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sábado, 3 de marzo de 2012

Jerzy Kosinski / Los Caballeros de la Mesa Redonda



Janus Fleuri, 1968
Bronce
Louise Bourgeois
 Jerzy Kosinski
BIOGRAFÍA

Los Caballeros de la Mesa Redonda


Cuando yo estaba en el ejército, muchos de los soldados acostumbraban consagrarse a un juego en el cual unos veinte o veinticinco hombres se sentaban alrededor de una mesa, cada uno con una larga cuerda atada a su órgano. A los jugadores los llamaban “Los Caballeros de la Mesa Redonda”. Un hombre, a quien llamaremos el Rey Arturo, sujetaba los extremos de todas las cuerdas sin saber quien estaba en el otro extremo.
Con intervalos, el rey Arturo elegía una cuerda y tiraba de ella, pulgada tras pulgada, por sobre las muescas marcadas sobre la tapa de la mesa. Los soldados se escudriñaban mutuamente los rostros, sabiendo que uno de ellos sufría. La víctima hacía todo lo posible por ocultar su dolor y mantener su actitud normal. Se decía que los pocos hombres que estaban circuncidados no podían jugar a aquello tan bien como los que no lo estaban y cuyo miembro protegía su prepucio. Se hacían apuestas sobre cuantas muescas pasaría la cuerda antes de que la víctima de la tortura gritara. Algunos soldados se arruinaban de por vida quedándose sentados hasta el final del juego nada más que para ganar el premio en efectivo.
Recuerdo una oportunidad en que los soldados descubrieron que el rey Arturo se había complotado con uno de los hombres, atándole la cuerda alrededor de la pierna. Naturalmente, ese soldado podía soportar más el dolor que los demás y así el rey Arturo y él lograron embolsarse grandes sumas de dinero. Los caballeros engañados eligieron en secreto el castigo que consideraron adecuado. Los culpables fueron atados de manos, les vendaron los ojos y los llevaron al bosque. Allí, los desnudaron y amarraron a sendos árboles. Los caballeros, uno tras otro, aplastaron lentamente los genitales de las víctimas entre dos piedras hasta que sus carnes se convirtieron en una pulpa irreconocible.



Jerzy Kosinski
Pasos
Buenos Aires, Losada, 1969
Páginas 32 -33







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