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sábado, 21 de junio de 2008

James Patterson / "No me interesa la posteridad; me conformo con que la gente me lea"



James Patterson



James Patterson: “No me interesa la posteridad; me conformo con que la gente me lea”


Follet + Grisham = James Patterson


Con una fórmula eficaz, el autor vendió 16 millones de ejemplares en 2007 - Sus cifras superan a sus 'competidores' y lo convierten en el rey del 'best seller'


  • MIGUEL ÁNGEL VILLENA 
  • Madrid 21 JUN 2008




Fue cocinero antes que fraile. Se dedicó a la publicidad antes de volcarse en la literatura policiaca. En una palabra, que sabe cómo vender sus novelas. A lo largo de 2007, James Patterson vendió 16 millones de libros, según su editorial, y está considerado uno de los escritores más ricos del mundo. Sus series en torno al detective Alex Cross o sobre el Club de las Mujeres contra el Crimen lo han convertido en uno de los autores de best sellers más famosos, pese a que en España todavía no ha logrado altas cifras de ventas con sus tres novelas publicadas en castellano. Vestido de modo informal con un jersey de algodón y pantalones azules, este neoyorquino de 61 años está en Madrid para promocionar su novela Cross (Ediciones B). Y como buen estratega, regala otro libro, El primero en morir, éste en formato de bolsillo.








"En mi estilo hay muchos diálogos, pocas descripciones y capítulos cortos"



James Patterson



"No me interesa la posteridad; me conformo con que la gente me lea"





Con una sinceridad inusual entre los triunfadores, Patterson no reniega en absoluto de su condición de autor de best sellers. "Cuando comencé a interesarme por la literatura", cuenta, "leí a autores como James Joyce o Gabriel García Márquez y me di cuenta de que mi talento no alcanzaba para escribir el Ulises. Ahora bien, poco después leí novelas como Chacal o El exorcista y me dije que yo era capaz de escribir ese tipo de libros. Desde entonces he leído muchas novelas policiacas y de misterio, si bien no me han influido mucho maestros del género como Raymond Chandler o Dashiel Hammet. Es más, siempre que aparece una crítica especializada donde califican a un autor como el nuevo Chandler, pienso que el escritor en cuestión ha cometido un plagio y no dispone de un estilo propio".
Patterson insiste mucho, a lo largo de la entrevista, en su voluntad de estilo y no tiene empacho en señalar que lo llaman "el autor del pueblo" porque escribe para todo tipo de gente. "Me dirijo a todos los lectores", manifiesta Patterson, "ricos y pobres, universitarios o de estudios primarios, porque me parece algo mucho más democrático que escribir pensando sólo en las élites. Para ello utilizo un estilo de pocas descripciones, mucho diálogo y capítulos cortos. Así consigo una gran fuerza narrativa. En realidad, intento que la literatura escrita se parezca a la oral y las descripciones no me interesan, creo que aburren y no aportan nada. No tiene sentido describir los candelabros o los cortinajes de una habitación porque lo verdaderamente sustancial es que la acción avance y los perfiles de los personajes se vayan desarrollando".

A la clásica receta de sexo, crímenes e intriga a la hora de escribir un best seller, el católico Patterson añade el modelo moral que encarnan sus protagonistas, como el ex policía, residente en Washington DC y buen padre de sus dos hijos, de nombre Alex Cross. Después de haber hablado con cientos de policías para elaborar sus historias, Patterson está convencido de que hay agentes para todos los gustos, "pero algunos hacen bien su trabajo y se juegan la vida por 40.000 dólares al año". Partidario de lo políticamente correcto, Patterson está persuadido de que sería bueno que la gente imitara a policías como Cross.
Sin duda, cuenta con firmes principios morales este autor que publica millones de ejemplares de sus novelas y que ha figurado con dos títulos a la vez en las listas de los libros más vendidos en Estados Unidos. De lo contrario no se comprendería que invirtiera la mitad de su fortuna en proyectos educativos para fomentar que los niños lean y se aficionen a la literatura. "No me interesa en absoluto pasar a la posteridad", responde de modo rotundo, "y sólo deseo que la gente lea mucho mis libros". Es más, James Patterson rechaza siempre que colegios o instituciones educativas rotulen con su nombre aulas, edificios o bibliotecas. No tiene dudas el creador del detective Alex Cross de que el libro perdurará como objeto y como fuente de cultura. "La sociedad se ha transformado mucho en los últimos años, pero la gente lee más que nunca, bien sea en Internet o en el soporte de papel. En cualquier caso, un libro siempre aporta más conocimiento sobre el mundo que los medios audiovisuales. En ese sentido, yo estoy orgulloso de ser un autor de best sellers y de que mucha gente me lea".
Crecido en una familia de clase media, estudiante que trabajó para costear sus clases, Patterson confiesa que el dinero no ha cambiado su forma de ser. "No cabe duda de que resulta más cómodo ser rico, pero yo soy la misma persona"



El exclusivo club de los 10 millones de libros

No es fácil saber cuánto vende un autor. En España no existen estadísticas fiables, sólo los datos que cada editorial suministra. The New York Times publica desde 1942 una lista semanal con los títulos más vendidos. La Biblia es el gran best seller de todos los tiempos. En esto, hay hasta premios Nobel: García Márquez lleva vendidos más de 30 millones de Cien años de soledad. Éstos son algunos integrantes de tan exclusivo club.- John Grisham. Sesenta millones de copias en la década de los noventa. De El informe Pelícano, 11 millones.- Danielle Steel. Está en el Guinnes por permanecer 381 semanas consecutivas en la lista de The New York Times: 570 millones de ejemplares.- Dan Brown. Su novela El código Da Vinci fue un fenómeno planetario: 80 millones de libros.- Isabel Allende. Casi una veintena de títulos, más de 50 millones de copias.- Carlos Ruiz Zafón. La sombra del viento es el gran best seller español: 10 millones.- Ken Follet. Superó los 10 millones con El ojo de la aguja en 1978. Batió nuevas marcas con Los pilares de la tierra.- J. K. Rowling. Las sucesivas entregas de Harry Potter han arrasado. La última superó los 10 millones en pocos días sólo en Estados Unidos.


EL PAÍS



domingo, 15 de junio de 2008

Vargas Llosa / Nueva York, Nueva York / Fotografías de Triunfo Arciniegas

Dos cigarrillos
Central Park, Nueva York, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Mario Vargas LlosaNew York, New York

BIOGRAFÍA
15 de junio de 2008

La riquísima vida cultural de la ciudad la ha convertido en lo que 

fue París: la meca de jóvenes artistas y creadores. Todo eso está 

en gran parte promovido y financiado por la sociedad civil


Delicias de la tarde
Central Park, Nueva York, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas


Aunque con su alcalde actual, Bloomberg, está bastante menos limpia de lo que estaba con el alcalde Giuliani, New York sigue siendo una ciudad fascinante, la Babilonia del siglo XXI, una Torre de Babel moderna, la capital del mundo actual. He estado muchas veces aquí, en Manhattan, pero casi siempre por pocos días y para asistir a congresos o dar conferencias, y ésta es la primera vez, después de cerca de 30 años, que permanezco en la ciudad un par de meses, tiempo suficiente para tomarle el pulso, vivirla y adivinarla.

Mujeres
Greenwich Village_NY, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Es pequeña, en términos numéricos y estadísticos, y sin embargo, como en el Aleph borgiano, todo cabe o pasa por ella, los países, las razas, las religiones, las lenguas, y todo rápidamente se integra en ella, perdiendo su condición forastera y adoptando una nueva, neoyorquina. Es la ciudad de todos y de nadie, una ciudad sin identidad propia porque las tiene todas. El mundo hispánico, o latino como también lo llaman aquí, es multipresente y en sus calles, bares, almacenes, restaurantes, después del inglés el español es el idioma que más se oye por doquier, en todas sus variantes latinoamericanas y en la local, el spanglish, que comienza ya a generar una literatura. A ello se debe, sin duda, que instituciones como el Teatro Español y el Instituto Cervantes tengan una presencia tan viva en la vida cultural neoyorquina. En aquél, me tocó ver una estupenda adaptación teatral de Doña Flor y sus dos maridos de Jorge Amado, hecha por Jorge Alí Triana, y el Cervantes colaboró muy de cerca con el Centro del PEN Internacional en el congreso que reunió en New York en el mes de abril a varios centenares de escritores procedentes del mundo entero.


Think big
Nuva York, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Uno de los estereotipos más resabidos, que New York es la ciudad de los negocios y la incultura, se desintegra simplemente hojeando el Time Out o los suplementos culturales que saca cada semana The New York Times. La verdad es que, en lo que se refiere a oferta cultural, no hay ninguna otra ciudad en el planeta que ofrezca tantas posibilidades, en todos los dominios y quehaceres artísticos, como la Gran Manzana. Pintura, escultura, música clásica y moderna, danza, teatro, ópera, cine, ideas, literatura, cursos, talleres, conferencias, museos, escuelas artísticas, academias, constituyen una dimensión vertiginosa de la vida neoyorquina que nadie puede abarcar en su totalidad, sino, a lo más, y dedicando a ello mucho tiempo, apenas una ínfima muestra, la puntita del iceberg.

Samurai en desgracia
The New York Public Library, NY , 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Para quien acostumbra trabajar en bibliotecas, como yo, la Public Library de New York es un pequeño paraíso. Situada en la Quinta Avenida, entre las calles 41 y 42, el inmenso edificio decimonónico de sólidas columnatas, escaleras de mármol e inmensos, altísimos salones de lectura magníficamente iluminados, se asienta sobre una verdadera ciudad subterránea de varios pisos donde viven sus millones de libros, computarizados y preservados en cámaras de aire acondicionado que los defienden del calor, los insectos y la humedad. Es una de las mejor provistas de Estados Unidos, después de la Biblioteca del Congreso y la de Harvard, y una de las más funcionales y eficientes en que me ha tocado trabajar. Uno de sus tesoros es la Colección Berg, donada por dos hermanos médicos, judíos de origen húngaro, gracias a los cuales la institución cuenta, entre otras maravillas, con la primera edición del Quijote, manuscritos de Dickens, de Henry James, de Whitman, prácticamente de todos los diarios y novelas de Virginia Woolf y del texto mecanografiado de Tierra Baldía de Eliot con las correcciones y comentarios hechos a mano por Ezra Pound.

Es también la biblioteca más ruidosa y trajinada del mundo, porque los turistas invaden las salas de lectura, tomando fotos y hablando en voz alta con total desfachatez. Pero uno termina por acostumbrarse a ese bullicio, como a una música de fondo. Aunque tiene el personal especializado necesario, la Public Library, como todas las instituciones culturales de Estados Unidos, funciona gracias a la ayuda de personas voluntarias, generalmente jubilados y principalmente mujeres, que ofrecen información y guía y ayudan a los usuarios a orientarse en el laberinto de sus instalaciones. A mí me conmueven mucho esas señoras, algunas muy ancianas, que están allí siempre a la hora y con la sonrisa en la cara, prestando ese servicio público. El voluntariado cívico es una institución anglosajona y sin ella ni Inglaterra ni Estados Unidos serían lo que son.

 Magic
Subway Station, Nueva York, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas

 La riquísima vida cultural de New York no existiría sin la contribución de la sociedad civil que es la que en gran parte la financia y promociona. El Estado también, sin duda, pero en proporción relativamente limitada y, a veces, ínfima. Es verdad que tanto empresas como individuos tienen importantes incentivos tributarios para hacer donaciones y patrocinar actividades culturales, pero, antes que ello, la razón profunda de esas astronómicas sumas de dinero que anualmente invierten las fundaciones y las entidades comerciales, industriales y financieras, y las personas privadas, en museos, espectáculos, exposiciones, bibliotecas, conferencias, universidades, etcétera, es una cultura, una conciencia cívica de que si una sociedad quiere tener una vida intelectual y artística rica, creativa y libre es obligación de todos los ciudadanos sin excepción asumirla y sostenerla. A ello se debe que, a diferencia de lo que ocurre en otras partes, donde los gobiernos filantrópicos convierten a la cultura en un producto oficial de auto promoción y manipulación burocrática, en países como Inglaterra y Estados Unidos la cultura tenga ese sesgo independiente y plural, que garantiza su libertad, su renovación y estado continuo de experimentación.

En los dos meses que acabo de pasar aquí vi, por ejemplo, cómo conseguía recursos para la renovación integral en que está empeñado, el Museo del Barrio, situado en el Harlem Latino, y dedicado a exponer arte procedente de América Latina. Ya ha reconstruido su bellísimo auditorio, una joya belle époque que estaba en ruinas. En la cena de gala que celebró para reunir fondos se recolectaron en pocas horas cerca de cuatro millones de dólares.

El mundo de Cristina
The Museum of Modern Art_NY, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas


Es verdad que una vida cultural poco subvencionada por el Estado, que se apoya sobre todo en la sociedad civil para mantenerse, es cara. La de New York lo es y ciertos espectáculos, como la ópera y los conciertos, suelen alcanzar precios prohibitivos. Y sin embargo todo lo que vale la pena de verse está siempre lleno de gente en New York, y los dos grandes museos, el Metropolitan y el MOMA (el Museo de Arte Moderno) reciben al año más visitantes que el Yankee Stadium y el Madison Square Garden.

En muchos sentidos, New York se ha convertido en este tiempo en lo que fue París para muchas generaciones anteriores: el lugar donde los jóvenes artistas y creadores quieren llegar porque intuyen que allí encontrarán un ambiente estimulante para su trabajo y porque saben que si triunfan allí habrán triunfado en el mundo entero. No sólo ocurre con músicos, pintores, bailarines, actores y cineastas. También con escritores. Me ha sorprendido la cantidad de jóvenes poetas, narradores, dramaturgos de distintos países latinoamericanos avecindados ahora en New York, escribiendo y tratando de abrirse camino en la ciudad de los rascacielos. Algunos están vinculados a universidades y fundaciones y otros sobreviven como pueden, trabajando en librerías, editoriales o tocando guitarras y bongós en los bares latinos y hasta en las esquinas. Pero sacan revistas, dan recitales, y en las librerías neoyorquinas hay ahora, en casi todas ellas, secciones dedicadas a los libros en español.

He pasado dos meses intensos y exaltantes en esta efervescente ciudad. Vivía en los alrededores de Union Square, un barrio muy simpático y animado, donde incluso encontré cafés a la europea donde podía ir a leer el periódico y a garabatear unas notas tomando un cortado. Y donde se halla Strand, la librería de compraventa de libros antiguos más grande del mundo. Vi exposiciones magníficas y algunas obras de teatro -una de Beckett, con John Turturro, sobre todo- espléndidamente montadas. Y películas, muchas películas, aprovechando el Festival de Tribeca, que trae a New York en el curso de diez días largometrajes de todo el planeta. Y, sin embargo, siempre tuve la sensación de que a esta maravillosa ciudad le faltaba algo para sentirme totalmente en casa. ¿Qué cosa? Vejez, historia, tradición, antigüedad. Eso que es el alma secreta de cualquier ciudad europea y hasta de la aldea más desamparada e ínfima, esa invisible presencia que establece un vínculo entre hoy y ayer, esos siglos de aventuras, guerras, proezas artísticas y conmociones históricas, religiosas y culturales, de los que ha resultado la civilización en que vivimos. En New York todo es tan reciente que da la sensación de que el pasado nunca existió, que la vida sólo es futuro en trance de hacerse. Será que ya no soy joven, pero esa sensación de que no hay casi vida detrás, que toda ella está sólo por delante, me produce cierta angustia y una sensación de soledad.


New York photo series looks at our carnal relationship with cities


lunes, 9 de junio de 2008

La rabia de Stieg Larsson


La rabia de Stieg Larsson

La primera novela de la saga 'Millennium' descubre la fuerza del escritor sueco

Lorenzo Silva
9 de junio de 2008

"Ninguna cadena es más fuerte que su eslabón más débil", razona Sherlock Holmes en uno de sus casos. Siglo y pico después, Lisbeth Salander, la insólita investigadora que protagoniza junto al reportero Mikael Blomkvist la saga policiaca Millennium, lo parafrasea con una fórmula acorde a los tiempos: "Ningún sistema de seguridad es más fuerte que su usuario más débil". Salander acaba de violar la protección de los ficheros de la policía, colándose en el ordenador personal de un descuidado fiscal que guarda allí todos los informes sobre ella.
Quizá sea este original y perturbador personaje la principal baza de las novelas del sueco Stieg Larsson, el autor de la serie Millennium, cuya primera entrega, Los hombres que no amaban a las mujeres, acaba de aparecer en España, editada por Destino. Salander (veintitantos años, metro y medio de estatura y 42 kilos de peso) es una hacker de pavorosa inteligencia, capaz de meterse en el disco duro de cualquiera y vaciarle sin ningún remordimiento la intimidad si cree que resulta necesario para alcanzar sus objetivos. Los psiquiatras que la han tratado desde pequeña la califican como una sociópata con rasgos psicopáticos; lo cierto es que es huraña, salvaje y vengativa. No tiene la más mínima confianza en la ley ni en las autoridades, y en su biografía hay motivos sobrados para ello. Por tanto, aplica sus propios métodos, sobre la base de un particular e inmisericorde sentido de la justicia: "Nadie es inocente. Sólo hay diversos grados de responsabilidad".
El azar la lleva a indagar un oscuro asunto (la desaparición de una joven de rica familia, ocurrida 30 años atrás) junto a Mikael Blomkvist, un periodista en horas bajas tras haber sido condenado por difamación a raíz de un reportaje para el que le han suministrado información falsa. Blomkvist es cuarentón, idealista, padre divorciado y desastroso (así lo reconoce él mismo) y un incorregible mujeriego al que las mujeres utilizan de forma reiterada. También Lisbeth.
Este extraño y desparejo dúo ha arrasado ya en Suecia, Noruega, Dinamarca, Francia y Alemania, y amenaza con extender los estragos de su irresistible encanto al Reino Unido y Estados Unidos. En Suecia ha vendido tres millones de ejemplares (para una población de nueve millones de habitantes). En Francia ha superado el millón. Y lleva decenas de semanas copando los primeros puestos de las listas.
Sin duda, la fuerza simbólica de estos personajes, y su capacidad para conectar con muy diversos lectores, incluidos los jóvenes, explica una buena parte del boomLarsson. Pero además tiene alguna culpa el indudable oficio de un narrador riguroso y eficaz, que sabe mantener con solvencia varias líneas de acción sin que el lector pierda nunca el interés ni el hilo en ninguna de ellas. Y tampoco es ajeno al fenómeno el territorio en que se mueven las pesquisas de Salander y Blomkvist, el lado oscuro de la modélica sociedad sueca, donde tienen lugar todas las abyecciones imaginables: violencia sexual, prostitución de menores, corrupción pública y privada, etcétera. Al enfrentarse a todos estos asuntos, Larsson, a través del quijotesco Blomkvist y la implacable Salander, ofrece un discurso moral explícito, que constituye, sin duda, una intención principal de su obra. Pero a la vez exhibe ante el lector un material bronco y escabroso, a cuyo morboso atractivo para muchos no debieron ser del todo ajenos sus cálculos como novelista. Dicen que siempre estuvo convencido de que Millennium sería un éxito.
Por desgracia, no llegó a verlo. Stieg Larsson murió víctima de un infarto masivo el 9 de noviembre de 2004, con tan sólo 50 años, cuando ya había terminado las tres primeras novelas de la saga y acababa de cerrar con la editorial Norstedts el acuerdo para publicarlas. Todas ellas vieron la luz póstumamente, entre 2005 y 2007, generando una riada de coronas en derechos de autor que al morir Larsson sin hacer testamento ha ido a parar a sus herederos legales: su padre y su hermano, Erland y Joakim. Y aquí está la historia detrás de la historia, casi tan impactante como las propias novelas: Larsson, que percibía unos modestos ingresos como redactor jefe de la revista Expo, dedicada a investigar movimientos de intolerancia organizada, llevaba 32 años unido afectivamente a una mujer, Eva Gabrielsson, con quien no había llegado a casarse, entre otras razones, para preservarla de las amenazas que recibía a causa de su trabajo. Eva, que compartió la vida y las penurias del autor, manteniéndose a su lado hasta el día de su muerte, se vio de repente sola y sin derecho, por carecer de vínculo conyugal, a percibir un solo céntimo de los jugosos beneficios generados por los libros a cuya gestación había asistido desde el principio. La situación no sólo produce asombro, sino que resulta paradójica, habida cuenta de la declarada militancia de Larsson a favor de los derechos de las mujeres. Gabrielsson dice que ha sido vilmente marginada por unos familiares con los que el difunto apenas mantenía relación y que sólo están interesados en cobrar el dinero, para lo que no han dudado en consentir incontables manipulaciones y alteraciones en los textos y una abusiva explotación comercial de la obra más allá de la voluntad del autor, incluida la cesión de derechos audiovisuales a una productora que ya está rodando la primera película basada en la saga.
A estas acusaciones se oponen tajantemente los editores, que sostienen que en todo momento han procedido en la edición y la explotación de la obra conforme a los deseos que el autor manifestó antes de morir, y que el asunto de la herencia es una cuestión familiar en la que no pueden inmiscuirse, debiendo limitarse a tratar, a efectos contractuales y económicos, con los herederos legales. En cuanto a éstos, Erland Larsson se defiende alegando que no han hecho sino ejercitar los derechos que la ley les concede, que es una falsedad que mantuviera con su hijo una relación distante, y que si no han llegado a un arreglo con Gabrielsson ha sido por el "carácter difícil" de ésta y porque no admitía otra solución que ser ella quien dirigiese todo, cuando no se encontraba en condiciones psíquicas para hacerlo.
Después de leer los libros, escuchar a unos y a otros y recorrer Södermalm, el apacible barrio residencial donde viven Blomkvist y Salander (no lejos de donde vivía el propio Larsson), se le queda a uno una amarga sensación. Más allá del fenómeno editorial, hubo una vez un hombre que, como evoca Eva Gabrielsson, escribía desde la rabia y no sólo para entretener. Al parecer tenía pensadas otras siete novelas, y parte de la cuarta ya escrita en el ordenador portátil que Gabrielsson se ha negado a entregar a la familia. Por estas tranquilas calles de Södermalm vaga su espíritu indómito, que también pervive en la divisa de su heroína Lisbeth Salander: "Antes morir que capitular".
Lorenzo Silva es escritor. La reina sin espejo es uno de sus últimos libros.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de junio de 2008



viernes, 6 de junio de 2008

Setsuko Klossowski de Rola / "Soy condesa de una familia de samuráis abiertos al mundo"


Balthus con su esposa Setsuko in their en Rossiniere, Suiza
 Febrero de 1998
Foto de Raphael Gaillarde

SETSUKO K. DE ROLA

"Soy condesa de una familia de samuráis abiertos al mundo"

RODRIGO CARRIZO COUTO
5 JUN 2008

Presentar a una mujer como "gran dama" es algo caído en desuso y rayando en la cursilería. Pero al cronista no se le ocurre mejor manera de definir a la condesa Setsuko Klossowski de Rola, hija y nieta de samuráis y viuda de Balthus, uno de los grandes nombres del arte del siglo XX. Una señora cuya elegancia y maneras nos llevan por arte de magia a la corte imperial de Kioto; aunque se excusa por "el desorden y el polvo" provocados por la reforma en su casa.
Una casa única en Europa: el Grand Chalet de Rossinière, entre Montreux y Gstaad, en un valle cuya belleza quita el aliento. "Es la construcción más grande en madera de Suiza", explica Setsuko, como le gusta ser llamada. De hecho, aclara con una sonrisa: "Nada de condesa, pues el título va asociado a la posesión de tierras, lo que ya no es el caso. Hoy sólo tengo este chalet". Un chalet con 20 metros de altura y 113 ventanas que Balthus adquirió en 1977, lugar de peregrinaje para personas como David Bowie, Bono o Richard Gere.
Balthus y Setsuko
Rossiniere, Suiza, 1998
Fotografía de Henri Cartier-Bresson





La viuda de Balthus cree que Occidente tiene mucho que aprender de Japón

"Nací en una familia de samuráis abiertos al mundo", explica en un francés fluido, aunque marcado por un suave acento. "Mi familia me envió a los jesuitas, pues eran los mejores para enseñar la lengua y cultura francesas. Me fascinaban Stendhal y Balzac". Por cierto, la condesa francófila es artista y embajadora de la Unesco, además de escritora y columnista en periódicos. Y mientras explica su trabajo se inquieta: "¡Yo no sabía que los lectores iban a ver lo que hemos comido! Hubiera preparado algo más interesante". Inquietud injustificada, pues los canapés de langosta, la mozzarella y el dulce casero son excelentes.
Este mes se inaugura en Suiza la mayor retrospectiva de la obra de su marido, del que se cumplen cien años del nacimiento. Y así es como Balthus entra en la charla. El artista viajó a Kioto en 1962, enviado por el ministro de Cultura francés André Malraux, para traer "lo mejor del arte japonés para una gran muestra en París". De arte no sabemos, pero, a juzgar por la historia de amor, lo que sí halló fue una esposa.
¿Y una hija del único país que sufrió el horror atómico no tenía resentimiento hacia Occidente? "En absoluto", exclama casi escandalizada. "Tras la guerra, todo Japón quiso seguir las formas occidentales. A pesar de Hiroshima y Nagasaki, no había odio. Japón tenía, y sigue teniendo, sed de cultura europea". Pero el amor a la tradición es visible en su quimono, al que define como "un tesoro con historia, heredado de mi abuela".
Antes de despedirnos hay una pregunta que se impone. ¿Qué piensa que Occidente puede aprender de una cultura milenaria como la japonesa? "Algo muy importante, y es que nosotros no nos imponemos a la naturaleza, ni tratamos de conquistarla. Los japoneses vivimos con la naturaleza y no contra ella", sentencia.
"En Japón un té no es sólo un té, y una flor no es sólo una flor. Todo tiene un significado especial". ¿Y cómo expresa el amor una sociedad tan refinada? "Decir te amo es una brutalidad para nosotros. Si quiero seducir a un hombre, lo haré con pequeños gestos: un haiku, una comida especial o una disposición particular de las flores. Es algo muy sutil". ¿Y si el hombre no comprende tanta sutileza? "Entonces", concluyó con una sonrisa cómplice, "ese hombre no es digno de mi amor".



GRAND CHALET. ROSSINIÈRE (SUIZA)

Té japonés.
Canapés de paté de langosta.
Mozzarella con tomates.
Tarte tâtin casera.
Invitación de la condesa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de junio de 2008