GRISELDA GAMBARO
(1928-2026)
Figura primordial de la dramaturgia argentina, Griselda Gambaro murió a los 98 años, dos meses después de su marido, el escultor Juan Carlos Distéfano.
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“Desde chica leía un poco a escondidas porque en mi casa no se estilaba. Creo que decidí escribir porque nunca tuve muchos talentos. Ni para cantar, ni para bailar, ni para pintar. Vengo de familia muy humilde. Y la cultura no era para la gente con problemas de subsistencia, con muchos hijos. Así que los primeros libros los compró mi hermano. Luego fui muy frecuentadora de bibliotecas, así que leí lo que me caía en las manos. Pero desde que aprendí a leer ya sabía que quería escribir”.
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“Mis padres, en el sentido de la escritura, ni me apoyaban ni me dejaban de apoyar, más bien me ignoraban. Me acuerdo de que alguien me dijo que una vez mi padre fue a comprar el diario y señaló mi foto: “Esta es mi hija”. Pero como era muy severo no me dijo nada”.
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“Escribí cuando era muy joven un libro de cuentos, pagado por mis amigos, pero después lo saqué de mi bibliografía. Creo que había alguna punta pero muy lejana. Recuerdo con mucha gratitud en una revista de tipo femenino, creo que se llamaba Maribel, hablando de que en ese librito había posibilidades de que hubiera una escritora en ciernes. Fue un aliento importante. Pasaron diez años antes de que volviera a publicar. En el medio leí muchísimo. Escribí un libro que se llamaba Madrigal en la ciudad, lo mandé al Fondo Nacional de las Artes y el premio era la publicación. El estilo todavía mostraba influencias, pero no es un libro que me avergüence aunque nunca quise volver a editarlo. Después publiqué Una felicidad con menos pena, que tuvo una mención en un concurso de Primera Plana y Sudamericana, donde estaba Gabriel García Márquez como jurado, que también me alentó mucho. Y un tercero que se llamaba Nada que ver. Recién después vino Ganarse la muerte que fue la novela prohibida por la dictadura.”
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“No, yo no soy masoquista. La censura no sirve para encontrar formas de escape, sirve para expresar algunas cosas de otra manera. Nunca se puede escapar de lo que está prohibido. Se lo ataca, la literatura lo ataca de otra manera. Yo creo que depende todo de cómo se haga, de cómo se escriba. La libertad no hace daño. Por supuesto que los excesos inútiles, la cosa gratuita, la literatura que no tiene sentido, todo eso es pesado de leer y de soportar. Hay cosas más importantes. O el hablar por hablar, o el escribir por escribir. Es lo que pasa en la televisión cuando uno ve tanta gente que habla sin ningún reparo, tanta gente que opina sin detenerse un segundo a pensar en las incertidumbres posibles, en cómo tener hasta una certeza más digna. Es todo muy banal. Yo creo que es eso lo que tiene que preocuparnos y no la libertad. Nunca se tiene exceso de libertad.”
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“¿Qué consejo le daría a un joven escritor? Uno muy simple y muy viejo: que lea y escriba mucho. Yo creo que no hay otra. Los talleres literarios por supuesto ayudan, pero hay una etapa interna de la escritura que es lo que uno vive, cómo uno se relaciona con el mundo, cómo uno vive el mundo. Los talleres pueden enseñar en la parte técnica. El oficio, que también tiene otra cara, que es la soledad y la obstinación. Para un escritor lo más importante que uno puede hacer en la vida es escribir. Si no hay esa sensación, mejor no.”


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