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viernes, 21 de agosto de 2020

Elizabeth Taylor / Sin rabiar hasta el final de la noche

Prohibido morir aquí - Elizabeth Taylor - La Bestia Equilátera

Elizabeth Taylor

Sin rabiar hasta el final de la noche

La novelista inglesa -solapada por la estrella homónima- se impone tardíamente con una visión estoica y celebratoria de la vejez.

Alfredo Grieco y Babio
1 de marzo de 2019

“¿’Vos leés mucho, Ángel?’ ’No, nunca leo nada’ ‘¿Pero por qué?’ ‘Me parece poco interesante’ ‘¿Y qué hacés en tu tiempo libre?’ ‘Mayormente toco el arpa’”. Estas líneas de diálogo corresponden a Ángel (1957), suerte de ficción histórica en clave o biografía ficcionalizada de Marie Corelli, una Corín Tellado de la Belle Époque, favorita de las masas a la vez que, sin escándalo, dilecta de la familia real británica.
Según el novelista Paul Bailey, que prologó con entusiasmo la reedición de 1984, Ángel es la menos característica de las doce novelas de la inglesa Elizabeth Taylor (1912-1975): la más representativa de su tono y estilo propios, pero también la mejor, es Mrs. Palfrey at the Claremont (1971). Fue la última que la autora publicó en vida. Traducida décadas atrás en España como El hotel de Mrs. Palfrey, la nueva, prístina versión lleva en castellano un título que ha sustituido no sin acierto los mansos nombres propios por el verbo, nombre propio de la acción: Prohibido morir aquí.
La reedición británica de 1982 de esta novela (en la editorial feminista Virago) también lleva un prólogo, además entusiasta, del mismo Bailey, que advierte, o previene, contra incurrir en el gratificante automatismo de identificar con Taylor a la anciana Mrs Palfrey de Prohibido morir aquí o de considerar autorreferencial la situación del Hotel Claremont del título, donde con los huéspedes de paso conviven residentes permanentes con pensión completa.
Se trata de adultos mayores que pueden caminar por sí solos (aunque sea con bastones como la señora Arbuthnot) pero que no pueden vivir ya sin asistencia en las casas de su viudez o soltería provectas, ni son domésticamente queribles o aceptables para sus parientes más jóvenes. A esta grey última o penúltima, cuyo próximo, aunque no necesariamente cercano, destino es la muerte o una institución médica o geriátrica sin retorno, se suma en el primer capítulo Laura Palfrey, viuda de Arthur Palfrey, madre de Elizabeth, abuela de Desmond, nieto vagamente exitoso en el mundo pero firmemente renuente a visitarla en Londres.
El psicoanalista húngaro-británico Michael Bálint sugería en los años sesenta que la mayor ansiedad de la vejez no consiste en que todo el tiempo necesitemos de la gente, sino en que las gentes ya no necesitan nunca de uno. Sería reduccionista antes que erróneo hallar en esta doctrina el primer motor que hace avanzar la trama de esta novela de 1971.
La primera alegría de Laura Palfrey en su nueva vida geriátrica une el saberse útil (y aun, más útil) con el saber libresco (y aun, literario): “La señora Palfrey se sintió casi eufórica cuando la señora Arbuthnot le pidió que cambiara su libro en la biblioteca porque su esclava habitual estaba resfriada. Era como estar otra vez en la escuela y que le pidieran que hiciera un mandado para una de las niñas mayores. ‘Cualquier libro de lord Snow, por ejemplo’ –había indicado la señora Arbuthnot–. No soporto la literatura barata’”.
Laura cumple correctamente su misión. La ‘esclava habitual’, en cambio, otra pensionista permanente del hotel, la señora Post, “casi siempre traía el libro equivocado: confundía a Elizabeth Bowen con Marjorie Bowen”. En literatura, los desaciertos suelen ser tan fatales como su detección tardía, e irreparable; el peligro latente del error constante, en cambio, es para Taylor un atractivo.
La segunda alegría de la señora Palfrey incluirá más riesgos y no la salvará de errores, será más literaria y más criminal o criminosa. La mudanza a Londres y el alojamiento en el Hotel Claremont cumplen con su promesa de aventura y descubrimiento. Laura, que parece “un hombre apuesto y distinguido”, encontrará en el joven Ludo, al que conoce por obra, o, sin eufemismo, gracias a un accidente que la anciana bendice, un cómplice que no hará de ella una secuaz. Aquí la trama se vuelve intriga, por lo que hay que callar desarrollo y desenlace.
Ludo quiere avanzar y progresar en la Literatura, en el oficio y en el mercado, en la composición privada y en la fama pública. Aspira al buen éxito que obtuvieron, despampanante, y ganado en lícita lid, la narradora Corelli o Taylor la actriz homónima triunfante en Hollywood. Pero también Taylor la autora de Prohibido morir aquí. Porque no se trata de una escritora víctima de estructurales desventajas históricas y familiares, menos conocida o reconocida por sus contemporáneos, y en suma mejor tratada en su posteridad que en su vida.
Nada más ajeno a Taylor que un destino como el de la argentina Silvina Ocampo. Quienes mejor escribían en su época, como Kingsley Amis o Elizabeth Bowen, la celebraban como la mejor, y su público crecía en la expectativa de nuevas novelas. Que en el pasado hubieran tratado mejor que nosotros a una escritora mujer puede resultarnos una situación inquietante, a la que nos cueste habituarnos.
Hay artistas que parecen “inexportables”, de puro idiomática que es su expresión, para el ojo editor desconfiado. Además, la comedia de maneras viaja menos y peor al exterior que la tragedia de costumbres o que el melodrama de la guerrilla de los sexos.
Orgullos y prejuicios volvían, a priori, improbable que una editorial porteña decidiera traducir y publicar en castellano una novela donde falta todo signo de arrepentimiento de la autora –aun equívoco– por mostrarse tan descaradamente cómica, tan cínicamente epicúrea, tan sádicamente optimista. Y ni una excusa por ser tan inglesa y provincial (pero no provinciana) o bien, y sin transición, tan londinense y metropolitana (pero no multiétnica, ni menos todavía cosmopolita). Y parecía imposible que, como ha ocurrido, al momento de esta reseña Prohibido morir aquí vaya por la cuarta edición y sea ya uno de los libros más vendidos en el rabiosamente cicatero verano argentino de 2019.
Hay que decir que tanta buena fortuna sería imposible sin la felicidad en la elección del traductor, y sin el feliz resultado de la traducción. A diferencia de lo que ocurre con tantas otras –¿la mayoría?– de las versiones castellanas confeccionadas en este siglo, ni por un momento sentimos, al pasar las páginas, que si hemos comprado el libro estamos colaborando en un crowdfunding que paga la educación de un traductor cuya ambición es traducir.
La virtud máxima de la traducción ejemplar de Ernesto Montequin puede parecer mínima para una mirada muy joven, o muy codiciosa: es su seguridad. Se debe a una frecuentación numerosa, cuantiosa, cotidiana, de textos literarios en inglés, y, no menos importante, de prosa literaria en castellano. Como la de la argentina Silvina Ocampo, de la que Montequin es ejemplar y solícito editor. Eficacia e invisibilidad rigen traducción y edición: cuanto más ingrata la tarea, más gratas nuestras lecturas agradecidas.
Prohibido morir aquí, Elizabeth Taylor. Trad. Ernesto Montequin. La Bestia Equilátera, 256 págs.
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