miércoles, 18 de agosto de 2004

La fundación Balthus abre sus puertas con Cartier-Bresson

Balthus, con su mujer, Setsuko, y su hija, Harumi, fotografiados por Cartier-Bresson.

La fundación Balthus abre sus puertas con Cartier-Bresson

El Gran Chalet, en los Alpes, que conserva viva la memoria del pintor, reúne un conjunto de imágenes del fotógrafo que él mismo seleccionó antes de morir.

RODRIGO CARRIZO COUTO
18 AGO 2004

Un viaje en tren lleva al visitante desde Montreux, a orillas del lago Léman, hasta el Gran Chalet en la pequeña localidad alpina de Rossinière. El trayecto, de una belleza extraordinaria, conduce hasta la inmensa construcción en madera, la sede de la Fundación Balthus. Este chalet, comenzado a construir en 1752, cumple este mes de agosto 250 años y es el más grande de Suiza, con sus 113 ventanas y más de 20 metros de altura en las fachadas. Entre otros visitantes célebres, este monumento histórico albergó a Víctor Hugo. El Gran Chalet fue comprado por Balthus en 1977 y desde 2001 alberga la sede de la Fundación Balthus, dirigida por su esposa, la condesa Klossowska de Rola, más conocida como Setsuko. El objetivo de esta fundación, que abre sus puertas al gran público el 29 de agosto, es dar a conocer, mantener viva y difundir la obra del artista francés de origen polaco-alemán. Setsuko, nacida en una familia de samuráis y educada en francés por los jesuitas de la Universidad de Kioto, es artista por mérito propio con exposiciones en Europa y Japón y desarrolla tareas en el campo de la educación como embajadora de la Unesco.
"La fundación nace de mi deseo de transmitir a los demás algo de lo mucho que he recibido a lo largo de tantos años de relación con Balthus", comenta la condesa Setsuko. La viuda del pintor afirma que al principio dudaba del proyecto, pero Balthus le dijo, ya gravemente enfermo a sus 91 años: "Si no te ocupas tú de la fundación tendré que hacerlo yo personalmente". Esa fuerza y decisión dieron a Setsuko la energía necesaria para lanzarse a la aventura. Entre las numerosas actividades que proyecta la Fundación Balthus se encuentra la convocatoria del Premio Balthus o la programación de conciertos benéficos, como el que dirigirá Riccardo Muti en Gstaad con obras de Mozart, el compositor preferido del pintor. Setsuko y Balthus se conocieron en Kioto en 1962 durante un viaje del pintor a Japón en el marco de una visita oficial encomendada por André Malraux, entonces ministro de la Cultura de Francia. Balthus se interesaba en ese tiempo por "el desarrollo de cada persona de manera individualizada", comenta Setsuko. "No creía en la educación reglada, sino que buscaba una relación especial entre maestro y alumno, muy habitual en Japón, en el artesanado y las artes tradicionales".
La muestra que se presenta es la última que seleccionó personalmente Henri Cartier-Bresson, que visitó el Gran Chalet para un último té con Setsuko semanas antes de su muerte. Las fotos dan testimonio de la intimidad de dos familias de amigos inseparables, los Balthus y los Cartier-Bresson: Henri y Martine Franck. Retratos de la vida cotidiana en el chalet, Balthus y su hija, Harumi; o Balthus con su gato Mitsú en la serenidad de su taller entre otras. Comenta Setsuko: "Henri y Balthus eran grandes amigos unidos por un profundo respeto y admiración mutuos. Con Alberto Giacometti eran un trío muy ligado por intereses comunes. De hecho", continúa la condesa, "yo nunca he vuelto a encontrar a otro artista con quien Balthus se entendiera tan bien como con Alberto (Giacometti)".
Un espacio especialmente relevante dentro del Gran Chalet es el taller del artista. En ese espacio, que hace pensar en un templo, se encuentran las últimas telas inacabadas del pintor junto al camastro en el que pasó su última noche cogido de las manos de su esposa Setsuko y su hija Harumi. "No hablamos casi, pero fue un momento de gran belleza", recuerda la viuda del pintor, que visitará Barcelona el 17 de septiembre.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 18 de agosto de 2004



sábado, 14 de agosto de 2004

Clint Eastwood llega a un acuerdo con su biógrafo




Clint Eastwood llega a un acuerdo con su biógrafo


AFP
13 AGO 2004 - 17:00 COT

Clint Eastwood llegó el pasado jueves a un acuerdo amistoso con Patrick McGilligan, al que el actor y director norteamericano había demandado por difamación. McGilligan es el autor de una biografía no autorizada de la estrella de Hollywood, Clint, su vida y su leyenda, en la que se relataban los supuestos malos tratos a los que el actor habría sometido a su ex mujer Maggie. Eastwood solicitó una indemnización de 10 millones de dólares en diciembre de 2002, al considerar que la biografía tenía como objetivo destruir su reputación. Finalmente, el editor del libro ha decidido suprimir el extracto en el que se afirmaba que el actor, protagonista de Los puentes de Madison o de spaghetti westerns legendarios como El bueno, el feo y el malo, pegaba a su ex mujer y las dos partes han podido llegar a un acuerdo. Los abogados del actor no han dado más detalles en torno a la compensación económica recibida por Eastwood.


EL PAÍS





sábado, 7 de agosto de 2004

En carne viva / Desconcertante thriller erótico


Meg Ryan



 

Desconcertante 

thriller erótico

Diego Batlle
7 de agosto de 2004

Meg Ryan

"En carne viva" es una de esas películas a contramano de las modas temáticas, de las tendencias narrativas y de los cánones estéticos que imperan en Hollywood. Fiel a su estilo provocativo y al mismo tiempo profundamente sensible y personal, la directora neozelandesa Jane Campion convocó a una gran estrella de la comedia romántica como es Meg Ryan para que se arriesgara con un papel extremo y torturado, lleno de desafíos interpretativos y hasta de desnudos poco habituales en el cine comercial estadounidense. El resultado es un thriller erótico tan desconcertante como audaz, desafiante y magnético, que el sello LK-Tel estrenará en VHS y DVD el 19 del actual sin haber pasado previamente por las salas argentinas.

viernes, 6 de agosto de 2004

Juan Marsé / Javier Bardem, un actor que inspira





JAVIER BARDEM 

Un actor que inspira

Juan Marsé
6 de agosto de 2004


Quizá sea lo más halagador que pueda decirse de un actor, de un pintor o de un músico, de un artista de cualquier ámbito, en realidad, incluidos el del fútbol, la política, la cocina o el humor, muy especialmente a los artistas del humor: que su trabajo inspira.


Pero es curioso, cuando uno cree estar ante un actor bueno de verdad, o por lo menos que reúne tantas cualidades para ser un gran actor, aparece de repente cierto miedo a mostrar demasiado entusiasmo, a cargar sobre sus hombros -por muy rotundos que éstos sean- un lastre de expectativas, a clavarle la bandera y a lanzarle al ruedo con la misión de colocarnos en el mapa industrial cinematográfico, a ser posible al oeste de Norteamérica. Hay distintos modos de conquistar ese terreno ilusorio en las nubes; Javier Bardem ha optado por el trabajo bien hecho.

Mi hija Berta, que formaba parte del equipo técnico en el rodaje de Jamón, jamón (dirigida por Bigas Luna en el año 1991), dice que las capacidades y el magnetismo de este actor eran algo que solía comentarse con sorpresa entre los miembros del equipo, peluqueros, eléctricos o ayudantes de dirección, durante las pausas y siempre que Bardem -entonces un chaval de 21 años sociable y bromista- no estuviera presente. Les llamaba poderosamente la atención mientras trabajaba, y, cada cual a su manera, se daban cuenta de que estaban ante algo diferente, otro rostro, otra apuesta, un actor de otra dimensión. El agudo olfato de Bigas Luna, infatigable en su búsqueda de lo auténticamente ibérico, de las raíces más elementales y primitivas de nuestra cultura mediterránea, del sello peninsular, acaso se daría cuenta enseguida de lo acertado de su intuición. Y Bardem, aplicado y apasionado a partes felizmente iguales, cumplió con el papel de macho hispánico y además logró captar la atención de los que trabajaron con él primero y de los espectadores después, de todos aquellos que amamos el cine y que hemos seguido sus pasos con asombro y esperanza.


Las películas que han protagonizado juntos Javier Bardem y ...
Penélope Cruz y Javier Bardem
Jamón, jamón
Y ahora, ahora que uno tiene ocasión de escribir unas líneas sobre Javier Bardem, reflexionando sobre el valor, la prudencia y el talento con el que está perpetrando su carrera, y sobre todo viendo la consistencia de sus interpretaciones, hay que sobreponerse a la sorpresa y adularle con discreción; como hacían sin darse cuenta los miembros del equipo técnico en sus primeras películas, protegerle de sí mismo. Es probable que las dudas y las contradicciones formen parte del impulso que lleva a este actor, de nombre completo Javier Encinas Bardem, nacido el año 1969 en Las Palmas de Gran Canaria, a hacer lo que tiene que hacer. Que es un actor currante e imaginativo lo acreditan los personajes seleccionados y, en la misma medida, los personajes no seleccionados. Sus primeros pasos fueron más o menos como todos, hasta que Bigas Luna le dio su primera oportunidad seria con un personaje hecho de pasión y ternura en Jamón, jamón, y, sobre todo, con el especulador hortera y avaricioso de Huevos de oro, donde Bardem empezó a trabajar los matices de su temperamento interpretativo, así como los recursos notables de su físico: recuerdo, por ejemplo, aquel joven que se comía el mundo en Éxtasis (dirigida por Mariano Barroso en el año 1995), con la ambición y la rabia en su mirada, y el borrachuzo de mente algo torpe, deteriorada por el alcohol, olisqueando el calcetín antes de ponérselo en Los lobos de Washington (también de Barroso, 1999), y el policía parapléjico y enamorado de Carne trémula (de Pedro Almodóvar, en 1997), y a Reinaldo Arenas viviendo y sufriendo las contradicciones de la revolución en Antes que anochezca (de Julian Schnabel, 2000), papel que le valió nada menos que una nominación a los oscars de Hollywood, la primera de un actor español para esa categoría, otro banderín de expectativas en su lomo.

La película me pareció mediocre, con muchas zonas oscuras o discutibles respecto a las vivencias reales de Reynaldo Arenas, pero la composición de Bardem es impecable. El parecido físico es, en algunos momentos, asombroso. Saludé personalmente a Reinaldo Arenas en La Habana, en el año 1968; acababa de publicar Celestino antes del alba, y puedo asegurar que la recreación física es magnífica, sobre todo en la cabeza y la cara, ya que Arenas era un hombre bajito, de constitución frágil. También es asombroso el acercamiento del actor al dolor del escritor homosexual, la delicadeza con la que toma su actitud y adopta su estado anímico.

No sé si fue casualidad de fechas o compromisos, o fue una decisión premeditada, que la siguiente apuesta de Bardem tras la nominación de los oscars fuese encarnar al indómito Santa de Los lunes al sol (dirigida por Fernando León de Aranoa en el 2001), un parado que sobrevive entre la rebeldía interna y la desilusión, como un gorila entre las rejas del deprimente zoológico. Tanto si fue una decisión premeditada como si no, y responde a la pura intuición, es una muestra más del respeto que el oficio le merece a este actor.

Esperemos que las contradicciones sigan azuzando a Javier Bardem. Mientras su vida se aleja de Santa y sus problemas, difícilmente se quedará en paro, por el contrario, su nombre es ya una garantía de cine exigente. De momento todo parece indicar que Bardem se mantiene ajeno a cantos de sirena, pero alerta, que conserva a su misterio y su escepticismo, que su trabajo nos va a sorprender y a convencer. Y sobre todo nos inspira. Qué más puedo decir: no le molesten mientras está trabajando.

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Javier Bardem
APUNTES PARA UN RETRATO

Lo primero que llama la atención, además de la mirada franca y reposada -una mirada que busca la complicidad irónica-, es la tensión muscular del rostro, cierta pugna visceral que se establece entre unas facciones con resabios pugilísticos y unos ojos apaciguados de chico leal y majete, peleón reformado, conformado. Algo intangible pero muy determinante, sutiles armonías y desacuerdos que conforman la personalidad, opera en la cara del actor y a veces se comporta como una máscara. Por ejemplo, ese velo de tristeza y de ternura en la mirada, que resbala suavemente sobre los pómulos y la nariz, robusta y pendenciera, y alcanza la barbilla inquisitiva, atenuando la presunta dureza del mentón, una violencia interiorizada que se niega a aflorar.

Desde sus primeras apariciones en la pantalla, la sugestión de la virilidad se establece entre dos polos de fuerte magnetismo. Rudo y limpio. Impetuoso y fragante. No sabría definir de otro modo esa reflexión puramente física que irradia la encarnadura y anticipa el gesto -antes incluso de moverse-, ofreciendo una impresión de refrescante aroma corporal, alguien que acaba de ducharse y ha gastado buenas dosis de agua de colonia, digamos. Cierto desaliño indumentario no contradice en absoluto esa impresión de chico sanote, más bien la acentúa. La cabeza se asienta sobre un cuello robusto y la nuez sugiere una verbosidad bronca y dinámica, una dicción golosa de palabras, una voz húmeda y reflexiva. Algo así como si degustara las cosas antes de decirlas, como si paladeara la frase antes de soltarla. Pensamientos, exabruptos, risas, emociones y sentimientos, todo pasa por esa tensión verbal y muscular que ronda los aledaños de la boca y la nariz, y que anida en la nuez del cuello.
El rostro trasuda textura y efluvios de hombre guapo que no acaba de creerse guapo ni parece muy interesado en el asunto, así que los labios estrictos y afables retienen una sonrisa descreída, y algo más: ganas de soltar la sonora carcajada junto con un preventivo, risueño y sarcástico: "Me has tomado por otro".


EL PAÍS

domingo, 18 de julio de 2004

Isaac Bashevis Singer / Cien años sin la verdad


Isaac Bashevis Singer


ISAAC BASHEVIS SINGER
BIOGRAFÍA

Cien años sin la verdad


Marcelo Birmajer
17 de julio de 2004

Tuvo Singer tal deseo por conocer la verdad que llegó a desear la muerte en caso de no conseguir su propósito.

Desde octubre de 2002 y hasta mayo de 2003 no hice otra cosa más que traducir del inglés al castellano el libro de cuentos La muerte de Matusalén, de Isaac Bashevis Singer -quien siendo el más grande de mis maestros, tiene la suerte de no saber que soy su alumno-, publicado en estos días por la editorial Norma. Luego de estos siete meses de espiritismo mudo y obsesión sorda, me sobrevino una de las mayores depresiones de mi vida adulta. En su autobiografía, Amor y exilio, Singer le pide a la Providencia que, o bien le revele la verdad, o bien lo deje perecer. Tal parece que la verdad nunca nos será revelada, pero a todos nos es permitido morir. Y por eso hoy celebramos los cien años de un hombre que existe sin estar vivo. Pero nada había dicho Singer acerca de que encontrar la verdad en sus escritos podía llevarnos al vacío.



Sean los judíos de izquierda y el estalinismo o el amor después de la Shoa, cualquier tema vale en sus manos

El libro que traduje comienza con una nota de autor que podría ser un libro en sí misma, por su inusual parcela de esperanza y consistente sabiduría; un párrafo reza: "El arte no debe ser sólo rebelión y resentimiento; puede incluir, también, el potencial de la construcción y la corrección. El arte puede, en su discreto modo, intentar enmendar los errores del Eterno Constructor a cuya imagen el hombre fue creado".
Pero este mismo libro, que me robó el corazón y el alma y me los reintegró sólo después de otros siete meses, se cierra con una verdad demoledora. Se refiere al título del libro, la muerte de Matusalén, situada por Singer en las vísperas del Diluvio, y dictamina: "...finalmente Él prometería por medio del Arco Iris entre las nubes nunca más lanzar un Diluvio para destruir toda carne. Resultó claro para el Todopoderoso que cualquier castigo era vano, pues carne y corrupción eran lo mismo desde el origen y continuarían siendo siempre la escoria de la Creación, el exacto opuesto de la sabiduría divina, de su misericordia y esplendor. Dios había dotado a los hijos de Adán con un exceso de amor propio, el precario don de la razón, como así también con la ilusión del tiempo y del espacio; pero sin ningún sentido de propósito o justicia. El hombre podía arrastrarse de un modo u otro, por la superficie de la Tierra, avanzando y retrocediendo, hasta que el Pacto establecido entre Dios y él finalizara, y su nombre fuera borrado para siempre del libro de la vida".
De entre las mujeres que conozco, la que más sabe de literatura vive en Barcelona, y como soy un caballero no pienso revelar su nombre, pero sí una verdad que una vez me dijo y yo no olvidé: "La literatura consiste en el punto de vista del autor". El propio Singer podría refrendar sus palabras con su trilogía de mandamientos sobre lo que un autor debe poseer para serlo: a) El autor debe poseer una historia que valga la pena contar. b) El autor debe sentir un deseo apasionado de escribirla. c) Ha de tener la convicción, o al menos la ilusión, de que es el único capacitado para abordar este tema concreto.
Lo cierto es que con Singer ocurre, en el lector, una sensación inversa: cualquier tema que aborde, pareciera que él es el más capacitado para abordarlo: ya sea la relación entre los judíos de izquierda y el estalinismo, la salida de los judíos religiosos al siglo XX laico o el amor después de la Shoa. En mi siempre falible opinión, Singer es el más grande de los escritores judíos de los siglos XIX, XX y XXI, aunque sólo haya vivido en uno de ellos. El modo en que lidia con el amor, el suspenso que logra imprimirle a los más imperceptibles sucesos y su ritmo inimitable lo vuelven el narrador que, junto al fuego, convierte a los humanos en una tribu hambrienta de historias que no se sabe si son inventadas o reales.
Maestro, en su primer centenario, le escribo desde este siglo en desconcierto, para decirle que yo tengo para usted un reclamo menos exigente que el que usted elevó a la Providencia: si no puedo encontrar la verdad, al menos déjeme vivir.
Marcelo Birmajer (Buenos Aires, 1966) es autor de Tres mosqueteros (Debate) y Últimas historias de hombres casados (Alfaguara); y coautor del guión de la película El abrazo partido.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de julio de 2004


sábado, 17 de julio de 2004

Isaac Bashevis Singer / El premio Nobel más solitario

Isaac Bashevis Singer
Poster de T.A.


Isaac Bashevis Singer

El premio Nobel más solitario

Rafael Conte
17 DE JULIO DE 2004

Si se respeta el día que él mismo adoptó como fecha de nacimiento, el pasado miércoles se cumplieron cien años del natalicio de Isaac Bashevis Singer, en Polonia. Con cerca de cincuenta libros y miles de artículos, el escritor en lengua yídish era hijo de un rabino, vivió la Gran Guerra en Varsovia y años después huyó de la persecución nazi rumbo a Estados Unidos. El autor de Sombras sobre el Hudson narró magistralmente el conflicto de los exiliados entre las tradiciones de su fe y el empuje del laicismo moderno.

El último y por ahora más persistente intento por reasegurar a la literatura en su vocación de eternidad ha sido durante el último siglo el Premio Nobel de Literatura. Y lo ha hecho a través de dos características -su cuantía y su independencia- que ha llegado a cobrar, aunque de manera bastante desigual, una relevancia que, a pesar de su prestigio, parece rozar a veces el patetismo, disuelto entre el impacto repentino de su concesión y lo efímero de sus propuestas. Unas propuestas que ni siquiera perviven en los habituales concursos de esas caprichosas preguntas y respuestas con las que nuestras televisiones al uso intentan falsamente autoconvencerse (y de paso a nosotros mismos) de que cumplen una función cultural, pues vaya. Pues nuestra fundamental contradicción está en que la abundancia de la información se autodestruye en una presión donde la densidad de la actualidad desemboca en la pura y simple aniquilación de la cultura, por la falta de reposo, de valoración y estabilidad de los valores que intenta comunicar. La universalización de la información desemboca en la muerte de esa misma información de la que decimos vivir, aunque sólo se pueda vivir en ella descreyendo de ella, para así mordernos la cola sin parar, mientras pensamos enseñarla y mostrarla como una bandera victoriosa que yace siempre en el polvo de la derrota.






Es un judío rebelde contra los dictados de un Yahvé al que siempre se sometió

Los premios llamados "literarios" no tienen en verdad nada que ver con la literatura, ni aun el Nobel: son un reconocimiento social, político y económico, sin más. Ha habido premios Nobel que no lo han sido -de Tolstói a Borges, involuntariamente- o por propia voluntad (Sartre) o no escritores (Churchill), o no reconocidos en su tierra (Gao Xin Jian), que se han quedado sin patria (Ivo Andric en Yugoslavia), que apenas duran (Eucken) y la lista de no reconocidos (Deledda) o protestados (Echegaray), olvidados y efímeros (desde el primero, Sully Prudhomme, hasta Gjellerup, Heyse, Sillanpäa y así sucesivamente) lo niegan sin parar. Aunque se dice que la historia no se repite nunca salvo en forma de autoparodia (ahí está la de los premios Nobel para justificar la moda de la novela histórica) siempre reincide en su sentido y hoy he venido, aunque no lo parezca, para insistir con motivo del centenario de otro Nobel descolocado, y quizá el que más, el del que considero un gran escritor, Isaac Bashevis Singer, galardonado en 1978 (el año siguiente al de nuestro Vicente Aleixandre) y del que aunque ha gozado de muchos lectores y algunos de sus libros siguen todavía vivos (incluso entre nosotros, qué sorpresa) no se está muy seguro de casi nada.
Para empezar, de la fecha misma de su nacimiento, pues si se sabe que fue en 1904, nunca se ha sabido muy bien en qué día. El propio Singer dijo en broma que fue un 14 de julio, pero todo su rastro ha desaparecido de la historia (dicho día, en la escuela, un compañero le dijo que era su aniversario, el niño Singer se entristeció y le preguntó a su madre cuándo era el suyo y ambos decidieron que el mismo). Los más de tres millones y medio de judíos polacos desaparecieron reducidos a 150.000 tras el Holocausto mal llamado "nazi", pues muchos polacos colaboraron alegremente en él, según mostró Claude Lanzmann en su estremecedora Soah (que por aquí seguimos sin ver ni en cine ni en la televisión, ahora que hay tantas y todas iguales). Sabemos el lugar, un pueblecito a treinta kilómetros de Varsovia llamado Leoncin, donde hoy -reconstruido en sus mil quinientos habitantes étnicamente puros- existe un impasse inhabitado que lleva su nombre, de donde su familia de rabinos askenazíes se trasladó a Radcymin y finalmente a la capital, donde su padre trabajó en una escuela judía que también era tribunal como "de paz" o algo así. Y hasta ahí, cuando marchó a Estados Unidos en 1935 de la mano de su hermano mayor, modelo y "patrón" Israel Yeoshua Singer, también escritor importante en su misma lengua, el yídish, todo fue una rápida sucesión de lecturas y escrituras, de periodismo sobre todo, que sin embargo le cargó de contenidos para una larga obra de una no menos larga vida, en la que se casó tres veces, tuvo un hijo, publicó casi cincuenta libros, miles de artículos, obtuvo un premio Nobel inesperado y terminó, rodeado de un respeto a veces bastante reticente, el 24 de julio de 1991.
¿Quién fue Singer, de qué nacionalidad, en qué lengua escribió, quién puede apuntar en su balanza su nombre, por qué y en calidad de qué? Era un judío, desde luego, aunque bastante heterodoxo en ocasiones con relación a sus propias raíces de la pureza askenazi, tan importantes desde luego para él. Un polaco por el lugar de su nacimiento, del que ya ha sido borrado, o casi: nunca escribió en polaco. Terminó su vida siendo ciudadano norteamericano, pero apenas escribió en inglés, la gran mayoría de sus libros fueron escritos en yídish, que no es un idioma canónico de verdad, sino una "lengua", un lenguaje mezcla de alemán y hebreo con aportación de algunos otros: una lengua del exilio apoyada y promocionada por un puñado de centenares de miles de lectores y espectadores, aunque ya en vía de extinción, tras haber alcanzado algún esplendor, sobre todo en el exilio americano. Es un escritor sin duda alguna pero no se sabe -ni se sabrá en el futuro- de dónde, ni en qué, ni por qué. Es pura memoria, sobre todo de su infancia y juventud, que alcanzó fama y popularidad por sus traducciones al inglés en las que él mismo intervenía para al final modificar el original, que conste (y eso le fue y le es reprochado por sus propios compañeros y colegas). Pero Sombras sobre el Hudson es una novela judía y americana maravillosa, que se mantiene pura y dura al lado de aquellas anteriores de La mansión, Un amigo de Kafka, El esclavo, Enemigas, una historia de amor, La familia Moskat, Gimpel el tonto, Satán en Goray, El mago de Lublin y las relatos de Krochmalna, 10 o sus memorias de Amor y exilio tan recientes entre nosotros. Es un judío enamorado de las mujeres, a veces erótico y hasta suavemente pornográfico, rebelde contra los dictados de un Yavhé al que siempre se sometió y defendió hasta de sus propios ataques. Un espectáculo emocionante, al que podrán acercarse, creo, pues algunos de sus libros todavía siguen por ahí, vivitos y más coleando que casi todos los demás.












BIBLIOGRAFÍA


LA OBRA de Isaac Bashevis Singer ha tenido buena suerte editorial en España. Así es sobre todo desde que Rhoda Henelde y Jacob Abecassis la traducen directamente del yídish, aunque el Nobel de 1978 tenía ya varios de sus libros traducidos al castellano, catalán, gallego y euskera. Entre los últimos aparecidos entre nosotros destacan algunos de los más importantes: desde Amor y exilio, sus memorias, hasta El certificado, pasando por Sombras sobre el Hudson, con prólogo de Bernardo Atxaga (todos en Ediciones B). Por su parte, no hace tanto que Debate rescató Los herederos y La casa de Jampol, mientras Lumen había hecho lo propio con Cuentos judíos de la aldea de Chelm, Mazel y Schimazel, y Cátedra, con los relatos de Un amigo de Kafka. Desgraciadamente, por las librerías de viejo andan ya muchos de los títulos publicados por Plaza & Janés: Enemigos. Una historia de amor, El esclavo, El rey de los campos, El Spinoza de la calle Market y El Mago de Lublin. Pero se encuentran. Como se encuentran los libros que contienen algunos de los trabajos sobre Singer debidos a uno de sus mejores lectores, Claudio Magris: desde el ensayo 'La vida y la Ley', en El Anillo de Clarisse (Península), hasta las referencias recogidas en Ítaca y más allá (Huerga & Fierro) y Lejos de dónde (Eunsa). R. B.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de julio de 2004



Meg Wolitzer / La esposa / Detrás de un gran hombre



Meg Wolitzer
LA ESPOSA

Detrás de un gran hombre

Ignacio Martínez de Pisón
17 de julio de 2004

Segunda novela que se edita en España de Meg Wolitzer. Con habilidad literaria, la autora estadounidense cuenta los mecanismos que utiliza una escritora para pasar a la sombra y favorecer que su marido se lleve los laureles. El beneficiario de tales esfuerzos no es especialmente brillante. Un relato cuyo valor se ve disminuido por causa de un giro final inesperado.

Que Meg Wolitzer es una de las novelistas norteamericanas más interesantes del momento quedó claro con la excelente Ríndete, Dorothy, la única de sus novelas aparecida hasta ahora en nuestro país. Si en Ríndete, Dorothy exploraba con tino y sutileza el impacto que la repentina muerte de una mujer provocaba entre sus allegados, en la recién publicada La esposa indaga los motivos por los que una joven y prometedora escritora acepta pasar toda su vida a la sombra de su marido, un novelista que no anda sobrado de talento y que, dominado por una vanidad casi enfermiza, le es sistemáticamente infiel con cuantas admiradoras se le ponen a tiro. Como en la anterior novela, Wolitzer nos traslada en ésta a un mundo de norteamericanos cultos, tolerantes, liberales, mayoritariamente judíos, y acierta a mezclar la caracterización comprensiva y generosa de los personajes con un vigoroso cuadro de costumbres que en ocasiones deriva hacia la sátira.



LA ESPOSA

Meg Wolitzer
Traducción de Enrique de Hériz
Roca. Barcelona, 2004
261 páginas. 17 euros

En La esposa están presentes todos los ingredientes de las grandes novelas sobre los sentimientos: hay humor, hay ternura, hay penetración psicológica

... En La esposa están también presentes muchas de las virtudes de los grandes novelistas: facilidad para la recreación de atmósferas, pulso narrativo, capacidad de observación, atención a los detalles, buenos diálogos, una prosa limpia que fluye con naturalidad... La esposa lo tiene todo para ser una gran novela, y sin embargo no llega a serlo. El problema con este libro es que tiene trampa, y que esa trampa no la descubrimos hasta el final. Expresado de otra manera, la novela nos invita a entrar en la historia de esas mujeres hartas que suele haber detrás de todos los grandes hombres, y sólo en el penúltimo capítulo nos enteramos de que la historia que nos han estado contando es otra: la de una gran mujer que durante décadas ha aceptado colaborar en la colosal impostura de su marido, al que de repente descubrimos como un monstruo lastimoso. No desvelaré el engaño por consideración hacia los posibles lectores del libro, pero sí diré que la novela habría sido muy diferente (y, sin duda, mucho mejor) si la autora no se hubiera guardado ninguna carta en la manga y hubiera hecho de esa impostura el punto de partida de la historia. Abundan en esta novela los momentos de buena literatura, pero muchos de ellos quedarían desvirtuados en una relectura hecha a la luz de esa revelación final.


* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de julio de 2004