martes, 21 de febrero de 2017

Antonio Muñoz Molina / Días de Bellow


Saul Bellow

Días de Bellow
16 de agosto de 2016

Sin proponérmelo mucho me he encontrado leyendo de nuevo a Saul Bellow en las siestas de agosto, en las noches en que el calor y el trastorno de un viaje muy largo ahuyentan el sueño. No es que haya decidido volver a él por un motivo especial, sino que sus libros forman parte de mi paisaje más cercano, de modo que encuentro uno en el cajón de una mesa de noche que no he abierto en varios meses y empiezo a leerlo o lo abro al azar por la mitad y ya no me resigno a dejarlo, o encuentro en una librería una edición nueva y tentadora que me devuelve la ilusión del descubrimiento, o simplemente veo uno de sus títulos alineados en la estantería y la mano se va hacia el lomo del libro con esa naturalidad con que nos gusta tocar las cosas que nunca nos defraudan, un lápiz, una copa de vino, un cierto cuaderno. Penguin ha sacado una edición austera y exquisita de los libros de Bellow, lo cual es un buen pretexto para descartar aquellos volúmenes de portadas atroces de los años ochenta, los primeros que yo leí. Pero a la hora de la verdad no me decido a desprenderme de ellos, aunque el papel era de muy mala calidad y se ha puesto quebradizo y amarillo, y las ilustraciones de las portadas se han vuelto todavía más chillonas con el paso de los años. De modo que ahora tengo el Herzog feo y maltratado que leí por primera vez hará unos quince años junto al impecable que compré la semana pasada, y es como si a la materia inalterada de la novela se agregara mi vida de lector, la vida misma que ha ido transcurriendo mientras yo leía y releía este libro, familiarizándome más con él a medida que iba conociendo mejor el idioma en el que está escrito y los lugares en los que sucede, el habla y hasta la apariencia física de los tipos humanos que retrata.


El vértigo de inmediata y trastornada verdad que tiene el ir dando tumbos de un lado a otro de Moses Herzog procede en gran parte de la experiencia cruda de su autor
La novela se me multiplica igual que sus lecturas, volviendo simultáneo lo que me ha sucedido a lo largo de los años, haciendo visible la cualidad acumulativa del gusto de leer

Con algunas novelas le pasa a uno como con la mejor poesía, que no puede darlas nunca por leídas, que son nuevas cada vez y van haciéndose más hondas según la propia vida se va colmando de experiencia, o según el paso del tiempo nos va dejando un grado inevitable de sabiduría. Saul Bellow publicó Herzog cuando tenía 49 años. Yo era bastante más joven las primeras veces que leía la novela. Esta vez pienso, inopinadamente, que ya soy mayor que Bellow cuando la estaba escribiendo, y eso me produce una sensación equívoca. Herzog, como casi toda su literatura, es una confesión personal muy tenuemente disimulada, la crónica de una de sus múltiples rupturas matrimoniales, más dolorosa o más vergonzante para él porque su mujer había estado engañándolo con uno de sus mejores amigos. Familiares, amantes, esposas, abogados, se reconocían sin dificultad y muchas veces con extrema irritación en las novelas de Bellow. El vértigo de inmediata y trastornada verdad que tiene el ir dando tumbos de un lado a otro de Moses Herzog procede en gran parte de la experiencia cruda de su autor, de la desenvoltura y el descaro a los que se abandona un novelista cuando encuentra la manera de contar convertida en ficción una parte sombría y todavía palpitante de su propia vida, ahorrándose por igual la tentación del decoro y la del narcisismo, tan propias de la escritura de memorias.
Moses Herzog se parece a Saul Bellow tanto como cualquiera de los protagonistas de sus novelas y se alimenta como un parásito saludable de las desventuras conyugales, la memoria sentimental y las divagaciones filosóficas de su autor, pero eso no mengua su soberanía de héroe de la literatura, miembro del linaje espléndido de los divagadores errantes y más bien alucinados, ansiosos por sumergirse en el mundo real y por escaparse de él, braceando como don Quijote contra fantasmas y molinos de viento, persiguiendo quimeras. Como todos ellos, Herzog, un hombre trastornado que da en la rareza de escribir cartas de manera incesante, cartas imaginarias a los vivos y a los muertos, a personajes célebres y a gente desconocida, existe en virtud de un acto primordial de invención verbal que se nos impone desde la primera línea: If I am out of my mind, it's all right with me, thought Moses Herzog.
Traducir es siempre muy difícil, incluso cuando parece fácil. Abro la edición de Herzog recién publicada en España por Galaxia Gutenberg y encuentro el arranque que le ha dado Vicente Campos: Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer, pensó Moses Herzog. El feo coloquialismo de la cabra probablemente no era necesario, pero a partir de ahí la traducción fluye con una briosa naturalidad que por fin hace justicia en español al estilo de Bellow, tan maltratado casi siempre en nuestro idioma. Traducir a Bellow es dificilísimo: en la misma frase puede ir de la divagación abstracta al habla callejera, incluir una alusión literaria o una referencia a hechos políticos del momento, a una comida, a un pormenor topográfico. Entre su lengua y su mundo hay una correspondencia exacta: son la lengua y el mundo de esos personajes judíos que viven enraizados en una cultura material a la vez muy americana y muy centroeuropea, entre el inglés y el yiddish,entre sus orígenes en los barrios de emigrantes y sus ambiciones intelectuales o de ascenso social. Philip Roth es bastante más fácil de traducir, porque las vidas que retrata ya son plenamente americanas. Herzog, yendo de un sitio a otro, redactando cartas mentales que no envía y ni siquiera llega a escribir, es un hombre sin sosiego, perdido entre el pasado que ya no existe y el presente en el que no acaba de encontrar su lugar. Si traducir es, sobre todo, leer con un grado máximo de atención, leer tan hondamente que se acaba escribiendo en el propio idioma lo leído en el otro, Vicente Campos ha sido un lector heroico de una novela indomable, un lector pionero que despeja a otros el camino hasta ahora tan ingrato de la lectura de Saul Bellow en español. Alguna vez se despista, y hace que un personaje madrugador desayune improbablemente "aros de cebolla y vino de Nueva Escocia", en vez del pan de cebolla (onion rolls) y el salmón ahumado (Nova Scotia) tan comunes en los restaurantes judíos de Nueva York, los viejos diners ahora casi perdidos, frecuentes todavía en los tiempos de Herzog.
Pero la prosa transmite el denso ritmo vital de la escritura de Bellow, y el libro en sí es una delicia para la mirada y para las manos, con su letra clara, su tapa dura, su papel digno, su portada espléndida, con una fotografía de figuras anónimas apresurándose por Grand Central Station: cualquiera de ellas podría ser Moses Herzog. Así que ahora la novela se me multiplica físicamente igual que sus lecturas, volviendo simultáneo lo que me ha sucedido a lo largo de los años, haciendo visible la cualidad acumulativa del gusto de leer, la riqueza de capas sedimentarias que un solo libro puede ir dejando en nosotros. Los días de Bellow son los de mi propia vida.
* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de agosto de 2008

EL PAÍS

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