lunes, 16 de septiembre de 2019

Patti Smith / Mis mejores canciones / Fragmento

Patti Smith

Patti Smith

MIS MEJORES CANCIONES 1970-2015

Fragmento

Encontrar una voz
Todos tenemos una canción.
Una canción llega de manera espontánea, expresando alegría, soledad, para disipar el miedo o mostrar un pequeño triunfo. Casi no nos damos cuenta de que estamos componiéndolas mientras las cantamos, a menudo solos, casi para nosotros.
Encontrar las palabras que llevamos dentro es lo que nos impulsa a cantar. Puede ser un himno, una esquirla de rebelión o una plegaria adolescente. Descubrimos la inspiración donde podemos, en una vieja guitarra arrinconada o en un garaje, debajo de la cama o colgada del escaparate de una casa de empeño. En una frase que nos trae el viento mientras caminamos. En el reflejo de nosotros mismos que vemos en el espejo. A veces reconocemos nuestra canción en la canción de otro. Es el milagro de la canción popular, canciones que son universalmente amadas, a menudo en su sencillez.
La transformación de estas canciones tan breves en poesía, la actuación improvisada y la colaboración dieron lugar a estas letras, escritas con gran esperanza de que calaran hondo, que llegaran a un oyente que descubriera lo que significan en su interior y las cantaran con nosotros.
La primera canción que recuerdo haber cantado es «Jesus Loves Me». Me veo cantándola sentada en un portal de Chicago, esperando a que apareciera por la calle el organillero con su mono. Oigo las canciones que flotaban en el aire. «Day-O», «Shrimp Boats» y «Heart of My Hearts». Oigo a mi padre silbar «Deep Purple» y la voz de mi madre cantándola hasta que nos dormíamos.
Recuerdo mi primer tocadiscos, poco más grande que una fiambrera, y mis dos discos, uno rojo y otro amarillo: Tubby The Tuba y Big Rock Candy Mountain. Era fascinante verlos dar vueltas, contemplar los mundos que evocaban. Pero la canción que me produjo la primera reacción visceral la cantaba Little Richard.
Era domingo. Mi madre y yo, cogidas de la mano. Me acompañaba a la escuela dominical. Ella llevaba unos guantes de cabritilla como los del Conejo Blanco de Alicia en el País de las Maravillas. Le daban un aire especial y yo los admiraba muchísimo. Pasamos por delante de la guarida de los chicos, dos enormes cajas de cartón de nevera cortadas y ensambladas. Ritchie Glasgow daba la vuelta al disco y lo que salió flotando de la ventana recortada a mano (más para respirar que para ver) hizo que me detuviera en seco y soltara la mano de mi madre con tanta brusquedad como para arrancarle el guante.
No sabía qué estaba oyendo ni por qué reaccionaba con tanta vehemencia. No era «Shrimp Boats» ni «Day-O» sino algo nuevo, y aunque no comprendía qué me atraía, me sentía atraída. Atraída hacia el emocionado baile de un muchacho. Era «Tutti Frutti», tan ajeno y al mismo tiempo tan familiar. Era Little Richard. Para mí constituyó el nacimiento del rock and roll.
Vivimos un tiempo en Filadelfia. A todos les gustaba cantar y bailar. Mi hermana y yo practicábamos el jitterbug. La gente cantaba a capela por las esquinas. Cuando yo tenía nueve años nos mudamos a South Jersey. Mi profesor de música adoraba la ópera. Llevaba a clase sus discos y nos hacía escuchar selecciones de Verdi y Puccini. Esa música me sedujo y me conmovió especialmente Maria Callas. Su intensidad emocional. Cómo parecía extraer algo de cada fibra de su ser para crear un susurro. Sus arias se elevaban del tocadiscos, sobre todo mi favorita, la popular canción de ópera «Un bel dì». Durante un tiempo soñé que era cantante de ópera, pero no tenía la vocación, la disciplina ni el cuerpo necesarios. Mi profesor, percibiendo mi deseo, me puso una tarea maravillosa. Como Manrico, yo cantaba la nana de Il trovatore, de Verdi. Por un instante fui capaz de sentir el efusivo amor del trovador hacia su hogar en las montañas.
Soñé que era cantante de jazz como June Christie y Chris Connor. Que abordaba las canciones con la carga letárgica de Billie Holiday. Que defendía a los oprimidos como «Pirate Jenny», de Lotte Lenya. Pero nunca soñé que cantaría en una banda de rock and roll. Todavía tenían que irrumpir en mi mundo. Aunque mi mundo estaba cambiando rápidamente.
Tuve el privilegio de crecer en un inspirado período de revolución espiritual y cultural. Y la música era la revolución donde todos teníamos una voz y a través de esa voz nos unimos. Nuestros campos de batalla fueron Ohio, Chicago, el Fillmore. Dimos un nuevo significado a la palabra «soldado». En lugar de una metralleta llevábamos una guitarra eléctrica colgada al hombro.
Escapé de los confines de una existencia rural. Adiós a la fábrica, al salón de baile de cuadrilla, a los huertos agostados. Me dirigí a Nueva York. Tenía en mente ser pintora y a través de esa búsqueda descubrí mi ritmo y la raíz de mi voz. De pie ante grandes hojas de papel clavadas en la pared, me sentía frustrada con la imagen; había dibujado palabras, ritmos que se escapaban de la página al yeso. Componer canciones derivó del acto físico de dibujar palabras. Más tarde el refinamiento de ese proceso llevaría a la interpretación.
En 1969 me instalé en el Chelsea Hotel con Robert Mapplethorpe. A esas alturas había renunciado a ser pintora. Me ofrecieron trabajo en un teatro underground. Lo encontré demasiado restrictivo. Yo anhelaba discutir con la gente, mantener contacto. Robert me animó a interpretar mi poesía. Asistí a recitales, pero me parecieron aún más restrictivos que el teatro. Bob Neuwirth me sugirió que pusiera música a mi estilo lírico y Sam Shepard utilizó dos de mis piezas en su obra de teatro Mad Dog Blues.
El 10 de febrero de 1971 di mi primer recital de poesía, actuando como telonera de Gerard Malanga en Saint Mark’s Church del Bowery. Impulsada por mi deseo de proyectar pura energía recluté a Lenny Kaye. El recital culminó con él imitando con la guitarra eléctrica una carrera de coches mientras yo leía «Ballad of a Bad Boy». Al parecer tuvo un efecto negativo. Lo tomé como una señal positiva.
En los años siguientes me dediqué a estudiar a Hank Williams, me compré el cancionero de Bob Dylan, aporreé una vieja Gibson de los años treinta. Trabajé en una librería. Dibujé. Posé para Robert. Garabateé en mis cuadernos. Deambulé entre los despojos de los años sesenta. Tanta alegría y al mismo tiempo descontento. Tantas voces alzadas y a continuación apagadas. El legado de mi generación parecía estar en peligro.
Eso era lo que ocupaba mi mente: la trayectoria del artista, la trayectoria de la libertad redefinida, la recreación del espacio, el surgimiento de nuevas voces.


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