domingo, 21 de noviembre de 2021

Contra la «trampa» del matrimonio / Rachel Cusk y el club de las arrepentidas

 



Rachel Cusk disecciona la cultura del matrimonio, la maternidad y el divorcio en 'Despojos', su ensayo de 2012. FOTO: GETTY

Contra la «trampa» del matrimonio: Rachel Cusk y el club de las arrepentidas

"Creo que una feminista no debería casarse" escribe Rachel Cusk en 'Despojos', su demoledor ensayo sobre su divorcio y la separación. No ha sido la única en cargar contra esta institución.

NOELIA RAMÍREZ 
21 MAY 2020 19:06

«Quiero algo más que un marido, unos hijos, una casa»

Betty Friedan, La mística de la feminidad, 1963

A Rachel Cusk le dolían las muelas el día que su marido fue a recoger sus cosas. Llovía. Se acababan de separar. Llevaban diez años casados y tenían dos hijas en común. Ella dejó  la puerta abierta toda la mañana y la humedad se coló por las paredes y hasta sus nervios. «Me quedé al pie de las escaleras, con las manos en la boca, como un mimo que representa consternación». Cusk tiene algo de jungiana. La teoría de la sincronicidad del psiquiatra y psicoanalista dice que pueden existir «dos sucesos simultáneos vinculados por el sentido pero de manera acausal». Que son los períodos de transición o transformación de los seres humanos, como muertes o divorcios, los más propensos a la ocurrencia de sincronicidades. Dicho de otra forma: esa muela infectada que cubría simbólicamente con sus manos era su matrimonio. Se había ido descomponiendo poco a poco, desde la raíz. El dolor había sido soportable durante un tiempo, incluso algunas etapas se había adormecido, pero la infección se había extendido y había llegado a un punto de no retorno. Había que extraer. Y había que recurrir a la fuerza: «Violencia: la gente busca continuamente alternativas para evitarla, aunque rara vez funcionan», aclara sobre el suceso. Su dentista recurrió a la fuerza física con unas tenazas negras y sólidas para deshacerse de la muela infecta. Ella aplicó esa «fría y dura, insensata y brutal» fuerza simbólica en sus palabras. Así fue como gestó el libro para librarse del peso de su matrimonio fallido. Lo hizo en un demoledor y brutal ensayo: Despojos: sobre el matrimonio y la separación, un texto que publicó en 2012 y que el 1 de junio saldrá a la venta en castellano en Libros del Asteroide con traducción de Catalina Martínez Muñoz.

Como esas tenazas amenazantes de su dentista, Cusk escribió un afilado, parco pero desgarrador ensayo que sirve como revulsivo contra «el corsé del matrimonio» porque, como ella escribe, «el relato tiene que obedecer a la verdad para representarla. Desnuda, la verdad puede ser vulnerable, desgarbada, horrorosa. Demasiado arreglada se convierte en una mentira». La autora aplica su mirada analítica sobre la institución para destrozarla con una precisión casi clínica: arrasa con los cimientos y expone los interrogantes de las ruinas, a sus rastrojos propios, sus despojos, sin perder ni un ápice de elegancia. «El mundo está en constante evolución, mientras que la familia se empeña en seguir siendo la misma. Una casa en mitad del paisaje: refugio y prisión al mismo tiempo», define a través de su propia historia sobre esta ansia y doble juego de buscar cobijo y cárcel en lo doméstico del matrimonio. Fiel al principio feminista de la escritura autobiográfica –Cusk detesta que sus textos se equiparen al cotilleo confesional–, la autora se une al club de las renegadas del matrimonio. No han sido pocas las que, tras pasar por él o sin querer mojarse y especulando desde la barrera, han arremetido contra una entidad que sobrevive a revoluciones feministas y queer, inmutable y vigorosa frente a todas y a todo progreso social.

El porqué de su fraude

 «En el matrimonio anida un fraude, pues si bien se supone que socializa el erotismo, en realidad acaba con él»

Simone de Beauvoir, El segundo sexo, 1943

Cusk dice que somos tan de nuestro momento histórico como de nuestros padres. Ella luchó contra el ideal de feminidad heredado de su casa. «Mi madre aspiraba al matrimonio y la maternidad, a que un hombre la deseara y la poseyera para legitimarla. Yo era el fruto de esas aspiraciones, pero, en algún momento de la transición entre mi madre y yo, mi deber se había convertido en legitimarme a mí misma». Sintiéndose como una extranjera en las fábulas de las casas de muñecas que había aprendido, sus ideales se habían construido enalteciendo los valores masculinos como los virtuosos. Soñaba con la independencia de su padre y detestaba el ansia doméstica y afán de reconocimiento en los ojos del hombre que le transmitía su madre. Estudió en Oxford, se casó y tuvo dos hijas. «El matrimonio me parecía un freno, un corsé, y a mi modo de ver la fuerza coactiva era masculina; eran los hombres quienes imponían esa estructura, el matrimonio, para volver a una mujer inaccesible, y con ella también los dones del amor y calidez que de lo contrario podría haber propagado libremente por el mundo».

Así que decidió que fuese su marido abogado, y no ella, quien se hiciese cargo de parte de los cuidados y que él aparcase su trabajo mientras ella escribía. Eso le llevó a un desdoblamiento, a una fragmentación de género con tal de probar aquello de que ella no sería como las demás (=su madre). «La mujer que cree que puede elegir la feminidad, que puede jugar con ella como un bebedor social juega con el vino… bueno, lo está pidiendo, está pidiendo que la anulen, que la devoren, está pidiendo pasar la vida perpetrando un nuevo fraude, fabricando otra nueva identidad falsa, solo que esta vez lo falso es su igualdad. O bien hace el doble de trabajo que antes, o bien sacrifica su igualdad y hace menos de lo que debería. Es dos mujeres o es media mujer. Y en cualquiera de los dos casos tendrá que decir, porque ella lo ha elegido, que disfruta con lo que hace». Cusk revela aquí la gran  estafa de la mujer moderna que se cree liberada: «Lo que necesito es una mujer, dice la feminista estresada, la mujer dedicada a su carrera, y todo el mundo se ríe. La gracia está en que la persecución feminista de los valores masculinos la ha llevado al umbral de la explotación femenina. Esto es una ironía. ¿Lo pillan? La feminista desprecia esa cómplice idiota que es la ama de casa».

La canadiense (pero británica de corazón) acabó detestando su rol autoimpuesto. «Éramos una pareja travestida, ¿por qué no? La diferencia estaba en que yo era mujer y hombre y al mismo tiempo, mientras que mi marido –con buena intención–solamente hacía una. […] Al final resultó que yo no era un hombre: los hombres no hacen tareas ingratas. Y tampoco era una mujer: me sentía fea, porque las cosas de las que me ocupaba –la ropa sucia, la declaración del IVA– no eran agradables».

Eso le llevó a vivir una batalla contra su propio feminismo desde lo personal. «Se podría perdonar a quien piensa que la una feminista es una mujer que odia a las mujeres, que las odia por ser tan ingenuas […] El caso es que a una mujer así nadie la encontrará merodeando por la escena del crimen, por así decirlo, dando vueltas por la cocina, por la planta de maternidad, por la puerta del colegio. Sabe que su condición de mujer es un fraude, una fabricación de otros para su propia conveniencia; sabe que las mujeres no nacen, sino que se hacen. Por eso se aleja de allí, de la cocina y del pabellón de la maternidad, como el alcohólico se aleja de la botella». En su texto hace hincapié en las contradicciones con las que nos topamos en la búsqueda de la igualdad: «Lo que viví como feminismo eran en realidad los valores masculinos que me legaron con buena intención: los valores travestidos de mi padre y los valores antifeministas de mi madre. Por tanto, no soy feminista. Soy una travestida que se odia a sí misma».

Se la acabó pegando. Se asfixió. La muela podrida.  «En la oscuridad, en la cama conyugal, me sentía rodando al borde de un abismo negro […] La realidad de mi dormitorio, de mi casa, de mi vida no parecía capaz de anclarme». Por eso, según Cusk, «una feminista no debería casarse». También cree que tampoco debería tener una cuenta conjunta o una casa escriturada a nombre de dos. «No, no debería haberme llamado feminista, porque lo que decía no se correspondía con lo que era: soy igual que mi madre, pero al revés».

FOTO: CORTESÍA DE LIBROS DEL ASTEROIDE/ILUSTRACIÓN DE COCO DÁVEZ

El club de las arrepentidas

«Qué vida tan triste y malgastada para una chica que se pasó quince años sacando sobresalientes»

Esther Greenwood en La campana de cristal, de Sylvia Plath (1963)

Cuando León Tolstói escribió en 1859 que el matrimonio consistía en un supuesto equilibrio de generosidades («tú sacrificas y yo sacrifico», apuntó en La felicidad conyugal) poco imaginaba que sería su propia mujer la que le leyese la cartilla en esto de idealizar esa entrega entre iguales. ¿Quién sacrifica qué? ¿Qué da uno a cambio cuando tu otra mitad te hace la cena para que puedas concentrarte dando forma a Anna Karenina, mientras también cuida de tu finca, lleva las finanzas, lee y revisa tus textos (¡copió hasta siete veces Guerra y Paz!) y cuida de tus ¡trece! hijos en común? Pues posiblemente te encuentres unas décadas después con que esa sacrificada escribe una novela ‘de ficción’ indignada y poniéndote a caldo. Eso es, precisamente, lo que le pasó a Tolstói con la suya.

Sofia Andréievna Behrs (Tolstaia después de nupcias) se casó con Tolstói a los 18 años. Él tenía 34. Sofía, políglota, copista y escritora, se dejó iluminar por la figura del genio en un principio…pero luego llegó el baño de realidad. También el de ver cómo media Rusia se compadecía de ella porque su marido había alardeado de superioridad masculina y denigrado el pensamiento de las mujeres en una novela lujuriosa. «Lióvochka (León Tolstói) dice: ‘El amor no existe, tan solo la necesidad razonable de una compañera para la vida’. Si hubiera leído este juicio hace veintinueve años, no me habría casado con él», escribió Sofía, francamente harta, en sus diarios en 1890. Así lo recogen Marta Rebón y Ferran Mateo en el estupendo epílogo de De quién es la culpa (Xórdica, 2019), la novela que escribió Tolstaia, y que nadie quiso publicar en su día, para vindicarse después de verse reflejada y señalada, para mal, en la Sonata a Kreutzer (1889) escrita por su marido. En De quién es la culpa, una astuta joven decide casarse con un admirado príncipe que casi le dobla la edad y todo son arrepentimientos según avanza el juego. En la vida real, su relación fue de lo más tormentosa hasta el final: Tolstoi decidió dejar sus bienes a la humanidad y no a su familia. «(Leer la biografía de) Bethoven me hizo comprender el egoísmo y la indeferencia de Lev Nikoláievich (León) hacia todo lo que hay a su alrededor. Para él, el mundo es simplemente el medio que rodea a su genio y toma de él lo que puede ser útil a su obra. El resto lo deshecha. Coge de mí, por ejemplo, mi labor de copista, mi preocupación por mi bienestar físico, mi cuerpo. Mi vida espiritual no representa nada para él. […] Ni siquiera se ha molestado nunca en entenderla… Y sin embargo, el mundo entero venera a hombres así», escribió indignada durante su vida.

Ilustración de Natalia Bayo de León Tolstói y Sofía Tolstaia. FOTO: NATALIA BAYO/ XÓRDICA LIBROS

Están las que se sintieron travestidas como Cusk, las que se vieron explotadas y vampirizadas como Tolstaia y luego está lo que le pasó a Elena Garro. Como explica Luna Miguel en El coloquio de la perras (Capitán Swing, 2019), la periodista y autora plasmó en su obra ese desdén hacia el matrimonio con una fuerza arrolladora en sus personajes. Algo que fue usado en su contra, personalmente, tras separarse de Octavio Paz. Pero sus textos reflejan exactamente lo que ella sentía respecto al matrimonio en sí. «Lo cierto es que la obra de Elena Garro es un reflejo constante de la complejidad de la vida en pareja, de la cárcel que es el matrimonio y del dolor de saberse insultada, acosada por la persona que ama». Miguel recoge las simbólicas declaraciones de Garro sobre la institución en el documental La cuarta casa, reflejo de ese desdén personal:»Cuando era jovencita soñé que iba subiendo una colina de la mano de mis primas y todas íbamos vestidas como de organdía, así muy monas, y llegábamos a lo alto de la colina, y allí estaba una mesita y un cura. Y decían: es que te vas a casar. Y yo: ¡ay no! ¡No me quiero casar! Decían: sí, aquí está tu novio. Y me volvía yo, y era un burro».

«Me casé con él convencida de que el matrimonio no da resultado, de que el amor muere, de que la pasión se apaga; y al hacerlo incurrí en esa especie de romanticismo que sólo una persona cínica es realmente capaz de vivir», escribió Nora Ephron sobre el fin del romance en la mejor novela para reírse y encontrar solaz de los despojos de un divorcio: Se acabó el pastel (Angrama, 1983), el libro semiautobiográfico que escribió después de separarse de su segundo marido, el adúltero Carl Berstein. Aunque después viviría una relación envidiable con Nicholas Pileggi, su tercer e inseparable marido, es en Se acabó el pastel donde despliega su artillería contra la institución: «Lo cierto es que, escojas a quien escojas, no da resultado; la verdad es que te decidas por quien te decidas, las neurosis se corresponden de manera perfecta y horrible; lo cierto es que elijas a quien elijas, no te dan cariño, lo mismo que hicieron tu madre o tu padre». Ephron, que pese al disgusto al final sí encontro refugio, resumiría cómo ahorrarse el sufrimiento tras pasar por el altar en uno de esos consejos que desplegó En el cuello no engaña (2009): «Nunca te cases con un hombre del que no estés dispuesta a divorciarte».

Nora Ephron da la espalda a Carl Bernstein, su segundo marido, en una mítica foto de Ron Galella. FOTO: GETTY

No me caso ni muerta

«Siempre he odiado cuando mis heroínas se casan»

Rebecca Traister en All the single ladies (2016)

«Los hombres no son problema nuestro, pero sí nuestra responsabilidad». Si existe una pensadora contemporánea que más activamente ha cargado contra el matrimonio heterosexual es Jessa Crispin. La autora y ensayista desplegó su artillería pesada En Por qué no soy feminista: un manifiesto feminista (Libros del Lince, 2017): «El matrimonio ha sobrevivido a décadas de ataques por parte de las pensadoras feministas y queer, que lo han fiscalizado en todos sus aspectos: desde el perturbador significado simbólico –las mujeres son una propiedad que el padre entrega al marido– hasta la forma en que a menudo sirve para mejorar las vidas de los hombres a costa de la salud, la carrera y la felicidad de las mujeres», apunta, lamentando su persistencia: «Me preocupa la expectativa del matrimonio, cómo ésta modifica los objetivos y la práctica feminista. Dado que hay tan pocas alternativas al amor romántico como principio organizador de la vida, de la adolescencia en adelante existe una fuerte presión para nos mostremos follables y dignas de ser amadas frente a la pareja potencial deseada».

Para Crispin, ese ideal romántico ha conjugado a la perfección con el neoliberalismo y la cultura aislacionista del ‘yo’. «Esperamos que el amor nos redima. Para las chicas heterosexuales –pese a tanto discurso sobre independencia y empoderamiento–, esto se traduce en que la búsqueda de empoderamiento se emprende con el único fin de mejorar nuestra forma competitiva en el mercado romántico». Porque raramente se conciben o se trazan políticas de ayudas sociales para la maternidad cuando se decide en solitario, así como la compra de una vivienda. Las nuevas bodas son la firma de la hipoteca y el progreso vital no se contempla si no existe otro pagador de cuotas en la ecuación. «Si rechazamos no solo la idea del matrimonio, sino también la de pareja, nuestra única alternativa es una existencia solitaria. […] Por eso, si decides tener un hijo fuera del matrimonio, la responsabilidad de ese hijo es solo tuya, no hay espacios de vida comunal (o muy pocos) y no existen los contratos de crianza con alguien que no sea nuestro compañero sentimental».

Simone De Beauvoir yJean-Paul Sartre en Roma, en 1963. FOTO: GETTY

Crispin moderniza aquí parte de la teoría que otra alérgica al matrimonio, Simone de Beauvoir –que llegó a compartir sus amantes con Sartre, su pareja– despliega en El segundo sexo (1949). Allí escribió que «para una chica, el matrimonio y la maternidad materializan su destino al completo; y para cuando empieza a entrever sus secretos, le parece que su cuerpo está sometido a una terrible amenaza». Como todas esas amas de casa aburguesadas que soñaban con aventuras eróticas extramatrimoniales en los 60 que detectó Betty Friedan en La mística de la feminidad, para Beauvouir las mujeres están destinadas a ser infieles: «Es la única forma concreta en que pueden asumir la libertad. Solo a través del engaño y del adulterio puede demostrar que no es la esclava de nadie y desmentir las pretensiones del macho».

Los pensamientos de la francesa los recoge Jia Tolentino en su ensayo Heroínas Puras (recopilado en Falso Espejo, 2020), donde teje un interesante análisis sobre cómo nuestras heroínas literarias adolescentes, libres e ingeniosas, después pasaron a convertirse en referentes femeninos de resentidas mujeres casadas. «Cuando eres una chica en un libro, todos los días son una corriente de placeres y emociones. Más adelante, o bien el mundo se vuelve amargo o eres tú las que te vuelves una amargada […] A las protagonistas adultas, el destino les cae encima como si fuese un martillo». ¿Qué se ha roto en esa fábula vital? ¿Por qué las mujeres casadas pasan a ser unas desgraciadas en nuestras novelas de cabecera? ¿Y por qué siempre se tenían que casar nuestras heroínas favoritas? «Jo tendría que haberse convertido en una solterona literaria, pero fueron tantas las jóvenes que me escribieron para rogarme que se casase con Laurie, o con otro cualquiera, que no me atreví a negarme y, sin ninguna permisividad, le encontré una pareja divertida». Louisa May Alcott, soltera de por vida, dijo esto sobre por qué casó a Jo en Mujercitas. También acabó preñándola. Rebecca Solnit analizó parte de este fenómeno en The Mother of all questions (La madre de todas las preguntas, 2017), donde explica que la reducción de la mujer a sus deciosiones domésticas es un problema literario eficaz. «Se nos ha dado una única línea argumental sobre cómo tener una buena vida, a pesar de que no son pocas las mujeres que la han seguido y viven mal. Hablamos como si hubiese una única trama que lleva a un final feliz, pero son miles los modos de vida que pueden brotar –y marchitarse– a nuestro alrededor».

«¿Tienen todas las mujeres una capacidad especial para odiar a sus maridos, y todos los maridos una la capacidad de odiar a sus mujeres con un odio fundado en los mismos orígenes de la vida?», se pregunta Rachel Cusk en su ensayo. Ella, que volvió a sentirse «como una niña» cuando se divorció de su marido, sigue preguntándose por qué la mujer casada se siente incompleta. «La gente que está dentro mira hacia fuera. Veo a las mujeres casadas, a las madres, mirar hacia fuera. Parecen contentas, satifechas, capaces: están con sus maridos y sus hijos, bien vestidas, atractivas. Pero miran alrededor mientras mueven la boca. Da la impresión de que les falta algo».

EL PAÍS





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