Marlon Brando y María Schenider, los protagonistas de ‘El último tango en París’ (1972), película de Bernardo Bertolucci, que causó gran polémica por la violencia sexual y los desnudos. (Foto: Getty Images)martes, 26 de diciembre de 2017
Marlon Brando / El último tango en París
Marlon Brando y María Schenider, los protagonistas de ‘El último tango en París’ (1972), película de Bernardo Bertolucci, que causó gran polémica por la violencia sexual y los desnudos. (Foto: Getty Images)lunes, 25 de diciembre de 2017
Manuel Bandeira / Arte de amar
Si quieres sentir la felicidad de amar, olvida tu alma.
El alma es lo que estropea el amor.
Sólo en Dios puede encontrar satisfacción.
No en otra alma.
Sólo en Dios - o fuera del mundo.
Las almas no pueden comunicarse.
Deja que tu cuerpo se entienda con otro cuerpo.
Porque los cuerpos se entienden, pero las almas no.
Las catacumbas / Túnel del terror en las entrañas de París
Túnel del terror en las entrañas de París
Las catacumbas de la capital francesa constituyen una red subterránea de 250 kilómetros que ha inspirado desde clásicos de la literatura hasta el más reciente cine de género.
ÁLEX VICENTE
París 4 OCT 2014 - 17:03 COT

Se les suele distinguir de lejos, formando una cola kilométrica y esperando mucho más de lo razonable para descender hasta una cripta donde se encontrarán cara a cara con sus mayores miedos. Hay quien ve en ellos la máxima ilustración del masoquismo contemporáneo. Decenas de turistas se amontonan cada día en la entrada de las catacumbas de la Place de Denfert-Rochereau, que en su día separaba a París de la periferia, para adentrarse en las entrañas de la ciudad, donde reposan cerca de siete millones de personas.
Una traducción para sacar a Dumas del purgatorio
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| Alejandro Dumas, 1855 |
Una traducción
para sacar a Dumas del purgatorio
Una nueva edición de ‘El conde de Montecristo’ revaloriza la novela
Madrid 23 DIC 2017 - 15:01 COT
Edmond Dantès se pasó 13 años en una prisión del castillo de If, condenado por un delito que no cometió y engañado por quienes consideraba sus amigos. Y más de un siglo estuvo El conde de Montecristo, la novela en la que este personaje desarrolla sus aventuras, escrita por Alejandro Dumas en 1844, condenada al ostracismo del folletín. No entró en la famosa Pléiade hasta los años sesenta del siglo XX y no tuvo su primera edición en esta colección hasta 1981. Tampoco le ayudaron las reediciones, ya que la primera realmente completa y que más se atiene al original fue realizada por el especialista en Dumas, Claude Schopp, en 1993. La traducción italiana rigurosa no llegaría hasta 2014 elaborada por Margherita Botto. Y la española acaba ahora de ver la luz de la mano del traductor José Ramón Monreal y la editorial Navona. Demasiado tiempo para una de las novelas más universales del canon occidental.
domingo, 24 de diciembre de 2017
Javier Marías / Berta Isla / Reseña

Odisea de un espía moderno
Los mejores
libros de 2017
Berta isla,
de Javier Marías
Débora Vásquez
24 de diciembre de 2017
Javier Marías (Madrid, 1951), el articulista, no es el mismo Marías que escribe ficción. El de las columnas de El País es prácticamente un personaje de Thomas Bernhard, solo contra el mundo, incorrecto, como sólo pueden serlo los verdaderos honestos, y un denunciador serial contra el feminismo reaccionario, la kermés separatista de Cataluña, la jibarización de la inteligencia en la era de la selfie, el boom de las series norteamericanas, el dudoso anhelo de querer pertenecer a una minoría oprimida. El otro, el escritor, es más reflexivo, menos irritable, más vulnerable y argumentativo y, sin embargo, cosecha los mismos enemigos. Porque los detractores no respetan los campos de batalla y los odios trascienden los géneros literarios. Por eso, ante el anuncio de la publicación de cada nuevo libro del escritor español, ya se esparce la maledicencia de los murmuradores, los envidiosos, que desde las sombras, como las fatídicas brujas de Macbeth, no cesan de augurar la caída en desgracia de su pluma: “Dicen que esta novela es un fiasco. Es peor que la anterior”.
Sin embargo, las malas lenguas no han podido torcer el destino del caballero español, porque Marías ha tomado hasta ahora el recaudo de ser siempre igual a sí mismo. Para sus lectores, empezar un libro suyo –y Berta Isla, su novela más reciente, no es la excepción– tiene algo de déjà-vu. Uno siente que estuvo ahí antes, en ese universo paralelo en donde los dons pasean los faldones de sus togas, asisten a high tables y conversan con fellows, en ese paisaje sembrado de colleges que, por momentos, nos hace sentir en una novela del siglo pasado o de ciencia ficción, porque Oxford, esa ciudad en la que transcurre ésta y tantas otras de sus historias, es ciertamente “un lugar desterrado del universo”.
Pero el sello de Marías va más allá de una ubicación geográfica. Es una sintaxis en espiral de frases que giran alrededor de un pensamiento hasta marearlo. Es el ritmo de una prosa que parece haber sido escrita para ser leída en voz alta. Son los diálogos que, de tan bien articulados, de tan ávidos de llegar a las últimas consecuencias de una argumentación, resultan casi actuados por los personajes que los enuncian, bellos e inteligentes todos, como salidos de un linaje hessiano de elegidos, y bendecidos además con algún don. En este caso, por ejemplo, la extraordinaria habilidad para imitar acentos extranjeros de Tomás Nevinson, el marido de la Berta del título.
En Berta Isla Marías explora el tema del hombre que vuelve a su hogar, su patria, después de un largo alejamiento. Imposible asegurar si la razón de la ausencia tuvo que ver con una guerra (¿la de Malvinas?) porque lo que los servicios secretos británicos le encargan a Tomás Nevinson luego de reclutarlo nunca se revela. No es ésta una novela de espías convencional. Es una novela sobre lo que hacen los espías cuando no ofician de topos, en sus francos, sus tiempos muertos. Y, ante todo, es una novela sobre la mujer que comparte la vida con ese impostor, la mujer que está sola y espera, la que imagina las miles de posibilidades del otro que no regresa. El subtexto más evidente es el de La Odisea de Homero, una odisea moderna vista desde el punto de vista de una Penélope madrileña, que vendría a ser Berta Isla.
Pero hablar de un único subtexto en Marías sería injusto. También están El coronel Chabert de Balzac y La mujer de Martin Guerre, de Janet Lewis, dos tramas inversamente proporcionales: la del hombre que vuelve de la guerra y no es reconocido y la del que adopta una identidad falsa y es tomado por verdadero. En ese cubo de Rubik de revenants encaja la novela, que nunca escatima en cadáveres, imaginarios o no. No es exagerado decir que a los personajes de Marías siempre les sale al cruce un muerto. Y a partir de entonces cambian las reglas de juego, se activan las culpas y los enroques morales.
Acaso sean las secuelas de los versos desperdigados de T. S. Eliot, la insistencia sobre un célebre fragmento del Enrique V de Shakespeare, o esa manía de ralentizar ciertas escenas, agregándole planos imposibles a un mismo movimiento; lo cierto es que las maniobras de distracción de Marías son infalibles y al terminar de leer Berta Isla el lector no puede dejar de preguntarse cómo es que nos hizo caer una vez más en la misma trampa, cómo es que no supo ver lo que siempre estuvo ahí.
Wisława Szymborska / Prospecto
Wisława Szymborska
Funciono en casa,
Soy eficaz en la oficina,
me siento en los exámenes,
Comparezco ante los tribunales,
pego cuidadosamente las tazas rotas:
sólo tienes que tomarme,
disolverme bajo la lengua,
tragarme,
sólo tienes que beber un poco de agua.
cómo sobrellevar una mala noticia,
disminuir la injusticia,
iluminar la ausencia de Dios,
escoger un sombrero de luto que quede bien con una cara.
A qué esperas,
confía en la piedad química.
deberías sentar la cabeza de algún modo.
¿Quién ha dicho
que la vida hay que vivirla arriesgadamente?
lo cubriré de sueño,
me estarás agradecido (agradecida)
por haber caído de pies.
No habrá más comprador.
Paul Celan / Salmo
Ya nadie nos moldea con tierra y con arcilla,
ya nadie con su hálito despierta nuestro polvo.
Nadie.
Queremos por tu amor
florecer
contra
ti.
fuimos, somos, seremos,
floreciendo:
rosa de
nada, de nadie.
el pistilo almalúcido,
cielo desierto el estambre,
la corola roja
de la palabra purpúrea que cantamos
sobre
la espina.
Juan José Millás / “Solo somos herramientas del lenguaje, no sus dueños”
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| Juan José Millás fotografiado en su estudio de Madrid. Foto de BERNARDO PÉREZ |
“Solo somos herramientas del lenguaje, no sus dueños”
La muerte digna es uno de los temas de su nueva novela, de próxima pubicación, ‘La mujer loca'
JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
Madrid 8 MAR 2014 - 19:53 COT
Las historias de Juan José Millás (Valencia, 1946) están tan llenas de personajes desdoblados que es imposible entrar en su casa sin verlo todo doble. El portero automático tiene dos botones —casa y estudio— y el estudio, dos habitaciones. Las dos están forradas, pavimentadas de libros. Le gustaría deshacerse de algunos, pero las bibliotecas no los quieren, "que es como si los bancos no quisieran dinero", dice. Del que no se deshará es del poemario de Louise Glück que corona el montón más próximo al sillón de leer. “Es fascinante”, explica. La estadounidense es, como todos los poetas según Millás, una escritora Porqueno. Lo dice aplicando a la literatura la división acuñada por uno de los personajes de su nueva novela, La mujer loca, que Seix Barral publica la semana que viene. Según esa división, hay gente Porquesí y gente Porqueno, depende de su facilidad para adaptarse a las convenciones. Para poner una ferretería hay que ser Porquesí. Para escribir poesía, Porqueno. ¿Y qué es Millás? “He intentado ser un escritor Porqueno”, responde, “pero no siempre lo he conseguido. Tal vez en esta novela me he enfrentado con más valentía a las convenciones. No saber que va a pasar en la página siguiente es un acicate para seguir escribiendo. En toda novela debe haber algo de asociación libre, aunque sabemos que no hay nada menos libre que la libre asociación”.
De lo primero que se quita la gente en épocas de crisis es del marisco y de la filología”
La protagonista de La mujer loca es una muchacha que estudia lengua por las noches mientras trabaja de día en la pescadería de un hipermercado porque está enamorada de su jefe, filólogo reconvertido: “De lo primero que se quita la gente en épocas de crisis es del marisco y de la filología”. La idea de que un filólogo es un agente secreto de la gramática mientras un escritor es su víctima es solo parte de su extrema relación con las palabras. El padre de la criatura comparte esa teoría: “Somos una herramienta del lenguaje, no sus dueños. La historia de la ciencia se podría contar en función de nuestras percepciones erróneas. Ves una puesta de sol y es evidente que es el sol el que se pone, no la tierra la que se mueve. Sales a caminar al campo y es evidente que la tierra es plana. La lucha del ser humano contra su percepción ha sido brutal. Y uno de esos errores de percepción es la idea de que somos los dueños del lenguaje. Cuando un niño aprende a hablar decimos que va conquistando el lenguaje, y es justo al revés: el lenguaje lo va colonizando. Es un colono cruel porque en cuanto se mete en tu cabeza empiezan a aparecer los lugares comunes”. ¿Y qué hace un escritor con semejante hallazgo? “Pactar con ese colono. No hay que enfrentarse a él totalmente porque terminas volviéndote loco y escribiendo el Finnegans Wake, que es intransitivo. Un escritor debe moverse entre lo previsible y lo intransitivo".
La lucha del ser humano contra su percepción ha sido brutal. Y uno de esos errores de percepción es la idea de que somos los dueños del lenguaje"
Para demostrar el poder de las palabras, el autor de El orden alfabético pone el foco sobre esa “moneda corriente” que son las frases hechas. Regalo envenenado, por ejemplo. “Es ese recurso del arte pop que consiste en sacar algo de contexto. Una expresión aislada te puede poner los pelos de punta”. Que la lengua tenga vida propia puede ser un motor para un novelista pero un freno para un periodista. Millás es las dos cosas, y como su protagonista analiza la diferencia entre sexo (físico) y género (gramatical), una pregunta coloniza la charla: ¿es sexista el lenguaje? “Los académicos dicen que no, pero es imposible que una sociedad patriarcal haya elaborado un lenguaje no sexista. Piensa en la definición del [diccionario] Casares para muela del juicio: ‘la que sale en la edad viril’, como si las mujeres no tuvieran”. Según Millás, criticar fórmulas como los vascos y las vascas es caricaturizar un problema real: “Desde que las mujeres tienen más visibilidad hay un malestar en el lenguaje que antes no existía. Cuando escribo me veo ante conflictos que hace veinte años no tenía”.
MALDITA REALIDAD
La necesidad de resolver conflictos nuevos ha llevado al escritor a introducirse en su propia novela como personaje y autor de un "Diario de la vejez de Millás, un ser desdoblado en novelista y periodista al que todos quieren poner en su sitio. Así, el pescadero filólogo reconoce no haber leído ningún libro suyo porque prefiere los artículos. “Gustas mucho a las mujeres”, le dice. "Y a los buzos", responde el escritor. El Millás de carne y hueso reconoce que también le pasa: “Parece que está mal visto hacer dos cosas a la vez”.
Pocas veces como en La mujer loca han estado tan cerca el reportero y el novelista. Su protagonista, Julia, vive en la habitación que le alquila un hombre consagrado a cuidar de su mujer, a la que una enfermedad irreversible ha abocado a pedir la eutanasia. El Millás imaginario entra en el libro porque el Millás real publicó el 5 de diciembre de 2010 un reportaje en El País Semanal que relataba la muerte de Carlos Santos Velicia, un hombre de 66 años aquejado de un tumor incurable que se instaló en un hotel de Madrid para quitarse la vida. El escritor pasó la víspera con él.
Desde que las mujeres tienen más visibilidad hay un malestar en el lenguaje que antes no existía. Cuando escribo me veo ante conflictos que hace veinte años no tenía”
Pese a haber escrito 16 novelas y cientos de páginas de periódico, Juan José Millás dice que no se ha repuesto de aquello: “Es el reportaje más duro que he hecho. Con las personas vivas sobre las que he escrito no tengo ninguna relación, y con este, que está muerto, mucha”. Santos se tomó el cóctel autoliberador en compañía de dos voluntarios de la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD), de la que es socio el propio novelista: “Yo no tuve valor para estar”, dice este. “Me pidió más o menos que estuviera y no tuve valor. Se murió a mediodía, como a las dos, después los voluntarios se fueron. A primera hora del día siguiente, los de DMD avisaron para que la camarera no se encontrara con el susto. Desde las dos hasta que llamaron, solo cuatro o cinco personas sabíamos que en un hotel había una persona muerta. Eso me produjo una turbación enorme. Esa tarde fui a EL PAÍS a hacer un chat y no podía quitarme de la cabeza que yo era uno de los que lo sabía. No me he repuesto. Sigue ahí, como un nudo que no he conseguido deshacer”.






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