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lunes, 8 de marzo de 2021

Curzio Malaparte o el lado incorrecto de nuestra historia

Curzio Malaparte



Curzio Malaparte 

o el lado incorrecto de nuestra historia

Sergio Fernández Riquelme


“Tengo curiosidad por saber lo que encontraré yo, que busco monstruos”. Estuvo siempre en el lado malo; el lado del provocador y del blasfemo, del revolucionario y del antidemócrata, del golpista y del confabulador, del fascista y del comunista, del refundador del mundo y de la sociedad, de los monstruos divinizados por los hombres y por las ideas. Curzio Malaparte [1898-1957] era el periodista Kurt Erich Suckert, el revolucionario toscano que buscó tanto en lado diestro como en el siniestro, el polémico dramaturgo sin éxito que latinizó su nombre alemán, y el brutal escritor neorrealista más conocido por el nombre de guerra que desde 1925 marcó su destino.
Eligió la “malaparte” no solo como un juego de palabras, entre la ironía y la paronomasia, con el apellido del imperial Bonaparte; lo hizo para ser parte del lado provocador y transformador de la Historia que da la fama y también la quita, como el símbolo de una nueva persona en un nuevo mundo que muchos se dedicaron y se dedican a forjar, a sangre y fuego.
Un dandi histriónico que buscaba llamar la atención (para Pardini), un bromista sempiterno con el drama humano (para su eterno enemigo Indro Montanelli), un macho narcisista y mitómano (para Sierra), un camaleón ideológico (para Pardini), un adorador del espectáculo de las tendencias de moda (para Moravia), un creador único y polemista (para Martenelli). Malaparte, escritor de pluma fina y periodista de primera línea, fue el arquetipo final, y no deseado, que nos legó una parte esencial de la Contemporaneidad. No era el obrero liberado, no era el soldado heroico, no era el ciudadano tolerante; Malaparte era nuestro lado monstruoso (de las novelas y las militancias), era el lado equivocado de nuestra Historia (de las acciones y las decisiones).
Curzio fue un personaje contradictorio y camaleónico, incomprensible para la historiografía que solo narra el lado correcto de nuestro pasado, pero que quizás refleja la razón maquiavélica de todo “tiempo histórico”, de su época con pactos contra-natura como el Acuerdo Ribbentrop-Molotov o víctimas inevitables para alcanzar la paz en las atomizadas Hiroshima y Nagasaki.
Malaparte quiso ser héroe y su juventud estuvo marcada por la mayor guerra hasta ese momento conocida. Quiso cambiar el mundo y abrazó todas las causas conocidas. Quiso conocer el mundo y lo hizo en los frentes devastados y en las posguerras deshumanizadas. Quiso ser importante, y acabó enfrentado a todos los que le pudieron encumbrar. Por ello fue burgués de cuna y antiburgués proclamado, anarquista de derechas e individualista acérrimo, anticlerical casi masónico y católico postrero, fascista revolucionario y comunista poco proletario; Curzio Malaparte es, quizás, la parte que no queremos o sabemos comprender de nuestro pasado más reciente y más trágico.
Pretendidos héroes o líderes sin compasión, estadistas mesiánicos e intelectuales con una misión trascendental. Generaciones entrelazadas en el siglo XX de representantes de esa nueva masa rebelada de aspirantes a clases redentoras urbanas, medias o proletarias (Ortega dixit). Y que soñaban con borrar, o cuando menos reinterpretar, para ello, el pasado de un país que no siempre les dio la fama prometida o el ascenso soñado, sumándose a movimientos que apelaban a superar radicalmente la “decadencia de Occidente” (popularizada por Spengler) en sus pueblos y sus vidas, y sobre todo apostando, elucubrando, diseñado formas alternativas y opuestas al sistema democrático liberal y capitalista vigente que consideraban corrompido, tanto a la derecha como a la izquierda del supuesto espectro ideológico. Y Malaparte buscó, no tan paradójicamente como pudiera parecer en ambas supuestas banderas, como Bombacci, Doriot, La Rochelle, Sorel, Manoilescu o Spirito (e incluso Mussolini), el medio para ser el protagonista de ese lado incorrecto de la Historia, en su caso como pretendida gran estrella mediática para los unos o para los otros.
Pronto quiso ser un héroe. Alemán de origen (por parte de su padre, Erwin Suckert) e italiano de alma (por su madre, Edda Perelli), el joven Kurt se graduó en el prestigioso Collegio Classico Cicognini de Prato (su ciudad natal), y tras años de precoz lectura (marcada por los textos de Gabriele D’annunzio) e interés político (simpatizante del anarquismo o del masón Partido Republicano italiano), en 1914 se alistó con solo dieciséis años en el ejército francés, combatiendo en la Gran Guerra inicialmente en las filas de la Legione Garibaldina y posteriormente en el Ejército de su país (llegando al rango de capitán en el Quinto Regimiento Alpino y recibiendo una medalla al valor).
A su regreso estudió en la Universidad de La Sapienza de Roma, comenzando paralelamente su carrera de periodista y granjeándose un nombre entre los revolucionarios del momento con su ensayo novelado Viva Caporetto! (1921), feroz crítica a la sociedad italiana en su corrupta Roma, su inútil ejército real y sus rapaces élites económicas, como había contemplado de primera mano en las pésimas condiciones de vida y de lucha de los soldados nacionales; obra secuestrada por las autoridades militares, pero finalmente publicada como La rivolta dei santi maledetti.
Llegaba la hora de la nueva generación, de su generación; era el momento de esos jóvenes burgueses que harían de Italia un país por fin moderno, por fin desarrollado, por fin con peso en el mundo y que habían sufrido la humillación de la Gran Guerra (donde la nación transalpina participó con los ganadores y se sintió como los perdedores) y la deshumanización de las trincheras. Y Malaparte, como tantos otros aspirantes, fue atraído por el Fascio, la eclosión inicial de la necesaria “rivoluzione italiana”, la gran moda ideológica a la que sumarse.
En 1920 se afilió al Partido liderado por Benito Mussolini como “fascista de primera hora”, y en 1922 participó en la Marcha sobre Roma, batiéndose en duelo sin víctimas, pero con gran eco en la prensa, con el dirigente comunista Ottavio Pastore. Tras abandonar el cargo de Secretario de los Sindicatos con el que había sido galardonado, fundó en 1924 el diario La Conquista dello Stato, apoyó incondicionalmente el Discurso del 3 de enero de 1925 en el que anunciaba la suspensión de las libertades democráticas, y firmó el Manifesto degli intellettuali fascisti. Malaparte se puso de parte del nuevo poder.
Kurt era ahora Curzio, y su contribución a la causa sería su pluma polémica y ya muy famosa. En su ensayo Italia Barbara (1925) firmó por primera vez como Curzio Malaparte (tomando como referente el panfleto del siglo XIX I Malaparte e i Bonaparte ), pero el alemán que quería ser italiano y el nacionalista que solo podía ser cosmopolita, no podía elegir entre la modernidad y la tradición. Por ello colaboró tanto en el movimiento provincialista y nacionalista del Strapaese de Longanesi y Maccari (entre la ironía cómica y el realismo mágico), como del opuesto movimiento modernista y cosmopolita de la Stracittà de Alvaro y Barelli. Aun atraído por la mística fascista de moda, Malaparte creó en 1926 la revista 900 con Marco Bontempelli, y coeditó desde 1928 la publicación Fiera Letteraria y el periódico La Stampa en la ciudad de Turín.
La Revolución era el signo de los tiempos, y Malaparte atisbó que el Fascismo se quedaba atrás en plena era de entreguerras. Definió al mismo Duce como Don Camaleón en la prensa y en un libro que fue prohibido, y se ligó progresivamente a la facción denominada como “fascismo di sinistra” o “popolare” de Ricci, Spirito o Vittorini (socialistas nacionalistas y anticapitalistas). Y en 1931 Malaparte se consagró en medio mundo, ahora como teórico político, con su famoso libro Técnica del colpo di Stato. Publicado en París y en francés con gran éxito internacional, Malaparte diseccionaba la popularidad de la revolucionaria “técnica del golpe de Estado” como medio de conquista o defensa del poder político (más allá de la mera estrategia).
Tras elogiar la exitosa “técnica” bolchevique de toma del poder (diseñada por Trotski y perfeccionada por Stalin) y criticar las limitaciones transformadoras de Mussolini y el conservadurismo simple de Hitler, el libro fue prohibido y Malaparte expulsado del Partido Nacional Fascista en 1933, siendo enviado al exilio en la isla de Lipari.
Tras ser liberado por obra y gracia del todopoderoso Conde Galeazzo Ciano (yerno del Duce y ministro de exteriores) y trabajar como corresponsal del Corriere della Sera, el gobierno italiano le detuvo en numerosas ocasiones más por sus conflictos con la influyente familia Agnelli (los patrones de la FIAT) y sus abiertas críticas al régimen (incluso por las políticas antisemitas de los gobernantes), hasta ser finalmente encarcelado en la prisión romana de Regina Coeli (tiempo que dedicó a la escritura, con su texto Donna come me).
En 1940, de nuevo en libertad, fue alistado como capitán para la campaña italiana en Grecia, pero en 1941 consiguió otro papel protagonista: dejó los fusiles y comenzó su labor como corresponsal de guerra para el Corriere, primero en el frente yugoslavo y finalmente en el frente ucraniano acompañando el avance y la destrucción de la 11ª División de la Wehrmacht; los artículos que envió a Italia desde las tierras orientales fueron recopilados en su obra Il Volga nasce in Europa (1943). Volvía a la guerra, al frente, al periodismo, con los monstruos.
Su testimonio de primera mano de los horrores de la Segunda Guerra Mundial fueron el material para sus dos grandes novelas: Kaputt o la descripción de los sueños y miserias de los perdedores inevitables del Guerra, esos alemanes que por miedo arrasaban consigo mismos y con los demás (1944); y La pelle (1949) o el escenario de la deshumanizada posguerra en Nápoles, donde los hundidos y trágicos europeos solo podían salvar su piel día a día y donde los inocentes y victoriosos ocupantes norteamericanos demostraban una piedad que marcaba, para bien o para mal, el destino de una generación.
Llegaba el momento de abandonar el lado derrotado en la conflagración. A su regreso a Roma se manifestó públicamente por el fin del régimen y en apoyo al gobierno de transición del militar Badoglio (tras la ocupación germana de la capital), no sumándose a la posfascista tentativa de la República de Saló en el norte de Italia. Tras ser detenido tanto por las tropas italianas como por las aliadas en los estertores del conflicto, acertó al colaborar con el Esercito Cobelligerante Italiano del Regno d’Italia, ejerciendo como agente de enlace italiano en el ocupante Alto Mando estadounidense hasta la primavera de 1946, aprovechando su poliglotismo y sus contactos.
Tras ser absuelto en su juicio por colaboracionismo, Malaparte emigró a París tras acercarse ahora al triunfante lado del Partido Comunista italiano liderado por Palmiro Togliatti (quién aceptó su solicitud de ingreso tras justificar su adhesión al fascismo por las secuelas de la Gran Guerra y su interpretación de que los fascistas de primera hora provenían del socialismo). Tras proclamar en Das Kapital su nueva admiración por el marxismo, en boga en su versión leninista-estalinista en medio Viejo continente, Malaparte se dedicó a su faceta de dramaturgo, estrenando sin mucho éxito su obra Du Côté de chez Proust. Pero en 1950 vio la luz primera y única película, Cristo Proibito, con notable aceptación y galardonada con el premio especial en el Festival de Cine de Berlín de 1951 (e incluso estrenada como Strange Deception en 1953 en los Estados Unidos, siendo seleccionada como una de las mejores cinco películas foráneas del año por el National Board of Review).
El antiguo fascista y nuevo comunista volvió a la escena cultural e intelectual europea, colaborando en el semanario Tempo, produciendo el espectáculo de variedades Sexophone y publicando su última obra contra la burguesía italiana de su tierra (Maledetti toscani, 1956). Momento y lugar en el que Malaparte fue atraído, como muchos otros intelectuales comunistas, por la irrupción de la inmensa China y de la experiencia maoísta victoriosa en 1949. Así consiguió viajar al país asiático (y a Rusia de paso) donde se entrevistó con el mismo Mao Zedong, siendo publicado de manera póstuma su diario de viaje (Io in Russia e in Cina, 1958).
Y supuestamente convertido al catolicismo tras ser detectada la enfermedad terminal que acabaría con su vida, la solución divina más popular ante la terrenal muerte inminente, Malaparte falleció entre líderes comunistas, senadores democristianos y religiosos jesuitas proclamando horas antes del desenlace, y buscando de nuevo ser protagonista provocador, que se recuperaría “porque Dios no sería tan estúpido como para dejar morir a Malaparte”.

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