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miércoles, 6 de abril de 2022

Lygia Fagundes Telles / Dedo

 




Lygia Fagundes Telles
EL DEDO

Hallé un dedo en la playa. Iba andando en plena mañana de sol por una playa medio salvaje cuando de repente, entre las cosas que el mar trajo a la arena –conchas, astillas, cadáveres de peces, piedras–. Vislumbré algo diferente. Tuve que coger mis lentes: ¿Qué sería aquello? Sólo después de aparecer el anillo es que identifiqué mi hallazgo, el dedo traía un anillo. Faltaba la última falange.

No me gusta para nada contar ese episodio así con esa frialdad, como si en vez de un dedo hubiese encontrado un dedal. Soy del signo de Aries y los de Aries son apasionados, vehementes, hallé un dedo, ¡UN DEDO! Debía estar proclamando la más gran excitación. Pero hoy mi rostro lucía de acuerdo antes de la otra y me está vigilando con sus ojos helados. “Vamos – me dice – nada de convulsiones, sé que eres de la familia de los poseídos, pero no escribas como una poseída, habla en voz baja, sin exagerar, calmadamente.” ¡¿Calmadamente?! ¡Pero fue un dedo lo que hallé! – respondo y mi vigilante arqueó las cejas sutil: “¿Y qué? ¿Nunca vio un dedo?” Tengo ganas de golpearla: Ya vi pero no en esas circunstancias.

El poeta decía que era trecientos, trecientos y no sé cuántos. Sé apenas dos: La verdadera y la otra. Otra tan calculista que a veces aborrezco hasta las náuseas. ¡Déjame en paz! Le pido y ella se coloca a una cierta distancia, observándome y sonriendo. No nació conmigo pero va a morir conmigo y ni en la hora de la muerte permitirá que me descabelle a gritos, no quiero morir, ¡no quiero! Hasta a esa hora sé que va a mirarme de maxilares apretados y mirada enemiga en el auge de la enemistad: “Usted va a morir sí señora y sin hacer un papel miserable, ¿Está oyendo?” Se aprovechó de mi último argumento: Tengo aún que escribir un libro tan maravilloso… ¡Y las personas que me aman no van a sufrir tanto! Y ella, impecable: “Ahora bien, querida, las personas están haciendo muchos. Y el libro no iría a ser tan maravilloso así.”

Es bien capaz de exigir que muera como las santas. Recorro mis reservas forestales y le pregunto si puedo al menos fantasear un poco en torno de mi hallazgo: no son todos los días que se halla un dedo. Ella me analiza con su ojo lógico: “Pero no exorbite.”

Cierro la puerta. Bueno entonces iba diciendo que paseaba por una playa completamente solitaria, ni biquinis, niños o barracas. Playa áspera y bella, casi intacta: tres pescadores jalando la red allá lejos. Un perro vago gruñendo sin mucha convicción para dos buitres posados en un monte de desechos. El sol batió de golpe en la arena brillante, viva, llena de cosas del mar mezcladas con cosas de la tierra largamente trabajadas por el mar. Guardé en la bolsa una piedra redonda y gris, tan pulida que parecía revestida de satín. Guardé un grueso pedazo de liana ondulada, silueta de serpiente enderezándose para el bote. Guardé un puñado de pequeñas estrellas de mar. Guardé un caracol amarillo, el interior ahuecado y morado apretándose en espiral hasta la nariz inasequible. Guardé un ala de concha rosa perla. El dedo no lo guardé.

No sentí ningún miedo o asco cuando descubrí el dedo medio enterrado en la arena, unos restos de ligamentos y tejidos flotando en la espuma de las pequeñas olas. Hace poco había encontrado unos cadáveres de peces que escaparon de las mayas de las redes. Lavado y enjuagado, el dedo parecía ser del mismo material blanco de los peces, no fuese la mundana presencia del anillo, toque siniestro en una playa donde la muerte era natural. Limpia.

Me había inclinado para ver mejor al extraño objeto cuando noté el pequeño haz de fibras de algodón emergiendo en la arena bañada por la espuma. Cuando recorrí a los lentes es que vi: no, no era algodón, más bien era una vértebra medio descarnada – ¿la columna vertebral de un grande pez? Me quedé mirando. Espera, ¿Qué sería aquello? ¿Un aro de oro? Ahora que el agua se había retraído podía ver un aro de oro brillando en torno de la vértebra, rodeándola fuertemente, encajando las fibras que intentaban librarse, disolutos. Con la punta de la liana, revolví la arena. Era un dedo, dedo anular, probablemente, con un anillo de piedra verde preso aún en la raíz entumecida. Como le faltara la última falange, faltaba el elemento que podría hacer que me retire: la uña. Uña puntiaguda, pintada de rojo, el esmalte descascando, accesorio fiel al principal hasta en el proceso de desintegración. Uña de mujer burguesa, bien cuidada, a la altura de joyero de clase que se esmeró en la penetración de la esmeralda. Pienso que si restara la uña ciertamente hubiera huido, la uña es demasiado importante. Pero en aquel estado de descubrimiento, el fragmento del dedo trabajado por el agua había acabado adquiriendo facciones de un simple fruto de mar. No obstante, había un anillo.

La dueña del dedo. Mujer rica, un anillo de aquellos debía de ser de una mujer rica e de mediana edad, las jóvenes no usan joyas, solo las otras. ¿Ahogada en el mar? De biquini verde combinando con el anillo. El óleo perfumado haciendo billar la piel sin brillo. La ola. Comenzó inocente allá en el fondo y fue convirtiéndose cada vez más alta, más alta, Dios mío, ¡tan grande! La fuga de agua resistente como un muro, los pies de hierro y la playa tan lejos, ¡Ah! ¿Pero qué es eso?... Explosión de espuma enrollando boca e ojos en esparadrapos de sal. Sal.

Respiré con énfasis. ¿Qué mujer va hoy de anillo de esmeraldas para el mar? ¿La elegante pasajera de un transatlántico de lujo que se hundió en la tempestad? Pero hace tiempo que ningún transatlántico de lujo naufragaba así. Recordé al “Titanic”, pero eso había sido a mediados de 1914, imaginé. La descripción de la tragedia solo hablaba de mujeres fabulosas, las más ricas del mundo, hundiéndose enlazadas aún en hombres de casaca, apoteosis del baile inspirador de vals, las luces todas encendidas iluminando la superficie donde flotaban diademas. Plumas. Había también el “Princesa Mafalda”, que sumergió con todo su poder y gloria cerca de los tiburones da la Bahía, los espíritus atónitos bajando a los terreros. “tutta questa gente!... Dove siamo?!” Y la mãe-de-santo con su turbante de reina abriendo los brazos, “¡Salve, mi padre, salve!”

Podría incluso ser una suicida, de esas que entran de ropa al mar adentro, que el desespero es impaciente, poco tiempo tuvo de llenar os bolsillos de piedras. La piedra verde en el dedo. O el personaje real de un crimen, crimen pasional, es evidente, frágil la hipótesis de latrocinio por la presencia de un anillo. Un crimen misterioso, ya archivado: mujer bonita. Marido rechazado. Dando vueltas. Enroque-enroque. El flagrante de traición, “¡Ay, como duele!” La premeditación en lo oscuro, tan profundo el silencio del cuarto que podía oírse los murmureos del pensamiento, enroque-enroque. Ella despierta en pánico en medio de la noche, “¿Pero qué bulla es esa? ¿Un ratón?” Él se acerca sin juzgar. Sin emoción. En el baño centelleante la proximidad del agua facilita demasiado, los crímenes debían ser cometidos cerca de cascadas. Un poco de lavanda en las manos ligeramente temblorosas después de la tarea cumplida en la ausencia de la cocinera en descanso remunerado para visitar a su madre. ¿La casa de playa no fue una solución? Y playa desierta, el hombre feliz no tenía camisa, solo traje de baño. Tan simpático el hombrecito de traje de baño azul que todos los días va a la playa llevando la caja de jabón, ¿Qué será lo que lleva en esa caja? Un detallista: pequeñas ideas, pequeños objetos. En la cabeza, una pequeña gorra si hay sol. ¿Era quien andaba con una mujer grande, bonita? Era. ¿Y la mujer? Qué se yo, debe haber viajado, él se quedó solo. Parece que adora el mar, haya sol o no, va a dar su paseo con su caja y su sonrisa.

¿Por qué será que la cabeza del asesinado queda del tamaño del mundo? Un perchero. ¿Pero si nadie más usa sombrero?... Si sobró la cabeza no sobró el dedo que en la mañana de garua él dejó en el mar. El anillo fue junto, era tan apegado a la carne que se negó a salir y él no insistió, pues quedase el dedo con su anillo, que sumen los dos. Ni los buitres saldrán de cada en esta mañana. Él salió.

La piedra brillaba en un tono más oscuro que del agua. Recordé de un cuadro surrealista: una playa larga y lisa, de un blanco lechoso con flores brotando en la arena, flores-dedos e dedos-flores. En el cuadro, lo insólito era representado por una gota de sangre chorreando nítida de la punta de un dedo. En mi hallazgo, lo insólito era la ausencia de sangre. Y el anillo.

La primera persona que pase por aquí se llevará el anillo, pensé. Yo misma – o mejor, la otra, la lúcida, con falsa inocencia ¿no llegó a insinuar que yo debía guardar el anillo en la bolsa? “Más un objeto para su colección, no es una linda piedra” La expulsé, repugnada. Horror. La muerta de Itabira reclamaba la flor que el distraído visitante del cementerio recogió en su sepultura, “yo quiero la flor que sacaste, ¡Quiero de vuelta mi florcita!” La dama del mar haría una exigencia más terrible por telegramas, cartas, teléfono, soplándome con su voz de sal: “Yo quiero el anillo que usted robó de mi dedo, ¡Yo quiero mi anillo!” ¿Cómo reencontrar en aquellos kilómetros de playa los diluidísimos restos del dedo para devolverle la esmeralda? Con la punta de la liana, cavé rápidamente un hueco hondo y en él hice rodar el dedo. Lo cubrí con el taco del zapato y en la arena tracé una cruz, intuí que se trataba de un dedo cristiano. Entonces vino una ola, que esperó el fin de mi operación para inundar el montículo. Di algunos pasos. Cuando me volteé por última vez, el agua ya había borrado todo.



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