lunes, 17 de abril de 2023

Antonio Cisneros entrevista a Julio Ramón Ribeyro




Julio Ramón Ribeyro

ANTONIO CISNEROS ENTREVISTA A JULIO RAMÓN RIBEYRO


Entrevista del poeta Antonio Cisneros a Julio Ramón Ribeyro, recogida del libro Julio Ramón Ribeyro. Las respuestas del mudo (Tierra Nueva, 2010). Lima, 8 de junio de 1992

Ya es un lugar común, válido por lo demás, que eres el mejor autor de cuentos que tenemos y, probablemente, uno de los mejores de Hispanoamérica. ¿Por qué la elección del cuento?
Si tú haces una revisión de mi obra narrativa, te darás cuenta de que sólo he escrito tres novelas y, estas novelas, las escribí entre los 25 y 35 años; es decir, hace más de treinta años que no escribo novelas. Esto indica que yo tengo la conciencia de que este género no es precisamente en el que me puedo expresar mejor, son ensayos de juventud.
El cuento también es una forma de expresar todo un mundo a base de relatos que, por su agregación, pueden ser tan aptos como la novela para expresar el universo de un autor.
Hay personas que perciben la realidad como relatos, hay personas que perciben la realidad como poesía y hay otras que la perciben como ensayo o como novela. Esto yo lo percibí una vez que asistí a un mitin político en París en una sala cerrada. Recuerdo que fui con Lucho Loli, que era periodista, y con Sánchez Pauli, que era dramaturgo. Estuvimos en la reunión política  y de pronto interrumpieron unos fascistas arrojando bombas lacrimógenas, la sala se llenó de gases y todo el mundo salió disparado, desde los conferencistas hasta el público. Entonces me encontré con Lucho Loli y con Sánchez Paulo a una cuadra del local. Loli había visto un artículo periodístico, Sánchez Pauli había visto una obra de teatro de un solo acto y yo lo percibí como un relato. Resultaba divertido porque los oradores eran unos tipos de izquierda que estaban lanzando arengas con gran valentía, y cuando cayeron las bombas salieron disparados.
La novela te exige un esfuerzo mucho más continuado y, sobre todo, la exclusión de otros temas porque la novela te absorbe demasiado. Cuando escribía novelas, estas se convertían en una obsesión. En cambio, con los cuentos puedo escribir cuatro o cinco al mismo tiempo. Siempre he trabajado varios cuentos al mismo tiempo.
LA OPCIÓN REALISTA
Aparte del género cuento, tu obra va por un lado que hoy en día se llama textos, Dichos de Luder, el diario y las Prosas apátridas. Si la novela es tu género de juventud, ¿estos textos son tu género de madurez?
Sí, probablemente, porque estos textos, excepto el diario, son posteriores a la escritura de mis novelas. El diario es anterior, era un ejercicio, una forma de preparación para escribir luego obras de ficción.
¿Cómo surge el interés por este género de no ficción?
Eso se debe a ciertas lecturas. He leído con entusiasmo a Montaigne, a Pascal, a los novelistas del siglo XVIII y a los escritores que en el siglo XIX escribieron textos de reflexión, particularmente diarios íntimos. Entonces por una especie de placer que yo encontraba en la lectura de este tipo de textos es que a mi turno comencé a escribir así, como un deseo de hacer lo que hacían otros escritores.
Salvo algunos juegos particularmente lúdicos como La insignia, que es un clásico, tus relatos, tanto de ficción y de no ficción, no tienen una vocación por lo fantástico sino más bien un elemento que resulta evidentemente autobiográfico. Pienso en Solo para fumadores, que está catalogado como un libro de cuentos y, sin embargo, me parece que, en su gran mayoría, es un libro de crónicas personales y autobiográficas. ¿Por qué el placer por una creación lo más alejada de la ficción?
Lo que tú quieres decir es que tengo una tendencia marcada hacia el realismo más que hacia la literatura fantástica o de ficción pura.
Entre los cien cuentos que habré publicado, considerando el cuarto de La palabra del mudo, habrá un diez por ciento que está en la línea de lo fantástico, un poco a la sombra de autores como Poe, como Kafka. Es una vena que incluso resulta bastante juvenil, pues predominaba en los primeros relatos. Con el tiempo me fui constriñendo a una óptica más realista para describir mi mundo, sea en mi propia vida o en la que aprendía de otros, ya que hay muchos cuentos míos que me han contado distintos amigos.
¿Por qué la opción realista?
Eso se debe a cuestiones de formación literaria y de opción personal. De muy muchacho, yo he sido un adicto a la novela francesa del siglo XIX, Flaubert, Balzac, que en sus novelas reflejaban la sociedad de su tiempo. Por otra parte, es una opción personal porque siendo un escritor limeño de clase media de mediados del siglo XX, me di cuenta de que la literatura urbana no expresaba esa Lima que comenzaba a transformarse. Entonces por qué no retratar esta sociedad y luego rescatarla mediante la escritura, dejar un testimonio de una sociedad determinada en un momento determinado.
ENTRE LIMA Y PARÍS
Has pasado casi toda  tu vida fuera del país. Eres hombre hasta cosmopolita en el sentido real de la palabra; sin embargo, en tu obra asumes con toda naturalidad desde la vida de barrio limeño hasta las conversaciones de los compadre en las cantinas más rascas.
El hecho de haber vivido treinta años afuera no despertó el menor interés por escribir de esos lugares. Siempre me he sentido un extranjero y no podía añadir nada sobre esos países a los que ya habían escrito los propios nativos, entonces dije: “Si soy peruano, debo escribir sobre el Perú, que es lo que mejor conozco”. Quizá porque aún pervive en mí un prejuicio. Esto me ha dado buenos resultados. Pero también hay otros casos; Alfredo Bryce, por ejemplo, es un escritor cosmopolita que narra sus experiencias en París o Madrid.
Pero Alfredo escribe desde su perspectiva, no pretende enmendarle la plana a nadie. Tú también debes tener tu perspectiva, aunque resulta curioso que no asome en tus relatos. Al fin y al cabo, Europa no es ocasional sino que significa casi dos tercios de tu vida.
Todo lo que yo he escrito sobre ese mundo no está en los textos de ficción sino en otro tipo de texto. Por ejemplo, Prosas apátridas tiene como telón de fondo a París, aunque yo no lo diga.
Aunque hay muchos fragmentos en los diarios, especialmente en el periodo de los cincuenta a los sesenta, que transcurren en el Perú. Ahora, en géneros de no ficción, como el diario, te enfrentas con una obra que se va haciendo a medida que la vas escribiendo de acuerdo con los materiales que te da la vida cotidiana. No hay esa responsabilidad de imaginar y de construir mentalmente una obra como ocurre con los textos de ficción; es más bien una especie de diálogo con uno mismo. Es que muchas veces uno no encuentra interlocutores y no porque no sean lo suficientemente receptivos, sino porque lo que tú quieres decir probablemente no les interesa. ¿Quién puede ser entonces el interlocutor más atento y cercano? Tú mismo.
En tu diario hay un elemento que se aparca muy poco en tus cuentos: el amor.
Efectivamente, y no me preguntes por qué motivo excluyo ese tema, yo mismo no lo sé. No creo que sea una especie de pudor, porque en mis novelas sí lo he tratado. Crónica de San Gabriel es una novela de amor entre un adolescente y su prima, en este caso es obviamente autobiográfico, y Los genieciellos dominicales es la pasión del personaje central por una prostituta. Es decir, hay una presencia de la mujer, en el primer caso en un amor juvenil y casto, y en el otro la pasión del protagonista.
Los diarios los empezaste a escribirlos antes que nada. ¿Por qué solo ahora te animas a publicarlos?
Porque no los consideraba parte de mi obra literaria. Yo pensaba que era un trabajo paralelo a mi obra de ficción, ya que existen muchas referencias de lo que estoy escribiendo. Era una especie de ayuda, de stock, de informaciones para los textos de ficción, no les atribuía ningún valor literario. Además, había la tendencia de publicar los diarios de forma póstuma. A partir de la primera mitad del siglo XIX se comenzaron a publicar los diarios en vida. La gente se volvió menos reservada, menos pudibunda. El escritor ya no tenía reparos en tratar su vida privada y en comprometer a la gente contando los secretos de otros. Entonces me dije por qué dejar esas miles de páginas acumuladas a la suerte, hasta que yo desaparezca, mejor es irlas publicando poco a poco.
EL TERRIBLE PERÚ
Todo esto surge de una actitud testimonial: la opción por el realismo, el rescate de tu clase media. Durante años tus lectores te han visto como un hombre profundamente escéptico. Sin embargo, en los últimos años te veo vivamente interesado en nuestra situación. Háblame un poco de tu relación con el Perú de hoy.
En el cuarto tomo de La palabra del mudo hay un cuento largo que es el epílogo del libro, donde hablo un poco de esta atracción por el Perú que se ha ido fortaleciendo. Trato el tema en forma exagerada. Yo ya estaba saturado de la llamada cultura occidental, de esa vida artística estridente, de la superinformación que se tiene en ciudades como París, entonces surgió la idea del retorno con el propósito de llevar una vida más tranquila, incluso con la posibilidad de irme a un pueblito de provincias o a una playa desierta. El cuento del que hablo se llama “La casa en la playa”. Esto responde a una especie de saturación de medios culturales cosmopolitas de los cuales no podía sacar ya más partido. Entonces, dije, ya llegó el momento de desculturizarse, de limpiarse.
Llegué con un idea que es muy pretenciosa, te puede hacer recordar a Guaman Poma de Ayala, pues quería viajar de pueblecito en pueblecito y escribir una especie de informe acompañado con dibujos de cada cosa que viera. Este proyecto todavía lo tengo en mente, pero con el estado de convulsión que vive el país resulta un poco complicado.
Pero el Perú del que hablas es un poco tierra del buen salvaje. En realidad, este es un país terrible, feroz
Este deseo de retornar al Perú está ligado también con la necesidad de comprender al país de cerca y no a la distancia y con el objeto de seguir escribiendo.
¿Tú sientes que este retorno también tiene que ver con el compromiso?
Yo no diría compromiso porque esa palabra no me gusta. Eso de sentirse constreñido a realizar determinado tipo de obra literaria porque hay una especie de precepto que te fuerza a tratar ciertos problemas no va conmigo. Es una cuestión de gusto personal, de curiosidad, de comprender lo incomprensible, pero no creo que sería para valerme luego de un carné de buen peruano. Yo soy un hombre sin ideología, no tengo ninguna certeza de tipo político o social. Para mí, todo es motivo de duda, estoy abierto a toda lo que pueda ocurrir.
¿Tú dejarías de lado esa actitud por alguna causa extraliteraria?
Sería bastante difícil, salvo que ocurrieran cosas excepcionales.
¿Qué cosas serían excepcionales?
Bueno, que estalle una guerra civil donde haya que defender una causa, pero en otras circunstancias prefiero mantenerme solo como observador.
¿No crees que estamos muy cercanos a ese momento feroz?
Me temo que sí.
ENVÍO POÉTICO
¿Has escrito poesía?
Yo he escrito poemas, pero sobre todo pastiches, nada original. Leo mucha poesía -me gusta mucho- y probablemente soy uno de los pocos narradores que leen poesía con regularidad. Se me ha educado el oído, puedo imitar muy bien, puedo escribir sonetos quevedianos o poemas de García Lorca. Hay otros que pueden parecer versiones a la manera de variantes.
¿Pero tu intención es siempre la parodia?
No. Hay poemas que me han venido a la mente sin ningún esfuerzo. Me he despertado con un texto en la cabeza y lo he transcrito; ha salido íntegro. Esto me resulta sorprendente, me hace pensar en una comunicación telepática, en la existencia de otros escritores que están encajonados y valiéndose de un sueño aparecen y lanzan su mensaje.


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