lunes, 3 de diciembre de 2012

Nuevos autores / Lo que aprendí del Boom




Lo que aprendí del boom


¿Han ‘matado al padre’ las nuevas generaciones de escritores latinoamericanos? Diez de los más destacados de estos autores analizan un fenómeno que ha dejado una huella indeleble en su literatura


Vargas Llosa, Fuentes y García Márquez

Guadalupe Nettel (México, 1976)
Gracias al boom aprendí algunas cosas que han influido en mi forma de ver la literatura: la primera —y basta leer La ciudad y los perros para darse cuenta— es que la novela no es necesariamente un género de madurez y que es posible practicarlo de manera virtuosa siendo aun muy joven. La segunda, y la más importante de todas, es que se debe escribir desde quienes somos, desde aquello que nos hace únicos e irrepetibles, en vez de querer imitar el estilo de los autores a los que admiramos. Esto lo entendí leyendo a Gabriel García Márquez, pero también a todos los escritores que, en vez de concentrarse en buscar su propia voz, intentan reproducir el estilo del escritor colombiano. La tercera es que más vale no pertenecer a ningún grupo literario que encasille nuestra literatura y la cuarta es que el amor —tanto por las personas como por los libros— es eterno mientras dura.
 Mayra Santos-Febres (Puerto Rico, 1966)
Como muchos otros escritores de mi generación, crecí en el boom. El boom construyó un sistema de referencias más literario que real, pero que apelaba a las ansias de identidad que necesitábamos como región. Del boom aprendimos todos que se puede ser un latinoamericano universal. Además, pudo brindar claves para la creación y captación de realidades tan distintas como las de Orhan Pamuk, Salman Rushdie, Toni Morrison, Paul Auster o Ben Okri. Todos estos escritores han confesado su deuda con el boom. Saber que Colombia, México, Perú, España y Puerto Rico decidieron mediante sus escritores que éramos familia, a mí me hizo crecer con un panorama que sobrepasa la geografía. Sentirme heredera de una tradición tan vasta me incita a querer superar los legados del boom, y fraguar (y se debe fraguar) otra manera de ser ibero / latinoamericano / universal en el mundo.
Damián Tabarovsky (Argentina, 1967)
 El boom retoma la ilusión de que el escritor latinoamericano tiene que tener algo de for export, de very typical (Bolaño es el último avatar del boom) con algunas gotitas de denuncia social y pasteurización de tradiciones locales. A la vez, introduce la novedad de que para ser escritor, o aún peor, hombre de letras, hace falta tener a una Carmen Balcells, o alguien como Carmen Balcells, o a muchos como Carmen Balcells; expresa el momento en que Barcelona comenzó a volverse sede del poder económico editorial en castellano; informa sobre la necesidad del mercadeo de izquierda como paradigma de la figura mediática del escritor latinoamericano (García Marketing, como lo llamaba Fogwill). Lamentablemente no aprendí demasiado de esas cosas. O por la negativa, tal vez sí, mucho. Algo más: hace poco releíPedro Páramo y Tratados en La Habana, casi antagónicos y ambos notables.
Wendy Guerra (Cuba, 1970)
 El boom es mi certeza de que en medio de las crisis o la guerra fría, el autor puede generar patologías literarias, divinos síntomas de escritura excepcionales en un estilo común a sus contemporáneos. Como en el Renacimiento, en geografías distintas surgen tópicos comunes, evidencias culturales antes inverosímiles y la literatura patenta, exhibe, prueba lo que antes parecía una alucinación endémica. Lo inaceptable es reconocido a través de la alta palabra. Nací en 1970, soy un personaje concebido tras la copulación colectiva en un mar de misiles y poesía lezamiana, ellos me entrenaron en defender mi literatura (que es mi persona) por misterioso que pueda resultarle a quienes (hoy) impiden sea editada o leída. Comprendí que yo misma soy ese personaje literario pensado, escrito, dibujado por la mano del boom, yo soy su hija, existo y tengo voz por ellos, a pesar de las nuevas guerras frías.
Yuri Herrera (México, 1970)
Quizá lo primero es lo que los mismos escritores del boom aprendieron de los modernistas: que la voluntad de estilo define la mirada sobre la realidad y la fuerza de su narrativa. Que la del boom, entre otras cosas, adolece de ser una lista compuesta casi exclusivamente por hombres. Que un fenómeno mercadotécnico a veces solo es eso, y a veces se aprovecha de algo evidente, como que la mejor literatura en lengua española ya se estaba escribiendo en el continente americano. Que un buen escritor no necesariamente es una autoridad moral: algunos de los que escribieron las mejores novelas del siglo XX también plagiaron el trabajo de otros, sostuvieron amistades con dictadores, justificaron invasiones injustificables y subordinaron sus opiniones políticas a las necesidades de sus patrocinadores. Que una buena novela sobrevive a las mezquindades de sus autores e inclusive a su propio éxito.
Alberto Fuguet (Chile, 1964)
Lo que más aprendí del boom: lecciones de vida, ejemplos a no seguir. No tratar de abarcarlo todo, no ser tan grande. Poder tropezar. Aprendizajes: las mafias funcionan, una agente superpoderosa puede lograr mucho, un autor vale más que su editorial. ¿Qué más? La idea de España como casa matriz me complica. El boom (onomatopeya inglesa para designar el estallido de una bomba: rara definición, ¿no?) fetichizó la figura del autor; los transformó en superhéroes. Le dio acceso al poder e hizo que estuviera demasiado cerca de este. Pero lo que más me complica es la idea de que unos ganaron y otros quedaron fuera. El nosotros. Uno de “los nuestros”. Lo tenían muy claro: quién era quién. Hoy, claro, el veredicto ha cambiado. Puig ahora es delantero. Quedan algunas obras maestras, lo que no es poco. Y la esperanza de que ojalá nunca vuelva a ocurrir.
Juan Gabriel Vásquez (Colombia, 1973)
Entre los muchos legados de esa generación extraordinaria, uno me interesa especialmente: el derecho a la contaminación. Me refiero al destierro de todo nacionalismo literario, al choque voluntario de la provinciana y castiza novela latinoamericana con otras lenguas y otras tradiciones: otras voces, otros ámbitos. Borges y Onetti habían entreabierto las ventanas de nuestra literatura para que por ellas entraran los otros, de Kipling y Stevenson a Faulkner y Céline; pero esas rupturas los obligaron a justificarse repetidamente, y fueron siempre miradas como heterodoxias o herejías. El boom convirtió aquella ventanilla entreabierta en una tronera: entró a saco en la gran novela moderna, y nos legó a los que vinimos después la posibilidad de mirar más allá de nuestra lengua y nuestras fronteras para construir novelas. Y eso hemos hecho: sin pedir permiso y, sobre todo, sin causar escándalo.
Andrés Neuman (Argentina, 1977)
Ninguna etiqueta explica la realidad, pero algunas la mutilan hasta volverla incomprensible. De eso que llamamos boom aprendí el abismo entre los rótulos y las obras. ¿Qué tiene que ver Lezama con Onetti? ¿Por qué García Márquez (1927) y Vargas Llosa (1936) sí, mientras Puig (1932) no? ¿Hasta cuándo maestros como Di Benedetto o Ribeyro seguirán fuera de la foto? ¿Por qué no figuran poetas, habiéndolos brillantes? ¿No resulta sospechoso que ni siquiera Elena Garro, Silvina Ocampo o Clarice Lispector aparezcan en tan viriles listas? De eso que llamamos boom admiro la ambición estética de sus autores, que me hace pensar en la infinitud de la escritura; y recelo de sus mesianismos políticos, que me hacen pensar en la patología del liderazgo. Entre tanta generalización, dos décadas de textos extraordinarios. Tan grandes que merecen ser leídos como por primera vez, desordenando los manuales.
Iván Thays (Perú, 1968)
Antes del boom, los escritores eran parte de una tribu literaria regionalista, y quienes cumplían ese requisito no existían en el radar literario; el boom rompió esa reducción tribal y se organizó bajo un criterio insoslayable: la libertad formal y la libertad a la hora de escoger los temas. Gracias a su talento y a esa libertad, sus libros —incluso los que pueden ser considerados más “regionales”— pudieron leerse no solo como un folleto informativo sobre un continente exótico, sino además como textos cuyos temas comprometían a todos los seres humanos. El boom ganó un espacio para los escritores que habían llegado antes y para los que íbamos a llegar después. Si algo aprendí de ellos es a no someterme a una agenda nacional, latinoamericana o del propio boom para escribir, y a defender mi derecho —no siempre respetado o asumido por los demás— a ser leído fuera de cualquier tribu.
Julián Herbert (México, 1971)
Me resulta caricaturesca la actitud de autores de mi generación que descalifican íntegramente el boom. Por otro lado, me entusiasman poco los libros que García Márquez, Fuentes o Vargas Llosa publicaron durante las dos últimas décadas. La región más transparente, La tía Julia y el escribidor o Crónica de una muerte anunciada siguen siendo un gozo. También muchos cuentos de Cortázar. Pero mis narradores latinoamericanos favoritos del periodo —Cabrera Infante, Ibargüengoitia, Julio Ramón Ribeyro, Manuel Puig— no son, en sentido estricto, parte del boom: más bien refieren una sensibilidad pop que se aleja del exotismo y el simbolismo autoinfligidos y privilegia el humor sobre lo sublime. No creo que el boom sea un fenómeno generacional, sino editorial y, hasta cierto punto, una actitud ante el lenguaje. Si esto es verdad, entonces prefiero el bip: una literatura en tonos más punzantes.

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/02/actualidad/1351853606_142353.html

De izquierda a derecha: Nicole Boulanger (de espaldas), directora de la sección cultural de Le Nouvel Observateur, Juan Goytisolo, José Donoso, Carlos Fuentes, Patricia Vargas, Mario Vargas Llosa (parcialmente hurtado a la cámara por el ademán de su esposa), Ugné Karvelis (pareja de Cortázar), Abraham Nuncio, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y una mujer no identificada. El grupo se reunió en un restaurante del villorrio de Bonnieux, en la provincia francesa, escala rumbo a Saignon, pequeña población ubicada en el Valle de Volpon, donde Cortázar tenía un cottage.

Libros| El Espectador, 3 Nov 2012 - 4:37 pm

El "boom" latinoamericano

en 30 frases

Por: EFE
Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Alejo Carpentier y Santiago Gamboa, entre otros, definen el "boom".



El "boom" latinoamericano ha generado tantos libros notables como reacciones a favor y también alguna en contra de lo que supuso como fenómeno literario mundial. Algunas de las más destacadas son las siguientes:

1.- "Los autores del 'boom' (...) son nuestros clásicos". Jorge Volpi, escritor mexicano.

2.- "'La ciudad y los perros' es el libro más emblemático, con el que se afirma y establece el 'boom'". Carmen Balcells.

3.- "Se hizo popular (V. Llosa) en todo el mundo de habla castellana (...) y 'La ciudad y los perros' hizo hablar a todo un continente". José Donoso.

4.- "La literatura latinoamericana goza de muy buena salud (...) y no hay distancias siderales entre los escritores del 'boom' y los nuevos escritores". Mario Vargas Llosa.

5.- "Carlos Fuentes, con Gabriel García Márquez 'Gabo' y el resto de autores del 'boom', entroncaron de nuevo la literatura española con la modernidad". Juan Goytisolo.

6.- "La generosidad y los contactos de Fuentes, el gran artífice del 'boom', fueron claves para este fenómeno". Santiago Gamboa .

7.- "El Renacimiento, una de las claves de gestación de la novela iberoamericana". Carlos Fuentes .

8.- "El 'boom' es un cruce de caminos del destino individual y el destino colectivo expresado en el lenguaje". Carlos Fuentes.

9.- "'La muerte de Artemio Cruz' (C. Fuentes) revolucionó en los inicios del 'boom' los paradigmas narrativos de América Latina". Julio Escoto.

10.- "Fuentes, un hombre involucrado con la realidad de su tiempo y de opiniones valientes y necesarias". Luis García Montero.

11.- "¿Qué es la historia de América Latina sino una crónica de lo maravilloso en lo real?". Alejo Carpentier.

12.- "El cubano Guillermo Cabrera Infante, el hombre que transformó el lenguaje". Zoe Valdés.

13.- "Con la cristalización del 'boom', se generó una ilusión temática en la narrativa latinoamericana (...) y fue García Márquez quien lo delimitó con más nitidez narrativa". Ricardo Piglia .

14.- "Aunque los escritores del 'boom' han usado de la palanca de propaganda política con discreción (...), lo que importa es la calidad de esas obras". Francisco Ayala.

15.- "Soy escritor, gracias a Borges, G. Márquez y V. Llosa". Alfredo Bryce Echenique.

16.- "En la época del 'boom' la lengua era un elemento de unidad cultural". Jorge Edwards.

17.- "Álvaro Mutis encarna el maridaje perfecto de la tradición narrativa con la modernidad del 'boom'". Miguel Delibes.

18.- "Aunque me estuviera muriendo de hambre no aceptaría ni la más mínima limosna del 'boom', aunque hay escritores que releo a menudo, como Cortázar o Bioy". Roberto Bolaño.

19.- "Había muchas mujeres escribiendo (...), pero los que conformaron el 'boom' eran hombres". Isabel Allende.

20.- "El 'boom' no lo hicieron los editores, sino los lectores". J. Cortázar.

21.- "Lo que me alegra del 'boom' es que hemos sido leídos por primera vez por millones de compatriotas (...) y ustedes, los españoles, nos leen gustosamente". J. Cortázar (década de los setenta).

22.- "El 'boom' es la más extraordinaria toma de conciencia por el pueblo latinoamericano de una parte de su propia identidad". J. Cortázar.

23.- "Excepto Cortázar, el boom estaba formado por un grupo de abuelos egoístas que cerraron puertas y no se preocuparon de nosotros (nuevos escritores)". Luis Sepúlveda.

24.- "El boom supuso ese triunfo, esa fama, ese poder, aun ese lujo cosmopolita que desde las encerradas capitales latinoamericanas parecía imposible obtener". José Donoso.

25.- "Me sorprende que haya escritores que renieguen del 'boom' latinoamericano". Juan Gabriel Vásquez

26.- "El 'boom' influyó en nosotros. Ellos ampliaron nuestros límites". Richard Ford.

27.- "El 'boom' es una referencia fundamental, nunca una sombra". William Ospina.

28.- "El 'boom' resultó de la atención que dedicó el catalán Carlos Barral, el verdadero editor de las dos orillas". Rosa Regás .

29.- "Últimas generaciones siguen aprendiendo de los autores del 'boom' y peleando contra ellos". Antonio Muñoz Molina.

30.- "Los ecos del 'boom' se mantienen en el mundo". Jorge Franco .
  • EFE | Elespectador.com






Vargas Llosa, su esposa Patricia Llosa, José Donoso, Mercedes Barcha (esposa de García Márquez), Pilar Donoso (esposa de José Donoso) y García Márquez, en Barcelona en los setenta. / CORITA


¿Por qué hay que matar 

el ‘boom’?

Escritores latinoamericanos debaten sobre los rumbos del ciclo literario más importante del siglo XX en español

Juan Cruz
El País, 7 de noviembre de 2012

La leyenda dice que el polaco Gombrowicz juntó a su alrededor en Buenos Aires a poetas adictos a los que gritó, al despedirse, desde el barco:
— ¡Maten a Borges!
Los escritores siempre han querido matar a sus padres. Algún tiempos después de que autores latinoamericanos de hace cincuenta años (Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez, Cortázar, Cabrera Infante, Donoso, Bryce...) se hicieran boom y habitaran entre nosotros, hubo hijos literarios que quisieron matar esas influencias. En sentido figurado, como quería decir Gombrowicz.
Comenzamos a contarle esa anécdota a Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) y él la continuó: “Pues yo creo que no hay que matar a nadie. ¡Ni en sentido figurado!”
Fresán hablaba después del discurso con el que Vargas Llosa abrió el lunes en Casa de América el coloquio con el que la cátedra de su nombre conmemora los cincuenta años del boom y el medio siglo de la publicación de La ciudad y los perros. Vargas Llosa hizo recuento personal de ese largo trayecto ante “cuarenta escritores embarazados” de literatura (como los llamó el director de la cátedra, Juan José Armas Marcelo). Vienen de todas partes y todos tienen en las venas sangre de aquel fecundo periodo literario.
A algunos de esos escritores, como Fresán, les preguntamos por la manía de matar al padre, y en este caso al boom. Dice Fresán: “De hecho yo leo para vivir más, no para matar a nadie”. La lectura, además, “es el modo más barato de sobrevivir. Yo no tengo nada contra el boom como tal, pero sí contra la idea de emularlo constantemente”.
Fue una amenaza, como todo aprendizaje. Dice Alonso Cueto (Lima, 1954): “Aprender de los escritores del boom es una de las tareas más difíciles para un escritor que viene después de ellos. Recoger esta gran tradición literaria sin que se sienta su influencia y a la vez buscando una voz original es duro, pero creo que no hay otra postura posible. La liberación del lenguaje que supusieron estos escritores es un don que hemos recibido los que vinimos después”.
Su compatriota Fernando Iwasaki (Lima, 1961) nació con La ciudad y los perros, “y fui lector de las obras del boom desde la secundaria, nunca he tenido otros sentimientos que no sean la admiración y el cariño. No sería quien soy sin Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez y Cabrera Infante”.
La respuesta más contundente sobre la vieja pretensión de aniquilar esa influencia es de Arturo Fontaine (Chile, 1952): “La envidia se enmascara”. Añade: “Desde el Siglo de Oro que no ocurría en la lengua algo como el boom, entendido en un sentido amplio, es decir, incluyendo a Borges. En cuanto a mí, fueron las lecturas de mi adolescencia, leerlos fue sentir la libertad”.
“Esa manía de matar al padre —incluso con mera simbología freudiana—”, dice Héctor Abad Faciolince (Colombia, 1958), “me parece una idiotez, salvo que el padre sea un delincuente. Con los grandes del boom no podemos sentir más que agradecimiento: fueron ellos los que nos abrieron las puertas del mundo y de los lectores. Nos quitaron complejos de idiotas o de subdesarrollados. Nos mostraron caminos literarios completamente nuevos, y no para seguirlos por el mismo sendero, sino para buscar salidas nuevas en cualquier encrucijada”.
Juan Gabriel Vásquez, colombiano de 1973: “Menosprecio o ninguneo o asesinato de esa generación me parece un síntoma inequívoco de mediocridad intelectual, y aún de una cierta incultura. Los que trabajamos con la lengua española, si nos dejamos llevar por motivaciones o por resentimientos ocultos, sabemos que una es la lengua antes y otra después de Borges, García Márquez o Cabrera Infante. Yo estoy más bien entre quienes piensan en los autores del boom (y sus padres: Carpentier, Onetti) como los verdaderos fundadores de la tradición novelística latinoamericana. Ellos son nuestros clásicos”.
Andrés Ibáñez (Madrid, 1961) tiene la sensación de que el deseo (o la necesidad) de matar a los padres literarios del boom es más acusada entre los latinoamericanos que entre los españoles. A lo mejor me equivoco, pero creo que ellos los sienten más como antecedentes directos que nosotros. En cuanto a mí, no siento el menor deseo de matar nada del boom”.
Ha habido quienes han querido matar el boom como quisieron matar a Rubén, le decimos al nicaragënse Sergio Ramírez (1942). “Los hijos quieren matar siempre a los padres, y no pocas veces a los abuelos, pero es generalmente un sarampión de adolescencia. Luego se termina por reconocer la herencia. Por mi parte, siendo adolescente nunca tuve esos instintos criminales respecto al boom. Soy de la generación inmediata posterior, el postboom, me abrieron muchas puertas y perspectivas, técnicas de narrar, me dieron visiones nuevas de América Latina, un adolescente aprendiendo de quienes en su mayoría eran muy jóvenes”.
Carlos Franz, chileno nacido en Ginebra en 1959, cuenta por qué no se puede matar al boom como Gombrowicz querían que mataran a Borges: “Porque es inmortal. Cuanto más quieren matarlo más vive y mejor”. ¿Y por qué es importante no matarlo? Gonzalo Celorio (México, 1948): “Supone el regreso de una tradición, y a la vez es el antecedente de lo que Fuentes llamó el boomerang”. Está vivo, no pueden matarlo, dice el novelista mexicano.


domingo, 2 de diciembre de 2012

Boom latinoamericano / Cincuenta años

Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez
BOOM LATINOAMERICANO
Cincuenta años de la conquista
del mundo imaginario


Se cumple medio siglo del furor de la generación de Cortázar, Fuentes, García Márquez y Vargas Llosa .
        
Todo empezó con el deseo de convertir "el dolor en una fiesta" y de colocar a Latinoamérica de otra forma en el mundo.
Una magia, un carnaval de la literatura, alimentado por Borges, Carpentier, Rulfo y Onetti, y que Fuentes, García Márquez y Vargas Llosa convirtieron en un ‘boom’, del que se cumplen 50 años.
Y es que, sin saberse en qué fecha exacta se inicia el llamado ‘boom’ latinoamericano que dejó a Europa boquiabierta gracias a la proyección que le dieron desde España editoriales como Seix Barral, se ha tomado la publicación, hace 50 años, de ‘La ciudad y los perros’ de Mario Vargas Llosa como punto de partida.
Un homenaje a unos escritores que van a volver a ser revisados en un congreso internacional que comienza el 5 de noviembre en Madrid, en la Casa de América, y que inaugurará Mario Vargas Llosa. A él asistirán 46 escritores de ambas orillas del Atlántico, jóvenes y consagrados, que participarán en este encuentro que se desarrollará, además, en distintas universidades españolas.
Ese nombre, ese sonido de ‘boom’ que definió el apabullante éxito de la nueva novela latinoamericana, fue puesto por el periodista y escritor Luis Harss (Valparaíso, Chile, 1936), quien anticipó este fenómeno sin precedentes en su libro 'Los nuestros', que publicó en 1966 y que ahora vuelve a editar Alfaguara.
Ahí estaban los mayores maestros, Borges, Asturias, Guimaraes Rosa, Onetti o Rulfo, y los jóvenes que serían los magos del "boom", Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.
"No estoy contento con este nombre y muchas veces me arrepiento de él porque me parece un poco superficial", explica Harss.
"En 1966 -argumenta- me encontraba como periodista en una reunión en la que estaba Vargas Llosa, en Buenos Aires, con el jurado en torno al premio Primera Plana, y empezaron a hablar de la novela iberoamericana, y entonces hice un comentario idiota al decir que lo que estaba pasando con la novela era como el 'boom' económico que había vivido Italia; luego lo escribí en un reportaje y desde entonces se quedó".

Fin al anonimato

Estos escritores se preocuparon por encontrar un lenguaje y por cómo hacer del continente americano una experiencia universal, señala Harss.
"Un continente que había sido marginal, digamos, que alguien llamó el pecado capital de América, que consistía en haber nacido fuera de la cultura y fuera de la historia y que hasta entonces la novela lo había aceptado con un tipo de novelas parciales y regionales. De pronto, estos autores hablaban aceptando su propia tradición, su propia cultura, pero la proyectaron hacia fuera: universalizaron los temas", sostiene el periodista chileno.
El contexto político, en los años sesenta y setenta, también caracterizó a este grupo de escritores: las dictaduras o la revolución cubana marcaron sentimientos mezclados de utopía, tragedia, barbarie, insatisfacción o deseo de justicia.
"Vale tener en cuenta -escribe Carlos Fuentes en su libro 'La gran novela latinoamericana'- que, literariamente, esta es la tierra común del Señor Presidente de (Miguel Ángel) Asturias y el Tirano Banderas de Valle-Inclán, el Primer Magistrado de Carpentier y el Patriarca de García Márquez, el Pedro Páramo de Rulfo y los Ardavines de Gallegos, el Supremo de Roa Bastos, el minúsculo don Mónico de Mariano Azuela y el Trujillo Benefactor de Vargas Llosa".
Así, se fue construyendo una imaginación liberada, un canto de libertad. Una épica del desencanto que convirtió las balas en belleza radical, la naturaleza extrema en mito y el lenguaje en una fiesta mágica. Una nueva realidad que dio títulos como 'La casa verde', de Vargas Llosa; 'Cien años de soledad', de García Márquez; 'Rayuela', de Cortázar o 'La muerte de Artemio Cruz', de Carlos Fuentes.
Esto, solo por mencionar brevemente algunos de los muchos libros que fueron éxitos del 'boom' y que traspasaron la frontera de España y América Latina, ya que fueron traducidos en toda Europa.
Admiradores de Joyce, Proust, Sartre, Camus o Faulkner, los dueños del 'boom' son unos clásicos que viven, como García Márquez y Vargas Llosa, ambos premios Nobel, y que tienen ahora la oportunidad de ser revisitados.
"Serán revisitados para recordarlos, criticarlos y ponerlos en su sitio.Ellos dieron un salto hacia adelante y marcaron un punto de inflexión", dice Juan José Armas Marcelo, director de la cátedra Mario Vargas Llosa, organizadora del congreso internacional sobre el 'boom', junto con Acción Cultural Española. Y es que, al fin y al cabo, como escribió García Márquez, "la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla".
EFE

http://diarioadn.co/cultura-y-ocio/literatura/50-a%C3%B1os-del-boom-latinoamericano-1.31530




La lista que hizo historia

Un libro de entrevistas se convirtió hace cincuenta años en el canon del llamado boom

El chileno Luis Harss evoca esa época desde un distanciado presente


Ilustración de Sciammarella.

En el ambiente literario iberoamericano se respiraba una especie de internacionalismo que antes no existía: los argentinos conocían lo que se hacía en México o en Colombia. En los sesenta se decía que la capital de América Latina era París porque allí se encontraron todos los escritores de aquella zona, unos exiliados de las dictaduras de sus países, mientras que otros estaban en misiones diplomáticas. El movimiento literario que estaba naciendo disponía de corte propia, ejército y artillería. En la capital francesa, el crítico Emir Rodríguez Monegal fundó la revista Nuevo Mundo cuyo propósito fundamental era promocionar esta nueva cultura literaria. Los autores se movían con su séquito, y la prensa, en especial la argentina, hablaba ya de una “concienciación literaria”. Sus obras circulaban por el continente gracias a las distribuidoras y a la nueva actitud de las editoriales. A los universitarios e intelectuales se les sumó un numeroso grupo de lectores que devoraba apasionadamente novelas como Rayuela, La ciudad y los perros o Pedro Páramo. El boom latinoamericano contó con muchos escritores y tres polos geográficos: Buenos Aires, México y Barcelona, donde la relación con Carlos Barral fue clave. Entre ellos, los más jóvenes se apodaron la Mafia. No eran íntimos, pero unos remitían a otros y salían juntos en las fotos. Había también sus pugnas internas, odios y celos irreconciliables, pero eso contribuyó también a agrandar la leyenda.
En ese ambiente y sin proponérselo, Luis Harss (Valparaíso, Chile, 1936), profesor de Letras y escritor, estableció el canon de lo que luego se conoció como el boom latinoamericano. Y lo hizo, como muchas cosas en la vida, por casualidad. Cuenta que fue Julio Cortázar, con el que se encontró en París, quien le animó a escribir un libro que captara las nuevas tendencias literarias. A estas alturas, casi cincuenta años después, ya nadie le puede negar su olfato literario. Los nuestros se publicó en inglés y pasó con más pena que gloria, hasta que la Editorial Sudamericana lo publicó, unos meses después, en 1966, en español. Se trataba de un ensayo de crítica literaria con 10 entrevistas a otros tantos autores iberoamericanos; algunos como Borges, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Juan Carlos Onetti o Cortázar, ya consagrados, pero otros, como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez no superaban la cuarentena; João Guimarães Rosa era el único de ascendencia brasileña. La región más trasparente de Fuentes ya contaba con lectores, pero Cien años de soledad de García Márquez era un manuscrito inacabado cuando entrevistó a su autor en la localidad mexicana de Pátzcuaro. A todos les unía la idea de que su país común era el español. El idioma se había convertido en un artefacto arcaico que necesitaba renovarse. Lo cambiaron, dejando de lado el floreo literario que marcaba la época por el habla de la calle. Fuera, les esperaba un público hambriento por reconocerse en historias cercanas.Los nuestros no llegó a editarse en España, pero se convirtió en libro de obligado estudio. Alfaguara lo recupera ahora en el cincuenta aniversario del fenómeno literario.
Aquellos escritores descubrieron que era más eficaz escribir como se habla o como se sueña para trasladar historias cercanas y populares. El lenguaje y su forma local, el idioma es identidad. “Usar el lenguaje ajeno es alienación”, cuenta Luis Harss desde su casa, en un pequeño pueblo del Estado de Pensilvania, donde vive retirado de la enseñanza y de la crítica, entretenido ahora en la escritura de un nuevo relato. Este escritor ha desarrollado su propia teoría sobre el lenguaje, relacionada con el arranque de lo que fue la búsqueda de la novela totalizadora: los escritores iberoamericanos (aunque los de clase culta hablaban francés) se educaban leyendo traducciones del ruso, del alemán o del inglés. “En general versiones muy torpes, de editoriales españolas que deformaban, estereotipaban o censuraban. Quedaba un muñón parecido a todos los otros muñones que salían del mismo proceso. Se ha observado que el lenguaje de la traducción es generalmente el término medio de la época con sus mediocridades, lugares comunes y percepciones desgastadas, una horma rígida y un mortero. Eso es lo que leían los escritores, en eso se inspiraban, por eso todo salía tan mal y sin imaginación. Después se abrieron las puertas al mundo. Más cultura literaria, más manejo de idiomas, mejores traducciones, a veces por escritores buenos, por poetas, gente sensible. El escritor se educó, vio más, pudo más. La traducción se interiorizó, en vez de representar superficies”. Así empezó a redactarse la nueva novela.

“Alrededor del boom hubo esos otros, interesantes y raros, que quedaron fuera por cuestiones ajenas a su calidad”
Visto con la perspectiva que da el tiempo, se entiende por definición que ningún boom puede durar. En las universidades norteamericanas han florecido los departamentos de estudios latinoamericanos, pero se trata de una corriente solo para especialistas. En cambio, la nueva novela sí ha generado “un mar de fondo”. “Sigue, en el sentido que dejó modelos, descubrimientos, abrió dimensiones. No se puede escribir en Latinoamérica sin haber pasado por allí. Como no podían escribir las generaciones de Estados Unidos sin haber pasado por Hemingway y Faulkner. ¿Medio siglo después cuántos de la lista de Harss se han convertido ya en referencias universales? “Borges ya figura como un habitante de muchos otros mundos, y en muchos idiomas. García Márquez aparece en miles de novelas, su lista de imitadores es interminable; Macondo ha pasado a ser lo que Barthes llamó ‘un recuerdo de la imaginación’. Estoy casi seguro de que, como Hemingway y Faulkner, seguirán siendo fronteras entre un antes y un después. Cortázar, el más radical, desgraciadamente se conoce poco fuera del idioma español, queda muy atado a la lógica interna del idioma argentino. Cortázar es puro jazz y es difícil de transportar. Se lo distingue en Roberto Bolaño. Y en todos los que, sin saber por qué, tratan de escribir como se habla”.
Por correo electrónico escribe que Los nuestros se corresponde con una época de su vida, pero “quedó allá atrás”. Le gusta y le divierte recordar a la gente y hablar de los temas de época y las circunstancias que rodearon el libro, pero hace mucho que está en otras cosas. “No he seguido las carreras de esos escritores. A algunos los he leído de vez en cuando por placer. A otros no los he tocado en ¿cuarenta-cincuenta? años, dejaron totalmente de interesarme, ¿qué quieren que les diga? Uno no se queda donde estaba”. En esa estela de placer que provoca la nostalgia bien entendida se detiene a hablar de dos editores fundamentales: Roger Klein y Paco Porrúa. Curiosamente fue un editor estadounidense, un tipo alerta a todo lo que pasaba en el mundo literario en cualquier idioma, el primero en proponer el libro. Sin la pequeña ayuda financiera que le dio Roger Klein de Harper & Row en Nueva York (unos 1.500 dólares), Los nuestros no existiría. “Se me ocurre que de su propio bolsillo. Era de una gran familia judía de joyeros. Un tipo raro en EE UU, donde se conoce poco y se traduce menos. Yo me resistía a muerte. Había abandonado Argentina, huyendo del peronismo, y me había instalado en EE UU. Había roto espiritualmente con Latinoamérica y el idioma español, pero Klein me regaló su persistencia. Curiosamente, después, por problemas personales (fue gay antes de tiempo) perdió el interés”. El original inglés salió huérfano, nunca vendió nada, y Klein se suicidó dos o tres años más tarde dejando un gran vacío.

Aquellos escritores descubrieron que era más eficaz escribir como se habla o como se sueña para trasladar historias cercanas y populares
El fracaso que supuso su publicación en inglés no arredró a Editorial Sudamericana cuando decidió publicar el libro en español. Paco Porrúa (A Coruña, 1922), editor de Minotauro, que luego distribuiría Los nuestros, se movía más en el terreno de la ciencia ficción, pero tenía buen apetito para los autores nuevos. Por eso se alió mano a mano con Harss en una precipitada traducción. “Fuimos como hermanos, poco tiempo, cuando nos distanciamos lo extrañé mucho”. Los nuestros se vendió más de lo esperado y funcionó, especialmente, como texto universitario, pero con el tiempo se convirtió en el manual para el conocimiento de ese movimiento literario que representaban los 10 autores entrevistados en el libro.
El boom también dejó sus víctimas, sobre todo entre los escritores jóvenes, un derroche de talento en el que no todos se salvaron. “Hubo una conciencia de círculo vicioso. Los que estaban en cierta cosa y no en otra. No hay duda, la mafia, el club, entre los que se sentían brillar. No hablo de mi selección, que es secundaria. Digo entre ellos. Alrededor del boom siempre hubo esos otros, interesantes y raros, que quedaron fuera por cuestiones ajenas a su calidad, como Felisberto Hernández que murió justo antes de empezar Harss sus entrevistas. “Escribía en sótanos, era pianista y lo imagino siempre al teclado, proyectando sus historias en una pantalla de cine (fue acompañante de cine mudo). Juan José Saer, que me quedó bajo el radar; no había llegado a ser él todavía en los sesenta. En esos días empezaba Manuel Puig La traición de Rita Hayworth. Es de 1968 con la estética del cine popular y los boleros. Cabrera Infante. José Donoso. Salvador Garmendia, venezolano, el de ‘los pequeños seres’ de la vida ciudadana. Un extrañísimo novelista talmúdico argentino, Mario Satz, casi ilegible, vivía en Barcelona. Les pasó a muchos”, remata.
De entre las víctimas, Harss conoció personalmente la tristeza de un narrador de mucho valor: José María Arguedas, el novelista peruano. “Conoció el ayllu, el hogar que le dio de chico la comunidad indígena y que después perdió. Trató de evocarlo en español sin perder la magia metafórica del animismo quechua. Escribió un libro notable, autobiográfico, Los ríos profundos. Es de 1958, a orillas del boom; había leído a Joyce. Su protagonista también es un Dédalo. Había gozado de mucho prestigio en su país, pero se movía todavía dentro de algunas limitaciones del indigenismo; fue excluido explícitamente del canon, humillado en artículos y comentarios, y se mató en 1969. Dejó un diario suicida, en su última novela, inconclusa, El zorro de arriba y el zorro de abajo. Diatribas (lamentables) contra sus detractores, pero también un acercamiento a la muerte, a la tierra, a las moscas, único en la literatura de Latinoamérica. Se fue comiendo barro como vino”. Un caso de perdedor total, antes de saber quién era Harss lo recuerda sentado tocando la flauta en un rincón, en una fiesta de izquierdas en California. “Un momento de soledad tan aguda que me quedó la imagen para siempre”.
Los nuestros. Luis Harss. Alfaguara. Madrid, 2012. 411 páginas. 18,50 euros (electrónico: 9,99).




De izquierda a derecha, Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa, José Donoso y Ricardo Muñoz Suay, en 1974.
Viendo nacer una generación clásica
ALEJO CARPENTIER. ((La Habana, 1904) fue quizás el primero de nuestros novelistas en querer asumir la experiencia latinoamericana en su totalidad, por encima de sus efímeras variantes regionales y nacionales. Nuestra novela estaba en su infancia cuando empezó a escribir. Era poco más que escenografía. Su aparato era pomposo y retórico. Recorrió de punta a punta nuestro mundo tratando de asimilar e integrar todo lo que encontraba hasta poseerlo. Se buscaba como todo latinoamericano en la fábula y el mito. Su pasión ha sido seguir los pasos perdidos del continente, descifrar sus oráculos olvidados. El resultado es una obra de gran alcance y vigor.
MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS. Vivió y sufrió su época, y supo expresar su dolor. Ha hecho de su obra una especie de tribunal de apelaciones, refugio de los humildes con sus penas anónimas, templo de piedad y justicia donde claman las voces de los desposeídos… Visto hoy en perspectiva, El Señor Presidente ha envejecido, no intimida. Lo que da fuerza al libro es la sensación de que es un espejo deformado pero reconocible de una realidad sórdida, tristemente conocida por todos los que han recorrido los barrios bajos de las ciudades latinoamericanas. Pero es probable que se le recuerde por Hombres de maíz, un libro arrollador, en el que persigue lo que llama “un idioma americano”. Se da cuenta de que el floreo retórico y los lugares comunes de la prosa académica han sido la plaga de nuestra novela.
JORGE LUIS BORGES. Ha inventado su propio género, a medio camino entre el cuento y el ensayo, para darse completa libertad de movimiento. Varían las proporciones, pero la tendencia es siempre, como él dice, “estimar las ideas religiosas o filosóficas por su valor estético”. Pero hay algo más: una aspiración al absoluto que se vislumbra en las formas de la imaginación… Un cuento de Borges es algo muy especial. Cada uno de ellos rompe el molde. Combina felizmente, y en las formas más inesperadas, el suspenso y el teorema. Usa la sorpresa, la falsa apariencia y el argumento sofístico a la manera de la novela policiaca; mezcla la burla y la metafísica, la lógica y la argucia, la realidad y el hecho apócrifo.
JOÃO GUIMARÃES ROSA. Lleva cada línea del paisaje impresa en la palma de la mano. Hubo exploradores que abrieron fronteras en el interior, apropiándose de lejanas tierras de pastoreo que a veces fueron verdes y florecieron hasta convertirse en prósperas fazendas. Echar ancla en esas regiones inhóspitas siempre estuvo en conflicto con el espíritu vagabundo. La vida nunca era completamente sedentaria. Bajo el colono estaba el nómada. Guimarães Rosa encarna esa dualidad… Nadie ha penetrado como él en la psicología del habitante del sertão. El lenguaje es densamente emotivo, mezcla de erudición y dialecto, lleno de giros inesperados, inversiones, proverbios, interjecciones, preguntas retóricas.
JUAN CARLOS ONETTI. Hay en él algo genuinamente autóctono que va mucho más hondo que las estridentes protestas de nacionalismo literario que caracterizan a tantos de sus compatriotas. Los años que ha pasado entre Montevideo y Buenos Aires lo han asimilado al alma y al carácter de la zona. No fue él quien inventó la novela urbana en el Uruguay; el género ya existía, pero la ciudad muchas veces estaba en Europa, y en otros tiempos. Los escenarios locales no eran considerados dignos de interés. Onetti cambió todo eso. La vida breve puede ser su obra maestra, libro de inagotables desdoblamientos, un monumento a la evasión a través de la literatura.
JULIO CORTÁZAR. Es la prueba que necesitábamos de que existe una poderosa fuerza mutante en nuestra literatura que lleva a la metafísica (o la patafísica cuando la metafísica se toma en chiste). Brillante, minucioso, provocativo, adelantándose a todos sus contemporáneos latinoamericanos en el riesgo y la innovación… Es un hombre de fuertes anticuerpos. Con el tiempo ha ido descartando los efectos fáciles de la narrativa tradicional: el melodrama, la sensiblería, la causalidad evidente, la construcción sistemática, las amabilidades y la demagogia retórica. Ha buscado en la paradoja el verdadero acorde. Es difícil por el momento medir su impacto. Rayuela (1963) fue un huracán, es una obra ambiciosa e intrépida, a la vez un manifiesto filosófico, una rebelión contra el lenguaje literario y la crónica de una extraordinaria aventura espiritual.
JUAN RULFO. Sus libros están en un paisaje de tragedia clásica, los muertos lo persiguen. Sabe que el peso de los antepasados aumenta con la distancia. El de los suyos, que están lejos, no lo ha descargado nunca. Se ha pasado la vida abriendo tumbas en busca de sus orígenes perdidos. Su brillante y breve carrera ha sido uno de los milagros de nuestra literatura. No es, en el fondo, un renovador sino, al contrario, el más sutil de los tradicionalistas. Pero ahí radica su fuerza. Escribe sobre lo que conoce y siente, con la sencilla pasión del hombre de la tierra en contacto inmediato y profundo con las cosas elementales: el amor y la muerte, la esperanza, el hambre, la violencia. Con él, la literatura regional pierde su militancia panfletaria, su folclore. …Su lenguaje es tan parco y severo como su mundo. Es un estoico que no blasfema contra la vida, acepta el destino. Por eso su obra brilla como un fulgor lapidario. Pedro Páramo no es épica sino elegia. El ritmo del lenguaje es el de la sangre.
CARLOS FUENTES. En 1959 publicó La región más transparente, una supernovela en la que se narra, como lo llamaba el autor, “la biografía de una ciudad y una síntesis del presente mexicano”. La novela estaba destinada en cierta forma a ser un foro para las opiniones contradictorias de la época. Se llama al debate, no a una decisión final. Refleja la preocupación de ese momento por fijar, por resumir, por destilar lo mexicano. Está entre los poquísimos escritores latinoamericanos que dominan las disciplinas del cuento, ¿será por la simpatía que siente por la literatura norteamericana, donde florece el género?... El cuento además se presta idealmente a la pirueta brillante que siempre tienta a Fuentes. Es el arte de la baraja y la sorpresa, y nadie lo sabe mejor que él, que maneja la forma como si la hubiera inventado.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. Su empecinamiento nace de la nostalgia: por una época y por un lugar. Ha estado fuera demasiado tiempo. “Se me están enfriando los mitos”. Hará cualquier cosa para revivirlos. Son la luz —y la felicidad de la inspiración— que le viene de su infancia. EnLa hojarasca se destacan ya ciertos prototipos que poblarán los otros libros: el vetusto coronel, el médico de alma atormentada, la serena y consecuente figura femenina, siempre en García Márquez, un baluarte en la adversidad… Mas allá de los hechos cotidianos que constituyen el relato se advierte la intención mágica… Una misma subjetividad anima a todas sus creaciones. Los papeles que se reparten derivan todos de un solo repertorio mental. …La próxima fase del libro, que anuncia para marzo o abril de 1967, se llamará Cien años de soledad. Será la muy esperada biografía del elusivo coronel revolucionario, Aureliano Buendía. Será como la base del rompecabezas cuyas piezas ha venido dando en los libros precedentes.
MARIO VARGAS LLOSA. Cuando acababa de cumplir los 26, con sólo dos obras a su nombre, ya se destacaba entre nuestros escritores jóvenes. Era un inspirado que parecía haber nacido bajo una lengua de fuego. Tenía fuerza, fe y la verdadera furia creadora. La fama le había llegado pronto, pero se la había ganado honradamente. Hasta ahora ha sido menos profundo que pródigo. Su visión es limitada, sus caracterizaciones pueden ser esquemáticas y hasta simplistas, y es un empedernido determinista y antivisionario, pero una invencible riqueza de temperamento, una poderosa carga emotiva y una interioridad que él niega pero no puede reprimir dan densidad a su materia dramática. La ciudad y los perros (1962), su primera novela, narra la vida del colegio militar Leoncio Prado. Dos generales lo denunciaron, calificándolo de profanación y acusando al autor de ser enemigo del Perú y comunista.
Párrafos extraídos de Los nuestros, de Luis Harss.




La princesa Letizia, el príncipe Felipe y Mario Vargas Llosa inauguran el congreso internacional sobre "El canon del 'boom'" / CHEMA MOYA (EFE)

“El ‘boom’ aportó algo novedoso y creativo a la literatura moderna”, dice Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa inaugura el congreso 'El canon del boom'

Durante esta semana analizará a través de escritores y expertos el legado del mayor movimiento literario surgido de América Latina



Como al principio de los tiempos, el origen fue el verbo. Pronunciado en los muchos acentos de ese crisol de localismos que toman forma en el español, este se convirtió hace medio siglo en el mayor movimiento literario latinoamericano surgido hasta la fecha, ese que convino en llamarse como el boom. “¿Quiere decir este nombre que surge como una explosión?”, se preguntaba ayer Mario Vargas Llosa. “Desde luego que no: fue un reconocimiento de que América Latina no solo producía dictadores o el mambo, sino también una literatura que aportaba algo novedoso, original y creativo a la literatura moderna”. El premio Nobel peruano, quien con su primera novela, La ciudad y los perros, (publicada precisamente ahora hace 50 años) colaboró en la creación y desarrollo de aquel fenómeno, pronunció ayer en la Casa de América de Madrid la conferencia inaugural de un congreso internacional, El Canon del boom, organizado por la cátedra Vargas Llosa y Acción Cultural Española, que busca revisitar aquellos autores y aquellas obras que dieron lugar a una nueva forma de contar la historia y las historias, con las raíces hundidas en la propia tierra para crecer en el sentido del mundo.
Presidida por los Príncipes de Asturias, don Felipe y doña Letizia de Borbón, la ceremonia de ayer abrió paso a un ciclo conferencias que se celebrarán hasta el día 10 en ocho universidades españolas, las que le han concedido el doctorado Honoris Causa a Vargas Llosa, que se acompañarán de una serie de mesas redondas en la Casa de América de Madrid, todo ello de la mano de 46 escritores y críticos. En la ceremonia de apertura también participaron el secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, que quiso subrayar la importancia de la unión intercontinental -“Nos sentimos iberoamericanos”, dijo- y el periodista y escritor Juan José Armas Marcelo, presidente de la cátedra Vargas Llosa, que quiso reivindicar a Carlos Fuentes y Julio Cortázar como dos premios Nobel por derecho propio, aunque nunca lo recibieran.
También para ellos tuvo palabras Vargas Llosa en su discurso, así como para el resto de los grandes nombres del boom, la mayoría de los cuales el propio autor (él mismo uno de esos grandes nombres) tuvo la oportunidad de conocer, y de los que desveló una infinidad de anécdotas. Comenzando por Cortázar, Vargas Llosa viajó en el tiempo y en el espacio a Borges, Carlos Fuentes o García Márquez, sin olvidar a los escritores que décadas antes les abrían a ellos el camino, y cuyo reconocimiento se situó paralelo a los orígenes del boom en los sesenta: Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, José Lezama Lima o Joao Guimaraes Rosa. Se refirió el escritor además a la ciudad de Barcelona, en la que dijo haber vivido “los cinco mejores años” de su existencia en la década de los setenta, y que tomó el relevo a París como capital literaria gracias al esfuerzo de apertura y la ambición cosmopolita de editores como Seix Barral o Carmen Balcells, su agente y la instigadora de su mudanza a la capital catalana desde Londres, y donde entraría en contacto con las letras latinoamericanas, hasta entoces desconocidas incluso dentro del propio continente.
“El boom no fue solamente los buenos libros que entonces se escribieron, la presencia que Latinoamérica ganó o la relevancia que el mundo empezó a dar a es hermosa lengua que es la nuestra”, concluyó Vargas Llosa “sino también esa otra parte, las relaciones entre los protagonistas. Es hermosa la amistad, la experiencia de compartir sueños y de dar juntos esa batalla común por la ficción. Porque ya lo saben ustedes, la literatura y la cultura es mucho más que un entretenimiento o un placer: es una fuente de civilización y progreso”


http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/05/actualidad/1352149338_378893.html





sábado, 1 de diciembre de 2012

La Chorrera / Buscan a dos indígenas que se llevaron hace cien años a Londres

Buscan a dos indígenas que se llevaron hace 100 años
Esta es la foto que tienen en La Chorrera de Ricudo y Omarino, los que viajaron a Londres.

Buscan a dos indígenas 

que se llevaron 

hace 100 años a Londres

Cónsul inglés los condujo a este país, 

como testigos de masacre cometida 

en la Casa Arana.

Hace 100 años, el gobierno de Gran Bretaña decidió enviar al sector de La Chorrera (Amazonas) a Roger Casement, su cónsul en Río de Janeiro, para verificar las denuncias sobre los crímenes y los vejámenes que contra los indígenas colombianos estaba perpetrando la denominada Casa Arana.
Él pudo constatar, como lo publicó en su denominado Libro Azul, que, debido a la explotación cauchera, los indígenas eran forzados a trabajos extremos y, si no lograban entregar la cuota de látex, eran flagelados y torturados.
Para sustentar debidamente sus denuncias decidió que lo más práctico era llevarse a Londres a algunos testigos que pudieran denunciar de primera mano lo que estaba ocurriendo.
Consiguió a dos jóvenes y los embarcó hacia el Viejo Continente. De ellos jamás se volvió a saber. Y ahora, 100 años después de su partida, los descendientes de los nativos que padecieron la explotación cauchera quieren saber qué pasó. 
Se trata de Ricudo y Omarino. Según Consuelo Chaparro, de la Fundación Caminos de Identidad -que trabaja con indígenas-, a uno lo cambió por una camisa y un pantalón y al otro lo apostó en una partida de póquer.
Chaparro, Mujer Cafam del año 2011, dijo que, de los dos nativos, solo se supo que a su llegada a Londres fueron escuchados por algunos funcionarios del gobierno. Pero nada más.
"Hemos mantenido un contacto con algunos periodistas británicos y ONG que se comprometieron a ayudarnos a averiguar qué había pasado con ellos, pero hasta el momento no tenemos nada claro", dijo Fany Kiurú, una indígena huitoto, que hizo énfasis en que, para la comunidad, es necesario saber qué pasó con Ricudo y Omarino.
"Al menos que nos digan dónde están sus restos para traerlos y enterrarlos en su tierra", dijo.
Por su parte, Manuel Cornejo Chaparro, investigador del Centro Amazónico de Antropología del Perú, quien lleva siete años indagando lo que pasó con la explotación cauchera en la Amazonia, también ha averiguado sobre el tema.
"Casement asegura en su diario que a Ricudo y a Omarino se los ganó en una apuesta en La Chorrera y que se los llevó pensando que con su relato podría conseguir apoyo para una misión que ayudara a los indígenas", dijo Cornejo.
De acuerdo con este, el diplomático inglés les compró trajes de la época y logró que la sociedad londinense supiera cómo se estaba extrayendo el látex, que era comprado por empresa británicas.
Cornejo, quien desde esta semana está en La Chorrera, dijo que, incluso, un londinense hizo unas pinturas con los dos nativos.
"Casement los trajo de nuevo, tras unos seis meses en Inglaterra, e incluso hay un hay un reportaje de un periódico de Lima, en el que ellos hablan de cómo les fue en Europa", explicó el investigador peruano.
Pero en La Chorrera, la última información que tuvieron habla de que hay un escrito de la esposa de un embajador en Lima que dice que los vio cuando llegaron a esa ciudad y luego se internaron en la selva peruana.
Sin embargo, no le dan mucha validez a esta información y creen que esta búsqueda debe llegar a su final.
La historia cauchera
Las cicatrices que dejó la explotación cauchera de comienzos del siglo pasado en el país todavía no sanan ni en la selva amazónica ni entre los descendientes de los indígenas colombianos que la padecieron.
En La Chorrera, a orillas del río Igaparaná, las huellas de lo que ocurrió están a la vista.
Allí, junto al afluente, todavía está de pie la Casa Arana, el símbolo de la explotación del caucho por más de 30 años. Y en medio de la selva aún se pueden ver los árboles con las heridas que les hacían para extraerles el látex.
Quienes allí viven dicen que, bajo la maraña, abundan las fosas comunes con cientos de indígenas que no soportaron la explotación de la que fueron víctimas por obra de la Casa Arana, dirigida por el peruano Julio César Arana.
Mientras algunos historiadores hablan de que, fruto de los excesos cometidos por los explotadores del caucho, allí murieron cerca de 5.000 indígenas, entre comienzos de 1900 y 1930, otros, como José Manuel Kuetgaje, presidente de la Asociación de Autoridades Indígenas de la región, dice que fueron más de 30.000.
"Los Arana eran peruanos y en su ambición incluso terminaron instigando el conflicto entre Perú y Colombia", dijo el historiador Enrique Santos Molano.
Según relató, lo que promovieron en la región del río Putumayo "fue una matanza horrible de indígenas".
Por eso, los descendientes de las comunidades afectadas en el Amazonas colombiano quieren que este viernes se conmemore lo que ellos han catalogado como "un crimen de lesa humanidad".
Escogieron el 2012 por conmemorarse los 100 años de que Casement terminara la investigación para establecer qué estaba pasando con los indígenas en territorio colombiano.
De acuerdo con Kiurú, lo que busca su comunidad es que el país y el mundo conozcan "la realidad" que tuvieron que vivir sus antepasados.
"La idea es que Colombia reconozca y se comprometa a no permitir que hechos como estos se repitan, que quede claro que fue una acción genocida contra unos pueblos para financiar todo el capitalismo del siglo pasado", dijo.
Y por eso, los nativos de las cuatro comunidades afectadas por la explotación cauchera -los huitotos, múyanmes, boras y ocaimas- dejaron claro que no querían foros, ni encuentros en Bogotá, sino un reconocimiento público e histórico de lo ocurrido.
Por eso, este viernes tienen un gran acto en La Chorrera, en la reconstruida Casa Arana, que ahora es un colegio, aunque para muchos sigue siendo sinónimo de la tragedia. 
Desde el domingo están llegando indígenas de Perú y Brasil, todos descendientes de nativos que padecieron el desenfreno de los caucheros.
Entre ellos está una mujer de más de 90 años que asegura que nació en un bote cuando sus padres huían de los caucheros.
En la ceremonia también estarán delegados de organizaciones internacionales, como la ONU. También estará la iglesia Católica y el embajador británico John Dew.
"No se está pidiendo un peso, ni reparación. Si acaso una escultura en donde se muestre lo que pasó. Para ellos, sus muertos no han sido reconocidos y por eso no descansan", aseguró Consuelo Chaparro.
A La Chorrera hoy solo llega un vuelo a la semana, procedente de Bogotá.
El poblado más cercano es Leticia, que está a 20 días en bote. Ese fue el recorrido que hicieron los caucheros que durante cerca de 30 años prácticamente esclavizaron a cuatro etnias indígenas.

Jorge Enrique Meléndez
Subeditor de Política