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sábado, 3 de marzo de 2012

Anagrama / 500 libros y una sola historia

 

500 libros y una sola historia

 Anagrama celebra el medio millar de títulos de la serie Narrativas Hispánicas
J.M. Martí Font
Barcelona, 3 de marzo de 2012



El editor de Anagrama, Jorge Herralde (Barcelona, 1936) ha querido que Antagonía, la gran obra de Luis Goytisolo ahora reunida en un solo volumen, fuera el número 500 de la emblemática colección Narrativas Hispánicas. Una memorable serie que nació a finales de 1983 con el primer Premio Herralde de Novela: El héroe de las mansardas de Mansard, de Álvaro Pombo. En total, medio millar de títulos que casi por sí solos explican la narrativa contemporánea en español.
            Cualquiera lo habría dicho en 1969, cuando Herralde fundó el sello: la ficción no estaba entre sus prioridades. En aquellos tiempos heroicos, publicaba esencialmente ensayos en la colección Argumentos o los famosos Cuadernos, textos con los que apuntalaba utopías y alimentaba el fuego de la revolución que había de llegar pero que nunca llegó.
          "La primera década de Anagrama fue precaria, pero tolerable", recuerda, "me parecía importante publicar lo que publicaba y me divertía, pero entonces se combinó la precariedad con el llamado desencanto, que en el ámbito político se materializó con la victoria de Adolfo Suárez, con la que desaparecen todas las ilusiones revolucionarias de la ruptura, del hombre nuevo y de todo lo demás".





           Para celebrar el número redondo se reedita 'Antagonía', de Luis Goytisolo.




           De pronto, la creación literaria ya no era algo frívolo para evadirse de las condiciones objetivas. En los ochenta Anagrama reduce drásticamente la publicación de ensayos — "porque yo mismo me canso de leer textos políticos"— y busca una salida en la narrativa, un antiguo amor de su juventud: "la buena literatura".
           Publicaba a autores como Thomas Bernhard y enseguida tuvo la suerte de toparse con Patricia Highsmith. Editó primero Extraños en un tren y en menos de un año acumuló hasta cinco títulos. Y en estas, llegó el gran acierto de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, que vino directamente de la Louisiana University Press. Con ella, Anagrama sale a flote. De La conjura... se vendieron más de medio millón de ejemplares y paralelamente llegó el fenómeno Charles Bukowski, otro enorme éxito editorial. "Lo más interesante de estos autores es que se transmiten de generación en generación y seguimos vendiéndolos cada año y reeditándolos", apunta. "Con la colección Contraseñas ocurre algo muy peculiar, y es que es uno de los banderines de enganche de nuestra editorial. En América Latina muchos escritores que conozco se precian de tener desde el primer número".
          Entrar en la narrativa en español, explica, se hizo por "ocupación del territorio", copado hasta entonces por otras editoriales emblemáticas. Herralde se propuso incorporar "voces nuevas y también voces ya consagradas pero que, por la razón que sea, estaban a disgusto con su antiguo editor". Y piensa, concretamente, en Carmen Martín Gaite, "que tuvo una segunda juventud gloriosa en Anagrama, o mujeres que como Ana María Matute o Josefina Aldecoa habían quedado muy en la sombra, al lado de los grandes tenores como Juan Goytisolo, Juan Benet, Ignacio Aldecoa, Luis Martín Santos o Sánchez Ferlosio". "Hubo un momento en que algunas de ellas", añade, "mediados los noventa, se tomaron una buena revancha, como Martín Gaite con Nubosidad variable, Josefina Aldecoa con Historia de una maestra y mi querida Ana María Matute —aunque yo no sea su editor— con Olvidado rey Gudú. También teníamos interés en recuperar escritores que habían pasado por un Guadiana, que habían estado ocultos, como Tito Monterroso, Caballero Bonald, o Esther Tusquets".




          
          La serie nació con el primer premio Herralde, que ganó Pombo.




          El editor mítico que ha devenido Herralde con los años todavía recuerda los cócteles de la revista Cuadernos para Diálogo en los años setenta. "Cuando Juan García Hortelano decía '¡Qué llegan los catalanes!', que éramos Castellet, Carlos Barral, Comín, Beatriz de Moura, Esther Tusquets y yo". Y cómo en una fiesta se le acercó Martín Gaite y le dijo que estaba escribiendo un libro que quería presentar al premio Anagrama de Ensayo, titulado Usos amorosos de la posguerra española. "Yo la escuchaba educadamente, porque era muy persuasiva, pensando que no era un tema muy atractivo, pero ella estaba absolutamente volcada en el libro. Por suerte me equivoqué, porque fue un éxito increíble. Se vendieron más de 100.000 ejemplares, una cifra extraordinaria para aquella época".




Álvaro Pombo, al recibir en 1983 el Premio Herralde / EFE

          Se podría hablar de otros muchos descubrimientos. También, de los que le han abandonado, como Javier Marías o Enrique Vila-Matas. O del último gran escritor del siglo: Roberto Bolaño. "Sí, tenía mucho prestigio ya tras publicar Estrella distante y Llamadas telefónicas, dos libros de culto, pero da el salto con Los detectives salvajes, y se consagra con 2666". Con aquella obra de Bolaño, Herralde hizo exactamente lo contrario que con la nueva reedición de Antigonía, que Goytisolo publicó en cuatro libros separados. Tras la muerte del escritor chileno contradijo su deseo de que se troceara 2666 en varios libros ("por razones económicas") y forzó la edición en un solo volumen.
             Y todo esto con una formación autodidacta, la de alguien que "era un lector voraz desde niño. "Desde el DDT a Las aventuras de Guillermo, hasta Wodehouse, que lo leía en las ediciones de José Janés". Ya de joven quiso fundar una editorial con su amigo Carlos Durán, cuyo padre era encuadernador, para publicar en de piel las obras completas de Sartre y Camus, porque los censores eran mucho más condescendientes con los libros caros que con los baratos. Luego se estrenaría en el negocio con el sello que formaron el matrimonio Jorge Argento y Esther Tusquets llevando precisamente la colección de narrativa, aunque el proyecto se fue a pique al mismo tiempo que el matrimonio de sus fundadores. Y eso que estudió Ingeniería Industrial, como Juan Benet, pero sin la misma afición ni amor por este oficio. "No estaba predestinado a ser editor", admite humildemente.

EL PAÍS





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