jueves, 30 de enero de 2014

José Emilio Pacheco / Abrir caminos en la selva

José Emilio Pacheco
Casa de La Moneda
Santiago de Chile, 2004
Foto de Cristina Larraín
Pacheco: Abrir caminos en la selva

La poesía de José Emilio Pacheco es impecable, tallada con la materia de las palabras duraderas



    Pacheco, junto a la reina Sofía, el día de la entrega del premio Cervantes en 2010. / ULY MARTÍN
    Quienes contemplamos la escritura desde la atalaya de la edad sabemos muy bien que una cosa es la creación literaria y otra el mundo literario. Sin embargo, a veces, como un milagro que da alegría, ambas visiones se funden intensamente y entonces nuestro gozo es mucho, abandonamos el pesimismo y damos por bien utilizada la vida que plenamente hemos dedicado a la literatura. Ésta es la primera idea que me viene a la cabeza cuando me comunican la muerte del poeta mexicano José Emilio Pacheco, pues esa fusión ideal entre obra y vida se dio durante mi último encuentro con este poeta en la Feria del Libro de Guadalajara de 2011, en México, cuando él presentó la edición de mi Obra poética completa.
    Confluyeron muchas sintonías vivenciales en aquel acto, pero sobre todo la de ver la gran sala llena de público, que yo pensaba que se debía, claro, a la presencia de José Emilio y no a mi libro. Nada nuevo, por otra parte, si tenemos en cuenta el respeto y el fervor que en América se tienen hacia la poesía y los poetas. Poesía y vida, por tanto, en plenitud, fundidas, como debe ser, y aunque él hubiese llegado a la sala sentado en una silla de ruedas, señal de que su salud no iba bien. Pero enseguida se puso de pie y la presencia de su esposa Cristina, muy popular periodista y escritora, y de su hija Laura Emilia afervoraron el ambiente.
    La segunda idea que viene a mi cabeza, tras su muerte, es más sustancial y menos personal. Me refiero a que a la poesía de José Emilio Pacheco le estuvo destinada la difícil tarea (y el don) de abrir nuevos caminos en la rica “selva” de la poesía latinoamericana del siglo XX, repleta de grandes maestros, y no pocos de ellos de México (López Velarde, Gorostiza, Efraín Huerta, Paz, Sabines, por citar sólo las corrientes más fértiles). ¿Cómo abrir, pues, nuevos caminos después de ellos?
    Lo cierto es que la poesía en español que nos llega de América sigue siendo llamativa y de un alto “voltaje” expresivo, incluso la de los más jóvenes; pero a Pacheco le tocó abordar el reto de vivificarla en la encrucijada de la década de los 50, en un libro como Los elementos de la noche o, luego, con El reposo del fuego. Su arte poética descrita ya en aquel tiempo en solo dos versos (“Tenemos una sola cosa que describir:/este mundo)” recuerda la sentencia del poeta sufí, aquella de que el mundo es una realidad absoluta y no local o sectaria.
    De ahí la carga intelectual, culta, que ya entonces aportó a sus poemas, el anecdotario universalista de éstos, pero también ese lenguaje enriquecido, tan propio de aquellos países, que tiene siempre presente a la naturaleza como maestra (en su caso con la presencia notable y sabia de los animales). La suya es, sobre todo, una poesía burilada, de ejemplar concisión, pero no hay que olvidar esa riqueza verbal, nacida del ingenio no de la mera retórica, que al final expresará incluso mediante el poema en prosa (La arena errante).
    “Escribir es tarea de Sísifo. No hay obras acabadas, sólo obras abandonadas”, escribió en una nota que él puso a uno de sus libros (Tarde o temprano, Fondo de Cultura Económica, 2004); volumen que él me regaló durante una de sus varias estancias en Salamanca, ciudad donde era y es muy querido. Su poesía, pues, como un gran reto superado. Impecable, concreta, tallada con la materia de las palabras duraderas. Esas que nunca se olvidan, pues nos hacen sentir y pensar. Y siempre con la emoción contenida, inteligente.
    Cuatro poemas:
    • Tacubaya, 1949, (de Irás y no volverás).
    • Fin de siglo (de Desde entonces, II).
    • Las dos primeras estrofas y la última del poema 'Caín', (de Miro la tierra).
    • Rubén Darío en el burdel (de La arena errante).
    Antonio Colinas es poeta.

    José Emilio Pacheco / La poesía del Tiempo


    José Emilio Pacheco: la poesía del Tiempo

    Una mirada analítica sobre la creación de José Emilio Pacheco

    Un autor que investiga y hace historia sin perder la tensión lírica y un agudo sentido de la responsabilidad civil




    José Emilio Pacheco. / AFP


    1. “Escribir es vivir en cierto modo”
    José Emilio Pacheco nació en Ciudad de México el 30 de junio de 1939 y  murió enla misma ciudad el 26 de enero de 2014. En afortunada síntesis, el crítico mexicano Adolfo Castañón escribió que “Pacheco encarna ejemplarmente entre nosotros a esa especie, acaso en extinción que es la del hombre de letras, la del virtuoso polígrafo que cultiva el poema, trama novelas y cuentos, elabora traducciones, practica la crónica y el ensayo, investiga y hace historia sin nunca perder la tensión lírica y un agudo sentido de la responsabilidad civil, que infunde toda su obra, y en particular su poesía, un filo crítico y autocrítico que lo hace entrañable y le abre las puertas de la gratitud al dar voz a los que no la tienen" .
    Como narrador, fue autor de cuentos y novelas, entre ellas la muchas veces editada Las batallas del desierto, una hermosa novela de iniciación. Su labor crítica se desarrolló por decenios en una obra en marcha que él no permitió editar como libro, la célebre secciónInventario del semanario Proceso, que mezcla reseñas con memorias, traducciones con notas sobre clásicos mexicanos y universales, en fin, una obra múltiple que llega a incluir ficciones y fragmentos de obras de teatro. Su trabajo de traductor incluye versiones de los Cuatro cuartetosde Eliot, De profundis de Oscar Wilde, Cómo es de Beckett, Un Tranvía llamado deseo de Tennessee Williams y Vidas imaginarias de Marcel Schwob. Su labor de crítico incluyó la ejemplar Antología del modernismo y en la edición y estudio preliminar de El cerco de Numancia de Cervantes.

    Siempre corregía, inlcuso lo publicado, inconforme siempre con la última versión, nunca definitiva, en una actitud que revela una profunda humildad ante el texto y un sentido de obra en marcha, inconclusa y perfectible
    Pero la parte central de su obra, la que lo convierte en “poeta y escritor”, según la contradictoria y ya establecida fórmula de las enciclopedias que divide el oficio entre el género y una de sus especies, es su trabajo poético, que se ha reunido completo en tres ocasiones, una en 1980, otra en el año 2000, con el título de Tarde o temprano que luego en 2010 fue ampliada, y que incluye más de doce volúmenes que cambian cada vez que se reeditan debido a la costumbre que tenía de excluir poemas y de corregir cada vez los ya publicados, inconforme siempre con la última versión, nunca definitiva, en una actitud que revela una profunda humildad ante el texto y un sentido de obra en marcha, inconclusa y perfectible.
    Su trabajo poético le valió un reconocimiento creciente y varias distinciones consagratorias entre los que enumero, además de los premios Cervantes y Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, varios que tienen el denominador común de su importancia y de llevar el nombre de poetas: premio José Asunción Silva (Bogotá, 1996), Octavio Paz (México, 2003), Ramón López Velarde (Zacatecas, 2003), Pablo Neruda (Santiago de Chile, 2004), Alfonso Reyes (Monterrey, 2004) y Federico García Lorca (Granada, 2005).
    2. “El tiempo que destruye todas las cosas”
    El tema más notorio en la poesía de Pacheco es el tiempo. Sus críticos han resaltado y sus lectores lo notan de entrada. Los mismos títulos de sus libros apuntan a este asunto central. Baste recordar que las compilaciones de su poesía reunida se llama Tarde o temprano y tiene libros titulados No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Desde entonces y Siglo pasado.
    La obra toda de José Emilio Pacheco está dominada por un pesimismo irredimible, por una conciencia de la destrucción. Oigamos un poema deIrás y no volverás titulado Contraelegía:
    Mi único tema es lo que ya no está.
    Sólo parezco hablar de lo perdido.
    Mi punzante estribillo es nunca más.
    Y sin embargo amo este cambio perpetuo,
    este variar segundo tras segundo,
    porque sin él lo que llamamos vida
    sería de piedra.
    Esta conciencia del daño que el tiempo hace a todo incluye también al poeta, a la conciencia del poeta, a su desolado conformismo. Dice en un breve poema de Desde entonces titulado Antiguos compañeros se reúnen:
    Ya somos todo aquello
    contra lo que luchábamos a los veinte años.
    Aquí se ve cómo uno de los grandes talentos de Pacheco era el poema corto. No tiene desperdicio. Es afilado, agudo, penetrante, redondo y todo eso lo convierte en memorable.
    3. “Ha sido la realidad lo que ha pasado”
    Hay otra constante en José Emilio Pacheco, otra constante inscrita en el tiempo que todo lo abarca y lo destroza: su crítica de los poderes, su permanente e insoslayado enfrentamiento con la violencia del poderoso, con la máquina de guerra del que mande. La historia es una sucesión de atropellos y de asesinatos. En Fray Antonio de Guevara reflexiona mientras espera a Carlos V dice el poeta:
    Vamos de guerra en guerra. Todo el oro
    de Indias se consume en hacer daño.
    La espada
    incendia el Nuevo Mundo.
    La cruz
    sólo es pretexto para la codicia.
    La fe
    un torpe ardid para sembrar la infamia.
    4. “Especies en peligro (y otras víctimas)”
    La antología titulada La fábula del tiempo, publicada en 2005 por Ediciones Era y preparada por un muy apreciable poeta mexicano, Jorge Fernández Campos, él dice:“tal vez José Emilio Pacheco en esencia es un gran fabulista” y no en vano lo dice, pues escrito en su “tema de temas”, el tiempo, a lo largo de todos sus libros aparece en reino animal, hasta el punto de que otro poeta mexicano hizo una selección temática de poemas de Pacheco: pájaros, peces, ballenas, hormigas, zopilotes, langostas, hormigas, moscas, caballos, cerdos, monos, halcones, ratones, grillos, sapos, hienas, en fin, cantidades de animales, como elCordero:
    Ocúltate en la zarza.
    Que no te atrapen. El mundo
    sólo tiene un lugar para los corderos:
    los altares del sacrificio.
    5. “La vida jamás estará escrita”
    El último poema de la compilación de Tarde o temprano del año 2000,sobre su poesía reunida, parece una coda demoledora sobre sí mismo. Se titula Despedida y dice:
    Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco.
    Pero en manera alguna pido perdón o indulgencia:
    Eso me pasa por intentar lo imposible.
    El otro hilo conductor de la poesía de José Emilio Pacheco es la poesía sobre la poesía, la autocrítica –que abarca a la persona y a los poemas-, los poemas sobre poetas, los poetas inventados, cuya obra y cuya biografía él mismo escribe. Estos últimos son Fernando Tejada y Julián Hernández. Hernández es demoledor y termina un poema, Arte poética II, enunciando una ley inexorable:
    Escribe lo que quiera.
    Di lo que se antoje:
    de todas formas vas a ser condenado.
    (*) Darío Jaramillo es poeta y narrador colombiano.


    Enrique Krauze / El humanismo literario de José Emilio Pacheco

    José Emilio Pacheco, en su casa de Ciudad de México en 2009. / CÉSAR DURIONE


    El humanismo literario de Pacheco

    Un recuerdo de la trayectoria del escritor, que además de la poesía, el relato y la novela, cultivó la crítica literaria




      “Nada altera el desastre: llena el mundo / la caudal pesadumbre de la sangre". Son las primeras líneas de El reposo del fuego, de José Emilio Pacheco. Publicado en 1966 y precedido por un epígrafe del Libro de Job, su desolación recuerda más bien al Eclesiastés. Lo extraño, sin embargo, es que este melancólico rey Salomón escribiera su libro a los 25 años, sin que a su desesperanza la hubiese precedido un atisbo siquiera del Cantar de los Cantares. “¿Qué reino abolido evoca la nostalgia?”, se preguntaba en esos mismos años el propio Pacheco, mientras publicaba su colección de cuentos —El viento distante— en los que el lector obtiene la inmediata respuesta: y la respuesta es ninguno, porque los niños y adolescentes de sus relatos eran almas torturadas por el temor y la timidez, adultos prematuros y fuera de sitio, víctimas humilladas y sometidas, deambulando en un mundo que no entienden o entienden demasiado bien.
      Cuando José Emilio comenzó a viajar, los nuevos aires lo animaron a fabular a la manera de Swift, inventar un bestiario personal, dibujar postales de ciudades, pero conforme avanzó el siglo, su siglo íntimo ahondó las vetas sombrías de su juventud y en ellas halló nuevos filones de pesadumbre, ya no sólo existenciales (el paso inclemente del tiempo, la “mala vasija” del cuerpo) sino sociales, políticos y aun ecológicos, en una poesía formalmente impecable, de una sencillez trabajada, depurada, que parecería escrita por un moderno Jeremías: “Cuando no quede un árbol, / cuando todo sea asfalto y asfixia o malpaís, / terreno pedregoso sin vida, /esta será de nuevo la capital de la muerte”. Quien busque la alegría en la poesía de José Emilio Pacheco debe buscar en otra parte. Pero esa otra parte existe e impregna todo lo que hizo. Para apreciarla, la paradójica clave está en el tiempo.
      El tiempo, el tiempo despiadado, regaló a José Emilio Pacheco (nacido en 1939 y muerto sorpresiva, dolorosamente, el domingo) la convivencia con cuatro generaciones literarias: la de José Vasconcelos y Alfonso Reyes; la de Carlos Pellicer y José Gorostiza; la de Octavio Paz y José Revueltas; y la de Carlos Fuentes, Eduardo Lizalde, Juan García Ponce, Gabriel Zaid, Alejandro Rossi, Julieta Campos, entre muchos otros.

      Quien busque la alegría en sus versos debe buscar en otra parte
      Hemingway había dicho que a mediados de siglo “París era una fiesta”. Toda proporción guardada, en la década de 1958 a 1968, México no lo era menos, y en el centro de la fiesta estaba ya el joven Pacheco haciéndose cargo de nuestra tradición literaria, no sólo por haber leído a los grandes escritores, sino por recibir de ellos la palmada en el hombro. Por si fuera poco, pulió el oficio con el orfebre Juan José Arreola, trabajó con Vicente Rojo (el artista plástico que cambió el rumbo del diseño gráfico en México) y se graduó en la universidad de la práctica con tres grandes editores: Jaime García Terrés en la Revista de la Universidad, Fernando Benítez en los sucesivos suplementos culturales de Novedades y Siempre!, y Ramón Xirau en la revista Diálogos.
      Equidistantes como en un triángulo perfecto de la casa de José Emilio en la colonia Hipódromo de la ciudad de México, vivían Alfonso Reyes y Octavio Paz. Hay otras equidistancias entre los tres humanistas. Los tres pasaron de la poesía a la prosa, los tres escribieron obras de teatro y relatos, los tres editaron revistas y publicaron visiones originales sobre la literatura nacional. Siguiendo a Reyes, José Emilio tendió puentes con el pasado clásico (sus paráfrasis de Catulo) y la tradición inglesa (su traducción de la Epístola de Oscar Wilde). Y por la senda de Paz, Pacheco tradujo haikus japoneses. En los últimos años, publicó en Letras Libres la versión definitiva y magistral de los Cuatro Cuartetos de T. S. Eliot.
      En un Diálogo de los muertos que José Emilio imaginó hace dos décadas, José Vasconcelos reclamaba a Alfonso Reyes haber sido “un especialista en generalidades, alguien que mariposea sobre todos los temas y no se compromete con ninguno. Tu obra entera es periodismo —le dice— sin duda magistral y de suprema calidad literaria, pero al fin y al cabo periodismo”. Reyes le respondía: “¿Por qué te parece mal el periodismo? Democraticé hasta donde pude el saber de los pocos... Además, Pepe, casi toda la literatura española de nuestra época es periodismo: Ortega. Unamuno, Azorín... Tú también fuiste un gran periodista”. El Reyes de Pacheco tenía razón. Muchos buenos escritores se malograron en México en espera de que los dioses los inspiraran para hacer la novela inmortal o el poema homérico, mientras desdeñaban las otras ramas del trabajo literario. No fue, por fortuna, el caso de José Emilio. Compilar antologías equiparables a las que se hacen en Oxford o Harvard, reseñar libros a conciencia, trazar rigurosas cronologías, escribir con claridad, trabajar el estilo, vigilar hasta los mínimos detalles de una edición (la tipografía, el diseño, las notas pertinentes al pie de página) eran para él empeños que hallaban satisfacción en sí mismos, obras de la pasión y del amor.

      Pulió el oficio con el orfebre Juan José Arreola y trabajó con Vicente Rojo
      Según consta en la bibliografía de Pacheco compilada por Hugo J. Verani, desde muy joven comenzó a cultivar el género del artículo sobre temas varios de literatura e historia, mexicana y universal. En su modestia y variedad estaba su grandeza. Uno no podía dejar de leerlos. En ellos se educaron los mejores críticos contemporáneos. Eran textos enciclopédicos, pero sólo en su riqueza informativa, no en su forma: experimentaban con diversos géneros, a veces construidos como relatos, otras como fábulas o sátiras. Siempre los animaba la gracia y la curiosidad. Por la sección Inventario de José Emilio en la revista Proceso, pasó, semana a semana, durante casi 40 años hasta el día de hoy, buena parte de la literatura universal, no como interpretación pedante y críptica, sino como una crónica que vincula, con emotividad y sabiduría, obras, autores y circunstancias. Su vocación de servicio cultural fue una de las más cumplidas que registra nuestra historia.
      Desde que leí su novela Morirás lejos, sentí hacia él una gratitud profunda por haber reivindicado entre nosotros, con dignidad y sutileza, la memoria del Holocausto. Me pasmó su descripción del torvo nazi, el señor M., que rondaba los parques de la colonia Condesa, donde Pacheco y yo nacimos. Por esa deuda y por mi deuda de lector y por la deuda de todos sus lectores, celebré todos sus premios (incluido el Cervantes) y nunca me pregunté —como en su poema— “cómo pasa el tiempo”, hasta que ayer el tiempo de José Emilio cesó de un golpe.
      De pronto, “la mala vasija” del cuerpo se rompió. De pronto, las sombrías premoniciones de su poesía se cumplieron. Nos queda su obra. Y para mí, y para muchos, el reino abolido de una amistad que evocará la nostalgia.




      José Emilio Pacheco / Hermano mayor


      José Emilio Pacheco

      Hermano mayor

      José Emilio Pacheco definió muy pronto su vocación literaria en cuatro senderos: la poesía, la narrativa, la crónica periodística y el oficio de traductor


      José Emilio Pacheco forma parte de una generación excepcional de escritores mexicanos que crecieron en la segunda mitad del siglo XX hasta convertirse en figuras superiores de la lengua española, como Carlos Monsiváis, Sergio Pitol, Elena Poniatowska, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, José de la Colina, Eduardo Lizalde, Vicente Leñero, Gabriel Zaid.
      Bajo la influencia de Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Augusto Monterroso, Jaime García Terrés, Juan José Arreola, Álvaro Mutis y Salvador Novo, el joven José Emilio Pacheco definió muy pronto su vocación literaria en cuatro senderos, en los que obtendría un prestigio indiscutible, que lo llevarían a ganar el Premio Cervantes en 2009: la poesía; la narrativa; la crónica periodística; y el oficio de traductor.
      La personalidad de José Emilio conjuntaba al lector culto y agudo con el conversador cálido, capaz de pasar horas en el teléfono en alguna conversación literaria o de tema histórico. Su idea de la literatura atravesaba por el conocimiento humano más profundo y por los vínculos afectivos. Era un hombre noble, caballeroso y proclive al detalle en sus pláticas.
      Fue el primero en lamentar el ocaso de la calidez telefónica que fue reemplazada por la frialdad del correo electrónico, así como antes se dolió de la pérdida de la ciudad de medio siglo atrás, cercana, afín a la caminata y al uso de los tranvías, todo aquello que aniquiló el gigantismo urbano, al grado de que terminó por evitar el contacto con la ciudad desconocida que vio crecer en torno a su propia casa-biblioteca en la orilla de la colonia Condesa.
      En su obra se halla la crítica de la deshumanización tanto como del urbicidio, la explotación, las corruptelas políticas y el desastre ecológico. Escritor progresista, estuvo siempre del lado de los desposeídos y buscó llevar el moderno-vanguardismo a su poesía y su prosa.
      Como poeta logró una insólita conjunción de sus lecturas de la poesía greco-latina, la medieval, la del Siglo de Oro, el modernismo (del que era un erudito), la generación del 27 y la poesía anglo-americana (T. S. Eliot, W. H. Auden, Dylan Thomas, Sylvia Plath), y la francesa e italiana contemporáneas. Estas influencias están presentes en libros como No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Islas a la deriva, Tarde o temprano.
      José Emilio resolvía sus temas poéticos desde la exactitud y la delicadeza a partir de un lineamiento constante: la reflexión sobre la fugacidad, la lucidez ante el transcurso temporal. Y sabía añadir la historia inmediata o el rasgo contingente contrastado con la lucidez ajena al paso del tiempo. En tal tarea, sus logros poéticos son asombrosos.
      Comprometido con las renovaciones narrativas en el ámbito novelístico, creó una obra donde brilla el logro conceptual al mismo tiempo que el enfoque histórico, que es el caso de Morirás lejos o su celebradísimaLas batallas en el desierto. El mismo impulso aparece en sus notables libros de relatos, como El principio del placer.
      Al igual que otros escritores, José Emilio aprendió el oficio de escribir mientras traducía a autores clásicos, por ejemplo, Marcel Schwob, Oscar Wilde y Samuel Beckett. Su traducción de Cuatro cuartetos de Eliot constituye un monumento de admiración y cuidado en el que demoró décadas.
      Hacia la mitad de su vida como escritor, José Emilio emprendió la escritura de crónicas periodísticas que, semana tras semana, publicó en la revista Proceso, dirigida por Julio Scherer García, en una prolongación de su tarea difusora en el suplemento México en la Cultura, que dirigió Fernando Benítez, otro de sus maestros.
      Como cualquiera puede comprobar, José Emilio nunca estableció una diferencia entre la literatura y el periodismo: la calidad de sus textos periodísticos convirtió lo ocasional en piezas perdurables en torno a la vida de escritores clásicos, de la cultura iberoamericana, de los desastres mexicanos, de las conjeturas y reiteraciones históricas. Sus saberes literarios y su destreza expositiva hacían del tino periodístico una lección magistral.
      La sencillez y modestia de José Emilio estaban lejos de ser una actitud postiza: le incomodaba de verdad cualquier signo de presunción en su persona. Este distingo de carácter contrastaba mucho con un medio en el que los desplantes, el afán protagónico, el oportunismo, la cacería de la fama a ultranza, el resentimiento y la mezquindad son cosa de todos los días.
      Los homenajes y las presentaciones públicas le costaban un esfuerzo extra, que veía compensado ante el aprecio de sus lectores, a los que consideraba interlocutores excepcionales. De allí la mezcla de admiración, afecto y simpatía que sabía concitar con sus escritos.
      Como su admirado Novo, muerto en 1974 a los 70 años edad, José Emilio se levantó de su padecimiento para escribir un artículo final en memoria de Juan Gelman, fallecido días atrás. Su presencia continuará como un don esperado cada día: el prodigio de su intempestiva reaparición en nuestra memoria y en sus libros entrañables. Hasta luego, querido José Emilio.
      Sergio González Rodríguez es escritor y ensayista.


      José Emilio Pacheco / El escritor radicalmente bueno

      José Emilio Pacheco

      El escritor radicalmente bueno

      Nunca le escuché, ni vi que pusiera por escrito, palabra que pudiera suponer injuria o venganza


      Cuando soñábamos en los escritores y leíamos a Azorín, a Unamuno y a Óscar Wilde, entre otros, pensábamos que los escritores serían sencillos y etéreos, verdaderos, y ni siquiera esos lo eran; Azorín resultó ser, más adelante, cuando supimos de él, un señor cursi que llevaba paraguas rosa cuando iba al cine; Unamuno escribía como si rompiera telarañas a bastonazos, y Oscar Wilde, por ejemplo, era un dicharachero de frases hechas. Luego descubrimos el boom, a los franceses, descubrimos a la vez a Camus y a Sartre, los pusimos juntos en la escasa estantería; después escuchamos hablar, en este último caso, de las riñas que mantuvieron, y durante decenios la disyuntiva entre los dos llenó y rellenó muchas noches de alcohol y nada.
      Los escritores se fueron haciendo a la semejanza de todos nosotros, con sus vicios y sus extrañezas, con sus egos y con sus paranoias; eran como todos nosotros, no soportaban la competencia del que tenía al lado, no se podía hablar frente a uno de ellos de la belleza de la escritura del otro, y así fuimos descubriendo la maledicencia y la venganza como materias, también, de lo que está al lado del tintero.
      Fue malo descubrir esta circunstancia, así que había que hacerse con algunas excepciones. De las que había vivas, que hay varias, una era José Emilio Pacheco, que murió la noche pasada después de un accidente que finalmente fue el accidente final de la vida. Él encarnaba, como algunos otros a los que ahora no me referiré, el escritor radical, que sólo era escritor cuando escribía, equivocándose hasta la línea final, como él mismo decía. Y cuando dejaba la pluma y salía a la calle a buscar a otros, cuando vivía para ser humano sobre todas las cosas, ya entonces José Emilio Pacheco era José Emilio, el hombre de la cara grande y a veces aniñada, un muchacho que fue joven mientras le llenó la sonrisa los ojos que él ocultaba como si los defendiera detrás de unas gafas enormes que le servían también para parapetarse como en otro.
      Jamás le escuché, fuera del papel o en el papel, decir nada que pudiera ser arrebato o lujuria vengativa contra otros, y fue tan familiar esa actitud, tan propia, que cuando la gente se refería a él en un conciliábulo, público o privado, alguien siempre decía:
      --Ah, José Emilio… José Emilio es otra cosa.
      Me gustaba su manera de ser y de caminar, de reír y de preguntar, de esperar a que el otro terminara de hablar para decir, a su vez, y tan solo a su vez, con la gallardía del humilde, la última palabra. La última palabra de José Emilio.
      Fíjense, conocí otro poeta así, pero mucho más atrabiliario, mucho más noctívago que José Emilio, más extraviado con respecto a las líneas que va marcando la calle de la vida. Se llamaba Claudio Rodríguez. Y hubo aún otro, a éste lo conocí más, pero estaba más dotado para la cólera poética, era José Hierro. Y había uno, que caminaba lentamente hacia la melancolía de la noche, y casi en silencio; era Ángel González. En La Oliva, Valencia, habita otro de esa estirpe, Francisco Brines, y en Madrid y Jerez y Sanlúcar, transita otro sabio de esa manera de ser, José Manuel Caballero Bonald.
      Ninguno de ellos, es cierto, tiene las camisas de joven que usó siempre José Emilio Pacheco, pero todos ellos han tenido, tienen, tanto que decir, todos ellos hubieran hecho una timba que José Emilio y hubieran hablado de la vida y no se hubieran entretenido en quitarle el pellejo al prójimo que cultiva, como José Emilio cultivaba, la poesía.
      Era un tipo raro, tan escritor y tan bueno, José Emilio Pacheco.





      José Emilio Pacheco / El poeta-profeta de México

      José Emilio Pacheco: el poeta-profeta de México

      José Emilio Pachec
      En el 2009, José Emilio Pacheco ganó el Premio Cervantes, el máximo galardón de las letras hispanas.

      El ganador del Premio Cervantes, en 2009, era considerado uno de los intelectuales más respetados.

      José Emilio Pacheco (1939-2014) era un poeta a la manera mexicana: un poeta-profeta cargado de ideales prácticos y positivos. La buena tradición mexicana quiere que la práctica y la poesía broten juntas, como lo demuestran sus sólidas instituciones culturales. Sin ir más lejos, El Colegio Nacional y el Palacio de Bellas Artes se ofrecieron en noble disputa para velar el cuerpo del poeta, porque son muchos los admiradores que han acudido en romería a despedirlo. Su novela breve Las batallas en el desierto (1981) goza de mucha popularidad entre los estudiantes de bachillerato y universidad, y varios poemas suyos, como Alta traición, son de culto entre la alta intelectualidad:
      “No amo a mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. Pero (aunque suene mal) daría la vida por diez lugares suyos…”
      Resulta tanto el cariño hacia su poesía, tanto el sentido de pertenencia que por él se siente en México, que en España, celosos, se derramaron en galardones para también hacerlo suyo: el Rey y la Academia le otorgaron en 2009 el Premio Cervantes y el Reina Sofía como una manera de acercarlo, de integrar al cauce común de nuestra lengua su obra literaria. Pero los homenajes son secundarios y en ocasiones acallan el tono crítico del homenajeado. No lo ignoraba Pacheco, y en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes se le cayeron deliberadamente los pantalones, sí, delante de “sus majestades reales”. Fue una protesta tranquila y espontánea de un hombre bueno contra tanta solemnidad monárquica.
      Lo cierto es que, contrario a muchos de su gremio, él no fue un poeta descuidado o irresponsable en el sentido práctico. No es inusual que en México la tarea pragmática se avenga con la poesía: Alfonso Reyes, gran poeta, sirvió en la política exterior mexicana y acogió a los intelectuales españoles de la Guerra Civil para fundar El Colegio de México, un centro de altos estudios en ciencias sociales y humanidades. A esta tradición pertenece José Emilio Pacheco. Entendió que en una sociedad tan hostil a la intelectualidad, a la nobleza del espíritu, quien se dedica a las letras vive de forma improvisada, callejera, victimizado por su propia desesperación. Por eso acogió a muchos de esos jóvenes como un apóstol. Si bien él improvisaba y callejeaba a su modo –necesario para mirar la vida sin velos–, al mismo tiempo representaba lo orgánico, lo ordenado, lo sanamente institucional.
      Ni siquiera le faltó sublevarse varias veces contra la hegemonía política del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó su país durante casi todo el siglo XX. En varios pasajes de Las batallas en el desierto (título bastante diciente) observaba que los representantes del PRI se la pasaban en cantinas y burdeles, sin otra pasión que los automóviles y las mujeres (en ese orden). Pacheco también fue afectado en algún momento por la hegemonía cultural que impuso Octavio Paz. No guardó rencores. Se adiestró en el fracaso y probó el sabor amargo de la marginación, porque el éxito constante no es un buen consejero.
      En sus ensayos y artículos periodísticos demostró la posibilidad de desplegar con un tono sencillo, comprensible para todos, la erudición y la alta cultura. Consideraba que la auténtica poesía no solo dignifica la llamada cultura de masas; también desnuda la mentira del lenguaje político al dotar la palabra de belleza y verdad. De ahí su posición de poeta-profeta. De ahí que ministrara cierto mensaje apocalíptico. Solo que a diferencia de los falsos profetas del Apocalipsis, nunca adelantó el reloj para asustar con el fin del mundo; tampoco vivió amargado o encolerizado. La amabilidad fue siempre su mayor virtud y su mejor disciplina, y en sus poemas irradió apostólicamente, como un nuevo San Juan, las revelaciones referentes en su mayor parte al fin del mundo:
      “Ahora sabemos / de nuestra inmensa capacidad destructiva”.
      Sus malquerientes le reprochaban un aire de trágica resignación, una simulada humildad, como quien quiere inspirar simpatía mediante la lástima. No lo entendían, o bien no habían leído su poema Perra en la tierra, y si lo leyeron nunca hubieran deseado identificarse con uno de esos perros sucios, cojitrancos, tuertos y condenados a muerte que, por la calles inhabitables de Ciudad de México, persiguen excitados el aroma lascivo de una perra malherida hasta mordisquearla y montarla, uno por uno en ordenada sucesión: a la perra-diosa.
      “[…] la hembra eterna que lleva / en su ajetreado lomo las galaxias, el peso / del universo que se expande sin tregua”.
      Pacheco era un religioso: más bien un místico laico, pues experimentaba misericordia por los animales, especialmente por los cerdos. “¿Existe algún animal que nos dé tanto?”, se preguntaba con Jovellanos, asumiendo la voz de un puerquito a punto de morir:
      “—Y pensar que para esto me cebaron: / Qué marranos / qué cerdos /qué cochinos”.
      Del goce y del arcano de la vida, como en los profetas bíblicos, se desbordaron sus palabras. Hace unos años hasta se atrevió a publicar en prosa una aproximación de El cantar de los cantares, donde la Sulamita y el rey Salomón legitiman el deseo mutuo y celebran la dignidad del placer.
      Hay poemas de Pacheco que suenan a salmo o canción de encantamiento. Tras su velo silábico acecha una enseñanza de la vida y alguna moraleja. En su estremecedor poema Prehistoria cuestiona el patriarcado y machismo de las religiones tradicionales. Si Adán parece vencer a Eva y negar a Lilit, al poder de la mujer, en realidad deja traslucir un gran temor: “Eva o Lilit: no lamentes mi triunfo. / Al vencerte me he derrotado”. En otro poema, Pacheco toma la voz del rey David, ya viejo, lamentándose de no poder disfrutar de la doncella más hermosa de su reino:
      “Soy el pellejo colgado / de un animal / que cazaron hace mil años. / En cambio, qué tersura / la de tu piel, Abisag. / Qué esbeltez de tu talle / y qué firmeza tus senos”.
      Pacheco, como lo sigue haciendo su esposa Cristina, luchó siempre por las conquistas institucionales que la cultura ha conseguido en México. Las compartió y las hizo extensivas a quien viniera de los otros países de esta lengua. (En Colombia, sin ir más lejos, para que un escritor sea importante –piénsese en García Márquez, Mutis o Vallejo– tiene que marcharse a México). Algo como El Colegio Nacional, albergue de la alta intelectualidad, o como el Fondo de Cultura Económica, solo existe en México. En el resto de Latinoamérica, el escritor vive en exilios interiores.
      Yo lo visité el viernes 9 de junio de 2009. Lo recuerdo como un señor alto, algo jorobado por los años, en una sala llena de libros: como un señor siempre dispuesto a ayudar a los jóvenes. El sol explotaba en las flores que le compré en gratitud a su mediación para que El Colegio Nacional me publicara La musa crítica, y explotaba también en sus ojos marrones, tocados de esquirlas cristalinas. Desde impensables distancias, a la velocidad de la luz, sospecho que cierto brillo de ese resplandor debe estar viajando en algún plano del cosmos.
      El sueño del que nunca despertó
      La escritora mexicana Cristina Pacheco, viuda del poeta fallecido el pasado domingo, a los 74 años, confirmó ayer que su marido se había golpeado la cabeza en una caída en su habitación dos días antes de su muerte, pero no quiso ir al hospital. “Por un estúpido golpe en la cabeza no voy al hospital”, le dijo Pacheco a su esposa, que no estaba en su hogar en el momento del incidente. En declaraciones a la emisora MVS, la también escritora explicó que al regresar a la casa el viernes pasado cenó con el poeta, quien se quedó dormido a una hora temprana, después de haber escrito un artículo. “Nunca despertó de ese sueño, estuvo siempre plácido, tranquilo”, detalló la viuda, que se dio cuenta de la gravedad de la situación la mañana del día siguiente, cuando le llevó un café a la cama a su esposo. Cristina
      Pacheco dijo que el deceso de su marido “es duro” para ella, a quien se le fue “en un suspiro”, una circunstancia que consideró “terrible”. “De ahora en adelante tengo que hablar en pasado de una persona que está totalmente presente en mi vida. Todo lo que yo diga de él es pasado. Pero puedo hacer algo, puedo hacerlo real conmigo y que sea un presente distinto porque no entiendo la vida sin él”, apuntó la periodista. (EFE)
      SEBASTIÁN PINEDA BUITRAGO*
      Especial para EL TIEMPO
      *Ensayista y crítico, es doctor en Literatura Hispánica de El Colegio de México y realizó el máster de Filología Hispánica en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales, en Madrid. Escribe el ‘blog’ Guía Literaria en este diario.