actuales-.

La lista extensa de personajes que perviven en sus películas son fiel retrato del alma humana: la inocencia perdida, el desamor, la melancolía, el deber y la lealtad, el hogar y la familia, el humor y la ternura, el drama, la gente; en fin, ¡la vida! Por tantas cosas su cine es humano y creíble. John Ford mantenía, además, que hacer lo correcto puede acabar con el individuo, pero a pesar de ello el “honor se puede y se debe ganar”. Creía en el futuro y en la sociedad; en adelante “las películas serán todas en color, por su éxito y porque es su medio natural... planearemos una pequeña historia, fotografiaremos la escena y la gente. Eso es lo que deberían ofrecer las personas, y ya es suficiente.

El talento de Ford no está presente en todas sus películas y más bien era creativamente errático. El caballo de hierro, por ejemplo, fue seguido de varios filmes correctos técnicamente, pero no de obras maestras. Es como si el artista se tomase un respiro, una tregua, antes de volver con renovada energía a insuflar vida a nuevos y fascinantes proyectos.

Para recapitular sobre su figura merecen recordarse las palabras de Scott Eyman: “John Ford sigue siendo uno de los gigantes más duraderos de la que es probablemente la contribución americana más importante al arte: las películas de Hollywood”.

En los dos últimos años de su vida el estado de John Ford era alarmante y se hallaba desnutrido, pálido y con una debilidad extrema; llegó a pesar unos 50 kilos. El 30 de agosto lo visitó por última vez John Wayne. “¿Has venido a hacer guardia de la muerte, Duke?”, preguntó el anciano. El proceso clínico era inexorable. Murió a las 18:35 horas del día siguiente. La última frase inteligible que pronunció fue: “Por favor, ¿me dan un cigarro?”. Así era y fue John Sean Aloysius O'Feeny, John Ford, ¡todo un carácter! n

domingo, 9 de diciembre de 2012

La enfermedad de la nostalgia / Plagio de Bryce Echenique


Por favor, lea
Texto original
Luis M. Iruela
La enfermedad de la nostalgia
http://www.jano.es/ficheros/sumarios/1/0/1580/86/1v0n1580a13081016pdf001.pdf
Humanidades Médicas, octubre 2005





PLAGIO DE ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

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OCTUBRE, 2012
Octubre 2012








01/08/2006
Columna incólume
La enfermedad de la nostalgia
Alfredo Bryce Echenique


Al menos por su etimología, la nostalgia es el dolor de no encontrar el camino de regreso. Ahora bien, ¿hacia dónde se dirige ese regreso? Casi siempre a un lugar y a un tiempo idealizados, a un mundo que en sí lleva el brillo de la plenitud, a salvo de toda usura y deterioro, es decir, al deseado paraíso. Esta es, desde luego, la gran nostalgia, la que difícilmente puede llegar a satisfacerse. Todos conocemos, en cambio, sus manifestaciones menores: la añoranza de una tierra, de una persona, de la infancia..., que a veces y por un instante nos dejan el aliento en suspenso, pero no detienen el curso de nuestras vidas. Sin embargo, la otra nostalgia existe, insaciable y exigente como una pasión de lo huido y lo lejano que atrapa al individuo en una especie de hechizo sin porvenir. La expresión inglesa “besado por las hadas” describe a la perfección ese aire de incurable enfermedad de la distancia que otorga a quien la sufre una aura de romántica grandeza. Quizá por eso mismo le ha prestado la literatura mayor atención a este padecimiento que la propia medicina y nos ha dejado páginas minuciosas acerca del avance imperceptible de un morbo que acaba con la muerte emocional del paciente. No en vano debemos recordar aquí que la palabra “morbo” significa “lo que hace morir”.

Entre las grandes novelas de nuestro tiempo, El gran Gatsby (1925), de Francis Scott Fitzgerald, y El gran Meaulnes (1913), de Alain Fournier, son verdaderas y magistrales exploraciones de los límites de la nostalgia. Hay entre las dos novelas, desde su título mismo, un paralelismo llamativo, pero lo interesante ahora serán más bien las diferencias.

En El gran Meaulnes se cuentan los sucesos cotidianos como si fueran excepcionales, lo que proporciona a la narración un tono mágico constante. Alain Fournier (1886-1914) publicó su novela a los 27 años de edad, uno antes de morir combatiendo en la Primera Guerra Mundial. Es cierto que el autor mantuvo un breve encuentro en 1905 con una bellísima joven, a orillas del Sena, pero inmediatamente después perdió su rastro. Y la buscó durante ocho años, pero cuando al fin la encontró, en 1913, estaba ya casada.

Sin embargo, durante los años que duró su búsqueda, fue depositando sus recuerdos y esperanzas en la construcción del personaje femenino de su novela, que sólo unos meses después aparecería publicada.

Augustin Meaulnes es un adolescente misterioso que llega como alumno a la escuela de Sainte-Agathe “un domingo de noviembre de 189...”. En ese internado entabla amistad con François Seurel, hijo del director y narrador de la historia, en quien despierta una fiel admiración. Los días escolares van transcurriendo normalmente, aunque llenos de ansias de aventuras, hasta que una escapada de Meaulnes por un sendero desconocido y su súbita entrada en un caserón en el que se celebra una ceremonia nupcial lo envuelve en un ámbito de ensalmo que lo deja titubeante y deslumbrado, sobre todo por el encuentro fugaz que tiene con una muchacha: “¿Mi nombre?”. “Soy la señorita Ivonne de Galais”. Y echó a correr.

Meaulnes quedará impresionado por la breve visión de la belleza y sentirá en lo más hondo el filo de la ausencia. Como el propio autor, antes, en París, el personaje emprenderá una búsqueda infatigable por toda la comarca hasta dar con ella. Pero al recuperarla, Meaulnes no siente el éxtasis del efímero y misterioso primer encuentro. Su amigo Seurel, testigo asombrado de la escena, lo describe así: “¿De dónde venía, pues, ese vacío, ese alejamiento, esa incapacidad de ser feliz que había en él en ese momento?”.

De la enfermedad de la nostalgia es, sin duda, la respuesta. Como en el caso de Daisy para el gran Gatsby, Ivonne es un estímulo para Meaulnes que lo lanza inagotable a un anhelo mayor, probablemente inagotable. También Gatsby se queda a las puertas de recuperar a Daisy, mientras que Meaulnes no sólo alcanza el amor de Ivonne, sino que llega a casarse con la muchacha. Sin embargo nada de ello -y esto es lo fundamental- logra cerrar su enorme herida de nostalgia. Gatsby es un hombre joven pero ya en el pináculo de su carrera, mientras que Meaulnes es todavía un adolescente. ¿Puede caber una añoranza tan exaltada en una vida tan corta? Añoranza ¿de qué? Este sería el misterio que ha registrado Milan Kundera en su novela sobre el exilio, La ignorancia. Escribe en ella: “Hay que comprender la paradoja matemática de la nostalgia; ésta se manifiesta con más fuerza en la primera juventud, cuando el volumen de la vida es todavía insignificante”.

El adolescente, qué duda cabe, percibe una llamada en su intimidad sin saber de dónde procede. A esta llamada, dirigida hacia un horizonte de añoranza inconcreta, suele llamársele en términos médicos “nostalgia sin objeto”. El niño es incapaz de sentirla, pero en cambio es indispensable en la adolescencia para poder configurar un mundo interno a partir de la pubertad. Esta nostalgia constituye, sin duda, una indagación del sentido de las cosas y valores, y por eso cumple una función determinada en el desarrollo de la personalidad. Y como todos los sentimientos y emociones ligados a una etapa evolutiva dada, tiene un carácter transitorio que desaparece cuando la persona accede a una visión propia de la vida y de sí misma.

Sin embargo, por una desconocida causa, existen seres humanos que no llegan a encontrar nunca un mundo con sentido y no establecen, por tanto, ningún vínculo con el lugar y el momento presentes, quedando su desarrollo detenido en una nostálgica nebulosa. Dan la impresión de que tratan de volver a un tiempo idealizado con todas sus infinitas posibilidades sin desgastar. Hemos visto ya el caso de El gran Meaulnes y mencionado también ese otro gran “clásico de la nostalgia” que es El gran Gatsby, donde se analizan los límites de esta enfermedad en un personaje entregado de lleno a la terrible esperanza de recobrar el pasado en todo su esplendor.

Nick Carraway, el narrador de la novela, presenta a Gatsby como a una persona dotada de “una exquisita sensibilidad para captar las promesas de la vida”. Promesas elusivas para casi todos nosotros, los que no podemos perder de vista la realidad. Pero Jay Gatsby sí puede hacerlo, empujado “por la colosal vitalidad de su ilusión”. Una noche de otoño, durante un paseo con Daisy, experimenta un abrumador sentimiento de amor y gloria. A partir de entonces, el paso de su vida queda prendido de ese instante único, sobre todo porque poco después la separación sobreviene debido a que la clase social de ella se interpone entre ambos. Cinco años más tarde, un Gatsby considerablemente rico regresa para recuperar su amor, pero las cosas han cambiado irremediablemente.

Daisy está casada con Tom Buchanan, alguien que pertenece a su propio mundo y representa la brutalidad del sistema clasista americano. Como señala el narrador: “Tom y Daisy eran descuidados e indiferentes: aplastaban cosas y seres humanos, y luego se refugiaban en su dinero (...) dejando a los demás que arreglaran los destrozos que ellos habían hecho”. Gatsby, nuevo rico, nunca podrá penetrar el mundo de suficiencia de la clase social elevada y permanecerá allí, en el umbral, con la esperanza intacta, “vigilando la nada”.

El acierto más desesperado y perspicaz de la novela es que la nostalgia de Gatsby no se satisface con el reencuentro con Daisy, incluso llega ésta a decepcionarlo un poco: “No comprende... Antes solía comprender. Pasábamos sentados horas enteras...”. Y es que el personaje se encuentra ya asombrado por la gran nostalgia: “Daisy no llegó a ser el vértice de sus sueños (...) Había ido más allá de ella, más allá de todo. Se había entregado con creadora pasión, acrecentándolo todo”. La amada aparece, en realidad, como un estímulo para acceder al algo mucho más profundo y absoluto. Quizás por eso Platón pensaba que el Eros era una de las tendencias dirigidas al reino de las Ideas.

Jay Gatsby cree en la posibilidad de regresar a un punto culminante de partida. Nick, conmovido por el fracaso de su amigo, dice de él: “Había recorrido un largo camino para llegar (...) y su sueño debió parecerle tan próximo que no le sería imposible lograrlo... No sabía que estaba ya detrás de él... en alguna parte de aquella vasta oscuridad”. Gatsby, incontenible iluso activo, padecía sin duda la terrible enfermedad de la nostalgia. No era capaz de percibir que el pasado nos esquiva en las promesas del futuro, aunque como James Gatz (Gatsby) poseamos “un don extraordinario para saber esperar”. n




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