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jueves, 19 de julio de 2012

Oscar Collazos / De burdeles y otras antigüedades


Oscar Collazos

De burdeles y otras antigüedades

Memoria de mis putas tristes es la última novela de García Márquez y una de las últimas novelas latinoamericanas sobre un tema que ocupó decenas de miles de páginas en nuestra historia literaria. La puta y el burdel hacían parte de la educación sentimental y sexual de los hombres y los había que se convertían en escenario de la vida social de las celebridades de cada época.

Aunque el feminismo radical ha pretendido ver la confesión del nonagenario Mustio Collado como una apología de la pedofilia, el relato de Gabo regresa a un tema recurrente en el autor: la aparición del amor a una edad en que los hombres están arreglando cuentas con la funeraria. Más que la ridícula pretensión de acostarse a los noventa años con una virgen de catorce, lo que vale la pena resaltar en este relato es la mitología masculina del burdel y la aparición del amor como un último soplo de vida en la antesala de la muerte.


La novela de García Márquez es un melancólico canto de cisne de esta corriente y cierra un ciclo con casi cien años de tradición. Antes de esta novelita, recuerdo dos buenas novelas latinoamericanas con el tema: El lugar sin límites, de José Donoso, y Pantaleón y las visitadoras, de Mario Vargas Llosa. La experiencia prostibularia recreaba los rituales socialmente aceptados del machismo, por un lado, y, por el otro, el envilecimiento de la mujer en un comercio aceptado como mal menor.

Los cambios en las costumbres morales, la liberalidad ganada con la vida urbana, la gradual emancipación de las mujeres, la permisividad sexual, los métodos anticonceptivos, todo esto relegó la experiencia prostibularia a un plano secundario, a una especie de arqueología de la sexualidad masculina.

Durante años, el burdel fue el lugar donde el joven perdía la virginidad, inducido a veces por un padre que pretendía reproducir en el hijo su propia experiencia. Era el lugar donde hombres adultos buscaban una compensación desesperada a la insatisfacción sexual o un alivio a sus frustraciones y traumas amorosos. No se descartaba al adicto: Mustio Collado, el personaje de Gabo, es un putañero ilustrado y sin culpa por serlo.

El hecho de que se siga llamando "zona de tolerancia" al barrio donde se comercia con el sexo explica hasta qué punto se aceptó socialmente esta práctica. Pero el comercio del sexo ya no necesita esa demarcación fronteriza: se ejerce de mil maneras como una actividad más de la economía informal y alimenta economías formales. Hoy, una escort puede darse el lujo de contratar a un abogado de pedigree que le ayude a realizar negocios relativos a la prostitución.

Como no se podía extirpar ni prohibir el ejercicio de la prostitución, había que mantenerlo aislado de lo permitido y "sano". Se establecían zonas donde se toleraba administrativamente lo que estaba formalmente prohibido por la mirada severa de las costumbres morales o la ligereza de las leyes. Ahora no hace falta: la única prostitución visible y patética de nuestras ciudades es la callejera.

La imagen de la puta confidente y maternal llenó páginas de buena y mala literatura sin que intervinieran los códigos morales que todavía hoy sirven para condenar lo que no se puede evitar: que haya seres humanos que comercian con su cuerpo como otros comercian con sus conciencias.

La prostitución sigue siendo una actividad degradante ejercida por hombres y mujeres. Se ha convertido en uno de los atractivos de las industrias turísticas de hoy, alcanzando altos grados de sofisticación. Pero la de siempre, la que nace de la pobreza, no llega a los titulares de los medios sino a sus páginas de sucesos. Es un asunto de policía o de salud pública.

ÓSCAR COLLAZOS
El Tiempo, 10 de mayo de 2012

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