martes, 11 de abril de 2023

‘Thérèse e Isabelle’ / Poesía y erotismo desde el país de los meteoros

 


2274‘Thérèse e Isabelle’: poesía y erotismo desde el país de los meteoros

Autora: Violette Leduc
Año: 2015
Primera edición: 1966
Editorial: Mármara
Género: Novela corta
Valoración: Me gustó

 

Violette Leduc

Hablas de la sexualidad de la mujer como ninguna otra lo ha hecho. Con poesía, verdad y mucho más.

(Simone de Beauvoir en Violette, 2013)

Aunque hasta ahora había sido condenada al olvido injustamente —como tantas otras—, se están realizando ciertos esfuerzos por rescatar a la tempestiva Violette Leduc. Martin Provost le da vida en la gran pantalla en 2013 (Violette), ofreciéndonos así a la mujer emblemática que fue: explosiva, genuina, genial. En 2015 Mármara edita en español, bajo la traducción de Delfín G. Marcos, con algunas erratas editoriales, pero en fin, eso es mejor que nada, Thérèse e Isabelle —queridas editoras y traductoras: ¡Leduc!—. Aun así, el nombre de la autora permanece oculto inmerecidamente. Hablamos de una mujer contemporánea a Simone de Beauvoir, y avalada por esta, que se acercó en su literatura por primera vez a una serie de problemas cuyo núcleo en común es ser mujer.

Coge tu pluma. Con ella puedes cambiar las cosas. Gritar no te llevará a ninguna parte. Escribir, sí.

(Simone de Beauvoir en Violette, 2013)

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La obra de Leduc es autobiográfica en su totalidad, y en ello también consiste la importancia de su legado —la propia Beauvoir lo vio con claridad en su momento y le aconsejó/advirtió que lo mejor sería mantener una línea estrictamente autobiográfica—. Dado que la personalidad de Leduc era impulsiva y pasional, su vida ofrecía mucha tela de la que cortar, y la línea autobiográfica le bastó para abordar temas de urgencia, especialmente para los albores del feminismo en la Francia de mediados del siglo XX: lo que supone ser mujer y ser pobre —ella no tenía una habitación propia—, la imposibilidad de estudiar y de trabajar, la exploración de la sexualidad desde el sujeto-mujer, su bisexualidad, el aborto autoinducido —e ilegal—, la problemática condición de bastarda, la relación tóxica y complejísima con su madre, la cruz de no ser “guapa”. Todas estas cuestiones son relatadas, sin tapujos y con un acercamiento honesto, con una maravillosa prosa de gran riqueza léxica.

Todos los escritores aspiran a la sinceridad […] No conozco a ninguno más honesto que Violette Leduc.

(Simone de Beauvoir en Violette, 2013)

La genialidad de Leduc no solo consiste en su personalidad impredecible e intensa —no hay otra palabra para ella: intensa—, sino en su asombrosa capacidad de evitar toda autocensura. De cierta forma, su genialidad era fortuita, como sin querer, porque se limitaba a ser auténtica, sin pretensiones ni afanes de demostrar nada. Lo que leemos es lo que ella es por dentro: torbellino de emociones y reacciones.

Thérèse e Isabelle

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Algo repta en mi estómago. Tengo miedo: tengo un pulpo ahí dentro.

Thérèse e Isabelle es una novela erótica de 122 páginas sobre el primer amor entre dos adolescentes que estudian y viven en un internado. Desde la focalización de una obsesiva Thérèse, recorremos, como si estuviéramos en las propias entrañas de la narradora, su intenso despertar sexual y la maraña de emociones propia del descubrimiento del amor por primera vez. Thérèse ama y lo hace con aferro, con entrega y con furia, como una necesidad, con tristeza, con pasión infinita y desilusión frágil.

Isabelle ha dicho que ya está bien por hoy. Esta es la noche de las barricadas. Su olor me pertenece. He perdido su olor. Que me devuelvan su olor. ¿Estará durmiento? Claro que sí, estará durmiendo en la tumba que tiene por cama, saboreará el olvido en su almohada. Se ha deshecho de mí: me tiene bien atrapada. No puedo descansar sobre quien ya no existe. Tiro mi linterna, me ensaño con los barrotes del cabecero de mi cama, muerdo la pastilla de jabón, mastico el dentrífico, me araño, me mortifico.

El impulso de los sentimientos hace que Thérèse se olvide del peligro a ratos, y que a ratos se sienta vulnerable —por ser descubierta, por la siempre amenazante posible pérdida, por la inminente separación—, un despojo en potencia.

Cuando se ama siempre se está en el andén de la estación.

Un amor prohibido se tiene que mantener oculto, pero a la vez quiere desafiar al mundo y estallar en las caras de todos; en esta encrucijada, con sueños de eternidad y promesas inverosímiles —“descubríamos que éramos actrices natas”— se reúnen ambas jóvenes por la noche en silencio, desafiando cada vez a la suerte —en cualquier momento, la supervisora con el sueño ligero, una estudiante chivata, un ruido de más…—.

Hablamos. Una pena. Cosa que decimos, cosa que asesinamos. Las palabras que no medren, que no embellezcan, acabarán marchitándose en el interior de nuestros huesos.

Si leyéramos el libro de forma descontextualizada, podría parecer un fan fic de shoujo-ai lleno de fan service y extremadamente bien escrito —ojo: yo jamás diría algo así de forma despectiva. Soy consumidora de shoujo-ai desde hace quince años, y con orgullo—. De hecho, en la película me pareció muy gracioso cuando Leduc le dice a Beauvoir “Nadie está interesado en dos chicas que se acuestan”. Ay, Madame, if you knew. Si supieras lo prolífera que es la ficción sobre lesbianas colegialas en el siglo XXI. Evidentemente el valor agregado es que nadie lo había hecho así antes que ella —Patricia Highsmith escribió Carol también en los cincuenta—: al menos no tan sexual, no tan explícito, no tan íntimo.

En una funda avariciosa, el dedo siempre será un intruso. Me contraje para alentarlo, me contraje para aprisionarlo […] El dedo furioso me apuñalaba una y otra vez. Sentía contra mis paredes una anguila inquieta que se precipitaba hacia su muerte.

Y no lo digo yo: le costó la censura. Originalmente, Thérèse et Isabelle conformaba la primera parte de otro libro, Ravages, pero la editorial juzgó que la sección sobre la historia lesbo-erótica era mejor no incluirla en la publicación. Leduc tuvo que esperar hasta 1966 para ver la historia de su amor adolescente en las librerías, 11 años más tarde, y solo después de alcanzar la fama gracias a La Bâtarde (1965).

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Además de una obra sincera y erótica hasta decir basta —o hasta sacarte los colores—, Thérèse e Isabelle es un libro de una prosa tan deliciosa como atropellada. El lenguaje es desconcertante; los diálogos, ilógicos; la narración, discontinua. Thérèse, inmersa en sus pensamientos y sentimientos enredados, muchas veces abandona la empresa de narrar la acción, obligando al lector a enterarse de los acontecimientos, casi por accidente, a través de los diálogos, como en una obra de teatro confusa, como andando en la oscuridad con los brazos extendidos, como la propia Thérèse a tientas en busca de la cama de Isabelle, camuflada en la penumbra nocturna. Sin embargo, lo que más llama la atención del estilo es toda la poesía que se intercala entre las palabras en prosa.

En cada oración hay una sorpresa, una palabra en el lugar preciso que hace que todo lo demás se tambalee.

Entré en su boca como se entra en la guerra.

o…

Perfilé una cierva en hilo de vidrio, la tocaba sin alcanzarla con mi lengua de joven, introduje piedras preciosas en su boca.

Podría seguir. Este libro es casi todo él citable.

La calidad de la prosa poética es estremecedora, y en más de una ocasión sentí que no estaba leyendo bien el libro, porque lo estaba engullendo. Sospecho que pasé muchas cosas maravillosas por alto al leer demasiado deprisa.

A pesar de que es una historia cuyo espacio se limita casi exclusivamente al internado, en el que la trama se construye del anhelo sexual y los encuentros desesperados, Leduc introduce otros elementos que trascienden al plano meramente erótico. Las contradicciones que nacen del querer a alguien; la tensión que produce sentirte observada cuando estás en una relación “culposa” —quizás la más frecuente muestra de homofobia en la calle hoy en día—, porque Thérèse se siente constantemente espiada “nos están viendo. Nos están mirando”, “tienes miedo hasta de tu sombra”. Además, el contraste entre la pasión desbordante del amor cuando se ama en el presente frente a la indiferencia que provoca el recuerdo del mismo amor en el futuro; los límites borrosos del extraño vínculo con su madre —“he conocido a Isabelle, tengo a alguien. Pertenezco a Isabelle, ya no pertenezco a mi madre”—, etc. En otras palabras, es un libro satisfactorio sin importar el grado de profundidad de la lectura. Como novela erótica es excelente, pero están también ahí los trasfondos sociales, marginales y psicológicos.

Abordando superficialmente algo de Teoría de la recepción —cada lectura es única—, me imagino con este libro entre las manos hace diez años, y me siento triste y aferrada a Thérèse e Isabelle a partes iguales. Mi yo de dieciséis años habría enloquecido con un libro así, habría explotado: poético, lleno de metáforas y retos literarios, y colmado de prohibición, sexo y pasión. Ahora, su ausencia en mi adolescencia se siente como una pérdida terrible para la que no hay marcha atrás.

El alba siempre puntual cuando algo muere en algún lugar.

LA CALAMARA


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