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miércoles, 19 de enero de 2022

Adrian McKinty / La cadena II


Adrian McKinty

LA CADENA

II


Jueves, 8.35

Se supone que es una visita rutinaria a la oncóloga. Un control semestral para comprobar que todo va bien y que su cáncer de mama sigue en remisión. Rachel le ha dicho a Kylie que no se preocupara porque se siente de maravilla y es casi seguro que todo estará perfecto.

En secreto, sin embargo, sospecha que las cosas quizá no van tan bien. Inicialmente, esa cita estaba programada para el martes anterior a Acción de Gracias, pero la semana pasada se hizo un análisis de sangre y, cuando la doctora Reed vio los resultados, le dijo que fuera a la consulta esa mañana. A primera hora. La doctora Reed es una mujer seria, serena y equilibrada de Nueva Escocia, y no parece inclinada a las reacciones exageradas de pánico.

Rachel procura no pensar en ello mientras conduce hacia el sur por la I-95.


¿Qué sentido tiene preocuparse? Al fin y al cabo, aún no sabe nada. Quizá la doctora Reed vaya a marcharse a casa por Acción de Gracias y está adelantando todas sus visitas.

Rachel no se siente enferma. De hecho, no se había sentido tan bien desde hace un par de años. Durante un tiempo había creído que la mala suerte se había cebado en ella. Pero todo eso ha cambiado. El divorcio ha quedado atrás. Está preparando sus clases de filosofía para el nuevo trabajo que empezará en enero. Su pelo castaño ha vuelto a crecer casi del todo después de la quimio; ha recuperado fuerzas y engordado unos kilos. Ya ha superado las secuelas psíquicas del año pasado. Ahora vuelve a ser aquella mujer organizada que asumió dos empleos para costearle a Marty la Facultad de Derecho y para pagar la casa de Plum Island.

Sólo tiene treinta y cinco años. Aún tiene toda la vida por delante.

"Toca madera", piensa, y da unas palmadas a un trozo verde del salpicadero que espera que sea de madera, aunque sospecha que en realidad es de plástico. Entre el revoltijo de la parte trasera del Volvo 240 hay un viejo bastón de roble, pero no tiene sentido arriesgarse buscándolo a tientas con la mano.

Según su teléfono móvil son las 8.36. Kylie estará bajando del autobús y cruzando el parque infantil con Stuart. Le manda en un mensaje de texto el chiste tonto que se ha guardado durante toda la mañana:

Doctor, tengo todo el cuerpo cubierto de pelo. ¿Qué padezco?

Al ver que Kylie no contesta tras un minuto, le manda la respuesta:

Padece uzté un ozito.

Sigue sin decir nada.

¿No te ha hecho gracia?

Kylie pasa de ella deliberadamente, piensa Rachel con una sonrisa, pero seguro que Stuart se está mondando. Siempre se ríe con sus chistes tontos.

Son las 8.38 y el tráfico está volviéndose más denso.

No quiere llegar tarde. Ella nunca se retrasa. ¿Debería salir de la Interestatal y tomar la Ruta 1?

Los canadienses celebran de otra forma Acción de Gracias, recuerda de pronto. La doctora Reed quiere verla por-que los resultados del análisis no tienen buena pinta. "No", dice en voz alta, meneando la cabeza. No va a caer otra vez en esa espiral de pensamiento negativo. Ahora está tirando hacia delante. Y, aunque tenga un pasaporte del Reino de los Enfermos, eso no va a definirla. Toda esa parte de su vida ya la ha dejado atrás: igual que el trabajo de camarera y conductora de Uber, igual que el hábito de dejarse embaucar por Marty.

Ahora, por fin, está utilizando todo su potencial. Ahora es profesora. Piensa en la clase inaugural. Quizá Schopenhauer resulte demasiado denso. Quizá debería empezar con ese chiste de Sartre y la camarera del Deux...

Su móvil empieza a sonar, sobresaltándola.

"Número desconocido", lee en la pantalla.

Responde conectando el altavoz.

—¿Hola?

—Dos cosas que debes recordar —dice una voz a través de un dispositivo de distorsión de sonido—. Número uno: no eres la primera ni serás la última. Número dos: no es sólo cuestión de dinero, se trata de La Cadena.

"Debe de ser una especie de broma", asegura una parte de su cerebro. Pero otra parte más profunda, las estructuras primitivas de su cerebelo, empieza a reaccionar con una sensación que sólo puede describirse como puro terror animal.

—Creo que se ha equivocado de número —responde. 

La voz continúa sin hacer caso:

—Dentro de cinco minutos recibirás la llamada más importante de tu vida, Rachel. Vas a tener que parar en el arcén. Debes estar muy atenta: recibirás instrucciones detalladas. Comprueba que la batería de tu móvil está completamente cargada y asegúrate de tener bolígrafo y papel para anotar las instrucciones. No voy a decirte que las cosas van a resultarte fáciles. Los próximos días serán muy complicados, pero La Cadena te ayudará a pasarlos.

Rachel siente mucho frío. Tiene un gusto metálico en la boca. Nota un ligero mareo.

—Voy a llamar a la policía o...

—Nada de policía. Lo harás muy bien, Rachel. No habrías sido seleccionada si hubiéramos creído que eras la clase de persona que se nos iba a desmoronar a las primeras de cambio. Lo que se te va a pedir quizá te parezca imposible, pero sin duda está al alcance de tus capacidades.

Ella siente como si una esquirla de hielo le recorriera la espalda. Una filtración del futuro en el presente. De un futuro terrorífico que, por lo visto, se manifestará al cabo de unos minutos.

—¿Quién es usted? —pregunta.

—Reza para no averiguar nunca quiénes somos y de qué somos capaces.

La línea enmudece.

Rachel vuelve a comprobar el identificador de llamadas, pero sigue sin aparecer el número. Esa voz, sin embargo... Artificialmente disimulada, resuelta y serena, escalofriante, llena de arrogancia. ¿Qué habrá querido decir con eso de "la llamada más importante de tu vida"? Mira por el retrovisor y pasa con el Volvo del carril rápido al central por si de verdad entra otra llamada.

Está tirando nerviosamente de un hilo suelto de su suéter rojo cuando el iPhone vuelve a sonar.

Otro número desconocido.

Pulsa con furia el botón verde. 

—¿Hola?

—¿Rachel O’Neill? —pregunta una voz. Es una voz diferente. De mujer. Una mujer que parece muy angustiada.

Ella quiere responder "no", quiere postergar el desastre inminente diciendo que ahora ha empezado a usar otra vez su apellido de soltera —Rachel Klein—, pero sabe que no tiene ningún sentido. Nada de lo que diga o haga impedirá que esa mujer le comunique que ha ocurrido lo peor.

—Sí —dice.

—Lo siento muchísimo, Rachel. He de darte una noticia terrible. ¿Tienes bolígrafo y papel para las instrucciones?

—¿Qué ha pasado? —pregunta, ahora muerta de miedo.

—He secuestrado a tu hija.


DRAGON

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